La convocatoria política de José Antonio tuvo, a mi modo de ver, dos raíces distintas: una, la respuesta airada de un hijo que no podía permanecer impasible ante los burdos ataques que a la obra de su progenitor, el general Primo de Rivera, que en 1923 hubo de intervenir, al frente del Ejército, y con una amplia simpatía popular, para detener el proceso socio-político que precipitaba la nación hacia el caos; la otra, ese mismo caos, más intenso y más peligroso por la amenaza ideológica y bélica de lo que el fundador calificara con acierto como «invasión de los bárbaros».
Al conmemorar el discurso que José Antonio pronunciara en el Teatro de la Comedia de Madrid, el 29 de octubre de 1933, es decir, hace sesenta años, al repasar sus magistrales piezas oratorias y sus escritos, y al reflexionar sobre el testimonio de su entrega total a España, resulta evidente que la tarea política que José Antonio asumió y propuso a quienes habían de seguirle presenta una tipicidad diferenciadora para no degenerar en politiquería. Esta tipicidad del quehacer político joseantoniano se define al incorporar al mismo tres connotaciones: la castrense, la poética y la religiosa.
La castrense, como exigencia y necesidad de los hombres y de los pueblos que quieren salvarse.
La poética, porque a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y, por ello, ¡qué inmensa responsabilidad la del dirigente político que no levante frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!
La religiosa, toda vez que el hombre ha de ser contemplado como portador de valores eternos, como envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse o de salvarse.
Me interesa destacar esta vivificación religiosa de la política, tal y como José Antonio la concibió, la vivió y la testimonió con su muerte, cuando es preciso, en un tiempo de confusión ideológica, aclarar ideas.
Lo laico, decía José Antonio, no existe. Frente al problema dramático de todos los hombres ante los misterios profundos no se puede contestar con evasivas: o contesta la voz de Dios o contesta la voz satánica del antidios.
De aquí que la función del político sea no solo poética, sino religiosa. Roma decae cuando pierde su vida interior. De igual modo que Occidente se corrompe cuando se olvida toda fe en los principios eternos, y se incapacita para contener el desorden que pretende destruir la civilización cristiana, cuyos valores esenciales nos resistimos a dar por caducados.
Esta es la razón suprema que define el sentido entero de la política como una ley de amor, pero no de un amor servil, sino servicial.
El amor a la Patria, que es un amor de perfección, por encima de lo telúrico e instintivo, descubre su alma inconmovible y metafísica. Por eso, el Estado, para José Antonio, no puede ser un absoluto que se diviniza, sino una superestructura ordenada al bien común.
Por eso, igualmente, el proyecto de restauración y fortalecimiento de España exige, para su dinámica operativa, las constantes católicas de lo que ha sido y es nuestra misión en el mundo.
Tal es la lección política de José Antonio. Creo que no es solo aplicable a España, sino a la Europa en crisis, si quiere reencontrarse a sí misma.
