INTRODUCCIÓN
El proceso judicial contra José Antonio Primo de Rivera, celebrado en Alicante en noviembre de 1936, se desarrolló en un contexto extraordinariamente convulso. España llevaba apenas cuatro meses inmersa en la Guerra Civil, y el fundador de Falange Española permanecía encarcelado desde antes del estallido del conflicto.
El juicio y posterior fusilamiento del líder falangista constituyeron uno de los episodios más controvertidos de aquellos primeros meses de guerra. Rodeado de presiones políticas, intentos de indulto y gestiones diplomáticas internacionales, el proceso se convirtió en un acontecimiento que trascendió el ámbito judicial y adquirió una fuerte dimensión política e histórica.
A las seis y veinte de la mañana del 20 de noviembre caía, ante un pelotón de guardias de Asalto, José Antonio Primo de Rivera. Tenía un pequeño crucifijo en la mano izquierda, el pie derecho ligeramente adelantado, la mirada triste, un mono azul y chaqueta gris.
Con él fueron fusilados cuatro jóvenes de Novelda. Como un símbolo, dos de la Falange, allí fundada por el estudiante José Abad, y dos requetés . José Antonio murió el primero.
Resulta portentoso que en la borrachera de crímenes que siguieron al 18 de julio no fuera oscuramente asesinado. Indalecio Prieto explicó: «Mi intervención fue decisiva para evitar que el fundador de Falange Española, su hermano y su cuñada, presos con él en la misma cárcel, fuesen muertos sin juicio previo, a comienzos de agosto anterior. El gobernador había comunicado a Madrid lo que se tramaba. Pretendías esa cara que la misma noche a los detenidos, bajo pretexto de conducirles a Cartagena ya mitad de camino pasarlos por las armas. El presidente de la República, don Manuel Azaña, y el jefe del Gobierno, don José Giral, luchaban de modo inútil a fin de evitarlo. El gobernador se veía impotente para complacerles. Sus fuerzas eran nulas ante el llamado Comité de Orden Público, que ejercía la autoridad efectiva, como otros comités en diversos territorios. Entonces, aunque yo no formaba parte del Gobierno, se apeló a mí. Llamé al teléfono a Antonio Cañizares, prestigioso líder proletario, y le pedí que hiciese lo posible para ahorrar a la República semejante bochorno. Cañizares, echando sobre los componentes del Comité toda la fuerza de su trayectoria política y sindical, logró persuadirles.»
El proceso y el juicio, dentro de los usos republicanos, fueron una excepción. En el auto de procesamiento, el juez, Enjuto, no pudo librarse de la terminología joseantoniana. Y escribía que, después del triunfo del Frente Popular, «los falangistas, en apretado haz, luchaban por la revolución».
La serenidad e inteligencia de José Antonio dominaban a sus adversarios; así puede explicarse el párrafo final del fiscal, Gil Tirado:
«Vais a oír una ardorosa protesta de la defensa para negar los hechos, como los ha negado en su escrito de conclusiones definitivas, para disminuir responsabilidades, para cortarlos, para reducirlos a la mínima potencia. Yo espero que sus argumentos y su elocuencia, yo espero que habiendo la gran diferencia entre este humilde representante del Ministerio Público y aquella defensa, en donde su elocuencia puede hacer deslucir mi peroración, pueda quitar mis méritos, aunque no teniendo la experiencia ni los años que yo, él en pocos años ha actuado mucho más de lo que yo he hecho en los míos de experiencia, con un extensísimo conocimiento que yo conceptúo género muy elevado en materia de Derecho, un parlamentario que está a la altura de los mejores parlamentarios españoles y que se ha hecho a sí mismo y por sí mismo, yo en tiendo que todo ello irá haciendo deslucir mi pobre oración. Yo os digo esto porque los hechos y mis argumentos no nacen de la Ley, se basan en lo lógico y están inspirados en un espíritu rectilíneo de justicia, y no deben prevalecer, no pueden prevalecer las dotes de la oratoria del arte y del ingenio de José Antonio Primo de Rivera».
Entre los documentos del proceso figuraban un borrador de actas, con estados de caja del S. E.U., manifiestos universitarios y una relación de acciones violentas en las que habían intervenido estudiantes. Para quienes conocieron el ambiente de la zona roja será motivo de asombro la crónica publicada en Alicante, el 19 de noviembre de 1936, en el periódico El Día:
«Ajeno al hervidero de tanta gente heterogénea amontonada en la sala, José Antonio Primo de Rivera lee durante un paréntesis de descanso del Tribunal la copia de las conclusiones definitivas del Fiscal. No parpadea. Lee como si se tratara en aquellos pliegos de una cosa banal que no le afectara. Ni el más ligero rictus, ni una mueca, ni el menor gesto alteran su rostro sereno.»
«…Su informe es rectilíneo y claro; gesto, voz y palabra se funden en una obra maestra de oratoria forense, que el público escucha con recogimiento, atención y evidentes muestras de interés.»
Al ser condenado, recurrió ante el Gobierno. ¿Qué ocurrió con su apelación? Largo Caballero dice: «El fusilamiento de Primo de Rivera fue motivo de profundo disgusto para mí y creo que para todos los ministros. Como en todos los casos de condena a muerte por los Consejos de Guerra —y Primo de Rivera fue sometido y juzgado por uno de estos Consejos—, la sentencia pasó al Consejo Supremo; éste la confirmó y, cumplido este trámite, debería pasar al Consejo de Ministros para ser o no aprobada, costumbre establecida por mi Gobierno. Estábamos en sesión con el expediente sobre la mesa cuando se recibió un telegrama comunicando haber sido fusilado Primo de Rivera en Alicante. El Consejo no quiso tratar una cosa ya ejecutada y yo me negué a firmar el enterado para no legalizar un hecho realizado a falta de un trámite impuesto por mí, a fin de evitar fusilamientos ejecutados por la pasión política. En Alicante sospechaban que el Consejo le conmutaría la pena. Acaso hubiera sido así» .
En contradicción con este relato, José María Mancisidor asegura que el jefe del Gobierno firmó un telegrama que decía: «Conforme con cuanto se propone y procédase a su ejecución» .
El Gobierno republicano especuló con la posibilidad de enviarlo a la zona nacional como elemento de discordia. Prieto fue el adelantado de esa idea. José Antonio vio en ello una luz para salvarse y trató deaprovecharla, brindándose para ir a Burgos, con la pretensión de poner fin a la guerra civil, de la que temía desembocase en un Gobierno conservador, derechista, sin aliento social.
José Antonio se había defendido con todas las armas de su saber forense. El mismo lo dijo en su claro testamento, escrito el día 18 con pulso firme y con sólo dos leves enmiendas.
Se despidió con sencillez, uniendo la amistad y la camaradería, que tan juntas habían caminado en los tres últimos años de su vida. La carta a Manolo Valdés bien vale por una despedida al S. E. U.:
«Querido Manolo:
He encargado a Julio que me despida de todos los camaradas; pero a ti, mi profesor de cultura física y mi acompañante solterón de por las tardes, tengo que enviarte un abrazo especial.
Da parte de él a otros nadadores: Luis Aguilar, Agustín Aznar y el pequeño y valeroso Gaceo. A todos os recuerdo mucho, y aún confío en veros. Si Dios, sin embargo, lo dispone de otro modo, me resignaré, y hasta el final os acompañará mi afecto.
Tú conoces también a muchos amigos y amigas míos. Diles adiós de mi parte, seguro de que los que elijas estaban presentes en mi memoria.
Otra vez un fuerte abrazo.»
En la carta a su prima Lola alude nuevamente a Agustín Aznar. «Y a cierto magnífico gordo que, con pesar lo suyo, vale bastante más de lo que pesa, dile que para que yo le tenga en la memoria como si fuera de mi familia le sobra con lo que ha hecho hasta ahora.»
Las gestiones para su indulto fueron numerosas e importantes. Ramón Castillo, presidente de la República Argentina; Pierre Laval, Felipe Sánchez Román, Eugenio Montes, Santiago Alba, Miguel Maura, lady Asquith, hija de un primer ministro inglés; Marañón, Ortega. Una intervención de Mayalde, que llevó al conde de Romanones a Francia para jugar su influencia, ganada con los aliados durante la primera guerra mundial, terminó con un telegrama de Ivon Delbos, ministro de Relaciones Exteriores, fechado el día 21, que decía: «En unión del presidente del Consejo, León Blum, me dirigí al Gobierno de Madrid, pidiéndole con apremio que la sentencia contra Primo de Rivera no se ejecutara. Se me contestó que, por desgracia, llegábamos tarde, pues Primo de Rivera había sido fusilado aquella misma mañana.»
Se confesó con el sacerdote José Planelles, también preso. Al despedirse del director de la cárcel le dijo:
«Director, si algo malo he hecho o le he molestado, perdóneme. Se lo ruego.» Ya en el lugar donde iba a morir, José Antonio se dirigió al pelotón de ejecución:
«¿Quién ha podido deciros que yo soy vuestro adversario? Quien lo ha dicho no tiene razón para afirmarlo. Mi sueño es el de la Patria, el Pan y la Justicia para todos los españoles, pero preferentemente para los que no pueden congraciarse con la Patria, porque carecen de pan y de justicia. Cuando se va a morir no se miente y yo os digo, antes de que rompáis el pecho con las balas de vuestros fusiles, que no he sido nunca vuestro enemigo ¿Por qué vais a querer que yo muera?»
Cuenta Zugazagoitia que después de las palabras de José Antonio se produjo un emocionante silencio. De pronto, un miliciano gritó: «No sabemos si eres bueno o eres malo. Sólo sabemos que tenemos que obedecer.» El historiador socialista comenta: «Todo está dicho. La ley de la obediencia se ha interpuesto entre el verbo del reo yel corazón de los verdugos. Uno y otros tienen que llegar hasta el fin. No son enemigos. Son personajes de un drama inmenso, protagonistas que lo sufren. Si la ley de obediencia no se impusiera, se reconciliarían fácilmente; pero se frustraría la tragedia. Una tragedia en la que cada criatura hace lo que le está mandado, con las maneras más pulidas que puede.»
José Antonio no compuso un gesto para la Historia; dijo sencillamente a sus compañeros: «Animo, muchachos; esto es cuestión de un momento.» Y las balas cortaron su «¡Arriba España!», grito con el que tantos de los suyos morían en el campo de batalla.
Fue ejecutada la sentencia en el patio número 5, reducido y sin belleza, pero abierto al azul del cielo. Evacuaron el día antes las celdas que miraban al patio; en una de ellas estaba el jefe del S. E. U. de Alicante, Antonio Soriano. Se ahorró a los presos falangistas la angustia de haber podido presenciar el fusilamiento de José Antonio. El patio quedó cerrado desde aquel día.
Habían transcurrido cuatro meses desde la iniciación de la guerra y las cuatro figuras principales del falangismo afirmaban con su sacrificio que sus ideas no eran vana palabrería.
A los rojos alicantinos no pareció satisfacerles su esfuerzo legalista en el proceso de José Antonio; pronto se liberaron de su complejo. El 28 de noviembre, la Aviación nacional bombardeó Alicante, ocasionando tres muertos. En represalia, en la madrugada del 29 sacan de la cárcel a cuarenta y ocho presos y los fusilan en el cementerio. Se dio una circunstancia patética: Haroldo Parres se presentó voluntariamente cuando nombraron a su hijo, muriendo por él. No había entre ellos conflicto de generaciones. Juan Ramírez Palmer y el sacerdote que había confesado a José Antonio también murieron ese día.
Los crímenes se extendieron por la provincia; solamente este mes, en Crevillente, Alcoy y Denia, las listas trágicas superaron los setenta nombres.
José Antonio había arraigado tan fuerte en el corazón de los suyos que se resistieron a dar por cierta la noticia de su muerte, y durante meses fue el «ausente» cuya presencia se esperaba. Pero el héroe político con más aureola poética de la Patria había muerto, serenamente, a los treinta y tres años de edad.
Relata Indalecio Prieto que, instalado el Gobierno en Valencia, llegó un hermano de Irujo, ministro de Justicia; le habían puesto en libertad en Pamplona, de acuerdo tradicionalistas y falangistas, para comprobar si José Antonio había sido fusilado o si, por el contrario, se simulaba tal cosa y se le tenía a buen recaudo como baza última de Prieto.
La insistencia, casi infantil, para no admitir la muerte de José Antonio tenía un fondo que rebasaba lo sentimental. Presentían que con él se perdía la posibilidad de un acabado desarrollo del ideario falangista.
Hasta 1938, en el aniversario del fusilamiento, no se anunció oficialmente su muerte; lo hizo el propio Francoy ese día, por iniciativa del estudiante Carlos Valcárcel, que hacía la guerra en el Ejército del Aire, aviones con base en Pollensa cubrieron de flores la cárcel de Alicante.
CONCLUSIÓN
La ejecución de José Antonio Primo de Rivera el 20 de noviembre de 1936 marcó profundamente la evolución posterior de la Falange y su simbolismo durante la Guerra Civil y los años posteriores. Su figura pasó a convertirse en un referente político y en un símbolo dentro del movimiento falangista.
El proceso judicial que condujo a su condena y fusilamiento sigue siendo objeto de estudio y debate historiográfico. Las circunstancias del juicio, las gestiones para evitar la ejecución y las interpretaciones posteriores reflejan la complejidad política y humana de uno de los momentos más dramáticos de la historia contemporánea de España.
