Un auténtico héroe de la causa angloamericana en España fue Sir Samuel Hoare, que había servido en el gabinete de guerra de Neville Chamberlain y a quien muchos funcionarios en Washington (y quizá también una mayoría de súbditos británicos) consideraban un “apaciguador”. Como secretario de Asuntos Exteriores británico, Hoare en diciembre de 1935 estuvo de acuerdo con la propuesta de Pierre Laval, primer ministro de Francia, de ceder una parte del territorio abisinio a Italia que, bajo Mussolini, estaba intentando establecer un imperio colonial en África Oriental. El acuerdo fue recibido con indignación en Gran Bretaña, donde fue considerado como una traición a la Liga de Naciones y una concesión a la agresividad italiana. Hoare dimitió y fue sucedido por Anthony Eden. Sin embargo, Hoare no actuó como un apaciguador en España.
Cuando Hoare llegó a Madrid, el 1 de junio de 1940, el ejército alemán ya había ocupado buena parte de Francia, y muchos en el gobierno británico consideraban España, y posiblemente Gibraltar, como perdidos. Fue durante esta etapa inicial de su misión, cuando Gran Bretaña estaba al borde de la derrota, que Hoare prestó su servicio más importante. Era entonces, cuando Hitler estaba determinado a capturar Gibraltar y cerrar el Mediterráneo antes de invadir Rusia, que Alemania estaba ejerciendo la mayor presión sobre España para que ésta entrara en guerra; presiones que España resistió, en buena medida porque Gran Bretaña hizo posible la resistencia. Hoare fue uno de los principales arquitectos y el principal instrumento de la política británica en España.
Dudo que ningún otro embajador haya tomado posesión del cargo en circunstancias más dramáticas o que invitaran menos al optimismo. Neville Chamberlain, ya reemplazado como primer ministro por el más agresivo Winston Churchill, le dijo: “Dudo que valga la pena aceptar esta misión. Puede que nunca llegue a España, y si lo hace es posible que ya no vuelva. El ejército francés está derrotado y deshecho, nuestro propio ejército ya está siendo evacuado de Francia dejando atrás la mayor parte del equipo. Vaya a España si lo desea, pero no espere que en medio de tales derrotas su misión pueda tener éxito.”
Pero el amigo de Hoare, el almirante Tom Phillips, jefe adjunto del Estado Mayor Naval, le urgió a que fuera. Decía: “Debes ir inmediatamente. Es esencial que los puertos atlánticos de la Península Ibérica no caigan en manos enemigas. Con la probable pérdida de Francia y la flota francesa llegaremos al límite en nuestra batalla contra los submarinos. Si los puertos atlánticos en la Península Ibérica y con ellos la costa noroccidental de África llegan a caer bajo control del enemigo, no sé lo que vamos a hacer. Es esencial también que la base naval de Gibraltar siga disponible para nuestras comunicaciones en el Mediterráneo y con el Oriente. Si puedes hacer algo relativo a estas necesidades fundamentales de la guerra, tu misión será de la mayor importancia estratégica.”
Hoare fue a España. Partió en un aeroplano del gobierno británico hacia una guerra donde la victoria sería vital para la supervivencia de su país, y la supervivencia de la libertad en gran parte del mundo. En Lisboa encontró un telegrama ordenándole aguardar ulteriores instrucciones antes de ir a Madrid. Luego se le indicó que fuera pero teniendo el avión preparado en todo momento para el retorno a Inglaterra. Hoare, al corriente de muchos de los secretos de guerra británicos, llevaba encima un revólver que había aprendido a usar. También tenía una guardia personal de Scotland Yard. Temía el asesinato o el secuestro y estaba preparado para defenderse; voló a Madrid pero envió el aeroplano de vuelta a casa.
Mientras tanto, el mundo de Gran Bretaña se estaba derrumbando. Antes incluso de que Hoare y su esposa, la galante Lady Maud, partieran de Londres, el rey Leopoldo de Bélgica había ofrecido la capitulación a los alemanes. En Lisboa, Hoare supo que había sido completada la evacuación de Dunkerque. El 9 de junio la resistencia noruega cesaba. Al día siguiente, Mussolini declaraba la guerra. Diez días después los tanques alemanes alcanzaban la frontera española, y España se convertía en el aprensivo vecino de Hitler.
Hoare estaba convencido de que su misión era imposible. Escribiendo a Lord Beaverbrook cinco días después de su llegada dijo que, si hubiera imaginado las dificultades que encontraría, no habría ido a España. Pero lo peor estaba por llegar.
Cuando presentó sus credenciales al Generalísimo Franco, éste no le concedió la habitual entrevista personal tras la ceremonia. Posteriormente, cuando Franco lo recibió en una habitación adornada con las fotografías firmadas de Hitler y Mussolini, y Hoare hizo una discreta referencia a las necesidades económicas de España, Franco replicó que España no necesitaba nada del Imperio Británico. Franco entonces preguntó por qué los británicos no le ponían fin a la guerra en ese momento, puesto que no podían ganarla, y si continuaba la consecuencia sería la destrucción de la civilización europea. Hoare vigorosamente reivindicó la determinación británica a ganar la guerra; tampoco quedó impresionado por la declaración de Franco de que la política de España era abstenerse de entrar en el conflicto. Hoare dijo que él y Franco se despidieron, quedando éste poco convencido de la fuerza y la resolución del Imperio Británico, y Hoare quedando sorprendido por el complaciente sentimiento de Franco de estar destinado a salvar España. La impresión que dejó en él esta convicción de Franco se reforzó con el tiempo. Hoare tituló la edición inglesa de su libro Embajador en misión especial, pero más tarde dio a la edición americana el título El dictador complaciente.
Sólo un mes después, en su discurso anual para conmemorar el aniversario del Alzamiento Nacional, Franco públicamente reclamaba Gibraltar. “Dos millones de soldados están listos para revivir el glorioso pasado de España”, anunciaba. El día siguiente tuvo lugar el habitual, largo desfile de los militares y la Falange. Puesto que el resto del cuerpo diplomático asistiría, Hoare pensó que no debería faltar, pero cuando un grupo bien organizado empezó a corear “Gibraltar español” él y su mujer se marcharon con ostentación de la tribuna.
Aunque Hoare estaba profundamente desanimado, pasó a la ofensiva en Madrid y la mantuvo. Había tenido apenas tiempo de presentar sus credenciales cuando las tropas alemanas hicieron su aparición en la frontera septentrional de España. Eran perfectamente visibles al otro lado del pequeño puente en Irún, y en la prensa española apareció la noticia de que desfilarían en San Sebastián el siguiente domingo. Hoare protestó por este acto contrario a la neutralidad, el desfile fue cancelado y el oficial español que lo había autorizado fue suspendido. Serrano desmintió la versión que dio Hoare de este episodio; sostenía que había sido una confusión sin mayor significado, pero en general los españoles aceptaron la versión de Hoare.
Hoare había encontrado en Madrid una embajada increíblemente mal preparada para la guerra, o incluso para la paz. Por supuesto no había amigos en la prensa, controlada por la Falange, y habría sido contrario a las normas llevar el Times de Londres por valija diplomática. Tal era el poder de la burocracia que, mientras loe ejércitos alemanes se extendían como una capa de plomo sobre gran parte de Francia, Hoare tenía que recurrir a las más altas autoridades del gobierno en Gran Bretaña para que se enviara a Madrid el Times.
Era el momento para que Hitler marchara a través de España, tomara Gibraltar y cerrara el Mediterráneo, aprovechando la coyuntura de una debilitada y noqueada Gran Bretaña que estaba luchando sola, y una España postrada e indefensa cuya misma existencia dependía de la tolerancia de Alemania. Pero los alemanes todavía no habían atravesado la frontera, y Hoare pensó que podrían no hacerlo. Rápidamente se desarrolló en él un duradero disgusto por Franco y su régimen, pero su mente funcionaba de esta manera: Franco podía creer en la victoria alemana (como la mayor parte de los europeos), pero Franco no quería a Alemania en España. Esto era lo importante, y Hoare pensó que tenía posibilidades de conseguir algo partiendo de esos cimientos. Las noticias –y la propaganda- así como el comercio, que España necesitaba grandemente a pesar de lo que la había dicho Franco, eran los ladrillos que utilizaría para construir. Más tarde diría, con plena razón, que el comercio precedió a la bandera más bien que lo contrario, desde el momento que en 1940 la bandera británica no causaba mucha impresión en los españoles. Hoare no fue el primero en comprender la importancia del comercio; su predecesor, un distinguido diplomático de carrera, había también insistido en ello, como también los funcionarios en Londres, y los muy importantes acuerdos comerciales hispano-británicos habían sido firmados meses antes de la llegada de Hoare a Madrid.
Tras su llegada, Hoare trabajó noche y día para reducir la obvia ventaja que tenían los alemanes en España, buscando mejorar la posición para Gran Bretaña. Sus progresos seguían el paso de la guerra, pero nunca estuvo satisfecho. Parecía pensar que los españoles podían caminar sobre la cuerda floja y al mismo tiempo inclinarse hacia Gran Bretaña. O quizás con más propiedad, quería que los españoles pensaran que eran capaces de ello; a un cierto punto empezaron en efecto a creerlo, y a comportarse en consecuencia.
En sus primeros mensajes a Londres Hoare siguió mostrándose temeroso, pero en Madrid era el diplomático imperturbable, transmitía confianza y seguridad. No daba lugar con sus palabras, actos o gestos, a que alguien pensara que no tenía plena confianza en la victoria británica. Su actitud era despreocupada, su aplomo total. Alquiló una de las mejores casas de Madrid para su residencia, rivalizando en pretensiones con la del embajador alemán y, significativamente, al lado de la residencia de éste. Jugaba al tenis con frecuencia; no dejaba que la guerra interfiriese con sus rutinas.
Poco después de instalarse, cuando los británicos se estaban recuperando del golpe que habían sufrido en Francia, y Hitler estaba esperando el momento de desembarcar en Gran Bretaña y poner punto final a la guerra, Hoare dio la mayor fiesta que Madrid había visto desde el fin de la monarquía, con abundancia de whisky escocés traído desde Gibraltar. Los españoles disfrutaron mucho y muchos de ellos perdieron los sombreros o acabaron con otros que no eran suyos, porque la residencia de Hoare, si bien estaba equipada de manera impresionante (con el permiso de Londres, estaba usando la plata de su predecesor para consternación de su propietario) nunca tuvo un vestíbulo adecuado para recibir invitados. En este tema Hoare se las arreglaba como podía, de una manera típicamente británica. Nosotros de la embajada americana rápidamente aprendimos a dejar sombrero y abrigo en casa cuando íbamos a alguna recepción en la embajada británica, incluso en mitad del invierno. Era más fácil curarse de un resfriado en Madrid que comprar un sombrero o un abrigo que valieran la pena.
Lo que más ayudaba a Hoare a mantener el buen ánimo era su amistad con el ministro de Asuntos Exteriores Beigbeder. Su admiración por éste no tenía límites. Hoare informó el 8 de agosto a Lord Halifax, entonces ministro de Asuntos Exteriores, de que se había estado reuniendo con Beigbeder. Empezó una serie de visitas al ministerio que se convirtieron en diarias. Tales visitas también fueron la comidilla del barrio, pero Hoare no lo menciona; posiblemente no se dio cuenta en ese momento, aunque habría debido. Debería haber sabido que estaba siendo estrechamente vigilado. Pronto él y Beigbeder se empezaron a reunir para conversaciones confidenciales en lugares discretos.
Beigbeder se ganaba a Hoare poniéndole al tanto de actividades suyas de las que no tenían conocimiento los otros diplomáticos. Hoare informó con orgullo de que, cuando Beigbeder estaba negociando un acuerdo con Portugal, le mostró el documento original con las notas a lápiz y las enmiendas escritas al margen. Nos dice también en su libro que se encontraba junto a Beigbeder cuando éste autorizó a Lequerica, embajador español en París, para que actuara de intermediario para transmitir a los alemanes la petición de Pétain de un armisticio.
El 27 de septiembre Hoare, con algo de excitación, escribió una larga carta a Halifax describiendo una reunión que acababa de tener con Beigbeder en una villa ruinosa propiedad de la familia real, unos kilómetros fuera de Madrid. Durante la reunión Beigbeder había explicado su teoría de la guerra corta y la guerra larga. Decía que el ministro del Interior Serrano y los jóvenes falangistas habían apostado sobre una guerra que terminase ese otoño con una completa victoria alemana. Beigbeder, por su parte, había apostado sobre una guerra que se prolongase más tiempo y no con una victoria alemana total. Beigbeder pensaba que había excelentes posibilidades de que su política pronto sería avalada y la de Serrano desacreditada por los hechos.
Al mismo tiempo, decía Beigbeder, su victoria sobre Serrano no gustaría en España. La perspectiva de una larga guerra sería achacada principalmente a Gran Bretaña, que sería criticada por prolongar innecesariamente la guerra en perjuicio de España. En tales circunstancias recomendaba encarecidamente que Gran Bretaña llevara a cabo una campaña intensiva de propaganda por radio, para convencer a los españoles de que las necesidades económicas del país serían cubiertas. Urgió a Hoare a que volviera a Londres rápidamente para ocuparse de esta campaña.
Hoare quedó persuadido de la teoría de Beigbeder. Le dijo a Halifax que consideraba unidos los destinos suyo y el de Beigbeder; pero felizmente para Gran Bretaña, Hoare estaba equivocado en esto: menos de un mes después le enviaba una carta a Beigbeder lamentando su cese como ministro. Hoare lo consideró un acto de perfidia por parte de Franco, como consideró una bendición el posterior cese de Serrano. De manera más plausible, se puede argüir que los nombramientos de ministros de asuntos exteriores por Franco, así como su cese, reflejaban la situación internacional cambiante, siguiendo una pauta que incluso entonces era visible para muchos observadores pero se le escapaba a Hoare. Como ya hemos observado, la sustitución del pro-aliado Beigbeder por el pro-eje Serrano fue un golpe importante para las esperanzas de Hoare, quien se preguntó –como también Halifax- si no sería mejor abandonar y volver a casa. Hoare se inclinaba por regresar, pero Halifax le pidió que se quedara y ésta fue su decisión final.
La descripción que hizo Hoare del nuevo ministro no podía ser más hostil. Escribió, con considerable exageración, que Serrano se ausentaba de su ministerio durante largos períodos, virtualmente paralizando el trabajo. Decía que Serrano había adquirido la pasión de Franco por las visitas “ceremoniales”; que incluso cuando era ministro del Interior había visitado Berlín y Roma. Como ministro de Asuntos Exteriores, subrayó, había acompañado a Franco al encuentro de Hendaya con Hitler, y a mediados de noviembre estaba con Ciano rindiendo homenaje al Führer en Berchtesgaden. Hoare se indignaba por lo que él consideraba signos de egocentrismo y exhibicionismo por parte de Serrano. Habría rechazado cualquier idea de que esas visitas de Serrano pudiesen tener resultados beneficiosos para Gran Bretaña.
Hoare y Serrano se combatieron verbalmente durante dos años. Ninguno de los dos iba a cederle terreno al otro. Serrano llegó a respetar a Hoare, pero éste no tenía ningún aprecio por Serrano. Le odiaba con vehemencia, lo daba a entender en su conversación cuando estaba en Madrid, y es evidente en el libro que escribió. Dedicó seis páginas de éste a reproducir una carta que le escribió a una persona (cuyo nombre no revela) en Londres, vilipendiando a Serrano. En ella decía que Serrano, Ribbentrop y Ciano tenían mucho en común; que los tres eran vanos, pérfidos, ostentosos, celosos, cínicos y esnobs. Hoare quizá se hubiera sorprendido, de saber que Serrano detestaba a Ribbentrop casi tanto como Hoare a Serrano, que Ciano odiaba a Ribbentrop aún más que Serrano, y que Ciano describía a Serrano como un cantamañanas impulsado por la emoción, más que por el conocimiento o el buen sentido.
Más adelante en su libro, Hoare dice que Beigbeder creía que el Imperio Británico, con el apoyo de Estados Unidos que inevitablemente entraría en la guerra, como mínimo impediría una victoria alemana y posiblemente obtendría la victoria. Por lo tanto deseaba mantener relaciones amistosas con los británicos, para alejar la posibilidad de una nueva guerra en la Península; Serrano por su parte no ocultaba su convencimiento de que Ribbentrop, Ciano y él mismo se reunirían en Londres el 15 de septiembre de 1940 para la que, en Madrid, era llamada la fiesta de la victoria de Hitler. Esto lo decía Hoare, no Serrano, quien negó haber afirmado nunca algo parecido; yo dudo mucho que lo hiciese. Hoare dijo, además, que Serrano como Ministro de Asuntos Exteriores quería revertir la política de Beigbeder, favorable al Imperio Británico y a los Estados Unidos, aprovechando cada oportunidad para mostrar su aversión a estos.
Hoare no nos dice, por supuesto, que cuando Serrano fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores Hitler estaba ejerciendo una presión enorme sobre Franco, para que entrara en guerra contra Gran Bretaña, y que el nombramiento de Serrano puede haber ayudado a España a resistir esa presión. No podía decirlo porque no lo sabía en el momento de escribir el libro, como no podía saber que Beigbeder autorizó el repostaje de los submarinos alemanes en España. Hoare no sentía sino desprecio por Serrano en cuanto a su actuación como ministro del Interior, y dio por hecho que como ministro de Asuntos Exteriores le sería hostil, puesto que él representaba a un gobierno anglosajón y había sido un gran amigo de Beigbeder, su rival y predecesor.
La hostilidad entre Hoare y Serrano llegó al punto máximo dos días después de que Alemania invadiera Rusia, cuando una turba de jóvenes falangistas, probablemente siguiendo instrucciones de arriba, se reunió frente a los cuarteles de la Falange en Madrid para celebrarlo. Serrano dijo, con dudoso candor, que puesto que sus líderes no sabían qué hacer con los manifestantes, le pidieron a él que viniera y les hablara. Su discurso fue violentamente anti-soviético. “Rusia es responsable de nuestra Guerra Civil” –gritó-, “la historia y el futuro de Europa exigen su exterminio”. Dice que, tras este discurso, pidió a los manifestantes que se dispersaran pacíficamente. Sin embargo, algunos de ellos terminaron apedreando la embajada británica.
Hoare, justamente indignado por la manifestación y por el ataque a la embajada, asumiendo que ambos habían sido orquestados por los alemanes, reaccionó de inmediato. Reuniendo a los miembros principales de su equipo, incluyendo a los tres agregados militares de uniforme, alguno de ellos según Serrano armado, Hoare se encaró con Serrano en la casa de este último, protestando enérgicamente de pie, sin sentarse. Serrano dice que, tras haberles respondido que el gobierno deploraba el incidente y tomaría medidas para evitar que se repitiese (se refería naturalmente sólo al ataque a la embajada), Hoare gritó, rojo de ira, que eso podía suceder solamente en una nación bárbara. Serrano les mostró la salida.
Hoare pensaba que los nazis estaban exultantes por el incidente de las piedras, y sin duda tenía razón. Yo pienso que los británicos salieron ganando. La historia que se contaba en Madrid al día siguiente fue que algunos de los manifestantes habían llamado a la puerta de la embajada y, cuando un miembro del personal abrió y preguntó lo que querían, le gritaron: “Gibraltar, Gibraltar”. “No lo encontraréis aquí”; les respondió con calma el inglés, cerrando la puerta.
En mi opinión esa historia, que hizo las delicias de los españoles contrarios a la Falange (es decir la mayoría), fue una compensación más que suficiente por las pocas ventanas rotas como resultado del episodio. Considero además que el ataque a la embajada fue beneficioso para Gran Bretaña, porque cuando los ecos llegaron a Berlín hizo que los nazis fueran más optimistas de lo que debían respecto a España. El mismo Hoare, por lo que parece bastante satisfecho de su brillante papel, informó a Londres de que el incidente podía tener efectos beneficiosos.
Serrano acusó a Hoare de querer intervenir en los asuntos internos de España, y Hoare en efecto abogaba abiertamente por un pronto retorno de la monarquía, algo que estaba lejos de las intenciones de Franco. Poco después de la llegada de Hoare a Madrid, el embajador portugués, un fervoroso pero discreto partidario de los Aliados, invitó a Hoare a una cena en la cual éste hizo un apasionado discurso monárquico, creando una situación embarazosa para su anfitrión. El mismo Hoare comentaba que tal vez había ido demasiado lejos en sus comentarios sobre la política española. Escribió que cuando más tarde Jordana fue nombrado ministro en sustitución de Serrano, era mejor que él se encontrara en Inglaterra. Si hubiera estado en Madrid, dice, habría habido murmuraciones inventadas acerca de su venganza contra Serrano y la parte que él había tenido. La verdad es que, nos dice con toda seriedad, sólo Franco era responsable puesto que él, Hoare, en ese momento estaba en Inglaterra. Hoare se estaba defendiendo de una acusación que nadie le había hecho, pero quería que se supiera que tal acusación habría sido posible y razonable. Se complacía en la idea de que alguien pensara que tenía suficiente poder como para causar la caída de Serrano.
Hoare contrarrestaba las dificultades que Serrano le creaba, o que pensaba que Serrano le creaba, con la cooperación con Demetrio Carceller, el fascinante ministro de Industria y Comercio. Dice que había pocos días en que no hubiera visitas entre la embajada británica y el ministerio de Carceller. Añadía que éste no dudaba en criticar a sus colegas ministros, especialmente a Serrano. Carceller, astuto observador y hábil negociador, naturalmente sabía que escuchar críticas a Serrano era muy del agrado de Hoare; Carceller se había ufanado conmigo de que podía engañar a los alemanes como quisiera, y que les había dicho a estos que podía engañar a británicos y americanos a placer. Lo que Hoare ignoraba, o prefirió no ver, es que mientras Carceller estaba involucrado en cerrar acuerdos con el Eje y los Aliados que fuesen beneficiosos para España, Serrano (como Franco) estaba intentando rechazar los acuerdos que más deseaba Hitler, y que habrían llevado a España a entrar en guerra del lado del Eje. Como ya se ha comentado, sería aventurado sostener que el amigable Carceller fue más útil para los aliados que el enojoso Serrano, pero era lo que creía Hoare, y lo que quería creer en aquel momento.
Serrano no tenía muchos motivos para apreciar a Hoare, y de hecho no le gustaba, pero dudo que correspondiera en la misma medida a la inquina que le tenía Hoare. A mediados de 1941, cuando Serrano le estaba negando al embajador Weddell el acceso a Franco, le pregunté a Carceller por qué Serrano tenía una actitud más ofensiva hacia los americanos que hacia los británicos. Carceller replicó que Weddell, en la mente de Serrano, era el arquetipo de rico hombre de negocios americano al que despreciaba y posiblemente envidiaba, mientras que admiraba el tipo de “lord inglés” que representaba Hoare. De hecho a Serrano le hubiera gustado ser él mismo un lord inglés, dijo Carceller. Si Serrano tenía esa opinión de Weddell como decía Carceller, estaba equivocado por supuesto, pero Carceller puede que describiera con precisión la actitud de Serrano hacia el “lord inglés” que Hoare iba a encarnar en su misión en España.
Hoare, sostenía Serrano, dividía a los españoles en dos grupos: por un lado las marionetas de Alemania con Serrano a la cabeza, por otra los amigos de Inglaterra y de Sir Samuel Hoare. “Una peligrosa clasificación” como la calificó. Hoare, pensaba, debería haber sabido que los españoles estaban buscando el modo de servir a España. Serrano observaba, correctamente, que Hoare se quería llevar el mérito de la neutralidad española. “Seamos honestos” –decía- “y no olvidemos que Stalin, tras la ruptura ruso-alemana, era la causa de que Hitler no concediera la misma atención que antes a los asuntos en el frente occidental. Fue esto, más que todas las intrigas de Sir Samuel Hoare, lo que mantuvo a la Wehrmacht fuera de nuestro país.”
Todas las actividades de Hoare como embajador estaban ligadas, de una u otra manera, a la guerra. Como cualquier embajador, tenía la responsabilidad de la protección de sus conciudadanos, y la guerra aumentó mucho el alcance y la complejidad de esa tarea. Tras la caída de Francia, en especial, muchos aviadores que habían sido derribados sobre la Europa ocupada cruzaban los Pirineos, y también lo hicieron miles de refugiados franceses, en su mayor parte militares que querían alcanzar Argelia.
Algunos refugiados consiguieron llegar a algún consulado británico, o incluso la embajada en Madrid, sin ser detectados por la policía; pero la mayor parte bien se entregaron, bien fueron capturados e internados en un gran campo de concentración en el norte de España, que había sido construido para albergar a los prisioneros republicanos durante la Guerra Civil. Hoare trató de obtener un buen tratamiento para esos refugiados, pero era muy difícil; no tanto porque los nazis estuvieran vigilando sino porque los recursos de España eran muy limitados. Era difícil, incluso para los españoles, obtener suficiente comida para mantenerse en buena salud. Los agentes de Hoare adquirieron alimentos y otros suministros en Gibraltar y Lisboa, transportándolos cientos de kilómetros hasta el campo. Cuando se liberaba a los internados, los trasladaban a Portugal o a Gibraltar para que fueran evacuados. Dada la penuria de medios en España, fue un logro notable. Hasta que los Estados Unidos organizaron su propio programa de refugiados, y De Gaulle hizo lo propio, Hoare asumió la responsabilidad de ocuparse de todos los refugiados aliados. Construyó un anexo a su residencia donde alojaba a muchos de ellos en tránsito. Todos los refugiados de Hoare pudieron salir de España, la mayoría de ellos para volver al servicio militar activo.
La labor de Hoare con los refugiados fue impresionante, pero poca cosa en comparación con sus otras actividades, que buscaban obtener facilidades para Gran Bretaña mientras limitaba lo posible lo que el Eje obtenía de España. Al mismo tiempo, era selectivo en sus tratos y sus demandas al gobierno español. En sus primeros mensajes a Londres enfatizaba que no había alternativa, para España, a una política de apaciguamiento hacia Alemania y que Gran Bretaña debía hacerse cargo.
En otra de sus cartas a Halifax hacía la advertencia de que Gran Bretaña no estaba en una posición tal de poder imponer condiciones previas a los españoles; que si les pedía que pusieran fin a la propaganda alemana en la prensa, por ejemplo, sería imponer una condición que los españoles no podrían cumplir, y cualquier intento de hacerlo podría ir contra los propios intereses británicos. Loa alemanes, que ya estaban en los Pirineos, hubieran podido responder solicitando el libre tránsito de sus tropas en España.
En contraste con esta tolerancia que pedía de Londres respecto a la abierta actitud pro-alemana de España que, él esperaba, favorecería a la causa aliada, Hoare fue incansable en protestar contra los actos de ayuda militar directa al Eje. Por varias razones, entre las que estaban la geografía, la mayor familiaridad con los asuntos españoles, y la circunstancia de que Gran Bretaña llevaba más de dos años en guerra cuando los Estados Unidos fueron forzados a entrar en ella, a Gran Bretaña le tocó detectar esos actos y protestar contra ellos; Hoare aceptó gustosamente esta carga (que se les ahorró a los embajadores americanos) y llevó a cabo la tarea de manera soberbia. En una especie de memorándum al ministro Jordana datado simplemente “julio de 1943”, una de sus protestas era relativa a operaciones de suministro de submarinos alemanes e italianos en aguas española. Entre otras quejas, observaba que a los agentes del Eje se les había permitido establecer una vasta organización para el sabotaje de barcos ingleses; que se les habían otorgado a los alemanes facilidades para establecer estaciones de observación nocturnas en ambos lados del Estrecho de Gibraltar; que los alemanes habían montado una red de espionaje en España e instalado estaciones de transmisión de radio. Y además, tocando un tema que Hayes había ya discutido con Franco, o iba a hacerlo (hay dudas sobre qué embajador los hizo en primer lugar), Hoare dijo que la División Azul todavía estaba en Rusia y que, si no era repatriada, podría convertirse pronto en la última unidad no alemana luchando para los alemanes. También, añadió, los eventos se estaban sucediendo rápidamente y España corría el peligro de verse superada por ellos. El memorándum, al que Hoare se refiere como su “Gran Acusación”, ocupa siete páginas de su libro.
No contento con la Gran Acusación Hoare, menos de un mes después, persiguió al general Franco hasta La Coruña, en el norte de España, donde éste estaba pasando sus vacaciones, y le entregó una segunda lista de quejas. Desde su último encuentro con Franco el Rey de Italia había arrestado a Mussolini, e Italia estaba al borde de la derrota militar. Hoare estaba impaciente por conocer las reacciones de Franco a estos importantes eventos. Sin embargo insistió en afirmar que los temas que quería discutir eran la Falange, la no beligerancia y, una vez más, la División Azul. Sin embargo encontró, con gran irritación, que Franco estaba poco dispuesto a tratar los asuntos que él quería. Dijo que Franco estaba, en tiempo de guerra, a cientos de kilómetros de Madrid, confortablemente repantigado en su sala de fumar, con la misma disposición a hablar del tiempo, de las cosechas, o de la temporada de caza que de los grandes eventos que estaban teniendo lugar en el mundo. Hoare añadió que sus poderosas palabras llegaron al blanco pero no provocaron ninguna conmoción.
El comportamiento de España mejoró, peor no lo suficiente como para satisfacer a Hoare. El 27 de enero de 1944, tras hacer entrega de una nueva lista de quejas, advirtió secamente a Franco de las posibles consecuencias para España de persistir en acciones no neutrales que favorecían al Eje. Hablando oficialmente, apuntó que si España seguía dando asistencia al enemigo más allá de lo que se pudiese justificar por fuerza mayor, si gobierno se vería obligado a modificar su política respecto a España. Sugirió, por tanto, a Franco que reflexionase no sólo sobre la conveniencia de atender las peticiones británicas sino también en las futuras relaciones de España con las Naciones Unidas en su conjunto. Tras la decisiva victoria aliada, de la cual el gobierno británico estaba seguro, las más importantes relaciones políticas y económicas de España tendrían lugar con las naciones vencedoras. Sugirió a Franco que considerara si, en tales circunstancias, debería permitir acciones que inevitablemente perjudicarían su imagen ante los pueblos de las naciones aliadas. Si España quería garantizarse que las potencias victoriosas la aceptaran como un socio en el mundo que seguiría al final de la guerra, debía observar estrictamente la neutralidad y debía cesar la asistencia a Alemania, dijo.
Pierre Daninos nos dice que un inglés como se debe pierde toda su dignidad si habla de sí mismo, particularmente al principio. Pues bien, o Daninos no tenía razón o Hoare no era un inglés como se debe. Comienza la historia de su encargo en España informándonos que su familia era del más rancio abolengo en Inglaterra y la más antigua familia de banqueros de Londres. Nos recuerda que había servido treinta y cuatro años en la Cámara de los Comunes, y también que había servido como Primer Lord del Almirantazgo y Secretario de Estado en India, de Asuntos Exteriores y del Interior; cuatro veces como responsable del Ministerio del Aire, y Lord del Sello Privado[1] en el Gabinete de Guerra. Nos dijo también que había servido en el Ejército durante la Gran Guerra, llevando a cabo misiones en Rusia, Italia y los Balcanes. Era evidente que en tales circunstancias el cargo de embajador en España, aun en misión especial, era algo muy por debajo de su categoría.
La hoja de servicios de Hoare en España, especialmente en 1940 y 1941, fue notable, pero él mismo no era para nada una persona notable. Serrano nos ha dicho que había estado ansioso por conocerle porque era una gran figura de la historia europea. Nos comentó su decepción cuando Hoare llamó a su ministerio y tuvo la oportunidad de hablar con él y observarle. Serrano dijo que mientras hablaba, Hoare tenía un pañuelo fuertemente apretado en la palma de su mano izquierda. Repetidamente lo ponía en su chaqueta y luego lo volvía a coger. Serrano contemplaba la operación, que yo mismo no recuerdo haber notado, con interés y posiblemente divertido, aunque no era un hombre de sonrisa fácil.
El mismo Serrano tenía una tos nerviosa y un tic nervioso que no se le escapó a Hoare. Uno se puede imaginar a estos dos hombres de Estado, hablando de materias de vida o muerte para sus naciones, detestándose cordialmente, y cuidadosamente observando cada uno los tics del otro.
Hoare era un político que, aunque carecía de calor y de humor, siempre estaba en el escenario. Consciente de su reputación de apaciguador, estaba decidido a no apaciguar en España ni, lo que era incluso más importante, dar la impresión de que apaciguaba. No era una persona por así decir “entrañable” y tampoco, para muchos, de trato agradable, pero era disciplinado y seguro de sí mismo. Sospecho que incluso sus arrebatos de rabia estaban planeados. A menudo estaba en compañía suya, pero le vi nervioso solamente una vez, en una ocasión mundana. Los Hoare habían invitado a cenar al embajador turco y a su mujer. Ésta, una princesa egipcia, era encantadora, pero el embajador mismo, quizá demasiado consciente de la independencia de su país durante la guerra, fue más bien desabrido y no prestó mucha atención a nadie.
El plato principal fue un suculento jamón que había sido traído desde Inglaterra[2]. Cuando se le ofreció a la esposa del embajador ésta declinó educadamente, pero el embajador fue menos cortés. Desde luego Hoare debería haber anticipado el problema; rigorista él mismo en lo relativo al protocolo, quedó grandemente en evidencia. Pidió disculpas a sus invitados musulmanes y preguntó si querían huevos con tocino. A princesa sonrió y negó con la cabeza; el embajador murmuró algo y se concentró en las verduras.
Hoare tenía una historia simpática para contar que le sucedió en Madrid. En una de las comidas anuales de Franco ofrecidas al cuerpo diplomático, vio una persona de agradable aspecto que le parecía familiar, y le estrechó la mano. Luego le preguntaron por qué le había estrechado la mano al embajador italiano. Hoare dijo que no se había dado cuenta de que era el embajador de Italia. Le habría estrechado la mano igualmente, añadió, porque no consideraba a los italianos combatientes en la guerra. La anécdota fue bien recibida en Madrid porque reflejaba la opinión que una mayoría de españoles tenía del papel de Italia en la guerra.
Hoare no era un hombre fácil de querer pero, a su manera, gustaba a los españoles, incluso cuando se lo ponía difícil. Les gustaba porque era en buena medida su tipo de persona, a la que comprendían y valoraban. Como muchos españoles, era un monárquico. Como muchos en el gobierno, y también fuera de él, era un reaccionario. Como los españoles, tenía los ojos firmes en el pasado incluso cuando miraba al futuro. Cuando la guerra se aproximaba a su final, Hoare habló con el embajador Hayes de dividir África del Norte en dos zonas de influencia, británica y americana. Era el tipo de hombre y el tipo de plan que los españoles entendían. Ellos pensaban en términos similares, excepto que era España la que debía ganar territorios e influencia; es decir si Alemania hubiera ganado la guerra, y si hubieran participado en las condiciones por ellos mismos estipuladas.
Casi hasta la víspera del desembarco aliado en el norte de África, Hoare sostenía que más de un influyente general ansiaba una campaña africana (presumiblemente del lado del Eje) donde los españoles pudieran ganar los laureles y los beneficios de una fácil victoria. La verdad es que si algún general, influyente cuanto queramos, hubiera sugerido una empresa tan quijotesca a Franco en ese momento de la guerra, habría habido un general influyente menos en servicio activo en el ejército español. La única manera de que España pudiera obtener una victoria de cualquier clase en África, en ese momento, era poniéndose del lado de los Aliados, y ni siquiera los más pro-aliados de entre los españoles lo recomendaban. Hoare decía también que la Falange se estaba volviendo más agresiva por momentos. De nuevo, la verdad era que la Falange sobrevivía porque le era útil a Franco; se libraría de ella si pensaba que había llegado el momento.
En todo caso, cualquier preocupación que tuviera Hoare acerca de una campaña española en África despareció cuando supo de los próximos desembarcos anglo-americanos en Marruecos y Argelia. Insistió mucho sobre su propio papel en la preparación de los desembarcos; nos informó de que durante un viaje a Londres urgió a que se emprendiera una campaña africana, y que en un posterior viaje en agosto de 1942 estuvo involucrado en muchas reuniones sobre la ofensiva venidera. Cuando regresó a Madrid al principio de octubre tuvo cerca de un mes para prepararse hasta el comienzo de la ofensiva. Tales preparaciones, aparentemente, consistieron en proseguir la parte británica del programa de ayuda económica (si bien con más publicidad) y asegurar a Jordana, en el mismo momento de los desembarcos, que estos no eran una amenaza para España o los intereses españoles. El embajador Hayes recibió el encargo de comunicar un mensaje similar a Franco.
Después de los primeros días de la campaña, Hoare había tenido tiempo de valorar la situación mundial, y decidió ilustrarle al gobierno español sus conclusiones. En un largo memorándum personal con fecha 19 de febrero de 1943, le dio a Jordana tres razones por las que la victoria aliada estaba garantizada. 1) La creciente superioridad sobre el Eje de los armamentos aliados en cantidad y calidad, 2) El fracaso de Alemania en consolidar sus conquistas, y 3) La certeza de una guerra en dos frentes en Europa gracias a los éxitos rusos y las próximas ofensivas anglo-americanas.
Hasta aquí Hoare pisaba terreno firme, y Jordana no disintió de sus afirmaciones. España tenía excelentes embajadores en Londres, Washington, Berlín y Roma; Jordana sabía muy bien cómo iba la guerra. Pero entonces Hoare se aventuró en un futuro algo más lejano, y allí no veía lo mismo que Jordana.
Abordando directamente el problema que mayormente preocupaba al gobierno español, Hoare dijo que no había razón para los temores de algunos países neutrales de que una victoria soviética traería una Europa dominada por el comunismo. La victoria al final de la guerra, prometió, sería una victoria aliada, no rusa; una victoria en la que el Imperio Británico y los Estados Unidos tendrían la mayor influencia. Añadió, para remachar su argumento, que según las declaraciones del mismo Stalin, la política de Rusia no sería la de interferir en los asuntos internos de otras naciones.
Jordana tenía una respuesta para esto. Replicó a Hoare que el comunismo era de hecho el mayor peligro a que se enfrentaba el mundo, y puesto que era propagado por la poderosa Rusia, todas las naciones tenían motivos para alarmarse. Añadió que la preocupación de España era compartida, especialmente por los vecinos más cercanos de Rusia. Prediciendo que Rusia penetraría profundamente en territorio alemán, preguntó cuál sería el mayor peligro: si una Alemania a la que se dejara mantener una fuerza suficiente para contener el comunismo en Europa, o una Alemania invadida por Rusia, que le permitiría a esta última tener un imperio sin precedentes desde el Atlántico al Pacífico.
Observando que Alemania era la única fuerza existente en el centro de Europa capaz de contener y posiblemente destruir al comunismo, Jordana dijo, agudamente, que Alemania tendría que ser inventada si no existiera; sería una locura pensar que su lugar pudiera ser ocupado por una alianza de lituanos, checos, rumanos, pueblos que rápidamente serían convertidos en partes del imperio soviético. Si Jordana hubiera añadido a los letones, estonios, búlgaros y húngaros a la lista, se habría acercado mucho a la verdad.
Hoare no se retractó de sus tesis sin embargo. En un segundo memorándum formuló la cuestión irrelevante de por qué Hitler había destruido Polonia, que había sido un escudo frente a Rusia. Hoare estaba esgrimiendo pobres argumentos en un debate. Hablaba de lo que ya había sucedido y no podía ser cambiado, más de lo que se podría hacer que sucediera en el futuro, que era por donde había empezado. Hoare le dijo a Jordana que una nueva era estaba llegando, una era de predominio anglo-americano. Predijo que Gran Bretaña se convertiría en la mayor potencia militar de Europa, que su influencia sería mayor que en cualquier otro tiempo desde la caída de Napoleón y que la fuerza del imperio, virtualmente ilimitada, ayudaría a garantizar la paz en Europa. Antes de que hubiese una oportunidad real de poner a prueba las teorías de Hoare, sin embargo, el Imperio Británico que él conoció había dejado de existir.
En su libro Hoare asumía, probablemente de forma incorrecta, que Jordana aceptaba sus tesis y que, a pesar de esto, Franco no cambió realmente de política y aparentemente confiaba más en el general Vigón, que estaba bajo la influencia del almirante Canaris. Cuando escribía esto, Hoare no sabía que Canaris, en 1940, posiblemente había salvado a Gran Bretaña de la derrota revelándole a Vigón que Franco podía, sin peligro, ignorar las demandas de Hitler para que España permitiera el tránsito de tropas hacia Gibraltar y para entrar en la guerra. Parecía asumir que, excepto por el Duque de Alba y otros pocos monárquicos, todas las personas cercanas a Franco eran enemigas de Gran Bretaña.
Hacia finales de 1943, con el Eje retirándose en todos los frentes, Hoare consideró seriamente la posibilidad de que los Aliados derrocaran el gobierno de Franco. En una carta a Londres del 11 de diciembre de 1943, sugería que quizá había llegado el momento de acabar con la complacencia de Franco bloqueando las importaciones y paralizando la economía española. Hoare reconocía que tal paso podía ser peligroso, que podría hundir a España en la anarquía; que podía provocar una masacre de los líderes de la Falange o un terror negro contra los “rojos”. Tales perspectivas en sí mismas no le preocupaban; pero sí que los saboteadores alemanes pudieran aprovechar la situación en detrimento de Gran Bretaña. Si de todas formas en Londres pensaban que Gran Bretaña era lo bastante fuerte como para ignorar los problemas en la Península, Hoare consideraba que se podía jugar la carta económica con buenas posibilidades de derribar el régimen de Franco. Hoare claramente se regocijaba ante esta idea, pues pensaba que no podía haber buenas relaciones entre el régimen y los Aliados; incluso si el precio era causar el caos en España.
Nuevamente Hoare resultó un mal profeta. Franco llegó a construir buenas relaciones con Gran Bretaña y los Estados Unidos. Y mucho antes de la muerte de Franco y de la Falange murió el falangismo, como fuerza política organizada.
Lo que se jugaba Gran Bretaña en España era mucho, y Hoare debe de haber hecho, el principio, un gran esfuerzo por congraciarse con Franco, pero no lo consiguió. Con Hitler que dominaba en Europa occidental y tenía el poder de privar a España de los medios de subsistencia, y con Inglaterra al borde de la derrota, Franco poco había hecho para ayudarle, pero el propio carácter de Hoare también tenía que ver con ello. Apaciguador o no, Hoare había tenido una distinguida carrera. Había tratado con otros grandes del mundo de igual a igual y consideraba a Franco poca cosa, comparado con la mayor parte de los otros y en definitiva con sí mismo. Nos dice en su libro que una de sus primeras peticiones fue la de una audiencia privada “con el gran hombre”. El sarcasmo no ayudó a Hoare en la consideración que de él tenían sus amigos o sus oponentes, pero en el caso de Franco probablemente le proporcionaba un alivio psicológico. La afirmación de Franco durante su primera entrevista personal, de que España no necesitaba nada del Imperio británico, le escoció a Hoare durante todo su mandato, aunque más tarde Franco modificara su actitud. Hoare probablemente nunca había oído hablar del arquetipo del español que, cuando su despensa está vacía, se pone en la puerta de su casa después de la hora de cenar hurgándose los dientes con un palillo. Franco era un auténtico español.
En los últimos dos capítulos de su libro, Hoare hizo un resumen de sus sentimientos hacia Franco, pero sus palabras no vienen tanto del diplomático que había colaborado a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, como del político que en su distrito electoral de Chelsea tenía una reputación de apaciguador que quería combatir. Uno por uno enumeró los pecados reales o presuntos de Franco, los mismos a los que había ya dedicado muchas páginas: el maltrato de los “rojos” durante la Guerra Civil, sus discursos, su deseo de que Alemania venciera, su afinidad con Hitler y Mussolini, la ayuda que había proporcionado al Eje. (A menudo me he preguntado si Hoare pensó alguna vez lo extraño que era que un hombre tan malvado como él decía que era Franco hubiese elegido al ídolo de Hoare, Beigbeder, como Ministro de Asuntos Exteriores.)
Hoare llegó a plantearse la cuestión de si las acciones de Franco podían estar justificadas por su deseo de mantener a España fuera de la guerra, dándole al Eje palabras en vez de hechos; pero a la postre rechazó de plano este argumento. Decía que Serrano en Berlín y Franco en Hendaya habían pagado la deuda que tenían con los alemanes. Incluso insistía, penetrando en la mente de Franco, que éste había servido a Hitler de buena gana. Cuando Hoare escribió tales cosas presumiblemente ignoraba lo que realmente había sucedido en Berlín, Hendaya y Berchtesgaden. Incluso si lo hubiera sabido, con todo, probablemente habría dado poco crédito a Franco o a Serrano. (Hoare nos dice en el prefacio de su libro que no había intentado corregir las impresiones que tuvo en España, a la luz de lo que después se llegó a saber.)
El izquierdista PM en Nueva York no habría podido usar términos más duros para condenar a Franco o negar el reconocimiento de la ayuda que éste les había dado a los Aliados; su reluctancia a entrar en la guerra fue de ayuda, decía Hoare, y también ayudó a Franco a permanecer en el poder, añadía. Pero también podría haber dicho, con igual justicia, que si los Aliados habían ayudado a que España permaneciese fuera de la guerra no era por amor a España o a Franco, y que Franco permaneciera en el poder era tan beneficioso para los aliados como para España. Después de cuatro páginas de resumen, Hoare concluía afirmando que no había réplica posible a sus acusaciones. Y sin embargo, continuaba, ahí seguía Franco: rechoncho, engreído, complaciente, aparentemente tranquilo y seguro de sí, convencido de que era indispensable y de su sabiduría.
¡Cómo había cambiado Hoare! No importaba que él mismo hubiera recordado a Londres, muchas veces, que la política de España beneficiaba a Gran Bretaña, y que la caída de Franco no ayudaría. No importaba que él hubiera avisado que, si Gran Bretaña solicitaba a Franco que pusiera fin a la propaganda alemana en la prensa española, sería como pedirle a Franco que se arriesgara a provocar un ultimátum alemán, en el que estos demandasen libre tránsito de sus tropas a través de España hacia Gibraltar. No importaba que él mismo hubiera repetidamente recomendado a Londres que se tuviera paciencia con España.
Esas tempranas advertencias estaban plenamente justificadas cuando Hoare las hizo. Efectivamente eran racionales a la luz de la política aliada hacia España, la que tenía que defender. Esa política asumía que si los Aliados creaban las condiciones para que España permaneciera neutral, Franco respondería, lo que en efecto sucedió. Y sin embargo, llevado por su aversión hacia Franco y, sin duda, por una compulsión a demostrar que no había apaciguado a Franco, Hoare casi llegó a negar cualquier papel de Franco en el éxito de la política de los Aliados en España.
Refiriéndose a su propia embajada, Hoare dijo que fueron los británicos quienes, en los difíciles días de 1940 y 1941, fomentaron el sentimiento popular contra la guerra y el nazismo. Los británicos, a través de acuerdos comerciales y contactos personales, fortalecieron la buena disposición por parte del pueblo español hacia los Aliados e Inglaterra, en un período en el que el gobierno de España estaba controlado por el enemigo.
Por supuesto que el gobierno español era tan parte de los acuerdos comerciales como el británico, y tales acuerdos eran tan beneficiosos para gran Bretaña como para España. Además, si el gobierno español estuvo alguna vez en manos del Eje, lo que es muy dudoso, en todo caso habría sido sólo brevemente, en 1940 cuando la victoria del Eje en Europa parecía inevitable e inminente; e incluso entonces Franco había medido sus condiciones para que Hitler no las aceptara. Nada de lo que hubieran podido hacer los gobiernos americano y británico podría haber mantenido a España fuera de la guerra si no lo hubiera querido el gobierno español.
Tras la guerra hispano-americana, Theodore Roosevelt escribió un libro sobre su accidentado período en Cuba y sus logros. Dijo que podría haber llamado a su libro Solo en Cuba. Uno estaría tentado de llamar a la relación de logros de Hoare, que él tituló El dictador complaciente, más bien El embajador complaciente o incluso Solo en España.
Al principio de su libro, hablando del uso de Gibraltar como punto de concentración de tropas para los desembarcos en África del Norte, Hoare decía que sería imposible engañar al enemigo, pues Gibraltar estaba vigilado por una legión de espías y diariamente entraban miles de trabajadores españoles. Habría cientos de barcos aliados y miles de aviones; los alemanes le pedirían al gobierno español una explicación de lo que estaba sucediendo, por qué la tierra de nadie entre España y Gibraltar estaba siendo usada para una tremenda acumulación de aviones y un gran número de naves se estaban reuniendo, no solamente en Gibraltar sino también en la Bahía de Algeciras. El uso de Gibraltar, al alcance de las baterías pesadas españolas que ya estaban en posición, fue una de las claves de la victoria aliada en Europa; pero en el balance que hizo Hoare, que era una casi completa condena de Franco, no reconoció que hubiera habido engaño alguno de Alemania por parte de España.
Hoare incluso utilizó información que indicaba claramente cómo Franco estaba engañando al Eje, para demostrar lo contrario. El 15 de diciembre de 1943, después de que España hubo modificado su política, de una no beligerancia que favorecía al Eje a corto plazo (pero que le perjudicaba a largo plazo) a una neutralidad que ayudaba a asegurar la victoria aliada, Hans Diekhoff, el embajador de entonces de Hitler en España, informó de una conversación que había tenido con Franco. Diekhoff dijo que había protestado ante Franco por la ayuda que España había proporcionado a los Aliados; ayuda que incluía la retirada de la División Azul del frente ruso, el paso de los refugiados franceses al norte de África, la entrega de los barcos mercantes italianos al gobierno de Badoglio que había reemplazado al régimen fascista de Mussolini, el internamiento injustificado de tripulaciones de submarinos alemanes, acciones contra los barcos alemanes en Vigo y las Canarias “y más cosas” (los motivos de queja eran evidentemente demasiado numerosos para que el embajador los citara todos). Diekhoff informó de que Franco le había escuchado tranquilamente y con seriedad, explicando después que sus acciones en todos esos casos redundaban en beneficio de Alemania.
Por si no fuera suficiente, Diekhoff informaba de que Franco había aprovechado la ocasión para expresar el deseo de que Alemania suministrara a España no solamente más armas de las que ya había enviado, sino más todavía de las que pensaba enviar en ese momento. Había insistido en su esperanza de una victoria alemana y en su amistad hacia Alemania, y había “muy calurosamente” pedido a Diekhoff que transmitiera sus más cordiales saludos al Führer.
Uno puede imaginar la furia con que Hitler debió leer el informe de Diekhoff, si es que alguien tuvo el valor de entregárselo. No obstante, Hoare citó ese informe en su esfuerzo para probar que, incluso en fecha tan tardía, Franco estaba decidido a entra en la guerra del lado del Eje, siempre que no se involucrara demasiado en la lucha.
El hecho de que los gobiernos posbélicos de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, fuertemente influenciados por la Unión Soviética que estaba determinada a derribar el gobierno de Franco y vetar la membresía de España en las Naciones Unidas, también utilizaran el informe Diekhoff como evidencia de la colaboración de Franco con el Eje, no es una disculpa para que Hoare hiciera lo mismo. Después de todo Hoare sabía cómo estaban las cosas por experiencia directa. En una carta anterior a Londres éste había dicho de los españoles: “Cuando lleguen las demandas [alemanas] es difícil ver cómo podrían resistir a ellas. La voluntad de resistir está ahí, pero no el poder. Todo lo que puedo hacer es intentar reforzar esa voluntad y esperar que suceda algo antes de que esas demandas lleguen”. Cuando escribía esto, las demandas ya habían sido comunicadas y España había resistido, pero después Hoare habló de Franco como si no hubiera tenido la voluntad de resistir.
El Samuel Hoare que emerge de El dictador complaciente, lejos de ser el auténtico héroe que conocí en España, es un crítico lleno de bilis, demasiado proclive a llevar agua a su propio molino. Al mismo tiempo deja de reivindicar uno de sus principales logros; posiblemente ni siquiera fue consciente de ello, aunque sea evidente visto en retrospectiva. La misma insistencia, en algunos casos vehemencia, de sus protestas ante Franco y Serrano, así como su actitud abiertamente crítica hacia ambos, ayudó a convencer a los alemanes, en un período crítico, de que eran más amistosos y fiables de lo que en realidad eran. El que tal resultado fuera fortuito no le quita importancia.
Serrano dijo con alguna razón: “Hoare… podría habernos dado el libro imparcial, sereno, documentado que nos debía, el libro que la Historia estaba esperando”. En vez de eso, apuntó, “Hoare prefirió un éxito fácil; a la manera de un torero que saluda a su público, buscaba mejorar la imagen que proyectaba a quienes le pedían cuentas.”
Sin embargo puede que haya sido Serrano quien mejor caracterizara el papel de Hoare en España:
“Puedo decir con justicia que [Hoare] era un servidor extremadamente valioso del Imperio Británico, y que ninguna otra misión diplomática aliada en España fue tan útil y productiva como la suya.
Con su presencia y su influencia en la política española tuvo éxito, en un grado apreciable, en hacer de contrapeso a la influencia alemana, e incluso en hacer que amplios sectores de opinión abandonaran su fe en la victoria del Eje y las ventajas que tal victoria podría conllevar. Conspiró con éxito; defendió su causa con tenacidad; motivó a las conciencias; fue en un sentido real un poder en España.”
Viniendo de Serrano, y a la luz de lo que Hoare ya había dicho de Serrano en su libro, era una alabanza en toda regla. La evaluación de Hoare por Serrano fue mucho más fiel que la de Serrano, o la de Franco, por parte de Hoare.
Hoare sirvió durante cuatro años y medio como embajador en España; cuatro años y medio que están entre los más peligrosos en la historia del Imperio Británico y para la misma vida de Gran Bretaña. No podía prever o incluso retrasar la disolución del Imperio, como le hubiera gustado, pero ayudó a preservar algunos restos del mundo que conocía, que en su mayor parte merecían ser preservados. Hoare tenía rasgos irritantes, y era una persona falible, pero tales rasgos no restan mérito al éxito de su misión en España, por la cual iba a recibir escaso reconocimiento excepto en sus propias memorias (y brevemente en las de Serrano); un destino que compartió con Serrano y Hayes.
[1] El quinto en rango de los Grandes Oficiales del Reino Unido, actualmente es un cargo casi honorífico asimilable al de ministro sin cartera [N. del T.]
[2] [¡sic!] [N. del T.]
