INTRODUCCIÓN
La Guerra Civil española no solo dividió el país en frentes militares, sino también en profundas fracturas culturales e intelectuales. Muchos de los hombres más destacados de la universidad, la literatura y el pensamiento se vieron obligados a tomar decisiones dramáticas: permanecer en la zona republicana, exiliarse o aproximarse al bando nacional.
En este contexto se produjo un fenómeno significativo: el éxodo de numerosos intelectuales republicanos, que abandonaron la zona controlada por el Frente Popular o se distanciaron de él ante el clima de violencia política, las depuraciones académicas y la presión ideológica. Figuras relevantes de la cultura española —profesores, escritores y estudiantes universitarios— protagonizaron desplazamientos, cambios de postura o silencios forzados que reflejan la complejidad del panorama intelectual durante el conflicto.
Era natural que los universitarios, profesores y estudiantes, incluso los más izquierdistas, salvo los muy comprometidos políticamente, acelerasen su pase moral y material al campo nacional, abandonando cuantos podían aquel caótico mundo.
El doctor Marañón salió de Valencia con el pretexto de dar unas conferencias en la Sorbona y desde allíenvió una carta a Agustín Edwards, que mereció los peores insultos de la Prensa roja; la carta ponía de relieve el éxodo espiritual y material de los hombres de buena fe:
«No conozco exactamente el caso Madariaga —decía—, pero tiene usted donde escoger entre docenas y docenas de profesionales de la Universidad—casi el 80 por 100—,en su mayoría liberales y republicanos, que viven ahora en Francia y en otros países, y, más aún, a los ex ministros republicanos…»
Las destituciones de catedráticos y profesores se hicieron por centenares, y ello suponía una verdadera condena a muerte, de la que sólo podían salvarse quienes encontraban un refugio seguro. La Universidad Autónoma de Barcelona estaba regida por un Patronato dependiente de la Generalitat; oficialmente, el 18 de julio, en una nota, pidió un puesto en la lucha contra los rebeldes; a continuación, fue publicada la primer lista de ceses: José María Trías de Bes, Luis García de Valdeavellano, Manuel Taure. Cándido Torres, Benito Fernández, Luis SegaláEstalella, Antonio de la Torre, Ramón Casamada, Enrique Soler Batlle, Eugenio Cuello Calón, Eusebio Díaz, José Mir Ainsa, Mariano Soria, Tomás Carreras Artáu, Gonzalo del Castillo, Ángel Cajigal, Salvador Gil Vernet, Blas Pérez González, Martiniano Martínez, Francisco Gómez del Campillo y Eduardo Pérez. En la siniestra checa de San Elias fueron asesinados tres profesores, figuras de la intelectualidad catalana: Ramón Casamada, Javier Palomas y Taya Fuella.
Los tres hombres representativos de la Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República, Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, quedaban desenganchados del mundo rojo. Lo mismo ocurría con el grupo del 98, «Azorín», Baroja y Unamuno abrazaron la causa nacional; Benavente era un prisionero moral en Valencia y Ramiro de Maeztu yacía en las fosas de Aravaca. Del mismo lado se inclinó la Sociedad de Autores, con su presidente, el poeta catalán Eduardo Marquina; su antecesor en la Sociedad, Muñoz Seca, era asesinado en Paracuellos un 28 de noviembre. Con los nacionales estaba la generación de novelistas de 1907, formada por Wenceslao Fernández Flórez, Francisco Camba, Rafael López de Haro y Juan Antonio Zunzunegui, con la ausencia de Zamacois.
El humor nuevo fue «nacional»: Edgar Neville, Tono, Mihura y Álvaro de la Iglesia, centrados en La Ametralladora, de sorprendente gracia. Mingote, estudiante de Bachillerato, voluntario requeté a los dieciséis años, creó en la Academia de Ávila, para «provisionales» el periódico humorístico La Taba. Y ello pese a que la inmensa mayoría intelectual, residente en Madrid y Barcelona, había quedado en la zona roja. Los republicanos contaron con los intelectuales ya comprometidos en la política de partidos, entre ellos Sánchez Román, Asúa, De los Ríos, Besteiro, diputados socialistas, y el ex ministro Claudio Sánchez Albornoz. Con ellos un grupo más joven, encabezado por Alberti, al que seguía sumiso Bergamín.
Sender vivió en la zona republicana, rodeado de contrariedades, y Salvador Madariaga, tras una larga y severa serie de admoniciones, escribía:
«En esta atmósfera de violencia, la vida del espíritu era imposible. Al comienzo de la guerra se obligó a los intelectuales del país a firmar un manifiesto en favor de la República, es decir, de la revolución, que por el extranjero circulaba con disfraz republicano.»
«La mayoría de los hombres de pensamiento de la izquierda liberal, sin excluir muchos diputados y exministros del Frente Popular, prefirieron el destierro a la vida bajo un régimen…»
Los rojos, condenados a ver traiciones por todas partes, rociaban de insultos a los españoles más destacados en el campo de la cultura, en donde perdían también la guerra; decía el periódico Política: «La traición de Unamuno, previsible y despreciable, desenmascara moralmente a un histrión calculador, disfrazado de puritano austero» .
Sin embargo, don Miguel se encaraba en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, en octubre, a las palabras despreciativas de la inteligencia del general Millán Astray. También se les iba la filosofía de Eugenio d’Ors, Santayana y Zubiri, la de García Morenta, una de las apoyaturas de Ortega, y la de su continuador, Julián Marías, escribiendo sobre Unamuno, en Madrid, en el incauto Blanco y Negro, y esperando y deseando el fin de la pesadilla. De la zona roja se pasaba a la nacional el destacado periodista Que desde El Sol agrupó a los intelectuales republicanos, Manuel Aznar.
Más tarde, escribió Marañón:
«El hecho más significativo en este sentido y que nadie ha comentado, es la actitud de la juventud universitaria, que fue la fuerza de choque del movimiento liberal contra la dictadura y el fermento entusiasta de los meses que prepararon el cambio de régimen. Pero a partir del tercer año de la República, empezó a cambiar de orientación de un modo tan rápido, que, por los días de las elecciones del Frente Popular, un profesor socialista que pocos días antes era el ídolo de los estudiantes, daba ahora sus lecciones —y no siempre podía darlas— entre la hostilidad de su auditorio, y me confesó que el noventa por ciento de sus alumnos era fascista. Cualquiera de los profesores españoles pudimos comprobar este mismo hecho. Hoy, una mayoría de nuestros estudiantes lucha como soldados voluntarios en las filas nacionalistas. Muchos de ellos se habían educado en un ambiente liberal y habían pertenecido, al comenzar sus estudios, a las Asociaciones estudiantiles y liberales y aun socialistas o comunistas. Y son varios los jóvenes, entonces casi niños, a quienes conocimos en la cárcel durante la Dictadura y que hoy son héroes, vivos o muertos, de la causa antimarxista».
Avalaban las palabras del profesor Marañón los hermanos Llaca, que de combatientes en la F. U. E. pasaron a integrar la aviación franquista, batiéndose como los mejores, o los hermanos Cimarra, en Madrid, que dirigían grupos activos de la «quinta columna»; Fernando Ciller, de la F. U. E., mandó la Falange de Hellín y murió asesinado después de la rendición de Albacete, y Salvador García de Pruneda, combatiente del Cuartel de la Montaña, y Antonio Tovar, y tantos alféreces que habían seguido análoga trayectoria, y entre ellos su hijo, Gregorio Marañón Moya .
De la F. U. E. apenas quedaba otra cosa que su anagrama, puesto para hacer bulto al pie de los numerosos manifiestos redactados por los comunistas. Para no disfrutar de tranquilidad, la Federación de Estudiantes Antifascistas se pasó al anarquismo, y de él siguieron recibiendo los escasos fueístas afrentas y ataques.
Lógicamente, aquellos de la antigua F. U. E. que se alistaron en las filas rojas sobresalieron pronto, dada la pobreza cultural de aquella zona: Luis del Val fue comandante de un batallón en el Jarama y Cerro de los Ángeles; Mascaró murió siendo comandante, en Cataluña, frente a una sección mandada por un afiliado al S. E. IL, de Derecho, Fernando Reyes; Balaguer, destacado en el rugby, mutilado de una pierna, alcanzó el grado de coronel; Settien y Caamaño llegaron a mandar una División, siendo el de más relieve Tagüeña, que dirigió un cuerpo de ejército en el Ebro. Morayta se incautó, con otros de Medicina, del Palacio de Florestán Aguilar y organizó una especie de consultorios odontológicos volantes; terminó mandando una División en Carabanchel. Sbert intercedió para que se conmutara la pena de muerte al escritor Luys Santamarina. Ordóñez, conocido por el alijo de armas de la Ciudad Universitaria, fue, hasta su marcha al extranjero, jefe importante de la Policía represiva. En Valencia, en una presuntuosa exhibición de poder, paseó por sus centros policíacos a Antonio Reus, de Ingenieros Agrónomos, mientras le decía que lo mismo podía fusilarle que mandarle, como lo hizo, a un campo de concentración. Ordóñez, como los «gangsters» de algunas películas, lucía siempre una flor en la solapa. Otro grupo refugió su desgana combativa en una organización llamada «Los Milicianos de la Cultura», que tenía por objeto enseñar a los soldados republicanos cultura general y marxismo. Con ellos colaboraron estudiantes derechistas, sin que ello supusiera entrega política.
La situación fue a menudo dramática para tantos a quienes la geografía había situado en campo contrario a sus ideas y sentimientos. Tal es el caso de Calvo Serer, que se apresuró, al finalizar la guerra, a vestir camisa azul y afiliarse con entusiasmo al S. E. U. .
La propaganda republicana aireó la visita de una comisión de estudiantes antifascistas ingleses que presidía George Stent. Podían juzgar el mundo en que habían caído con la simple lectura de El Socialista, que decía en titulares: «Consejo de Ministros. En la reunión ministerial se trató de diversos proyectos, entre ellos el referente al respeto de la vida de los prisioneros» .
Por entonces, últimos días de marzo de 1937, supuestas juventudes de Madrid dirigieron un llamamiento alos jóvenes cristianos de todos los países. Entre los firmantes figuraba el secretario de una «Asociación Cristiana de Estudiantes». El escrito decía: «Tenemos que manifestaros que es falso, absolutamente falso, que en España se haya perseguido a la religión.» Trece obispos y 6.832 sacerdotes asesinados; la casi totalidad de los templos, profanados y convertidos en estercoleros o garajes; el culto de la santa misa, considerado como un delito, incluso celebrado en privado; los entierros, sin poder ostentar una sencilla cruz; amén de las carnavaladas blasfemas organizadas con los objetos de culto y las imágenes; 283 religiosas, martirizadas. Realmente no había persecución, sino exterminio.
El tono cultural de los Congresos juveniles marxistas era lamentable. Disponían del diario Ahora, en donde podía leerse del discurso de Mesón, en una conferencia de las J. S. U.:
«El triunfo de los fascistas significaría convertir a la juventud en una juventud esclava. Cerrar las Universidades e Institutos. Se establecería el trabajo sin retribución. Nuestras muchachas serían tratadas como bestias, sin otra perspectiva que la prostitución.»
No obstante, conocían la verdadera inclinación de los universitarios y lo mostraban en la Conferencia de la Juventud, celebrada en Valencia:
«Trabajaremos también para los que creen en la demagogia del fascismo, porque pensaban en una patria libre y fuerte que únicamente la España del Frente Popular puede forjar.»
El primero de julio de 1937 se publica un Boletín de F. U. E.; formaba parte de la propaganda organizada para la Conferencia Nacional de la Juventud. En dicho Boletín —no apareció más que el número inicial—, el Secretario de la F. U. E. de Madrid, Manuel Balgañón, planteaba el triste estado de los estudiantes condenados a
«desempeñar el puesto de fusileros» y propugnaba que los mandos no se concedieran sin una base cultural. Era resultado del desprecio que sentía por los universitarios la masa miliciana y su desconfianza política basada en hechos notorios.
El Boletín daba cuenta de la muerte en combate de Giménez Carrasco, matriculado en Ciencias, organizador del batallón Joven Guardia, que luchó en Extremadura y la sierra madrileña. Tenía la graduación de comandante-jefe de operaciones del Primer Cuerpo de Ejército. Se insertaba a continuación una relación de afiliados caídos: Cuartero, De la Loma, Juan López y el mencionado Giménez Carrasco. ¡Cuatro en un año de guerra!
Las numerosas reuniones del Frente de la Juventud motivaron cierto malestar entre los combatientes rojos.
Informaciones publicó un artículo que decía:
«Ya está bien, camaradas orientadores, ¡ya está bien! ¿Cuándo tomáis el acuerdo al final de una de esas magníficas asambleas «de lo mejor de la juventud» de pedir un fusil y marchar al frente? Y allí enfrentarse con el enemigo, que por cierto no se parapeta en los patios de butacas.»
El único intento madrileño para devolver la normalidad los Institutos, fracasó rotundamente. Por cierto, que fieles, a su concepto de estimar los centros de estudio como reductos «fascistas», prepararon, anunciándolo en la Prensa, una rigurosa depuración de los bachilleres. Por entonces los estudiantes en zona roja comenzaron a organizarse eficazmente, y no tardaron en dirigir los grupos mas activos de la llamada «Quinta Columna».
CONCLUSIÓN
El destino de los intelectuales españoles durante la Guerra Civil muestra hasta qué punto la vida cultural del país quedó marcada por el conflicto. El exilio, la persecución, las depuraciones universitarias y la presión ideológica afectaron profundamente a profesores, escritores y estudiantes.
Mientras algunos optaron por el exilio o se alinearon con el bando nacional, otros permanecieron en la zona republicana comprometidos con su causa. En cualquier caso, la guerra transformó de manera irreversible el panorama intelectual español, dispersando a muchos de sus protagonistas y alterando el desarrollo cultural del país durante décadas.
