El accidente nuclear de Palomares constituye uno de los episodios más conocidos y, al mismo tiempo, más singulares de la historia contemporánea de España. La caída de bombas termonucleares estadounidenses en las inmediaciones de esta localidad almeriense en enero de 1966 provocó una inmediata preocupación internacional y abrió un intenso debate sobre las posibles consecuencias de la contaminación radiactiva.
La información y las anécdotas recogidas en este artículo proceden del libro «El Proyecto Islero», del general e ingeniero Guillermo Velarde, una obra de referencia que aborda tanto las circunstancias del accidente de Palomares como diversos testimonios y episodios vividos en aquellos días. A través de sus páginas se ofrecen detalles poco conocidos sobre las medidas adoptadas por las autoridades españolas y estadounidenses, la repercusión internacional del suceso y las reacciones humanas que surgieron en torno a uno de los acontecimientos más extraordinarios de la España del siglo XX.
Ante el riesgo de que la imagen de España resultara perjudicada, especialmente en sectores tan importantes como el turismo y las exportaciones agrícolas, las autoridades españolas y estadounidenses pusieron en marcha diversas iniciativas destinadas a transmitir tranquilidad a la opinión pública. Entre ellas destacó el célebre baño protagonizado por el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, y el embajador de Estados Unidos en España, Biddle Duke, una imagen que terminó convirtiéndose en uno de los iconos mediáticos de la España de los años sesenta.
Pero, más allá de la dimensión política e internacional del accidente, los acontecimientos de Palomares estuvieron rodeados de numerosos episodios humanos, testimonios y anécdotas que reflejan las inquietudes, temores y reacciones de quienes vivieron de cerca aquellos días.
Una información incontrolada de lo que había sucedido en el accidente nuclear de Palomares podría haber dado lugar a una campaña de prensa internacional que hubiera dañado la imagen de España, perjudicando las exportaciones agrícolas y, sobre todo, el turismo que era —como sigue siendo hoy día— una de las más importantes fuentes de ingreso. Por esta razón, desde el principio, la mayoría de los periódicos silenciaron la información relativa a los efectos que podía haber tenido el plutonio.
Sin embargo, algunos periódicos norteamericanos reconocieron que se había producido alguna pequeña contaminación. La prensa soviética consideró este accidente nuclear como un crimen contra la humanidad.
El 2 de marzo de 1966 el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, y el embajador norteamericano, Biddle Duke, acordaron bañarse en Palomares acompañados de sus familias para demostrar públicamente que las aguas no estaban contaminadas.
El 8 de ese mes, rodeados de numerosos periodistas y cámaras nacionales e internacionales, que previamente habían convocado, ministro y embajador se dieron un chapuzón en la playa cercana a Quitapellejos. Este episodio tuvo tal repercusión, que llegó incluso a ser portada del New York Times. El gesto hizo que la propaganda internacional y la alarma desatada por el accidente prácticamente desaparecieran. La playa de Quitapellejos, donde se encontraba el Campamento Wilson, estaba alejada de las zonas de tierra contaminadas. Las aguas del mar de la zona de Palomares nunca lo estuvieron.
Durante el tiempo que estuve en Palomares fui testigo de una serie de hechos que, de no haberse desarrollado dentro de aquel drama, habrían resultado cómicos. Uno de ellos tuvo como protagonista a un hombre que creo pudiera ser un guardia jurado o un vigilante perteneciente a alguna de las pedanías de Cuevas de Almanzora. El hombre estaba convencido de que el plutonio producía impotencia. Posteriormente, como era una anécdota que no implicaba a ningún político se la conté al general Franco en la entrevista que tuve con él.
La duquesa de Medina Sidonia intentó varias veces ir a Palomares pero el general Montel ordenó a la Guardia Civil que en ningún caso se lo permitieran. En el diario Pueblo, el 12 de octubre de 1967, la duquesa publicó un artículo sobre el accidente en el que decía: «Hubo una gran desidia, no informaron de nada a nadie, así que tenían que taparlo. ¿Cómo? Pues llamando la atención con la bomba perdida en el agua, diciendo que estaban buscando la bombita».
Hubo otra serie de anécdotas y hechos que, a fecha de hoy, prefiero olvidar.
Más de medio siglo después, el accidente de Palomares continúa siendo objeto de estudio y de interés histórico por sus implicaciones políticas, diplomáticas y sociales. El famoso baño de Fraga y Biddle Duke, la repercusión alcanzada en la prensa internacional y las diversas anécdotas surgidas en torno al suceso forman parte de la memoria colectiva de un episodio que trascendió ampliamente el ámbito local.
Las vivencias personales, las reacciones populares y los testimonios de quienes fueron testigos directos de aquellos acontecimientos permiten acercarnos a la dimensión humana de la crisis de Palomares y comprender mejor cómo un accidente de alcance internacional se convirtió también en una fuente de historias y recuerdos que todavía hoy siguen despertando interés y curiosidad.
