INTRODUCCIÓN
La historia de la Segunda República española está marcada por una profunda inestabilidad política, social e institucional que alcanzó uno de sus momentos más críticos en octubre de 1934. Lejos de la imagen simplificada de un periodo democrático consolidado, aquellos años estuvieron atravesados por tensiones ideológicas extremas, enfrentamientos sociales y proyectos políticos incompatibles entre sí.
En ese contexto, la Revolución de Asturias y la sublevación en Cataluña representaron un desafío directo al orden republicano vigente, impulsado por sectores que aspiraban a una transformación revolucionaria del Estado. Fue entonces cuando el Gobierno recurrió al Ejército para restaurar el control, destacando la figura del general Francisco Franco, cuya actuación resultó determinante en la dirección de las operaciones militares.
Este episodio ha generado interpretaciones contrapuestas a lo largo del tiempo, pero lo cierto es que plantea una cuestión clave: ¿hasta qué punto la intervención militar de 1934 contribuyó a sostener el propio sistema republicano frente a su descomposición interna?
Sí, aunque a la Historia pasara como «el año de la Revolución de Asturias» la verdad es que fue el año que Largo Caballero, líder máximo del PSOE, intentó cargarse la República del 14 de abril para implantar una República comunista y la Dictadura de Proletariado… con la complicidad de los independentistas catalanes y vascos y los anarquistas. Mucho se ha escrito sobre las trágicas sucesos de aquel acontecimiento (que para Salvador de Maradiaga fue la justificación del 18 de julio de 1936) … pero nadie siguió la preparación de aquel Golpe como lo hace Julio Merino en este estudio, mes por mes, desde enero a diciembre, que hoy comienza a publicar el «Correo de España» y que irá apareciendo los próximos días.
¡Y que nadie se extrañe que Merino diga con rotundidad que fue Franco quien salvó a la República aquel mes de octubre de 1934 porque los «hechos» están ahí y los hechos deben ser sagrados para todos.
Sé que para muchos esta afirmación puede resultar excesiva o exagerada, pero la fuerza de los hechos está por encima de cualquier interpretación. Franco salvó la República cuando los mismos que la habían traído en 1931 (y especialmente los socialistas y su afines) quisieron cargársela para imponer la dictadura del proletariado. Curioso, pero cierto.
¿Cuál era la situación real de la República tras las elecciones de 1933 para que la legalidad vigente estuviese en peligro y al borde del precipicio?, ¿por qué una República que había llegado en lor de multitud y sin dispararse un tiro estaba en peligro y hubo de llamar a un general tan cualificado como Franco en su ayuda? ¿Por qué pedían socorro los republicanos y hubo que defender el sistema con las armas y todo el peso del aparato militar?…
Ésta es la cuestión y éstos son los hechos.
La situación real era que la conjunción republicano-socialista que gobernó durante el primer bienio había saltado por los aires y que el pueblo en su mayoría había rechazado la política revolucionaria de la izquierda y particularmente la gestión «trituradora» del llamado Robespierre español: don Manuel Azaña.
La República de 1931 se había escindido en dos: la república democrática, es decir, la que querían los hombres moderados de la llamada izquierda moderada, que seguían creyendo en el sistema democrático y parlamentario, y la república revolucionaria, o sea, los que -como Largo Caballero- pensaban ya que aquella república burguesa no era su república y que, por tanto, había que saltar, aunque fuese por encima de la legalidad, hacia «una república popular»…, lo que traducido al lenguaje vulgar quería decir que había que ir a la Dictadura del Proletariado. Incluso había otra tercera república: la de los que no querían ninguna república. Eran los españoles que no estaban dispuestos a ver cómo se hundía España o cómo se minaban los cimientos de la nación.
En esta encrucijada vital en la que el socialismo español ya había elegido el camino de la revolución (sobre todo después de la conferencia de Largo Caballero del mes de agosto del 33 en Torrelodones) y en la que las fuerzas de la derecha más conservadoras se estaban yendo hacia los extramuros del régimen (y no hay que olvidar que José Antonio Primo de Rivera ya había fundado su Falange Española), iba a ser fundamental la postura que adoptasen los partidos y la coalición que, en realidad, habían ganado las elecciones. Es decir, la CEDA, los Agrarios, los Tradicionalistas, los Monárquicos de Renovación Española, y etc., puesto que si igual que en abril de 1931 ellos consideraban su victoria más que una victoria sobre los partidos vencidos, una victoria sobre el régimen de la República, no tendría nada que hacer. Lo dijo el propio Alejandro Lerroux en su «Pequeña historia de España»:
«En realidad, el gobierno había salido derrotado de las elecciones. El Gobierno y la República. Parecería una deducción temeraria si no se probase. Voy a intentarlo.
Si quiere volverse a considerar cuál era la composición, ya reseñada del nuevo Parlamento, se advertirá que los grupos más afines al régimen eran los menos capaces de integrarse en una homogeneidad indispensable para la eficacia; y que, aun integrados, si el absurdo hubiese sido posible, no formaban, ni mucho menos, suficiente mayoría. En efecto, si hubieran podido sumarse radicales, socialistas catalanistas, vascos y republicanos sin filiación -el absurdo- no hubiesen pasado como mucho de 175 diputados. Enfrente hubieran estado los de Acción Popular, Regionalistas, Monárquicos, Tradicionalistas e independientes no diferenciados.
Según esta posición de factores hubiera bastado una declaración hostil de los dos grupos mayores. Acción Popular y Agrarios, para patentizar la derrota. Y no la hicieron…
El argumento crece de volumen si se considera que los socialistas estaban ya fuera de la ortodoxia republicana, lo que es tan evidente que no necesita la prueba de la documentación que hoy se tiene a la vista. Y los candidatos triunfantes con filiación declaradamente republicana pasaban muy poco de cientos, en el segundo Congreso de la República.
¿Qué hubiera sucedido si en la primera sesión hábil se levanta un diputado monárquico, de autoridad y de prestigio, a plantear la cuestión?
Señores -hubiera podido decir-: Cuando en las elecciones municipales de 1931 el régimen fue derrotado tan sólo en las ciudades más importantes de España, el Rey se fue, la Monarquía cayó y vinisteis vosotros. Habéis tenido dos años para ganar la voluntad del país. La habéis consultado en estas elecciones legislativas. Henos aquí, contadnos. No tenéis una mayoría de diputados para gobernar: luego habéis perdido las elecciones. ¿Qué hace el presidente? ¿Qué hace la República?
Los árbitros de la situación fueron el partido de Acción Popular y el Agrario. Si esos partidos eran considerados enemigos del régimen, las elecciones se habían perdido.
Puesto que no hicieron una declaración de hostilidad, ni si quiera de neutralidad, no debía considerárseles como enemigos. Serían o no serían republicanos, pero positivamente eran españoles y caballeros.
Pues he aquí el dilema: en el primer caso, un régimen democrático, procediendo democráticamente, estaba obligado a ofrecer el poder a la oposición para evitar la violencia de una guerra civil. En el segundo caso, por el mismo sentido democrático, el Presidente de la República debió procurar deliberadamente lo que espontáneamente produjo, la coalición de todos los elementos interesados en el mantenimiento de la Re pública, para que de ella surgiese, con mayor autoridad, el candidato a la presidencia del Consejo.
Lo que sucedió fue -sigue diciendo Lerroux- que los partidos Agrario y de Acción Popular, pensando en España antes que en el régimen, tuvieron el patriotismo inteligente y gene roso de prestarnos su concurso, ellos, los vencedores, a nosotros, los vencidos. Ellos, los más numerosos, a nosotros, los menos.
La verdad es -y debe proclamarse lealmente- que la República siguió como régimen vigente en España, por la comprensión, la inteligencia política y el patriotismo de aquellas dos fuerzas, que no quisieron anticipar la guerra civil.»
Ésta es la verdad y así comenzaba su andadura el crucial año de 1934. Un año que, como veremos, iba a ser fundamental también en la vida de Franco…
¿Por qué?, ¿qué había sido del general más joven de Europa en esos dos años de predominio de la izquierda bajo la tutela revolucionaria de Azaña?, ¿cómo había tratado la República al general símbolo de los llamados africanistas?…, ¿dónde estaba realmente Franco al comenzar el decisivo año de 1934?
Dicen que lo primero que preguntó Azaña la noche anterior al 10 de agosto, fue precisamente eso: ¿Y Franco? ¿Dónde está Franco? Quizá con razón, porque la verdad es que para España era fundamental dónde estuviese Franco. Para España, para el ejército y para la República.
Cuando se proclama la República el 14 de abril, Franco está de general director de la Academia General de Zaragoza y allí tiene que arriar la bandera monárquica (aunque fuese la última que lo hiciera en España). La historia de la última bandera monárquica es singular en la vida de Franco.
El 14 de abril, ya proclamada la República, el Gobierno provisional cursó la orden de izar la bandera republicana y arriar la monárquica, que, por otra parte, era la tradicional desde hacía siglos.
En Zaragoza, el general Fernández Heredia se negó al cambio y entregó el mando al jefe de una de las Brigadas de la ciudad, el general Gómez Morato, que izó la bandera republicana. Morato aconseja a su amigo Franco, director de la academia, que haga lo mismo, pero Franco exige que se le ordene por escrito y mantiene la bandera monárquica.
El día 17 es nombrado capitán general de la V Región Militar el general Ruiz Trillo y seguidamente envía por escrito la orden que reclama Franco. Entre unas cosas y otras la bandera tricolor no fue izada hasta el 20 de abril. Durante esos días la bandera bicolor, la rojo y gualda, la monárquica de la Academia de Zaragoza ondeó en solitario en la España republicana.
Después, y paso a paso, caería sobre él la política «trituradora» de Azaña. Primero, fue el cierre de la academia y el cese de Franco como director. Después, la primera amonestación que constaría en su Hoja de Servicio y el retiro forzoso, en situación de disponible, a Oviedo durante uno de los períodos quizás más tristes de su vida. Luego, el decreto de congelación y la posibilidad de truncar su carrera militar, cosa que no sucedió por escasos días. Y, por encima de todo ello, la política de sumisión y acatamiento, los desplantes, las críticas, las humillaciones, los desprecios y la persecución generalizada a todo el ejército.
Franco acató la República y la legalidad republicana a pesar de sus sentimientos monárquicos, por disciplina y porque aunque se haya pensado lo contrario, era un hombre poco dado a los pronunciamientos y deslealtades. Como lo demostró, por ejemplo, su carta al director del ABC, Juan Ignacio Luca de Tena:
«Zaragoza, 18 de abril de 1931
Excelentísimo señor marqués de Luca de Tena. Mi distinguido amigo: habiendo aparecido en el periódico de su digna dirección un retrato mío con la expresión de haber sido destinado para ocupar la Alta Comisaría de España en Marruecos, mucho le agradeceré rectifique tan errónea noticia, pues ni el Gobierno provisional que ahora dirige la nación ha podido pensar en ello, ni yo había de aceptar ningún puesto renunciable que pudiera por alguien interpretarse como complacencia mía anterior con el régimen recién instaurado o, como consecuencia de haber podido tener la menor tibieza o reserva en el cumplimiento de mis deberes o en la lealtad que debía y guardé a quienes hasta ayer encarnaron la representación de la nación en el régimen monárquico. Por otra parte, es mi firme propósito respetar y acatar, como hasta hoy, la soberanía nacional, y mi anhelo que ésta se exprese por sus adecuados cauces jurídicos.
Muy atentamente le saluda su afectísimo amigo, que estrecha su mano, Francisco Franco.»
Pero esto no lo entendía Azaña, ni su soberbia le permitía bajar al plano de las realidades. Para él no había ni hubo nunca en el tablero de ajedrez más piezas que los peones y como peones trató a los generales…, incluso a Franco.
De Galicia, Franco pasó a las Baleares como comandante jefe, pero sin ascender, y allí está cuando España gira a la derecha en las elecciones de noviembre-diciembre de 1933, y cuando comienza 1934, el año más fulgurante de su carrera militar, pues no hay que olvidar lo que era en enero (un general de brigada congelado) y lo que sería en diciembre (el general que había salvado la República y de hecho -de derecho lo sería algo más tarde- el Jefe del Ejército español).
¿Y qué era la República en ese momento? Un avispero, donde todos estaban contra todos y donde nadie se ponía de acuerdo ni quería ponerse… a pesar de las llamadas al orden del tutor Ortega y Gasset, quien como en otro tiempo dijera «¡No es esto, no es esto!», ahora dijo:
«Creo firmemente que estas elecciones contribuirán a la consolidación de la República. Pero andan por ahí gentes antirrepublicanas haciendo vagos gestos de triunfo o amenaza, y de otro lado hay gentes republicanas que sinceramente juzgan la actual situación peligrosa para la República. Pues bien: suponiendo que con alguna verosimilitud sea este último el caso presente, yo elijo la ocasión de este caso para gritar por vez primera, con los pedazos que me quedan de laringe: <<¡Viva la República!>> No lo había gritado jamás: ni antes de triunfar ésta, ni mucho menos después; entre otras razones, porque yo grito muy pocas veces…
Algunos sinvergüenzas, algunos insolentes y algunos sotaintelectuales que son lo uno y lo otro, y que hasta ahora, por lo que fuera, no se habían resuelto a atacarme, han aprovecha do la atmósfera envenenada de esos años para morderme los zancajos… Yo sostuve hace tres años y sostengo hoy con mayor brío que la única posibilidad de que España se salve históricamente, se rehaga y triunfe, es la República; porque sólo mediante ella pueden los españoles llegar a nacionalizarse; es decir, a sentirse una nación…
Los hombres que han gobernado estos dos años y que querían para ellos solos la República, no eran, en verdad, republicanos, no tenían fe en la República… Se ha visto que esos hombres, al encontrarse con el país en sus manos, no tenían la menor idea sobre lo que había que hacer con ese país… Uno tras otro, los intereses parciales -el capitalista, el obrerista, el militarista, el federalista-, al apoderarse del Estado, han abusado de él, y abuso con abuso han acabado por neutralizarse, dejando el campo franco a la afirmación de los valores morales en torno a la idea de la nación…»
Pero, en realidad, a nadie debía sorprender lo que estaba pasando, pues tanto la izquierda como la derecha lo habían dicho durante la campaña electoral por boca de Largo Caballero: «el día 3 a las urnas, y si perdemos, el día 1O a la calle», y de Gil Robles: «Nosotros aceptamos la batalla en el terreno de la democracia, en que ha sido planteada; pero que no pretendan marchar por caminos de dictadura, porque les saldremos al paso como sea y donde sea. Ya son mucho dos años de paciencia para retroceder ni un paso más. Si quieren la ley, la ley; si quieren la violencia, la violencia».
En fin, y dicho todo esto, entremos ya en el curso del decisivo año 1934 y veamos cómo y qué sucedió mes por mes, de enero a diciembre… no sin puntualizar algunos datos de interés que aclararán las cosas.
-Franco tenía en 1933, cuarenta y un años (precisamente los cumplió el 7 de diciembre, a los pocos días de la segunda vuelta electoral que dio el triunfo a las derechas).
-Durante el crucial año de 1934, hubo los siguientes gobiernos:
Alejandro Lerroux, del 16 de diciembre de 1933 al 3 de marzo de 1934.
Alejandro Lerroux, del 3 de marzo al 28 de abril de 1934. Ricardo Samper, del 28 de abril al 4 de octubre de 1934. Alejandro Lerroux, del 4 de octubre de 1934 al 3 de abril de 1935.
-Era presidente de la República don Niceto Alcalá Zamora y presidente de las Cortes don Santiago Alba Bonifaz (lo fue desde el 8 de diciembre de 1933 al 7 de enero de 1936).
– En el transcurso de ese año 1934 fueron ministros de la Guerra:
Diego Martínez Barrio, del 16 de diciembre 1933 al 23 de enero de 1934.
Diego Hidalgo Durán, del 23 de enero al 16 de noviembre de 1934.
Alejandro Lerroux, del 16 de noviembre de 1934 al 3 de abril de 1935.
Enero de 1934: ¡atención al disco rojo!
El año comenzó peor que había terminado el anterior, pues el día 3 de enero El Socialista, el órgano de prensa del PSOE, publicó en su primera página un editorial que iba a ser histórico, sobre todo por este párrafo:
Y ahora piden concordia -dice-; es decir, una tregua en la pelea, una aproximación de los partidos, un cese de hostilidades. Eso antes, cuando el poder presentaba todas las ejecutorias de la legitimidad… ¿Concordia? ¡No! ¡Guerra de clases! ¡Odio a muerte a la burguesía criminal…! ¿Concordia? ¡Sí!, pero entre los proletariados de todas las ideas que quieran salvarse y librar a España del ludibrio. Pase lo que pase, ¡atención al disco rojo!
Ésa fue la consigna para todas las organizaciones de izquierda de la sublevación revolucionaria de octubre.
Porque eso era, como se atisba, una declaración de guerra en cubierta y un toque de aviso para navegantes sordos. A partir de ese momento el socialismo se lanza decididamente a preparar la revolución por el camino de las armas. No sin antes vivir ellos mismos una «guerra civil» interna.
Porque de «espinas» hay que hablar -y no de rosas- cuando se recuerda esta pelea interna que vive el socialismo español des de 1933 a 1936. Una «guerra civil» interna que enfrenta, casi a muerte, al intelectual Besteiro y al obrero Largo Caballero; al socialismo democrático con el socialismo revolucionario; a los partidarios del sistema parlamentario y a los partidarios de la «dictadura del proletariado»; a los periódicos El Socialista y Claridad, y, en fin, a los dos periodistas de más prestigio de aquel PSOE: Luis Araquistain y Julián Zugazagoitia.
Porque la verdad histórica es que Besteiro y Largo se enfrentaron hasta que uno de los dos (Besteiro) perdió la batalla. Y es que el socialismo «revolucionario» le ganó la partida al socialismo «democrático». Y es que la «dictadura del proletariado» se impuso en las urnas. Y es que El Socialista, el periódico que fundó Pablo Iglesias y órgano de siempre del PSOE, y Claridad, el órgano de prensa del caballerismo, llegaron a atacarse desde sus páginas como los más encarnizados enemigos. Y verdad es -fue- que Araquistain, director de Claridad, y Zugazagoitia, di rector de El Socialista, se liaron a bofetadas una mañana del mes de mayo de 1936 en pleno corazón del Retiro madrileño.
Pero retomemos ese vital mes de enero de 1934. Fue el día 21, cuando el envalentonado Largo Caballero -ya en plena representación del papel del Lenin español- lanza un mitin revolucionario en el cine Europa de Madrid, en el que no deja títere en pie y aboga ya abiertamente por la violencia… entre otras cosas porque quiere desbancar al moderado Julián Besteiro de la Secretaría General de la UGT y quedarse como único líder del socialismo. Largo lo dijo bien claro:
Y nosotros, como socialistas marxistas, discípulos de Marx, tenemos que decir que la sociedad capitalista no se puede transformar por medio de la democracia capitalista. ¡Eso es imposible…! Ésta es la diferencia que puede haber entre algunos camaradas y otros. Hay quien tiene todavía la esperanza de que el capitalismo va a ceder en su actuación y va a dejar el camino libre al socialismo marxista para la instauración de un nuevo régimen; y otros creernos, porque la historia así nos lo dice, que eso no es posible, que no hay ninguna clase, que, voluntariamente, abandone el poder y se lo entregue a otra clase. Ese poder lo defenderá hasta última hora, y si se quiere conquistar, habrá que conquistarlo, no ya como dijo Marx, si no incluso como decía nuestro querido maestro en España, Pablo Iglesias: ¡revolucionariamente!
Así pues, no debe extrañar lo que sucedió en la reunión de la Comisión Ejecutiva del sindicato socialista el día 27.., una de las jornadas más tristes en la vida política de don Julián Besteiro, el heredero del abuelo Pablo Iglesias. Porque ese día el viejo revolucionario de 1917 vio cómo la mayoría se cargaba su pro grama reformista y se inclinaba por la revolución y la dictadura del proletariado. Entonces Besteiro dimitió de su cargo de secretario general (de la presidencia del PSOE había dimitido en 1931) y con él los veteranos Saborit, Trifón, Gómez, Moiño, Cernadas y Muñoz Giraldos. Dos días más tarde, Largo Caballero salió elegido como nuevo secretario general de UGT, con lo que al ser ya presidente del partido todo quedaba en sus manos. Desde entonces hasta octubre ya no hubo más que una consigna: ¡a la conquista del poder sea como sea!…
Aunque la nueva Ejecutiva de la UGT la presidía Anastasia de Gracia, el Lenin español controlaba la Secretaría General y, por tanto, el sindicato. (Véase libro del autor Los socialistas rompen las urnas, Plaza y Janés, Madrid, 1985, pág. 372.)
Por esos mismos días, el presidente de los Agrarios, el señor Martínez de Velasco, dijo en público, como justificación de la postura que había adoptado su partido, lo siguiente:
«Nos hemos hecho republicanos por España. No se nos puede llamar traidores, porque todo el programa en que se ha basado nuestra propaganda electoral se mantiene intacto. La táctica a seguir para defender los intereses de la agricultura me corresponde a mí. Y yo he elegido el camino de servir al régimen para servir mejor a España.»
Otra de las cosas que llamaron la atención ese mes fue la de cisión del Gobierno de cambiar el estatus de los militares presos por lo «del 10 de agosto»…, es decir, el sacarlos de las cárceles comunes y trasladarlos a prisiones militares, lo cual fue un anti cipo de la Ley de Amnistía que no se haría esperar. El general Sanjurjo, principal responsable y encartado en aquella sublevación, que cumplía su pena en el penal del Dueso, con su famoso uniforme a rayas, fue trasladado inmediatamente al castillo de Santa Catalina en Cádiz. Otros militares fueron trasladados al castillo de San Julián de Cartagena.
Pero recordemos brevemente lo que sucedió aquel histórico 10 de agosto, festividad de San Lorenzo. Ese día se produjo la primera sublevación militar contra la República, encabezada por el general José Sanjurjo, precisamente el hombre que siendo di rector general de la Guardia Civil hizo posible el triunfo de los republicanos el mismo 14 de abril de 1931.
La sublevación era a nivel nacional, pero a última hora mandos militares implicados se echaron para atrás y en Madrid fracasó estrepitosamente. Sanjurjo, sin embargo, triunfó y se hizo con Sevilla en pocas horas. Azaña actuó con mano de hiena y acabó con la «Sanjurjada», que así paso a la historia. Eso sí, con la ayuda de la Legión que mandó traer de Marruecos ese mismo día.
Sanjurjo fue apresado, juzgado y condenado a pena de muerte, aunque rápidamente fue indultado de la pena máxima y sentenciado a cadena perpetua. De aquel juicio sumarísimo quedó una frase de Sanjurjo que se hizo célebre entre los militares. Preguntado por el fiscal con quién contaba para el «golpe», respondió: «Mire, Señor fiscal, si hubiese triunfado con todo el ejército, incluidos los miembros de este Tribunal, pero como he perdido con nadie».
Al inicio de la Guerra Civil, Sanjurjo sería designado el 18 de julio por los generales sublevados como jefe único. Accidentalmente murió al despegar la avioneta que lo trasladaba a la España nacional desde el aeropue1to de Lisboa.
Pero tampoco hay que olvidar el papel jugado por el general Mola. Porque fue Mola la estrella de aquel mes de enero por la publicación de su libro «El pasado, Azaña y el porvenir».., un libro llamado a servir más tarde casi de catecismo para los nacionales, ya que en él no sólo se señalan los errores cometidos por la República sino que se adelantan las consecuencias que tendrían las reformas de Azaña en el ejército. No, no quedaba bien librado el llamado jacobino, don Manuel Azaña.
Proclamada la República, todo el elemento armado la aceptó sin reservas. Se ha discutido mucho sobre si ésta debió ser o no la conducta a seguir. Yo entiendo que, acatados por el gobierno e incluso por el rey los que, con grandes visos de realidad, parecían ser los deseos del pueblo español, no cabía otra actitud. Nadie debe olvidar que tanto el ejército como la marina del pueblo salen y al pueblo se deben: son el pueblo mismo. Y éste, precisamente éste, es su mayor orgullo.
Desaparecida la monarquía, a pesar de la actitud correcta del ejército durante las jornadas del13 y 14 de abril y de las espontáneas manifestaciones de adhesión al nuevo régimen que por parte de muchos militares, y aun de guarniciones enteras, siguieron la marcha del rey, el encono de la opinión pública contra las instituciones armadas se hizo más patente, adquirió mayor violencia. Ello obedeció a la creencia equivocada de que éstas habían sido el más firme sostén de cuanto acababa de desaparecer y las únicas capaces de darle nueva vida. Tan falso concepto no podían en forma alguna compartirlo las personas que se hicieron cargo del poder. Sin embargo, se permitió por los elementos sensatos del gobierno provisional, que fuera a encargarse del ejército un individuo que, sin bien años antes había publicado un libro exponiendo ideas de otros sobre asuntos militares, era evidente se hallaba ayuno de todo cuanto con la milicia tuviera relación.
Debió confiarse tal misión a persona que, por su inteligencia despierta, su acendrado patriotismo e imparcialidad, pudiera haber realizado una labor constructiva, dentro de los límites impuestos por la política militar de la República. Desgraciadamente, el encargo fue a parar a un hombre que, sobre no reunir las cualidades expresadas, efecto de haber pasado la mayor parte de su vida entre las salvaderas y el balduque de cierta covachuela del Ministerio de Gracia y Justicia sin lograr la aureola de popularidad a que se consideraba acreedor como intelectual -pomposo título este último que, a falta de otros, suelen otorgarse los pedantes a sí mismos para satisfacción de su vanidad- y ni aun siquiera un mediano éxito editorial en sus publicaciones literarias, fue poco a poco saturando su corazón de otros sentimientos muy distintos a los que necesita un gobernante cualquiera y en mayor dosis el llamado a regir un organismo como el ejército, cuyo prestigio radica en su fuerza moral, y ésta en el amor de todos, y muy especialmente en el de quienes están llamados a organizarle, regirle y utilizarle.
Don Manuel Azaña, hombre frío, sectario, vanidoso y con más bagaje de odios que de buenos deseos, desde el mismo instante que tomó posesión del Palacio de Buenavista se dio a la tarea de <<triturar>> el ejército; más todavía, de pulverizarlo.
Sería injusto si dejase de consignar que sus primeras medidas fueron tomadas con el beneplácito de sus compañeros de Gobierno y obedecieron a un plan político previamente acordado en el seno del comité revolucionario. Es posible que en la actualidad algunos de los que con el señor Azaña compartieron la responsabilidad en los primeros meses de la República -de ello hay bastantes pruebas- estén arrepentidos de haber colaborado en aquellas primeras medidas, ante la obra demoledora y difícilmente reparable que durante su gestión al frente del Ministerio de la Guerra ha realizado el citado ministro, pues ningún político amante de su patria puede aprobar una conducta que nos ha llevado al más lamentable estado de desorganización, indisciplina e impotencia militar. Hay que decirlo bien claro: las llamadas reformas del señor Azaña no pueden reputarse como militares, sino como exclusivamente políticas, y no han tenido otra finalidad que dar satisfacción a sus sentimientos antimilitaristas y a sus rencores.
La política de trituración militar, iniciada por el señor Azaña, y seguida después por él mismo con implacable tenacidad, fue acogida con general satisfacción por la opinión pública española. Los que, con fines egoístas e inconfesables, se hallaban interesados directamente en la cosa pública, veían en ella la garantía de que, por muchos que fueran los desaciertos cometidos, jamás podría el pueblo volver sus ojos al ejército para que, con su fuerza y prestigio, le ayudase a sacudirse de quienes los cometían; los demás se sentían complacidos en ver maltratada la colectividad que tanta antipatía les inspiraba. Cada nuevo latigazo a los militares -que la prensa extremista se apresuró siempre a recoger y comentar con fruición- aumentaba el regocijo del elemento civil; al mismo tiempo, el señor Azaña, en desenfrenada carrera de velocidad, pasaba de ministro improvisado a ser la figura más destacada del Gobierno provisional, y más tarde, para muchos, genial estadista. No hubo hombre alguno en el mundo que, sin más armas que una buena dosis de mala intención y una pluma de acero, lograse, como él, en escaso tiempo, destrozar un ejército, dejándolo convertido en una verdadera piltrafa. Lo sensible del ca so es que en esta tarea le ayudaron algunos individuos que vestían uniforme militar, y hasta puede asegurarse fueron éstos quienes le sugirieron determinadas medidas encaminadas a separar del ejército generales competentes, jefes dignos y oficiales pundonorosos por el solo hecho de no series simpáticos o haberse negado a colaborar en la revolución.
Esos individuos fueron los que, desde el primer momento, integraron un organismo de la invención del señor Azaña, que se designó oficialmente con el nombre de «gabinete militar>>, aun cuando en los cuartos de banderas y estandartes fuera más conocido por el de «gabinete negro».
¡Ah!, pero en enero también sucedió algo importante para España, para el ejército y para Franco… pues, el día 23 llegó al ministerio de la Guerra, en sustitución de Martínez Barrio, el notario don Diego Hidalgo Durán, un sincero seguidor de Lerroux, una buena persona y un político más sagaz de lo que muchos creyeron entonces… y, además, el hombre que, de verdad, relanza la cartera militar de Franco, como él mismo puntualiza ría años más tarde en su libro ¿Por qué fui lanzado del Ministerio de la Guerra? De ahí son estos párrafos:
Conocí a este general en Madrid en el mes de febrero. Le traté por primera vez en mi viaje a Baleares, y en aquellos cuatro días pude convencerme de que su fama era justa.
Entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes militares, y sus actividades y capacidad de trabajo, su clara inteligencia, su comprensión y su cultura están puestas siempre al servicio de las armas.
De sus virtudes, la más alta es la ponderación al examinar, analizar, inquirir y desarrollar los problemas; pero ponderación que le impele a ser minucioso en el detalle, exacto en el servicio, concreto en la observación, duro en la Ordenanza, exigente, a la vez que comprensivo, tranquilo y decidido.
Es uno de los pocos hombres, de cuantos conozco, que no divaga jamás.
Las conversaciones sostenidas con él sobre temas militares, durante mi estancia en aquellas islas, me revelaron además sus extraordinarios conocimientos.
Franco, en el silencio de su despacho, lleva muchos años, los años de paz, consagrado a documentarse. El estudio ha da do sus frutos, y hoy bien puede afirmarse que no hay secretos para este militar en el arte de la guerra, elevado a ciencia por el ingenio de los hombres.
No es el narrador más o menos elocuente, sino el expositor de problemas, que hace pasar de la teoría y de la tesis genérica a la práctica y al caso concreto, analizando con frialdad los postulados de la ciencia guerrera desde el punto de vista del armamento y estudiando con calor cuanto afecta al soldado, a su moral y a su espíritu.
Con este juicio se explica fácilmente que, a la vista de unas maniobras militares, quisiera yo tener cerca de mí a un comentarista tan singularmente capacitado para el asesoramiento. Y no sé, ni me importa, si faltaba al protocolo invitando a Franco a que me acompañara a las maniobras militares de los montes de León.
Al terminar éstas, ya en Madrid, en los primeros días de octubre, el general, antes de marchar a su destino, me pidió permiso para ir a Oviedo para asuntos particulares; yo se lo concedí gustoso, y por una casualidad no se encontró en Oviedo los días de los sucesos.
Al comenzar éstos y tener que suspender su proyectado viaje, fue cuando yo dispuse que quedara agregado a mis órdenes, pues, aparte de su asesoramiento en el orden militar, por el hecho de haber residido largas temporadas en Asturias y tener allí intereses familiares, conocía muy bien no sólo la capital y la cuenca minera, sino la costa y las todas las comunicaciones de la región.
Todos los que, con más o menos elementos de juicio, han comentado mi actuación en el Ministerio de la Guerra duran te los sucesos de Asturias, han ponderado la meritoria y eficacísima labor de este general, pero ninguno ha tenido ni una sola palabra de elogio para el ministro que le nombró. Tengo el derecho a enterar al país que ese ministro fui yo, y que sin haber hecho yo el nombramiento, el general Franco, con su técnica y sus admirables condiciones, hubiera presenciado los sucesos de Asturias a través de la prensa en las lejanías de las islas Baleares.
Febrero: Prieto se pasa a la Revolución
Sí, fue el día 4 de este mes cuando Indalecio Prieto, el hombre que había dicho en Torrelodones que «nuestro reino no es de este momento>>, al referirse a las posibilidades del socialismo es pañol y que estuvo siempre del lado de la libertad, se pasó al lado de Largo Caballero y se erigió en paladín y portavoz de la Revolución (luego, años más tarde y ya en el exilio de México, lamentaría esta decisión) con su famoso discurso del cine Pardiñas de Madrid…, porque allí fue donde el PSOE lanzó pública mente su desafío revolucionario.
En aquella ocasión Prieto dijo entre otras cosas:
En fecha muy próxima, el partido socialista y las organizaciones sindicales han de cumplir el destino que la historia les ha deparado. El triunfo es indiscutible e innegable. Frente a estas falanges socialistas y a la Unión General de Trabajadores es imposible oponer nada. Somos no solamente los más, sino los más poderosos. Nuestro triunfo es inevitable. Os llamo la atención sobre cómo podemos y debemos administrar la victoria. Yo tengo del poder una experiencia. No hay más reme dio que domeñar a la burocracia española y hacerla fiel servidora de la República sin contemplaciones. Los órganos de la administración deberán estar intervenidos por comisarios del pueblo. Hay que democratizar a la fuerza pública y principalmente al ejército: éste debe desaparecer pero la necesidad de la defensa del país hace precisa la existencia de un elemento armado. Hay que ir a la dignificación moral de cabos y sargentos, abriéndoles de par en par las puertas para su ingreso en la oficialidad y el generalato. Hay que cerrar la Universidad al señoritismo y abrirla para el proletariado. El paro obrero podrá ser atendido con el importe de la plusvalía del oro que guarda el Banco de España, que yo descubrí siendo ministro. Se trata nada menos que de 3.500 millones de pese tas. Debe desaparecer la propiedad privada de la tierra y socializarse la tierra… Hágase cargo el proletariado del poder y haga España lo que España merece. Para ello no debe titubear, y si es preciso verter sangre, debe verterla.
La cursiva es del autor, porque luego, en el exilio, Indalecio Prieto quiso borrar lo que había dicho en el cine Pardiñas de Madrid.
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Fue un paso más por el camino de la Revolución ya inevitable…, a pesar de que el Gobierno no lo tomara en consideración y cerrase una vez más los ojos. Y es que aquella etapa de España parecía un fiel remedo de la Rusia que va de Kerensky a Lenin, es decir, del mes de febrero al mes de octubre de 1917. Allí una revolución se comió a otra revolución y aquí una república se quería merendar a otra república, y en ambos casos con el beneplácito de las víctimas.
Mientras tanto en el Congreso se discutía el Estatuto vasco y si Álava iba a formar parte o no de Euskadi. Con tal motivo, José Antonio Primo de Rivera dijo estas palabras:
Lo esencial aquí es que el Estatuto vasco tiene, además de un sentido hostil separatista para España, un profundo espíritu antivasco, del que acaso no se dan cuenta sus propios autores… La misión de España en este trance no es averiguar si ha tenido el Estatuto tales o cuantos votos; la misión de España es ayudar al pueblo vasco para librarle de ese designio al que le quieren llevar sus propios tutores. Porque el pueblo vasco se habrá dejado arrastrar por una propaganda nacionalista; pero todas las mejores cabezas del pueblo vasco, todos los vascos de valor universal son entrañablemente españoles y sienten entrañablemente el destino unido y universal de España.
Y el tradicionalista Esteban Bilbao puntualizó de este modo:
Yo, español fervoroso, no puedo admitir la imposición a Álava de la determinación plebiscitaria de las otras dos provincias, que en este caso ya no serían sus hermanas, sino sus dominadoras… Nosotros queremos la libertad, pero con España: Estatuto con alma y conciencia vascas, que es decir también españoles, y autonomía dentro de la unidad nacional.
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Pero para Franco este mes de febrero de 1934 fue algo mucho más personal e íntimo, fue el mes que murió su madre, doña Pilar Bahamonde de Franco, la mujer que más quiso en su vida y, sin duda, la persona que más influyó en él. Sucedió el día 28 y en Madrid. El historiador Ricardo de la Cierva dice a este respecto:
A mediados del mes de febrero de 1934, el general Franco pide y obtiene inmediatamente permiso para venir a Madrid. La vieja herida del Biutz se ha resentido alarmantemente y el matrimonio Franco coincide en su casa de la Castellana con doña Pilar Bahamonde de Franco, dispuesta a emprender una peregrinación a Roma. Justamente en aquellos días se firma en un ignorado piso de la Gran Vía madrileña el acuerdo de fusión entre Falange Española y las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista de Ramiro Ledesma; es el día 13 de febrero y dos fechas más tarde Juan de la Cierva Codorniu recibe un homenaje popular por los nuevos éxitos de su autogiro. Al llegar a Madrid, Franco se presenta al ministro de la Guerra, quien le retiene bastante más tiempo del requerido por el protocolo. El mandante general de Baleares conversa con el ministro sobre un asunto harto delicado: un nuevo capítulo de las andan zas de su hermano Ramón, quien acababa de llegar a los Estados Unidos en viaje oficial de estudio, atribuyéndose ante la prensa y las autoridades norteamericanas la categoría de agregado aéreo a la embajada. Resultan poco creíbles los tele gramas del embajador español preguntando si el héroe del
Plus Ultra era o no tal agregado. Es muy posible que su hermano Francisco presentase a doña Pilar el lado cómico del asunto y ahorrase así a la venerable dama el último disgusto de su vida; porque la ventisca del Guadarrama acabó con ella a los pocos días, tras una pulmonía que contrajo a la salida de misa. Era el 28 de febrero de 1934. Los sucesos que aguardaban a Franco a las vueltas de ese mismo año lograron apartar le parcialmente de la profunda pena que siguió a la pérdida de su madre.
Marzo: Franco asciende a general de División
Sin duda, fue éste el mes de la crisis del Partido Radical como se demostró desde el mismo día 1 tras la reunión celebrada por la minoría que presidía Lerroux. Martínez Barrio dimitió de su cargo de ministro y ello provocó la caída del Gobierno y poco más tarde la división de los Radicales. La cosa estaba cantada, sin embargo, desde que el lugarteniente y hombre de confianza plena de «don Alejandro>> vio que éste rompía con los socialistas y se apoyaba en las derechas pm•a gobernar. Como demostrarían después los acontecimientos -sobre todo a la hora de dividirse España en los dos bandos de la guerra- Martínez Barrio, Gran Oriente de la masonería española, estuvo siempre en contra de la política de «rectificación»30 que marca esa época, es decir, el «bienio blanco» de Lerroux y Gil Robles.
Así se conoce a la política emprendida por Gil Robles, a diferencia de la de «trituración» de Azaña.
Política que, por otra parte, Gil Robles exigía para satisfacer a su electorado, el electorado que le había dado el triunfo en las elecciones pasadas:
Nosotros -dijo en las Cortes-, tenemos un programa, con el que fuimos a las elecciones, cuyas reivindicaciones noble y dignamente tenemos que mantener en su integridad; pero no diréis que en estos meses hemos colocado esas reivindicaciones de partido por encima de los altos intereses de la Nación; incluso hemos consentido en que se aplace su planteamiento y su discusión, porque esperábamos del gobierno, y seguimos esperando, que acometiera los grandes problemas que son de interés para toda la Nación. Eso es lo que pedimos hoy: que sin olvido de esas cuestiones que tenemos que mantener, el Gobierno se apresure a dar satisfacción a las necesidades del pueblo en el orden material. Porque no habría tantos intentos de revolución y tantas excitaciones desde aquellos bancos (los socialistas) si hubiera en España una política económica que en lugar de pensar sólo en la distribución de la riqueza pensara en crear una riqueza que equitativamente pudiera luego re partirse entre los ciudadanos… En resumen, señor presidente y señores diputados: vamos a hacer política positiva. Todo lo que vosotros necesitéis en ese orden lo tendréis en nuestra colaboración, para eso, todo lo que queráis. Problemas positivos, problemas de creación de riqueza, problemas de remedio del paro obrero; todo lo que deseéis en ese aspecto; todo menos que continúe una situación como la actual, en la cual, entre todos, parece que estamos empeñados en desacreditar al Parlamento, parece que estamos queriendo concluir con todas las instituciones democráticas. Habría algunos que lo celebren; yo, ciertamente, no lo celebro.
Pero los socialistas ya no escuchaban, inmersos como estaban en la preparación de su revolución. En realidad, no podían soportar el ver a su República y a sus Cortes en manos de las derechas que tanto habían atacado y denigrado.
Marzo también fue el mes del ascenso de Franco a general de División. El ministro Hidalgo diría más tarde: «En la primera y única vacante de general de División ocurrida durante mi permanencia en el Ministerio de la Guerra, ascendí al general Franco», aunque don Alejandro Lerroux, el jefe de Gobierno, también se atribuiría su parte en la hazaña: «Yo le puse al presidente de la República a la firma el ascenso del general Franco.» El hecho es que el congelado Franco fue ascendido y que las derechas rectificaron lo que había hecho Azaña durante su etapa de «trituración». Aunque en el fondo quien estaba detrás de la recuperación de Franco era José María Gil Robles, como se demostraría más tarde.
Abril: el mes de la ley de amnistía militar
Muchas cosas pasaron durante este mes, pues no hay que olvidar que ya el día 6 saltó a la palestra la noticia de la conquista de Ifni a manos del coronel Oswaldo Capaz, jefe de Intervenciones en la zona norte de Marruecos y un grupo de soldados que en total no llegaban al millar. Capaz tomó posesión de Sidi Ifni en nombre de España y se ganó el ascenso al Generalato en medio de grandes alegrías y parabienes…, quizás porque para los españoles aquello era como un recuerdo del imperio perdido. El día 15 un abogado de Sevilla, don Manuel Fa!Conde, comienza a dirigir el carlismo a nivel nacional…
Durante los días 18 y siguientes se celebró en el salón grande de la Casa del Pueblo de Madrid el V Congreso de las Juventudes Socialistas, en el que tomaron parte 164 delegados, representando a 40.768 federados. Allí se fijó la postura francamente revolucionaria de las Juventudes y se acordaron las bases de actuación para los próximos meses, como puede verse en estas palabras de la Ponencia de posición política y misión de las juventudes en un estado socialista
En la época presente se enfrentan las Juventudes Socialistas con un problema de trascendental importancia para la táctica a seguir por todos los partidos revolucionarios: la agitación del régimen democrático burgués como forma de Gobierno. Las fórmulas liberales van perdiendo rápidamente su contenido realizador. El liberalismo económico conduce al desequilibrio de la producción, con su consecuencia del paro forzoso en gran escala. El liberalismo político lleva en definitiva al fas cismo. Es por esta causa por lo que, aun dentro de un régimen burgués, se pretende esta superación como medio de defensa de los intereses imperialistas del capitalismo moderno.
Consecuencia de este debilitamiento de las posibilidades democráticas es la polarización de las fuerzas sociales alrededor de consignas que permitan el imperio claro y decidido de una clase sobre otra. Agudizada enormemente la lucha, si la burguesía triunfa instaura su dictadura fascista. Si es la clase trabajadora la que vence, habrá de recurrir inexorablemente a gobernar en régimen de dictadura del proletariado, si quiere mantenerse en su posición dominante.
Y más adelante:
Ante la situación ultrarreaccionaria y antiobrerista de los Poderes Públicos, que impiden todo avance social y revolucionario y que han retrotraído la situación de la clase trabaja dora española a los peores tiempos de la monarquía, esta Ponencia considera que las Juventudes Socialistas sólo podrán tener satisfacción a sus aspiraciones mediante la conquista plena del poder político y económico. Por ello, consideramos que es estatalmente inútil elevar a los Poderes Públicos actuales petición alguna.
Fue el congreso del joven Santiago Carrillo, donde, en realidad, comenzó su carrera política y quien, andando el tiempo, llegaría a ser secretario general del Partido Comunista. Porque la elección para los cargos de la Comisión Ejecutiva dio estos resultados:
Presidente ………………………………… Carlos Hernández ……………………. 16.283 votos
Vicepresidente …………………………. Enrique Puente ………………………… 14.781 votos
Secretario ………………………………… Santiago Carrillo ……………………… 16.200 votos
Vicesecretario ………………………….. José Laín …………………………………. 11.271 votos
Contador ………………………………….. Federico Melchor ……………………. 11.114 votos
Vocal 1° …………………………………… José Cazarla ……………………………. 15.388 votos
Vocal 2° …………………………………… Serrano Foncela ………………………. 13.836 votos
Vocal 3° …………………………………… Leoncio Pérez …………………………. 11.235 votos
Vocal 4º …………………………………… Juan Pablo García ……………………. 11.039 votos
Director de Renovación………………. Santiago Carrillo ……………………… 13.982 votos
Delegados a la Internacional:
Efectivo …………………………………… Carlos Hernández ……………………. 16.767 votos
Suplente …………………………………… Santiago Carrillo ……………………… 16.767 votos
Renovación era un medio de difusión del Partido Comunista de España.
Sin embargo, el gran acontecimiento de abril fue la aprobación por las Cortes de la Ley de Amnistía Militar, cosa que sucedió el día 20, aunque se publicara y fuese efectiva días más tarde, dadas las reticencias del presidente Alcalá Zamora para firmar. Alcalá Zamora hizo incluso todo lo posible por no firmar la ley, ya que ponía reparos a estos puntos concretos:
- Quedan nulas y sin efectos las expropiaciones sin indemnización de fincas rústicas y derechos reales constituidos sobre ellas que se hayan llevado a efecto por aplicación de lo dispuesto en la Ley de 24 de agosto de 1932, restituyéndose los bienes objeto de las mismas a los expropiados.
- Serán reintegrados en la escala activa los miembros del Estado Mayor General del Ejército a quienes, a partir del 10 de agosto de 1932, les haya sido aplicado el artículo 1º de la Ley de 9 de marzo de 1932.
- Se autoriza a la sala segunda del Tribunal Supremo de Justicia para que, a solicitud de parte, y dentro del plazo improrrogable de tres meses desde la publicación de esta ley, pueda, con carácter extraordinario y formación de expediente, con audiencia del Tribunal sentenciador y del Ministerio Fiscal, acceder a la revisión de aquellas sentencias que adoleciendo de evidente injusticia en el fondo o de una falta grave de garantías procesales en la forma a juicio de la propia sala, no aparezcan compren didas explícitamente en los casos previstos en las leyes para los recursos de casación o de revisión.
- Si en las causas a que tales sentencias hubiesen puesto término, existiese acusador particular, sería indispensable su previa conformidad con la revisión. No será obstáculo para el ejercicio de esta facultad por el Tribunal Supremo, en la circunstancia de que el caso examinado haya sido objeto de negación o de concesión de indulto parcial.
Pero la ley fue aprobada, lo que causó la alegría de las derechas y del ejército, que vieron restituidos en sus puestos o excarcelados a los represaliados del lo de agosto, y el disgusto de las fuerzas de izquierdas que se enrabietaron como si les hubiesen puesto unas banderillas de fuego, especialmente cuando vieron que el propio general Sanjurjo salía del castillo de Santa Catalina en Cádiz con todos los honores debidos a su alta jerarquía militar. Si a esto se le suma la celebración de la famosa <<Concentración de las Juventudes de Acción Popular>> de El Escorial-con su aparatosa presencia de símbolos, uniformes y saludos paramilitares- el cuadro ya está completo. Largo Caballero y sus seguidores, y en general toda la izquierda marxista, se comían los puños y se disponían ciegamente a la conquista del poder aunque fuese con las armas en la mano.
Hubo una cosa curiosa con respecto a esta Ley de Amnistía y fue que el ministro de Justicia que hubo de sacarla adelante se llamaba don Salvador de Madariaga, quien según confesaría más tarde <<había caído en una verdadera trampa>> …
Acepté la idea -añadiría el propio Madariaga- decidido a hacer que la derecha pagase la libertad de Sanjurjo amnistiando a la mayor cantidad posible de sindicalistas. Durante el resto del debate, la mayoría tuvo que embotellar su indignación contra mí mientras yo aceptaba las enmiendas que a tal fin iba proponiendo don Indalecio Prieto.
Consecuencia de todo aquello fue la caída del Gobierno Lerroux y la llegada del Gobierno Samper. ¿Que quién era Ricardo Samper Ibáñez? Veamos lo que escribió excitado Madariaga como comentario de la crisis ministerial y del nuevo presidente del Gobierno:
Desde un punto de vista de prudencia política, quizá más alto que el meramente jurídico de respeto a la Constitución, este veto tácito de don Niceto Alcalá Zamora para con el señor Gil Robles se justifica perfectamente. Pero frente a la actitud rebelde y anticonstitucional de los socialistas, que se arroga ron el derecho de negar acceso al poder a un partido elegido en condiciones impecables por el pueblo, alegando razones que todo observador imparcial sabía que eran falsas, y que los hechos probaron más tarde como falsas (los supuestos propósitos dictatoriales del jefe de la CEDA), el presidente debió haber tomado una actitud más enérgica, imponiendo la Constitución a tirios y troyanos, y dando el poder a la coalición de Gil Robles-Lerroux a cambio de una declaración explícita de fe republicana y parlamentaria… En el verano de
1934 debió haber gobernado a la República la coalición de Gil Robles; pero si el presidente creía demasiado alejado de la Re pública al Jefe de la CEDA, cosa que los hechos probaron ser un error, pero que era entonces imposible imaginar, debió haber dado el poder al Ministerio de más prestigio y fuerza moral que le hubiera sido posible encontrar. ¿Qué hizo el señor Alcalá Zamora? Confió el poder al señor Samper. ¿Quién era el señor Samper? ¿Qué vio en él el presidente de la República para confiarle la nave del Estado en uno de sus momentos más difíciles? Sólo el señor Alcalá Zamora podría contestar a esta pregunta, pero al final del verano la nave del Estado tuvo que atravesar la primera tormenta grave, presagio de la que dos años más tarde la hundió en el abismo de la guerra.
Mayo: regresa Calvo Sotelo del exilio
Mientras Franco preparaba las maniobras navales que había acordado con el ministro Hidalgo en Madrid sucedían dos acontecimientos que iban a influir poderosamente en la situación política: el regreso de don José Calvo Sotelo, el ex ministro de Primo de Rivera, y la separación oficial de Martínez Barrio del Partido Radical en unión de otros trece diputados de la misma ideología.
Calvo Sotelo llegó a Madrid el día 4, prometió su cargo de diputado el 8 y tres días más tarde ya presentaba una «proposición incidental» para que la Cámara fijase unas normas de austeridad que obligasen al Gobierno a nivelar los presupuestos. Pero lo importante no fue la crítica que hizo con ese motivo de la Hacienda durante el bienio republicano de izquierdas (y que, por cierto, fue hábilmente rebatida por el intuitivo Indalecio Prieto, que entonces se apuntó el mejor tanto de su vida como orador parlamentario), sino las ideas que lanzó a raíz del homenaje que le rindieron -a él y a Yanguas Messía- los monárquicos y Acción Española…, porque Calvo Sotelo patrocinaba la unión de <<todas las derechas>> en un Bloque Nacional que fuese capaz de conquistar el poder sin miedos y sin cortapisas.
La República no está consolidada todavía -dijo por aquellos días-. Éste es un hecho. Y es otro incontrovertible que su consolidación la harían mejor que nadie fuerzas conservadoras.
Ahora bien, yo me pregunto: ¿es admisible que a una Monarquía desordenada por unos monárquicos imprudentes suceda una República consolidada por unos monárquicos impacientes? Creo que la Monarquía no puede volver ni por la violencia ni por el sufragio, pero creo que puede volver en un mañana más o menos lejano, como remate de un gran pro ceso evolutivo de estructuración del Estado y por aclamación nacional. De otro modo, en manera alguna… Hay que ir a la conquista del Estado con una política de claridad y decisión… Entiendo que si algún día cambia España su régimen no será para una restauración, sino para una instauración. Esto es, que la Monarquía, aunque retorne, no podría ser en nada, absolutamente en nada, lo que era la que pereció en 1931…
El otro acontecimiento político fue la separación de Martínez Barrio y sus amigos del Partido Radical, en el que había militado toda su vida y al que le debía todo, especialmente a su jefe Alejandro Lerroux, que había sido quien lo metió en el juego político… Sería muy largo de explicar las causas de esta separación que minó seriamente los cimientos del radicalismo, pero baste con decir que Martínez Barrio era todavía el Gran Oriente de la masonería española y que ésta no podía ver con buenos ojos la consolidación de la derecha católica… Martínez Barrio viró a la izquierda y fundó al poco tiempo la Unión Republicana, con la adhesión de los radical-socialistas de Gordón Ordás. Luego sería el Presidente de las Cortes del Frente Popular y el presidente interino de la República tras la caída de Alcalá Zamora y en el interregno de la llegada de Azaña… ¿Por qué hizo o provocó la escisión Martínez Barrio en aquellos momentos? ¿Sólo por aquello de que para ser radical hay que ser de izquierdas?… El hecho es que también el centro se dividía de cara al choque revolucionario que se avecinaba.
Finalmente, el Gobierno tuvo que hacer frente también a la huelga campesina que asoló los campos de España…, pero ésta se desarrolló ya en los primeros días de junio.
Junio: el ministro de la Guerra se «enamora» de Franco
Si hubiera que seguir al pie de la letra lo que decían las páginas de los periódicos de este mes, uno llegaría fácilmente a una conclusión: España ardía en llamas por los cuatro costados…, porque Andalucía, Extremadura y otras zonas agrícolas vivían entre el incendio de las cosechas, los asesinatos de los patronos y el asalto a cualquier tipo de propiedad y, además, la realidad catalana no le iba a la zaga. El nacionalismo separatista se había echado a la calle como consecuencia del fallo del Tribunal de Garantías contra la Ley de Contratos de Cultivos aprobada por el Parlamento catalán. El consejero de la Generalidad, don José Dencás, recomendaba a los jóvenes del Estat Catalá la máxima disciplina para estar en forma cuando llegase el día de la liberación de Cataluña… Fue la revolución de los rabassaires. El propio Dencás, consejero de Sanidad y luego de Gobernación por enfermedad del titular, diría posteriormente acerca de los sucesos de junio:
¿Cuáles fueron las directrices que se me dieron cuando ocupé la Consejería de Gobernación? Se me dieron unas órdenes muy concretas. Dado el estado de tirantez y ante la posibilidad que podía presentarse de ser atacados en nuestra dignidad por el poder de España, era necesario preparar nuestra casa para la resistencia armada… Y comenzamos a trabajar.
¿Para qué? Para organizar el ejército catalán y un plan de defensa de la frontera, a fin de impedir el paso de las tropas españolas que pudiesen ser enviadas contra Cataluña. Y, dentro de Barcelona, estudiamos la preparación de la resistencia armada y todos aquellos asuntos de índole revolucionaria susceptibles de darnos la victoria… A un respetable militar, cuyo nombre no diré, se le encomendó el proyecto de defensa de la frontera catalana, y el cálculo de efectivos, en 4.000 soldados, armados de fusiles maúser y de setenta ametralladoras de sistema modernísimo. Estos efectivos se consideraban suficientes para contener durante semanas, o días -tiempo suficiente para ver qué cariz tomaría la revolución en toda España-, a los batallones, milicias o ejércitos que el Gobierno de Madrid lanzase contra la Cataluña sublevada… El señor Ventosa y Roig salió con dirección a Bélgica para negociar la compra de ametralladoras y fusiles.
Por su parte, «Nosaltres Sois» escribía:
Patriotas preparaos para la hora inevitable de la guerra contra España. Se reimpone la lucha sangrienta.
En resumen, una situación de supuesta guerra civil agravada por el apoyo que los catalanes reciben de los vascos, del socialismo y de la izquierda en general…, que vio en la anarquía imperante la posibilidad de sacarle al Presidente la disolución de las Cortes y otra vez la conquista del poder. Sin embargo, la sangre no llegó al río, a pesar incluso del zafarrancho de combate que se produjo una tarde en el Congreso de los Diputados.
Pero ¿qué hacía mientras tanto la derecha monárquica?… Firmar con Mussolini el llamado pacto de Roma, por el que el líder italiano se comprometía a ayudar con armas y dinero a una posible restauración de la monarquía.
Sin embargo, la noticia militar de ese mes fueron las maniobras navales que se celebraron entre los días 9 y 11 en aguas del Mediterráneo español, o sea entre Baleares y las costas del Levante… con presencia de Alcalá Zamora, el Presidente de la República; el ministro de la Guerra, don Diego Hidalgo, y de altos mandos militares. Porque fue durante el transcurso de estas maniobras y en la posterior estancia del ministro en Palma de Mallorca cuando éste se «enamoró» del general Franco, a quien pudo conocer en su propia salsa. Franco derrochó ante el ministro sus grandes conocimientos del tema militar y éste se volvió a Madrid convencido de que nadie conocía mejor que Franco la situación del ejército español. Este «enamoramiento» tendría sus consecuencias unos meses más tarde.
Julio: el verano excita los ánimos
«La jurisdicción del Estado español acaba en el Ebro», dice L’Opinió el día 5. «Deseamos salir a la calle para matar. Lo esperamos con impaciencia, porque sabemos que inexorablemente esa hora ha de llegar. Somos separatistas. Queremos la República catalana», dicen el abogado Bofill y el periodista Aymá mientras esperan ser juzgados por unos artículos injuriosos para el gobierno de la República y la magistratura.
Éste era el ambiente en Cataluña.
Pero, no menos «excitante», es la situación en el País Vasco, donde los ayuntamientos desobedecen al Gobierno, organizan un acto de rebeldía, celebran elecciones por su cuenta y los más exaltados pedían la guerra contra España.
«Para conseguir la libertad de nuestra Patria -exclamaba el independentista Urquiaga- no nos detendremos ni ante una guerra, por dolorosa y sangrienta que sea.»
Mientras, el gobierno Samper se dedicaba a amenazar con graves sanciones o a meter alcaldes en la cárcel, para echarlos al día siguiente. Todo Jo contrario de lo que hacían los socialistas: prepararse y armarse públicamente. Adiestrar a las milicias en el uso de las armas y en los movimientos propios de un ejército…, como demostró luego el asunto del barco «Turquesa», que más tarde desarrollaré.
Agosto: las izquierdas no quieren vacaciones
Detallar cada uno de los pasos que dan los socialistas y sus «aliados» sería materia suficiente para otro libro, pues mientras las Cortes descansan y las fuerzas de la derecha disfrutan de sus vacaciones, los Comités del PSOE, del PCE, de la CNT, de las JS… no paran en su triple labor política, militar y revolucionaria. Quizás porque para ellos había comenzado ya la cuenta atrás y se acercaba -como dijo Renovación, el órgano de prensa dirigido por Santiago Carrillo-la hora de la verdad. Agosto fue, sin duda, el mes de trabajo de los Estados Mayores de la revolución marxista.
Septiembre: maniobras militares y una carta al general Franco que se haría histórica
Tres cosas pasan este mes que quiero destacar: el asunto del barco «Turquesa», las maniobras militares de León y la carta que José Antonio Primo de Rivera envía a Franco. Naturalmente, entrar de lleno en cualquiera de estos temas nos apartaría del motivo central de este estudio..; sin embargo, no hay más remedio que hacer referencia a ellos.
El asunto del «Turquesa», no fue otra cosa que el descubrimiento de un alijo de armas con destino a la Revolución. Los hechos sucedieron la madrugada del 10 al 11 en la ría de San Esteban de Pravia, cuando se descargaba todo un arsenal de armas que el barco Turquesa había trasladado desde Cádiz. La guardia civil sorprendió a los organizadores y hasta el mismísimo Indalecio Prieto estuvo a punto de ser detenido. Según los informes periciales allí había armas y munición suficientes para una o dos divisiones. Aquello fue la mejor prueba de que el estallido del movimiento revolucionario no estaba lejano y que esta vez las cosas no iban a pasar por las urnas.
Pocos días más tarde (el 26 de septiembre) se celebran en los montes y valles de León colindantes con Asturias unas importantes maniobras que presencia el propio presidente de la República y en las que participan 23.000 hombres con todo el material militar de un cuerpo del ejército. Manda los ejercicios el general López Ochoa, inspector precisamente de esa zona, y figura como jefe efectivo del Estado Mayor el coronel Aranda. Como expertos están también presentes los generales Masquelet, Martínez Cabrera y Villa Abrille…, pero el invitado de honor del ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, es el general Franco, comandante general de Baleares, que ha acudido para asesorar al ministro; aunque ya entonces se dice que Hidalgo ha llamado a Franco para tenerle a su lado cuando estalle la Revolución.
Curiosamente es a la vuelta de estas maniobras cuando Franco encuentra en su casa de Madrid la carta de José Antonio Primo de Rivera que luego se haría célebre (entre otras cosas por su clarividencia). El texto de la carta decía:
Madrid, 24 de septiembre de 1934
Excmo. Sr. D. Francisco Franco
Mi general: tal vez estos momentos que empleo en escribir le sean la última oportunidad de comunicación que nos queda; la última oportunidad que me queda de prestar a España el servicio de escribirle. Por eso no vacilo en aprovecharla con todo lo que, en apariencia, pudiera ello tener de osadía. Estoy seguro de que usted, en la gravedad del instante, mide desde los primeros renglones el verdadero sentido de mi intención y no tiene que esforzarse para disculpar la libertad que me tomo.
Surgió en mí este propósito, más o menos vago, al hablar con el ministro de la Gobernación hace pocos días. Ya conoce usted lo que se prepara: no un alzamiento tumultuario, callejero, de ésos que la Guardia Civil holgadamente reprimiría, sino un golpe de técnica perfecta, con arreglo a la escuela de Trotsky, y quién sabe si dirigido por Trotsky mismo (hay no pocos motivos para suponerlo en España). Los alijos de armas han proporcionado dos cosas: de un lado, la evidencia de que existen verdaderos arsenales; de otro, la realidad de una cosecha de armas risible. Es decir, que los arsenales siguen existiendo. Y compuestos de armas magníficas, muchas de ellas de tipo más perfecto que las del ejército regular. Y en manos expertas que, probablemente, van a obedecer a un mando peritísimo. Todo ello dibujado sobre un fondo de indisciplina social desbocada (ya conoce usted el desenfreno literario de los periódicos obreros), de propaganda comunista en los cuarteles y aun entre la Guardia Civil, y de completa dimisión, por parte del Estado, de todo serio y profundo sentido de autoridad. (No puede confundirse con la autoridad esa frívola verborrea del ministro de la Gobernación y sus tímidas medidas policíacas, nunca llevadas hasta el final.) Parece que el Gobierno tiene el propósito de no sacar el ejército a la calle si surge la rebelión. Cuenta, pues, sólo con la Guardia Civil y con la Guardia de Asalto. Pero, por excelentes que sean todas esas fuerzas, están distendidas hasta el límite al tener que cubrir toda el área de España en la situación desventajosa del que, por haber renunciado a la iniciativa, tiene que aguardar a que el enemigo elija los puntos de ataque. ¿Es mucho pensar que en lugar determinado el equipo atacante pueda superar en número y armamento a las fuerzas defensoras del orden? A mi modo de ver, esto no era ningún disparate. Y, seguro de que cumplía con mi deber, fui a ofrecer al ministro de la Gobernación nuestros cuadros de muchachos por si llegado el trance, quería dotarlos de fusiles (bajo palabra, naturalmente, de in mediata devolución) y emplearlos como fuerzas auxiliares. El ministro no sé si llegó siquiera a darse cuenta de lo que le dije. Estaba tan optimista como siempre, pero no con el optimismo del que compara conscientemente las fuerzas y sabe las suyas superiores a las contrarias, sino con el de quien no se ha detenido en ningún cálculo. Puede usted creer que cuando le hice acerca del peligro las consideraciones que le he hecho a usted, y algunas más, se le transparentó en la cara la sorpresa de quien repara en esas cosas por vez primera.
Al acabar la entrevista no se había entibiado mi resolución de salir a la calle con un fusil a defender a España, pero sí iba ya acompañada de la casi seguridad de que los que saliéramos íbamos a participar dignamente en una derrota. Frente a los asaltantes del Estado español, probablemente calculadores y diestros, el Estado español, en manos de aficionados, no existe.
Una victoria socialista, ¿puede considerarse como mera peripecia de política interior? Sólo una mirada superficial apreciará la cuestión así. Una victoria socialista tiene el valor de invasión extranjera, no sólo porque las esencias del socialismo, de arriba abajo, contradicen el espíritu permanente de España; no sólo porque la idea de patria, en régimen socialista, se menosprecia, sino porque, de modo concreto, el socialismo recibe sus instrucciones de una Internacional. Toda nación ganada por el socialismo desciende a la calidad de colonia o de protectorado.
Pero, además, en el peligro inminente hay un elemento decisivo que lo equipara a una guerra exterior, éste: el alzamiento socialista va a ir acompañado de la separación, probablemente irremediable, de Cataluña. El Estado español ha entregado a la Generalidad casi todos los instrumentos de defensa y le ha dejado mano libre para preparar los de ataque. Son conocidas las concomitancias entre el socialismo y la Generalidad. Así, pues, en Cataluña la revolución no tendría que adueñarse del poder: lo tiene ya. Y piensa usarlo, en primer término, para proclamar la independencia de Cataluña. Irremediablemente, por lo que voy a decir. Ya sé que, salvo una catástrofe completa, el Estado español podría recobrar por la fuerza el territorio catalán. Pero aquí viene lo grande: es seguro que la Generalidad, cauta, no se habrá embarcado en el proyecto de revolución sin previas exploraciones internacionales. Son conocidas sus concomitancias con cierta potencia próxima. Pues bien: si se proclama la República independiente de Cataluña, no es nada inverosímil, sino al contrario, que la nueva República sea reconocida por alguna potencia. Después de eso, ¿cómo recuperarla? El invadirla se presentaría ya ante Europa como agresión contra un pueblo que, por acto de autodeterminación, se había declarado libre. España tendría frente a sí, no a Cataluña, sino a toda la anti España de las potencias europeas.
Todas estas sombrías posibilidades, descarga normal de un momento caótico, deprimente, absurdo, en que España ha perdido toda noción de destino histórico y toda ilusión por cumplirlo, me ha llevado a romper el silencio hacia usted con esta larga carta. De seguro, usted se ha planteado temas de meditación acerca de si los presentes peligros semejen dentro del ámbito interior de España o si alcanzan ya la medida de las amenazas externas, en cuanto comprometen la permanencia de España como unidad.
Por si en esa meditación le fuesen útiles mis datos, se los proporciono. Yo, que tengo mi propia idea de lo que España necesita y que tenía mis esperanzas en un proceso reposado de madurez, ahora, ante lo inaplazable, creo que cumplo con mi deber sometiéndole estos renglones. Dios quiera que todos acertemos en el servicio de España.
Le saluda con todo afecto, José Antonio Primo de Rivera.
Octubre: la República llama en su auxilio al general Franco
Pocos meses hay en la historia de España tan decisivos como este mes de octubre de 1934, puesto que en el transcurso del mismo sucedieron cosas suficientes para cambiar el rumbo de la Re pública y de España. Porque, ¿qué habría sido de la República, de España y de aquel mundo si triunfa la revolución marxista y se instala en Madrid una República popular como la de los soviéticos? ¿Qué habría sucedido si Cataluña consigue su independencia?… Pero, vayamos a los hechos.
El mes comenzó (día 4) con la caída del Gobierno Samper y la llegada de otro Gobierno Lerroux…, ¿otro? No, un gobierno con participación de cuatro ministros de la CEDA de Gil Robles, la «bestia negra» por entonces de las izquierdas marxistas y no marxistas. Lo cual, teniendo en cuenta los resultados de las elecciones de 1933, era un derecho perfectamente democrático, más democrático incluso que el hecho de que Alcalá Zamora no le hubiese entregado el Gobierno a Gil Robles. Pero esto, al parecer, fue tomado por Largo Caballero y sus seguidores como una provocación… (y digo al parecer, porque todavía hay quien no conoce o no quiere conocer que la decisión de ir a la revolución estaba tomada por el líder socialista desde el mes de agosto de 1933, o sea catorce meses antes).
El día 5 comienza el tomate revolucionario en Asturias y la Generalidad de Barcelona se subleva contra Madrid. El Partido Socialista ha dado a todas sus organizaciones luz verde para la huelga general y la rebelión armada. El ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, ordena buscar inmediatamente al general Franco, que todavía está en Madrid a petición de éste, y esa misma noche del 5, sin ningún nombramiento, le entrega el mando, dejando a un lado al jefe del Estado Mayor Central, general Masquelet, e incluso su despacho… Era lo que ha pasado a la historia como la «Revolución de Asturias»… Aunque en realidad fue un Golpe de Estado en toda regla, orquestado por Largo Caballero, quien esos días demostraría que entre el Lenin ruso y el Lenin español no había comparación posible.
A partir de ese momento los acontecimientos se precipitan y la situación se hace crítica para el gobierno Lerroux, para la República democrática y para España… porque los mineros asturianos se hacen rápidamente con el control del Principado (excepto Oviedo, que resiste a pesar de sus pocas fuerzas militares) y en Barcelona parece que han triunfado los separatistas.
Pero, llegados aquí vamos a seguir la pauta del biógrafo de Franco, don Ricardo de la Cierva:
En Madrid, y en el despacho del ministro, Franco improvisa un reducido y eficaz estado mayor. Junto al teniente coronel Francisco Franco Salgado trabajarían con él, día y noche, el capitán de navío, Francisco Moreno Fernández, y el de corbeta, Pablo Ruiz Marset, además del auxiliar de Oficinas Mili tares, Jesús Sánchez Posada. Algunos mandos seguros de la sección de operaciones del Estado Mayor Central, como el comandante de artillería, Carlos Martínez de Campos, y el de Estado Mayor, Manuel Martín Montavo, cooperan también día y noche con el delegado general del ministro… Franco dicta sus primeras disposiciones el día 6, cuando se fijan las primeras noticias indudables. El ministro de la Guerra se ha entregado en cuerpo y alma a las directrices de su asesor. Sus pende prácticamente a varios mandos que deberían intervenir en los sucesos y destituye fulminantemente a otros, como al je fe de Aeronáutica (miembro destacado del gabinete azañista, sustituido provisionalmente por el general Goded, presente en el Ministerio desde la mañana del día 6), y al jefe de la base aérea de León y primo de Franco, comandante Ricardo de la Puente Bahamonde. Ordena al jefe superior de las fuerzas mi litares de Marruecos el envío de una bandera legionaria a Barcelona, otra a Valencia y dos, junto con un tabor de regulares de Ceuta, a Asturias; la presencia de los marinos en el Ministerio asegura la vital cooperación de la escuadra. En la mañana del día 6, Hidalgo trata de convencer a Lerroux para que nombre a Franco general en jefe de las columnas que van a marchar sobre Asturias, pero presiones políticas aconsejan la designación del general Eduardo López Ochoa, quien recibe el encargo en el Ministerio, ante Franco y Goded, a la una de la tarde del día 6, y tras un viaje dramático, tiene que dormir so lo en Ribadeo esa noche; de madrugada, alcanzará a la pequeña columna -un incompleto batallón de Lugo- con la que realizará una heroica marcha de penetración hasta el centro de la rebeldía.
El 7 de octubre, López Ochoa llega a Grado y amaga sobre Trubia. Hidalgo, a instancias de Franco, sigue suspendiendo a numerosos mandos militares afectos a Azaña, contra quien se dicta en Barcelona orden de busca y captura. José Antonio Primo de Rivera habla en la Puerta del Sol a una muchedumbre enardecida, tras ofrecerse incondicionalmente al Gobierno… El Libertad arriba al Musel con un batallón ferrolano enviado por Franco y sus enormes focos iluminan las cumbres atormentadas de Asturias. Es la primera esperanza de Oviedo.
El 8 de octubre, López Ochoa maniobra genialmente hacia la costa y deja plantado al grueso de sus enemigos en el desfiladero de Trubia. Pernocta a la entrada de Avilés. En Ceuta han embarcado las tropas de África; el viejo héroe de la harca de Beni Urriaguel, el teniente coronel López Bravo, comenta que sus Cazadores de África <<no dispararán contra sus hermanos>>, lo que le vale la destitución fulminante. Diego Hidalgo recuerda que la dictó <<acompañado del general Franco, a quien por su valía, por su pericia militar y por su lealtad al régimen he tenido a mi lado para que me asesorase en todos los acontecimientos>>. El Cervera deja a López Bravo en La Co ruña. El día 9 Ramón González Peña preside una escena lamentable: sus hombres desvalijan las arcas del Banco de España en Oviedo. Manuel Azaña es capturado en Barcelona: toda la ilusión del14 de abril yace en el fango y la sangre que diagnosticara don Diego Martínez Barrio. López Ochoa entra en Avilés y sigue su audaz marcha sobre Oviedo, mientras el batallón ferrolano enviado por Franco apenas progresa desde Gijón, donde el coronel Domingo Moriones Larraga ha dominado ya prácticamente con sus medios la rebeldía de la CNT.
El 10 de octubre van llegando a Madrid noticias que mar can el principio del fin. Para mandar a las tropas africanas de desembarco, Franco ha sacado de su retiro agreste en San Leo nardo a Juan Yagüe, quien vuela en autogiro desde sus pinares a la playa de Gijón, y mientras espera a sus legionarios, evoluciona en la mañana de ese día sobre Oviedo, que sigue resistiendo todos los embates del ejército minero. López Ochoa pernocta en los arrabales de la ciudad mientras González Peña intenta un asalto desesperado. Al atardecer desembarcan en el Musel las banderas de Ramajos y Alcubilla, con el tabor de Ruiz Marset. El oficial de Intendencia, José Martín Blázquez, futuro organizador del ejército republicano en la Guerra Civil, llega a Santander y no oye más que frases como éstas: <<Franco está a cargo de todo>>, <<desde que Franco se puso al frente de las operaciones, el avituallamiento de las tropas se hizo con gran eficacia>>. Con tanta, que Martín Blázquez se vio en apuros para alojar a los centenares de vacas gallegas enviadas por Franco a Gijón con destino a los cercados de Oviedo, exacta mente quinientas. Prácticamente, la rebelión estaba vencida el día 11, cuando Yagüe confirma, desde los altos de la Corredeira la entrada de López Ochoa en la que ya se llamaba ciudad mártir.
El final estratégico -junto con el problema de disciplina llega al día siguiente, 12 de octubre. El que a sí mismo se llamaba ejército rojo inicia la desbandada en todos los frentes. Yagüe contacta con López Ochoa; en una de las maniobras de las tropas de África muere en combate el jefe del tabor, comandante Ruiz Marset… Mientras tanto el coronel Aranda, repitiendo con fuego real las maniobras del mes anterior, corona y cierra todos los puertos de Asturias a León y se dispone a lanzarse sobre los restos de la rebelión. Yagüe se enfrenta con López Ochoa y declara que no piensa recibir más órdenes que las de Franco… y Franco es el primero en devolverle a la disciplina.
Luego, López Ochoa pacta y acuerda con González Peña la rendición de los revolucionarios.
La fase final de la batalla de Oviedo se vio acompañada de nuevas violencias; fue entonces cuando ardió la Universidad, y quedaron reducidos a escombros magníficos edificios como los almacenes Simeón y el Instituto Nacional. Sólo el día 14 pudo considerarse definitivamente liberada la capital asturiana… aunque hasta final de mes no pudo darse por terminada la batalla, ya que incluso después de tomar Yagüe, Mieres, y López Ochoa, Sama de Langreo, y establecer contacto con la columna que había quedado detenida en Pajares, todavía se siguió combatiendo en algunos focos montañosos.
***
En Barcelona la <<cosa» fue más sencilla, pues la sublevación de la Generalidad, con su presidente Companys al frente, le duró al general Battet exactamente doce horas. Y mucho más fácil en Madrid, donde Largo Caballero no consiguió ni siquiera la huelga general o salir a la calle. El Lenin español fue detenido el día 14 en su propio domicilio, tras permanecer escondido más de una semana.
En resumen, la revolución socialista-anarquista-comunista que, de triunfar, habría implantado en España la dictadura del proletariado bajo el nombre de República popular, fue un fracaso absoluto y una tragedia, ya que, a pesar de la derrota, la conocida por Asturias roja fue símbolo y germen de la cruel guerra de 1936.
«Claro que -como diría Salvador de Madariaga- con la rebelión de 1934, las izquierdas perdieron toda la autoridad para condenar la sublevación de 1936.»
Pero, lo que no hay que olvidar es que fue el general Franco quien, aunque sin mando real, dirigió, a petición del gobierno legítimo de la República, aquella batalla decisiva para el régimen republicano y quien, por tanto, salvó militarmente a la república democrática… al menos así lo entendieron desde el presidente del Gobierno hasta el último español de orden pasando por el ministro de la Guerra, don Diego Hidalgo, y los más destacados miembros del ejército.
Noviembre: Calvo Sotelo se deshace del ministro de la Guerra
Pero la revolución no terminó, al menos políticamente, con el silencio de las armas, pues nada más volver los ministros de la Guerra, de Justicia y Obras Públicas de Oviedo, a donde habían ido acompañados del general Franco para ver sobre el terreno los efectos desastrosos del enfrentamiento armado, comenzó el ajuste de cuentas a los responsables.
Las derechas en general, y Calvo Sotelo, en particular, fueron por derecho a por la cabeza del ministro de la Guerra, don Diego Hidalgo Durán, quizás sin darse cuenta de que había sido éste quien al confiarle a Franco la dirección de la batalla militar, les salvó, a todos y a la República, de ser implantada la dictadura del proletariado.
No obstante, y en honor a la verdad, hay que aceptar que el discurso de don José Calvo Sotelo del día 6 en las Cortes no sólo fue demoledor, sino digno de figurar en el cuadro de honor de la oratoria parlamentaria española de todos los tiempos.
Por su interés merece la pena incluir algunos párrafos de este discurso como el relativo a las «Culpas de Lenidad»:
Pero, aparte esto -perdonadme que me haya exaltado un poco-, en la gestión del Sr. Ministro de la Guerra hay lenidad evidente y cosas gravísimas, muchas de las cuales no saldrán de mis labios; que sello por un criterio de patriotismo, como esto mismo que acabo de decir me lo hubiera callado hace veintitantos días, cuando el problema del orden público estaba en fase álgida. El Sr. Ministro de la Guerra ha realizado, durante estos momentos de revolución, infinidad o, por lo menos, numerosísimas destituciones de mandos militares, y yo me pregunto: ¿Es posible que el Ministro de la Guerra no haya conocido la mentalidad, la lealtad y las condiciones de mando de un gran número de sus subordinados hasta que la revolución vino a llamar a las puertas de su Ministerio? Si lleva varios meses al frente del Departamento y estaba obligado a haber penetrado, a haber calado a fondo en el alma y en la mentalidad de esos mandos, ¿cómo se puede admitir que la destitución se haga en el momento mismo en que se envía a las tropas a librar batallas? Es una irresponsabilidad enorme, que demuestra que el Ministro de la Guerra, como el Gobierno Samper entero, habían abandonado España en manos de la Divina Providencia; que ella sola, la Divina Providencia, es quien nos ha salvado en esta ocasión. Claro es, señores, que esas destituciones me parecen justas; las destituciones hechas por los representantes de un Poder, cuando éste se ve asaltado por la revolución, no han de merecer de los hombres de orden ni reconvención ni censura; pero en muchos casos las destituciones no bastan. Conozco abundantes de lenidad evidente, pero voy a referirme sólo a uno, que es auténtico y se me podrá rectificar, aunque, a pesar de la rectificación, lo que yo diga nadie lo ha de mover.
Un teniente coronel que manda una unidad en África es llamado para embarcar con ella y con otras tropas de aquel territorio con destino a Asturias.
(Un señor diputado: es masón.)
Lo ignoraba, pero los hechos demuestran que debe ser verdad. Al tiempo de embarcar ese teniente coronel (a quien, como soldado, guardo profundo respeto, porque es un hombre que ha hecho su carrera derramando su sangre y obteniendo más de un ascenso por méritos de guerra), en el momento de embarcar, digo, dirige una arenga de rebeldía, diciéndoles que en lugar de disparar contra sus hermanos deben hacerlo contra el Gobierno. Hay alguien que previene, al ministro de la Guerra, el cual no da crédito a lo que se dice y pide informe a la autoridad superior militar en África, al general Gómez Morato, el que contesta telefónicamente manifestando que responde de aquel jefe del que tiene un excelente concepto y los mejores informes. Embarcan aquellas unidades, marcha el barco, y a medianoche el comandante del barco lanza un «radio» al ministro de Marina diciéndole que el teniente coronel que manda aquellas fuerzas trata de sublevar, con propagandas incendiarias, a la marinería.
[El señor ministro de Marina: perdone S.S., eso no es cierto… (rumores). El señor Tejera: masón también (aplausos y risas). El señor Presidente reclama orden. Podrá haber algún error de detalle, pero en el fondo hay verdadera veracidad (rumores).]La prueba de ello está… (El señor ministro de Marina: ¿me permite S.S. una interrupción?) Con mucho gusto. (El señor Ministro de la Marina: yo lo único que decía era que ese «radio» al ministro de Marina no es cierto. El señor Comín: A S.S. le van a decir muchas cosas.) (Risas.) La veracidad en el fondo es lo que interesa… Yo sé que en el barco en el que viajaba ese jefe se produjo un conato de sublevación y que, ante la posibilidad de ésta, la oficialidad aquella noche tuvo que juramentarse y tomar los fusiles. (El señor ministro de la Marina: No. Varios señores diputados: Sí, sí. El señor Presidente reclama silencio.)
Y la prueba de que eso es cierto está, primero, en que hay un Consejo de Guerra contra algunos de los soldados de ese barco, y después, que ese jefe desembarcó en La Coruña, por que al capitán del barco se le ordenó que atracase en aquel puerto sin que fuera ninguno de los de escala previstos. Atracó allí el barco, diciéndole al jefe que tenía que recibir órdenes personalmente del comandante general de aquella división; desembarcó el jefe e inmediatamente el barco siguió su ruta a Gijón. ¿Qué se ha hecho con ese jefe, responsable de un delito tan grave? Lo pregunto; pero por si acaso no me pueden dar otra contestación, diré que según mis noticias, que ojalá fueran rectificadas por el Gobierno (mirad hasta qué punto pospongo yo al interés público la realidad de mis afirmaciones), ese jefe ha sido declarado en situación de disponible y ha podido volver a Ceuta, donde libremente se consagra a las mismas propagandas que antes realizaba. Rectifiqueme el Gobierno. (El señor ministro de la Marina: lo rectifico.) Ese jefe ¿ha sido sometido a sumaria y está pendiente de Consejo de Guerra? ¡Ojalá me diga eso!
[El señor Ministro de la Marina: Pues eso. ¿Me permite S.S.? Comprenderán los señores diputados que yo no era el llamado a hablar de esto sino el ministro de la Guerra, pero, como no está presente, puedo asegurarles que a ese jefe que hizo algunas de esas cosas… (exclamaciones) pero ¿es que cree el joven diputado que voy a negar eso, cuando fui yo quien dio cuenta al Consejo de Ministros de lo hecho por ese jefe? Ese jefe, digo, está sometido a sumaria y pendiente de Consejo de Guerra, y precisamente, no para agravar su situación, sino para que resplandezca la justicia, el ministro de la Marina ha hecho enviar testimonio al juez de esa causa para que se imponga a ese jefe al castigo a que se ha hecho acreedor (muy bien). Un señor diputado: no se exigieron así las responsabilidades de Annual (rumores).]Por Annual cayó la monarquía y por Annual estáis vosotros aquí. Ya veremos si la historia se repite.
Tercer hecho: entrada de las tropas del general López Ochoa en la cuenca minera de Asturias. Se ha hablado de pacto. El señor Lerroux a quien rindo mis respetos y, además, y lo digo ahora en público porque no había tenido ocasión de decirlo más que a él personalmente en los pasillos, mi gratitud, porque su actuación personal fue la que dirimió la propuesta de amnistía gracias a la cual me encuentro aquí; el señor Lerroux dijo a los periodistas un día que no era cierto que existiese pacto, que a lo sumo se trataba de táctica. Pues bien, señores diputados: yo tengo aquí el texto literal del telegrama urgentísimo que dirigió el general López Ochoa al jefe de la columna Sur-Norte que estaba en Vega de Rey, y este telegrama dice:
«Disponga avanzar mañana a las 7 en dirección a Ujo y Mieres. Stop. Hay la casi seguridad de que nuestras fuerzas no serán hostilizadas. No obstante, adopte medidas de seguridad durante la marcha de la columna ocupando alturas, pero avance sin vacilaciones. Si la fuerza fuese agredida, pero en número, deberá rechazar la agresión con disparos sueltos de fusilería, no empleando ni ametralladoras ni menos artillería. Jefe mineros conferenció hoy conmigo ofreciendo entrega armas, que se hallarán reconcentradas y poder Guardia Civiles prisioneros en Casas del Pueblo, las cuales deberán ser respetadas. Prohíba terminantemente, bajo severas medidas, molestias para los mineros, si ellos cumplen sus ofrecimientos. Artillería y ametralladoras deberán ocupar puntos dominantes por si hubiera traición; pero hay que evitar a todo trance cualquier equivocación. Si hubiera alguna agresión aislada no deberá ser tomada en cuenta. Respétense edificios y familias. Apoderese enseguida de armas depositadas. Acuse inmediatamente recibo del presente radio.»
[El señor Rey Mora: ése es el telegrama de un general y no de un loco. El señor Comín: ¡así murió Valenzuela! (siguen los rumores).]Yo no quiero hacer comentarios; lo único que digo es que hubo pacto, que no se puede negar que hubo pacto (un señor diputado: eso no es un pacto), y que el pacto fue incumplido porque ni se entregaron las armas ni se entregó la cuarta par te del Comité Revolucionario, aunque lo que yo censuro no es el incumplimiento del pacto, sino que después de haberse llegado con tanto éxito a la reconquista de Oviedo, librándola del cerco a la que la habían sometido los rebeldes, se haya celebrado un pacto entre el representante del Poder público y una facción que había cometido los crímenes más villanos que registra la historia de todos los países.
[Aprobación en la minoría de Renovación (rumores). El señor Rey Mora: hay que probarlo. El señor Fernández Ladreda: rigurosamente cierto, yo puedo decirlo porque estaba allí.]Diciembre: Azaña en la cárcel y Franco en la cúspide
La historia de España, indudablemente, está llena de paradojas y situaciones esperpénticas, por donde quiera que se abra una página. Pero, tan curiosa como ésta de Azaña y Franco no hay muchas. ¿Quién les iba a decir a los propios protagonistas de 1931 (uno ministro todopoderoso, Azaña, y el otro un simple cesado y en retiro forzoso, Franco) cuál sería la situación de ambos tres años más tarde? ¿Quién les iba a decir al autor y a la víctima del Decreto de Congelación que antes de terminar el año 1934 iban a estar el uno en la cárcel y el otro en la cúspide de su prestigio profesional?… ¿Y cómo podía pensar Azaña que el perseguido Franco -por su escaso entusiasmo republicano- iba a ser el salvador de su República y el general que desde el mismo despacho en el que él le mortificó dirigiría las operaciones que a la postre dieron con sus huesos en la cárcel?
Y, sin embargo, así fueron las cosas. Porque Azaña casi termina el año 1934 detenido por su presunta participación en el movimiento revolucionario de octubre y su connivencia con la sublevación de Cataluña y Franco estaba a punto de ser nombrado jefe del ejército (pues, eso era la Jefatura del Estado Mayor Central), mimado por el Gobierno de la República en el apogeo de su prestigio como general.
Fue puesto en libertad el día 28 de diciembre.
¡Ironías del destino! Claro que si en lugar de mirar hacia atrás se mira hacia delante tampoco deja de ser irónico que al cabo de otros dos años, uno fuese el jefe del Estado de una España (Azaña) y el otro Jefe del Estado de otra España (Franco).
De lo que no cabe duda es de que fue Franco quien, llamado por el gobierno legítimo salido de las elecciones de 1933, salvó la república democrática y quien evitó la implantación en España de la dictadura del proletariado.
Y llegamos a 1935, otro año decisivo para España, para la República y, naturalmente, para Franco…, pues es en este año cuando el general más joven de Europa alcanza la cúspide de su carrera militar antes de la Guerra Civil, cosa que sucedería el día 20 de mayo al tomar posesión de la Jefatura del Estado Mayor del ejército, tras la breve estancia en África, otra vez, como jefe supremo de las fuerzas españolas destacadas en Marruecos… Francisco Franco Bahamonde tiene en ese momento cuarenta y dos años, cuatro meses y veintidós días, y es ya, sin duda, el primer general de la República. Aquel que, siendo monárquico de corazón, ha dicho ya no a un golpe militar de derechas y no a un golpe revolucionario de izquierdas, en defensa de la legalidad vigente. El mismo que se dispone a rectificar la política militar trituradora de don Manuel Azaña.
Pero ¿qué había pasado en España desde octubre, desde la Revolución de Asturias del 34, y cómo habían evolucionado las cosas en esos meses de ausencia de Franco? Sencillamente, lo que tenía que pasar: que las derechas, aquellas ciegas derechas, no supieron ganar la posrevolución y cayeron, como siempre, en las rencillas personales y en los dimes y diretes partidistas… Indalecio Prieto, otra vez huido, lo dijo entonces bien claro:
Y lo peor no es lo que ha pasado en Asturias y lo que está pasando; lo peor es el torrente de odio que se está represando en España. Mi alma está impregnada de una extraña mezcla de tristeza y de ira. Veo horizontes muy negros en el porvenir…
Sin embargo, lo más grave de aquellos meses fue la postura del mismísimo presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, al decir de Gil Robles («La postura equívoca adoptada a lo largo de 1934 y la actitud claramente impunista sostenida después de la Revolución de Octubre me afirmaron en la creencia de que uno de los más graves peligros para la paz de España se encontraba en el señor Alcalá Zamora»), y el desbarajuste económico-social que provocaba la tambaleante situación política. ¿Qué habría sucedido entonces si Alcalá Zamora entrega el poder a la CEDA y hace jefe del Gobierno a Gil Robles, el verdadero triunfador en las elecciones de 1933? Pero Alcalá Zamora no sólo no hizo esto, sino todo lo contrario: retrasar, entretener, poner trabas, obstruir, encizañar e, incluso, impedir que la CEDA y su jefe obtuviesen el poder que, por otra parte, y en buena lógica democrática y constitucional, hubiese sido lo normal. Naturalmente, esta obsesión del presidente Alcalá Zamora y su sueño de instrumentar un «centro» político sólo podía desembocar en lo que a la postre desembocó. Claro que antes la CEDA, al fin, entró en el Gobierno y tuvo sus ministros, primero casi de puntillas y luego, ya en el mes de mayo, casi a la fuerza, como diría Alejandro Lerroux: «Abiertas las consultas, tan del gusto de Alcalá Zamora, hallose éste ante una clara alternativa: o disolución de las Cortes (tesis de las izquierdas) o Gobierno mayoritario (tesis de las derechas)… Por último -escribe Lerroux-, o tomarlo, o dejarlo. S.E. se vio en el trance de tener que darle el poder a Gil Robles si no me lo daba a mí, porque fuera de estas soluciones no había solución, sino disolución… en el sentido más amplio de la palabra: disolución de las Cortes, de los partidos, de la República, ¡quién sabe!
El hecho fue que José María Gil Robles ocupó entonces, ya que no la presidencia del Gobierno, sí el más importante de los ministerios: el de la Guerra. ¿Y por qué eligió el líder de las derechas, precisamente, el ministerio de la Guerra, es decir, la suprema jefatura del ejército? ¿Acaso para emular al líder de las izquierdas, don Manuel Azaña, y fastidiar al sinuoso Alcalá Zamora? ¿Acaso para preparar el golpe de Estado que ya parecía inevitable?… Esto nadie mejor que el propio Gil Robles puede contestarlo.
La lucha con el señor Alcalá Zamora en las crisis ministeriales de abril y mayo de 1935 -escribe en No fue posible la paz- se desarrolló, principalmente, en torno al interés que se me atribuyó, primero, y manifesté, después, en desempeñar la cartera de Guerra. Al verme salir triunfante en la porfía, las gentes hubieron de plantearse, como era lógico, los motivos de aquel deseo. A partir de entonces no han dejado de formularse numerosas preguntas acerca de mi actitud, hasta ahora sólo contestadas por la pasión de los amigos o de los enemigos.
¿A qué se debió mi empeño en ser ministro de la Guerra? ¿Pretendí tan sólo humillar al presidente de la República o reducirle, cuando menos, al cumplimiento de sus deberes constitucionales? ¿Eran más ambiciosos y de mayor alcance mis proyectos? ¿Preparaba tal vez un golpe de estado? ¿Por qué abandoné mi puesto en diciembre de 1935 en vez de adueñar me del poder por la fuerza? ¿No hubiera desempeñado con mayor acierto cualquier otro departamento en consonancia con mi preparación y mis aficiones?
La intervención del ejército español en la política durante los últimos ciento cincuenta años ha obedecido a una ley inexorable del mundo material y del orden moral: el horror al vacío. Si actuó en ese terreno fue para sustituir a fuerzas políticas inexistentes o ficticias. De haberse delineado, por el contrario, en el panorama nacional grupos sociales y partidos políticos de suficiente solidez, el ejército, subordinado al poder civil, no se habría salido de la función que estrictamente le corresponde. Pero la falta de esa poderosa estructura social, capaz de hacer frente a los choques cada vez más violentos de la lucha de clases, le obligó a convertir sus intervenciones esporádicas para defender el orden público en una acción política permanente. Poco a poco la solicitud de grandes intereses, en sus apelaciones sistemáticas al ejército para consolidar unas posiciones privilegiadas, y la tendencia de la masa inerte de la nación a regir sus responsabilidades políticas y vegetar al amparo de la fuerza, le fueron apartando del cumplimiento de su misión profesional específica, para convertirlo en eje de la vida pública del país.
Consideraba muy grave el proceso y estimaba indispensable oponerme a sus avances, en bien de la sociedad toda, comenzando por el propio ejército. Para conseguirlo, era preciso una doble tarea: vigorizar los núcleos políticos ya sociales en los que parecía irse modelando una nueva contextura de la vi da española y rehacer el destrozado ejército de la República. Para lograr este último objetivo y convertirlo en instrumento adecuado de una vigorosa política nacional, se necesitaba restablecer la satisfacción interior en el elemento armado, depurar su mando y dotarle de los medios precisos para cumplir su alta misión con dignidad y eficiencia…
¿Y qué fue lo primero que hizo Gil Robles al llegar al Ministerio de la Guerra?
Para proceder con el debido convencimiento de causa -dice Gil Robles-, puesto que no era yo un técnico en los problemas y cuestiones militares, quise, ente todo, asesorarme por los altos mandos castrenses. A ese propósito obedeció la reunión celebrada el 11 de mayo -cuatro días después de haberme posesionado del cargo- en mi despacho del Ministerio. Asistieron a ella el subsecretario y jefe de la división de Burgos, general Fanjul, y los generales Rodríguez del Barrio, jefe de la Primera Inspección del ejército; Cabanellas (Virgilio), de la primera división orgánica -Madrid-; Lon Laga, segundo jefe del Estado Mayor Central; Villa Abrille, jefe de la división de Sevilla; Franco, jefe superior de las fuerzas de Marruecos; Riquelme, de la división de Galicia; Villegas, de la de Aragón; Goded, jefe de las fuerzas militares de Baleares; Molero, de la división de Valladolid; Sánchez Ocaña, de la de Cataluña; Núñez del Prado, segundo jefe de la Inspección del ejército; Peña, jefe de la División de Caballería de Madrid, y Gómez Morato, de la división de Valencia.
Durante cinco horas, interrumpidas por un breve descanso, escuché los informes de mis interlocutores, en contestación a las numerosas preguntas de un cuestionario en el que procuré reflejar todos los problemas que afectaban a la colectividad castrense. El resumen de los informes fue desolador. La realidad superaba los cálculos más pesimistas. En el ejército faltaba todo: satisfacción interior, unidad espiritual, organización adecuada, medios materiales… No se había milagrosamente disuelto, por la práctica de las más altas virtudes militares en la parte más selecta de las fuerzas armadas.
La terrible realidad no deprimió, por fortuna, mi ánimo, sino que me infundió mayor vigor para emprender la inmensa tarea de hacer el ejército con que soñaba. Era necesario trabajar sin descanso, redoblar los esfuerzos, multiplicar los sacrificios y mantenerse en el poder el mayor tiempo posible.
Por lo pronto, debía escoger con sumo cuidado los colaboradores. Para la Jefatura del Estado Mayor Central, pieza clave de la reorganización del ejército, busqué un máximo prestigio militar: el general Franco…
¿Y por qué Gil Robles eligió a Franco para la Jefatura del Estado Mayor Central del ejército? Helo aquí escrito por el propio Gil Robles:
… si me decidí a nombrarle Jefe del Estado Mayor Central fue porque la voz casi unánime del ejército le designaba como jefe indiscutible. El presidente de la República se opuso en un principio tenazmente al nombramiento, lo que me obligó a amenazarle con la dimisión.
Bien, pues ya tenemos a Franco situado en la cúspide de mando del ejército. Naturalmente, éste sería el momento de relatar la labor de gran organizador que fue siempre el más tarde llamado Generalísimo y jefe del Estado español… pero, como no es éste el propósito del libro vamos a dar un salto en el tiempo e irnos a lo que sí es objetivo de éste: la crisis de Estado del mes de diciembre de 1935. Porque, entonces una vez más, Franco tuvo en sus manos el destino de la República.
¿Y qué sucedió, concretamente, en la tarde del 11 de diciembre de 1935? Pues ocurrió que el presidente Alcalá Zamora, abierta otra crisis ministerial y en pleno período de consultas, movió los hilos para que la Guardia Civil rodease el Ministerio de la Guerra y tomase algunos puntos estratégicos de Madrid en previsión de lo que pudiera pasar ante su decisión de no entregar el Gobierno a quien parlamentaria y constitucionalmente le correspondía en aquella encrucijada, es decir, a don José María Gil Robles, el jefe de la CEDA. Lo que traducido al lenguaje político y según todas las opiniones, era realmente un golpe de estado dado desde la jefatura del Estado. Y sucedió que, ciertamente, el señor Gil Robles, a la sazón todavía ministro de la Guerra, se enfrentó cruda, abierta y frontalmente al presidente Alcalá Zamora.
Mis razones no hicieron mella alguna en el ánimo del jefe del Estado -escribirá más tarde en sus Memorias-. Insensible a toda voz que no halagara su ilimitada vanidad y su espíritu caciquil, satisfecho por los proyectos de creación de un partido de centro, se encerró en una actitud de aparente reserva, que no lograba ocultar la decisión de consumar la maniobra. Comprendí que era inútil todo esfuerzo. El presidente llevaba a España hacia el abismo. Su decisión -terminé diciéndole- arrojará, sin duda, a las derechas del camino de la legalidad y del acatamiento al régimen. Con el fracaso de mi política, sólo podrán ya intentarse las soluciones violentas. Triunfen en las urnas las derechas o las izquierdas, no quedará otra salida, por desgracia de su responsabilidad, y la catástrofe que se avecina será inmensa. Sobre usted recaerá, además, el desprecio de todos. Será destituido por cualquiera de los bandos triunfantes. Por mi parte no volveré a verle jamás aquí. Ha destruido usted una misión conciliadora.
La última parte de nuestra conversación fue durísima, violenta. Como pretendiese, por ejemplo, el señor Alcalá Zamora, justificar su negativa a entregarme la confianza para formar gobierno en el hecho de que yo no había votado la Constitución de 1931, hube de responderle incisivamente: «Es cierto; pero tampoco juré, como otros, la Constitución de la monarquía.» Hasta el despacho donde se encontraban los ayudantes de servicio, incluso hasta la sala donde esperaban las visitas, llegaba mi voz, vibrante de indignación…
Como puede verse era otra encrucijada vital para la República y más teniendo en cuenta que para entonces las izquierdas estaban ya contra el sistema y contra el presidente Alcalá Zamora, a quien incluso despreciaron olímpicamente no acudiendo a las consultas para la formación de Gobierno.
Pero si Alcalá Zamora había utilizado a la Guardia Civil, Gil Robles tampoco se anduvo por las ramas, pues nada más volver de palacio se reunió con su subsecretario, el general Fanjul, y se planteó la posibilidad de un contragolpe, ahora sí militar…
Al llegar al Ministerio de la Guerra -son palabras del propio Gil Robles-, donde reinaba gran excitación, acudió a mi despacho el subsecretario, general Fanjul. Estaba alarmadísimo por las noticias que circulaban acerca de la actitud del presidente de la República. La camarilla civil y militar de don Niceto ya se había encargado de divulgarla.
Di a conocer a Fanjul el desarrollo de la entrevista que acababa de tener, y los términos en que, a mi juicio, quedaba planteado el problema. En el acto me contestó: «Hay que impedir que se cumplan los propósitos de don Niceto. Si usted me lo ordena, yo me echo esta misma noche a la calle con las tropas de la guarnición de Madrid. Me consta que Varela piensa como yo, y otros, seguramente, nos secundarán.»
Mi respuesta fue sustancialmente -casi podría decir literalmente- la siguiente: «Estoy convencido de que el decreto de disolución en que piensa el presidente, contrario a toda ortodoxia constitucional, representa un verdadero Golpe de Estado que nos llevará a la guerra civil. Alabo y admiro su patriotismo, tantas veces evidenciado. No me parece, sin embargo, adecuado el medio que me propone para evitar la catástrofe. Hoy no se hacen los pronunciamientos como en el siglo XIX, sobre todo cuando hay que contar con una fuerte reacción de las masas encuadradas en el Partido Socialista y en la CNT, que se lanzarán a la calle, después de haber desencadenado una huelga general. Además yo no intentaré ningún pronunciamiento a mi favor, pues me lo impide la firmeza de mis convicciones democráticas, y mi repugnancia invencible a poner las fuerzas armadas al servicio de una fracción política. Ahora bien, si el ejército, agrupado en torno a sus mandos naturales opina que debe ocupar transitoriamente el poder con objeto de que se salve el espíritu de la constitución y se evite un fraude gigantesco de signo revolucionario, yo no constituiré el menor obstáculo y haré cuanto sea preciso para que no se rompa la continuidad de acción del poder público. Exijo, eso sí, como condición esencial, que los jefes responsables del pronunciamiento den su palabra de honor de que la acción se limitará rigurosamente a restablecer el normal funcionamiento de la mecánica constitucional y a permitir que la voluntad de la nación se exprese con plena e ilimitada libertad. Consulte usted inmediatamente con el jefe del Estado Mayor Central y con los generales que más confianza le inspiren. Deme mañana mismo la contestación. Yo no asistiré a esas reuniones, en primer lugar porque no proyecto ni patrocino un Golpe de Estado que me lleve al poder y, además, para que puedan ustedes deliberar con libertad completa.»
¿Y qué contestó Franco una vez consultado por expreso deseo del ministro Gil Robles?
Con ansiedad enorme -responde el propio Gil Robles aguardé el resultado de las conversaciones mantenidas aquella noche por los generales Franco, Fanjul, Varela y Goded. En un principio, no hubo entre ellos absoluta identidad de criterio. Al fin, la resolución fue unánime. El general Franco les convenció de que no podía ni debía contarse con el ejército, en aquellos momentos, para dar un golpe de Estado. Así me lo comunicaron a primera hora de la mañana siguiente, los generales Fanjul y Varela.
O sea, que el general Franco les convenció de que no podía ni debía contarse con el ejército, en aquellos momentos, para dar un golpe de Estado.
Es decir, que Franco, una vez más, vuelca todo su poder, su prestigio y su experiencia (sacrificando, de nuevo, sus sentimientos monárquicos) en defensa de la legalidad vigente… aquella legalidad que ni el presidente de la República, ni las derechas, ni las izquierdas ni el centro sabían ya dónde estaba, al igual que el 10 de agosto de 1932, o como en octubre de 1934.
¡Y es que allí todo el mundo quería su golpe de Estado o su legalidad o su República!… Todos, menos Franco, quien a pesar de todo sólo pensaba en España.
Así salió Gil Robles del Ministerio de la Guerra y así comenzó el Gobierno Portela Valladares… aquel que, como veremos enseguida, provocaría otra encrucijada vital para la República y otra situación de golpe de Estado. Pero, vayamos al encuentro del Frente Popular y de la penúltima escena de la tragedia.
Y todavía le quedaba el último intento. Eso fue ya tras las elecciones de febrero que gana el Frente Popular. El día 17 de febrero, efectiva y naturalmente, los simpatizantes del Frente Popular se echaron a la calle y provocaron los primeros enfrentamientos (sobre todo por la reapertura de Las Casas del Pueblo y la puesta en libertad de los presos)… Madrid era un olla a punto de estallar.
Aquella misma mañana se acordó en Consejo de Ministros la proclamación del Estado de alarma en toda España y Portela quedó autorizado por Alcalá Zamora para declarar el Estado de guerra donde considerase y fuese necesario.
Fue entonces, al terminar el Consejo, cuando Portela comunicó a Franco lo acordado y le autorizó para hablar con los capitanes generales de las divisiones orgánicas y, según las circunstancias, tomar decisiones… El «Estado de guerra fue proclamado en Zaragoza, Valencia, Oviedo y Alicante para reprimir -son palabras de Gil Robles- la locura colectiva de las masas, que incluso liberaron a los leprosos de Fontilles».
Sin embargo, el presidente de la República dio marcha atrás y Portela y Franco tuvieron que dejar la situación en Estado de alarma… Claro que Franco, entonces, se fue a ver al presidente del Gobierno, señor Portela, para hacerle ver la gravedad de los acontecimientos… Fue en esta entrevista, al parecer, donde se cruzaron estas palabras:
– Ya no soy jefe de Gobierno. Acabo de dimitir -dijo Portela.
Franco sorprendido por aquella revelación, exclamó con energía:
– ¡Nos ha engañado, señor presidente! Ayer sus propósitos eran otros.
-Le puedo jurar -replicó Portela- que no les he engañado. Yo soy republicano pero no comunista y he servido lealmente a las instituciones en los gobiernos de que he formado parte o presidido. No soy un traidor. Yo le propuse al presidente de la República la solución; ha sido Alcalá Zamora quien se ha opuesto a que se declarase el Estado de guerra.
– Pues, a pesar de todo, y como está usted en el deber de no consentir que la anarquía y el comunismo se adueñen del país, aún tiene tiempo y medios para hacer lo que debe. Mientras ocupe esa mesa y tenga a mano esos teléfonos…
Portela interrumpió:
– Detrás de esta mesa no hay nada.
– Están la Guardia Civil y las Fuerzas de Asalto…
– No hay nada, replicó Portela. Ayer noche estuvo aquí Martínez Barrio. Durante la entrevista penetraron los generales Pozas y Núñez del Prado, para decirme que usted y Goded preparaban una insurrección militar. Les respondí que yo tenía más motivos que nadie para saber que aquello no era cierto. Martínez Barrio me pidió que me mantuviese como fuera durante ocho días en el Gobierno. Querían, sin duda, que la represión de los desórdenes la hiciera yo. También me dijo Pozas, que el inspector general de la Guardia Civil y el jefe de las Fuerzas de Asalto se habían ofrecido al Gobierno del Frente Popular que se formase. ¿Ve usted -concluyó Portela- cómo detrás de esta mesa no hay nada?
O sea, que Franco primero tiene que recordarle al Jefe del Gobierno cuál es su deber y luego rechazar, otra vez, la sugerencia del golpe de Estado. ¿Qué habría sucedido si en ese momento Franco acepta y se decide por el golpe que le sugiere el mismísimo presidente del Gobierno?… Pero, el hecho cierto es que Franco no cayó en la trampa y, contra sus sentimientos, acató la última decisión de Portela…
CONCLUSIÓN
Los acontecimientos de 1934 evidencian que la Segunda República atravesaba una crisis estructural que iba mucho más allá de una simple alternancia política. La insurrección revolucionaria, la fragmentación del poder y la incapacidad de las instituciones para garantizar el orden pusieron en jaque la continuidad del régimen.
En ese escenario, la intervención del Ejército —y en particular la actuación de Franco— fue decisiva para frenar el avance de la insurrección y restablecer la autoridad del Estado. Desde esta perspectiva, puede sostenerse que, en aquel momento concreto, su papel contribuyó a preservar la propia República frente a un intento de ruptura revolucionaria.
Sin embargo, lejos de cerrar las heridas, los sucesos de 1934 profundizaron la división entre españoles y anticiparon el colapso definitivo del sistema. La incapacidad de las fuerzas políticas para reconducir la situación por vías de consenso dejó el camino abierto hacia un conflicto mayor que estallaría apenas dos años después, marcando de forma irreversible la historia de España.
