Este artículo es en gran parte la traslación de una conferencia pronunciada por Blas Piñar en la sede de la Asociación Patriótica Española en Buenos Aires en noviembre de 1996 como conmemoración del Día de la Soberanía Nacional y como introducción a la edición argentina de las obras de José Antonio. PIÑAR LÓPEZ, Blas: «20-N: Dos aniversarios en Argentina», Fuerza Nueva, nº 1.156 (4-23-I-1997); «Lo esencial en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera», Glaudius, nº 39, Buenos Aires: 1997, pp. 61-70.
No pueden imaginarse la profunda emoción que me embarga al estar hoy, 20 de noviembre, en Buenos Aires, capital de una nación hermana. Esta fecha es, para los argentinos que no se han olvidado de serlo, aniversario de una gesta gloriosa, la Vuelta de Obligado; y para nosotros, los españoles que seguimos fieles a los ideales del 18 de julio de 1936, jornada conmemorativa de la muerte del que fuera su Caudillo, Francisco Franco, y del fusilamiento en Alicante de José Antonio, fundador de un movimiento político que alumbraba, en el clima decadente del triple separatismo de las tierras, las clases y los partidos, la ilusión colectiva de una España unida y en orden, como la que forjaron los Reyes Católicos; es decir, de aquella España grande y libre por la que luchó y murió, en gran parte, una de las mejores generaciones españolas de todos los tiempos.
Esa generación, recordando la frase de Bolívar, no ha arado en el mar. La reja del arado penetró muy honda en la tierra, y en el surco arrojó el sembrador la semilla; y la semilla, a pesar de los huracanes que pretenden aventarla y del diluvio, hecho torrente destructor, que la quiere aniquilar, ha arraigado y da su fruto.
He aquí uno de esos frutos esperanzadores: la próxima edición argentina de las Obras completas de José Antonio, que hoy, a los 60 años de su fusilamiento, se anuncia en Buenos Aires.
Yo doy las gracias, como español, por ese recuerdo, por este homenaje y por este sacrificio; porque sin sacrificio, incluso económico, esta edición no sería posible; porque la edición es el homenaje a José Antonio que un grupo de argentinos ofrecéis al héroe que, entregando su vida, supo dar testimonio de los ideales por los que abnegadamente combatió; y porque el recuerdo estimulado es el único modo de impedir la amnesia o la manipulación histórica que trata de imponerse por decreto.
Tengo para mí que lo esencial y permanente del pensamiento y la praxis de José Antonio Primo de Rivera radica —y he aquí lo original— en su planteamiento teológico de la política; y ello en su doble vertiente, como doctrina y como ejercicio, es decir, de la política contemplada y vivida como servicio al bien común, en el que se integra el destino trascendente del hombre.
El estudio sereno y reflexivo, a la altura de los sesenta años de su muerte, en plena juventud y en proceso de madurez, nos permite descubrir la vena subyacente de su empresa, que no fue otra, a mi juicio, que la conciencia bien clara de que el cañamazo de la historia que hacemos los hombres en el bastidor del tiempo introduce, enhebra o borda la historia de la salvación; y de tal forma y de modo tan profundo que la historia de la humanidad, de alguna manera, deviene historia sagrada.
No en balde —y lo confirma el II Concilio Vaticano (Gaudium et spes, nº 41)— Cristo es el centro de la Historia, pero de toda la Historia: la historia profana y la historia de la salvación. Ambas, en ese ser único, Cristo, Dios y hombre, lo humano y lo divino se anudan, identificándose en el «Yo» personal del Verbo.
Creo que, aunque sea en síntesis, vale la pena que en una hora de confusión ideológica y de equívocos aberrantes sobre el binomio Religión-Política, nos acerquemos a la obra escrita, hablada y vivida de José Antonio. Estoy convencido de que a su luz se despejarán las dudas, si es que existen, y se fortalecerán las ideas, hasta hacernos operativos, si fueran ya las nuestras. Por otra parte, este acercamiento y conocimiento subsiguiente del pensamiento joseantoniano nos permitirá el rechazo, desde una plataforma firme, de tantas insidias, deformaciones y ataques infundados, fruto de la ignorancia, del sectarismo o del odio de que ha sido y sigue siendo víctima.
Un esquema reducido y más bien simbólico incluye, como punto de partida, la concepción joseantoniana del hombre y de su libertad, y del Estado y su soberanía.
Hombre y libertad
«El hombre, portador de valores eternos, es envoltura corporal de un alma capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así puede decirse que se respeta de veras su libertad», es decir —añado—, la libertad esencial de los hijos de Dios, que no existe sin vivir en la verdad; y no puede existir, por ello, cuando se vive, a la vez, en la mentira, que encubre y distorsiona la verdad, y en la corrupción, que estraga la conciencia y las conductas.
De aquí que la roca, el cimiento de la construcción política joseantoniana, no sea un sujeto económico que produce y consume, ni un elector que vota en las urnas, ni un ciudadano que pertenece a una raza superior, sino el hombre, en tanto en cuanto icono Dei.
Estado y soberanía
José Antonio rechaza el panteísmo estatal y la razón de Estado. Por eso el Estado no tiene el monopolio de la sociedad y, por consiguiente, no puede engullirla y aprisionarla en su estructura, sino que es informado por la sociedad misma, de tal modo que sus instituciones básicas —y no los partidos políticos, construcciones artificiales en definitiva— son los cauces por los que discurre la representación popular.
Estas instituciones básicas o unidades naturales de convivencia son: la Familia, el Municipio, el Sindicato y el Colegio Profesional.
Por ello, del mismo modo que la libertad, con relación al hombre, no es un absoluto, sino que tiene sus límites internos y sus limitaciones externas —como el respeto a la libertad de los otros y el bien común—, así la soberanía tampoco es un absoluto que permita al Estado, sin una norma superior que lo rija, obrar ad libitum.
El poder absoluto, o el abuso del poder, no se evita fragmentándolo, tal y como proponía Montesquieu y hoy se proclama en las constituciones, sino manteniendo la unidad del poder político, que se manifiesta y actúa a través de funciones distintas, y, a su vez, limitándolo:
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por arriba, con la ley de Dios, explícita o implícitamente revelada y, por consiguiente, por el Derecho Natural;
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hacia un lado, por la obligación de mantener y fortalecer las constantes históricas que identifican la nación;
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hacia otro, por el servicio al desarrollo y progreso de la sociedad;
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y hacia abajo, por la participación del pueblo, a través de las unidades básicas y naturales de convivencia a que hemos aludido, en la elaboración de las leyes.
De alguna forma se diseña así no una democracia liberal o partitocrática, sino aquella democracia con valores —el divino, el histórico, el del bien común y el representativo— del que habla el magisterio eclesiástico; o también el esquema del régimen político más perfecto en el que, siguiendo a Santo Tomás, se conjugan la unidad de poder, el gobierno de los mejores y la participación del pueblo.
Patria y patriotismo
El pensamiento político joseantoniano, desde el punto de mira que acabamos de subrayar, nos ofrece una noción sui generis de la Patria, al distinguir dos modalidades de patriotismo: el patriotismo de la tierra nativa y el patriotismo de la misión; o, dicho de otra manera, el patriotismo afectivo y el patriotismo intelectual.
Alguien, certeramente, podría entender que el patriotismo intelectual —viene a decir José Antonio— es un producto árido, cuando por ser el logro inteligente de una lucha contra lo instintivo y espontáneo, se instala en lo hondo de nuestra autenticidad.
Ahora bien, así como la fe supera a la razón y es fuente más alta de conocimiento, y la fe es virtud que se traduce en caridad, del mismo modo el patriotismo intelectual, iluminado por la fe, se hace amor; pero no un amor de contacto, físico y sensual —el amor de la gaita y la lira— ni un amor idolátrico, sino el amor de caridad, el amor que exige la pietas.
Ello nos lleva a parafrasear las palabras de Cristo, que tanto amó a Jerusalén que lloró ante sus puertas: «ama a tu patria como yo he amado a la mía». Por eso decía José Antonio:
«Nosotros amamos a España con voluntad de perfección. Nosotros amamos a España, aunque no nos guste la ruina en que se ha convertido, porque —aclaro— cuanto más enferma está la madre, mayor debe ser el amor que la prodiguemos. Nosotros —concluye— amamos la eterna e inconmovible metafísica de España».
Esa metafísica de España, es decir, el alma de la nación española, lleva consigo, trasladando lo vocacional de cada hombre a la misión de la comunidad política, a no confundir la justificación de España con una lengua, una raza o un acervo de costumbres.
La metafísica de España exige que no la confundamos —reitera— con una realidad geográfica, étnica o lingüística, porque España es, sencillamente, una unidad histórica y, por ello, unidad de destino en lo universal.
Lo nacional y lo social
A mi modo de ver, el pensamiento político joseantoniano ofrece un armonioso entendimiento y un equilibrio estable entre lo nacional y lo social.
Si el patriotismo aparecía con un signo identificador de la derecha, la defensa del trabajador aparecía como un signo identificador de la izquierda. José Antonio detesta el enfrentamiento de la izquierda y la derecha. Entiende que esa ideología, fruto circunstancial de una localización geográfica en la Cámara legislativa francesa en el tiempo de la Revolución, no puede ni debe contribuir a tal enfrentamiento.
El hombre normal tiene dos ojos, y la sinergia hace posible que contemplen sin distorsión el mismo panorama. La nación también debe tenerlos, el de la derecha y el de la izquierda, no para distorsionar el fin, sino para alcanzarlo.
De aquí que lo nacional no deba oponerse a lo social. De aquí, igualmente, que lo nacional deba tener un contenido social profundo y lo social deba —podríamos decir— nacionalizarse. La consigna de Ramiro Ledesma Ramos: «hay que nacionalizar a los trabajadores», había encontrado su expresión definitiva en el esquema político de José Antonio.
El esquema —hecho realidad tangible en el Estado nacido de la Cruzada— superó la lucha de clases, asemejando el capital —como José Antonio quería— a los embalses de agua. Éstos no se construyen —decía— para que unos cuantos organicen regatas, sino para regularizar el curso de los ríos y mover las turbinas.
Por esta razón, y para que el capital no se transforme en capitalismo salvaje, José Antonio propuso, no la estatificación de la banca, pero sí la nacionalización del crédito, que es una cosa distinta, y la subordinación de la economía al interés supremo de la nación.
De otra parte, la confrontación entre patronos y obreros y de unos sindicatos con otros —el socialista, el comunista y el anarquista— fue superada por el sindicalismo vertical, en el que la contienda fratricida —incluso con derramamiento de sangre— fue sustituida por la colaboración fraterna en un clima político de entendimiento.
Bajo el amparo de esta doctrina aplicada, se creó —¡ni siquiera la habían creado los socialistas durante la II República!— la Seguridad Social más avanzada del mundo y se promulgó el Fuero del Trabajo. El salario era familiar y las vacaciones se remuneraban.
Con una política generosa de becas se permeabilizaron las capas sociales, haciendo posible que los hijos de los trabajadores accedieran a la Universidad, a la vez que se construyeron, en una España devastada por la guerra y asfixiada económicamente por la presión internacional, centenares de miles de viviendas sociales, que podían adquirirse a precios sumamente económicos y con pagos tan mínimos que parecen increíbles.
Fue así, con austeridad y honestidad en las Administraciones públicas, y con una presión fiscal aceptable, como España despegó de la pobreza y aumentó la renta per cápita, convirtiéndose en la novena potencia industrial del mundo.
Lo religioso
Esta armónica y positiva conjugación de lo nacional y de lo social en el pensamiento joseantoniano está presidida, en su enfoque teológico del poder político, por lo religioso. Para él, la interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es, además, históricamente, la española.
Decía Menéndez Pelayo que la unidad católica es el núcleo centrípeto de nuestra unidad política y que no tenemos otra. Porque ello es así, José Antonio, en su exaltación de lo genuinamente nacional, encontró las constantes católicas de España y de su misión en el mundo. Y también, porque es así, la experiencia que estamos viviendo ahora mismo pone de relieve que el enfriamiento religioso lleva consigo el debilitamiento de la conciencia unitaria nacional.
La incorporación o reincorporación del sentido católico es imprescindible para reconstruir España. El problema —y muy grave— es que dicha reconstrucción será imposible si quienes, por razón de su ministerio pastoral, deben evitarlo cooperan a ese enfriamiento de la fe católica y a la corrupción moral que nos invade.
La misión: Europa y América
Se ha dicho, hasta convertirse en un lugar común, que España era la última reserva espiritual de Europa. Y es cierto. Lo demostró en la Cruzada de 1936, no sólo alzándose en armas para defender el Altar y el Hogar, la Fe y la Patria, sino ofreciendo a un mundo en trance de secularización completa y de retorno al paganismo el martirologio más ejemplar y numeroso de la Historia, sin que se registrase una sola apostasía.
Se ha dicho igualmente —y en este caso por el Padre Meinvielle, de tan caro recuerdo— que España es un país bíblico, a modo de bandera levantada, ante el que no cabe la indiferencia sino el amor o el odio. Por eso hay conversiones a España, como la admirable de Jordán Bruno Genta, brutalmente asesinado por los terroristas en Buenos Aires, sin duda por esa conversión a España.
Reserva espiritual de Europa y país bíblico, España era —quizá ya no lo sea— el último bastión de la Cristiandad, es decir, de la conformación del orden temporal de acuerdo con el Cristianismo, o sea de la ciudad de los hombres según las coordenadas de la civitas Dei. Por algo, al comienzo de nuestra guerra, monseñor Enrique Pla y Deniel, a la sazón obispo de Salamanca, publicó, para definir la contienda, una pastoral titulada: «Las dos ciudades».
Como resto de la Cristiandad, España ha sido verbal y materialmente agredida. La agresión verbal se ha concretado en una imputación de aislamiento segregante; lo que es injusto, porque ello equivale a condenar al que preserva la semilla o la planta en el invernadero cuando llegan las heladas que la marchitarían y la harían perecer.
Pues bien, aquella unidad en Dios que informó el siglo XIII, que es tanto como decir el siglo de Santo Tomás, la conservó España providencialmente, sin duda. Las tres revoluciones que han ido cercenando las raíces de Europa —la de Lutero, la de Rousseau y la de Marx— arañaron e hirieron a España, pero no le arrancaron su vida interior.
Si Europa, victimada por las tres revoluciones, perdió la unidad perdiendo la fe en los principios eternos, ¿qué se avecinaba para Europa?, se preguntaba José Antonio. Y José Antonio daba la respuesta: «Una nueva invasión de los bárbaros».
A esa invasión de los bárbaros se opuso España, evitando con la victoria nacional que Europa entera —tal y como proyectaba Lenin— fuera dominada y tiranizada por el comunismo.
Lo que sucede es que la barbarie —si por barbarie entendemos la pura concepción zoológica del hombre— no tenía una sola escuela, la escuela a la que apuntaba José Antonio, sino otra que impartía e imparte su enseñanza en Occidente: la que hoy, sin rival y por lo tanto sin competencia, pretende —y en parte lo ha conseguido— el cambio de mentalidad y el cambio de conciencia, contando para ello con una técnica poderosa y eficaz, de la que carecieron los antiguos bárbaros; con una dotación económica sin techo; con una falta absoluta de escrúpulos morales; y con un conocimiento consumado de la psicología individual y colectiva y de los comportamientos humanos teledirigidos.
Y España, por supuesto, no ha escapado a esta invasión. El país bíblico, la reserva espiritual de Europa, el último bastión de la Cristiandad está siendo hábilmente ocupado por ese ejército tenaz, inmisericorde e invisible de la barbarie del que hablaba García Morente, apoyado por la deserción o la complicidad de las instituciones que, de oficio, debieran encabezar la resistencia.
¡Qué de actualidad aquella frase de José Antonio: la tradición «nos hace entender cómo fue aquella España que no tenemos ya y nos aprieta el corazón con la nostalgia de su ausencia»!
Ahora bien, España no sólo combatió por la Cristiandad europea durante la Reconquista, en Lepanto contra el turco y en el corazón del continente con las llamadas guerras de religión, sino que, en un plano doctrinal, mantuvo en el Concilio de Trento, con Salmerón y Laínez, la teología ortodoxa sobre la libertad y la gracia.
Esta doctrina contaba con tres puntos de apoyo:
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el deseo divino de que todos los hombres se salven,
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la redención de la humanidad —para conseguirlo— por el Verbo encarnado,
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y la orden de predicar la Buena Nueva hasta los confines del mundo.
Y eso fue lo que hizo España, trasvasando a América —el continente desconocido, mudo y ahistórico— el Cristianismo como fe y la Cristiandad como orden político.
¡Con qué claridad lo expone José Antonio!:
«España vino a América a decirles a los indios que todos éramos hermanos… puesto que siglos antes, en otras tierras lejanas, un Mártir había derramado su sangre en el sacrificio de la cruz para que esa sangre estableciera el amor y la hermandad entre los hombres».
Fue así como España, concluye José Antonio, ganó «al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a los que los habitaban a una empresa universal de salvación», una empresa permanente ante la que no es lícito dimitir y que debiera «mantener tensos los hilos de comunicación» entre las dos orillas hispanas del Atlántico.
Movimiento político
Acabamos de exponer las líneas maestras del pensamiento joseantoniano. Pero las ideas no bastan si no se convierten en obras, y para que esta conversión se produzca hacen falta dos cosas: un instrumento de trabajo (la herramienta) y el hombre que la maneje (el operario). La metáfora vale como indicativa, en el caso que nos ocupa, de la necesidad de un Movimiento político y de los militantes que en él solicitan su encuadramiento.
José Antonio fundó el 29 de octubre de 1933 no un partido político sino un Movimiento. El partido político no fue otra cosa que la vestidura legal que le permitía el acceso al escenario del conflicto, pero no la esencia del ariete. La Falange era más bien un antipartido, y por ser Movimiento elaboró, no un programa rígido y farragoso que nadie lee y encorseta, sino un haz de principios vitalizantes que, en función del tiempo y de las circunstancias históricas, pueden inspirar programas distintos.
El Movimiento, por otra parte, no se confunde con el partido único, porque, a diferencia de este, en el Movimiento, a partir de esos principios como denominador común, caben corrientes ideológicas distintas y proyectos de aplicación concreta diferentes. En el Movimiento —lo que no sucede en el partido único— hay y debe de haber libre contraste de pareceres, porque una cosa es la rígida uniformidad que caracteriza al partido único y otra la diversidad enriquecedora desde la unidad que fortalece.
Las características originales y definitorias del Movimiento joseantoniano y de sus militantes merecen nuestra atención, y no sólo por lo que en sí mismas suponen, sino como hecho diferencial y genuino en el conjunto del renacimiento nacionalista europeo que surge luego de concluir la guerra de 1914 a 1918.
Tres son, a mi juicio, esas características identificadoras: la poesía, la milicia y la religiosidad. Vale la pena destacarlas.
Ya en el discurso fundacional del Teatro de la Comedia de Madrid, José Antonio, rompiendo el prosaico sonsonete liberal, dijo:
«A los pueblos no los han movido más que los poetas, y ay de los que no sepan levantar frente a la poesía que destruye la poesía que promete».
Y fijémonos bien: se trata de dos tipos de poesía, la que destruye y la que promete. Aquélla seduce para el mal; ésta anima para el bien.
¿Acaso no tiene una inspiración poética seductora la letra de La Internacional, que machacó y redujo a la esclavitud y al hambre a tantos países durante muchos años? ¿Y acaso no es verdad que las estrofas de nuestro «Cara al sol» componen un himno cuajado de la poesía esperanzada que promete, como aquella que dice:
«Volverán banderas victoriosas
al paso alegre de la paz
y traerán prendidas cinco rosas
las flechas de mi haz».
Todo el mensaje político de José Antonio está impregnado de la poesía que promete. Sobre lo circunstancial —que tuvo en cuenta ciertamente— efímero y pasajero, despuntan aquellos hilos poéticos a través de los cuales el conductor, sobre el que ha caído el manto de la púrpura, alumbrando una gran fe, se pone en comunicación entrañable e íntima con su pueblo.
Pero esos hilos conductores son —conforme al pensamiento joseantoniano— no sólo poéticos sino también castrenses y religiosos, ya que toda empresa política seria es, al mismo tiempo, una empresa religiosa y militar.
«Lo religioso y lo militar —dirá José Antonio— son los dos únicos modos enteros y serios de entender la vida», y con ambos tiene que restaurarse España.
Todo esto explica que, conforme al deseo de José Antonio, el militante de su Movimiento no deba homologarse al socio de un partido, en el que se inscribe, paga una cuota y acude a las urnas, sino que ha de profesar y recibir el espaldarazo que le haga, a la vez, soldado y monje, a la manera —aunque actualizada y puesta al día— del caballero medieval que, de rodillas, ante la cruz y el estandarte, ingresaba en una orden religiosa y militar como las de Santiago o Calatrava.
El temple ascético del militante acaba convirtiéndose en mística, y la mística, que nada tiene que ver con lo mítico pero que se identifica con lo misterioso, despierta admiración y veneración.
José Antonio fue el arquetipo personal, simbólico e integrador, en el quehacer político, de la ascética y de la mística. Una de las frases para mí más elocuentes y queridas es aquella en la que habla del «sacramento heroico de la muerte».
Y digo esto porque él, hoy hace sesenta años, recibió este sacramento —sin derramamiento de sangre no hay redención, dice San Pablo— y al salpicar la tierra del patio de fusilamientos de la cárcel alicantina lo consumó hasta las heces.
El que os habla tiene un privilegio singular: un puñado de esa tierra, salpicada por la sangre de aquel sacramento, se halla en mi poder, y en una arqueta, a modo de joyero, la guardo no sólo como memorial que recuerda, sino como aguijón que, en los momentos espirituales bajos, espolea para continuar el combate.
El que se alista y enrola en un Movimiento político signado y animado por estos tres valores —el poético, el castrense y el religioso—, al pasar a la acción, no puede olvidar nunca que, si la acción es precisa y necesaria, ha de estar iluminada por el pensamiento,
«sin cuya constante vigilancia la acción es pura barbarie».
Termino
El príncipe Sturdza, que fue ministro de Asuntos Exteriores de Rumanía, uno de los hombres más inteligentes y perspicaces que he conocido y al que me unió una gran amistad, publicó un libro, que se tradujo a varios idiomas, que se titula El suicidio de Europa. Me cupo el honor de prologar ese libro en su edición española.
La experiencia me dice, sin embargo, que el título no es correcto, porque no es sólo Europa la que se halla en trance de suicidio. En trance de suicidio se halla Occidente, y Occidente es algo más que Europa. Occidente es Europa, desde luego, pero también América y, por lo tanto, Hispanoamérica.
No basta, sin embargo, con detectar el dramatismo de la situación. Hay que indagar la causa; y la causa, a mi modo de ver, no es otra que la profanación de la política. La autonomía de lo temporal, lógica, se ha convertido en desenganche e independencia, algo así como una nave espacial que pierde el control y, desconectada de la base, marcha sin rumbo por el espacio, conducida por astronautas obnubilados o enloquecidos por falta de alimento y oxígeno.
La historia que hoy hacemos rechaza, en un proceso acelerado secularizador, la Historia salvífica. El hombre y el Estado arrebatan a Dios la ciencia del bien y del mal y no usan sino abusan de la creación.
No se trata sólo de prescindir de Dios en la civitas hominis, sino de ser como dioses, tentación más grave, ya que aspira a que el hombre y el Estado sustituyan, suplanten y ocupen el lugar de Dios, arrebatándole su libertad absoluta y su soberanía plena.
Pero hay cuatro episodios del Antiguo Testamento que debieran aleccionarnos y prevenirnos cuando la tentación del «seréis como dioses» nos acecha:
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la expulsión del Paraíso,
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el aniquilamiento de Sodoma y Gomorra,
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la ruina de la torre de Babel,
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y el Diluvio Universal.
Pero hay, igualmente, en los textos sagrados, una escala de Jacob, que ejemplarmente nos marca un camino, y una Cruz y un Crucificado, que nos atraen desde la cima del Gólgota.
La escala y la cruz. Sólo ellas, con la ayuda todopoderosa del Espíritu, pueden detener, en manos de los nuevos apóstoles —de los reevangelizadores que anhelamos—, la venida impetuosa de los nuevos bárbaros, del llamado orden nuevo que, como decía José Antonio, «destruye la civilización occidental y cristiana, a la que se pretende clausurar… y que nosotros, educados en sus valores esenciales, nos resistimos en dar por caducada».
He aquí la invitación, anticipada en el primer tercio de nuestro siglo, hecha por Juan Pablo II a Europa y a Occidente de volver a encontrar sus propias raíces.
Lo que importa es si estamos o no dispuestos a recoger la invitación, si nos encontramos con fuerza y entusiasmo suficientes para aceptar y enarbolar la bandera del reencuentro, para recibir el espaldarazo que nos habilite para la lucha enconada contra la nueva barbarie que nos seduce, nos debilita y nos azota:
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nos seduce con la exaltación de los derechos sin deberes;
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nos debilita con el hedonismo egoísta e insolidario;
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y nos azota con la tiranía de fuerzas secretas inmisericordes que esclavizan y empobrecen a nuestros pueblos.
Vosotros, los argentinos, para moveros a aceptar esa invitación, tenéis el tesoro envidiable del pensamiento nacionalista, hispánico y católico.
Figuras que en España admiramos, y de las que tanto hemos aprendido, como Meinvielle, Anzoátegui y Castellani, Genta y Goyeneche, por no citar a otros muchos, os ofrecen una doctrina sólida y coherente. Desde sus libros brota un manantial de agua viva en el que se puede beber hasta saciarse.
El pueblo, traspasado de incertidumbre y desolado —es decir, sin suelo y sin sol— tiene sed: sed de verdad y de honradez, sed de Dios y de Patria.
Yo apelo a la juventud argentina a que, venciendo la pereza y la amenaza, con un gesto gallardo y viril, se acerque al manantial de la doctrina y lo abra sin miedo, para que esa agua viva se derrame sobre la sociedad, la penetre y la fecunde, a fin de que Argentina sea una nación próspera y en paz, en la que imperen la justicia y el orden, en la que las Malvinas, por las que tanta sangre se vertió, se reintegren —con lucha o sin lucha— a la Patria.
¡Y que Nuestra Señora de Luján os ayude y os bendiga!
