Ramón Serrano Súñer contribuyó enormemente a hacer fracasar los propósitos alemanes en España. Pero en esta labor se ganó una reputación como alguien que “apaciguaba” a los nazis.
Serrano alcanzó una alta posición en el gobierno nacional, en parte, porque era cuñado de Franco. Para ser precisos, estaba casado con la hermana de la mujer de Franco. Franco ostentaba el rango militar de Generalísimo y a Serrano se le conocía popularmente como el Cuñadísimo. El apodo indicaba el poder que para los españoles tenía y de dónde le venía.
Letrado prominente de Zaragoza, educado con los jesuitas y con un gusto por la política, Serrano en varios sentidos era el opuesto del imperturbable Franco. Delgado, de ojos azules, de cabellos prematuramente grises y emocional, antes de la Guerra Civil había sido miembro de la CEDA de Gil Robles, y jefe de la JAP (Juventud de Acción Popular), su movimiento juvenil, cuyos miembros llevaban camisas verdes y usaban un saludo fascista modificado. Los falangistas de antes de la Guerra consideraban a la JAP demasiado tibia para ser de alguna utilidad. El fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, aunque era amigo de Serrano, decía de la JAP: “Este es el único caso en que los desechos de un partido están en sus juventudes”.
Tibios o no, para Serrano la JAP era un paso en la dirección del autoritarismo. Poco después del comienzo de la Guerra Civil permitió a algunos miembros de la JAP que se unieran a la Falange, donde fueron incorporados como milicias. Pronto los miembros de la JAP y otros jóvenes católicos se estaban uniendo a la Falange en masa. Sin embargo, Serrano nunca se hizo miembro de la Falange original.
Antes de que Serrano partiera de Madrid para sus históricas conversaciones con Hitler en septiembre de 1940, el embajador Stohrer proporcionó a Berlín una semblanza suya. Decía:
“Serrano Súñer es hoy sin duda el más influyente y el más importante político español. Es también, sin embargo, igualmente el hombre con más enemigos en España, especialmente entre los militares […]
La actitud de Serrano Súñer hacia nosotros ha sido siempre favorable. Hay que subrayar que su amistad con Alemania, sin embargo, viene principalmente de su amistad con Italia, que conoció desde su juventud y tiene en muy alta estima […] en su corazón, Serrano Súñer, quien es un católico estricto si no intolerante, puede tener ciertas reservas en relación al Tercer Reich. Que a pesar de ello cree y espera en una victoria alemana es algo que he apuntado varias veces. Su odio por Inglaterra es nuestra garantía absoluta de ello.”
Stohrer tenía razón en que Serrano creía en la victoria alemana, como de hecho casi todos los españoles y casi todos los europeos, en ese momento. Pero diecisiete meses antes, durante la Guerra Civil, Stohrer había informado: “Aunque, o quizá precisamente a causa de ello, [Serrano] siempre enfatiza su gran amistad con Alemania en sus reuniones e intenta demostrármelo con ejemplos, estoy inclinado a creer, y lo he siempre estado, que no es amigo nuestro”. Serrano nunca fue tan fácil de juzgar como pensaba la mayoría de la gente. Stohrer tenía razón también en decir que Serrano era el hombre con más enemigos en España. Los militares le tenían inquina a Serrano a causa de la influencia que tenía, o temían que tuviera, sobre Franco. Las masas se la tenían porque era el más visible y más activo adalid de una estrecha amistad con Alemania. Ambos, civiles y militares, le tenían ojeriza por su papel de líder activo en la Falange.
Como ministro del Interior, Serrano había tenido la responsabilidad de que la prensa española no publicase nada que disgustara a los alemanes. Serrano decía que cuando asumió el cargo de Exteriores otros pasaron a ocuparse de esa desagradable tarea, pero a los ojos de muchos españoles, y de muchos diplomáticos extranjeros también, Serrano seguía siendo en alguna medida responsable de ello.
En pocas palabras, Serrano era tan impopular que Franco, en comparación, era popular incluso entre aquellos desafectos a su gobierno, y yo a veces me preguntaba si ésa era una de las razones por las que Franco lo mantenía. Como colofón, Serrano no era un político de trato amable. En la vida privada podía ser encantador; como político y diplomático podía ser de opiniones tajantes, así como intolerante y cortante. Y muchos que estaban de acuerdo en que las circunstancias requerían que España se arrimara a la Alemania nazi, pensaban que se estaba yendo demasiado lejos en ello.
Serrano se había subido al tren de Alemania porque creía en la victoria alemana y quería que España estuviera en posición de beneficiarse de ella, o al menos no salir perjudicada sin necesidad. Incluso hoy no se excusa por su actitud pro-alemana. Ha dicho que él y sus amigos eran bastante conscientes de que Alemania estaba planeando crear un Nuevo Orden, es decir un nuevo imperio, y que pensaban que España podía jugar un papel más importante en ese imperio que el muy limitado al que había estado reducida bajo la hegemonía anglo-francesa. Serrano mismo pensaba que España se podía convertir en la provincia más importante en el nuevo imperio alemán, como había sido en el período del Imperio Romano. Pero también había otro motivo por el filo-germanismo de Serrano. Sus dos hermanos habían muerto durante la Guerra Civil –asesinados por los comunistas, sostenía- y los alemanes, junto con los italianos, habían ayudado a derrotar la amenaza comunista en España. Según Hoare, Serrano atribuía la muerte de sus hermanos a la negativa de la embajada británica a darles refugio, pero Hoare dijo que aunque hizo los mayores esfuerzos para examinar esa alegación, no halló evidencia alguna en que fundamentarla.
Serrano persistió en su posición pro-alemana incluso después de que las suertes de la guerra se volvieron favorables a los Aliados. Como Henry el Raquero[1] que se negaba a beber con el hombre el que iba a chantajear, Serrano, quizá por un perverso sentido del honor, no se iba a volver contra el bando al que había estado apoyando solamente porque las circunstancias hubieran cambiado. Acerca de Hitler y Mussolini, en una sorprendente admisión, dijo: “Me atrevería a decir que eran grandes hombres, que querían ante todo hacer grandes a sus patrias. El mundo, que hoy tiene un odio celoso hacia los grandes hombres y celosamente elige mediocridades –es la ley de la fatiga- sin duda llegará a admirarlos de nuevo”
En cambio a Serrano le disgustaban muchos de los líderes nazis que conoció. El gran palacio de Goebbels, y el tren especial que, se decía, Goering había dado a su mujer, le convencieron de que esos líderes eran venales y ebrios de poder. Detestaba especialmente a su homólogo, Joachim von Ribbentrop. El antiguo vendedor de champán tenía la mayor parte de las cualidades que él, Serrano, despreciaba. Serrano se abstuvo de criticar a los líderes del Eje por su ideología o su política. Sus críticas tenían que ver con su personalidad y sus actitudes hacia el gobierno español.
La antipatía de Serrano por Ribbentrop era tan intensa que tenía que buscar las palabras para expresarla. Nos cuenta que Ribbentrop estaba henchido de afectación, que incluso sus expresiones faciales eran afectadas. La rigidez que exhibía no era la rigidez espontánea del prusiano, decía Serrano; era impostada y abrasiva. Serrano no podía comprender cómo Ribbentrop había llegado a algo en política. En breve, Serrano sentía un rechazo visceral hacia Ribbentrop, y éste le devolvía la cortesía con entusiasmo. Una vez se refirió a Serrano como “cerdo jesuita”.
Serrano contaba cómo durante su visita a Berlín, en medio de una recepción en honor de Serrano, Ribbentrop tuvo el mal gusto de decirle que la equívoca posición de España disgustaba al Führer. Fue tan lejos como para decir que “cierto ministro español” (Beigbeder) estaba recibiendo sus órdenes desde Inglaterra. Cuando Serrano replicó que los ministros españoles sólo servían al interés nacional Ribbentrop un poco se echó atrás, pero siguió manteniendo que había falta de claridad en la política exterior española.
Berlín acusaba a Serrano de ser un “germanófilo verbal”. Era algo más que eso por supuesto, sin embargo había algo de sustancia en esa acusación. Serrano mismo nos ha recordado que, mientras todos sus discursos eran germanófilos, ninguno era intervencionista, y que fue su resistencia a los planes de guerra de Hitler lo que decepcionó a este último con él. La cercanía de Serrano a Alemania ciertamente tenía sus limitaciones, las cuales, así como esa misma cercanía, demostraron ser importantes para la victoria aliada. Serrano podría habernos recordado, también, que cada vez que daba un discurso pro-alemán, los españoles contrarios a él, es decir la mayor parte, se reafirmaban en su posición de mantenerse fuera de la guerra. Pero ha elegido no mencionar esto.
Todos los colaboradores de Franco apoyaban su política de guerra. Lo que distinguía a Serrano era la intensidad de su identificación en público con la causa del Eje. Demetrio Carceller, Ministro de Industria y Comercio, miembro como Serrano de la jerarquía de la Falange, se involucró en una táctica bastante diferente.
Como muchos otros abogados españoles, Serrano se consideraba a sí mismo un intelectual. De mentalidad autoritaria, visualizaba una España donde la élite (como él mismo) conduciría a las masas hacia una vida mejor. Le disgustaban los ingleses, los franceses, y en general los extranjeros excepto los italianos. Carceller, al contrario, era un hombre de negocios que se había hecho a sí mismo, y poseía el sentido común de un hombre de negocios. No tenía pretensiones, conocía los Estados Unidos y estaba a gusto con los americanos y los ingleses. Sin duda pensaba que no había alternativa en ese momento al gobierno autoritario en España, pero deseaba que no fuera así, y esperaba que un día eso cambiara.
Ambos, Serrano y Carceller engañaban; pero Carceller era más franco en su fingimiento, era por así decir más franco hacia el otro lado. Cuando le llamé poco después de mi llegada a España y lamenté la excesiva amistad de España con Alemania, dijo que Franco le prestaría el peor servicio posible a las democracias si asumiera cualquier otra actitud. Estaría incitando a los alemanes a venir a España, y los españoles no serían capaces de resistir.
Carceller dijo que una política más inteligente, por parte de los americanos, sería cooperar con España para organizar la importación de contrabando de artículos destinados a Alemania. Sugirió, por ejemplo, que las democracias pusieran a disposición de España mil toneladas de café. Entonces España, en un gesto espontáneo de cooperación, entregaría quinientas a los alemanes. Quinientas toneladas de café no tenían un gran valor, pero el gesto daría a los alemanes la impresión de que España estaba cooperando sinceramente con ellos, y estarían menos tentados de cambiar el estado de las cosas. “No hay un hombre inteligente en la embajada alemana, y les puedo engañar a todos; de hecho les estoy engañando ahora mismo”, decía.
Unas semanas después Carceller estaba en Berlín diciéndoles a los alemanes cómo iba a engañar a los americanos y a los británicos. Explicó que España tendría que reparar un poco sus relaciones con los Estados Unidos. Probablemente tendría que rebajar los ataques en la prensa contra Estados Unidos y Gran Bretaña, por ejemplo. Pero tales cosas no debían inquietar a los alemanes, pues esto le permitiría a España aumentar su capacidad bélica. Además, dijo, podría pasar a Alemania parte de los materiales. Esta vez no habló de café sino de estaño. Carceller sirvió bien a Franco. Era popular con los representantes aliados, y también se entendía con los alemanes. Si fue tan útil para la causa aliada como Serrano, sin embargo, es ya más cuestionable.
El gobierno de Franco libremente reconocía, a veces incluso se vanagloriaba de ello, que su no beligerancia pretendía favorecer al Eje, y por un tiempo lo hizo, a menudo de maneras que el gobierno negaba. En sus libros Serrano generalmente calla acerca de la ayuda clandestina al Eje, y a veces negó que tal ayuda fuera dada cuando era ministro (ni Serrano, ni Hoare, ni Hayes relatan en sus respectivos libros las actividades clandestinas de sus gobiernos, y en ese sentido los tres relatos son unilaterales). En febrero de 1942, después de que los periódicos americanos informaran de que submarinos alemanes que operaban en la Indias Occidentales habían repostado en una base alemana de las Islas Canarias, Serrano, como Ministro de Exteriores, emitió un comunicado de su puño y letra, negando la acusación.
“En ninguno de los puertos españoles hay bases o instalaciones de potencias beligerantes, o fuerzas armadas que no sean exclusivamente españolas”, afirmaba Serrano. Apuntó que los submarinos alemanes no necesitaban usar puertos españoles porque tenían los puertos franceses a su disposición. Serrano casi dijo la verdad. Los submarinos alemanes habían en efecto estado repostando y abasteciéndose en puertos españoles, pero tras el anuncio de Serrano abandonaron estas actividades a petición española.
Sin embargo el mismo Serrano había, un tiempo, autorizado el repostaje no sólo de submarinos de Alemania sino también de destructores. En un telegrama con fecha 5 de diciembre de 1940, cuando Hitler estaba presionando a Franco para que se le uniera en un ataque a Gibraltar, Stohrer informó: “En respuesta a la propuesta hecha por la Embajada según las instrucciones, el Ministerio de Exteriores informa de que el gobierno español ha estado de acuerdo en que algunos petroleros alemanes se estacionen en bahías apartadas de la costa española para que los destructores alemanes puedan repostar combustible. El Ministro recomienda vivamente la máxima prudencia en la realización de estas operaciones”. Era Serrano el ministro de Exteriores.
Serrano tenía un “asunto” con Portugal, en parte por su alianza que databa de siglos con Gran Bretaña, a la que odiaba, y a veces confiaba sus pensamientos a los alemanes. Cuando estaba intentando convencer a Ribbentrop de que, por razones de seguridad, se le debía entregar sólo a España la totalidad de Marruecos, apuntó que además de sus 600 kilómetros de frontera con Francia y sus 300 con el Marruecos francés, los 1.200 kilómetros de frontera con Portugal eran, a veces, como tener frontera con Inglaterra. Además, añadió, Portugal no creía en la victoria alemana. Continuó diciendo que cuando uno miraba el mapa de Europa no podía evitar la conclusión de que, geográficamente hablando, Portugal no tenía derecho a existir, sólo un derecho moral, al que obviamente daba poca importancia. Expresó confianza en que Alemania y España, trabajando juntas, fácilmente podían influenciar a Portugal. Le había explicado al embajador portugués en Madrid, afirmaba, que el temor de Portugal hacia Alemania estaba justificado solamente en la medida en que Portugal dejaba que su política estuviera influenciada por Inglaterra; que si la política portuguesa dejaba de estar sujeta a esa influencia, cualquier razón para temer a Alemania desaparecería. Cuando Ribbentrop habló de ceder una de las islas canarias para usarla como base militar alemana, Serrano sugirió que considerara más bien las islas Madeira de Portugal.
Serrano sostenía que le reunión de Franco con el primer ministro Salazar en Sevilla, en febrero de 1942, no tenía la menor importancia. Dijo que Salazar sólo habló brevemente con Franco; que estaba mucho más interesado en hablar con él, Serrano, que había tratado con Hitler y Mussolini. Le preguntó qué clase de hombre era Mussolini, y cómo eran sus relaciones con el Rey. Pero José M. Doussinague, el director general de Política Exterior que estaba allí y era un observador más objetivo que Serrano, nos ha dicho que fue Franco (quien hablaba el dialecto gallego, que es más cercano al portugués que al español) quien llevó la voz cantante en el encuentro, y que Serrano se lamentaba de que estaba totalmente solo en Sevilla, siendo prácticamente un ministro de Asuntos Exteriores sin un papel que jugar. Siete meses después ya no era ni siquiera ministro.
En Sevilla los dos dictadores ibéricos, cerrando filas frente a un peligro común, se entendían a la perfección, pero Serrano no estaba seguro de entenderlos. La afirmación de Serrano sobre la escasa importancia de la reunión no cuadra con la descripción que me dio a mí tras su regreso a Madrid, una versión que más tarde fue confirmada por el embajador portugués en España.
La falta de entusiasmo de Serrano por estrechar lazos con Portugal encajaba en su esfuerzo por aplacar e incluso engañar a Alemania. Al mismo tiempo tengo pocas dudas de que en alguno de sus sueños acerca de la Nueva España que podría emerger de una victoria alemana en la guerra, Portugal estaría reunificado con España, como lo estaba tres siglos atrás, apenas más que anteayer para una mentalidad española. Dudo que Serrano pensara que tal cosa iba a suceder, dudo incluso que lo deseara, pero probablemente ello no le impedía soñar, y Serrano tendía a soñar en grande.
Serrano podía disimular y fingir; podía también ser franco cuando la franqueza era impolítica e incluso ofensiva. Lo que uno no podía decir muchas veces era si su sinceridad, o la apariencia de ella, era en sí misma un medio de engaño, o incluso a qué bando estaba tratando de engañar.
Hacia el final de enero de 1941, el embajador Weddell pidió a William “Wild Bill” Donovan, que era atentamente escuchado por el presidente Roosevelt y que se convertiría en el jefe del OSS (Office of Strategic Services), que hablara con Serrano; este último admitió la amistad española con Alemania y su hostilidad hacia Gran Bretaña y Francia. Dijo esperar y confiar en la victoria alemana; cuando Donovan le preguntó por qué, dijo que era por gratitud aludiendo a la ayuda recibida en la Guerra Civil y porque los derechos naturales de España estarían mejor servidos por una victoria del Eje; que España recuperaría Gibraltar y sus derechos en África serían reconocidos.
Serrano nos ha dado una vívida descripción de su conversación con Donovan. Decía, no cito textualmente: “Donovan llegó a pedir explicaciones de todo, a censurar todo, y a amenazar. Y yo respondí de manera adecuada. Me pregunté, ¿quién se cree que es, este chico? De repente aparece y empieza a fastidiarme. ¿Para qué están los embajadores? Desde el momento de su llegada Donovan fue ofensivo. Y yo lo fui también. Cuando se marchó no lo acompañé a la puerta como hago normalmente con los visitantes. Creo que ni siquiera nos estrechamos la mano”. Serrano evidentemente ponía a “Wild Bill” varios peldaños por debajo del embajador Faupel en la escala diplomática. Su indignación no estaba mitigada por la convicción que albergaba pero no podía expresar: que ayudando a resistir las demandas de libre tránsito de Hitler para el ataque sobre Gibraltar, sólo unas semanas antes, había prestado un servicio inapreciable no sólo a Gran Bretaña sino también a los Estados Unidos, aun no siendo estos últimos todavía beligerantes.
No tengo dudas de que Serrano le contó a Stohrer su conversación con el coronel Donovan. En ese momento, una España literalmente acosada por el hambre suplicaba la ayuda americana, pero aún no estaba segura de que las presiones de Hitler para entrar en la guerra remitirían.
Serrano era mejor diplomático de lo que sus detractores pensaban. Su rudeza era a veces calculada; era parte de su diplomacia. Con Stohrer se entendía muy bien, y ello ayudaba los propósitos españoles así como, todo considerado, los de los aliados también.
Stohrer, un diplomático de carrera, había servido en España como secretario de menor rango durante la Primera Guerra Mundial; había sucedido al detestado Faupel en 1937. Le gustaba España; sabía, e informaba a Berlín de ello, que muchas de las razones que daba España para no entrar en guerra cuando quiso Hitler eran válidas. Stohrer también llegó a entenderse bien con Serrano, en parte por su consistente actitud en favor del Eje, pero también parece haberle gustado como persona. Si Stohrer hubiera representado a un país democrático, los embajadores aliados le habrían considerado un buen tipo, y está claro que Serrano tenía esa opinión de él.
El 11 de diciembre de 1940, en el punto álgido de la confrontación entre Franco y Hitler sobre Gibraltar, Stohrer exploró con su gobierno las posibles acciones por parte de Alemania. Dijo que el hambre en España era “terrible” y que la gente moría de hambre por las calles. La verdadera razón para la negativa de España a entrar en guerra, decía, era la crítica situación alimentaria.
Stohrer apuntó y comentó cuatro posibles líneas de acción por parte de Alemania.
- Eliminar la causa de la actitud española. Ello implicaría una ayuda masiva a la economía española.
- Llevar a cabo la operación contra Gibraltar sin la cooperación española. Eso sería muy difícil.
- Sugerir a Franco que protestara contra la entrada de los alemanes en España pero tolerarla. En esa eventualidad, España probablemente no podría mantener el orden interno.
- Llevar a cabo una acción por sorpresa. Ello sería extremadamente peligroso. Sería un movimiento contra un pueblo amigo; además España se podría volver contra Alemania.
Solamente la primera opción, un gran aumento de la ayuda a la economía española, era practicable, sostenía Stohrer. Recomendaba que las negociaciones con España se retomaran.
La opinión de Stohrer no cuadraba mucho con la de Hitler y Ribbentrop, que estaban convencidos de que detrás de la actitud española había mucho más que una carencia crítica de alimentos, pero puede haberles influenciado. Hitler, en ese momento, estaba jugando con la idea de invadir España, incluso teniendo que hacer frente a la resistencia española, y fácilmente podía haberse decantado por una u otra opción. El hecho de que Stohrer defendiera las tesis de Franco y Serrano es mérito de la diplomacia de Serrano, tanto como del valor de Stohrer.
Serrano, por su parte, a menudo se confiaba, si bien no completamente, con Stohrer. El 20 de abril de 1941, sólo un día después de un agrio encuentro con el embajador Weddell que provocó una ruptura entre ambos que duró cinco meses, Serrano le contó a Stohrer parte de lo que había sucedido. Weddell, dijo, había solicitado en un tono amenazador y desconsiderado si los rumores que hablaban de una adhesión de España al Pacto Tripartito eran ciertos. Dijo también que Weddell había protestado acerca de ciertos artículos en la prensa controlada por el gobierno, y que él, Serrano, le había respondido con acritud (“pues el mismo Serrano había inspirado muchos de tales artículos”, Stohrer apuntaba en su informe a Berlín). Serrano decía que Weddell, o había actuado siguiendo instrucciones precisas de Washington o había perdido totalmente el autocontrol. Continuó diciendo que podía haber echado de mala manera a Weddell, o incluso haberle abofeteado, si no hubiera sido el representante de una potencia extranjera.
Stohrer indudablemente estaba complacido por haber podido enviar un informe así a Berlín, puesto que atestiguaba su cercanía a Serrano. Serrano, por su parte, deseaba vivamente que Stohrer lo hiciera porque transmitía la impresión de que España no toleraba impertinencias por parte de los poderosos Estados Unidos. La información no compensaba ni de lejos la obstinada negativa española a cooperar en un ataque a Gibraltar, pero era algo; quizá solamente una migaja, pero una migaja que tanto Serrano como Stohrer estaban contentos de poder ofrecer.
Sospecho fuertemente que el incidente entre Serrano y Weddell, que relataré en mayor detalle más adelante, y la decisión de Serrano de informar a Stohrer fueron, en retrospectiva, beneficiosos para la causa aliada. Los planes más cuidadosamente preparados de los diplomáticos a menudo fallan, mientras aparentes fracasos resultan ser de ayuda. El incidente Serrano-Weddell puede muy bien haber sido un ejemplo de lo segundo.
El amigo de Serrano, Stohrer, no era el único entre los altos oficiales de la embajada alemana con un gusto genuino por España. El consejero de confianza de Stohrer, Erich Heberlein, como Stohrer un diplomático de carrera, tenía lazos incluso más estrechos con el país. Se le ordenó que regresara a Berlín cuando Stohrer fue sustituido; Heberlein, quien estaba casado con una atractiva mujer española, obtuvo más tarde permiso para regresar a España con su esposa para recibir tratamiento médico y visitar una casa de campo que tenían en Toledo, no lejos de Madrid. Después de que Heberlein desobedeció órdenes de regresar a Alemania, dos agentes de la Gestapo, en la noche del 17 al 18 de junio de 1944, llamaron a su puerta y se los llevaron a él y a su mujer a Alemania, donde fueron internados en un campo de concentración. España protestó ante el gobierno alemán por este acto arbitrario, pero sin resultado. Tras la ocupación aliada de Alemania, las autoridades americanas liberaron a los Heberlein y estos regresaron a España. Aunque Serrano se identificaba públicamente con la causa del Eje, también mantuvo relaciones estrechas, si bien no siempre amistosas, con los aliados a través de sus contactos con embajadores y agregados de negocios, que tenían a su vez contactos con varios diplomáticos de carrera en el ministerio, la mayoría de los cuales eran pro-aliados. En general estos eran los mismos funcionarios de carrera que sirvieron con los ministros Beigbeder y Jordana e, independientemente de quién ostentaba la cartera ministerial, mantenían útiles relaciones con los representantes aliados.
El caso de José Pan de Soraluce, un diplomático de carrera que, de hecho, “llevaba” el ministerio, es interesante. Pan era el tipo puro de español a más no poder. Serrano nos cuenta que una de las primeras cosas que planeaba hacer, cuando fuera ministro de Asuntos Exteriores, era cesar a Pan (probablemente a causa de su conocida inclinación pro-aliada). Nos dice que minutos después de haber entrado en el ministerio, le pidió al jefe de protocolo que llamara a la persona que mejor sabía lo que pasaba. El jefe de protocolo le trajo a Pan de Soraluce, quien pronto se convirtió en el principal consejero de Serrano.
Serrano ha dicho que Pan llegó a gustarle particularmente. Nos ha comentado que, después de cierto número de discusiones con él, Pan le dijo que quería decirle algo. “Soy consciente de las razones de su política exterior” –dijo Pan- “pero creo que es justo que sepa que soy anglófilo”. “Eso es bueno” –Serrano cuenta que le respondió a Pan- “porque mis relaciones con las embajadas británica y americana son malas, y me agradaría que usted llevase esas relaciones”. “Hay otra cosa que me gustaría que supiera” –continuó Pan- “y es que soy un liberal y un demócrata”. Serrano cuenta que le respondió: “Mire, eso no me importa. Usted es leal y eso es todo lo que importa”. Pan fue mi principal contacto en el Ministerio de Asuntos Exteriores durante los tres años que serví en España. Había pocos asuntos en las relaciones entre España y Estados Unidos que no discutiéramos. Siempre fui sincero con Pan, y él siempre hacía lo posible por ayudarme.
La actitud de Pan requería una gran valentía, un tipo de coraje que los diplomáticos en países más felices que España rara vez necesitan mostrar. No tengo la menor duda de que Pan habría dado su vida alegremente si eso hubiera ayudado a crear una España libre y democrática. El hecho de que el ministro Serrano fuera partidario del Eje no tuvo influencia en la actitud de Pan hacia mí o hacia los Estados Unidos. Era otro ejemplo del equilibrio que buscaba España. Las relaciones de Serrano con los embajadores aliados, sin embargo, a menudo eran menos agradables que mis relaciones con Pan.
Serrano era uno de los arquitectos principales de la España nacional. Había sido uno de los líderes en transformar lo que había sido un fallido golpe de estado en un Estado nacional que, probablemente, respondía a las necesidades inmediatas de España más que cualquier otro que pudiera imaginarse. Había modelado un estado “totalitario” que era más autoritario que totalitario; un estado fascista donde los fascistas no tenían más poder del que Franco les permitía; un estado que era pro-alemán al mismo tiempo que contribuía a frustrar las ambiciones alemanas. Y había hecho todo esto mientras no sólo España, sino toda Europa, estaban en peligro mortal a causa de la agresión alemana.
Con este bagaje de resultados, y considerando su natural egolatría, Serrano no estaba demasiado impresionado con el mundialmente famoso hombre de estado sir Samuel Hoare, que parecía haber ocupado la mayoría de los cargos superiores en el gobierno de gran Bretaña, pero necesariamente tenía una visión incompleta de lo que estaba sucediendo en España; o con los embajadores de Estados Unidos, el diplomático de carrera Alexander Weddell y el historiador Carlton J.H. Hayes. Comparados con él, sin duda consideraba los embajadores como participantes menores en la decisiva partida que se estaba jugando en Europa, donde él mismo estaba jugando un papel directo y, podría haber con alguna justicia pensado, crucial. Todos los embajadores aliados estaban convencidos de que España, si había de ser útil a la causa aliada, debía asumir públicamente una posición amistosa hacia la Alemania de Hitler; pero todos ellos veían mal a Serrano, que llevaba a cabo este programa con éxito consumado. La ironía de todo ello no se le escapaba a Serrano.
Tampoco se le escapó que Turquía, que había firmado pactos de mutua asistencia con Gran Bretaña y Francia en 1939, había también firmado un pacto de no agresión con Alemania sólo cuatro días antes de la invasión de Rusia, y que a lo largo de la guerra siguió suministrando a Alemania el vital recurso del cromo. Serrano también sabía que Suecia había permitido el tránsito de una entera división alemana con todo su armamento, desde la Noruega ocupada hacia Finlandia, después del inicio de la guerra entre Rusia y Alemania, y estaba asimismo ayudando a la economía alemana de varias maneras. Había razones, buenas razones sin duda, para la política llevada a cabo por estas naciones, pero también las había para la de España, pensaba Serrano, aunque uno no habría podido sospecharlo, considerando la actitud hacia España de muchos funcionarios aliados.
Cuando Weddell se marchó de España y yo permanecí como agregado comercial, Serrano mostró considerable deferencia conmigo, posiblemente como compensación de sus malas relaciones con Weddell. Nos invitó a mí y a Caroll a cenar en su casa, una cortesía que nunca tuvo con ningún embajador británico o americano, y también al teatro. No habría podido ser más afable.
Nunca dudé en sacar a colación temas que, sabía, eran desagradables para Serrano, y nunca dejó de responderme cortésmente. En una ocasión cuando le contacté para protestar contra una posición favorable al Eje que España había asumido, Serrano me escuchó con alguna impaciencia y preguntó: “¿Ayudaría a los Estados Unidos que España, en este momento de la historia, empezara a ponerle mala cara a Alemania?” Pensé que era una excelente pregunta, y admiré a Serrano por hacerla. Estuve de acuerdo en que no nos haría ningún bien. Podría haber añadido que incluso habría podido hacer bastante daño a los Aliados. Lo que yo no sabía entonces, por supuesto, era que poco antes de la riña entre Serrano y Weddell –quien me había llamado desde la Habana para venir a Madrid- España, negándose a entrar en guerra en ese momento, o a permitir el tránsito de tropas alemanas a través del país, no es que le hubiera puesto mala cara a Alemania, es que prácticamente le había escupido en la cara.
En varias ocasiones Serrano me dijo con sinceridad, en respuesta a mis cuestiones, cosas que eran importantes para los Estados Unidos. Sabía por supuesto que era perfectamente capaz de engañarme. Sabía también que a medida que pasaba el tiempo la necesidad de disimular, tanto con los americanos como con los alemanes, estaba disminuyendo. España era cada vez más capaz de mantenerse sola en pie, precariamente es verdad, sin inclinarse demasiado hacia un lado u otro. Nuestra política estaba ayudando a que eso fuera posible.
Después de la reunión entre Franco y Salazar en Sevilla hubo muchas especulaciones en la prensa sobre su contenido. Cuando no informé enseguida a Washington, donde estaban profundamente preocupados, de la sustancia de la reunión, recibí un telegrama bastante perentorio del Departamento de Estado solicitándome un informe sobre el asunto. Ningún informe había sido publicado, y ni Franco ni Serrano habían regresado a Madrid. Pregunté a Sir Samuel Hoare si sabía lo que había pasado en Sevilla y dijo que no. Intenté por otras vías saber lo que se había discutido pero sin éxito.
Cuando Serrano volvió a Madrid le llamé y le pregunté si podía informarme del contenido de la reunión. Estuvo bastante dispuesto a hablar. Me contó que la reunión había tenido lugar a causa de rumores según los cuales los Estados Unidos estaban planeando una acción militar en las Azores (si me hubiera hablado de rumores sobre las Canarias habría estado más cerca de la verdad). Dijo que Salazar no los creía, pero aseguró a Franco que Portugal se defendería contra cualquier invasor. Salazar era un poco aprensivo acerca de una posible invasión alemana de España, dijo Serrano, pero Franco le había asegurado que no había tal peligro, siempre y cuando España mantuviese su política de amistad hacia Alemania. Supe, por supuesto, que el alcance de una reunión de tan alto nivel tenía que ser mayor que esto, pero Serrano me había ilustrado el carácter de la reunión y su significado esencial.
Le dije a Serrano que aun así lamentaba que Franco, inmediatamente tras su reunión con Salazar, hubiera dado un enérgico discurso pro-alemán y antirruso. Serrano dijo que Franco no hacía nada más que reiterar su bien conocida posición hacia el comunismo y la Rusia comunista. Pinchándole a Serrano un poco más, sugerí que la anterior referencia de Franco a la posibilidad de que los rusos invadieran Alemania no era halagüeña para los alemanes y no reflejaba la anterior opinión española sobre la invencibilidad de Alemania. Serrano respondió simplemente asegurando que la política española tenía como objetivo permanecer fuera de la guerra. Eso era lo contrario a cuanto había dicho Franco en su discurso, pero reflejaba la verdadera política española.
Mientras Franco vivió, Serrano en general fue circunspecto en lo que escribía acerca de las relaciones entre los dos. En sus memorias de 1977, sin embargo, habló más claramente. Serrano sostenía, entre otras cosas, que su cese el 2 de septiembre de 1942 fue debido a consideraciones de política interna, no a una intención por parte de Franco de lanzar una señal de cambio en política exterior como sostuvieron algunas partes interesadas. Esto último, decía, era una cínica invención ideada algunos años después de los hechos. Puntualizó que cuando dejó el cargo, el momento para un cambio de rumbo en política exterior todavía no había llegado; que Franco, sus ministros, y particularmente sus consejeros militares, todos estaban aún convencidos de la victoria del Eje. Nos recordó que el punto de inflexión en África, la derrota de Rommel en El Alamein, todavía no había tenido lugar, ni se podía prever el desastre de Stalingrado.
Serrano no fue completamente franco. La versión de que su cese se debió al deseo de Franco de marcar un cambio en la dirección de su política exterior no fue concebida años después como sostenía; fue la versión inmediatamente aceptada por los diplomáticos británicos y americanos, por los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores en los que confiaba, y por la mayoría de los españoles que conocíamos. Y para sostener su tesis Serrano, escribiendo muchos años después de ello, describía la situación de la guerra, y probablemente la actitud de Franco hacia la guerra, en términos que estaban lejos de ser correctos.
La situación militar había cambiado mucho más de lo que Serrano había indicado. Las dificultades de la campaña en Rusia superaban mucho los cálculos de Hitler. Los Estados Unidos, por aquel entonces, llevaban nueve meses en guerra. La batalla de Midway, que cambió el equilibrio de la guerra en contra de los temerarios japoneses, ya había tenido lugar, y la formidable economía norteamericana ya estaba totalmente volcada en la guerra. Gran Bretaña ya no era la isla aislada y asediada que había sido en 1940. En mayo de 1942 1.000 bombarderos ingleses habían arrojado 2.000 toneladas de bombas en Colonia en una sola incursión. Asimismo, aunque todavía no se había llegado a El Alamein, los británicos al mando de Montgomery estaban luchando bien en el norte de África. Y en efecto, al día siguiente al cese de Serrano Rommel comenzó la retirada que terminó con la derrota del Eje en El Alamein.
Serrano subrayó, a modo de ulterior evidencia de que no fue cesado por su asociación con el Eje, el que Alfred Jodl, uno de los más cercanos consejeros militares de Hitler, escribiera en su diario que la resistencia de Serrano había frustrado el plan de Alemania para involucrar a España en la guerra y tomar Gibraltar, y que en Núremberg el Mariscal de Reich Hermann Goering hubiera dicho que la operación de Gibraltar habría permitido a Alemania fortificar el norte de África, en cuyo caso los aliados no habrían podido desembarcar allí.
Serrano habría podido citar más ejemplos de la desconfianza alemana hacia él. Hitler mismo había dicho que, desde su primera reunión con Serrano, había sido consciente de un sentimiento de repulsa a pesar de que el embajador Stohrer, con abismal ignorancia de la verdad, le había presentado como el más ardiente germanófilo en España. Pero la cuestión no era esa. La cuestión era que Serrano se presentaba a sí mismo como un germanófilo y era ampliamente considerado como tal. Serrano tenía la poco envidiable distinción de no gustar a ninguno de los dos bandos y que ninguno confiara en él.
Para el verano de 1942 Franco había perdido mucha de la confianza que una vez había tenido en Serrano. Es probable, también, que nunca tuviera tanta confianza como Serrano pensaba. El almirante Canaris, como hemos visto, tuvo un papel muy importante en la decisión de Franco de rechazar las demandas de Hitler en enero de 1941 para que España entrara en la guerra, pero Serrano no menciona esto en sus escritos. Incluso hoy[2] niega haber tenido conocimiento de que Canaris tuviese algún papel en ayudar a España a permanecer neutral. El 18 de junio de 1982, tras haber restablecido el contacto con él, Serrano me escribió: “no sé absolutamente nada de la conversación en la que Canaris le aseguró al general Juan Vigón que Franco podía, sin temor a represalias, negarle el permiso a Hitler para el tránsito de tropas alemanas por España con objeto de tomar Gibraltar. No puedo, por tanto, afirmar si tuvo o no lugar”.
Lo que Serrano sí sabe, y no le importa decir, es que nunca le gustó Canaris. Nos dijo que habló con Canaris unas pocas veces pero nunca tuvieron confianza. Canaris, sostiene, nunca se sentía a gusto con personas como Serrano que en su vida política habían tratado con los grandes; que Canaris se sentía más cómodo con personas “aisladas” (con poca experiencia y poco sofisticadas quería decir) como Franco y Vigón.
Franco le podría haber revelado a Serrano un Canaris bastante diferente (posiblemente un Canaris que desconfiaba de Serrano) pero parece que decidió no hacerlo. Y probablemente hubo más cosas que Franco se abstuvo de revelarle. Franco estaba más cercano, en muchos aspectos, a general Vigón y unos pocos otros líderes militares de lo que estuvo nunca de Serrano. El gobierno de los nacionales, después de todo, era una dictadura militar y permaneció tal hasta la muerte de Franco. El papel de Serrano en esa dictadura fue muy importante, pero Serrano mismo era cada vez más sacrificable. Su marcha dio fuerza a la dictadura y la hizo más aceptable.
Lo que Serrano sin embargo tenía especialmente en mente, cuando dijo que su marcha fue debida a motivos de política interna, era la negativa de Franco a avalar un plan en el que llevaba mucho tiempo insistiendo, para crear sobre nuevas bases jurídicas un nuevo Estado español. Serrano reveló que unos meses antes de su cese, durante una reunión que él, Serrano, había conducido con su habitual franqueza. Franco había comentado: “me parece que tienes serias dudas sobre mis cualidades como líder político” y que él, Serrano, no había respondido. Dice también que poco después fue de nuevo invitado a El Pardo donde un Franco nervioso le dijo que quería hablar con él de un tema muy serio, y después de mucho marear la perdiz Franco le había dicho que iba a sustituirlo. Serrano dice haber respondido que, si eso era todo lo que Franco tenía que decir, no necesitaba haberle preocupado tanto; Franco sabía muy bien que él le había ofrecido su dimisión varias veces, y tampoco tenía ya confianza en su trabajo puesto que él y Franco obviamente discrepaban en cuanto al plan de Serrano de crear unas bases jurídicas adecuadas a las futuras necesidades de España. Serrano dijo que le comentó a Franco que quería decirle algunas cosas que, pensaba, a Franco le hubiera gustado escuchar, pero éste le dijo: “mira, tengo al general Jordana esperando para verme. Es él quien te va a reemplazar”. Con ello Serrano se marchó.
Unos días después, en una carta a Franco, un Serrano profundamente alienado de su entorno decía: “estoy cansado y harto de las intrigas, los manejos, la futilidad, y todo aquello que me ha hecho conocer un mundo que habría preferido no conocer”. Serrano nos dice que poco después Franco le preguntó, indirectamente, si aceptaría el cargo de presidente del Consejo de Estado, y que rechazó secamente la sugerencia.
En los tres años siguientes Serrano casi no tuvo contactos, incluso de tipo social, con Franco. Tras el asesinato de Mussolini, el suicidio de Hitler y la victoria aliada en Europa, sin embargo, Serrano escribió una carta a Franco urgiéndole a que ajustara la política española al nuevo mundo anti-nazi y anti-fascista que había surgido. Serrano decía esto acerca del nuevo estado español que tenía en mente: “el Estado requiere continuidad… es cuestión de orientar el régimen en la única dirección posible, hacia un gobierno nacional que se apoye en una amplia base popular, apolítica, que comience en la extrema derecha y termine en la izquierda moderada. Toda la España no roja estará integrada en este Gobierno Nacional compuesto de hombres eminentes (empezando con los más respetables monárquicos, luego políticos de valía excepcional como Cambó, y terminando con personalidades del tipo político-intelectual como Ortega y Marañón) que sean conocidos en el mundo exterior y sean capaces de convencerle de que una mayoría del pueblo español, por miedo a una revolución comunista de la que han tenido una cruel experiencia, está unida para crear un nuevo estado, adecuándose a la situación mundial”
Lo que Serrano quería, entonces, era un estado “apolítico” que fuese “popular” y “democrático” y que al mismo tiempo excluyera a los “rojos” que podían haber constituido una mayoría de la población. Eso se podría describir como un bonito trabajo si uno pudiera hacerlo, pero intentarlo habría revivido todas las hostilidades, todas las divisiones de la Guerra Civil que había concluido sólo seis años antes. La misma duración del régimen de Franco, el mismo efecto curativo del tiempo, junto con la dramática mejora de la economía española que tendría lugar, todo ello era la mejor preparación para un gobierno institucional que tuviera una oportunidad de sobrevivir. Serrano, más que cualquier otro excepto Franco, fue el arquitecto del estado surgido del Alzamiento Nacional. Felizmente para España, ese estado nunca se convirtió en el nuevo Estado Español que Serrano había querido concebir.
A Serrano nunca le abandonó la amargura por su salida del gobierno. Ha dicho que al final de su entrevista oficial con Franco, ya de pie y a punto de marcharse, le dijo al Caudillo: “Deseo por tu propio bien y por el bien del país, que tengas siempre claro en tu cabeza que la lealtad de un consejero, o de un ministro, está en no ser un seguidor incondicional sino un crítico leal”. No nos dice lo que Franco le respondió. Como Beigbeder antes que él, Serrano no recibió la habitual carta de agradecimiento por los servicios prestados. Únicamente un par de líneas en el Boletín Oficial del Estado informando de que Jordana lo había sustituido como Ministro de Asuntos Exteriores.
La historia puede que no trate bien a Serrano. No era un hombre que despertara fácilmente simpatías. Pero tenía cualidades que ayudaron a salvar a España, y posiblemente al mundo libre, de un desastre inminente. Serrano asumió la carga de lidiar con Hitler y Ribbentrop. Hitler era un personaje temible cuando tenía la mente fija en un objetivo, sin consideración por los hombres o las naciones que se interponían en su camino; Mussolini a veces se quedaba mudo en su presencia. Pero cuando Hitler le dijo a Serrano que había decidido atacar Gibraltar, dejando claro que esperaba que España participara en el ataque, Serrano se mantuvo firme y pasó a la ofensiva. Mantuvo esa actitud y Hitler nunca atacó Gibraltar. Un hombre capaz de resistir a Hitler con tanto éxito no está desprovisto de carácter y es digno de respeto.
[1] No ha sido posible rastrear esta referencia [N. del T.]
[2] 1986 [N. del T.]
