Alicante es un relicario que guarda —y permitidme suponer que atesora ávidamente— las últimas palabras de un español ejemplar, de un arquetipo de español, que caía abatido por las balas del odio que destruye en el amanecer de una jornada de otoño.
El 20 de noviembre de 1936 moría fusilado en Alicante José Antonio Primo de Rivera, el mejor hombre de España, como decía la vieja canción del ausente.
Con su vida dio el gran testimonio de su idea, el ejemplo galvanizante de la conducta ejemplar de un jefe y la prueba de aquel amor de perfección para España, entregándolo todo por los amigos y por los enemigos, sin un gesto de huida, sin un alarde pretencioso, sin un ademán censurable.
Cuenta Felipe Ximénez de Sandoval algunos detalles que interesa destacar en la España de hoy, relacionados con el fusilamiento de José Antonio:
• Que fueron asesinados con él dos falangistas y dos requetés, y que la sangre de todos ellos y la de José Antonio se mezclaron en la tierra con un pacto de hermandad, el pacto de hermandad que nosotros mantenemos vivo y no estamos dispuestos a romper.
• Que un puñado de aquella tierra, empapada de sangre martirial y de algún modo redentora, el propio Felipe Ximénez de Sandoval lo tenía como una joya depositada en una arqueta; arqueta y arena que hoy, por entrega cariñosa de Ximénez de Sandoval, guardo en mi poder a la manera de un mensaje mudo pero sagrado y permanente de unidad.
• Que del pecho abatido e inanimado de José Antonio, ya en el cementerio, se desprendió un crucifijo, que se colocó de nuevo sobre el torso desnudo del mártir, como la mejor Laureada de San Fernando.
El crucifijo y la respuesta espiritual
Este crucifijo sobre el pecho ya sin vida de José Antonio es su gran respuesta política a la crisis total de su tiempo, de nuestro tiempo: a la crisis del hombre y de la sociedad.
«Frente al problema dramático y profundo de todos los hombres ante los misterios eternos, no se nos puede contestar con evasivas. Contesta estas preguntas la voz de Dios, o las contesta la voz satánica del anticristo», escribía José Antonio.
Tal es el planteamiento radical del problema:
o se cree, como ha escrito Nin Cardona, que en el supuesto de que Dios exista su Reino no es de este mundo y, por tanto, la ciudad terrena debe vivir y desarrollarse olvidada de Dios, hasta el punto de que cualquier apelación a la divinidad debe considerarse alienadora y paralizante —la religión, según Marx, es el opio del pueblo—;
o, por el contrario, se entiende que el Reino de Dios se construye ya en este mundo, aun cuando no tenga las características de los reinos temporales ni alcance aquí, por razón de su eternidad, su perfección y plenitud.
Cuando Cristo, ante Pilatos, afirma su realeza; cuando pide a los suyos que busquen el Reino de Dios y su justicia; cuando asegura que el Reino de Dios padece violencia; cuando dice que le fue dado todo poder sobre el cielo y sobre la tierra; cuando ruega al Padre que tanto en la tierra como en el cielo se haga su voluntad, está refiriéndose no sólo a un reinado para el fin de los tiempos, a una escatología futura y definitiva, sino también a un reino de aquí abajo, a un reino temporal que preanuncia y prepara su consumación final.
De aquí que el político, el que quiere servir a través de la política al hombre, a la sociedad y al bien común, edifique su esquema doctrinal sobre esta concepción sagrada del hombre, portador de valores eternos, capaz de condenarse y de salvarse.
Desde esa perspectiva, la ley no es un capricho de una voluntad mudable, sino una fórmula de razón emanada del derecho divino natural.
Y la Patria no es fruto de un contrato, sino una criatura histórica, con un destino en lo universal.
El combate espiritual de nuestro tiempo
Todos los componentes políticos, sociales y económicos del pensamiento joseantoniano arrancan, derivan y son, de alguna manera, tributarios de aquel Principio.
Quien no lo entienda así se pierde en divagaciones extrínsecas o extravagantes, interpreta torcidamente al fundador y, lo que es más grave, se priva de la savia creadora y eficaz de una doctrina que sólo en su pureza tiene actualidad y mística arrebatadora para un combate que puede ser apocalíptico.
Porque se combate —como ha escrito Marcel Clément— no es de hombre a hombre, de técnica a técnica, de método a método. Ni siquiera es un combate, como imaginó poéticamente José María Pemán, entre el ángel y la bestia.
Es un combate —permitidme la metáfora— entre dos ciudades, entre Babilonia y Jerusalén; o entre el Padre de la Mentira y el Maestro de la Verdad; o entre la Gran Ramera y la Sponsa Dei.
De aquí que nuestro tiempo sea un tiempo de arcángeles, como decía José Antonio, soñando con el paraíso difícil y con espíritus celestiales con espadas flamígeras de pie en las jambas de sus puertas.
Es un tiempo en el que los hombres que aspiran a combatir, alistados en las banderas de Dios, de la Patria y de la Justicia, tienen de algún modo que angelizarse, revestirse de las armas de la luz, para luchar sin orgullo pero con fe y con esperanza.
Sin fe y esperanza teologales, sin una visión trascendente de la política, sin un deseo fervoroso de elevar la mirada y desentenderse de la primacía de las batallas electorales, del voto y del sufragio, la victoria será imposible.
Porque nuestras armas resultarían ineficaces y, aun siendo eficaces, sería débil la moral de nuestros hombres, que habrán sustituido la mística por el mito, mientras el adversario, detrás de todas sus máscaras, contará con el mito y la mística de la Gran Ramera, de Babilonia y del Padre de la Mentira.
En el plano político es impresionante lo que leemos en el Libro de las Horas:
«Cesará la música de las cítaras y las flautas; el chirriar de la rueda de molino; la luz de las lámparas; las voces de los novios; porque los mercaderes se habrán convertido en los magnates de la tierra; y los hechiceros habrán extraviado a la humanidad, y clamará al cielo la sangre de los héroes y de los mártires y de los santos».
¿Y acaso no es el mundo de hoy patrimonio de la economía?
¿Y acaso los hechiceros, incluso dentro de la Iglesia, no nos privan de la Verdad que salva, de la Palabra que redime, y nos ofrecen palabras sin vida, monocordes, horizontales, puro corifeo servil de un marxismo ateo o de un cristianismo sin Dios?
¿Y acaso no clama al cielo la sangre de los héroes y de los mártires, e incluso de los santos, desde la sangre de José Antonio allá en 1936, y la sangre de tantas decenas de miles de españoles que sucumbieron durante la Cruzada, y la sangre de las víctimas del terrorismo —más de cien al llegar a esta fecha— y la sangre de los perseguidos en los países comunistas de Abisinia, Camboya o Vietnam, de los que nadie sabe nada y por los que nadie intercede?
Porque en esta época de exaltación de los derechos humanos y de la libertad de expresión, los únicos a los que se reduce al silencio absoluto y a los que se niegan tales derechos son aquellos que luchan y mueren por su Fe, por su Patria y por su verdadera libertad.
España en el enfrentamiento de nuestro tiempo
Veamos las cosas en su dimensión y en su perspectiva verdaderas.
En el enfrentamiento o guerra civil universal que vivimos en todas las latitudes, y también en todas y cada una de las instituciones, España es una zona clara y decisiva.
José Antonio, al contribuir con su aportación personal a la corriente renovadora de la Tradición, hizo posible dos cosas:
• Que España se reencontrase, aunque fuera dolorosamente, a sí misma.
• Que el marxismo sufriera aquí una derrota —su primera derrota— que no ha perdonado ni perdonará jamás; porque la palabra perdón no existe en su cínico vocabulario, porque todo eso de la reconciliación o de la renuncia al leninismo forma parte de la inmensa farsa de la mentira, toda vez que Marx lleva inexorablemente a Lenin, como Lenin lleva inexorablemente a los campos de concentración y al muro de la vergüenza.
Lo importante es que no caigamos en la trampa, que el pueblo español no se deje engañar de nuevo y que llegue a comprender que, si le repugna el comunismo, el adversario conoce también las fórmulas intermedias y suavizantes del liberalismo, del mal menor, de la economía del voto y de la transigencia, a la vez que emplea la difamación y el deterioro de la imagen de aquellos que ni se engañan ni quieren engañar.
Hasta qué punto el procedimiento ha sido hábil lo demuestran los resultados del referéndum, de las elecciones del 15 de junio y de la llamada reforma política: el caos económico, el aumento de la violencia, la crisis de confianza en el futuro, la inversión, en suma, de la Victoria y la entrega de la misma por aquellos que habían jurado defenderla.
Un trueque magistral, y a la vista de un público que todavía no reacciona del todo, jamás se había dado en el curso de la Historia; como jamás se dio un despliegue tan enorme de propaganda política justificadora del inmenso fraude, sin duda con la pretensión de sustituir o acallar una conciencia que remuerde por un consenso general que la respalde.
Pero se olvida que dicho consenso, aun cuando fuera universal, no limpia la conciencia de su mancha.
¡Oh, la inmensa responsabilidad personal, intransferible a la masa, a la opinión o al pueblo!
De ese fraude colosal mana la desazón interna. La tenaza masónica y marxista aprieta sus brazos sobre nosotros.
Franco lo advirtió y quiso que estuviésemos alerta. Lo que él no podía imaginar es que lo atado y bien atado lo desatasen sus máximos colaboradores; y es que los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz.
«Suárez ha hecho lo que no hizo Azaña», afirma Tarradellas.
Él, con sus colaboradores, está rompiendo la unidad española, pues a este objetivo responden las preautonomías y autonomías, el Aberri Eguna y la vergüenza de Villalar; el proyecto de Constitución, sin enmienda posible; las leyes contra la familia, legalizadoras de los anticonceptivos, del divorcio o que despenalizan el amancebamiento y el adulterio; la tolerancia de la pornografía, que ha permitido un anuncio en las calles de Madrid en que una artista, La Polaca, grita: «yo soy homosexual».
Y el terrorismo, que sigue al amparo de la amnistía que se concedió a los criminales; y aún hoy no se ha aclarado lo del túnel de la calle Fernando el Santo, ni el alcance de las colaboraciones del espía y general soviético, con investidura y protección diplomática.
Un teniente general en activo y en ejercicio de mando acaba de ofrecerle La Legión al jefe del Gobierno para respaldarle en el supuesto de que en su despacho reciba a un traidor.
El tema es grave, porque en un despacho oficial puede recibirse a los amigos y a los compañeros de trabajo, pero jamás, y a sabiendas, a los traidores.
¿Acaso recibir a un traidor a sabiendas no supondría complicidad en la traición?
Hoy Fuerza Nueva se desborda más allá de la nación. La presencia en Europa de nuestros movimientos acaba de hacerse palpable, quizá, y en cierto modo porque, como ha escrito Adriano Romualdi:
«Mi idea de patria no ha muerto, se ha transformado. Hoy nuestra patria es Europa».
De lo que se trata en el fondo es de descubrir en la Tradición europea, no lo de ayer, que pasó, sino lo eterno, que permanece, y que esa tradición supo aprehender y asimilar.
De lo que se trata es de la Revolución ahincada en la Tradición, de construir un orden fundado en el sentido ascético y heroico de la vida, de permanecer firmes en posiciones que muchos consideran perdidas, tomándonos como ilusos ante esa loca y sublime pretensión.
Pero ni Santa María de la Cabeza ni el Alcázar fueron empresas inútiles, como no lo serán las posiciones ocupadas por la Europa que renace y que nosotros acabamos de ver.
De nuestras visitas a Italia, yo quiero tan solo recordar tres hechos:
• La entrega de unas medallas por las madres de los jóvenes del MSI asesinados no hace mucho en las calles de Roma.
Ellos contenían las lágrimas, pero nosotros no.
¡Ay de aquellos que hacen llorar a los niños!
Y aquellas madres italianas me recordaron a las madres y esposas de los guardias civiles, de los policías armados, de los agentes del orden, de los españoles victimados y masacrados por el terrorismo.
Unas y otras, en su dolor, ofrecido por la causa, son las madres de Europa, las dulcineas de la Europa que renace.
• La cena de clausura del encuentro. Tuve que pronunciar un discurso. Arranqué mis primeras palabras de un texto brillante de Donoso Cortés y las puse punto final con los versos de un capitán italiano, escritos en la cárcel y que, como en un salmo responsorial, concluyen en cada estrofa:
«Yo no he traicionado».
Y con la vieja oración que acostumbraban a recitar los legionarios de Benito Mussolini, en la que se pedía al Señor que salvase a Italia.
El auditorio se puso en pie para escuchar, con un silencio absoluto y religioso que se mascaba, aquella oración bellísima, que yo completé así:
«¡Señor!: pon tu cruz delante de nuestras banderas y salva a Italia, a Francia, a España, a Europa que, una, grande y libre, jamás será vencida».
Conclusión
Vuelvo, para terminar, al tema tan sugestivo para mí de Alicante, y ahora personificado en ese escritor barroco, lleno de imágenes y traspasado de luz, que se llamaba Gabriel Miró.
En Humo dormido, Miró alude a Pablo, Pedro, Juan y Santiago, y nos recuerda que Pablo es la doctrina, Pedro la autoridad y Juan la mística.
Y ello es, precisamente, lo que nosotros necesitamos para nuestra gran empresa: doctrina muy clara; sentido de la autoridad, que es tanto como decir disciplina, que ahuyenta a los demonios familiares a los que Franco tantas veces se refiriera; y mística, sin la que es imposible mantenerse en forma para el combate.
Pero puede suceder que, a pesar de todo, y por la flaqueza humana, surja el desaliento. Entonces Gabriel Miró nos recuerda a Santiago.
Si el Apóstol, cuando trataba de evangelizar a los españoles, abatido por el fracaso, tuvo que recurrir a la Señora, sigamos su ejemplo: antes que hundirnos en el desánimo o abandonar la lucha, recurremos a él, patrón y protector de la Patria, seguros de que, en nuestro auxilio, volverá a aparecerse en hábito de romero o de soldado.
¡Viva Cristo Rey!
¡Arriba España!
Conferencia de Blas Piñar
