INTRODUCCIÓN
El discurso pronunciado por el papa Pío XI ante los refugiados españoles en Italia en septiembre de 1937 constituye uno de los testimonios pontificios más elocuentes sobre la persecución religiosa desencadenada durante la Guerra española. Lejos de limitarse a una condena genérica de la violencia, el Papa interpreta los acontecimientos desde una clave sobrenatural, reconociendo en el sufrimiento de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos la continuidad histórica del martirio cristiano. Sus palabras, cargadas de paternidad espiritual y de una profunda conciencia del drama histórico que vivía España, iluminan no sólo la dimensión religiosa del conflicto, sino también el alcance humano, cultural y civilizatorio de las devastaciones sufridas. Este texto permite comprender cómo la Santa Sede leyó aquellos acontecimientos en tiempo real, antes de que la propaganda y la reescritura ideológica del pasado moldearan la memoria posterior.
«Vuestra presencia, queridísimos hijos, prófugos de vuestra y nuestra querida y tan atribulada España, despierta en nuestro corazón un tumulto de sentimientos tan contrastantes y opuestos, que es absolutamente imposible darles adecuada y simultánea expresión. Deberíamos a un mismo tiempo llorar por el íntimo y amarguísimo pesar que nos aflige, deberíamos regocijarnos por la suave e impetuosa alegría que nos consuela y exalta.
El heroísmo de nuestros mártires
Estáis aquí, queridísimos hijos, para decirnos la grande tribulación de la que venís[1]; tribulación de la que lleváis las señales y huellas visibles en vuestras personas y en vuestras cosas; señales y huellas de la gran batalla de sufrimientos que habéis sostenido, hechos vosotros mismos espectáculo a nuestros ojos y a los del mundo entero[2]; desposeídos y despojados de todo, cazados y buscados para daros la muerte en las ciudades y en los pueblos, en las habitaciones privadas y en las soledades de los montes, así como veía el Apóstol a los primeros mártires, admirándoles y gozándose de verles, hasta lanzar al mundo aquella intrépida y magnífica palabra que le proclama indigno de tenerlos «aquellos de quienes no era digno el mundo»[3].
Venís a decirnos vuestro gozo por haber sido dignos, como los primeros apóstoles, de sufrir por el nombre de Jesús; vuestra felicidad, ya exaltada por el primer Papa, cubiertos de oprobios por el nombre de Jesús, y por ser cristianos[4]; ¿qué diría él mismo?, ¿qué podemos decir Nos en vuestra alabanza, venerables obispos y sacerdotes, perseguidos e injuriados precisamente por ser ministros y dispensadores de los misterios de Dios?[5]
Todo esto es un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmos y de martirios; verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra, hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables ancianos, de juventudes primaverales, martirios hasta la heroica generosidad de pedir un lugar en el carro entre las víctimas que el verdugo conduce a la muerte.
En esta luz sobrenatural Nos os vemos y os decimos la sagrada y respetuosa admiración de todos aquellos que, aun no teniendo nuestra fe, queridísimos hijos, en la que está la secreta divina virtud que desde hace veinte siglos enciende y alimenta aquella luz, conservan sentimientos de dignidad humana y de grandeza. Admiración de todos, queridísimos hijos, pero particularmente nuestra, de nos que, por la gracia de la paternidad universal, del Padre supremo de todos participada, podemos y debemos aplicarnos la hermosa palabra divina: «el hijo sabio es la gloria de su padre»[6]; que abrazando con la mirada y con el corazón a todos vosotros y a todos vuestros compañeros de tribulación y martirio, podemos y debemos deciros, como el Apóstol a vuestros primeros predecesores en la gloria del martirio: «gozo mío y corona mía»[7]; no solamente mía, sino también del mismo Dios, que, según la hermosa y gloriosa visión del gran Profeta, con su gracia ha hecho en su mano de cada uno de vosotros una corona de gloria y una diadema de reino: «serás en la mano del Señor corona de gloria, real diadema en la mano de tu Dios»[8].
El salvajismo de las devastaciones, profanaciones y ruinas
Pero todos estos resplandores y reflejos de heroísmo y de gloria que vosotros, queridísimos hijos, nos presentáis y recordáis, por fatal necesidad nos hacen ver más claramente como en una grande apocalíptica visión, las devastaciones, los estragos, las profanaciones, las ruinas de las que vosotros, queridísimos hijos, habéis sido testigos y víctimas.
Cuanto hay de más humanamente humano y de más divinamente divino; personas sagradas, cosas e instituciones sagradas; tesoros inestimables e insustituibles de fe y de piedad cristiana al mismo tiempo que de civilización y de arte: objetos preciosísimos, reliquias santísimas; dignidad, santidad, actividad benéfica de vidas enteramente consagradas a la piedad, a la ciencia y a la caridad; altísimos jerarcas sagrados, obispos y sacerdotes, vírgenes consagradas a Dios, seglares de toda clase y condición, venerables ancianos, jóvenes en la flor de la vida, y aun el mismo sagrado y solemne silencio de los sepulcros, todo ha sido asaltado, arruinado, destruido con los modos más villanos y bárbaros, con el desenfreno más libertino, jamás visto, de fuerzas salvajes y crueles que pueden creerse imposibles, no digamos a la dignidad humana, sino hasta a la misma naturaleza humana, aun la más miserable y la caída en lo más bajo.
Y sobre este tumulto y este choque de desenfrenadas violencias, a través de los incendios y matanzas, Una voz lleva al mundo una nueva verdaderamente horrenda: «los hermanos han matado a los hermanos». Diríase que una preparación satánica ha vuelto a encender, y más viva, en la vecina España, aquella llama de odio y de más feroz persecución abiertamente confesada como reservada a la Iglesia y a la religión católica, como al único y verdadero obstáculo a la irrupción de aquellas fuerzas que ya han dado monstruosa medida de sí en el conato de subversión de todos los órdenes, de la Rusia a la China, del México a Sudamérica.
Amplísima bendición y augurio de pronta paz para España
Queremos limitarnos a las observaciones ya hechas y no retardar más la bendición paterna, apostólica, que habéis venido a pedir al Padre común de vuestras almas, al Vicario de Cristo, bendición que vosotros, queridísimos hijos, tanto deseáis y que también vuestro Padre desea otorgaros, bendición que vosotros tan largamente merecéis. Y como vosotros queréis, así también Nos queremos y hemos dispuesto que nuestra voz que bendice se extienda y llegue a todos vuestros hermanos de sufrimiento y de destierro, que desearían estar con vosotros y no pueden. Sabemos cuán grande es su dispersión; quizás ha entrado también esto en los planes de la divina Providencia para más de un provechoso fin. Esta Providencia os ha querido en tantos lugares, para que en tantas y tan lejanas partes, como las señales de las cosas tristísimas que han afligido vuestra y nuestra querida España y vosotros mismos, llevéis el testimonio personal y viviente de la heroica adhesión a la fe de vuestros mayores, que a centenares y millares, y vosotros sois del glorioso número, ha agregado confesores y mártires al ya tan glorioso martirologio de la Iglesia de España; heroica adhesión que, lo sabemos con indecible consolación, ha dado lugar a imponentes y piísimas reparaciones y a tan vasto y profundo despertar de piedad y de vida cristiana, especialmente en el buen pueblo español que nos hace ver el anuncio y el principio de cosas mejores, y de más serenos días para toda España.
A todo este bueno y fidelísimo pueblo, a toda esta querida y nobilísima España que ha sufrido tanto, se dirige y quiere llegar nuestra bendición, como va e irá, hasta el completo y seguro retorno de serena paz, nuestra cotidiana oración.
CONCLUSIÓN
El discurso de Pío XI no es un documento de coyuntura, sino una pieza de gran densidad espiritual y valor histórico. En él se conjugan la denuncia del salvajismo de la persecución religiosa, el reconocimiento del heroísmo de los mártires y una esperanza firme en la restauración de la paz para España. Frente a la tentación de reducir la Guerra de 1936 a un mero conflicto político o social, las palabras del Papa recuerdan la dimensión profundamente religiosa de aquella tragedia y el precio humano y espiritual que pagaron miles de inocentes. Recuperar hoy este discurso no significa reabrir heridas, sino devolver voz a quienes las padecieron, reconociendo que sin verdad histórica y sin memoria de los mártires no puede construirse una auténtica reconciliación ni una paz duradera.
[1] Cf. Ap 7, 14.
[2] Cf. Heb 10, 33.
[3] Heb 11, 38.
[4] Cf. Hech 5, 41.
[5] Cf. 1ª Cor 6, 1.
[6] Prov 15, 20.
[7] Fil 4, 1.
[8] Is 62, 3.
