La historia de España guarda episodios poco conocidos que pudieron haber alterado de manera significativa el rumbo estratégico del país. Uno de ellos fue el denominado Proyecto Islero, el programa destinado a estudiar la viabilidad de que España dispusiera de armamento nuclear propio en el contexto de la Guerra Fría.
El texto que se reproduce en este artículo está extraído del libro El Proyecto Islero, del físico e ingeniero Guillermo Velarde, uno de los principales protagonistas de aquella iniciativa y testigo directo de las conversaciones mantenidas con las más altas autoridades del Estado. En estas páginas, Velarde narra su entrevista con Francisco Franco tras el accidente de Palomares y expone los argumentos científicos, estratégicos y políticos que rodearon el proyecto nuclear español.
El relato ofrece además un singular testimonio de primera mano sobre la intervención del capitán general Agustín Muñoz Grandes, las preocupaciones relativas al secreto del programa y la decisión final de Franco de posponer el desarrollo de un arsenal nuclear español ante las consecuencias internacionales, económicas y diplomáticas que podría acarrear.
ENTREVISTA CON EL GENERAL FRANCO
Poco después, el capitán general Muñoz Grandes me citó para ir a ver al Generalísimo e informarle del accidente de Palomares.
No me pareció extraño, ya que, como dije, a Franco en temas ajenos a los exclusivamente militares le gustaba contrastar opiniones de varias mentes distintas. Cuando en 1964 se creó el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN), el teniente coronel Juan Sancho-Sopranis me explicó que uno de los principales objetivos de este centro era reunir en distintas comisiones y seminarios a grupos de empresarios, técnicos y científicos para que opinasen libremente sobre temas no militares que se le habían propuesto a Franco de otros centros y por parte de los ministros. Como era lógico, Franco puso el CESEDEN a las órdenes de un teniente general dependiente del Alto Estado Mayor.
La víspera de la visita a Franco apenas dormí. Me pasé la tarde y gran parte de la noche pensando cómo le explicaría lo de Palomares y decirle lo del Proyecto Islero y mi redescubrimiento del método Ulam-Teller, que podría capacitarnos para el desarrollo de futuras bombas termonucleares. Tendría que convencerle de que el mantenimiento del secreto del proyecto estaba prácticamente garantizado hasta que obtuviésemos el plutonio del futuro reactor de Vandellós I. Pensé también que le hablaría de que había enmascarado el desarrollo del Proyecto Islero en la JEN, poniéndole ese mismo nombre al cálculo de reactores nucleares que era lo contrario al desarrollo de una bomba atómica.
Desde mi infancia me habían ido diciendo que Franco era el general que había salvado a España del comunismo; que con el INI había industrializado una gran parte de nuestro país tradicionalmente deprimido; que con la creación del CSIC, del INTA y de la JEN se había avanzado considerablemente en la investigación científica y técnica y que con la apertura económica, se había logrado que España fuese el décimo país más desarrollado del mundo. Franco había logrado que España tuviese por primera vez una poderosa clase media.
Fui a ver a Franco acompañando al capitán general Muñoz Grandes en su mismo coche. Me di cuenta de que nos seguía otro vehículo, ocupado solamente por el chófer y el escolta. El capitán general, con aspecto serio, no dijo nada durante el camino y yo no me atreví a preguntarle si había hablado con el Generalísimo. Al llegar al palacio de El Pardo le estaban esperando y, a los pocos minutos, entró a ver a Franco. A mí me indicaron que pasara a la sala de espera y supuse que creían que yo era el acompañante habitual que lleva la cartera a las altas autoridades.
Al cabo de casi una hora, que a mí me pareció una eternidad, salió Muñoz Grandes con cara de pocos amigos, con esa expresión de dureza que tanto impresionaba. Se dirigió a uno de la secretaría o de protocolo y le dijo con voz que no admitía réplica:
—Su Excelencia está esperando al doctor Velarde.
El destinatario de estas palabras se le quedó mirando, asombrado, y se puso a mover unos papeles de su mesa con evidente nerviosismo. Muñoz Grandes repitió en un duro tono de voz:
—Le he dicho que Su Excelencia le está esperando. ¿Cómo quiere que se lo diga?
Y luego, dirigiéndose a mí, me dijo:
—Cuando termine, hay un coche fuera esperándole para regresar a Madrid.
La expresión de su mirada en aquel momento parecía que le taladraba a uno.
Al entrar en el despacho, encontré a Franco con mejor aspecto del que solía tener en público. Sin embargo, cuando me dio la mano apenas la sentí. Amablemente, me pidió que le contase, desde el principio, lo que sabía y había visto del accidente de Palomares.
Le dije prácticamente lo mismo que había contado al capitán general Muñoz Grandes. Le hablé de la Operación Chrome Dome con los B52 que llevaban cuatro bombas termonucleares de 1,47 megatones y empecé a hablarle de la importante contaminación producida por las dos bombas que se habían estrellado contra el suelo. En este punto, Franco me interrumpió, preguntándome:
—¿Cómo se están limpiando las zonas contaminadas?
Le contesté que los técnicos de la JEN habían medido con sus detectores los niveles de radiación radiactiva, delimitando las zonas de mayor a menor contaminación. Y le repetí lo que le había explicado al general Muñoz Grandes.
—¿Cómo han sido las relaciones con los americanos y con los habitantes de Palomares? —preguntó Franco.
Le respondí que los habitantes de Palomares habían ayudado a los americanos desde el primer momento, de forma desinteresada
Todos los tripulantes del avión cisterna habían muerto en el accidente, pero cuatro de los siete miembros de la tripulación del B52 habían sobrevivido al caer en paracaídas. El piloto cayó con su paracaídas y sufrió importantes heridas. Lo recogió un habitante de Palomares, que le llevó inmediatamente a una clínica del pueblo de Vera. Los otros tres tripulantes habían caído con sus paracaídas en el mar y habían sido recogidos por pescadores que faenaban allí.
Le conté con sumo detalle que en la tarde del día del accidente habían llegado cerca de medio centenar de especialistas americanos del Centro de Control de Desastres al mando del general Wilson, jefe de la 16ª Fuerza Aérea de la Base Aérea de Torrejón. Los habitantes de Palomares quisieron prepararles una cena pero el general Wilson la rechazó de manera despectiva, prefiriendo que los soldados comiesen sus raciones de campaña. Continué diciéndole que el general Wilson había instalado su campamento en la playa de Quitapellejos, que se hallaba bastante alejada de las zonas contaminadas y que había permitido que se pusiese el nombre de «Campamento Wilson».
Terminé mi relato del accidente afirmando que el comportamiento de la Guardia Civil y de la población de Palomares había sido ejemplar.
—¿Cuál ha sido su misión allí? —me preguntó, aunque era seguro que ya lo sabría.
—El capitán general Muñoz Grandes y el profesor José María Otero me enviaron a Palomares para recoger y analizar restos de las bombas termonucleares que se estrellaron contra el suelo.
Le hablé de mis conversaciones con el coronel americano encargado de la descontaminación nuclear en los accidentes de las Fuerzas Armadas. Le dije, repitiendo la explicación que había dado a Muñoz Grandes, que encontré trozos de esponja de poliestireno ennegrecidos por el óxido de plutonio pegados a algunas piedras. Por las explicaciones que me dio el coronel sospeché que esta esponja era una parte importante de las verdaderas bombas termonucleares, sobre todo cuando al día siguiente los americanos limpiaron a conciencia la zona contaminada y se llevaron estas piedras.
Esto me permitió intuir cómo sería una verdadera bomba termonuclear. A mi regreso a la JEN, desarrollé una serie de códigos de cálculo que me permitieron confirmar lo que había supuesto, que era, en esencia, el método Ulam-Teller en que se basan ese tipo de bombas y que los norteamericanos mantenían en el más absoluto secreto. Le expliqué también que Andrei Sajarov en la Unión Soviética y Robert Dautray en Francia habían redescubierto este método, lo que permitió a estos países desarrollar las verdaderas bombas termonucleares.
Le repetí la explicación que le había dado al capitán general Muñoz Grandes de cómo era una verdadera bomba termonuclear, haciendo hincapié en que el primario de este tipo de bombas es precisamente una bomba atómica de plutonio, análoga a la del Proyecto Islero.
Como Franco seguía sin decir nada, continué hablando de que al tiempo que se podían desarrollar en la JEN los componentes de las bombas atómicas de plutonio del Proyecto Islero, también podrían ir desarrollándose los extraordinariamente complejos códigos de cálculo del método Ulam-Teller y así iniciar el proyecto, la obtención del deuterio y el desarrollo de los componentes de una bomba termonuclear. Tendríamos un plazo de varios años hasta que empezásemos a obtener el plutonio necesario del futuro reactor de Vandellós I, en cuyo caso se podrían obtener unas cinco bombas atómicas por año, pudiéndose emplear alguna de ellas como primario de una bomba termonuclear.
Franco siguió callado, pero creí oportuno no decir nada más. Después de un breve silencio que me pareció que no se iba a acabar nunca, me dijo que el ministro de Industria había recibido un informe de la JEN en el que se decía que el Proyecto Islero costaría más de 60.000 millones de pesetas y que, desde un principio, sería prácticamente imposible mantenerlo en secreto. Es decir, lo mismo que me había dicho el capitán general Muñoz Grandes.
A duras penas pude contener mi indignación y decir lo que pensaba en aquel momento del ministro; me había tocado la fibra más sensible y creo que se dio cuenta. Haciendo un esfuerzo, le dije que ese informe lo había hecho yo a petición del profesor Otero y que no decía eso exactamente. Dije que no entendía cómo, siendo el ministro de Industria una persona tan inteligente, le podía haber dicho semejante cosa. Le repetí lo que había dicho al capitán general Muñoz Grandes sobre este informe, indicándole que, en el caso de que no hubiese existido la JEN, aparte del retraso de unos lustros, el Proyecto hubiese costado más de 60.000 millones de pesetas a España. Mi intención era poner de relieve la gran obra que había hecho José María Otero creando la JEN, considerada como uno de los centros de investigación nuclear más prestigiosos del mundo y el tercero de Europa, después de Francia y el Reino Unido.
Respecto a la confidencialidad del proyecto, yo había tomado mis medidas para mantenerla hasta el momento en que el reactor Vandellós I empezase a producir plutonio. Indiqué a Franco también que le había puesto también el nombre de Proyecto Islero a un código empleado para el cálculo de reactores productores de energía eléctrica, lo cual era radicalmente opuesto al proyecto de una bomba atómica. De este modo, a cualquiera que me preguntase qué era eso de Islero, yo le enseñaba los códigos de cálculo de reactores. Franco escuchaba atentamente aunque de modo impasible, y al cabo de unos instantes me dijo:
—He considerado las ventajas que tendría para España poder disponer de un pequeño arsenal de armas nucleares, pero estoy convencido de que, antes o después, sería prácticamente imposible mantenerlo en secreto. España no podría soportar otras sanciones económicas, razón por la que he decidido posponer el desarrollo de este proyecto. No tengo intención de firmar el acuerdo internacional que se está preparando para prohibir la fabricación de armas nucleares.
YA QUE SE HA DESAHOGADO, CUÉNTEME ALGO MÁS DEL ACCIDENTE
Yo me estrujaba el cerebro buscando un argumento que le convenciese para poder continuar con el Proyecto, pero no fui capaz. Me indicó que ya había dado las órdenes oportunas al jefe del Alto Estado Mayor.
—Sin embargo, usted puede seguir investigando en la JEN, tanto sobre el Proyecto Islero como en ese método para las bombas termonucleares, pero siempre como un investigador más, independientemente de las Fuerzas Armadas y sin que ello suponga un aumento de presupuesto.
Aquellas palabras me hicieron sentir una desesperación que me hizo olvidar el tratamiento de Su Excelencia y le dije un poco airadamente:
—Mi general, comprenderá la tristeza y amargura que siento al ver que todo el esfuerzo de estos años para encontrar la configuración para la bomba de plutonio y desarrollar parte de sus…
componentes y, sobre todo, el esfuerzo del redescubrimiento del método Ulam-Teller no haya servido para nada. Es triste que al soviético Sajarov y al francés Dautray por el mismo trabajo se les considere héroes en sus países y que aquí, sin embargo, todo haya sido como arar en el mar, un trabajo inútil y descorazonador.
—España, y yo en particular, siempre le estaremos agradecidos por lo que ha hecho, pero con el tiempo comprenderá que los intereses del país nos obligan a tomar esta decisión.
Después, en un tono afectuoso, me dijo:
—Ya que se ha desahogado usted ¿por qué no me cuenta algo más del accidente?
Lo dijo con un tono de voz un poco más alto del que había empleado hasta ese momento y noté que había cambiado de expresión. Entonces, y ya con más calma, le referí varios detalles de lo sucedido en Palomares, atreviéndome incluso a contarle alguna anécdota.
—Mi general, le voy a contar una anécdota para que vea el despiste que tenía todo el mundo.
Él no me contestó.
—Estando en la tienda de campaña de los americanos se me acercó un hombre de paisano, no sé si era un guardia jurado o un vigilante, que me dijo que tenía que hablar conmigo de un asunto privado. Salimos de la tienda y me comentó:
«—Estoy preocupado con eso del plutonio.
—No se preocupe, la contaminación es mínima.
—Sí, sí, pero es que yo me he casado hace unas semanas.
—Pues enhorabuena —le dije sin entender la relación con el plutonio.
Mirando alrededor y luego al suelo, continuó:
—Es que me han dicho que eso del plutonio produce impotencia.
—Lo que le han dicho son tonterías. El plutonio lo que podría producir es cáncer de pulmón.
Cuando oyó esto último se le iluminó la cara de alegría y dijo:
—¡Gracias a Dios!
Y se marchó tan contento.»
Franco me dijo sonriendo:
—Nunca cambiarán.
Al contar esta anécdota, noté que la tensión que yo tenía iba disminuyendo. Franco manifestaba calma y serenidad. Su cara se mantenía inexpresiva, y en algunos momentos esbozaba una sonrisa. Luego observé que sus ojos se entornaban, como si quisiese concentrarse para recordar algo.
—¿Es usted pariente de Don Ángel Velarde, el que fue gobernador civil de Vizcaya?
—Sí, era mi tío, el hermano de mi padre.
—Mis relaciones con los dos no fueron muy cordiales. Cuando se produjo el golpe de estado que originó la revolución de Asturias y en la zona minera de Vizcaya, llamé por teléfono a su tío para que ordenase a la Guardia Civil y a la Guardia de Asalto que detuviese a los responsables de la revuelta. Él me contestó que ya lo había ordenado pero airadamente me dijo, también, que teníamos la culpa de esa revuelta pues, según él, él había informado de lo que se estaba preparando y nosotros no habíamos hecho nada para evitarlo. Recuerdo que me dijo algo desagradable y me colgó el teléfono.
»Más tarde volví a encontrarme con él cuando se presentó a las elecciones a Cortes en 1936. Entonces me pidió disculpas, ya que la situación en Asturias y en Vizcaya era un verdadero infierno. Su tío tenía un carácter muy fuerte.
Mi tío Ángel me había contado esta conversación en varias ocasiones y, aunque coincidía con lo que Franco me estaba diciendo, me dijo que él no le había colgado el teléfono sino que fue Franco el que se lo colgó a él.
El Generalísimo siguió hablando en voz baja y me costaba trabajo oírle. Continuó diciendo que en 1938 mi padre y otros dos de Renovación Española habían ido a visitarle al Cuartel General en Burgos. Querían que firmase un escrito por el que, cuando terminase la guerra, se comprometiera a transferir la jefatura del Estado al heredero del Rey Alfonso XIII. Franco les dijo que después de la victoria nacional había que empezar a reconstruir España que había quedado asolada por culpa del Frente Popular.
—Mi general, mi tío Ángel era republicano de Lerroux y mi padre, monárquico de Calvo Sotelo. Se querían mucho, pero cuando hablaban de política se enzarzaban violentamente. Los dos, mi general, se pusieron a favor del Alzamiento Nacional desde el principio y siempre manifestaron el gran acierto que había tenido en la dirección de la guerra.
Al acabar la conversación, Franco me dijo:
—Debería usted atemperar su carácter y moderar su impaciencia, porque muchas veces las cosas se resuelven por sí solas.
—Mi general, si el capitán Pedro Velarde hubiese sido como usted dice, nunca se hubiese sublevado el Dos de Mayo.
Esbozando una sonrisa, dijo:
—También es cierto, también es cierto.
Al salir, atravesé los despachos de los ayudantes como un sonámbulo y entré en el coche que me estaba esperando. Pensé que todo aquello no podía ser real, pero desgraciadamente lo era. No pude evitar un profundo sentimiento de amargura y desilusión.
El hombre al que yo había admirado y respetado durante tantos años, el hombre prudente que en asuntos técnicos nunca tomaba una determinación sin contrastar con la de otros, en el caso del Proyecto Islero que tanta importancia podría tener para el futuro de España, se había dejado influir aparentemente por una sola persona sin contar previamente con el consejo leal y desinteresado de su vicepresidente del Gobierno y compañero de armas, Muñoz Grandes, ni con la opinión técnica de Otero, presidente de la Junta de Energía Nuclear.
