El 27 de junio de 1940, unidades acorazadas alemanas, penetrando través de una Francia derrotada, alcanzaron la frontera noroccidental española, en su camino –muchos pensaron- hacia Gibraltar, último pequeño enclave británico en el continente europeo y objetivo natural para los ejércitos de Hitler. Gran Bretaña y su desperdigado Imperio ahora luchaban solos, mientras el sentimiento contrario a la guerra en Estados Unidos seguía siendo fuerte. Pasarían tres meses antes de que el Presidente Franklin D. Roosevelt fuera capaz de arrancar un borrador de resolución a un Congreso reluctante; incluso entonces, muchos de los reclutas tendrían que entrenarse con palos de escoba en vez de rifles, y caballetes simulando ametralladoras. Pasaría aún año y medio antes de la entrada en guerra de Estados Unidos, solamente después de que Japón, sin declaración previa de guerra, bombardeara Pearl Harbor.
¿Cuál era la actitud de España hacia Alemania en esa grave coyuntura? Fue esencialmente una reacción a la política alemana hacia España. Los objetivos de tal política eran principalmente: involucrar a España en la guerra del lado del Eje; marchar a través de España y capturar Gibraltar, cerrar la entrada occidental al Mediterráneo, controlar Marruecos y las áreas adyacentes; inducir a España a que cediera a Alemania una de las Islas Canarias, para servir como base de submarinos y proteger África contra la invasión británica o aliada; recompensar a España (o al menos dar a España la impresión de que sería recompensada) con partes del Marruecos francés, por las cuales Francia sería compensada con otros territorios africanos; alcanzar un cierto grado de patronazgo político y económico sobre España, así como sobre el norte y el centro de África.
Esos eran los objetivos alemanes. ¿Cómo respondió España? ¿Cuál fue su política en esa emergencia cargada de peligros en la que se encontró? Su política fue: mantenerse fuera de la guerra si ello le era posible; si se veía forzada a entrar, o si los intereses españoles lo hacían inevitable, involucrarse en la guerra sólo en el último momento, con el menor riesgo y las mayores ganancias posibles para España; mientras tanto sobrevivir, recuperarse de los efectos de su propia Guerra Civil, que acababa de terminar cuando empezó la guerra mundial, y reforzarse lo suficiente como para tener opciones frente a las potencias beligerantes.
La política española apuntaba, en la práctica, a frustrar los designios alemanes. Por tanto era, de hecho, una política pro-aliada. Pero para tener éxito debía basarse en una actitud pública de amistad con las potencias del Eje, con quienes eran nuestros enemigos; y en una actitud de enemistad pública hacia la Rusia comunista, que iba a ser nuestro poderoso aliado.
Franco no tenía una alternativa viable al mantenimiento en público de estas actitudes. Durante la Guerra Civil Rusia había enviado masivamente ayuda al gobierno republicano. Alemania e Italia, por su parte, habían venido en ayuda de Franco y le habían dado la ventaja que necesitaba para la victoria. Lo más importante de todo, hasta bien después de la invasión de Rusia Franco no tenía defensa contra una invasión por parte de Hitler, excepto la amistad con Alemania que él mismo, sus principales colaboradores y los medios españoles controlados continuaron a profesar hasta el final de la guerra. ¿Dónde estaban los tanques, los aviones, los barcos, las municiones y los hombres para prevenir una penetración alemana a través de España, o para proteger a los mercantes españoles que traían la comida y los materiales que España necesitaba para sobrevivir, de la amenaza de ser torpedeados por submarinos alemanes o italianos? No existían en ninguna parte. Esa era la asombrosa verdad.
Y tampoco los españoles querían ya más guerra. Aun débiles, podrían haberse rebelado furiosamente contra cualquier régimen que amenazase con llevar la guerra a España; a menos, quizás, que la victoria del bando elegido fuera inminente, que la lucha fuese llevada a cabo por otros y que la guerra hiciera la vida más fácil y mejor, en vez de más difícil, para los españoles. Los alemanes prometieron algunas de estas cosas pero el gobierno español no les creyó, ni tenía confianza alguna en que el pueblo español les creyese.
España no anunció su política a los cuatro vientos. Hacerlo habría significado la derrota de esa misma política. No fue fijada por escrito en documentos que estuvieran disponibles para nosotros en ese momento. Tuvo que ser deducida, fue deducida correctamente por el Gobierno británico y, eventualmente, por el Gobierno norteamericano; aunque no siempre por las personas que había en el Departamento de Estado, o del Tesoro, el BOE[1] o el Comité de Operaciones para la Península Ibérica. La guerra en Europa terminó antes de que ningún sector importante mostrara haber comprendido la política española hacia el Eje y la política anglo-americana hacia España, e incluso entonces se llegó a tal comprensión sólo a regañadientes.
Aquellos de nosotros que estábamos en las embajadas británica y americana en Madrid, y nuestros predecesores, dedujimos la sustancia de la política española principalmente aplicando el sentido común. ¿Por qué el sentido común nos decía cuál era la política española? Porque, en la delicada posición en que se encontraba España, y la del mismo Gobierno dentro de España, no había ninguna alternativa viable a esa política. Y en el contexto de tal política todos los actos de España podían ser racionalmente explicados.
La Guerra Civil había costado probablemente a esa pequeña nación más de medio millón de muertos. El país estaba postrado económicamente y emocionalmente. Su agricultura era inadecuada para alimentar a su población; su sistema de transporte estaba anticuado y en parte inoperante. Habían sido destruidas o dañadas fábricas, y las que quedaban intactas carecían de muchos de los materiales necesarios para operar. Los españoles estaban divididos política y espiritualmente. Estaban al borde de la inanición y dominados por el agotamiento, tras la sangría que había tenido lugar, que había suscitado intensas pasiones en muchos países del mundo.
¿Entonces, cuál fue la política anglo-americana en tales circunstancias? Fue la siguiente: ayudar a España a permanecer fuera de la guerra principalmente a través del recurso de comerciar con el país, proporcionándole las mercancías que necesitaba para sobrevivir y que limitarían su dependencia de Alemania; privar al Eje, en la medida de lo posible, de los beneficios que pudiese intentar obtener de España; y obtener para nosotros mismos todos los beneficios posibles que resultaran de una España neutral o no beligerante.
El comercio podía no ser un arma muy efectiva para lograr nuestros propósitos, pero hasta que los aliados no tuvieran suficiente fuerza militar en Europa, era casi nuestra única arma. Alemania, por supuesto, tenía la misma arma, pero la nuestra era con diferencia más poderosa.
Nuestra política no es que fuera sólo racional; como a la política de España, no había una alternativa racional. Pero no era fácil llevarla a cabo. Durante la Guerra Civil la opinión americana había sido favorable a la República. El hecho de que, incluso antes del estallido de la guerra, los republicanos hubieran quemado más de un centenar de iglesias católicas, asesinado a gran cantidad de sacerdotes y cometido otras atrocidades contra sus oponentes políticos verdaderos o presuntos, no tuvo mucho peso en la balanza. Ni tampoco su asociación con la dictadura soviética. Los nacionales, en cambio, eran “fascistas” y el fascismo estaba peor visto que el comunismo; además tuvieron el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista. La parcialidad contra la España nacionalista persistió en los Estados Unidos incluso después de entrar en la Segunda Guerra Mundial. Muchos de nuestros ciudadanos, y quizás la mayoría de nuestra prensa, daban la impresión de que preferían continuar la guerra civil española que ya había terminado, antes de ayudar, con una adecuada acción en España, a ganar la nueva y mucho más amplia guerra que amenazaba con destruir la libertad en todas partes. La pública amistad de España con Alemania y su notoria enemistad con la Rusia soviética hicieron difícil para nuestro gobierno llevar a cabo una política de cooperación con el país. Ello creó un problema para los británicos también, pero menor que el nuestro, puesto que ellos tenían la espalda contra la pared y estaban mejor preparados que los americanos para ver los hechos, más allá de las palabras y los gestos.
Ramón Serrano Súñer, que fue el ministro de Asuntos Exteriores de España durante unos dos años, ha descrito la política de su país durante la guerra con estas palabras: “Si Alemania no cruzó los Pirineos […] fue solamente porque había, en este lado de la frontera, un Estado con el que tenía relaciones amistosas, y que no despertó su desconfianza […] España, a pesar de sus simpatías y su deuda de gratitud, su tradicional sentido de la decencia, y su gran temor del comunismo, podía abstenerse de unirse al Eje en una alianza ofensiva y esto fue lo que sucedió, aunque no fue fácil. Pero lo que no podía hacer era ir a la guerra contra el Eje, o asumir una posición en la que el Eje le hiciera la guerra […] De esa manera, y gracias al mantenimiento de nuestra amistad, conseguimos el milagro de la no intervención; obtuvimos las demoras y aplazamientos que necesitábamos para maniobrar en conformidad con nuestros propios intereses, y no con los intereses de otros”.
Cuando Serrano habla de las simpatías españolas hacia Alemania y su deuda de gratitud hacia ese país, refleja la posición pública del gobierno español, una actitud que era compartida sólo por una minoría de españoles. Y no es ni exacto ni sincero cuando dice que España no incurrió en la desconfianza alemana. Alemania no sólo llegó a desconfiar de España sino que quedó totalmente decepcionada. La referencia a demoras y aplazamientos que llevaron a la decepción alemana, sin embargo, es exacta. Y mientras Serrano afirma, correctamente, que España actuó en su propio interés, como de hecho cada estado intenta hacer, el efecto de sus maniobras políticas fue dramáticamente favorable a los Aliados. Sin embargo, como bien dice no fue fácil, y él mismo lo debe de saber bien puesto que, después de Franco, fue quien llevó a cabo la mayor parte de esas maniobras.
El 26 de marzo de 1939, con la Guerra Civil aún sin terminar, el bando nacional de Franco, bajo una fuerte presión alemana, firmó el Pacto Antikomintern. Cuatro días más tarde, nuevamente bajo presión, firmaron un Pacto de Amistad con Alemania. Estipulaba que, en caso de que una de las partes se encontrara en guerra, la otra evitaría cualquier cosa que en la esfera económica, militar o política perjudicase a la primera, o que redundase en beneficio de sus oponentes. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Franco se encontró vinculado por estos compromisos, así como por una serie de acuerdos secretos con Alemania.
El 3 de septiembre de 1939, dos días después de que los tanques de Hitler entraran en Polonia, una España sorprendida y profundamente turbada declaró su neutralidad; pero en junio de 1940, tras el hundimiento de la resistencia francesa y la entrada de Italia en guerra del lado de Alemania, declaró su no beligerancia e informó a Alemania de que, bajo ciertas condiciones, estaba dispuesta a seguir el ejemplo de Italia. Las condiciones eran: tras el final de la guerra España obtendría Gibraltar, el Marruecos francés, Orán, y una ampliación de la península de Río de Oro[2] y las colonias españolas en el Golfo de Guinea; Alemania proporcionaría a España asistencia militar y económica.
Franco estaba convencido entonces de que la victoria total de Alemania era inminente, y quería estar en el bando alemán cuando llegara el momento. Envió al general Juan Vigón, Jefe de Estado Mayor del Ejército, para que recordase a Hitler el deseo español de entrar en la guerra, pero Hitler tuvo a Vigón esperando una semana antes de recibirle y lo trató con frialdad. Seguro de la victoria final, Hitler tenía poco interés en que España entrase en guerra.
El verano de 1940 marcó el apogeo del poder de Hitler. La mayor parte de Europa occidental había sucumbido ante su ataque. Un pacto decenal de no agresión con Rusia protegía su flanco oriental. Al mismo tiempo, sin embargo, no todo iba según los planes. Para sorpresa y consternación de Hitler Gran Bretaña no había seguido el ejemplo de Francia y no había capitulado; parecía que solamente una invasión, para la cual Hitler no tenía planes preparados, la haría someterse. Para debilitar a la isla Hitler ordenó un ataque aéreo total sobre Londres y otros objetivos estratégicos, pero los británicos se revelaron más duros de lo que esperaba. Las pérdidas alemanas en hombres y aviones fueron muy elevadas, y Gran Bretaña no mostraba signos de ceder. Se empezó a comprender que la guerra podría durar más de lo que Hitler había previsto. Gibraltar, en el extremo de la Península Ibérica, junto con Suez la llave para controlar el Mediterráneo, adquirió una importancia que no tenía antes.
Franco, por su parte, todavía confiaba en la victoria alemana y aún quería estar en el bando vencedor cuando se repartiera el botín, pero ya no tenía prisa. Decidió enviar a Serrano, que era entonces ministro de Interior, a Berlín para establecer un contacto de alto nivel con Alemania. Expresando su aprobación respecto a la visita de Serrano, Joachim von Ribbentrop, el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, dejó claro que Hitler no compartía las vacilaciones de Franco. “Lo que queremos es la entrada de España en la guerra”, advirtió al embajador alemán.
Contestando a una carta de Franco en la que presentaba a Serrano, Hitler expuso sucintamente su plan para cerrar el extremo occidental del Mediterráneo, plan en el que España tendría un papel clave. Decía:
“1. La guerra decidirá el futuro de Europa. No hay ningún país europeo que pueda evitar sus efectos económicos y políticos. El resultado de la guerra decidirá también el futuro de España, quizá durante siglos. Pero ya hoy España está sufriendo sus efectos, aun sin participar todavía en la guerra…”
“2. La entrada de España en el conflicto debe comenzar con la expulsión de la flota inglesa de Gibraltar e, inmediatamente después, la captura del Peñón fortificado.
Esta operación puede y debe ser completada con éxito en pocos días, si son empleados adecuados medios de ataque y tropas modernas, bien entrenadas y de alta calidad. Alemania está dispuesta a proporcionar, bajo mando español, los contingentes necesarios.
“3. Una vez Gibraltar esté en manos españolas el Mediterráneo occidental quedará eliminado como base de operaciones para la flota inglesa. Aparte de la amenaza de submarinos británicos aislados, que entonces será en todo caso de alcance limitado, será posible una conexión segura entre España y el norte de África (Marruecos español). La costa mediterránea española no correrá peligro…
“[La protección de] la costa atlántica española consistirá en emplazar bombarderos en picado [alemanes] en las cercanías de la costa; estos son más efectivos que las baterías pesadas costeras, como ha mostrado la experiencia reciente, desde Narvik hasta la frontera española…
“6. Es más probable sin embargo que, tras perder Gibraltar, Inglaterra intente capturar las Islas Canarias para tener una base naval. Por tanto la capacidad defensiva de aquellas islas en el archipiélago que podrían ser tomadas en consideración como bases navales debe ser fortalecida antes del inicio de la guerra. O bien antes o, como mucho, al mismo tiempo que el inicio de la guerra será necesario, en mi opinión, transferir bombarderos en picado o cazas de largo radio a Las Palmas. La experiencia pasada muestra que ello proporciona la certeza absoluta de que los buques británicos se mantendrán lejos. Los preparativos deberían comenzar antes del inicio de la guerra”
El plan de Hitler era claro y lógico. Si hubiese sido llevado a cabo con éxito, habría cambiado en favor de Alemania el curso de la guerra.
El 15 de septiembre Serrano viajó a Berlín para entrevistarse con Hitler y Ribbentrop. Hitler fue amistoso y cortés pero Ribbentrop preguntó abruptamente a Serrano cuándo podía entrar España en guerra. Serrano replicó hablando de la amistad española hacia Alemania, de sus esperanzas y necesidades, de su deplorable situación económica, sus carencias en trigo, combustibles, fertilizantes, transporte, de hecho en casi todo. Aseguró a Ribbentrop que España era inquebrantable en su deseo por entrar en la guerra, pero dijo que no podía ser en ese momento y tampoco en un tiempo breve. No podía hacerlo antes de que su economía se hubiese recuperado hasta un punto en el que su entrada fuera posible y útil. Cuándo sería eso, sugirió, dependería de la disposición de Alemania para prestar asistencia.
Ribbentrop habló de la posibilidad de reconocer la reivindicación española a la totalidad de Marruecos, siempre y cuando España suscribiese acuerdos comerciales que garantizaran a Alemania una participación en las materias primas del área, y que Alemania ocupase los puertos marroquíes para usarlos como bases navales. Las concesiones que buscaba Alemania eran tales que le habrían dado el control económico, y probablemente político, sobre Marruecos. En una carta a Hitler Franco dijo posteriormente que la ocupación de los puertos era innecesaria en tiempos de paz y superflua en tiempos de guerra.
Incluso durante la Guerra Civil, los alemanes habían dejado claro que esperaban tener privilegios especiales en el período de la posguerra; a pesar de ello Serrano se alarmó ante las demandas alemanas. Igualmente preocupado estaba Demetrio Carceller, un hombre de negocios español que había acompañado a Serrano en su viaje a Berlín. Carceller recordó lo que los alemanes habían dicho cuando más tarde se convirtió en ministro de Industria y Comercio, mientras tenía numerosas y fructíferas conversaciones con representantes de las embajadas británica y americana. Yo participé en cierto número de ellas.
Durante una conversación posterior con Serrano, Ribbentrop dijo que a Alemania le gustaría que España cediera una de las Islas Canarias para usarla como base militar. Un Serrano indignado replicó que las Canarias era parte de España metropolitana, y que si los americanos intentasen tomarlas, el coraje de los soldados españoles las defendería. Se negó a transmitir la petición oficialmente (la transmitió de manera reservada y Franco la rechazó). Serrano más tarde informó a Ribbentrop que España había enviado a uno de sus mejores generales para tomar el mando en las Canarias. Parecía estar sugiriendo que un buen general español sería tan efectivo como los escuadrones de bombarderos en picado alemanes.
Decir que Hitler y Ribbentrop quedaron decepcionados por los resultados de la visita de Serrano sería un eufemismo. Poco después de la marcha de Serrano, Hitler, describiendo la visita, comentó al Ministro de Asuntos Exteriores italiano, Galeazzo Ciano:
“Las propuestas españolas a Alemania, expresadas a grandes rasgos, fueron las siguientes:
- Alemania entregaría durante el año que viene entre 400.000 y 700.000 toneladas de grano
- Alemania proporcionaría todo el carburante
- Alemania proporcionaría el equipo del que carece el Ejército
- Alemania suministraría artillería, aviones, así como armas y tropas especiales para la conquista de Gibraltar
- Alemania entregaría a España todo Marruecos y, además, Orán, también ayudaría a España a lograr una revisión de fronteras al sur de Río de Oro
- España prometería en cambio a Alemania, como contrapartida, su amistad”
Cuando Hitler se reunió con Mussolini en el puerto del Brenner el 4 de octubre, subrayó que España pedía mucho pero no daba nada. En Berlín Serrano había pedido mucho pero no había concedido nada, y se marchó de Berlín con sentimientos encontrados hacia Hitler pero lleno de animosidad hacia Ribbentrop. Si los alemanes habían esperado que la visita acercase a las dos naciones, iban a sufrir una decepción. El Dr. Paul Schmidt, intérprete de Hitler, observó que tanto Hitler como Mussolini pronto empezaron a tildar a Serrano de “astuto jesuita”.
Poco después de su retorno de Berlín, Serrano fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Respondiendo a una sugerencia que Hitler le había hecho en Berlín, el 23 de octubre Franco y él mismo se reunieron en Hendaya con Hitler y Ribbentrop, en la misma frontera de la Francia ocupada. Fue la única ocasión en la que los dos dictadores se entrevistaron y no sirvió, para mejorar las relaciones entre los dos países, más de lo que habían servido las reuniones de Hitler con Serrano. Los españoles dieron una pobre primera impresión llegando tarde a la estación de tren de Hendaya, donde Hitler y Ribbentrop los esperaban con alguna impaciencia. Serrano nos cuenta que el retraso fue involuntario; echa la culpa al vagón personal de Franco y su vieja locomotora, así como las malas condiciones de los ferrocarriles españoles. Probablemente tiene razón. Pocas cosas marchaban en España como debían, en tiempo de guerra. Sin embargo, sin embargo… llegar un poco tarde era un hábito español, y los puntillosos alemanes lo sabían.
En la reunión Hitler estaba pletórico de confianza. Decía que con doscientas divisiones a su disposición era ahora el dueño de Europa. Recordando la asociación “material y espiritual” de Alemania con España durante la Guerra Civil, afirmó que el tiempo había llegado de que España entrase en la guerra, tomando su lugar en el Nuevo Orden de Europa, en el que iba a jugar un importante papel.
Franco aseguró que el deseo de España era entrar en el conflicto cuando estuviera en disposición de ello. Le recordó a Hitler que ya había pasado de la neutralidad a la no beligerancia, y le aseguró que, si no fuera por los problemas económicos, políticos y militares que afrontaba, ya estaría luchando al lado de Alemania. Insistió fuertemente en una mayor ayuda por parte de Alemania, así como en el derecho de España no solamente a Gibraltar, sino también a la totalidad de Marruecos y Orán. Solicitó un compromiso en este sentido por parte de Alemania como condición previa.
Hitler no estaba preparado para comprometerse en esto, sin embargo. Respondió que para España era una cuestión de honor la recuperación de Gibraltar; de hecho España debería tener el papel principal en esa operación. Reconoció también que, por motivos históricos y otras circunstancias, España estaba destinada a poseer todo Marruecos y Orán, y que si entraba en guerra le serían entregados. Sin embargo, añadió, para que Alemania ofreciera estos territorios a España primero debería poseerlos, y puesto que todavía no era así, aún no estaba en condiciones de disponer de ellos.
Franco sabía que Hitler se estaba reservando Marruecos como un premio para Francia si esa nación, con su todavía poderosa marina, decidiera pasarse al bando alemán, pero no lo mencionó. En lugar de ello, empezó a comentar las campañas de Hitler y a hacer sugerencias no solicitadas (y obviamente no deseadas) sobre las campañas futuras. Se preguntó las razones para el fracaso alemán en someter a Gran Bretaña. Sugirió que incluso si Inglaterra fuese derrotada, su gobierno y su flota se trasladarían a Canadá y continuarían la guerra desde allí. Recitó nuevamente la letanía que Serrano le había ya dado en Berlín. Habló y habló, explicando las ambiciones de España y sus problemas con un detalle minucioso y monótono.
Hitler empezó a aburrirse con el monólogo de Franco y empezó a bostezar abiertamente. Ordenó a Ribbentrop que les entregara a los españoles el borrador de un protocolo secreto que preveía, en práctica, que España se uniría al Eje y entraría en guerra cuando Alemania lo considerase oportuno. En el protocolo no había mención alguna de Marruecos u Orán. Franco leyó rápidamente el borrador y dijo que no podía aceptarlo; que no reflejaba el sentido de la reunión que acababan de tener. Hitler pidió a Franco que estudiara el borrador y pensara en ello. Invitó a los dos españoles a cenar en su vagón. Cuando se marchaban, el Barón de las Torres, el brillante jefe de protocolo de Franco, oyó a Hitler decir, “con estos dos personajes no podemos hacer nada”. Hitler no estaba muy equivocado.
Durante la cena los cuatro prosiguieron la discusión pero sin resultados. Franco, para sus adentros, estaba indignado de que Hitler pretendiera decidir cuándo España tenía que entrar en la guerra. Comerciante nato, le indignaba también que Hitler no hubiese ofrecido compensación a España. “Después de la victoria, no importa lo que digan ahora” –había dicho antes a Serrano- “si no lo ponen negro sobre blanco no nos darán nada”.
Hitler y Ribbentrop escoltaron a sus invitados hasta el vagón personal de Franco. Mientras Franco estaba saludando cortésmente desde la plataforma del vagón, su locomotora, en una maniobra descuidada, golpeó hacia atrás el vagón con alguna violencia. Sólo la agilidad de Franco y su rapidez de mente le salvó de ser arrojado al suelo o incluso bajo las ruedas. España había estado en un peligro no menor que éste durante las conversaciones de Hendaya.
De regreso a San Sebastián, Franco y Serrano trabajaron durante la noche enmendando el protocolo de manera que reflejara las posiciones de España. Como acordaron finalmente, comprometía a España a entrar en guerra después de que las potencias del Eje le hubieran “proporcionado la asistencia militar que necesitaba para estar preparada, en un momento a decidir de común acuerdo entre Alemania, Italia y España, teniendo en cuenta los preparativos militares que se decidieran”. El protocolo estipulaba también que Alemania daría ayuda económica a España entregándole comida y materias primas, “para satisfacer las necesidades del pueblo español y lo requerido por la guerra”.
En cuanto a la posible participación de España en el conflicto, no había nada en el protocolo que Franco no hubiera ofrecido ya. Los compromisos alemanes hacia España, por otro lado, se habían vuelto más específicos. Resultó que estaban más allá de la capacidad alemana de satisfacerlos. Franco había prevalecido sobre Hitler en palabras y en astucia.
Los españoles tienen, a veces, la amable costumbre de pronunciar palabras agradables de escuchar pero que no “dicen” de verdad. Cuando un español te dice que su casa es la tuya, no espera que sea tomado en sentido literal; quiere hacerte sentir a gusto. Después de que Franco hubo agotado a Hitler con sus explicaciones, sus reservas, y sus demandas, de repente tomó la gran mano de Hitler entre las suyas y declaró: “a pesar de todo lo que he dicho, si llega el día en que Alemania realmente me necesite, estaré incondicionalmente a su lado”. Serrano sintió un escalofrío correrle por la espalda. Estaba seguro de que Hitler, un actor de primera clase, le tomaría la palabra diciéndole que ese día había llegado. Incluso si Franco se escabullía de las garras de Hitler, el incidente produciría nuevas tensiones y quizás nuevos problemas entre los dos países. Felizmente el intérprete de Hitler, sin duda porque sabía que la promesa de Franco no significaba nada, no la tradujo y una crisis fue evitada.
Hendaya adquirió una importancia crucial para Hitler cuando, el 28 de octubre de 1940, Mussolini, sin avisarle, invadió Grecia. Los resultados para el Eje fueron desastrosos. Los griegos no solamente repelieron el asalto sino que hicieron retroceder a los imprudentes italianos en su recién conquistada colonia, Albania. Operando desde el norte de África los británicos rápidamente establecieron bases aéreas en Grecia. Hitler escribió a Mussolini que apenas se atrevía a pensar en las consecuencias de estos eventos. “Desde el punto de vista militar esta situación es delicada”, dijo, añadiendo, “desde el punto de vista económico, teniendo en cuenta los campos petrolíferos rumanos, es aterradora”.
Hitler no estaba exagerando. El 12 de noviembre emitió la Directiva 18 ordenando una acción militar en Europa suroccidental y el norte de África. Bautizada Operación Félix, el objetivo era tomar Gibraltar y cerrar los Estrechos. Hitler abruptamente convocó a Serrano para otra reunión, esta vez en Berchtesgaden, su cuartel en las montañas. Discutiendo la convocatoria con Franco, Serrano dijo, “Si no vamos a Berchtesgaden corremos el riesgo de reunirnos con ellos en Vitoria”. Vitoria es la primera ciudad de importancia al sur de la frontera franco-española.
El 19 de noviembre Serrano se reunió de nuevo con Hitler, pero era un Hitler diferente del que había conocido en Berlín y Hendaya. Después de observar que el fallido ataque alemán en Grecia había hecho necesario cerrarles el Mediterráneo a los aliados, Hitler dijo: “He decidido atacar Gibraltar, y la operación ha sido meticulosamente preparada. Todo lo que queda es llevarla a cabo”. Dijo que la participación en el ataque era un honor que le correspondía a España.
Hitler, rodeado por sus colaboradores militares y políticos, habló durante más de una hora, rápidamente y con creciente insistencia y emoción. Serrano, superado en número pero no abrumado, escuchó atentamente y entonces replicó. Le dijo a Hitler que cuando había recibido la invitación no sabía lo que Hitler pretendía discutir con él, y por esa razón podía solamente darle su opinión personal acerca de lo que acababa de escuchar. Le recordó a Hitler que el protocolo de Hendaya estipulaba que España entraría en guerra no cuando Hitler lo decidiera, sino cuando España estuviera en situación de hacerlo. Hitler replicó que en cualquier caso una operación conjunta contra Gibraltar era necesaria.
Serrano observó que cerrar el Mediterráneo tomando Gibraltar significaría que Gran Bretaña cerraría el Atlántico a España. Eso sería fatal, dijo, a causa de la desesperada necesidad española de los suministros que llegaban del otro lado del océano. Hitler replicó que, si España se convertía en beligerante, Alemania cubriría las necesidades españolas con el mismo empeño con que cubría las propias, pero Serrano respondió que Alemania subestimaba las necesidades de España. Hitler preguntó a Serrano si no era verdad que España había decidido que la manera de mejorar su situación económica era permanecer fuera de la guerra. Serrano respondió que esa no era la visión del gobierno español, pero sí la del pueblo español, el cual pensaba que una gran parte de la escasez que sufría era debida a los envíos de alimentos y otras mercancías a Alemania. Dijo que pedirles a los españoles más sacrificios, sólo meses después del final de la más sangrienta de las guerras civiles, estaba más allá del poder del gobierno español. Añadió además, significativamente, que los españoles resistirían una nueva invasión de la misma manera en que habían resistido a los ejércitos de Napoleón. Entonces Hitler preguntó si España permitiría el paso de las tropas alemanas a través del país, pero Serrano replicó que no podía. Ganando tiempo, Serrano le pidió a Hitler que enviara técnicos para evaluar las necesidades de España.
Serrano siguió hablando hasta que Hitler empezó a mostrar signos de fastidio y fatiga. Finalmente Hitler dijo: “Sé que España tiene varios problemas serios. Creo que puede tomarse otro mes para prepararse y decidir”. Ello dio a Serrano nuevas oportunidades, que aprovechó concienzudamente.
La entrevista duró cuatro horas. Al final Serrano dijo sin pudor: “Cuando vuelva a Madrid, los embajadores británico y americano van a preguntarme por el propósito de esta visita […] propongo decirles que vine aquí para solicitar envíos de cereales […] eso les hará apresurar sus propios envíos para nosotros”. Hitler estuvo tan de acuerdo con esa sugerencia que Serrano añadió: “Y [el engaño] sería completo si también vosotros nos enviarais algo de trigo”. Hitler replicó lacónicamente que pensaría en ello. Esa noche Serrano durmió, o intentó dormir, en Berchtesgaden, donde el austríaco Kurt von Schusnigg y el checo Emil Hacha habían intentado sin éxito preservar la independencia de sus países. Uno puede imaginar sus cavilaciones.
Hitler siguió la sugerencia de Serrano y envió técnicos a España. En concreto al almirante Wilhelm Canaris, su jefe de inteligencia, que conocía bien el país. Canaris habló con Franco el 7 de diciembre. Fue más específico de lo que Hitler había sido. Dijo que Hitler deseaba enviar tropas a España el 10 de enero de 1941 para iniciar un ataque sobre Gibraltar. Explicó que la ayuda económica a España comenzaría tan pronto como las tropas entrasen en el país. Franco explicó pacientemente que, por una serie de razones, España no podía entrar tan pronto en guerra. Además, no podía sostener una guerra larga sin imponer sacrificios insoportables a su gente. Canaris entonces le preguntó si podía fijar una fecha posterior al 10 de enero. Franco respondió que, puesto que la superación de las dificultades no dependía solamente de España, no podía fijar una fecha definida. Solicitó que Hitler enviara un economista para examinar la situación española e informarle. Como siempre, envió a Hitler saludos cordiales.
Los protocolos de la conversación entre Franco y Canaris que la embajada alemana transmitió a Berlín habían sido preparados por el general Vigón, que había asistido a la reunión y, como Franco, era un viejo amigo de Canaris. Lo que no reveló es que, inmediatamente después de su llegada a Madrid, Canaris había transmitido a Vigón la información crucial de que Franco podía rechazar las demandas de Hitler sin peligro. Había explicado que sus otros compromisos militares no le permitían intentar capturar Gibraltar, en caso de que hubiera oposición española. (Canaris, como se supo más tarde, estuvo involucrado en varios intentos de asesinar a Hitler. Poco antes del final de la guerra el mismo Canaris fue asesinado por los secuaces de Hitler. El gobierno español otorgó una pensión a su viuda).
Los españoles habían agotado a Hitler. Sin saberlo habían propiciado un punto de inflexión en la guerra. El 18 de diciembre Hitler ordenó el comienzo de los preparativos para la Operación Barbarroja, el ataque a Rusia; la cuestión de Gibraltar quedaba aparcada. Aun así, nueve días después la Marina informó a Hitler de que, dado el fiasco de Mussolini en Grecia y otros reveses del Eje, la importancia de Gibraltar había aumentado en vez de disminuir. El Führer estuvo de acuerdo, pero dijo que Franco no estaba preparado. Prometió que algún día intentaría convencerle de nuevo; ese día llegaría más pronto de lo que anticipaba.
Los asesores navales de Hitler seguían insistiendo en que la Operación Félix no había de demorarse más. El Almirante Raeder, comandante en jefe de la Marina, argumentó que si el Estrecho permanecía abierto los británicos, que controlaban Malta y Suez además de Gibraltar, y tenían numerosas fuerzas terrestres móviles en el norte de África, antes de atacar a Alemania intentarían aislar a Italia, el más débil de los componentes del Eje. Era algo al alcance de sus posibilidades, especialmente si recibían ayuda de los Estados Unidos.
Hitler reconocía la fuerza de los argumentos del almirante. También seguía escociéndole el que Franco, la figura “burguesa” que tenía la “mentalidad e un subalterno”, estuviera entorpeciéndole mientras sus propios consejeros continuaban insistiendo en la necesidad de tomar Gibraltar. El 21 de enero de 1941, once días después de la fecha en que las tropas alemanas habrían debido entrar en España. Ribbentrop dio instrucciones al embajador alemán, Eberhard von Stohrer, para que leyera textualmente a Franco un mensaje de Hitler que era, probablemente, lo más insolente que un líder nacional haya enviado nunca a un presunto aliado.
Tras observar que la guerra ya estaba ganada, Hitler le recordó a Franco que la captura de Gibraltar, con el consiguiente cierre del Mediterráneo, sería útil estratégicamente sólo si fuese llevada a cabo en pocas semanas. De otro modo, afirmaba (bastante correctamente, a la luz de lo que ahora conocemos del plan de Hitler para atacar a Rusia) sería demasiado tarde a causa de otras operaciones militares previstas.
Hitler continuó diciendo que él y el gobierno del Reich estaban profundamente decepcionados por la actitud equívoca y vacilante de España, que era incomprensible a la luz de la ayuda que le habían dado a Franco durante la Guerra Civil española. “Sin la ayuda del Führer y del Duce no habría ahora ninguna España nacional y ningún Caudillo”, decía el mensaje. Uno puede imaginarse el desventurado Stohrer repitiendo esas palabras, aunque fuera de manera ligeramente modificada, en presencia de Franco, y los pensamientos de Franco mientras las escuchaba.
Franco le dijo a Stohrer que el mensaje era extremadamente grave y contenía falsedades, y que respondería tan pronto como le fuera posible. Pero antes de que tuviese tiempo para hacerlo Hitler le envió otro mensaje que rezaba: “solamente la entrada inmediata en la guerra tiene un valor estratégico para el Eje”.
Hitler ofreció proporcionar a España 100.000 toneladas de trigo y otra ayuda una vez entrara en guerra. “Si el general Franco a pesar de todo no entra en guerra” –dijo- “ello puede explicarse sólo por el hecho de que alberga dudas sobre la victoria última del Eje”.
Franco refutó la acusación de Hitler y solicitó que nuevamente un militar de alto rango visitase España para evaluar la situación. Sugirió que el mariscal Keitel, el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, sería una buena elección.
Hitler estaba realmente furioso, con Stohrer también, no sólo con Franco. En un telegrama a Stohrer, Ribbentrop decía: “Lamento que en la conversación usted haya dado a Franco la oportunidad de desviar el contenido de sus instrucciones de su propósito […] solicito que usted aclare con precisión si el general Franco ha entendido sin posibilidad de error, de lo que usted le dijo, que esperamos una entrada inmediata de España en la guerra”. La verdad es que Franco lo había comprendido incluso con demasiada claridad. Un desconcertado y vapuleado Stohrer le respondió a Hitler lo mejor que pudo.
El 6 de febrero Hitler le envió a Franco una carta extraordinaria; puede que lo hiciera sólo para dejar constancia. Franco había escrito previamente que el 10 de enero sería una mala fecha para que los alemanes entraran en España porque, entre otras razones, las carreteras podían estar bloqueadas por la nieve. El comentario de Hitler podría haber sido divertido en otras circunstancias.
“No comprendo por qué primero se quiere declarar que algo no es posible por razones económicas, y ahora simplemente por razones climáticas”, el Führer decía, añadiendo, con bastante lógica: “no creo que el Ejército alemán tuviera problemas para marchar en enero a causa de un clima que, en sí mismo, no es nada fuera de lo ordinario para nosotros. “En cualquier caso” –continuaba- “en lo que respecta a la participación de soldados alemanes y oficiales en vuestra campaña, Caudillo, las condiciones climáticas en España no son insólitas para nosotros”.
“El ataque a Gibraltar y el cierre del Estrecho habría cambiado la situación en el Mediterráneo de un solo golpe”, continuaba Hitler. “el 10 de enero, si hubiéramos sido capaces de cruzar la frontera española con las primeras formaciones, Gibraltar ahora ya sería nuestro. Eso significa: dos meses han sido perdidos, que habrían podido cambiar el curso de la historia mundial”.
Hitler estaba haciendo, específicamente, la acusación de que Franco había interferido con sus planes de conquista, una acusación que habría creado problemas a Franco y a España si esos planes hubieran tenido éxito. Pero felizmente no fue así.
El 22 de junio de 1941 Alemania invadió Rusia. Serrano inmediatamente informó a Stohrer que el gobierno español tomaba nota con la mayor satisfacción del comienzo de la lucha contra la Rusia bolchevique. Era una afirmación que se quedaba corta, por parte de Serrano. El gobierno español había contemplado la invasión no sólo con gran satisfacción sino con un enorme alivio. Después de la invasión la presión alemana sobre España para que entrara en la guerra disminuyó casi hasta desaparecer. La marcha sobre Gibraltar no había sido abandonada, sin embargo; meramente había sido aplazada.
El 19 de septiembre de 1941 un memorándum secreto del cuartel general de Hitler decretaba: “Nuestras relaciones políticas y militares con España no se deben interrumpir de aquí a la próxima primavera, al contrario deben ser ampliadas. Acciones militares en la Península Ibérica no son, sin embargo, deseables hasta que la campaña en el Este haya concluido y suficientes fuerzas alemanas estén disponibles; como muy temprano en la primavera de 1942”. El Führer estaba decidido, una vez derrotada Rusia, a marchar a través de España hasta Gibraltar, con o sin el consentimiento de los españoles.
Mientras tanto la Wehrmacht preparaba un plan para resistir una posible invasión británica de la Península. Al mismo tiempo el responsable de uno de los equipos de Inteligencia de Hitler estaba compilando una lista de líderes españoles que, se pensaba, habrían visto con buenos ojos una deposición de Franco, así como de Serrano. Pero eso resultó también ser una quimera nazi.
Cuando Hitler le recordó a Franco que, sin la ayuda del Führer y del Duce, no habría una España nacional y ningún Caudillo, debió de haber ofendido a Franco irreparablemente. Sin embargo lo que dijo era verdad y Franco no podía mostrar indiferencia hacia aquellos que hicieron posible su victoria. E incluso si se hubiera sentido inclinado a volverles la espalda a los viejos amigos que le habían ayudado, no podía permitirse seguir ese camino, ante la certeza de una rápida y salvaje represalia por parte de Hitler, al que había que tomar muy en serio y cuyos submarinos podían hundir también los barcos españoles.
También había que tomar muy en serio a los Aliados. Franco no estaba exagerando el poder que tenían para castigarle si entraba en la guerra a favor del Eje, o si les ayudaba demasiado. Ellos, como los alemanes, podían bloquear las importaciones que llegaban a España por mar, lo que era un severo condicionante para España, pues seguía dependiendo fuertemente de las rutas marítimas para sus suministros de alimentos, petróleo y otros productos que necesitaba para sobrevivir; y no tenía confianza en que Alemania pudiera o quisiera suministrarlos, incluso entrando en la guerra del lado del Eje.
Por tanto Franco continuó haciendo equilibrios. Cuando los alemanes tiraban de él en una dirección, los aliados tiraban en la dirección opuesta. Tales sacudidas podían ser incómodas para los españoles, pero eran al mismo tiempo útiles porque ayudaban a Franco a mantener ese equilibrio que necesitaba desesperadamente salvaguardar; puesto que cada uno de los dos bandos sabía que el otro lo estaba sometiendo a unas presiones que no podía resistir del todo, se pasaban por alto acciones que, en otras circunstancias, habrían provocado severas represalias.
La prueba llegó cuando el embajador Hayes, acompañado por mí como intérprete, levantó de la cama al conde Jordana[3], quien había sustituido a Serrano Súñer en Asuntos Exteriores, a las dos de la mañana del 8 de noviembre de 1942, para informarle de que en ese momento las tropas aliadas estaban desembarcando en el Marruecos francés, en una zona que –como sabíamos el embajador y yo- estaba solamente a pocas millas de donde había fuerzas españolas, numerosas y lo bastante potentes como para crear graves dificultades al desembarco, si se les ordenaba oponerse. A las nueve en punto de esa mañana, Hayes entregó al general Franco una carta del presidente Roosevelt en la cual le aseguraba que los desembarcos de ningún modo, manera o forma estaban dirigidos contra el gobierno o el pueblo español. “España no tiene nada que temer de las Naciones Unidas”, decía el Presidente.
La prensa española, controlada por el gobierno, publicó la garantía estadounidense en grandes titulares, y Franco solicitó de los alemanes una análoga garantía. Los alemanes replicaron que las garantías no eran necesarias entre amigos, pero finalmente las ofrecieron, en una forma que los españoles no se molestaron en publicar. Los españoles, sin embargo, hicieron pública su decisión de resistir a cualquier invasión, viniera de donde viniera; lo que naturalmente significaba desde Alemania. Desde ese momento no tuve ninguna duda de que España se había vuelto decisivamente hacia los Aliados; tampoco tuve nunca un temor real a una invasión alemana.
Después de la invasión de Rusia España envió una “División Azul de voluntarios” para ayudar a Hitler en el frente. Muchos, posiblemente la mayoría de sus miembros, eran en efecto voluntarios, y el gobierno nacional prefería que expresaran su celo falangista en Rusia más que en España. Los estudiosos afirman que la División Azul luchó contra los soviéticos con coraje y entusiasmo. De regreso a Madrid, sin embargo, fue el blanco de un humor sardónico. A la postre, fue una magra contribución a la guerra de Alemana contra Rusia. La mayor parte de los españoles, dentro y fuera del gobierno, esperaban fervientemente que fuese la única contribución que tuvieran que hacer.
Alemania intentó inducir a España, cuando fue enviada la División Azul, a declarar que existía un estado de guerra entre España y la Rusia soviética, pero Franco no mordió el anzuelo y, por su parte, consideró que el envío de la División Azul a Rusia extinguía la deuda de España con Alemania contraída durante la Guerra Civil. Hitler consideraba en cambio que esa deuda seguía existiendo. Envió a los españoles facturas detalladas por el equipo entregado y los servicios proporcionados, que fueron saldadas tras un arduo tira y afloja.
Además de una importante ayuda que era directamente útil para el esfuerzo de guerra, España había concedido a Alemania bastante influencia sobre la prensa española. Esa influencia nazi sobre los medios tuvo el efecto contrario, sin embargo. La BBC, la Voz de América, y los servicios de información británicos y americanos en Madrid, mantenían a los españoles bastante bien informados del curso de la guerra, y éstos rápidamente llegaron a la conclusión de que los nazis, y también su propio gobierno, les estaban mintiendo. Esto fue un factor en favor de los Aliados, y no fue lamentado demasiado por el gobierno español porque, considerando la manera oblicua en que las cosas sucedían en España, reforzaba su posición para poder resistir las presiones alemanas que querían forzar la entrada en guerra.
Después del desembarco en el norte de África Hitler sustituyó al embajador Stohrer, cuya misión había claramente fracasado, y lo reemplazó con Hans-Adolf von Moltke, que se había ganado una reputación de dureza como embajador en Polonia. Pero von Moltke murió no mucho después. De cualquier manera, era un poco tarde para la dureza. Hitler estaba profundamente preocupado por la falta de progreso en Rusia. Franco, por su parte, cada vez estaba más convencido de que el futuro de España estaba al lado de los Aliados.
¿Quiso alguna vez el gobierno español una victoria del Eje, como a menudo afirmaba o daba a entender en declaraciones públicas de sus funcionarios y prensa, y como tan claramente era transmitido a las potencias del Eje? Ciertamente no quería una victoria rusa, y era difícil reconciliar esto con una derrota del Eje. Pero también era difícil creer que España quisiera una Europa dominada por los nazis, que habría significado una España dominada por los nazis.
El Pacto de no agresión de Hitler con Rusia había causado una conmoción en el muy católico gobierno español. Tras la guerra relámpago en Polonia, Franco repetidamente expresó su preocupación por ese país, que consideraba un baluarte católico contra el comunismo. Desde ese momento fue principalmente el temor (y por un breve período la codicia), no la gratitud o la lealtad, lo que dictaba la actitud de España hacia Alemania.
Los españoles, a pesar de su reputación de románticos, pueden ser gente fría, realista. Es verdad que no habría habido una España Nacional ni un Caudillo sin Hitler, como Hitler mismo había dicho y Franco bien sabía. Pero también sabía que no habría ni España Nacional ni Caudillo en una Europa dominada por el nazismo, a menos que Hitler quisiera; y no he encontrado razón alguna para creer que Franco quisiera que España fuese parte de esa Europa, si había una alternativa mejor.
En los primeros meses de 1943 el Ministerio de Asuntos Exteriores español empezó una serie de consultas con representantes de países neutrales, con vistas a la formación de un bloque que pudiera inducir a los beligerantes a negociar una paz. Un esfuerzo que no tuvo éxito, que fue interpretado por muchos observadores (aunque no por Alemania, que por entonces tenía ya poca confianza en España) como un medio para salvar a Alemania de la aniquilación total. Y eso era en efecto, aunque los españoles tenían en mente, más que salvar a Alemania, frustrar una victoria total de Rusia.
Durante mucho tiempo el comercio fue la única arma de los Aliados en España. Continuó siendo, hasta el final de la guerra, su arma principal. Fueron naturalmente los británicos quienes primero aplicaron la política de influenciar a España a través del comercio; una política que dio sus frutos en 1941 y 1941, cuando permitió a Franco resistir las presiones de Hitler para la entrada en guerra. En ese momento éramos algo así como la cola en la cometa británica. Vendíamos a España lo que podía pagar, que no era mucho; le dimos un pequeño crédito bancario para comprar excedentes de algodón en 1938, y la Cruz Roja americana llevó a cabo un programa limitado para distribuir harina y leche donadas por el gobierno de Estados Unidos, para los muy necesitados a principios de 1940. Pero hasta que no fuimos forzados nosotros mismos a entrar en la guerra, estábamos lejos de tener un plan para evitar su dependencia completa de Alemania.
En un libro que escribió después de retirarse, Herbert Feis, un oficial del Departamento de Estado, que estaba muy involucrado en las relaciones con España, decía:
“Pero cuando Francia cayó […] Gran Bretaña necesitaba todas sus fuerzas en la lucha desesperada para defender su isla y mantener abiertas las rutas marítimas. No las había para hacer frente a un ataque de España o a través de su territorio. Un potente ejército alemán estaba desplegado a lo largo de la frontera de los Pirineos y Gibraltar no podía defenderse contra un asalto bien organizado. Incluso si la Roca fuera conservada, el aeropuerto y la base naval podían ser inutilizados y el paso a través del estrecho de Occidente impedido. Si Gran Bretaña perdía la entrada al Mediterráneo, la batalla por Malta, Suez, y el Oriente en su conjunto estaría perdida.
Por tanto, el gobierno español parecía tener el poder de decidir si Gran Bretaña podía continuar la resistencia fuera de su isla, incluso quizá el poder de decidir si podía seguir luchando en la guerra. Porque si Alemania podía usar las costas españolas en África y las islas españolas en el Atlántico, el flujo de ayuda de los Estados Unidos podía ser interrumpido.
Los gobiernos británico y americano habían valorado en su justa medida estos peligros. La lucha para influenciar o controlar las acciones de España se volvió crucial para sus planes de batalla y sus esperanzas. Para aplacar el espectro, o tenerlo encerrado, usaron todas sus artes y poderes. España se convirtió en el punto focal de su diplomacia. Cada día que la Roca continuaba sin ser asediada era un día ganado, hasta que ya no hubo necesidad de contar los días ganados”.
Esta es una retórica potente, y representa con precisión el impresionante poder que España de influenciar, y posiblemente alterar, el curso de la guerra. También refleja con precisión la política británica hacia España en ese momento crítico. Pero contrariamente a lo que Feins cree recordar, los Estados Unidos iban muy por detrás de Gran Bretaña en la atención que dedicaban a España. Antes de que yo dejara Washington para ir a Madrid, en junio de 1941, un año después de la caída de Francia, el superior de Feis, el subsecretario de Estado Sumner Welles me contó que los Estados Unidos no tenían intención de embarcarse en un elaborado programa para suministrar bienes a España, y yo repetí su afirmación en la primera reunión anglo-americana sobre economía a la que asistí en Madrid. No se le prestó mucha atención por parte de los representantes de la embajada británica, que estaban ocupados con otras cosas. Por aquel entonces los Estados Unidos estaban ya involucrados en una guerra naval no declarada contra Alemania; le estaban dando a Gran Bretaña toda la ayuda posible sin entrar en guerra, y una Gran Bretaña beligerante, por su parte, le estaba dando crédito a España a costa de algunos sacrificios para sí misma. Pero los Estados Unidos eran reluctantes a involucrarse en este sentido. Alexander Weddell, nuestro primer embajador en la España nacionalista, enviaba solicitud tras solicitud a Washington, buscando obtener algún reconocimiento de la importancia de España para nosotros y para la guerra contra Hitler y el hitlerismo, pero Washington no le prestaba mucha atención.
Con el diminuto Gibraltar prestando un servicio heroico e indispensable a la causa de la libertad, guardando el Estrecho, enviando convoyes a Malta y Suez, manteniendo abiertas las arterias vitales del Imperio, los británicos miraban a España con un sobrio realismo. A los americanos, más emocionales, más ideológicos y más influenciables por lo que leían en la Prensa, no les gustaban los españoles que había en el gobierno y desconfiaban de ellos.
Fue nuestra entrada en la guerra, un año y medio después de la caída de Francia, lo que nos forzó a reexaminar nuestra política española. Por fin nos unimos a los británicos en un programa comercial bien concebido. Establecimos en España, y también en Portugal, por así decir en la puerta de al lado, una Compañía Comercial de los Estados Unidos (USCC) propiedad del Gobierno, para estar a la par con la Compañía Comercial del Reino Unido (UKCC) que llevaba tiempo operando efectivamente en ambos países, y cooperar con ella en: 1) suministrar a España los alimentos y materiales que solicitaba para no caer en una completa dependencia de Alemania, y 2) privar a los alemanes, en la medida de lo posible, de aquellos bienes de importancia estratégica que podrían querer adquirir en España. El más importante de estos era el wolframio (conocido también como tungsteno) usado en el endurecimiento del acero[4]. España y sobre todo Portugal eran los principales suministradores de wolframio de Alemania. Los Estados Unidos tenían los recursos necesarios para una victoria diplomática en España, y finalmente estaban poniendo toda la carne en el asador. Ya no eran la cola de la cometa británica.
El programa económico angloamericano no solamente fue del agrado de los españoles, sino que les dio un sentimiento de euforia, un entusiasmo casi histérico por la neutralidad en incluso por la causa aliada, pues nuestra táctica para privar a los alemanes de wolframio era la de ofrecer precios cada vez más altos por éste y aumentamos los precios a unos niveles que debieron parecerles a los españoles (y a los alemanes) astronómicos. Puesto que teníamos dólares para gastar, y los fondos nos llegaban abundantes, había casi un elemento de competencia desleal en lo que hacíamos; particularmente teniendo en cuenta que doblábamos y triplicábamos el precio del petróleo que estábamos vendiendo a España para recuperar una parte de nuestros costes.
Finalmente, en 1943, con la Wehrmacht en retirada en Rusia, decidimos usar la coerción más que los dólares para privar de wolframio a los alemanes. Interrumpimos los suministros de petróleo a España, e hicimos saber al gobierno español que los reanudaríamos solamente cuando decretara un embargo sobre las exportaciones de wolframio a todos los países, incluyendo los Estados Unidos (que no necesitaban el wolframio español). España finalmente accedió a un cuasi-embargo, pero debe de haber sido una de las decisiones más difíciles que tuvo que tomar. No solamente puso punto final a la bonanza del wolframio; también atrajo la ira alemana sobre los españoles. Felizmente, era demasiado tarde para que los alemanes pudieran hacer mucho al respecto.
Desde el principio Washington tuvo una actitud esquizofrénica en cuanto al comercio con España. El 12 de enero de 1942, en un telegrama al embajador Weddell, el Departamento de Estado afirmaba, con aires de suficiencia, que no consideraba como prioritarios los efectos de sus propuestas económicas sobre la actitud española hacia la guerra; que basaría sus decisiones acerca de los suministros a España en si podía obtener un valor tangible en el intercambio. Se referían a un quid pro quo económico. Eso era una negación de toda la actitud angloamericana hacia España, era una emanación de diplomáticos y burócratas pegados a sus mesas, pero el Departamento no mantuvo esa línea durante mucho tiempo. Menos de un mes después, en un telegrama dirigido a mí como agregado de negocios, decían: “aunque nuestras relaciones económicas con España son importantes […] la embajada no debe perder de vista en sus informes que el Departamento está interesado principalmente en la situación política española”. Lejos de perder de vista la relación entre el comercio y la política (o más bien entre el comercio y la victoria militar), la Embajada había estado apremiando a Washington para que reconociera esa relación desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial; era precisamente por parte de Washington que esa relación a menudo había parecido descuidarse.
Nunca fue popular en Washington el uso del comercio como arma para lograr fines políticos y militares en España. Había un temor persistente a que los españoles nos traicionaran. La Prensa americana, especialmente las publicaciones más ideológicamente comprometidas como el PM de Ralph Ingersoll en Nueva York, afirmó repetidas veces que esto ocurriría. Los funcionarios en Washington leían el PM con reverencia, y a menudo las respuestas del Departamento de Estado a nuestros mensajes reflejaban las actitudes del PM más que las de la Embajada. Nuestros funcionarios, especialmente aquellos involucrados en la vida política, tenían miedo de ser criticados públicamente si iban demasiado lejos en “apaciguar” a España, o si sólo parecía que estaban yendo demasiado lejos.
La revista Time, de la que Ingersoll había sido editor antes de fundar PM, no le iba a la zaga a PM en pedir una línea dura hacia España. Durante un viaje en automóvil que hice desde Argel a Casablanca en 1944 conocí a un joven oficial de la Fuerza Aérea cuyo deber, según me explicó, era hacer vuelos de reconocimiento sobre el Mediterráneo entre Marruecos y la Península Ibérica. Abiertamente antifranquista, mencionó una pequeña isla en la costa española que, aseguraba, estaban usando los alemanes. “Uno de estos días voy a bombardear esa isla y decir que fue un accidente”, me dijo. Después de escuchar sus peroratas antiespañolas y antifranquistas, le pregunté de dónde sacaba su información acerca de España y su relación con la guerra. “La saco de la revista Time”, me respondió. Millones de otros americanos también obtenían su información y sus opiniones relativas a España y su política relativa a la guerra de Time, PM y otras publicaciones americanas.
Tampoco se podía culpar realmente a los medios. Puesto que el gobierno español estaba ocultando e incluso presentando falsamente su verdadera actitud hacia el Eje, las noticias que venían de España eran casi uniformemente desfavorables hacia su gobierno. La censura española, influenciada por Alemania, se ocupaba de que no fueran publicadas noticias favorables a los Aliados. Los discursos de Franco eran transmitidos sin censura naturalmente, pero eran casi siempre pro-Eje. Aparte de ello, y alguna propaganda de la Falange que era igualmente mal recibida en Estados Unidos, las noticias que llegaban de España hablaban de corridas de toros, ceremonias religiosas y poco más. La mayor parte de lo que pasaba por ser noticias de España venía de Ciudad de México, Montevideo, Nueva York y Moscú, y casi todo ello era propaganda antifranquista. Principalmente provenía de republicanos o comunistas españoles. Una reacción común entre los lectores era que, si el gobierno español era malo, no debíamos tener relaciones con éste.
La ideología también tendía a que los deseos condicionaran el pensamiento. Las afirmaciones en favor del Eje por parte de Franco llegaron a ser tan irritantes para los americanos, incluyendo personas en el gobierno que no estaban familiarizadas con nuestra política española o estaban en desacuerdo con ella, que muchos deseaban su caída sin preocuparse del efecto que ello pudiese tener en la marcha de la guerra. Cuando la Embajada informó de que, salvo una muerte prematura, Franco parecía destinado a gobernar España durante mucho tiempo, algunos funcionarios en Washington no dieron peso a estos informes, aduciendo que estaban viciados por la excesiva cercanía y la falta de perspectiva. Nosotros intentábamos informar objetivamente desde Madrid, y ahora está claro que nosotros logramos alcanzar un alto grado de objetividad; pero nuestros informes a menudo eran interpretados de manera sesgada por los lectores, según su propio concepto de lo que era verdadero y falso.
Para la gente en los Estados Unidos, incluidos muchos miembros y funcionarios del Gobierno, el problema español era en gran medida algo impersonal, un problema visto a través de los papeles. Para la Embajada, sin embargo, involucraba a seres humanos; no solamente a aquellos españoles en el Gobierno y fuera de éste que eran nuestros amigos y querían ayudar a nuestra causa, que era también la suya, sino a la masa de españoles cuya salud, bienestar y vidas en muchos casos dependían en parte de decisiones tomadas en Washington por personas influenciadas por los periódicos, las revistas y la radio, con las inevitables preferencias en tales circunstancias. Pocos españoles eran nuestros enemigos, pero millones de ellos eran enemigos de nuestro aliado, Rusia. Mientras los medios americanos estaban vilipendiando a Franco, un libro escrito por Joseph E. Davies, ex embajador de Estados Unidos en Rusia, que alababa a Stalin sin pudor y presentaba los infames juicios de Moscú como modelo de justicia, era muy leído y favorablemente comentado en los Estados Unidos. Muchos americanos no veían inconsistencia alguna en ello, pero muchos españoles sí.
El hecho de que Rusia fuera nuestra aliada era un problema continuo para nuestros amigos españoles, quienes creían que subestimábamos la amenaza comunista. Ellos sabían lo que nosotros a veces olvidábamos o no queríamos recordar: que solamente un accidente de la historia había hecho de Rusia nuestra aliada, que podría muy bien convertirse en enemiga como como de hecho hizo más tarde, y que en ese caso la actitud de los americanos hacia España podría ser muy diferente.
Nuestro Gobierno, incluyendo aquellos funcionarios que estaban más implicados en nuestra política española, tenían el mismo problema que el Gobierno español: estaban en la situación de no poder explicar públicamente su política, porque hacerlo hubiera significado hacerla fracasar. Como todos, estaban cumpliendo con su cuota de engaños, ocultando mucho de lo que sabían y lo que estaban haciendo; estaban aplicando las lecciones del jiujitsu –dejar a los enemigos que se derroten ellos mismos y que los españoles ayudaran en ello- y lo mejor era guardar silencio en esas circunstancias.
Cuando pensé que había llegado el momento de explicar al público nuestra política española, escribí un artículo intentándolo. Fue retenido en Washington durante meses sin publicarse. Después, cuando lo hube repescado de los archivos del Departamento, fue usado por los autores de un artículo mucho más largo en Harper’s Magazine. Ese artículo en Harper fue el primer verdadero informe publicado acerca de nuestra política en España, y no provocó muchas reacciones contrarias en el público. Para entonces los efectos de nuestra política ya se habían evidenciado; a pesar de ello muchas personas metidas en la vida política eran aún reacias a reconocer que España nos había ayudado.
Las tensiones y a veces los desacuerdos que caracterizaron las relaciones entre Washington y la Embajada en Madrid no eran por supuesto nada excepcional. Eran características de las situaciones como las que nuestro Gobierno afrontaba en España, donde los problemas eran serios y las soluciones no siempre fáciles de encontrar. Los británicos tienen un dicho que ilustra las relaciones que tan frecuentemente se dan, entre los funcionarios de Asuntos Exteriores y quienes están trabajando sobre el campo. Según este dicho, los de Asuntos Exteriores sospechan a menudo que quienes trabajan sobre el campo están locos, mientras que estos últimos saben que los locos son los primeros. Las relaciones son todavía más difíciles cuando no solamente el ministerio de Asuntos Exteriores (el Departamento de Estado en nuestro caso) sino también una docena de otras agencias y comités tienen que ponerse de acuerdo en las políticas y las decisiones, como a menudo pareció que estaba pasando durante la guerra.
Por supuesto ahora muchas cosas son claras, pero en aquel tiempo no era una tarea fácil evaluar las actitudes y las acciones de España, y encajarlas en nuestra conducción de la guerra. Mantener la Península Ibérica fuera del conflicto, proteger Gibraltar, conservar un enclave en el Continente, todo ello tenía una importancia inmediata. ¿Pero en qué medida eran importantes los discursos pro-Eje de Franco y Serrano? ¿Qué había detrás de ellos? ¿Qué se estaban diciendo Franco y Hitler, Serrano y Ribbentrop? ¿Qué promesas se estaban haciendo, y con qué intenciones? ¿Qué incidencia tenía la ayuda que –estábamos seguros de ello- los españoles estaban dando a los submarinos del Eje? Los alemanes tenían un navío mercante en Vigo que, sospechamos desde el principio, se dedicaba al repostaje de combustible, y resultó que efectivamente era así. Había dos de estos buques en las Islas Canarias. Italia tenía un navío en la bahía de Algeciras que, sospechábamos fuertemente, estaba saboteando la navegación aliada en Gibraltar, y más tarde se supo que teníamos razón.
¿Cuál era la importancia de estos hechos? No podíamos ser complacientes con ello. El embajador británico, Sir Samuel Hoare, les daba bastante importancia y se quejaba continuamente sobre ello ante el Gobierno español, a veces obteniendo algún resultado. ¿Pero habrían respetado los submarinos alemanes los buques españoles si España no hubiera estado dispuesta, al menos durante un tiempo, a proporcionar cierta ayuda al esfuerzo de guerra alemán? ¿Cómo podía España evitar caer en las garras de Hitler si Alemania bloqueaba sus líneas marítimas de abastecimiento? ¿Era la ayuda que podía estar dando España a Alemania un precio demasiado alto, un peaje demasiado costoso de pagar, por mantenerse fuera de la guerra?
Teníamos que pesar los factores negativos contra lo que estábamos ganando y lo que esperábamos ganar en el futuro. Inmediatamente después de la ocupación de Francia, ignorando las protestas alemanas, España permitió a unos treinta mil militares franceses pasar a través de su territorio al norte de África, que formaron la base del nuevo ejército francés del general de Gaulle. Miles de soldados y aviadores aliados escaparon de Francia a través de España hacia Gibraltar y África del Norte, la mayoría de ellos para volver al servicio activo. Un aviador americano que conocimos atravesó los Pirineos hacia España tres veces.
El aeródromo militar en Gibraltar era indispensable para el éxito de nuestro desembarco en el norte de África. Utilizando trabajadores españoles que diariamente venían de La Línea, adyacente al enclave, los británicos gradualmente, casi a escondidas, lo extendieron dentro de la zona “neutral” que conectaba Gibraltar con España. Ambos, el aeropuerto y la base naval, estaban al alcance de los cañones españoles que podían inutilizarlos en minutos. La base naval hizo posible que nuestra gran flota se reuniera y se preparara para los desembarcos. Desde sus habitaciones en el Hotel María Cristina en Algeciras, los alemanes podían ver lo que estaba pasando en Gibraltar, pero no podían hacer nada al respecto.
Naturalmente el trabajo que los alemanes tenían que hacer era tanto o más penoso que el nuestro, especialmente a medida que la guerra progresaba y sus problemas se multiplicaban. No se fiaban de nadie en España, sospechaban de todos, y no iban descaminados. Mirando las cosas en retrospectiva, los Aliados obtuvieron mucho más de España que el Eje. Nosotros en Madrid creíamos que las cosas estaban así, pero no podíamos estar seguros, y frecuentemente tuvimos problemas para convencer a los que dudaban, a los de la línea dura, y a los que miraban los toros desde la barrera en nuestro país. Felizmente los Estados Unidos podían permitirse cometer muchos errores y aun así vencer. Había una póliza de seguros incorporada, que era la determinación española para permanecer fuera de la guerra si era posible.
Uno estaría tentado de especular, llegados a este punto, si España habría entrado en la guerra en el caso de que Hitler hubiera accedido a todas sus demandas. Yo pienso que esto no habría podido suceder, porque Alemania no estaba dispuesta y probablemente tampoco estaba en condiciones de satisfacer esas demandas, potencialmente ilimitadas, que formulaban los españoles sin perder la compostura. En un memorándum del Estado Mayor español que fue enviado envió al embajador Stohrer el 14 de febrero de 1941, dos meses después de que Franco negara a las tropas alemanas el permiso para entrar en el país, España solicitó, además de unas cantidades muy elevadas de material de guerra, 3.750 toneladas del escaso cobre, 1 millón de toneladas de grano, 8.000 camiones, 16.000 vagones de ferrocarril y 180 locomotoras, así como 13.000 camiones más para propósitos militares. España por supuesto quería todo esto antes de entrar en guerra. También se reservaba el derecho de hacer demandas adicionales según cómo fuesen las cosas. Es fácil imaginar cómo las peticiones españolas podían seguir aumentando sin límite.
El director del Departamento Económico del Ministerio de Exteriores alemán, después de estudiar el mensaje, informó de que “las partes más importantes del memorándum contenían peticiones tan obviamente irrealizables, que pueden ser interpretadas sólo en el sentido de un esfuerzo por evitar entrar en la guerra, usando este pretexto”.
¿Cuáles eran las limitaciones a la efectividad de nuestra política española? En general eran las limitaciones normales en una sociedad libre y que tendían a ser más que compensadas por las muchas ventajas que nuestro sistema ofrece.
Estaba la influencia de un gran número de funcionarios de guerra, con sus visiones simplistas, fascinados con la importancia de su trabajo, serios, trabajadores, patrióticos, preparados para ganar la guerra ellos solos si otros no cooperaban. Y también eran influyentes los que estaban en desacuerdo con nuestra política e intentaban hacerla fracasar.
Estaba nuestra propia propaganda anti-Eje, y la propaganda británica, que a veces nos perjudicaba e influenciaba a muchos funcionarios en Washington, como la vieja historia de que España estaba exportando alimentos a Alemania, lo que era verdad pero cada vez tenía menos importancia a medida que pasaba el tiempo.
También se hacía la acusación de que Estados Unidos se sacrificaba enviando a España gasolina, que era escasa; acusación que era útil si los españoles creían en ella pero que no era cierta, puesto que nuestros parques de tanques en el Caribe estaban a reventar con la gasolina de bajo octanaje que España compraba, que nosotros usábamos poco. La gasolina era escasa en Estados Unidos, pero no por escasez del combustible sino de transporte; España se ocupaba de su propio transporte y se estaba llevando la gasolina que no necesitábamos.
En Madrid opinábamos que había poco que perder con la política que recomendábamos. Podía fracasar, pero ninguna otra podía tener éxito; por tanto no hizo falta una gran valentía para insistir en ella, incluso haciendo frente a la resistencia de Washington. Una España bien dispuesta podía ser la clave de la victoria del Eje en Europa. Sería ridículo, pensábamos, no usar los medios que teníamos a disposición para alejar esa posibilidad. Argumentábamos que lo peor que podía pasar con nuestra política era que, en caso de fracaso, si los alemanes entraban en territorio español tendrían a su disposición una pequeña cantidad de materiales que habíamos suministrado, quedando nosotros como estúpidos o peor ante los medios y algunos políticos. Pero en términos del interés nacional estos eran riesgos leves. Los líderes de la Administración en Washington, y muchos funcionarios que no eran líderes, veían el problema bajo un ángulo diferente, sin embargo. Temían, o temieron durante un tiempo, que si Franco nos pagaba nuestra “generosidad” (o ingenuidad) entrando en la guerra a favor del Eje, como a veces él mismo sugería con sus discursos, les costaría no sólo las siguientes elecciones sino que perjudicaría el apoyo, en general, a nuestra política global en la guerra. Hacía falta más valor para apoyar nuestra política española en Washington que en Madrid.
[1] Board of Economic Warfare, organismo creado en 1940 para gestionar las licencias de exportación e importación, especialmente en lo referente a recursos estratégicos [N. del T.]
[2] Actualmente península de Wad Ad-Dahab en la costa atlántica del Sáhara Occidental [N. del T.]
[3] Francisco Gómez Jordana y Sousa (1876-1944), militar y diplomático que ocupó la cartera de Exteriores de 1942 a 1944. Su nombramiento marcó el inicio de un acercamiento diplomático a los Aliados y un distanciamiento del Eje.
[4] Especialmente importante en la fabricación de municiones anti-tanque
