Dos desarrollos contribuyeron decisivamente al éxito del bando nacional en la Guerra Civil. Uno fue la masiva ayuda germano-italiana; otro fue el rápido, incluso entusiasta apoyo por parte del Marruecos español. El coronel Juan Beigbeder Atienza, un subordinado de Franco en tiempos de la guerra de Marruecos, jugó un papel de relieve en ambos conflictos.
El 22 de julio de 1936, cuatro días después de que la rebelión hubiese estallado prematuramente en Melilla, el cónsul alemán en Tetuán envió el siguiente telegrama a su Ministerio con destino al general Kühlental, un amigo de Beigbeder desde los tiempos en que este último sirvió como agregado militar en Berlín.
“El general Franco y el teniente coronel Beigbeder envían saludos a su amigo, el honorable general Kühlental, informándole del nuevo gobierno nacional de España, y solicitando que sean enviados diez aviones de transporte de tropas de la máxima capacidad, a través de firmas privadas alemanas.
La transferencia por vía aérea con tripulaciones alemanas en cualquier aeródromo del Marruecos español. El contrato será firmado con posterioridad.”
Era la primera petición de ayuda de Franco a la Alemania nazi, a la cual Hitler respondió favorablemente y con prontitud. (Entre los espectadores que asistieron a su llegada a Tetuán, procedente de las Islas Canarias, Franco distinguió a Johannes Bernhardt, un hombre de negocios alemán y funcionario nazi, a quien conocía bien. Franco organizó un traslado de Bernhardt a Berlín con un oficial de la Fuerza Aérea española para reforzar su petición de aviones. Bernhardt iba a jugar un importante papel en las relaciones económicas entre la España nacional y Alemania.)
Beigbeder, un carismático oficial, que hablaba árabe y tenía un profundo interés en el Islam, había ya jugado un importante papel en la insurrección de Melilla. Había revelado al Jalifa y al Gran Visir de Tetuán lo que se estaba cociendo, y se había asegurado su apoyo. Había tomado el mando del Comisariado de Asuntos Nativos español en Melilla. Desde allí, dirigiéndose a los 69 jefes tribales por teléfono y radio en sus lenguas locales, haciendo frecuentes referencias al Corán, había logrado el apoyo de todos ellos. El cónsul alemán en Tetuán, informando a Berlín, se maravillaba de que incluso las ciudades, cuyos árabes estaban mayormente en el lado izquierdista, hubieran sido ganadas tan fácilmente a la causa.
Beigbeder pronto fue nombrado secretario general del Alto Comisario, y poco después él mismo era el Alto Comisario. En esa posición tenía la responsabilidad esencial de asegurar que Marruecos permaneciese leal al bando nacional. Construyó y reparó escuelas y mezquitas. Hizo del árabe el único idioma de las escuelas, y en general “arabizó” los currículos. Subvencionó viajes a La Meca. E hizo muchas otras cosas para satisfacer las necesidades y deseos de los marroquíes. También fomentó las diferencias entre los líderes y aplastó a los sindicatos; sin embargo su popularidad fue siempre alta. Hacia 1939 unos 70.000 mercenarios (marroquíes) estaban en España, a pesar del hecho de que Franco declaraba estar combatiendo una cruzada cristiana. Uno de cada diez u once soldados nacionales era marroquí, y los marroquíes demostraron ser los más fieros luchadores, estaban siempre en la vanguardia y siempre se podía confiar en ellos. El Jefe de Estado Francisco Franco seleccionó jinetes marroquíes para su guardia personal.
En agosto de 1939 Beigbeder fue nombrado Ministro de Asuntos Exteriores. En una emotiva despedida de los marroquíes, Beigbeder fue aclamado “un hermano querido, en muchas ocasiones un padre, cuya protección no ha faltado ni siquiera un instante”. Entre quienes lo despidieron estaba el mismo Jalifa Muley el Hassán. Beigbeder respondió a la ovación gritando “Viva Muley al Hassán, viva Franco”. Fue cuidadoso en lo de mencionar primero al Jalifa.
Serrano nos ha dado su versión de cómo surgió el nombramiento de Beigbeder para la cartera de Asuntos Exteriores. Cuenta que Franco a menudo le había hablado de Beigbeder y su buen hacer como Alto Comisario en Marruecos. Serrano mismo, durante un viaje que hizo a la zona, había quedado impresionado no solamente por el trabajo de Beigbeder con los marroquíes, sino también por la manera en que había logrado apoyos para la Falange entre los españoles. A su regreso a Madrid, consciente de que había cierta presión para reemplazar al conde Jordana, que entonces estaba en su primer período como ministro, Serrano le dijo a Franco: ¿Por qué no nombras a Beigbeder ministro de Asuntos Exteriores? Sería un acierto. Un militar de prestigio, un Alto Comisario, y además un falangista ferviente. Sería el hombre ideal. Tendría el apoyo de todos”
La respuesta de Franco fue: “¿Pero no sabes que Beigbeder, además de todo lo que has dicho, también está loco?” “¿Por qué dices eso?” preguntó un sorprendido Serrano. Franco replicó: “Mira, cuando estábamos en África, de cuando en cuando Beigbeder desaparecía de la circulación y nos preguntábamos qué había pasado con Juanito Beigbeder. A veces resultaba que había estado en un burdel; otras que había estado haciendo ejercicios espirituales con los franciscanos.”
Franco sin embargo aceptó la sugerencia de Serrano. Beigbeder, con sus idiosincrasias, se convirtió en Ministro de Exteriores y siguió siéndolo durante quince meses críticos en la historia de España, de Europa y del mundo.
Aunque Beigbeder había obtenido su ministerio por recomendación de Serrano, como funcionarios del gobierno nunca hicieron buenas migas. Sus personalidades, sus ideas y eventualmente sus simpatías chocaron. El embajador de Alemania Stohrer, que conocía bien a los españoles, e informaba en detalle sobre lo que veía, informó a Berlín de que socialmente, y oficialmente, los entornos de Serrano y Beigbeder debían ser tratados separadamente. Los dos miembros del gobierno eran rivales más que colaboradores.
Beigbeder, como otros Ministros de Exteriores en ese período, dio la máxima prioridad a obtener ventajas de los dos bandos, el Eje y los Aliados, concediendo nada más que lo necesario a ambos. Pero también se embarcó en una extraña diplomacia que apuntaba a ganar territorio en el norte de África a expensas de una Francia humillada y derrotada. El 18 de junio de 1940, cinco días antes de la firma del armisticio franco-alemán, pidió a Francia que entregara a España dos provincias del Marruecos francés, y sugirió al embajador francés en Madrid que apresurara esa entrega porque cualquier demora significaría privar a España de lo que quería. Satisfacer esa petición habría significado para Francia empeorar grandemente su ya deplorable posición respecto a Alemania; entre otras cosas habría puesto en peligro la valiosa posición, tanto económica como militar, que todavía mantenía en África. Beigbeder conocía esto, naturalmente, pero al parecer no consideró su petición extraña. Arguyó insistentemente que, si Francia iba a perder su imperio africano en cualquier caso, era mejor que España se beneficiara de ello en vez de su enemigo, Alemania.
Nada resultó de estos esfuerzos de Beigbeder, que bordeaban lo irracional, pero España logró una especie de victoria en este sentido cuando ocupó Tánger. Fue una ocupación temporal y de carácter menor, pero revivió el sueño español de conquista imperial, y por un tiempo hizo a Beigbeder sentirse como un conquistador. Era un movimiento dirigido principalmente a Italia.
En la fase inicial de la guerra Beigbeder era pro-alemán; más tarde, por alguna razón o razones, se volvió pro-británico. Pero nunca fue pro-italiano, principalmente porque Italia y España eran rivales en África del Norte. Ambos estaban pendientes de la posibilidad de obtener territorios en esa área a expensas de Francia. Ya compartían con Gran Bretaña, Francia y varios otros países la responsabilidad de la administración en Tánger, una zona franca internacional en la costa marroquí cerca de la entrada al Estrecho de Gibraltar, y por esa razón considerada por las grandes potencias como de importancia estratégica. Geográficamente, Tánger era parte del Marruecos español, y España nunca había dejado de considerar que debería ser también, políticamente, parte del protectorado. Para muchos españoles, y particularmente para los “africanistas”, el control de Tánger era un objetivo casi tan cargado emocionalmente como la recuperación de Gibraltar.
El 4 de junio de 1940, el día antes de la ofensiva final de Hitler contra Francia, Beigbeder esbozó ente el embajador alemán Stohrer las recompensas territoriales que España esperaba por su entrada en la guerra. Incluían no solamente la totalidad del Marruecos francés sino también Tánger. Beigbeder observó que recientes movimientos de tropas italianas habían causado preocupación en España, y que su gobierno “lamentaría” que los italianos se instalaran en territorios que España esperaba recibir. Cuatro días después Mussolini había declarado la guerra a Francia y Gran Bretaña, y España había ocupado Tánger.
Beigbeder se había cuidado de informar al embajador francés de la intención de España de ocupar la zona. Explicando que había gran riesgo de que la guerra se acercara todavía más a España, aseguró al embajador que la ocupación sería temporal y el enuncio oficial español dejaría claro que se llevaba a cabo con objeto de garantizar la neutralidad del área. Aun así, cuando el anuncio fue emitido la prensa, controlada por la Falange, presentó la ocupación como una derrota aliada y el principio de un proyecto español para conquistar Marruecos.
Hitler, por su parte, elogió la ocupación de Tánger. Tras su derrota en la Primera Guerra Mundial se le había negado a Alemania cualquier papel en la administración de la zona. Hitler estaba contento de que Tánger estuviera en manos españolas. En marzo de 1941, cinco meses después de que Serrano sucediera a Beigbeder como ministro, Alemania fue autorizada a abrir un consulado en Tánger. Se convirtió en un valioso instrumento de espionaje y sabotaje para el Eje.
Desde el principio de la Segunda Guerra Mundial, británicos y americanos sospechaban fuertemente que España estaba permitiéndoles a los submarinos del Eje repostar y abastecerse en sus aguas, unas sospechas que estaban plenamente justificadas. De hecho, incluso antes de que hubiera terminado la Guerra Civil y por tanto antes de que empezara a nueva guerra en Europa, Franco, preocupado de que la nueva guerra indujese a Alemania a retirar o reducir drásticamente su asistencia militar a la España nacional, hizo saber a Hitler que en caso de un conflicto europeo España estaría dispuesta a proporcionar esa asistencia. El 25 de septiembre de 1938, con los nubarrones de la guerra futura plenamente visibles en el Continente, un Franco preocupado se quejó ante el oficial de enlace en su cuartel general de que no sabía nada de las intenciones políticas y militares de Hitler, en el caso de que estallara una guerra europea. España no era una gran potencia, observó; sin embargo estaba en situación de prestar ayuda a Alemania de una u otra forma, si era necesaria. Franco preguntó, por ejemplo, sobre el uso que Alemania pensaba hacer de su flota, y si deseaba utilizar los puertos españoles para repostar combustible. En Berlín el Cuartel General de la Marina, totalmente consciente de la importancia de la Península si hubiera guerra, solicitó del Ministerio de Exteriores una actitud positiva hacia España, pero los diplomáticos alemanes no se cuidaron mucho de ello; tenían cuestiones más urgentes que atender.
Franco estaba en una situación delicada. Si la guerra estallaba con las tropas alemanas e italianas en suelo español, no solamente era muy posible que la crucial ayuda alemana e italiana sufriera graves interferencias; también era posible que Francia y quizá también Gran Bretaña invadieran la Península, y entonces España se encontraría involucrada directamente en la guerra. Hitler, por otro lado, que improvisaba más de lo que planeaba, no estaba en una posición para imponerle nada a Franco. El 27 de septiembre Franco emitió su declaración formal de neutralidad; casi inmediatamente después, sin embargo, Neville Chamberlain, el Primer Ministro de Gran Bretaña, y el de Francia Edouard Daladier, acordaron reunirse con Hitler en Múnich, y para Franco el peligro inmediato pasó. Pero Hitler no olvidó la oferta de ayuda de Franco, aunque a veces, durante la Segunda Guerra Mundial, el mismo Franco parecía haberla olvidado.
En julio de 1939, tres meses después del final de la Guerra Civil, el almirante alemán Canaris, que iba a tener un papel extremadamente importante en las relaciones con España, visitó al general Franco para hablar acerca de planes a largo plazo, pero Franco ahora mostraba poco interés en ello. El interés alemán continuaba, sin embargo, y dos semanas antes de que los tanques de Hitler entraran en Polonia un correo especial llevaba al comandante Kurt Meyer-Döhner, el agregado naval alemán en Madrid, instrucciones de preparar planes para abastecer a los submarinos alemanes en España.
Las razones para obtener el uso de instalaciones españolas eran simples. Si los submarinos alemanes podían repostar en zonas más cercanas al teatro de operaciones, podían ahorrarse el viaje de vuelta a sus bases, que consumía tiempo. Con pocos submarinos desplegados, tan importantes para la guerra naval de Alemania, era una consideración muy importante. La manera más sencilla sería usar petroleros alemanes internados en puertos neutrales. España, incluyendo las islas Canarias, ofrecía las mejores perspectivas.
Meyer-Döhner, que hablaba con fluidez español y a quien le gustaban España y sus gentes, tuvo a continuación una largo coloquio con el ministro de Marina español, el almirante Salvador Moreno Fernández. El almirante era receptivo a la petición alemana de cooperación, pero dijo que cualquier arreglo debía ser aprobado por el ministro de Asuntos Exteriores Beigbeder. Para satisfacción de loa alemanes, Beigbeder inmediatamente estuvo de acuerdo en estudiar la petición. Dijo que hablaría con el General Franco y se reuniría nuevamente con los alemanes en breve.
Las tropas alemanas habían apenas empezado a entrar en Polonia cuando Meyer-Döhner se reunió con Beigbeder de nuevo. Tras indicar que Franco estaba dispuesto a conceder lo que pedía Alemania, Beigbeder sugirió no solamente que se constituyera una organización española a ello dedicada, sino que operase bajo su propia autoridad. El personal incluiría dos oficiales navales españoles y el mismo Meyer-Döhner.
Un Beigbeder entusiasta sugirió también que el grupo podría tener asignada una cañonera o un submarino para su propio uso. Se acordó también que el petrolero alemán Nordatlantik, en ese momento en el puerto de Vigo, podría servir inmediatamente como una base de suministro.
Meyer-Döhner prontamente informó a Berlín de su inesperado éxito y empezó a organizar lo necesario para el repostaje. Sin embargo resultó que Beigbeder había ido más lejos que las mismas intenciones de los alemanes. Mientras Meyer-Döhner estaba ocupado organizando lo que había acordado con Beigbeder, recibió un cable desde Berlín indicándole que ni la Marina ni el Gobierno españoles debían estar involucrados en el suministro a las naves alemanas y la neutralidad española debía ser totalmente protegida. El proyecto de abastecimiento, enfatizaban las instrucciones, debía ser realizado completamente por alemanes y sin la intervención de oficiales españoles. En ese momento, también Franco empezó a pensarse mejor las cosas. Mencionando la estrecha vigilancia que los británicos estaban realizando, decidió que no quería unidades navales alemanas en puertos españoles, ni deseaba que se hablase ulteriormente del asunto del abastecimiento. Indicó que esperaba poder contentar a los alemanes en esa cuestión, pero por el momento quería que se detuviera todo. Las autoridades alemanas nuevamente dieron instrucciones a Meyer-Döhner para que hiciera sus preparativos, usando barcos alemanes que ya estuvieran en puertos españoles. Eso significaba, por supuesto, que estaría obligado a trabajar clandestinamente, probablemente violando la ley española.
Mientras Meyer-Döhner estaba ponderando este problema, le vino una ayuda de Polonia. Con los rápidos avances de la guerra relámpago en ese país, la posición de Franco se ablandó. El 8 de septiembre, mientras el embajador Stohrer estaba hablando con Beigbeder de asuntos totalmente diversos, este último informó de que ahora España estaba dispuesta a ayudar a Alemania en la constitución de una organización para el abastecimiento. Un sorprendido Stohrer se lo agradeció efusivamente a Beigbeder, pero observó que no todos los oficiales españoles estaban tan dispuestos a ayudar como Franco y él lo estaban. Beigbeder prometió que Franco se ocuparía de eso, y el día siguiente el Almirante Moreno visitó Vigo y El Ferrol para inspeccionar personalmente las instalaciones disponibles en esos puertos. A su regreso informó a la embajada alemana que los preparativos para las operaciones de suministros en ambos puertos estaban procediendo bien. Dijo a los alemanes que podían empezar a enviar sus submarinos; había dado instrucciones al capitán de puerto de Vigo para que fuera más cooperativo de lo que había sido hasta el momento.
Meyer-Döhner por supuesto estaba complacido por este cambio en la actitud de España, pero conociendo los vaivenes de la política española y teniendo presentes las anteriores advertencias de Hitler, continuó también con la preparación de su propia organización de abastecimientos fuera de los canales oficiales. En poco tiempo había acumulado unas 44.000 toneladas de fuel pesado. No todo estaba disponible de inmediato, pero tampoco se necesitaba todo en seguida.
Meyer-Döhner siguió teniendo problemas con oficiales españoles locales, sin embargo, y algo presionado por el Cuartel General persuadió a Stohrer para que hablase con Beigbeder de nuevo. El Cuartel General ya no tenía objeciones a que estuvieran involucrados oficiales españoles. Beigbeder inmediatamente estuvo de acuerdo en ayudar, e incluso sugirió que las operaciones de repostaje comenzasen inmediatamente; Franco después lo refrendó. Mientras tanto Meyer-Döhner había adquirido material para siete unidades de abastecimientos; dos en la costa de Vizcaya, una en la costa atlántica, dos en las islas Canarias, y dos en el sur de España. Se dio a la operación el nombre en código “Moro”.
El 24 de enero de 1940 Meyer-Döhner informó a Beigbeder de que la primera operación de repostaje tendría lugar en Cádiz, usando el buque alemán Thalia, y Beigbeder expresó su satisfacción. A las 20:00 del 30 de enero el U-25 entró en el puerto de Cádiz, casi totalmente sumergido y bajo la cobertura de la oscuridad. A las 2:00 el repostaje y abastecimiento se había completado y el U-25 partió sin que su presencia hubiera sido detectada. “Moro” había tenido un bautismo exitoso.
Para julio de 1941 los británicos sin duda ya sabían de estas operaciones, pero los jefes navales en Berlín querían más hundimientos de mercantes. En octubre, poco después de que el U-564 y el U-204 se hubieran reabastecido en Cádiz, los británicos lanzaron bengalas que iluminaron gran parte del puerto. El 18 de diciembre de 1941, los destructores británicos Blankney y Stanley descubrieron al U-343 en superficie. Al día siguiente la corbeta Stark destruyó el U-574. Los prisioneros de ambos buques revelaron que los submarinos se habían reabastecido en Vigo.
Tras emitir Gran Bretaña una fuerte protesta y amenazar con detener los envíos de petróleo a España, los españoles pusieron vigilancia en el barco de suministro en Vigo y solicitaron a Meyer-Döhner que suspendiera sus actividades. Indicaron que permitirían su reanudación en el futuro si los británicos relajaban su vigilancia. Sucesivamente son embargo negaron el permiso para reanudarlas.
Hubo veinticuatro operaciones registradas de reabastecimiento de submarinos alemanes en puertos españoles, entre el 30 de enero de 1940 y el 5 de septiembre de 1942; probablemente hubo también una más. También hubo cinco repostajes de submarinos italianos. Los resultados para la efectividad de la flota submarina fueron importantes. Beigbeder fue el actor principal organizando estas operaciones. Gran Bretaña era la perdedora directa. Beigbeder era aún Ministro de Exteriores cuando Sir Samuel Hoare llegó a Madrid como embajador de una Gran Bretaña asediada el 1 de junio de 1940. Cuatro de las llegadas tuvieron lugar entre esa fecha y el 17 de octubre, cuando Beigbeder fue sustituido por Serrano. Pero para entonces el “pro-alemán” Beigbeder se había pasado al lado de Gran Bretaña.
El embajador norteamericano Alexander Weddell, informando a Washington del nombramiento de Beigbeder como Ministro de Exteriores, encomió su poderosa personalidad y su espíritu enérgico. El embajador portugués, que conocía España mejor que cualquier otro representante extranjero, quedó impresionado por la inteligencia de Beigbeder y su simpatía. Pero Serrano, conociéndole mejor que los diplomáticos (aunque era menos objetivo que ellos) comentaba, retrospectivamente, que Beigbeder era “una persona extraña y única, con una cultura por encima de lo ordinario, capaz de mil locuras, un apasionado germanófilo en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, y más tarde un anglófilo a causa de la seducción ejercida por Sir Samuel Hoare y alguien de su entorno”. El general Francisco Salgado, un primo de Franco que sirvió como secretario suyo durante muchos años, sugiere que ese “alguien” era una mujer, y que fue ella, más que Sir Samuel Hoare, quien convirtió a Beigbeder a la causa aliada. Beigbeder era indudablemente todo o la mayor parte de lo que se le acusaba. Era, en fin, Beigbeder e incluso aquellos que lo conocían íntimamente no estaban seguros de comprenderlo bien.
Tras la caída de Francia, los líderes españoles se movieron rápidamente para adecuar sus políticas a la nueva situación. Franco, Beigbeder y otros líderes militares, y por supuesto Serrano, estaban ahora convencidos de que, les gustara o no, el futuro de España y el de ellos mismos dependerían en gran medida de los planes y deseos de Hitler. Para el otoño de 1940, sin embargo, cuando estaba claro que Inglaterra no se rendiría, decidieron que la guerra iba a ser más larga de lo que habían estimado unas semanas antes. Sin embargo la mayor parte de ellos tenían aún confianza en que Alemania iba a vencer. Beigbeder no les siguió en esto. Declaró que creía no sólo que la guerra duraría más, sino mucho más. Fue más allá: sostenía que había grandes posibilidades de que los Estados Unidos entraran en la guerra del lado de Gran Bretaña, y que al final Alemania sería derrotada.
Empezando por Franco y Serrano, la mayor parte de los observadores españoles vieron la evacuación británica de Dunkerque no sólo como desgraciada, sino como una señal de que la derrota era inminente. Beigbeder, en cambio, observó que Gran Bretaña había rescatado unos 400.000 soldados aliados que podían seguir luchando, que podía contar con un imperio mundial rico en recursos naturales, que su poderosa marina estaba intacta, y que la moral británica era alta. Dijo al embajador Hoare: “El toro británico todavía no ha salido al ruedo. ¿Luchará? Y en ese caso, ¿cómo lo hará? Nadie puede decirlo hasta que no termine la corrida.”
Para sorpresa de Hoare, él y Beigbeder inmediatamente entablaron una estrecha amistad. Hoare estaba fascinado por la mezcla de latino y de árabe que manifestaba el hombre, por el hecho de que en medio de una discusión política podía, por ejemplo, salir con un cántico en árabe del Corán, una copia del cual guardaba en su oficina. Los africanos del norte a veces se refieren a los españoles como “moros que llevan sombreros”. Beigbeder encajaba en esa descripción. Pero sus extrañas maneras se unían a la fascinación que sentía por Hoare, el frío, calculador, determinado inglés que, como resultó, era tan capaz de emociones como Beigbeder. Los dos hombres se entendieron desde el principio, ambos despreciaban la tiranía alemana y la idea de un estado policial.
Por tanto Beigbeder, quien había ayudado a obtener el apoyo de Hitler para el Alzamiento Nacional, que había organizado el repostaje y abastecimiento de los submarinos alemanes que seguía teniendo lugar en España, que en el mismo momento en que aseguraba a Hoare su devoción a la causa aliada, le estaba diciendo al embajador alemán que España estaba preparada, bajo ciertas condiciones, para entrar en guerra del lado del Eje, se convirtió en amigo íntimo de Hoare y, desde el punto de vista de Hoare, en un cercano colaborador.
La colaboración entre los dos funcionarios, en la medida en que existía, era cercana, pero también duró poco. El 15 de octubre de 1940 Beigbeder tuvo una larga y, aseguraba, muy satisfactoria conversación con Franco. Doce horas después se enteró por un párrafo en la prensa controlada de que Serrano lo había sustituido como ministro de Asuntos Exteriores. Beigbeder dijo que su cese le había sorprendido, sin embargo era algo que se esperaba desde hacía meses. Doussinague nos cuenta que, tan tempranamente como en mayo, Beigbeder le había comentado que las victorias militares de Alemania habían hecho necesario un cambio en el ministerio; que él, Beigbeder, habría de ser reemplazado por alguien más del agrado de Berlín. Cuando en septiembre Franco envió al ministro del Interior Serrano, en vez del ministro de Asuntos Exteriores Beigbeder, para hablar con Hitler, se asumió en Madrid que Serrano se hará cargo pronto de la cartera de Exteriores.
Dos años después, cuando la marcha de la guerra había cambiado en favor de los Aliados, el mismo Serrano se indignaría tanto por su cese como Beigbeder había pretendido indignarse en su momento por el mismo motivo.
Durante mis tres años en España llegué a conocer bien a Serrano y a Jordana, pero solamente de manera superficial a Beigbeder. Cuando llegué a Madrid en junio de 1941, llevaba cesado ya casi un año y la posibilidad de que algún día volviese al servicio activo en el gobierno de Franco era remota. Sin embargo el 11 de agosto de 1942 me reuní con él a petición suya. Beigbeder me dijo, entre otras cosas, que los alemanes todavía mantenían contactos con él; que sus relaciones con el embajador español en Washington, Cárdenas, al cual una vez había intentado que lo cesaran, eran malas; y que él, Beigbeder, había sobrevivido a dos intentos de asesinato. Dijo que Franco aún creía, implícitamente, en la victoria alemana; que aunque Franco detestaba a los nazis cortejaba su favor en la esperanza de que se le permitiera continuar como Jefe de Estado. A lo que iba: dijo también que el gobierno, por razones que no reveló, estaba intentando exiliarle a América, y que para evitar el exilio le gustaría que la embajada le negara el visado.
Más tarde la Embajada informó a Washington de que Beigbeder había aplazado su partida para Estados Unidos hasta el 15 de septiembre. El Ministro de la Guerra, sostenía Beigbeder, iba a encomendarle una misión en solitario ante ciertos gobiernos americanos. Se esperaba también que el embajador Cárdenas intentase impedir su ingreso en los Estados Unidos. La Embajada, en su telegrama, apuntaba que había buenas oportunidades de que Beigbeder nunca alcanzara los Estados Unidos; que probablemente deseaba permanecer en España ante la eventualidad de un cambio político.
Cinco meses después, en una nota a Carroll que estaba de vuelta en Pawtucket con los niños, yo dije: “Ofrecí una cena la semana pasada para Beigbeder y los Hayes. Beigbeder se supone que va a Washington pero sigue demorándolo”. No recuerdo todas las circunstancias de aquella cena pero es evidente que Hayes, quien era embajador desde mayo de 1942, deseaba que se fuera cortés con Beigbeder pero no quería relacionarse demasiado de cerca con él. Seguramente me pidió a mí que organizara la cena. No recuerdo si Beigbeder llegó a partir para Estados Unidos. Si lo hizo, el viaje no tuvo consecuencias dignas de mención. Su brillante y errática carrera oficial ya había terminado.[1]
[1] En 1943 Beigbeder fue nombrado agregado militar en la embajada española en Washington. Posteriormente, retirado de la vida pública, falleció en 1957.
