as grandes figuras históricas suelen ser recordadas por sus decisiones trascendentales, sus responsabilidades de Estado o su protagonismo en los acontecimientos de su tiempo. Sin embargo, en ocasiones son los pequeños episodios cotidianos los que permiten descubrir aspectos más íntimos de su personalidad. Una sencilla escena ocurrida en el verano de 1946, durante unas vacaciones en Zarauz, ofrece una imagen diferente del teniente general Agustín Muñoz Grandes.
Lejos de hacer uso de los privilegios propios de su elevada condición militar, Muñoz Grandes decidió viajar con su familia en un tren regular, renunció a solicitar un vehículo oficial y, al no encontrar transporte al llegar a Zarauz, emprendió el camino hacia el hotel a pie y cargando personalmente su equipaje. El episodio, relatado por un amigo que le esperaba en la entrada del establecimiento, constituye un testimonio de la austeridad y naturalidad con las que el general afrontaba incluso las situaciones más ordinarias de su vida privada.
Del libro De la Falange al Movimiento (1936-1952) publicado en 1994 y que reproducimos a continuación:
En el verano del año 46 vino a pasar unas semanas del mes de agosto en Zarauz el Teniente General Agustín Muñoz Grandes. Siempre mantuve con el General una gran amistad, cimentada durante nuestra permanencia en la misma celda, en la cárcel de Porlier, a la que habíamos ido a parar cuando evacuaron la cárcel Modelo al acercarse las tropas nacionales a la capital de España. Un día que me había anunciado su llegada a Zarauz le estaba esperando a la entrada del Gran Hotel, donde le había reservado habitaciones para el matrimonio y su hijo Agustín.
Como pasaba el tiempo y no llegaba, me impacienté y salí a la carretera para ver si divisaba el coche y podía indicarle el camino hacia el hotel. Permanecí bastante tiempo esperándole y por fin divisé, al final de la avenida que conduce al hotel, al General con una gran maleta en la mano y a su mujer y a su hijo llevando también en la mano varios bultos.
El General no había querido hacer uso de su coche oficial, por considerar que veranear pertenece a la vida privada y había tomado el tren regular de Madrid a San Sebastián. Como tampoco había llamado al gobierno militar solicitando un coche oficial, pese a que el gobernador militar de San Sebastián era el General Pimentel, viejo amigo y subordinado suyo de la División Azul, hubo de esperar pacientemente en la estación donostiarra a que saliera el tren que le trasladase a Zarauz.
Y en Zarauz, al no encontrar mozos ni taxis, a pie y con la maleta en la mano se dirigió camino del hotel.
Esta anécdota, aparentemente sencilla, trasciende el mero relato costumbrista para convertirse en un testimonio del carácter de Agustín Muñoz Grandes. La renuncia voluntaria a las comodidades y prerrogativas que su cargo le permitía utilizar proyecta la imagen de un hombre que entendía las vacaciones y la vida privada como un ámbito ajeno a los privilegios oficiales.
Más allá de las valoraciones históricas que pueda suscitar su figura, el episodio conserva un indudable interés humano. Ver al teniente general llegar caminando junto a su esposa y su hijo, llevando el equipaje con sus propias manos, permite contemplar a la persona detrás del personaje histórico y recordar que, en ocasiones, los rasgos más significativos de una personalidad se manifiestan precisamente en los gestos más sencillos.

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