El 20 de diciembre de 1973 constituye una de las fechas más trascendentales y controvertidas de la historia contemporánea de España. Aquella mañana fue asesinado el presidente del Gobierno, almirante Luis Carrero Blanco, en un atentado que todavía hoy continúa suscitando interrogantes. Sin embargo, pocos días antes se habían producido una serie de acontecimientos mucho menos conocidos por la opinión pública: la visita a Madrid del secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, y las conversaciones mantenidas en torno al Proyecto Islero, el programa destinado a dotar a España de capacidad nuclear militar.
El texto que se reproduce en este artículo está extraído del libro El Proyecto Islero, del físico e ingeniero Guillermo Velarde, uno de los principales protagonistas del programa nuclear español. En estas páginas, Velarde relata cómo, apenas cinco días antes del atentado, fue requerido por el Alto Estado Mayor para redactar un informe técnico destinado al presidente del Gobierno y relacionado con el estado de desarrollo del Proyecto Islero y las posibilidades de que España llegara a disponer de una fuerza de disuasión nuclear propia.
Su testimonio ofrece una perspectiva singular sobre aquellos días de diciembre de 1973, al entrelazar cuestiones de estrategia nuclear, relaciones internacionales y política española en un contexto marcado por la Guerra Fría, la presencia de Henry Kissinger en Madrid y el asesinato de Carrero Blanco, acontecimientos que, para muchos investigadores, constituyen uno de los episodios más enigmáticos de la historia reciente de España.
El 15 de diciembre de 1973, sábado anterior al asesinato el 20 de diciembre, del presidente del Gobierno almirante Carrero Blanco, me encontraba trabajando en mi despacho de la JEN en un artículo sobre cálculo matricial de un reactor nuclear para enviarlo a la revista Nuclear Science and Engineering que era la más prestigiosa en este campo y donde ya había publicado previamente dos trabajos míos sobre integrales de resonancia. A media mañana me llamaron del Alto Estado Mayor diciéndome que el teniente general Díez Alegría quería verme lo antes posible. Me extrañó la llamada pues con quien yo solía hablar era con el general Gutiérrez Mellado.
Cuando entré en el despacho del teniente general, estaban allí los dos. Me dijo que el secretario de Estado norteamericano, Kissinger, vendría en los próximos días a Madrid para tener una entrevista muy importante con el presidente del Gobierno. Me pidió directamente que le volviese a repetir lo que se había hecho y lo que faltaba por hacer en el Proyecto Islero.
Aunque él sabía casi todo por nuestra conversación de hacía tres años, le volví a repetir los puntos más importantes del Proyecto y le dije que lo que verdaderamente me preocupaba era la fábrica para la reelaboración del combustible con objeto de obtener el plutonio para la bomba atómica, a partir de los elementos combustibles gastados o extraídos del reactor nuclear de Vandellós I. Aproveché este momento para tomarme la libertad de decirle que no entendía cómo al Generalísimo le preocupaba tanto que los americanos pudieran descubrir el Proyecto Islero, cuando el secreto se hubiera podido mantener, al menos, hasta que se hubiera obtenido el plutonio del reactor de Vandellós I. En todo caso, si los americanos se enterasen y estableciesen un bloqueo sobre España, considerando que el general De Gaulle deseaba que España e Israel tuviesen una pequeña fuerza de disuasión nuclear, Francia hubiese vetado en el Consejo de Seguridad de la ONU la propuesta americana de bloqueo a nuestro país.
El teniente general dijo sonriendo:
—Con el tiempo ya lo entenderá usted.
Desgraciadamente, pocos meses después el teniente general Díez Alegría fue destituido de su cargo y posteriormente nunca tuve confianza ni ocasión para preguntarle el sentido de aquellas palabras.
Me comentó que ese período de seis años había sido una lamentable pérdida de tiempo pero que tenía solución. España no había firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y, por tanto, teníamos libertad para desarrollar nuestro propio arsenal nuclear. Finalmente me preguntó si había seguido trabajando en el método que le había explicado anteriormente de las bombas termonucleares. Le dije que durante esos años había intentado aplicar el método Ulam-Teller para calcular un tipo de microbombas termonucleares empleando potentes láseres, en lugar de bombas atómicas de plutonio, con objeto de obtener los rayos X. De este modo, podría proyectarse un reactor de fusión nuclear productor de energía eléctrica, de tal manera que, con una microexplosión por segundo, se lograría un reactor de 1000 megavatios eléctricos.
Me interrumpió para decirme que aunque el tema era muy interesante, sólo quería saber en ese momento cómo podrían desarrollarse las bombas termonucleares. Le respondí que durante esos seis años había desarrollado códigos de cálculo aplicables a las bombas termonucleares y a la fusión nuclear para la obtención de energía. También le indiqué que hacía varios años, antes del Proyecto Islero, se había obtenido en la JEN agua pesada. De este modo, en un futuro próximo, una de las cinco bombas atómicas de plutonio que se obtendrían anualmente serviría como primera etapa de una bomba termonuclear y España podría tener una fuerza de disuasión compuesta por bombas atómicas de plutonio y algunas termonucleares.
El teniente general manifestó:
—Velarde, necesito urgentemente que todo lo que me ha dicho lo resuma en un par de hojas, en español y en inglés, dirigidas al presidente del Gobierno y que me las entregue personalmente antes del lunes por la tarde.
—¿Incluyo que el Generalísimo pospuso indefinidamente el Proyecto Islero y que nos quedamos sin desarrollar las componentes más complejas?
—No. Redacte un informe con carácter técnico e incluya lo del método Ulam-Teller, pues Kissinger ha hecho un cursillo sobre armas nucleares en la Universidad de Harvard y está familiarizado con el tema.
Me permití comentarle que yo creía que el almirante Carrero Blanco no había querido saber nada del Proyecto. A lo que él me respondió:
—Durante el tiempo que fue ministro de la Presidencia y vicepresidente del Gobierno, él era partidario de este Proyecto pero por lealtad al Generalísimo no quiso opinar sobre el tema. Ahora es presidente del Gobierno y me ha dado a entender la gran importancia que tendría para España y nuestras relaciones internacionales disponer de una fuerza de disuasión nuclear.
A continuación me comentó el trabajo que yo había hecho en 1967 sobre Desarrollo de Armamento Nuclear en España y que fue enviado a algunas embajadas españolas. Le dije que había sido una petición del ministro de Industria, Gregorio López Bravo a José María Otero y que era un informe de divulgación sin datos científicos ni técnicos.
—No se preocupe, esa difusión ha valido para que Kissinger venga ya preparado. Con las hojas que usted escriba no le quedará ninguna duda.
—Pero mi general, estas dos hojas que me pide ¿no impedirán el desarrollo del Proyecto Islero en un futuro?
El teniente general me contestó en tono afectuoso:
—Velarde, usted ocúpese del Proyecto Islero que nosotros nos ocuparemos de los americanos.
Nada más llegar a mi despacho, abandoné el trabajo que estaba haciendo para la revista americana y me puse a escribir. No sabía cómo podría resumir en sólo dos hojas todo lo que me había pedido el teniente general, de fácil lectura y que contuviese además suficientes datos científicos y técnicos. Me pasé toda la tarde del sábado y todo el domingo dándole vueltas.
Finalmente, el lunes a primera hora de la mañana me llevé a la JEN las dos hojas escritas con el título Estado actual del Proyecto Islero para el Presidente del Gobierno. Mi secretaria lo pasó a máquina, e inmediatamente después fui a llevárselo al teniente general.
Éste leyó con detenimiento las dos páginas y, al acabar, me dijo que era exactamente lo que quería. Luego, en broma, me comentó:
—Velarde, tenga cuidado, que no le rapte la ETA. Lleva usted en su cabeza un secreto de Estado.
El general Gutiérrez Mellado me dijo que estas dos hojas se las habían entregado a Carrero y estaba convencido que éste se las había enseñado a Kissinger, aunque la conversación que mantuvieron fue clasificada como secreta.
El viaje del secretario de Estado Henry Kissinger fue extraño. Los periódicos decían que iba a permanecer varios días en España, ya que estaba interesado en ver algunas salas del Museo del Prado. Llegó a Madrid el día 18 de diciembre de 1973 y ese mismo día habló con el Generalísimo y con el Príncipe Don Juan Carlos. Al día siguiente por la mañana se entrevistó con el Almirante Carrero Blanco en su despacho del Paseo de la Castellana 3 y a primera hora de la tarde abandonó España precipitadamente.
El 20 de diciembre por la mañana asesinaron al almirante Carrero Blanco. La prensa dijo que había sido un atentado de ETA, como así lo confirmaron posteriormente en un comunicado los miembros de la banda terrorista. Sin embargo, las declaraciones de personalidades destacadas de la política sembraron una serie de dudas acerca del mismo. El fiscal general del Estado, Fernando Herrero Tejedor, en la apertura del año judicial en septiembre de 1974, dijo: «no se descarta la participación de organizaciones ajenas a ETA en el crimen».
El comandante de Ingenieros de la Politécnica Manuel Aguilar Bartolomé que trabajaba en el desarrollo de las lentes de explosivo convencional del Proyecto Islero tenía un gran prestigio nacional e internacional por sus publicaciones sobre explosivos convencionales. Después del atentado del almirante Carrero Blanco, Manolo entró en mi despacho y me dijo:
—Esos de la ETA son unos genios. Han hecho una explosión perfecta. He estado calculando la energía empleada por el explosivo para hacer la excavación casi cónica y para lanzar el coche del almirante hasta el otro lado del edificio de los jesuitas.
—¿Por qué dices que son unos genios?
—Porque tienen que haber empleado un explosivo de muy alta velocidad de detonación, basado en el RDX como el C4, de cerca de nueve mil metros por segundo. Eso que dice la prensa de que usaron goma 2 EC o goma 2 ECO no puede ser cierto.
Esas gomas tienen una velocidad de detonación de unos siete mil metros por segundo y no hubieran podido hacer el cono ni hacer volar el coche. Además, me he enterado de que la goma que han encontrado en el coche que dejaron aparcado para hacer que los coches pasasen por el centro de la calle estaba descompuesta. Estas gomas tienen una duración de algo menos de un año y la empleada en este caso por ETA parece ser que la habían robado hace casi un año.
El RDX se emplea en los explosivos militares.
El atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco sigue todavía envuelto en grandes interrogantes.
