Pronunciado durante la campaña electoral de 1977. En esta Blas Piñar mantuvo el tono joseantoniano que caracterizaba su oratoria desde antes de la muerte de Franco.
-I-
La misma garganta grita y habla. Inicialmente, el grito de alegría, de dolor o de rabia, es un movimiento instintivo del ser; y porque se trata de un movimiento instintivo, el animal grita, y ese grito, en nuestro castellano, tiene muy distintas denominaciones: los verbos mayar, ladrar, aullar, relinchar, croar, arrullar, mugir, rugir, son un índice enunciativo y no exhaustivo de este fenómeno.
Sólo la garganta del hombre grita y habla, porque al instinto une la razón, y la razón, receptora y creadora de las ideas, las transmite por medio de un mecanismo fisiológico oral, que se halla a su servicio y que se llama la voz.
De aquí que, tratándose del hombre, digamos: hemos oído un grito o hemos escuchado una voz.
Esa voz hecha palabra tiene a su vez varias formas de expresión:
• la que puede llamarse fonéticamente normal, propia de las conversaciones;
• la que sube de énfasis y tono, propia del sermón religioso, del discurso político y de la arenga militar;
• y la que, buscando una mayor intensidad de su fuerza persuasiva, se transforma en canción.
La canción es tan inherente al hombre que es universal; y tanta, que han existido pueblos sin literatura escrita, pero no han existido pueblos sin uno u otro tipo de canción.
Pero la canción, dentro de sus infinitas modalidades, desde la frívola a la religiosa, desde el flamenco al gregoriano, puede ser: la manifestación de unas ideas y estados anímicos individuales, subjetivos, como es el caso del solista, o de unas ideas y una situación espiritual colectiva, y en ese supuesto estamos ante el coro.
En uno y otro caso, o la propia voz se pone su música con el ritmo y el cambio de tono —no en balde la garganta es el instrumento musical óptimo— o busca el acompañamiento del instrumental conocido de viento, de cuerda o de percusión.
Cuando la canción es colectiva, tiene acompañamiento instrumental y se hace intérprete de ideas y sentimientos vitales, se transforma en himno.
¿Quién duda de que canciones como aquélla que exalta a Jesús Sacramentado: «Venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor», no es un auténtico himno eucarístico? ¿Quién duda que la bella canción Yo tenía un camarada no es un himno general? ¿Quién duda que la bella canción «Ardor guerrero vibra en nuestras voces y de amor patrio henchido el corazón», no es un himno a la Infantería española?
Pues bien, cuando las ideas y los sentimientos que la letra y la música de la canción ponen de relieve, sobrepasan a un sector de la colectividad —el religioso o el castrense, por ejemplo— y se ahíncan en el espíritu de la Patria, surge el canto o el Himno nacional.
Más aún: cuando el espíritu —el de una comunidad política determinada— se adelanta para acaudillar una etapa histórica nueva, ese himno desborda los límites del país en que ha nacido y, antes o después, se hace universal.
Tal ocurrió con La Marsellesa. Tal ha ocurrido con La Internacional. Y tal sucede con el Cara al Sol.
Yo recuerdo emocionadamente una noche en Buenos Aires. En un café me aguardan los jóvenes militantes de la «Guardia Restauradora Nacional». Se pusieron en pie para recibirme, y brazo en alto, en medio de una expectación silenciosa de la clientela, cantaron un fervoroso Cara al Sol.
-II-
Un movimiento político cuaja tan pronto como logra su himno, tan pronto como su sensibilidad adquiere tan alto grado de madurez que acierta a expresarse con una canción, que la gente hace suya por entender que la misma dice lo que piensa y quiere.
Cuando el maestro Tellería y José Antonio, con la ayuda de algunos de sus más íntimos camaradas, compuso el Cara al Sol y fue cantado por primera vez, por un coro reducido, al concluir los actos de los Cines Padilla y Europa, la Falange, con su himno, había logrado, sin sangre, una victoria singular.
Ese himno ha sido cantado por los españoles en la guerra y en la paz, en los momentos de dolor y de júbilo, a campo abierto, en las montañas, sobre el mar, en la estepa rusa, al concluir los actos políticos recordatorios de las grandes efemérides, en las calles y plazas con motivo de las grandes concentraciones, ante los féretros de los asesinados, en la prisión de Alicante donde fusilaron a José Antonio, y en la Basílica del Valle de los Caídos, donde dimos cristiana sepultura a los restos mortales de Francisco Franco, que en tantas ocasiones lo cantó, fundido entrañablemente con el pueblo de España. Y es que, como decía Unamuno: «No hay doctrina más profunda y luminosa que la que se dice cantando».
Por eso, mientras se cante el Cara al Sol, mientras no se olvide ni su letra ni su música, estará vigente el pensamiento y la doctrina de José Antonio y del Estado nacional del 18 de julio.
El himno ya es una señal fraterna: enlaza a los hombres, y así como el pan se hace con muchos granos de trigo, así el himno se hace con muchas voces hermanas, convertidas en una sola voz, y esa voz múltiple y unánime, iluminada y caliente por dentro, al modo de una brasa, salta después hacia fuera como un huracán arrebatador y arrebatado en su mismo fuego.
El himno es una señal fraterna, y tanto que Pilar Primo de Rivera decía: «cuando se unan 50 o 60.000 voces para cantar una misma canción, entonces habremos conseguido la unidad entre los hombres y las tierras de España».
-III-
La clave maestra del himno está en su mensaje. Ahí se encuentra la razón última de su éxito y de su garra, de su capacidad intrínseca para conmover y levantar a los unos, y también para soliviantar y atemorizar a los enemigos.
¿Cuál es el mensaje del Cara al Sol?
a) Surge en un tiempo que José Antonio llamó difícil, cuando caían sus camaradas en la lucha.
b) Surge en vísperas de unas elecciones, las de 1936, que serían trágicas para la Nación.
c) No es, sin embargo, un himno avivado por la venganza. Es un himno cristiano y nacional, tal y como José Antonio lo proyectó y lo quiso:
• una canción alegre, risueña, exenta de odio,
• una canción de guerra y de amor con una estrofa a la novia y otra estrofa a los caídos,
• y que remata con aire seguro de triunfo.
«Tiene que ser breve, ingrávida, sonriente, para gritarla con el brazo en alto y [si es preciso] con el fusil dispuesto».
Cara al sol
nada de disfraces ni de caras lánguidas que buscan para su trabajo la oscuridad, abiertos, con la cara en alto y a plena luz.
con la camisa nueva
porque se marcha al combate con alegría, con tono de fiesta. Y porque esa camisa no es tan sólo una vestidura. Si el traje blanco de primera comunión es un reflejo de la limpieza del alma que Dios visita, la camisa azul es la prueba, cuando se viste con honor, de que llevamos el cielo todo en nuestra propia entraña, como un reflejo de la renovación interior, del sello con que fuimos marcados para la gran empresa.
¡Qué sacrilegio el de quienes vieron en la camisa, en vez del símbolo de una concepción, el traje exigido para la entrada en el ferial!
Que tú bordaste en rojo ayer.
Hay dos bordados en rojo: el del pespunte de la camisa (flechas y yugo) y el de la sangre que ya había comenzado a brotar del pecho joven de aquellos heroicos escuadristas.
Y ese bordado, el del pespunte, lo habían hecho las novias.
Y ese bordado, el de la sangre, lo había hecho el enemigo.
Me hallará la muerte si me llega y no te vuelvo a ver.
Un recuerdo para la novia enamorada; una despedida entre alegre y dolorosa, porque la muerte le separa del amor humano y la misma muerte le canta al oído.
Formaré junto a mis compañeros, que hacen guardia sobre los luceros.
Al dolor de la muerte que separa de la novia, la alegría de formar con los auténticos camaradas, allí, no en los luceros, que sería un mito pagano, sino por encima, sobre y más allá de los luceros, en aquel paraíso con ángeles en las jambas de las puertas.
Impasible el ademán que están presentes en nuestro afán.
Impasibles, lograron su gloria. Al “lumen fidei” ha sucedido el “lumen gloriae”. Pero si no pueden sufrir ni padecer, ruegan por nosotros, están presentes en nuestro afán; sin darnos cuenta, nos ayudan, están en nosotros, entre nosotros, y caminan a nuestro lado. Saben de nuestro esfuerzo y de nuestra fatiga. Nos acompañan. Y porque tenemos fe en su compañía, invocamos su nombre y les declaramos ¡Presentes!
Si te dicen que caí, me fui al puesto que tengo allí.
¡No te preocupes, enamorada, mujer en flor y casi en fruto, madre soñada de los hijos comunes!
Me fui al puesto que tengo allí. Y allí te espero; y así aguardan el desposorio de la eternidad las mil novias de España que guardaron sus anillos de prometida en su limpio corazón de vírgenes.
Volverán banderas victoriosas, al paso alegre de la paz.
Volvieron, plurales, arracimadas y compactas, aquel 1º de abril.
Y traerán prendidas cinco rosas, las flechas de mi haz.
Rosas, flechas, haz. Porque la rosa es la flor amiga que se enmadeja trepadora para enviar su perfume, que compensa del olor a pólvora al soldado victorioso de la «Marcha triunfal».
Volverá a reír la primavera, que por cielo, tierra y mar se espera.
Es la Primavera y la Esperanza. Sin ellas, un pueblo envejece, y en ese pueblo se hace la noche.
¡Arriba escuadras a vencer, que en España empieza a amanecer!
Primavera, esperanza, amanecer. Una España erguida, joven, resuelta, confiada, se puso en camino.
Frente a la España triste, atormentada, goyesca y zarzuelera que habíamos heredado del liberalismo.
¡España una, grande y libre! de nuevo en gestación y otra vez en nacimiento,
Y ¡Arriba España!, porque no queremos sólo que viva vegetando, sino que viva creciendo, en marcha ascensional, cumpliendo su glorioso destino.
Esta es la España que nosotros queremos, concorde con la España de José Antonio y de Franco, de los héroes y de los mártires.
Si la queréis vosotros también, votadnos el 15 de junio.
¡ARRIBA ESPAÑA!
