El 14 de abril de 1939 el embajador alemán Stohrer comunicaba a Berlín, en un estado cas de exaltación, que el gobierno de la España Nacional había hecho concesiones económicas y políticas de gran importancia a Alemania en los últimos meses, como contrapartida por la “grande y decisiva ayuda” que Alemania le había dado durante la Guerra Civil. Se ufanaba de que “en las negociaciones con España por lo general hemos obtenido lo que queríamos, incluso en los detalles”.
Stohrer no exageraba. Alemania en efecto le había dado a España una ayuda decisiva. Recientemente había enviado una gran cantidad de suministros de material militar, haciendo posible para el ejército nacional la ofensiva de Cataluña que sentenció el resultado de la guerra. Y España a cambio había hecho extensas y valiosas concesiones. Era igualmente cierto, sin embargo, que Alemania había retenido la ayuda necesaria para alcanzar la victoria final hasta que España no hubo aceptado las concesiones que Alemania consideraba más importantes; las cuales, si implementadas plenamente, privarían a España de una parte importante de su patrimonio y la pondrían al borde de convertirse en un estado satélite de los alemanes.
El general y conde Francisco Gómez Jordana y Sousa, como ministro de Asuntos Exteriores, había llevado el peso principal en el esfuerzo de resistir, retrasar y posiblemente limitar el cumplimiento de las demandas alemanas. Pero, como más tarde había de decir Serrano cuando le tocó a él tratar con los alemanes, no fue fácil.
Para febrero de 1939 la victoria del ejército nacional parecía asegurada. El cinco de ese mes Stohrer, acompañado por el embajador italiano, le entregó a Jordana una invitación formal para unirse al Pacto Anti-Comintern del cual Japón, Alemania e Italia eran signatarios. Jordana, habiendo sido ya informado por teléfono del objeto de la reunión y habiéndolo ya discutido con Franco, respondió a los embajadores que tanto él como Franco tenían fuertes objeciones a unirse al Pacto en ese momento. Temían que Inglaterra, y especialmente Francia, pensaran que la incorporación al Pacto implicara un compromiso más amplio y pudiera ser una amenaza. Podrían incluso intentar frustrar la victoria sobre los Republicanos que ya estaba a la vista. Además Francia tenía una importante cantidad de oro español en su poder, y podría decidir quedarse con éste.
Cuando Stohrer volvió sobre el tema unas dos semanas después, Jordana le explicó que mientras las difíciles negociaciones con Francia e Inglaterra para el reconocimiento de jure del gobierno nacional estaban en curso, seguían teniendo objeciones para unirse al Pacto. Desde Alemania se le urgía a Stohrer para que presionara y consiguiera la unión de España, pero éste, que había decidido que la oposición de Jordana era sólida, advirtió a Berlín en contra de presionar demasiado a España. Dijo que tales esfuerzos, dado el carácter español y especialmente el de Jordana, tendrían el efecto opuesto. Aun así, intentó insistentemente reunirse con Franco para discutir con él el asunto; pero Franco estaba siempre “demasiado ocupado” para recibirle.
Mientras tanto, sin embargo, el Consejo de Ministros, presidido por Franco, había decidido unirse al Pacto sin más discusión. Pero ahora España ponía una condición: su unión debía permanecer secreta. Respetando esta condición, la firma tuvo lugar el 26 de marzo sin ceremonia ni publicidad alguna.
Hitler no estaba satisfecho de la posición española, con todo. Después de que Stohrer pidió la conformidad de Jordana para un anuncio público de la firma de España, y éste replicó con las mismas objeciones que había alegado contra la firma, Berlín le indicó a Stohrer que llamara a Jordana solicitando la publicación inmediata. Pero éste, conociendo que Franco compartía su punto de vista, se negó a ello.
En Berlín estaban furiosos. “Las razones alegadas para demorar el anuncio de la unión de España al pacto Anti-Comintern no pueden ser consideradas válidas”, le dijeron a Stohrer, indicándole que hiciera presiones “muy enérgicas”. “Ha de alcanzarse un acuerdo sobre la fecha para el anuncio de la firma de España y la manera de hacerlo, si no mañana al menos en esta semana”, fueron las instrucciones. Hitler no le estaba pidiendo a Franco su cooperación; le estaba diciendo lo que tenía que hacer.
Stohrer telegrafió a Berlín comunicando que había transmitido su mensaje a Jordana detalladamente y de manera amigable. Sin embargo éste había persistido en sus objeciones. Sostenía que las naciones que eran amigas de España debían, seguramente, intentar facilitarle las cosas en un momento en que estaba empezando a recuperarse de la Guerra Civil. Sin embargo en Berlín no quedaron convencidos.
Por esas fechas la prensa extranjera empezó a informar de la adhesión de España al Pacto Anti-Comintern, así como de que se estaba manteniendo en secreto. El 5 de abril el Consejo de Ministros de Franco ordenó el anuncio inmediato de la adhesión de España. ¿Qué otra cosa podía hacer?
El 31 de marzo se había firmado también el Tratado de Amistad entre España y Alemania, aunque Jordana había objetado que, habiendo razones para pensar que tanto Francia como Gran Bretaña estaban interesadas en un acercamiento a España, el momento era poco oportuno.
La adhesión al Pacto y la forma del Tratado de Amistad eran importantes logros en la agenda alemana, pero asegurar derechos de cuasi-monopolio en el campo de la minería tenía una importancia incluso mayor para ellos; esto provocó un profundo resentimiento por parte de los españoles.
El embajador Stohrer intentaba ser moderado en sus conversaciones con los españoles, pero Johannes Bernhardt, director de HISMA, una compañía comercial oficial de Alemania, tenía menos inhibiciones. Desde el principio de su encargo les hablaba a los funcionarios españoles en un lenguaje franco y a veces incluso ofensivo. No tenía reparos en informarles de las crudas realidades, tal como HISMA y frecuentemente el mismo gobierno alemán las veían. Una de ellas era que, a cambio del apoyo que los nacionales necesitaban para alcanzar la victoria en la Guerra Civil, debían entregar a Alemania el control virtual de la rica industria minera en la España peninsular y el Marruecos español.
El 12 de julio de 1937, aceptando el hecho de que la Guerra Civil iba a ser larga, difícil y no podía ser ganada sin una ayuda alemana adicional, el régimen de Franco suscribió un protocolo secreto que estipulaba: “El gobierno nacional español facilitará en lo posible el establecimiento de compañías españolas para la explotación de recursos minerales y otros materiales, así como otros propósitos económicos en el interés general, con la participación de ciudadanos alemanes o firmas alemanas de manera compatible con lo que estipulen las leyes españolas”. En virtud de ese protocolo HISMA obtuvo setenta y tres concesiones mineras, invirtiendo un importe estimado de 100 millones de marcos.
El 1 de octubre de 1937, sin embargo, un gobierno nacional preocupado decretó que todos los derechos mineros concedidos después del 19 de julio de 1936 quedaban sin efecto y anulados. Cuando Stohrer comunicó a Franco las preocupaciones de Alemania acerca del efecto que el decreto podía tener en las concesiones obtenidas hasta la fecha o las futuras, un Franco evasivo le informó que la razón para tal decreto era el peligro de que el gobierno “rojo” vendiera todo. Le prometió a Stohrer que los intereses alemanes estaban a salvo.
Unos nueve meses después, no habiéndose dado ningún paso para hacer efectiva la promesa de Franco, Bernhardt, en una brutalmente sincera conversación con el Subsecretario de Comercio e Industria Fernández Cuevas (en un momento en el que el secretario declinaba recibir a Bernhardt por “razones de salud”), se quejó de que la estrecha cooperación que se necesitaba para alcanzar la victoria final estaba fallando. Dijo, específicamente, que en Alemania no entendían por qué pasaba semana tras semana sin que fuera zanjada la cuestión de las minas que Alemania deseaba explotar. Hizo la advertencia de que, para Alemania, la cuestión de las minas era una medida del deseo español de cooperación. Por si no lo hubiera dejado dolorosamente claro, Bernhardt añadió que Alemania consideraba la cuestión minera como el punto crucial de la cooperación hispano-alemana, así como y un criterio para valorar hasta qué punto la cooperación que su país había abiertamente y generosamente acordado era correspondida por España. Alemania necesitaba un cuadro claro de las cosas, para poder juzgar correctamente el valor o la falta de valor de la amistad con España, apuntó.
En un memorándum a la Embajada, del 4 de noviembre de 1937, Bernhardt exponía claramente los objetivos económicos primarios en España y los medios para alcanzarlos. En él se decía:
“Está claro para nosotros que [los derechos mineros] constituyen el objetivo esencial y el propósito de nuestra asistencia a España en el campo económico […]
El objetivo de nuestros intereses económicos en España debe ser la penetración profunda en las principales fuentes de la riqueza española, esto es la agricultura y la minería. Mientras que los productos agrícolas afluyen al Reich sin mayor esfuerzo, puesto que los españoles tienen que encontrar un mercado para ellos, el problema de la minería es de una importancia tremenda bajo cualquier punto de vista.
Reduciéndolo a una fórmula simple, podemos decir que el éxito o el fracaso de nuestros esfuerzos en la minería española, será lo que determinará si nuestra asistencia a España ha sido una jugada acertada o errónea. Reconociendo claramente que [los derechos mineros] son el objetivo verdadero de nuestro esfuerzo económico, tenemos que resolver este problema por todos los medios disponibles. Debe ser afirmado que estos mismos medios deben ser hallados y aplicados en todos los campos y que debemos, por tanto, ejercitar nuestra influencia diplomática, militar y cultural con vistas a este objetivo único de establecer nuestros intereses económicos […]
La solución de todo el problema como ahora se presenta, tendrá que ser forzada si no se puede llegar a ella por medios razonables […]”
La presión sobre España aumentó cuando el muy temido coronel general Hermann Goering, que estaba a cargo del Plan Cuatrienal de Hitler, nombró a Bernhardt su representante personal para cuestiones económicas en España. Alemania, ahora quedaba claro, pretendía incluir a España en el Plan. Goering quería enviar el subsecretario de estado en el Ministerio de Economía a España para “apuntar una pistola al pecho de Franco” y demandar el “botín de guerra” que se le estaba negando. Se le disuadió de hacerlo, sin embargo. Otros funcionarios alemanes optaron por ser menos “obvios” pero en esencia manteniendo la misma actitud.
Franco y sus funcionarios seguían sosteniendo que el decreto del 9 de octubre tenía por objeto prevenir que los “rojos” malvendieran España, pero Bernhardt le dijo a Stohrer: “No dejemos que nos engañen. El decreto sobre la minería va contra nosotros”. En eso tenía razón.
El 26 de enero de 1938 Jordana le dijo a un molesto Stohrer que, a causa del gran número de derechos mineros que Alemania estaba reclamando, y del hecho de que el protocolo del 16 de julio de 1937 estipulaba que la utilización de los recursos minerales de España tendría lugar de manera compatible con las leyes españolas, un detallado examen legal de las reclamaciones se hacía necesario. Stohrer replicó que ese examen estaba tomando mucho tiempo e insistió en que se le diera una fecha específica para la respuesta española. Goering, le recordó a Jordana, otorgaba una gran importancia a la cuestión. Jordana replicó a su vez, irritado, que la cooperación española sería efectiva solamente si la participación alemana fuera menos amplia. Como un chico que provocara a un compañero, Stohrer le dijo a Jordana si se atrevía a poner eso por escrito. Éste dijo que lo haría pero antes lo tenía que consultar con Franco y la cosa quedó ahí.
Jordana le recordó a Stohrer una consideración que podría habérsele escapado (y también a Goering); dijo que la mentalidad de los españoles era tal que, después de un cambio de gobierno, tendían a pedir cuentas al régimen anterior por sus actos. Él mismo, a causa de su papel en la dictadura de Primo de Rivera, había sido condenado por la República, primero a muerte y luego a cadena perpetua, y había pasado dos años en prisión. Por tanto era importante atenerse estrictamente a las leyes españolas, “pues uno nunca sabe lo que podría pasar”. Stohrer no informó a Berlín de sus comentarios a esto último, si es que los hizo.
Stohrer no perdía tiempo. Al día siguiente llamó a José Antonio de Sangroniz, chef de cabinet[1] en el ministerio de Asuntos Exteriores y persona notoriamente franca, para expresarle su contrariedad por la conversación que había tenido con Jordana. Le dijo a Sangroniz que el tratamiento que recibía Alemania era impropio y poco correcto, a la luz de los sacrificios que los alemanes habían hecho y estaban haciendo para ayudar a la España nacional. Sugirió que de un plumazo España podía zanjar la cuestión de los derechos mineros –en la cual Goering tenía tanto interés- a favor de Alemania.
A esto Sangroniz, tras solicitar permiso para hablar abiertamente, replicó que no era correcto que Alemania actuara como lo estaba haciendo. En vez de adquirir unos pocos derechos mineros y discutir con el gobierno español la manera de adquirir otros, había provocado gran oposición su pretensión de comprar un número increíble de minas y derechos (Stohrer informó a Berlín que Sangroniz había usado en realidad un lenguaje mucho más fuerte), con lo cual el gobierno español tendría que adherirse estrictamente a la ley en esta cuestión. La posición de Sangroniz estaba bastante justificada, aunque no explicara totalmente las demoras españolas para acceder a los deseos alemanes.
El 5 de junio, casi seis meses después de la conversación de Stohrer con Sangroniz, y después de que el primero hubiera intentado infructuosamente discutir los derechos mineros con Franco, el gobierno nacional hizo una especie de concesión; pero la naturaleza de ésta y el modo con que fue comunicada a Alemania dejó estupefacto a Stohrer, que para entonces se estaba preguntando si su trabajo como embajador estaba en peligro. Franco envió a Jordana a decirle a Stohrer que había promulgado una nueva ley de minas, que tomaba en consideración las demandas alemanas y representaba el límite absoluto de lo que el gobierno español estaba dispuesto a hacer para satisfacerlas. Jordana dijo que Franco había temido que si recibía él mismo a Stohrer durante la última fase de preparación de la ley, como este último había solicitado, se daría la impresión de que los cambios introducidos eran en respuesta a las presiones alemanas. Tales cambios eran: 1) la elevación al 40% del límite de participación de capital extranjero, donde antes había sido del 25%, y 2) mayores posibilidades por parte del gobierno español para hacer excepciones en favor de Alemania. Jordana explicó que la ley ya había sido promulgada y por tanto no se podían hacer modificaciones. Como una cortesía hacia el gobierno alemán, sin embargo, no sería publicada hasta unos días después, para que en Berlín pudieran decir que habían sido informados con antelación.
Un inquieto Stohrer le recordó a Jordana que, siguiendo las instrucciones de su gobierno, había pedido dos cosas: poder hablar con Franco acerca del asunto de los derechos mineros, y que España no definiera su posición hasta después de que él hubiera hablado con Franco. Ninguna de estas dos peticiones había sido concedida. La manera en que la cuestión había sido manejada constituía en sí misma un acto inamistoso, sostenía. Si él mismo ya no era bien aceptado, pediría ser reemplazado inmediatamente.
Jordana le aseguró que tanto él como Franco lo tenían en gran estima. Le hizo observar, al mismo tiempo, que la propaganda enemiga insistía constantemente en que España estaba dominada por Alemania y que las presiones alemanas, quizá también ocasionalmente italianas, dirigían sus actos. Si Franco hubiera recibido a Stohrer mientras la ley se estaba discutiendo, la propaganda enemiga habría acusado a España de plegarse a las presiones alemanas. Un Stohrer furioso, haciendo notar que Jordana le había dicho en una carta reciente que no era costumbre del gobierno español darle publicidad a una ley antes de que estuviera aprobada, firmada y promulgada, ahora le recordó que tampoco era costumbre de cualquier gobierno poner a disposición de otro miles de soldados y grandes cantidades de material de guerra, permitiendo que soldados murieran y el material fuera destruido. Jordana no se inmutó.
Stohrer hizo un último tentativo. Le pidió a Jordana una copia de la ley para enviarla a Berlín por correo y dejar pasar una semana antes de publicarla. Jordana dijo que trataría de arreglarlo y Franco más tarde retrasó la publicación, dos días. Stohrer en su informe a Berlín expresó la opinión de que la nueva ley de minería, aunque no era en absoluto satisfactoria, parecía aceptable para los intereses alemanes; pero en Berlín no estuvieron de acuerdo.
En la primavera de 1938, después de dos años de guerra civil, el nuevo gobierno Daladier en Francia abrió su frontera con España al paso de suministros militares para la República. Entre abril y mayo unas 25.000 toneladas de material de guerra, la mayor parte enviado desde Rusia, cruzaron los Pirineos hacia Cataluña. Cuando Rusia envió 300 aeroplanos Daladier los hizo transportar por camiones pesados, aunque para ello fuera necesario talar muchas millas de árboles a lo largo de las carreteras de Aquitania para que pudieran pasar.
En la noche del 24 al 25 de julio de 1938 un bien equipado ejército republicano, principalmente dirigido por comunistas, cruzó el río Ebro en una ofensiva que amenazaba con obligar a los nacionales a negociar una paz. El ejército nacional finalmente logró rechazar a los republicanos hasta sus posiciones iniciales, pero el coste en hombres y municiones fue terrible. Durante la contraofensiva los aviones de Franco arrojaron unos 5.000 kilos de bombas cada día; la situación del ejército nacional alcanzó un punto donde sólo con una inmediata y masiva ayuda por parte de Alemania sería posible continuar la guerra.
Los españoles hablaron con los alemanes de aviones, artillería y tanques, así como de las municiones necesarias. Los alemanes hablaron de derechos mineros en España y el 20 de agosto Bernhardt, quien era ya un experto en condicionar ayuda militar a derechos mineros, le digo a Fernández Cuevas que en Alemania no entendía como, semana tras semana, el tiempo pasaba sin una solución al problema. Para Alemania, le recordó, una solución satisfactoria de esta cuestión era la medida del deseo español de cooperación. Lo que realmente estaba diciendo era: “a menos que nos deis los derechos que queremos, os negaremos la ayuda que necesitáis para la victoria”. Y como representante personal de Goering en España, tenía amplia autoridad para decirlo.
Para el 18 de octubre los nacionales estaban empezando finalmente a conceder los derechos mineros, pero de manera exasperantemente lenta. En un memorándum secreto de esa fecha, el Ministerio de Economía en Berlín decía que se estaban considerando nuevos y más consistentes envíos de material a la España nacional, pero que entre los asuntos que había que resolver estaba el de la garantía de los derechos mineros alemanes. El 7 de noviembre desde Berlín informaron a Stohrer que el gobierno del Reich había decidido satisfacer las demandas de Franco, pero que antes de todo España debía reconocer en números las entregas ya realizadas de material de guerra y los gastos incurridos en ellos (Stohrer llegó a puntualizar que los españoles eran afortunados porque Alemania no estaba reclamando los costes del envío de personal). Adicionalmente, España debía autorizar una participación superior al 40% en las compañías mineras españolas.
Doce días después Franco aceptó las demandas alemanas. Específicamente: 1) la participación de capital alemán en las compañías establecidas por HISMA sería permitida en la medida que quisieran los alemanes, 2) una compañía minera con el 100% de capital alemán sería establecida en el Marruecos español, y 3) se permitiría la importación libre de impuestos de maquinaria para la minería y otros artículos, por el valor de 5 millones de marcos, autorizándose el pago de esta cantidad con el producto de las minas.
Stohrer informó de que Jordana añadió a lo anterior un largo comunicado donde expresaba la firme intención de la España nacional de mantener una orientación favorable a Alemania, políticamente y económicamente, tras el fin de las hostilidades. La España nacional estaba obviamente dispuesta a ir hasta el límite, para asegurarse la ayuda militar que necesitaba.
Alemania envió prontamente el material que los nacionales necesitaban y el 31 de marzo de 1939 la resistencia republicana cesó.
Entre otros resultados de todo ello, para el gobierno nacional, estaba la toma de conciencia de algunos de los objetivos verdaderos de los alemanes en España, y hasta dónde estaban dispuestos a llegar para obtenerlos. Ese conocimiento le aprovechó a Jordana cuando, tras el cese de Serrano en septiembre de 1942, se convirtió en Ministro de Asuntos Exteriores por segunda vez.
Durante los siete primeros meses de nuestra estancia en Madrid Carroll y yo vivimos en el hotel Ritz; después seguimos visitándolo a menudo. El Ritz no era solamente el mejor hotel de Madrid, sino también el centro de su limitada vida social. Pero a menudo daba la impresión de que Madrid era una ciudad ocupada por los alemanes. Al menos había cinco alemanes por cada británico o americano allí, la mayor parte de ellos llevando uniformes militares o del partido nazi; había mucho entrechocar de tacones, muchos saludos con el brazo en alto y mucho ambiente alegre en estilo nazi.
Los alemanes no tenían suficiente con pasarlo bien; querían que los demás se enteraran de que se estaban divirtiendo. Frecuentemente, cuando el trabajo del día había terminado, Carroll y o nos sentábamos en el vestíbulo del hotel mirando el paisanaje, intentando verlo dentro del gran diseño de la guerra. Con la Wehrmacht avanzando rápidamente en Rusia y los militares aliados esperando que los rusos resistieran unos meses más, con la Falange colaborando para llenar España de propaganda del Eje, con los nazis paseándose por el vestíbulo con toda la ostentación de que eran capaces, teníamos pocos motivos para estar alegres. Y sin embargo lo encontrábamos gracioso.
Los alemanes estaban representando su espectáculo teatral; lo habían hecho a menudo y eran perfectos en ello. Pero se lo tomaban muy seriamente. Ingleses y americanos, españoles y franceses, y también los italianos, venían al hotel y se relajaban. Pero el tiempo de diversión de los alemanes estaba siempre organizado. Sus fiestas eran demasiado estiradas o demasiado ruidosas. Siempre parecían estar tratando de impresionar a los demás, pero raramente lo conseguían. Parecían ser conscientes de que estaban actuando, algo que en realidad les resultaba agradable a los observadores aliados. Mientras los alemanes reían con estrépito, trabajando duro en ello, nos sentábamos y gozábamos del espectáculo.
Otra cosa que notamos fue que, mientras que los italianos que venían a los cócteles o a las cenas frecuentemente estaban acompañados por españoles, e incluso los japoneses, generalmente poco estimados, ocasionalmente se dejaban ver con españoles, los alemanes casi siempre iban solos o acompañados por otros alemanes. Esto nos llevó a creer que la amistad alemana con España no penetraba mucho más abajo del nivel oficial, e incluso a ese nivel raramente se apoyaba en amistades en un plano personal. Incluso los italianos no se asociaban demasiado con los alemanes. En La Habana el italiano había alternado con su colega alemán como correspondía, aunque no parecía estar muy a gusto, pero en Madrid los dos parecían tener muy poco que ver uno con el otro. Los ingleses y los americanos, en cambio, frecuentemente iban juntos al hotel, a menudo acompañados por españoles. Excepto por los representantes del ministerio de Asuntos Exteriores y el de Industria y Comercio, generalmente los acompañantes no eran funcionarios del Gobierno, pero todos ellos tenían contactos allí, algunos de ellos sabían mucho de lo que se estaba cociendo y estaban deseosos de ayudar.
Algunos de los empleados del hotel eran agentes alemanes o estaban bajo el control, directo o indirecto, de los alemanes o de la Falange. Nuestras habitaciones eran sistemáticamente registradas, y las cartas privadas a veces desaparecían. Pero otros eran amistosos y nos lo demostraban de varias maneras. Cuando los alemanes cenaban suntuosamente, por ejemplo, a menudo nos servían a nosotros la misma comida sin coste extra.
Puesto que los alemanes eran tan ostentosos en sus cenas, los americanos y los británicos a veces competían con ellos, con ayuda del personal de la cocina. Una noche Carroll y yo dimos una cena donde el plato principal eran espaguetis. No parece algo muy impresionante, pero de hecho en el Madrid de entonces los espaguetis eran un artículo raro y apreciado. El metre del hotel, que algunos sostenían estaba al servicio de los nazis, nos dio una mesa al lado de la zona alemana del comedor, y nos sirvió él mismo el plato con gran aparato, levantándolos y depositándolos de manera que todo el comedor pudiera verlo. Mientras nosotros y nuestros invitados comíamos los alemanes, repentinamente silenciosos, nos miraban babeando.
A medida que pasaba el tiempo, la presencia alemana en el hotel Ritz se volvió cada vez más discreta. Su número decreció, sus fiestas eran menos frecuentes y menos ruidosas. Casi desaparecieron el entrechocar de tacones y los saludos con el brazo en alto. Cuando dejé Madrid en mayo de 1944 los uniformes alemanes habían desaparecido de la ciudad y también, prácticamente, la influencia alemana. El cambio fue especialmente evidente cuando el conde Jordana estaba sirviendo en su segundo mandato como ministro de Asuntos Exteriores de Franco.
Cuando el entonces capitán Francisco Franco, con 23 años, resultó herido en la batalla de El Biutz[2], en el Marruecos español, fue mencionado por su valor y propuesto para la promoción a mayor, pero su edad era un impedimento. Sin embargo, cuando el alto comisario Jordana expresó la opinión de que su edad, en sí misma, era un mérito adicional, Franco logró su promoción. La asociación entre los dos estaba destinada a ser duradera y cada vez más estrecha.
Cuando era un joven oficial, Jordana fue herido en Cuba durante la guerra hispano-americana. Muchos años después, aunque no tenía interés en los asuntos militares ni papel alguno en ellos, sirvió en el gobierno militar de Primo de Rivera. Cuando, en medio de la Guerra Civil, Franco lo nombró ministro de Asuntos Exteriores, muchos pensaban que era demasiado viejo para el encargo, pero Franco consideraba que su edad y experiencia eran valiosas. Y cuando Franco, en septiembre de 1942, lo nombró ministro de Asuntos Exteriores por segunda vez, como sucesor del joven y políticamente ambicioso Serrano Súñer, valoraba como especialmente relevante su experiencia previa en ese cargo. Nuevamente tenía razón.
Sería difícil encontrar dos personas más dispares que Serrano y Jordana. Este último era pequeño, de habla suave, porte poco militar y límpido en su honestidad, monárquico comprometido de principios liberales y tan anticomunista como Serrano. Pero se inclinaba hacia los Aliados tanto como Serrano hacia el Eje.
Jordana odiaba el pecado aunque no al pecador. Pero despreciaba a Hitler tanto como a Stalin, y su admiración por las democracias era tan sincera como evidente su repudio del nazismo y el comunismo. Sin duda deseaba que España fuera democrática, pero incluso Nuestro Señor habría tenido dificultades para lograr eso durante los años en que Jordana sirvió como ministro de asuntos exteriores y los años inmediatamente sucesivos. Y por supuesto haría falta algo de ayuda y mucha tolerancia por parte de Nuestro Señor para que España alcanzara una democracia duradera en el futuro, en condiciones infinitamente más favorables que las existentes durante los mandatos de Jordana.
Aunque conocía a Franco desde hacía muchos años, Jordana había tenido poco o nada que ver con el Alzamiento Nacional. Sin ambiciones políticas propias, quería solamente servir a España. Doussinague, que les conocía bien tanto a él como a Serrano, me dijo una vez que mientras Serrano, como ministro, a veces era la voz de Franco y a veces la suya propia, Jordana siempre hablaba por Franco y los diplomáticos aliados lo percibían. Era totalmente aceptable para ellos y cooperaba en todo lo que podía; todo ello en circunstancias que raramente le concedían a él o a su gobierno mucha libertad de acción, sin que Franco o él pudieran cambiarlas sino gradualmente y con el mayor cuidado.
El 27 de diciembre de 1942 le escribí a Carroll, que estaba en los Estados Unidos: “La prensa estaba muy orgullosa esta mañana de que el nombre de Jordana hubiera sido utilizado en un crucigrama en el New York World Telegram. Es algo positivo; creo que se va a hacer popular en los Estados Unidos”. Jordana nunca llegó a ser popular allí, pero tampoco impopular como lo había sido Serrano. Y el que la prensa controlada por la Falange hubiera celebrado el uso de su nombre en un crucigrama de un periódico americano, era una señal de que incluso los halcones de la línea dura de la Falange estaban suavizando sus posiciones respecto a los Estados Unidos. De indicadores tan minutos nosotros, a menudo, podíamos entrever cambios en las actitudes de los pueblos y los gobiernos.
Una señal mucho más importante consistió en los nombramientos que hizo Jordana en el ministerio. Además de nombrar a Pan de Soraluce subsecretario de Asuntos Exteriores y confirmar a Doussinague como director general de Política Exterior, nombró a Vicente Taberna, que era un buen amigo del agregado comercial Ralph Ackerman, director general de Política Económica; a Germán Baraiba jefe de asuntos políticos europeos; y a Tomás Súñer jefe de asuntos americanos. Todos esos funcionarios eran firmes partidarios de los Aliados. Jordana también puso fin a la Falange Exterior que, de varias maneras, había intentado favorecer los intereses del Eje en América Latina. Como comentaremos en los próximos capítulos, el mismo Jordana tenía excelentes relaciones con los embajadores Hoare y Hayes, a veces mejores que las de uno con el otro.
[1] En francés en el original [N. del T.]
[2] Toma de El Biutz durante la guerra del Rif, 28 y 29 de junio de 1916 [N. del T.]
