Articulo publicado en Fuerza Nueva, nº 1.280 (del 5 al 30 de abril de 2003).
María Lidia Losada de Genta, escritora argentina, a la que me une una entrañable amistad y con la que comparto ideas y actitudes, en su precioso libro Glosas del Buen Combate (Ediciones Combate, Buenos Aires, 1960), escribió lo siguiente:
«José Antonio, José Antonio. Un nombre que va a nombrarse mientras se nombren los nombres que no pueden olvidarse; porque José Antonio fue la voz nueva para un pensamiento antiguo».
Por eso, sin la menor duda, al cumplirse el centenario del nacimiento de José Antonio, los que hemos aprendido tanto de él, los que hemos surtido con sus ideas el patrimonio ideológico que defendemos y hemos fortalecido nuestra disposición para luchar con el ejemplo de su vida y, como él dijera, con «el sacramento heroico de su muerte», teníamos —sobre todo ahora— la obligación moral de recordarlo; y al recordarlo, no recluirlo en los límites de la intimidad, sino darlo a conocer a las nuevas generaciones, para las cuales, en su gran mayoría —y como fruto de una política sectaria— puede ser, en unas ocasiones, un desconocido y, en otras, un «fascista reaccionario», en clave peyorativa.
No es posible, en la necesaria brevedad de un artículo, traer sobre la mesa todo aquello que dio a conocer, con la palabra y con la pluma, José Antonio Primo de Rivera. Es preciso centrarse en la quintaesencia de su pensamiento, en lo que tuvo de profecía y, en trance ya de cumplimiento, tiene vigencia absoluta en el tiempo realmente dramático en el que nos toca vivir.
A mi modo de ver, la originalidad, por una parte, y la lección, por otra, de su doctrina —no dañada por el tiempo— descansa sobre cinco puntos cardinales:
-
el enfoque trascendental del quehacer político;
-
el pálpito poético que debe animar su mensaje;
-
el concepto del patriotismo;
-
la fuerza vertebradora e identificadora de la Tradición;
-
y el papel que a España corresponde en lo que podemos llamar Euroamérica.
Estos cinco puntos cardinales de la doctrina joseantoniana creo que nos autorizan, al recordarlos, para definirlos como permanentes para una política marcada con el signo nacional; y, una vez enumerados, procede que los examinemos.
1º El enfoque trascendente del quehacer político,
que se manifiesta sin mitigaciones ni vergonzantes titubeos; y no sólo en su concepto del hombre y del militante de su movimiento, sino por lo que hace referencia a sus dirigentes y a España como nación.
Para José Antonio, «sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse».
El militante ha de ser algo más —diría que mucho más— que socio o afiliado, con carnet de un ente comercial, artístico, deportivo o político. El militante debe ser «mitad soldado y mitad monje», para cumplir «una misión en el neto sentido de la palabra [es decir] en el sentido religioso».
El dirigente, al que se decora de algún modo con el manto de púrpura, pero también con la enorme responsabilidad de su peso, ha de ser portavoz de «una gran fe, de cara hacia afuera —pueblo e historia—, porque la función del político es religiosa».
España, como sujeto colectivo, y el movimiento joseantoniano que nació para servir a su continuidad histórica —se decía en el punto 25 de su Norma Programática— «incorpora el sentido católico —de gloriosa tradición y predominante en España— a la reconstrucción nacional».
De forma más explícita, el Punto VIII de los iniciales estaba redactado así:
«La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es, además, históricamente la española».
Así pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico. El Estado nuevo se inspirará en el espíritu religioso católico.
Palabras de José Antonio fueron éstas:
-
«¿A qué puede conducir la exaltación de lo genuino nacional sino a encontrar las constantes católicas?»
-
«El espíritu religioso es la clave de los mejores arcos de nuestra Historia».
-
«El genio subterráneo de España no se comprende sino bajo especie de eternidad».
¡Qué comprensión tan clara la de José Antonio de la clave teológica de la Historia, de la que hablaba Toynbee, y del planteamiento teológico de la política de Donoso Cortés!
2º El pálpito poético del mensaje político,
tal y como lo concibió y lo vivió José Antonio, nos exige distinguir no sólo al que se embarca en la aventura política por vocación del politiquero o politicastro que lo hace por interés, sino entre el verdadero político y el puro y neutro administrativo o burócrata —profesión noble, pero distinta a la de aquél—.
El mensaje del político auténtico requiere una fibra poética, la de aquella «poesía que promete», rival y opuesta a la «poesía que destruye», porque a los pueblos no «los han movido más que los poetas».
3º El patriotismo auténtico,
según la doctrina joseantoniana, es un patriotismo de perfección que supera lo espontáneo, sensiblero y nativo para que —sin excluirlo— se encarne y se enraíce en la voluntad de futuro y en el espíritu de la nación.
El patriotismo, ante todo aquello que pretende destruir la Patria y que obnubila ideológica y moralmente al pueblo, se hace «amargo», porque sólo con amargura puede contemplarse a una España que no nos gusta, pero a la que, por eso mismo, amamos más y más profundamente.
El patriotismo, en su fase de amargura, es un patriotismo crítico, que no excluye la esperanza y que no conduce a la deserción quejumbrosa e inmovilista, sino que nos estimula para un combate sacrificado y restaurador.
4º La fuerza vertebradora e identificadora de la Tradición
es, para José Antonio, algo fundamental y sine qua non. El salto en el vacío no sólo es una imprudencia sino un dislate. Enfrentar el futuro sin aprovechar las lecciones del pasado equivale a la amnesia querida o a la autonomía histórica, que llevan a la ruina.
El agua del río discurre por su cauce, pero no deja, al discurrir, su cauce seco, sino que el agua fluye por el mismo continuamente y sin ruptura.
Una bellísima canción de nuestras juventudes decía: «del fondo del pasado nace mi revolución»; y es acertado pensar y construir, como quería Manuel Machado, «un mañana que el ayer no niega».
Una cosa es que el retorno al ayer sea imposible y otra olvidar o renegar de ese pasado, porque la experiencia es la madre de la ciencia, sin excluir a lo que de ciencia tiene la política. Experientia docet, escribió Tácito.
Por eso, en evitación del salto en el vacío, la revolución que José Antonio predicaba no tiene nada que ver, como algunos aseguran, ni con la revolución burguesa ni con la proletaria, porque ni ésta ni aquélla postulan la justicia social como objetivo.
Las estructuras políticas y económicas que propugnan —y en su caso establecen— pisotean la justicia social:
-
o con un neocapitalismo salvaje que conduce a la explotación del hombre por el hombre,
-
o con un colectivismo marxista en el que el hombre sufre la explotación por el Estado.
La revolución joseantoniana no es otra que la etimológica que la palabra conlleva, es decir, «revolver», volver a enlazar con los principios y los valores de la civilización cristiana, los mismos —como Juan Pablo II afirmó en Santiago de Compostela— que pueden devolver a Europa, y por ello a España, su grandeza y permitirle continuar con su misión en el mundo.
5º El Estado que propugnó José Antonio
no era, por ello, un Estado totalitario, como algunos quieren entender, sino un Estado nacional al servicio del bien común, en el que la sociedad, bien ordenada y jerarquizada, participa —conforme al principio democrático verdadero— en la elaboración de las leyes a través de sus instituciones básicas naturales.
Sin olvidar que esas leyes no son fruto de decisiones arbitrarias de voluntad, sino que han de adecuarse y subordinarse a las exigencias de la razón y, en una dimensión cristiana, al Decálogo.
Aunque acudiendo al lenguaje usual parezca absurdo, la revolución que anhelaba José Antonio no era la revolución destructora de los bárbaros, que saquea y reduce a escombros una civilización —la «que nosotros, educados en sus valores esenciales, nos resistimos a dar por caducada»—, sino la que anuncia la poesía que promete.
Es decir, la que, con el legado de la Tradición, aspira a continuarla resolviendo los problemas que los cambios sociales y el progreso científico y técnico crean.
Entiendo que esta argumentación permite calificar la revolución joseantoniana como una revolución tradicionalista.
¡Qué clarificadoras, al respecto, son estas palabras de José Antonio!
Hacemos una «síntesis de la revolución —no como pretexto para echarlo todo a rodar— y de la tradición —no con ánimo de copia de lo que hicieron los grandes antiguos—, sino con ánimo de adivinación de lo que harían en nuestras circunstancias».
Queremos «una justicia social profunda y un sentido tradicional profundo».
El papel euroamericano de España no lo descuidó José Antonio; entre otras cosas porque el español que desea comportarse como tal sabe que las naciones no son islotes solitarios, sino islas de un archipiélago que, de algún modo, y según los supuestos, se relacionan entre sí e, incluso, tienen muchas cosas en común y hasta un destino idéntico.
España era, en ese aspecto, y para José Antonio, como se nos ha enseñado, «la reserva espiritual de Europa» y, además, debía ser el «eje espiritual del mundo hispánico».
«La Europa de Santo Tomás tenía un mismo pensamiento y estaba dotada de una unidad metafísica, la unidad en Dios», y no, ciertamente, la unidad en el euro y la división interna cuando se trata de la política exterior.
Y América, o, por mejor decirlo, Hispanoamérica, que es el nombre exacto con el que hemos de reivindicar la correcta e histórica definición de la América española —la que constituye, con España, Filipinas y Guinea Ecuatorial, el Mundo Hispánico, la Hispanidad— es la que debe ser, conforme a la doctrina de José Antonio, la preocupación y la ocupación preferencial de la política española.
Sin ella —distraída y monopolizada esa política por la obsesión europea— el español se desconoce a sí mismo y pierde algo que le es consustancial, como lo pierde el hombre que conserva sanos los pulmones y el estómago, pero tiene lesionados el cerebro y el corazón.
En La profecía de Magallanes, que escribió José Antonio, nos invita —«aunque se acabe la vida en el empeño»— a buscar ilusionadamente, «con caridad espiritual», a todos aquellos que estamos orgullosos, en cualquier lugar del planeta, de la hispanofilia, una fórmula política moderna, concorde —sin demérito para las soberanías nacionales— con el «imperio espiritual antiguo» que se forjó al amparo de la Cristiandad.
No quiero dar por terminado este artículo —que verá la luz en un momento en el que la doctrina de José Antonio tiene mayor actualidad y vigencia que cuando ardorosamente la expuso— sin recordar, porque, como escribiera Shakespeare, «la memoria es el centinela del espíritu, punza el alma y la pone en vigilia», la llamada —hoy urgente— a constituir un Frente Español, con los límites históricos y morales que él señalaba.
Es ahora cuando «España se hunde y, con ella, también la civilización cristiana».
Franco, en su testamento, lo advirtió también:
«Los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros, y para ello deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal».
Quienes, como nosotros, presentíamos —ya en 1966— que se aproximaba una nueva invasión de los bárbaros con tecnología psicológica y militar de destrucción masiva, nos pusimos en marcha para constituir un Frente Español que respondiese a la convocatoria de José Antonio y al llamamiento de Franco.
Cuando España está perdiendo su conciencia nacional y se halla en trance de fragmentación, y cuando los españoles se acostumbran a vivir en un clima moral pagano y corrompido, en el que se destruyen —utilizando todos los medios— las instituciones básicas de la verdadera civilización, nosotros, desde la hora prima, dijimos, como dijo José Antonio, que estábamos dispuestos «a alistarnos —los primeros o los últimos—, no en un simulacro, sino en un Frente Nacional, con fe en nuestro destino, con voluntad resuelta de resurgimiento y con una fe profunda en España».
