Hemos utilizado este texto (discurso pronunciado en el Círculo Mercantil de Zaragoza, 28-10- 1984), pero en realidad es una repetición, a partir de este punto, del prólogo a libro de Giorgio Almirante, fundador y Secretario General del Movimiento Social Italiano (MSI), titulado José Antonio Primo de Rivera, publicado también en España en noviembre de 1981. En Italia fue editado por Giusseppe Ciarrapico. Giorgio Almirante y Blas Piñar presentaron la obra en el hotel Eurobulding de Madrid cuyas grandes salas resultaron insuficientes para acoger al público. El acto se enmarcó dentro de las actividades vinculadas a la conmemoración del 20 de noviembre. Entre ellas la entrega a Blas Piñar para su presentación en el Congreso de los Diputados, entonces el dirigente de Fuerza Nueva era diputado por la coalición Unión Nacional, de las 60.000 firmas recogidas en Valencia para evitar que se retirara la figura ecuestre de Franco en la capital del Turia.
Mañana se cumplirá, Dios mediante, un nuevo aniversario del discurso fundacional de José Antonio en el teatro de la Comedia, de Madrid. Que las palabras que voy a pronunciar ahora sean un homenaje a aquel capitán de juventudes que nos legó, con una doctrina fecunda, el ejemplo heroico de su muerte por ella.
Su muerte y la de Franco —aunque distanciadas en el tiempo— se hermanan, desde 1975, el 20 de noviembre, y a ese día, próximo otra vez, me remito para recordar la de ambos: la del Capitán y la del Caudillo, la de dos hombres excepcionales y fuera de serie, que consagraron sus vidas al servicio de una empresa singular que se conoce y conocemos con el nombre bendito de España.
Pero si la muerte de uno y de otro es objeto de una reflexión periódica, el estudio de la doctrina que profesaron ha de ser materia de meditación continua por parte de quienes aspiran a un puesto de vanguardia en idéntico servicio. De aquí que me haya parecido oportuno, fiel a esta línea de conducta, traer a vuestra consideración un tema poco conocido: el de Europa y José Antonio, sin perjuicio de ocuparme, cuando la oportunidad se presente, de hablar sobre José Antonio y América.
Y cuando me refiero a América, hago alusión a la del Norte, es decir, a la América sajona, pero sobre todo a Hispanoamérica —y no a la América latina—, a la Hispanidad, que nació aquí, junto al Ebro, cuando, iniciada la evangelización de la Península, María vino en carne mortal a Zaragoza e hizo soñar al apóstol Santiago con las carabelas descubridoras que siglos más tarde llevaron a bordo hasta el Nuevo Mundo la cruz, la Eucaristía y el Padre Nuestro.
I
Hace falta la medida del tiempo para que el hombre y su obra se perfilen con nitidez. Y esa medida me parece que se ha colmado por lo que a José Antonio respecta. De aquí que la contemplación del hombre y de su obra nos permita descubrir o destacar aspectos no resaltados de su visión personal y de su pensamiento. Tal es lo que sucede con relación a Europa.
La sensibilidad exquisita de José Antonio, su formación clásica y sus dotes de observador, le permitieron en el marco temporal de su época una aproximación, primero, al tema de Europa y, después, a un planteamiento sin retórica del momento histórico y decisivo por que atravesaba —y sigue atravesando—, un examen de las soluciones ofertadas para salir de la crisis y una valiente actitud negadora de las falsas soluciones seguida —para ser lógico— de un apasionado llamamiento a embanderarse gallardamente para salvar a Europa en torno a los principios que constituyen su genio colectivo y que continúan latiendo en la misma raíz del ser nacional de España.
Para José Antonio, España no es una nación aparte, encerrada en su torre de marfil, ajena al pálpito de un continente del cual aspira a desentenderse. Una concepción cerrada y celtibérica de España es absolutamente ajena al modo de ver y reflexionar de José Antonio.
Ahora bien, la mirada de José Antonio no se limita a la toma de razón de su crisis, sino que se remonta a sus causas, única forma de encontrar soluciones a la misma.
Se ha hablado del rapto de Europa, y no sólo en términos mitológicos, sino como conclusión acertada de una filosofía de la civilización.
La Europa de Santo Tomás vivió de verdades absolutas. Partiendo de la unidad metafísica, dice José Antonio:
«Europa funcionaba según la más perfecta economía de los siglos, y las Universidades de París y de Salamanca razonaban sobre los mismos temas en el mismo latín. El siglo XIII llenó la época más alta que ha gozado Europa. Del siglo XIII al XVI, el mundo entero —que en este caso es Europa— vivió una vida fuerte y sólida, en una armonía total».
El rapto comenzó a producirse con la introducción de la duda y del libre examen. La duda corroe un sistema porque antes ha sembrado el escepticismo en el hombre; y un sistema no se mantiene con hombres que se encogen de hombros.
La duda comenzó por donde comienzan las grandes crisis: en el campo de la Teología. Desde su altura es lógico y fácil el deslizamiento a la Política y a la Economía.
El liberalismo religioso de Lutero alumbró el liberalismo político de Rousseau, y el liberalismo económico de Adam Smith. En una síntesis apretada, la proclamación de las tesis protestantes, El contrato social e Investigación acerca de la riqueza de las naciones forman la trilogía del rapto, hoy a punto de consumarse.
El libre examen contesta al Magisterio que vela por la pureza de la doctrina revelada y salvadora. De aquí que cuando triunfa produce el caos en el dogma y por ello mismo en los sacramentos, en la liturgia y en la disciplina.
El liberalismo político se opone a la existencia de verdades inspiradoras del derecho positivo, que constituyen la roca sobre la que ha de construirse la comunidad civil. De aquí que cuando se abre paso, lejos de edificar, destruye, porque la arena movediza no sirve de fundamento.
El liberalismo económico entiende que el juego espontáneo de los hechos produce el bienestar, como si el homo faber quedara limpio de pecado cuando atraviesa el portón del dinero. De aquí que cuando se impone, reduciendo al Estado a un puro espectador, se lesiona gravemente el bien común, que supone muchas veces el bien individual de los ciudadanos.
Los cimientos teológicos, políticos y económicos de Europa fueron brutalmente quebrantados.
La Europa de José Antonio —en la que España, con su propia configuración nacional, se siente inmersa— sufrió y sufre las convulsiones de la descomposición.
La disyuntiva es amarga y espeluznante. Las perspectivas se reducen, para José Antonio, a dos:
«la vecindad de una guerra… en la que Europa, desesperada, desencajada, nerviosa, acaso se precipite»,
o «el comunismo ruso, con su doble influencia marxista germánica y anarquista asiática».
Lo que no podía vislumbrar José Antonio era que la disyuntiva tuviese un catalizador unificante y que la guerra en la que alocadamente se precipitó fuera el suicidio de Europa.
El suicidio de Europa se titula un libro esclarecedor del príncipe Sturdza, ministro de Asuntos Exteriores de Rumanía; suicidio provocado con tres armas: la de la propia conflagración, con su cortejo de destrucciones físicas y morales; la entrega al comunismo de varias naciones del continente; y la política de luz verde para la penetración marxista en las naciones que escaparon a la entrega.
II
Para José Antonio, europeo de España, la solución no puede estar en el liberalismo, causante de la hecatombe, pero tampoco se halla en el Estado de hierro que destruye la libertad. Si el liberalismo conduce de suyo a la anarquía, el Estado de hierro, amputando la libertad, conduce al despotismo.
Ante el problema trascendente para la civilización, ni cabe afirmar que es preciso destruir al Estado para que surja una sociedad de hombres libres, ni cabe propugnar una sociedad de hombres iguales. Si la libertad produce la desigualdad, la igualdad acaba con la libertad. Y como sin libertad el hombre se convierte en robot y la igualdad es biológicamente imposible, la única salida airosa de la crisis se halla en la fórmula que asume con la fe la defensa de la libertad y con el amor el equilibrio de la desigualdad.
José Antonio, el 17 de noviembre de 1935, hizo clara referencia a las actitudes posibles ante la hora decisiva, es decir, a las fórmulas iniciales que se pueden adoptar en un intento de restauración de la armonía del hombre con su contorno.
La primera, disolver la colectividad en los individuos (solución ácrata).
La segunda, absorber a los individuos que tienden a dispersarse en la colectividad (solución totalitaria).
La primera de las soluciones, dice José Antonio, es funesta, y la segunda no es definitiva porque tiene vocación de interinidad.
La fórmula madura se halla en volver a hermanar al individuo con su contorno, reconstruyendo «las unidades naturales de convivencia» y los valores orgánicos, libres y eternos que se llaman:
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el individuo, portador de un alma,
-
la familia,
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el sindicato,
-
y el municipio.
La tarea de reconstrucción, la búsqueda animosa de los pilares que hicieron posible la plenitud de Europa, es la piedra de toque necesaria para su interpretación correcta y vitalizante del pensamiento joseantoniano, de su doctrina armonizadora del destino del hombre y del destino de la Patria.
Ni anulación del Estado, ni Estado opresor, sino Estado fuerte y organizado que garantice la libertad y la existencia.
Tal es «la clave de Europa, que así fue Europa cuando fue y así tendrían que volver a ser Europa y España».
III
Son falsas y malévolas, por tanto, las imputaciones que se hicieron a José Antonio en su época y que se repiten hoy de panteísmo estatal. La revolución nacional sindicalista «no va a consistir en la absorción del individuo por el Estado, en el panteísmo estatal», afirmará rotundamente.
«La divinización del Estado es cabalmente lo contrario de lo que nosotros deseamos», pues entendemos que «el Estado no justifica su conducta […] sino […] si se amolda a una norma permanente», es decir, al derecho natural y al derecho divino, que hacen del bien y la verdad «categorías de razón».
La dialéctica de José Antonio es contundente. No hay más que dos métodos de divinización del Estado:
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la del sufragio popular, que atribuye a la decisión voluntaria de la mayoría el dictamen sobre el bien y la verdad;
-
y la del absolutismo monárquico, que atribuye al rey esa decisión y dictamen.
Sólo los idiotas —concluirá José Antonio— seguirán diciendo mañana, pasado y dentro de cien años que nuestra doctrina y nuestra praxis exigen desmontar el Estado «para sustituirlo por otro Estado absorbente, anulador de la individualidad».
Para sacar esta consecuencia, ¿íbamos nosotros a tomar el trabajo de perseguir los últimos efectos del capitalismo y del marxismo hasta la anulación del hombre?
Si queremos evitar eso, la construcción de un orden nuevo la tenemos que empezar, como occidentales, como españoles y como cristianos, por el hombre y sus unidades orgánicas.
Una estimación global de las falsas imputaciones hechas al pensamiento joseantoniano nos lleva a examinar el calificativo de fascista, esgrimido entonces y ahora por adversarios y envidiosos.
La cuestión, para mí, es clara y no cabe reaccionar ante ese calificativo con temple mediocre y turbado. Esta reacción es la que precisamente se busca: que ante el vocablo, que tiene carácter peyorativo, en vez de argumentar con lógica respondamos con miedo.
Y la respuesta ha de ser tan lógica como valiente.
Por valiente ha de llevar consigo una actitud gallarda, que no se siente herida por la calificación.
Por lógica, ha de ir acompañada de un examen objetivo del resurgimiento de los valores nacionales en la Europa que subsigue a la primera conflagración universal, es decir, a la guerra de 1914 a 1918.
Porque una cosa es el fascismo y otra los que se han llamado, con fórmula generalizadora, simplista e inexacta —aunque aceptable a fines dialécticos— los fascismos.
El fascismo es un movimiento político italiano que tuvo como jefe a Benito Mussolini.
«Yo he visto de cerca a Mussolini —escribe José Antonio en octubre de 1933— […] el de maravillosa serenidad […] héroe hecho padre […] que vigila […] perenne el afán y el descanso de su pueblo».
«El fascismo —había dicho antes— es una idea. Frente al marxismo, que afirma como dogma la lucha de clases, y frente al liberalismo, que exige como mecánica la lucha de partidos, el fascismo sostiene que hay algo sobre los partidos y sobre las clases, algo de naturaleza permanente, trascendente, suprema: la unidad histórica llamada Patria, y que al servicio de la Patria y el Estado tiene algo que hacer y algo que creer».
Lo que ocurre es que la Patria, como unidad histórica, es algo anterior y posterior al fascismo, y que el fascismo recoge como exponente de «una actitud universal de vuelta hacia uno mismo».
De aquí que el intento de reencontrar a España, «de buscar nuestra íntima razón de ser en las entrañas propias», como igualmente quería Ganivet, no sea una imitación de lo que hizo en Italia el fascismo, sino un aprendizaje y un estímulo para que nosotros, volviéndonos hacia nosotros, encontremos a España.
Precisamente por ir al reencuentro de nuestra propia identidad, José Antonio, que considera un genio a Mussolini, no es fascista.
«Todos sabemos que mienten cuando dicen que nosotros somos una copia del fascismo».
Más aún, el reencuentro con la propia identidad nacional, aunque acerque el método para lograrla, conduce a resultados diferenciadores, porque la Patria, cada Patria, es diferente, se ha configurado de modo distinto y tiene un destino propio en el quehacer universal.
Con harta razón argumentaba José Antonio: porque otras naciones «se hayan vuelto hacia sí mismas, ¿diremos que las imita España al buscarse a sí propia? Estos países dieron la vuelta sobre su propia autenticidad y, al hacerlo, nosotros también la autenticidad que encontraremos será la nuestra […] y, por tanto, seremos más españoles que lo hemos sido nunca. España no va a imitar a Italia, va a buscarse a sí misma».
Y aquí es donde se halla la clave de un orden nuevo para Europa: que ese reencuentro de las Patrias consigo mismas tiene que conducir, no obstante la personalidad nacional diferenciada, al descubrimiento de los valores comunes que, matizados por las propias características nacionales, les dieron vida en el decurso de la historia.
La dialéctica más apta, pues, para enfrentarse con el vocablo despectivo de fascista que nos arroja el adversario, consiste, como decíamos antes, en la réplica valiente y lógica de: fascistas no y fascistas sí.
Fascistas no, si por fascismo se entiende el movimiento político italiano que acaudilló Mussolini.
Fascismo sí, si se califica de fascismo a los movimientos en los que hay, por debajo de las características locales, unas constantes que son patrimonio de todo espíritu humano, y esas constantes convergen en el redescubrimiento de la propia identidad nacional.
José Antonio supo dar la respuesta valiente y lógica cuando escribió: si por fascismo «se entiende una fe y una creencia en la Patria, como algo superior a la suma de individuos, como una entidad con vida propia, independiente, y con una empresa universal que cumplir, efectivamente, lo somos […] porque el fascismo, como denominación genérica, tiene un valor de lucha, de alzamiento, de protesta de pueblos oprimidos contra circunstancias adversas, con su cortejo de mártires y con su esperanza de gloria».
IV
Ese reencuentro de España consigo misma tiene una dimensión europea, porque aquí, en nuestra «reserva espiritual», según la frase acuñada, se han mantenido, como en un vivero apartado de la dureza invernal, esos valores que hicieron posible la plenitud de Europa y la existencia de la Cristiandad, a la que José Antonio aludía.
La tarea de autoidentificación, en el caso de España, ofrece una dimensión transnacional. La presentación pública y a escala europea de sus resultados constituye una exigencia de solidaridad o, mejor aún, para emplear un lenguaje adecuado, del amor fraterno, que no sólo conviene a los hombres, sino también a las Patrias.
¿Y qué es lo que en síntesis ofrece el pensamiento joseantoniano, no sólo a España, sino a las naciones hermanas de Europa? ¿Qué valores redescubiertos en España pueden estimarse —sin perjuicio de los que constituyen patrimonio diferenciador— valores comunes, indispensables, configuradores de la auténtica Europa, de la Europa que, inspirándose en ellos, alcanzó aquella plenitud?
José Antonio, que ha asumido el método —«la actitud universal de vuelta hacia uno mismo»— pero no la ideología ni el sistema auspiciado por otras naciones, profundizando en el ser mismo de España, teje un haz de principios básicos y animadores del quehacer político: el militar, el social, el nacional, el poético y el religioso.
Ese quehacer político ha de tener tal fuerza sugestiva que nos haga sentirnos «no la vanguardia, sino el ejército entero de un orden nuevo que hay que implantar en España y que España ha de comunicar a Europa y al mundo».
«Ni Séneca, ni Trajano, ni el Gran Capitán —recuerda José Antonio— aspiraron a un orden pequeño para España, sino que fueron a Roma, a Europa, a empuñar las riendas del mundo».
Conviene, pues, que nos detengamos en el examen, por breve que sea, de los principios animadores de la tarea política, considerada no como profesión, sino como vocación sacrificada y llamamiento al que se responde de manera definitiva.
El principio militar
El primero es el militar, puesto de relieve en el discurso del Teatro de la Comedia, del 29 de octubre de 1933, en el que, concluyendo el hilo de las razones que le llevaron a la fundación de su movimiento político, asegura que éste no es tanto una manera de pensar como una manera de ser.
Esto impone la adopción ante la vida entera de una actitud de servicio y sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida.
La actitud militar, la asunción civil y política de las virtudes castrenses, ha devenido en una exigencia para los pueblos que quieran salvarse. Por ello, en el punto IV del movimiento que José Antonio encabeza se dice:
«Haremos que un sentido militar de la vida informe toda la existencia española».
Y en el IX de los Puntos Iniciales se pedía, al que solicitaba un puesto en la línea de combate, que entendiera la vida como milicia: disciplina y peligro, abnegación y renuncia a toda vanidad, a la envidia, a la pereza y a la maledicencia.
El principio social
El segundo de los principios que arman la doctrina joseantoniana es el social.
Para José Antonio, la libertad desaparece o se merma hasta la angustia si no se asegura al hombre un mínimo de existencia.
Para asegurar ese mínimo de existencia es preciso ordenar la economía sobre bases que aumenten las posibilidades de disfrute de millones de hombres.
Esa ordenación de la economía postula, a su vez, un Estado fuerte que organice aquella de tal modo que no se enajene el trabajo como una mercancía y que todos los que intervienen en la producción y distribución se constituyan en Sindicatos verticales, que funcionarán orgánicamente, sin necesidad de comités paritarios ni de piezas de enlace.
El principio nacional
El tercero de los principios es el nacional.
Para José Antonio hay que distinguir entre:
-
el patriotismo telúrico, emotivo, romántico y sentimental por la tierra nativa,
-
y el patriotismo intelectual de la misión.
Este segundo transforma el patriotismo en una verdad inconmovible, ganada en lucha heroica contra lo espontáneo.
De este punto de partida arranca el concepto joseantoniano de nación.
Vista hacia atrás, la nación, como unidad histórica, no se contrata: se funda.
Vista hacia adelante, la nación es unidad de destino en lo universal.
La nación se alza por encima de factores puramente físicos, étnicos o lingüísticos. Lo es en tanto constituye unidad de historia, convivencia y destino.
La revolución necesaria para el logro de la justicia social no puede consistir en dar un salto en el vacío ni en importar modelos ajenos.
La revolución auténtica nace del pasado y de un sentido tradicional profundo.
José Antonio concibe la reconstrucción nacional como síntesis entre revolución y tradición, no como copia del pasado, sino como intuición de lo que los grandes antiguos harían en nuestras circunstancias.
El principio poético
El cuarto principio es la poesía.
Para José Antonio, el movimiento político que nacía debía ser desde su origen un movimiento poético, porque:
«A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!».
La poesía política no consiste simplemente en versos. Es una forma profunda de entender la vida, una sensibilidad capaz de descubrir el sentido interior de las cosas.
En este sentido puede existir una prosa poética, y la política misma puede concebirse como una función poética.
La poesía vital no es fruto del instinto desbordado, sino que necesita norma y disciplina, del mismo modo que el verso necesita de la estrofa.
El principio religioso
El quinto principio es el religioso.
José Antonio supo aclarar el problema de las relaciones entre religión y política.
Una cosa es la autonomía de lo temporal, y otra muy distinta el desligamiento absoluto de lo temporal respecto de lo religioso.
Es cierto que hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; pero se olvida que también el César, la política y el Estado están sometidos a Dios.
La Iglesia tiene una misión espiritual que el Estado no puede suplantar. Pero el Estado tampoco puede desentenderse de la religión ignorando el fin último del hombre.
Las relaciones entre Iglesia y Estado constituyen un problema específico; pero distinto es el tema de la actitud del Estado ante la religión, pues la comunidad política tiene, como recuerdan el magisterio pontificio y el Concilio Vaticano II, deberes para con Dios.
V
José Antonio, a mi manera de ver, comprendió y vivió teológicamente la política. Desde lo poético, que es como una mística temporal, se eleva al plano teológico por la vía religiosa. En ese plano une a lo poético lo militar, y lo militar a lo religioso, porque:
«Lo religioso y lo militar son los dos únicos modos enteros y serios de entender la vida».
«No hay, pues, más que dos maneras serias de vivir: la manera religiosa y la manera militar, o si queréis, una sola, porque no hay religión que no sea una milicia ni milicia que no esté caldeada por un sentimiento religioso; y es la hora ya de que comprendamos que con ese sentido religioso y militar de la vida tiene que restaurarse España».
Ahora bien, la teología del quehacer político, el recobro de la calidad religiosa de la existencia, abarca:
-
al hombre, como eje del sistema;
-
al militante del Movimiento, como portavoz y testimonio personal de una doctrina;
-
al jefe, que la encabeza;
-
al Estado, como instrumento que, según la frase de Oliveira Salazar, pone una idea en acción;
-
y a la comunidad política que rige el Estado.
El hombre como eje del sistema
Para José Antonio, el hombre es efectivamente el eje del sistema. Pero surge la pregunta: ¿qué es el hombre?
¿Un ciudadano que acude a las urnas para depositar su voto?
¿Un ser que produce y consume?
¿Un animal biológicamente desarrollado con un destino idéntico al de los demás seres vivos?
La respuesta es negativa.
El hombre es algo mucho más importante que un sujeto electoral o un agente económico. El hombre es un ser trascendente, «llamado a la inmortalidad […] portador de valores eternos, envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse».
«Sólo cuando al hombre se le considere así —asegura José Antonio— se puede decir que se respeta de veras su libertad», su dignidad y su integridad como valores intangibles.
El militante
El militante del movimiento joseantoniano no puede eludir el planteamiento religioso de su vocación política.
No cabe desentendimiento, porque si esa vocación se enmarca en el ámbito de lo espiritual, el ápice de lo espiritual es lo religioso. Ningún hombre puede dejar de formularse las preguntas eternas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá.
A esas preguntas no se puede responder con evasivas, sino con la interpretación católica, que se presenta como la verdadera.
Por eso el militante debe conquistarse a sí mismo para conquistar a España, porque la primera revolución que hay que ganar es la interior, la que se libra en la propia formación.
Esa revolución interior dota al hombre de la fortaleza necesaria para el combate, estabiliza en los momentos de dificultad y evita tanto la soberbia en la victoria como la deserción en la adversidad.
El militante ha de cumplir su misión política con neto sentido religioso, contemplando su tarea sub specie eternitatis.
El jefe
El jefe debe asumir la tarea con espíritu de servicio. Debe abandonar la comodidad egoísta de su vida privada y convertirse, incluso desde el puesto más humilde, en el primer servidor de la armonía total.
La jefatura, esa «gloriosa pesadumbre del mandato», es una misión de capitanía que obliga a todos los sacrificios.
De ella no se puede desertar por impaciencia, por desaliento o por cobardía.
El jefe no debe obedecer al pueblo, sino servirle. Y ese servicio exige fe: una fe profunda que establezca los hilos de comunicación entre el conductor y su pueblo.
Esos hilos —según José Antonio— no son meramente intelectuales, sino religiosos, y por ello el pueblo sigue a sus jefes como a profetas.
El Estado
El Estado, por su parte, no puede ser agnóstico, sino ético.
Pero la eticidad no surge de un laicismo abstracto, sino de una afirmación del sentido católico de la vida.
Por ello, el proyecto de reconstrucción de España —uno de los fines del Estado— ha de tener necesariamente ese sentido.
Así lo expresa el Punto VIII de los Puntos Iniciales del movimiento joseantoniano:
«El Estado nuevo se inspirará en el espíritu religioso tradicional en España y concordará con la Iglesia las consideraciones y el amparo que le son debidos».
La comunidad política y el amor a la patria
Finalmente, la concepción teológica de la política implica que quienes participan en ella actúen movidos por un amor de caridad hacia la patria.
Si el espíritu religioso ha sido la clave de los mejores momentos de la historia de España, es porque quienes la protagonizaron fueron impulsados por la fe y la caridad.
José Antonio distingue entre dos formas de amar a la patria:
-
el amor físico o instintivo, ligado al gusto o al apego sentimental a la tierra;
-
y el amor de perfección, que nace de una voluntad espiritual más profunda.
«Los que aman a su patria porque les gusta la aman a golpe de instinto, con un oscuro amor a la tierra; la aman física y sensualmente.
Mientras que nosotros la amamos —aunque no nos guste— con una voluntad de perfección, porque amamos la eterna e inconmovible metafísica de España».
Ese amor impulsó a José Antonio a recorrer ciudades y campos predicando esta buena nueva, tratando de encender un amor activo y combativo por España.
Un amor no blando ni sentimental, sino resuelto, enérgico y viril, dispuesto incluso a ofrecer el sacrificio de la sangre.
VI
Para José Antonio, en España hay carne y alma, y entre el alma y la carne se libraba —como se libra hoy— un combate que José María Pemán puso en verso al escribir su Poema de la bestia y el ángel.
El dolor de España, el sentimiento de amargura —el amor amargo— que invadió a José Antonio, no para reducirle a la parálisis sino para impulsarle a la acción, nace de la cólera y el asco que le produce su carne enferma.
España era —y lo es ahora— una nación reducida en el lenguaje a la inferior categoría de país, y, para utilizar las mismas palabras del fundador: mediocre, entristecida, miserable, melancólica, dormida, oprimida, chata, olvidada, maltratada, dividida, sesgada y en ruina moral.
A esta carne hay que inyectarle espíritu salvador. Y ese espíritu no es otro que el alma española, el genio subterráneo de España, que aspira a hacer realidad en el tiempo y en el espacio el arquetipo de la España eterna, de la Patria que la Providencia quiso para la Historia.
Hay que tomar partido:
-
o por la España artificial, infecunda y ruidosa;
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o por la España verdadera, vieja y entrañable, sufrida y segura, que conserva durante siglos la labranza, los usos familiares y la continuidad entre antepasados y descendientes.
Es la España rítmica, clara, tensa, tradicional y social, entera y armoniosa, una y plural, grande y libre.
Tales son los principios —el militar, el social, el nacional, el poético y el religioso— con los que José Antonio teje su doctrina política.
Con ellos intenta oponerse al incendio de Europa, a su hecatombe, al declive y clausura de la civilización occidental y cristiana, que nosotros, educados en sus valores esenciales, nos resistimos a dar por caducada.
«¿Qué se avecina para Europa?», se pregunta José Antonio.
«Se avecina una invasión de la barbarie», la invasión del comunismo sin Patria y sin Dios, una catástrofe histórica de las que suelen operar como colofón de cada era.
Ante esa invasión caben dos tesis:
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la catastrófica, que la considera inevitable y sólo confía en que, tras la destrucción, germine una nueva Edad Media;
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y la tesis joseantoniana, que aspira a tender un puente sobre la invasión de los bárbaros, a asumir sin catástrofe intermedia cuanto la nueva edad pueda tener de fecundo y a salvar todos los valores espirituales de la civilización.
La visión profética de José Antonio coincide con la de Donoso Cortés y Vázquez de Mella.
Pero lo importante no es sólo prever el futuro, sino responder ante él.
Y la respuesta que José Antonio comienza a dar en España, buscando en el ser nacional, apelando a su genio y reencontrándolo con nostalgia, es una respuesta universal.
«Cuando el mundo se encuentra sin salida, España es la que vuelve a tener razón contra todos», porque los valores fundamentales de la civilización española recobran, tras siglos de eclipse, su autoridad antigua.
El antimarxismo de José Antonio no es sólo una negación, sino el reverso de una actitud positiva y combativa.
«Somos antimarxistas —afirma— porque nos horroriza, como a todo europeo, ser como un animal inferior en un hormiguero».
Para el comunismo el incendio de Europa es un triunfo magnífico.
Pero arrancar a ese incendio su fuerza destructora y convertir su fuego en luz para un nuevo camino, vitalizado por los valores que dieron a Europa su plenitud y su unidad espiritual, es la tarea que incumbe a los españoles como europeos y a España como potencia europea.
Si España se opone al incendio de Europa, no lo hace ignorándolo ni refugiándose en sí misma, sino encendiéndose con el fuego del Espíritu, inflamándose con el entusiasmo de la Patria y de la Religión.
Conclusión
Esos valores —el militar, el social, el nacional, el poético y el religioso— los tenemos en España intactos.
¿A qué esperamos —grita enardecido José Antonio— para recobrar nuestra vocación y ponernos otra vez, por ambicioso que esto suene, en muy pocos años a la cabeza de Europa?
Ya sé que España ha perdido la batalla después de conseguir su Victoria. No es ahora el caso de analizar aquí las motivaciones convergentes de esa pérdida.
En cualquier caso, la empresa de hacer historia no aparece conformada por una línea recta, sino por un zigzag tembloroso, análogo al de la aguja imantada, al del péndulo vacilante o al del nivel inseguro; pero, al fin, la aguja encuentra su norte, el péndulo su verticalidad y la burbuja del nivel su quietud.
Por eso, ante una Europa en crisis, podemos recordar el texto antiguo:
«O vence la concepción espiritual, occidental, cristiana, española de la existencia, o vence la concepción materialista».
La España de hoy, víctima del contagio, se atreve con serena energía a repetir a las naciones hermanas del continente que han puesto en ella sus ojos angustiados las palabras de José Antonio:
«Todas las fuerzas juntas de la destrucción no han podido hacer sino parar por unos instantes la marcha de la nueva España, que avanza con la cabeza metida en lo eterno y con los pies calzando el brío de toda una juventud segura de sus pisadas».
Esta actitud es la única que puede hacernos brincar por encima de la ciénaga y poner nuestras energías al servicio no sólo del destino de España, sino también del destino de Europa, porque a Europa, desde esta punta sur occidental del continente, la queremos —en la rica multiplicidad de sus naciones— una, grande y libre.
