Lo primero que hay que resaltar es que la URSS empezó a tener interés político por España tras el advenimiento de la República, tal como se desprende del interés de Maksim Litvinov en Ginebra, a la sazón comisario soviético de Asuntos Exteriores, para contactar en septiembre de 1931 con la presidencia de la República, a los efectos de establecer plenas relaciones diplomáticas entre los dos estados, y que agradaría al ejecutivo izquierdista, nombrándose en agosto de 1933 para el cargo de embajador en Moscú a un socialista fiel admirador de los soviets, el citado Julio Álvarez del Vayo. Hasta entonces, el interés únicamente había sido comercial, importándose más de lo que se exportaba, lo cual rondaba el millón de pesetas anuales.
Curiosamente, dos meses después de proclamarse la República, había llegado a Barcelona, clandestina y directamente, desde la Unión Soviética, el catalán Ramón Casanellas, antiguo anarquista y terrorista, instruido ahora en la URSS, comandante-mecánico del Ejército Rojo, y con la misión de agitar y unificar las fuerzas proletarias en pro de la revolución social, presentándose incluso a las elecciones constituyentes; sería expulsado del país en marzo de 1932, una vez descubiertas sus actividades subversivas
Meses más tarde, la oficina para el oeste europeo de la Comisión Ejecutiva de la Internacional Comunista remitía igualmente unas recomendaciones al Partido Comunista de España, en los siguientes términos:
La principal tarea inmediata del partido comunista es preparar, organizar y dirigir las luchas revolucionarias de masas del proletariado, para lanzar y dirigir la revolución. Esto requiere la consolidación organizacional del partido comunista y de las organizaciones revolucionarias de clase del proletariado. El vínculo práctico que debe aprovecharse, si esto se hace, es la lucha huelguística, el movimiento de los parados… Al mismo tiempo, deben hacerse todos los esfuerzos posibles para organizar la lucha campesina contra los ataques de los terratenientes, a fin de dar a las acciones parciales diseminadas el carácter-masa de una revolución agraria (…) la formación de consejos de trabajadores, soldados y campesinos, la formación de comités de fábrica, el desarme de la gendarmería y el armamento del proletariado, la formación del frente unificado revolucionario, la toma revolucionaria de la tierra por parte de los campesinos (…) El Partido Comunista español mostró -y hasta cierto punto continúa- con una actitud, sectaria, pasiva, hacia los movimientos de liberación nacional de los catalanes, vascos y gallegos, que subestima, y casi no cuenta con el de los marroquíes. El sectarismo y la pasividad inadmisible también se mostraron –y particularmente los dirigentes- en lo que respecta a la labor sindical… Así las cosas, en noviembre de aquel año, el comité ejecutivo de la III Intrenacional dirigía un manifiesto a los obreros, campesinos y comunistas de toda España, donde se reivindicaba abiertamente la lucha revolucionaria para derrotar la burguesía y el capitalismo financiero: Durante dos años el proletariado industrial y agrícola, así como el campesino trabajador de la Península Ibérica han estado llevando a cabo grandes y heroicas luchas revolucionarias. Siguiendo las instrucciones del Gobierno Azaña-Caballero, la Guardia Civil está abatiendo a los proletarios y campesinos en las ciudades y pueblos de España. Y es que, en toda España, en los centros industriales y en los grandes terrenos rústicos, las luchas se están llevando a cabo, y la consigna de un gobierno de trabajadores y campesinos resuena desde las fábricas de Barcelona, Sevilla, Bilbao hasta los más pequeños pueblos de apartadas provincias… Este manifiesto de la Internacional Comunista había tenido por objeto el justificar la expulsión del partido de los dirigentes españoles (Bullejos, Adame, Vega y Trilla), por defender la república española y no exclusivamente la insurrección armada, siendo acusados de pasarse al bando “contrarrevolucionario”: Estos cuatro sabotearon la línea política de la IC, que está dominada por el propósito de unir a las masas para la lucha y en la lucha. La política de dividir a las masas es la política de la contrarrevolución, que hace todo lo posible para dividir las fuerzas, por lo cual será derrotada. Para este fin criminal se sirven de agentes socialdemócratas (Caballero y otros), que apoyan a los líderes anarquistas, que critican el comunismo, e intentan desviar a los trabajadores de la lucha por la dictadura del proletario, fortaleciendo así la dictadura del capital…
Los expulsados, pese a todo, manifestarían públicamente que seguían “defendiendo la política revolucionaria comunista que hemos aplicado hasta ahora, sin combatir en ningún caso a la I.C. y su Sección española [el PCE]. La situación actual de España, la amplitud e incremento, cada día mayores, de la ola revolucionaria ascendente, demostrarán en poco tiempo de qué lado de la barriada nos encontramos nosotros y también de qué lado se encontrarán otros”, lo que sin duda resultará profético a partir de 1934.
Hasta dichas fechas, no hemos hallado más comunicaciones y órdenes del Komintern en relación con nuestra Patria, si exceptuamos los comentarios insertos en la prensa de la III Internacional o las precisas referencias de tipo policial.
No obstante, la III Internacional conocía suficientemente la gran capacidad revolucionaria del proletariado español desde antiguo: “El proletariado española ha dado prueba hasta el presente de una formidable energía revolucionaria”, escribía A. Losovsky en la primavera de 1931, a la sazón secretario general de la Internacional Sindical Roja, preguntándose adónde conduciría la revuelta republicana y si ello lograría instaurar en breve el poder soviético, contestándose, sin solución de continuidad, que eso iba a depender “del grado de crecimiento y desarrollo del Partido Comunista y del movimiento sindical revolucionario.
Con todo, y dejando a un lado las acciones huelguísticas, los comunistas hispanos habían participado, de una u otra manera, en varias intentonas revolucionarias desde su fundación: Málaga (1923), Prats de Molló (1925), Ciudad Real (1929), Jaca y Cuatro Vientos (1930). Y, a partir de la proclamación de la República, sus actividades subversivas continuaron al tiempo que participaban en las instituciones; no en vano los diversos partidos comunistas, por pertenecer a la disciplina del Komintern, adquirían el compromiso de dotarse de una aparato ilegal, por prescribirlo así las reglas moscovitas.
En el año 1932, el comunismo prepara el levantamiento toledano de Villa de Don Fradique, siendo perseguidos los promotores y un año después obtiene ya representación parlamentaria en las elecciones legislativas de noviembre por la circunscripción de Málaga. Meses más tarde, la tónica se mantenía parecida, tal como se desprende de la literatura oficiosa del Comintern, pero en octubre de 1934 estallaba la revolución en la zona septentrional y la percepción de la Internacional comunista cambia por completo de criterio; tanto es así que inmediatamente se dirige a la Internacional Socialista con el propósito de unificar las fuerzas de los revoltosos, cuando el peso del alzamiento rebelde lo soportaban, mayormente, socialistas y sindicalistas:
La reacción fascista-monárquica en España ha atacado con todas las fuerzas del Ejército, la Marina y la fuerza aérea a la clase obrera y a los campesinos que luchan bajo el liderazgo de la Alianza Obrera que representa la unión combatiente de comunistas y socialistas, y ha sellado esta unión con la sangre derramada en la batalla. La victoria de la reacción fascista-monárquica en España, después de la toma del poder por el fascismo en Alemania y Austria, no sólo trae un sufrimiento inconmensurable a la clase obrera y al campesinado español, sino que también golpea severamente a todo el proletariado internacional. Sólo la unidad combativa de la clase obrera de todos los países puede aportar una ayuda eficaz a los trabajadores españoles y barrer el camino a la reacción española y mundial. En este momento, cuando la burguesía busca destruir a uno de los destacamentos combatientes de la clase obrera internacional, el proletariado español, la Internacional Comunista ha pedido a sus secciones que organicen, conjuntamente con otras organizaciones obreras, reuniones de masas y manifestaciones para mostrar su solidaridad con la clase obrera española. Al mismo tiempo, la Internacional Comunista propone a la Internacional Laborista y Socialista emprender inmediatamente acciones conjuntas en apoyo del proletariado español combatiente, así como de la lucha contra la adhesión por parte de otros países capitalistas al Gobierno de Lerroux. La Internacional Comunista está instruyendo al camarada Cachin para que contacte de inmediato con los representantes del LSI a fin de llegar a un acuerdo sobre métodos concretos y la ejecución práctica de tales acciones conjuntas.
El concepto de Alianza Obrera había sido una idea del trotskista Maurín en 1933, por la que se sustituía la conceptuación eslava de “soviet” por una denominación más autóctona y sin muchas connotaciones, dando lugar, en un principio, a la unión catalana del Bloc Obrer y Camperol, la Izquierda Comunista (Nin) y al Partit Catalá Proletari. Después vendrían más fuerzas revolucionarias y mucho más potentes, como el partido socialista, la UGT o la Confederación Regional del Trabajo; la adhesión del Partido Comunista se produciría días antes al levantamiento de octubre, uniéndose igualmente al movimiento revolucionario varios grupos catalanistas, la Generalidad de Cataluña y hasta el Partido Nacionalista Vasco con su organización sindical. Pues bien, el programa revolucionario del otoño de 1934 era exaltado, pero de factura socialista y moderado en algunos aspectos económicos, aunque pidiera la nacionalización de la tierra o, mismamente, la purificación de las fuerzas armadas. Y, en cualquier caso, la revuelta, como puntualizaría Prieto a la prensa parisina, había sido preparada por ciudadanos españoles:
Para dar la impresión de que el último movimiento revolucionario se ha desarrollado bajo inspiración y dirección de elementos extranjeros. Esto es absolutamente falso, y cuando se apunta la sospecha de que pudiera haber una inducción de origen ruso, yo me atrevo a afirmar, con completo conocimiento de causa, que eso carece totalmente de fundamento. Rusia ni ha inspirado, ni dirigido, ni ha aportado la más insignificante colaboración (…) El hecho de que dos o tres individuos extranjeros hayan intervenidos en las contiendas sangrientas no puede servir de base a suposiciones tan gratuitas como la de una intervención extranjera…
Por ende, el oportunismo moscovita en la revolución asturiana queda meridanamente constatado: ni la habían organizado, ni siquiera habían contribuido con más elementos humanos y materiales; pero, a la postre, serían los más beneficiados al instrumentalizar la desilusión y represión posteriores, colonizando de este modo amplios sectores del proletariado. Incluso, la Komintern criticaría algunos aspectos de la misma en su órgano periodístico La Internacional Comunista, recién derrotada la intentona armada; pero, meses después, en las deliberaciones del VII Congreso de la Internacional en Moscú, se recordaría, paradójica y positivamente, la revolución asturiana, rindiendo un tributo de admiración a la personalidad socialista de Largo Caballero.
El citado congreso moscovita del verano del 35, y que tantos ríos de tinta ha hecho correr, consideró únicamente la posibilidad de frentes comunes de izquierda desde una perspectiva electoral antifascista, pues la táctica del frente común, o frente unido de todo el proletariado, ya había sido aceptada por el Komintern desde años atrás; no en vano, el primer agente español de la III Internacional enviado a la Península, tras la proclamación de la República, Ramón Casanellas, venía con tales instrucciones en el bolsillo.
Pues bien, el máximo dirigente de la Komintern, Jorge Dimitrov, expondría a aquellos congresistas de Moscú los siguientes aspectos de los futuros frentes populares:
Un Gobierno de frente único es fundamentalmente diferente de un Gobierno socialdemócrata (…) Exigimos de todo Gobierno de frente único la realización de ciertas reivindicaciones revolucionarias fundamentales, tales como el control de la producción, el control de los Bancos, sustitución de una Policía por una milicia obrera armada, etc. En tanto que el Gobierno lleve verdaderamente la lucha contra los enemigos del pueblo, los comunistas lucharemos en primera fila como soldados de la revolución. Pero decimos abiertamente a las masas: este Gobierno no puede jamás traer una salida definitiva, no está en condiciones de derrocar la dominación de la clase de los explotadores, y de suprimir, por lo tanto, definitivamente los peligros de la contrarrevolución fascista. Por eso hay que armarse para la revolución social, porque sólo el Poder soviético traerá la salvación (…) Los partidos comunistas sólo pueden lograr y obtener éxitos en la movilización de las más amplias masas trabajadoras para la lucha sobre la base del frente único reforzando sus propias filas, llevando una política marxista-leninista y una táctica justa y flexible. El frente único del proletariado es un poderoso ejército obrero, que sólo podrá realizar sus tareas cuando a su cabeza tenga una dirección que le muestre el camino a seguir y los fines a alcanzar. Esta dirección no puede ser otra que un partido revolucionario (…) Los intereses de la lucha de clases proletarias y de la victoria de la Revolución proletaria exigen imperiosamente que en cada país haya un solo partido único del proletariado. Apoyados sobre el potente crecimiento del anhelo de masas hacia la unidad, los partidos comunistas deben emprender resuelta y valientemente la iniciativa de la fusión del Partido Comunista con el partido socialdemócrata. Eso, desde luego, no es tan fácil y tan simple (…) el establecimiento de la unidad política no es posible sino sobre la base de condiciones de principios. Estas condiciones son: independencia completa frente a la burguesía y ruptura del bloque de la socialdemocracia con la burguesía; establecimiento previo de la unidad de acción; reconocimiento de la necesidad del derrocamiento revolucionario de la dominación de la burguesía y de la instauración de la dictadura del proletariado en forma de Soviets (…) Saludamos las aspiraciones crecientes de los obreros socialdemócratas a favor del frente único con los comunistas. Vemos en este hecho el fortalecimiento de la conciencia revolucionaria y el comienzo del fin de la división de la clase obrera. En la convicción de que la unidad de acción es una necesidad urgente y, al mismo tiempo, el camino más justo hacia la unidad política del proletariado, nosotros declaramos que la Internacional Comunista y sus Secciones están dispuestas a entrar en conversaciones con la II Internacional y sus partidos (…) Hemos planteado hoy, de una manera nueva, diferentes cuestiones, ante todo, la del frente único. Hay gentes que ven en eso un cambio de nuestros principios, un abandono de la línea bolchevique (…) La cosa principal es que nuestros partidos y las amplias masas comprendan hacia dónde vamos. No seríamos jamás marxistas revolucionarios si no encontráramos en cada etapa la política y la táctica apropiada a la etapa. Somos enemigos de todo automatismo. Queremos, en el interés de la lucha revolucionaria de clase, encontrar un lenguaje común con las amplias masas (…) Queremos organizar a la clase obrera en un inmenso ejército revolucionario, que, al frente de todos los trabajadores y teniendo como timonel un capitán tan sabio y grande como Stalin, cumplirá seguramente con su misión histórica.
Pues como explicaría seguidamente Thorez en el mismo Congreso, lo expuesto por Dimitov no era cuestión de principios sino de oportunidad práctica:
Nosotros comunistas, luchamos por el poder de los Soviets, por la dictadura del proletariado. Sabemos que este es el único camino para acabar para siempre con la crisis, el fascismo, la miseria y la guerra. Pero sabemos también que, por el momento, una minoría solamente de la clase obrera y, sobre todo, una minoría solamente del pueblo de Francia, comparte nuestra convicción y lucha con la firme voluntad de establecer el poder de los Soviets. Por esto el poder de los Soviets no puede constituir el objeto inmediato de nuestra lucha actual. Pero, aun estando en minoría podemos y debemos dirigir la mayoría del país que está resulta a evitar a toda costa el establecimiento de una dictadura fascista; podemos y debemos convencer a las masas en la lucha y sobre la base de su propia experiencia, de la necesidad de llegar a la República de los Soviets.
Por ello cobra notable importancia el corolario pronunciado en la tribuna de oradores por Bela Kun, encargado de la agenda del Congreso ratificando entre salvas de aplausos el informe de Dimitrov :
La delegación del Partido Comunista húngaro, no solamente está de acuerdo con el proyecto de tesis y el informe del camarada Dimitrov, sino que aprueba este proyecto y este informe. Estima que una aplicación práctica, resuelta, de estas directivas, es la condición necesaria para el triunfo de la revolución proletaria (…) Pensamos que, en caso de amenaza directa por la toma del poder por los fascistas, un gobierno de frente único proletario o de frente popular antifascista, como propone el proyecto de tesis, corresponde no solamente al dominio de lo posible, sino al de lo necesario. Un tal gobierno no tendrá, a nuestro juicio, todos los caracteres de un gobierno puramente parlamentario. Sobrepasará, por la fuerza de las cosas, el cuadro de la democracia parlamentaria. Una de sus particularidades, si realmente debe impedir el advenimiento del fascismo, será el no apoyarse únicamente sobre un cierto número de fracciones parlamentarias. Serán los organismos del movimiento de masas, los comités de obreros, los comités populares de todas clases los que llegarán a ser su principal sostén (…) nosotros demostraremos la mayor paciencia en la lucha por el frente único proletario, por la unidad de acción de la clase obrera; en la lucha por un solo partido unificado, revolucionario de la clase obrera, un partido que sabrá, sobre la bases de las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin, conducir a las masas del pueblo a la victoria, a la dictadura del proletariado, al poder soviético.
Ítem más, la misma Internacional Socialista (ISO) había planteado en 1933, tras el triunfo del nazismo en Alemania, la posibilidad de un frente común; y, un año más tarde, serían los comunistas franceses quienes, preocupados por el auge de las ligas patrióticas, se entrevistaban con representantes de la ISO a los efectos de constituir un frente político. Y es que sobre esta posibilidad se discutía oficiosamente en las oficinas del Komintern meses antes de convocarse el Congreso de 1935, existiendo dos posturas al respecto: la tradicional y la novedosa de pactos previos.
Por ende, la estrategia de los “frentes populares” era una táctica esencialmente transitoria y, por tanto, mudable; con mayor motivo cuando en las reuniones confidenciales de dirigentes iberoamericanos ocurridas en Moscú a finales de 1934 -y que el miembro del comité ejecutivo del Komintern Eudocio Ravines denominó pomposamente como conferencias secretas de la Gran Asia y América Latina– se había acordado la programación de frentes políticos o insurrecciones armadas, dependiendo de lo que aconsejaran las circunstancias de cada país. Como tales asonadas, el ejemplo más diáfano lo representa el alzamiento que estallaría el 27 de noviembre de 1935 en Brasil, cuando apenas habían transcurrido cuatro meses desde la conclusión del congreso moscovita.
En cualquier caso, el Congreso mundial de 1935 había aprobado una serie de resoluciones. La directiva más importante, por lo que aquí importa, era la de continuar trabajando por todos los medios para la realización del frente único en escala nacional e internacional, pero tomando como punto de partida para la solución de todas las cuestiones, las condiciones y las particularidades concretas de cada país, y evitar, en general, de intervenir directamente en los asuntos interiores de organización de los partidos comunistas.
No obstante, la Komintern se había transformado por entonces en un instrumento más de la política estalinista, lo que la convertía en una gigantesca organización internacional al servicio exclusivo de un potentísimo estado interesado en su consolidación interior y exterior. Desde una perspectiva jurídica representaba, pues, una grandísima delegación del ministerio de asuntos exteriores soviético de carácter latente, que se enmascaraba fraudulentamente en los contornos y formas de una asociación internacional de naturaleza obrera.
Teniendo en cuenta que nuestro país formaba parte de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) desde su adhesión a la Sociedad de Naciones, y que la Constitución de 1931 reconocía el derecho de asociación y sindicación (art. 39), habiendo renunciado a la guerra como instrumento de política nacional (art. 6º), un organismo tan técnico e incisivo como la III Internacional constituía un peligro preocupante para la continuación de España como una nación libre de ataduras.
En noviembre de 1935, y según el manual informativo obrante en el ministerio español de la Gobernación, las secciones que tenía operativas la III Internacional en nuestro país eran las que siguen: partido comunista central, con sus comités, radios y células; Konsomol o juventudes; Pioneros Rojos o infancia; la Internacional Roja Femenina; la Internacional de Campesinos; la Internacional Sindical Roja; la Internacional de Marinos y Trabajadores del Puerto; la sección de antimilitarismo; la Federación Deportiva Obrera; la Liga Anticlerical Revolucionaria; la Unión de Escritores Proletarios Revolucionarios de Hispanoamérica; la sociedad para las relaciones culturales con el extranjero; el Socorro Rojo Internacional; la Sociedad de Amigos de la URSS; el Turismo Soviético; el Buró del Cine Revolucionario, y la Internacional de Mineros.
Dejando para más adelante los aparatos ilegales que cada sección nacional tenía que tener disponible, cada partido estaba dominado por la policía secreta estalinista, la OGPU; y ese partido comunista, en cuanto formaba parte de la Komintern, participaba del espionaje soviético en el exterior, pues según confesión del general Krivitsky a las autoridades norteamericanas en 1939, el espionaje soviético se efectuaba por el servicio secreto del Ejército Rojo, y a quien propiamente le correspondían las labores de inteligencia e información; pero también por la sección militar de la Komintern que tenía entre sus cometidos el ponerse en contacto con los principales comunistas en países extranjeros donde existan conflictos o con indicios de problemas venideros e instruirles en el entrenamiento de tropas de choque y la estrategia a seguir …
En definitiva, las distintas secciones constituían un conjunto orgánico ensamblado, un imponente ejército revolucionario que contaba con multitud de periódicos, revistas, editoriales, emisoras, etc.; y, por supuesto, con cuantiosos fondos para su completa disposición. Y si bien los soldados de estas huestes subversivas no habían sido inicialmente demasiados en Iberia, la coyuntura estaba cambiando a buen ritmo, merced a la acelerada bolchevización o ursificación que una parte sustancial del Partido Socialista estaba soportando desde la derrota asturiana en 1934; circunstancia que Dimitrov y demás dirigentes moscovitas conocían a la perfección, gracias a sus contactos especiales (Álvarez del Vayo, Margarita Nelken, etc.) y al frenesí revolucionario de las Juventudes Socialistas, cuya dirección viajaría hasta Moscú para entrevistarse con la jefatura de la Internacional Comunista.
Todo ello no era fruto exclusivo de la casualidad, sino que respondía a una planificación previa; no en vano el Komintern había interesado misiones delicadas, desde la década anterior, a fin de bolchevizar los diversos partidos socialistas del oeste europeo, siendo el célebre socialista italiano Ezio Bartalini uno de sus agentes más destacados. Por lo demás, la estrategia militar-insurreccional se servía de colectivos o cuerpos no especialmente comunistas para abordar el poder con más probabilidades de éxito, como habían logrado los bolcheviques en 1917:
Para asegurarse del máximo apoyo para la sublevación, por lo tanto, el Partido utilizará alguna agrupación (o frente) exterior de gran extensión (…) y que le preste al Partido un comando que pueda erigirse en gobierno rebelde en caso necesario. Puede ser una organización ya existente que el partido ha logrado penetrar y dominar (v.g. los soviets en Rusia) o una organización de fachada creada por el Partido en época de calma, o una inventada especialmente para la insurrección (como la ANL en el Brasil en 1935)…
Por lo demás, la Internacional Comunista había comenzado a disponer por aquella época de dos tipos de agentes, según confirmaría el antiguo líder de la III Internacional en Iberoamérica, el peruano Eudocio Ravines: los propiamente comunistas y quienes aparentemente no lo eran. Como mínimo, entre estos últimos, hemos de encuadrar a los mencionados socialistas Álvarez del Vayo y Margarita Nelken, con excesiva influencia durante 1935-1936 sobre el dirigente de extracción obrera Francisco Largo Caballero. De hecho, la Nelken aparece ya en 1937 como representante de la III Internacional en Francia y, posteriormente, como agente secreto de la Inteligencia soviética en Méjico, todo ello en conformidad con la información depositada en los registros norteamericanos de la Central Intelligence Agency (CIA) En lo que respecta a Álvarez del Vayo, su condición de agente comunista lo indicaría su cuñado y compañero de partido, Luis Araquistáin, al término de la guerra civil.
Tampoco la prensa se mostraba recatada en presagiar una insurrección peninsular de cariz comunista. Mismamente, Palmiro Togliatti (a. Ercoli), a la sazón miembro de la secretaría política, de la comisión ejecutiva y del Presidium de la Internacional comunista Komintern desde 1935, manifestaba en la revista soviética Bolshewik que no cabía esperar mucho del gobierno español, “burgués y de izquierda”, debiéndose emprender sin tardanza la creación de una red aliada de trabajadores y campesinos como órganos de lucha de las masas.
Así las cosas, en la primavera de 1936, el periódico derechista parisino, Le Matin, publicaría una serie de artículos sobre las actividades del Komintern en España, a la que ya hemos aludido anteriormente. No obstante, desconocemos qué fuentes se utilizaron para la redacción de tales trabajos periodísticos, aunque el rotativo aludiría a varias inconexas sin precisarlas (Londres, Moscú…); si bien, el pensamiento castrense aseguraría con posterioridad que el buró del partido comunista en Madrid había hecho circular las instrucciones de forma reservada, bajo la rúbrica de Decálogo para la acción en España.
Pues bien, el contenido fue comentado por algunos periódicos conservadores nacionales, y los izquierdistas únicamente pusieron en duda la presencia del agente Bela Kun en nuestro país, a fin de minimizar el posible impacto negativo sobre la opinión pública. La noticia se hacía eco de que el pasado 27 de febrero se había reunido de modo extraoficial el comité ejecutivo de la III Internacional, en el que el finlandés Kuusinen había leído una lista de propuestas para España, a saber: derrocamiento del gobierno de Azaña y destitución del Presidente Alcalá Zamora, dictadura del proletariado, expropiación de la tierra, purificación de las Fuerzas Armadas mediante purgas, creación de la Guardia Roja, terror contra los adversarios y persecución política-religiosa, independencia de Cataluña, Vascongadas, Galicia, y Marruecos, nacionalización de grandes empresas, guerra contra Portugal; además los artículos referían la formación de soviets de soldados y de un comité militar revolucionario de carácter secreto, así como la preparación de la guerra civil para conseguir el poder. Pues bien, dejando a un lado las inexactitudes y los sensacionalismos, propios del lenguaje periodístico, el contenido de los citados artículos no excluía el planteamiento técnico de una revolución comunista en España, en conformidad a cómo han sido las revueltas marxistas-leninistas desde 1917 hasta los años sesenta. Incluso, Le Matin aludía a la erección de un “Centro para la lucha contra los enemigos de clase”, que se encargaría de aplicar las medidas represivas, y que, por las mismas fechas, el parlamentario escocés J. G. Burnett constataba igual funcionamiento en el sur de la Península.
Las referencias del periódico parisino aludían a Losovski y al antiguo dictador húngaro como enviados a nuestro país con buenos fondos económicos a su disposición; y aunque pudiera interpretarse como una noticia excesiva o inexacta, la UME poseía información detallada sobre las idas y venidas silenciosas de distintos agentes al servicio de la III Internacional; no en vano, el mismo marqués de Estella, hombre comprometido con dicha entidad militar, expondría en marzo a la prensa americana las siguientes reflexiones:
Tenemos noticias ciertas de que en estos últimos días han llegado a España personas de bastante consideración en los medios moscovitas, agentes a quienes se consideran como muy eficaces en la preparación de movimientos revolucionarios y en el dominio de la táctica de movilización de muchedumbres. Esos agentes tienen además mucho dinero, amén del que mensualmente se envía de Moscú a España. Todo eso quiere decir que Rusia tiene sus ojos puestos, cariñosamente, en nuestro país, porque entiende que es aquí donde pueden darse las mejores condiciones para repetir la experiencia del comunismo. La misma convicción existe en los medios franceses, alemanes e italianos.
En cualquier caso, las revelaciones de Le Matin desencadenaron una marejada mediática en toda regla, de la que se hizo eco la prensa gala durante el mes de abril, y cuya resonancia llegaría incluso al Vaticano. La más que presumible presencia del agitador Bela Kun en España, pasando por Francia, no era adecuada ni oportuna para el clima electoral que se respiraba en el país vecino, por mor de las elecciones generales a celebrar el 26 de abril, la primera vuelta, y el 3 de mayo (la segunda), habida cuenta que concurría un partido comunista “moderado” de la mano de socialistas y radicales en un frente único electoral, teniendo en consideración la historia sangrienta del referido líder comunista magiar. El clima llegó a tal punto de excitación que el periódico Le Petit Parisien publicaría el 24 de abril una pequeña entrevista con el citado húngaro en plenas ramblas de Barcelona, mientras compraba tranquilamente varios periódicos… En dicho interviú, Bela Kun referiría al corresponsal francés que estaba únicamente en un viaje de placer y que el triunfo del comunismo en España era seguro, aunque no sería imprescindible dar un golpe de estado para apoderarse del poder como antaño había ocurrido en la Europa oriental. La noticia no agradó nada en Moscú que se apresuró a desmentirla por mediación de la prensa, e incluso un supuesto Bela Kun remitió el 27 de abril un telegrama al director del Petit Parisien en el que aseguraba que estaba en la capital moscovita; que la entrevista era fruto de la fantasía del periodista y que nunca el húngaro había estado en España… Lo primero era posible, lo segundo era radicalmente falso, pues el húngaro sí había visitado nuestro país recientemente, según confesión del comunista Maurín en 1935; y, pese a los desmentidos categóricos de 1936, Kun había sido localizado en Barcelona y Madrid por varios agentes de la Unión Militar Española, mientras contactaba sigilosamente con varias personalidades políticas catalanas. Lo mismo corroboraría Jacques Bardoux, tiempo después, sobre la presencia del revolucionario en España. De hecho, Kun saldría inesperadamente de la Península, tras salir indemne de los atentados que se preparaban contra su persona, dejando en tierra a uno de sus lugartenientes, el también magiar Mehes Esther, quien sería capturado por la Brigada Político-Social en diciembre de 1939.
Como curiosidad ilustrativa, cabe referir las pretensiones de dos colaboradores de la UME, en relación con la presencia del agitador húngaro en la capital catalana, durante la primavera de 1936. El primero de ellos, Juan Segura Nieto, agente de policía en excedencia, redactaría un informe para el comandante López Varela (a la sazón jefe de la UME en Barcelona) sobre la estancia de Kun en la ciudad condal, cuando este trataba de unificar y coordinar las fuerzas revolucionarias y masónicas, tratando el referido policía de eliminar al agitador en plena calle, no pudiendo conseguirlo por protegerse el extranjero con una especie de prenda protectora. El segundo de los colaboradores, Renato Llanas de Niubo, abogado barcelonés y antiguo candidato a las Cortes en 1933, también había logrado localizar con su grupo de acción a Bela Kun en la ciudad, pero estaba protegido por el secretario del Consulado de Estonia, no pudiendo tampoco acabar con su vida.
A mayor abundamiento, Kun formaba parte del aparato directivo de la III Internacional y estaba encargado del agit-prop, según la Inteligencia norteamericana, beneficiándose, por tanto, de la red de transporte clandestino de que se servían los agentes comunistas en sus traslados por el exterior. No obstante, su conducta no satisfizo a las jerarquías moscovitas, pues pocas semanas después el húngaro sería sometido a evaluación por parte del Komintern, siendo excluido del partido.
Con todo, por las mismas fechas, la revista del Komintern, La Internacional Comunista, aclaraba perfectamente en un texto editorial cómo debía entenderse la coyuntura española del Frente Popular desde una perspectiva comunista y revolucionaria:
En octubre de 1934 los obreros españoles se levantaron con las armas en la mano para defender sus derechos y libertades contra el fascismo. Luchaban en las barricadas (…) Lucharon con un valor admirable pero la batalla fue perdida, No obstante, se trató de tal clase de derrota, que entrañaba el próximo triunfo (…) Profundas heridas causaron a los vencedores los luchadores asturianos por la libertad. En España ardía el fuego inextinguible de la revolución popular. El proletariado español perdió la batalla, pero a trueque adquirió nuevas fuerzas, conquistando mayor confianza y nuevas simpatías ante las extensas masas populares. El movimiento popular antifascista, creado sobre la base de acciones conjuntas del Partido Comunista y del Socialista, sobre la base de la unidad de acción de las masas decisivas del proletariado, se convirtió en un poderoso torrente arrollador (…) La victoria electoral del Frente Popular español, con su conquista de la mayoría absoluta en las Cortes, ha sobrepasado todos los temores de la contrarrevolución (…) El ritmo de los acontecimientos es un índice de la amplitud formidable del movimiento popular; pero para consolidar ese éxito, el movimiento tiene que conservar ese ritmo ¡El éxito es colosal! Es un acontecimiento revolucionario (…) Todo consiste ahora en que ni por un solo día ni por un solo instante debe aflojar este gran movimiento popular. Y si el movimiento emplea la misma decisión con que destruyó el nido del fascismo para extirpar sus propias raíces y cambia las condiciones de vida de los trabajadores españoles este movimiento arrastrará también a aquellos a quienes hasta ahora el fascismo ha logrado embaucar, y transformará la victoria electoral en victoria definitiva del pueblo español sobre la contrarrevolución. Los revolucionarios españoles tienen razón al considerar que las próximas semanas han de resolver el asunto. Durante estas semanas las fuerzas proletarias están llamadas a hacer milagros de acción política y de organización, lo mismo que durante las luchas de Octubre los obreros demostraron milagros de heroísmo. Durante estas semanas las condiciones políticas serán idénticas al hierro puesto al rojo blanco, y al hierro hay que forjarlo mientras arde. No es posible permitir que se enfríe antes de asumir la forma deseada…
Curiosamente, muy pocas semanas antes habían arribado a los puertos de Algeciras y Sevilla dos barcos soviéticos, los cuales descargaron clandestinamente armamento. El primero en llegar fue el ya referido Terek, que anclaría en el citado puerto gaditano a primeros de marzo, ante la alegría de los socialistas de la población. El alijo de armas fue descubierto por un agente británico de inteligencia que operaba desde Gibraltar, y así se comunicó a la central londinense del SIS (Secret Intelligence Service), registrándose también la información en los archivos estadounidenses del United State Navy Institute. En aquella ocasión, fueron descargadas varias cajas grandes que contenían rifles y armas cortas… Pero pocos días después penetraba en el estuario del Guadalquivir el vapor Neva, que aparentemente llegaba con la pretensión de recoger un cargamento de corcho de 400 toneladas, pero que estuvo varado en el puerto sevillano por más de veinte días… descargando por la noche numerosas armas y productos químicos según las fuentes oficiales portuguesas, la prensa extranjera y ciertos testimonios. La noticia de tales cargamentos ilícitos -a la ya nos hemos referido- llegó también a los oídos del diputado Calvo Sotelo, quien denunció el hecho en sede parlamentaria en la sesión histórica del quince de abril, sin que el grupo comunista ni siquiera lo desmintiera. Y es que la verdadera finalidad portuaria de este último buque había sido descubierta por varios agentes de la Dirección General de Seguridad, quienes transmitieron la información al general Mola.
El equipamiento de armamento para una futura insurrección comunista era estrictamente confidencial y reservado, incluso para las mismas oficinas moscovitas de la Internacional Comunista, pues así se infiere de los comentarios de Ravines, cuando testimonia los preparativos de la revolución brasileña del capitán Prestes de 1935; y entre los métodos de transporte armamentístico se hallaba lógicamente el suministro marítimo clandestino:
Finalmente, Kuusinen, Motylev, Manuilsky, invocaron el poder submarino de Rusia; se dijo sin paralelo ni competidor posible en el mundo… se insinuaron desembarcos nocturnos… armamentos… técnicos… estrategas… “agit-prop” armada… lo que en la guerra fueron los comandos…
Existe siempre la posibilidad de entregas de contrabando por vía aérea o marítima desde la URSS o sus satélites para un partido que está a punto de iniciar una insurrección. Siempre hay rumores de tal contrabando (…).
Mientras tanto, el aparato ilegal del Partido Comunista había sido puesto a punto conforme a los criterios de la III Internacional, cuyo comité ejecutivo – tras el Congreso de 1935- había enviado con este fin a España al agente Carlo Codevilla, quien actuaba con el pseudónimo de Raúl, recibiendo el susodicho en los inicios del verano de 1936 una remesa moscovita de 70 000 francos para completar sus actividades subversivas en España, según documentación recientemente conocida.
Pues bien, el articulado de los estatutos de la Internacional Comunista, tal como habían sido redactados tras celebrarse el congreso de 1928, reconocía abiertamente en su parágrafo trigésimo sexto la naturaleza insurreccional de cualquier partido comunista, por el mero hecho de pertenecer a la III Internacional:
Los Partidos Comunistas deben estar preparados para pasar a la situación ilegal. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene el deber de ayudar a los Partidos a preparar el paso a la situación ilegal.
En consecuencia, la potenciación de ese aparato clandestino en España, cuando gobernaba una coalición electoral de la que nominalmente formaba parte el Partido Comunista, indica el advenimiento verosímil de una insurrección roja inminente.
Durante los años treinta, las agencias ilegales de los partidos comunistas fueron muy importantes en el fortalecimiento del movimiento comunista, como bien se reconoce en los informes de algunas oficinas estatales antisubversivas. Estas actividades ilegales consistían, mayormente, en tareas pre-revolucionarias tales como sabotaje, adiestramiento similar al militar y espionaje. De hecho, el referido Raúl había prestado servicios similares para el partido comunista italiano en la segunda mitad de los años veinte, lo mismo que para el legalizado partido francés, coincidiendo con la agitación nacionalista en el norte de África, por lo que sería condenado el dirigente comunista galo Marcel Cachin.
Por lo demás, el auxilio prestado por los órganos centrales de la Internacional Comunista a las actividades ilegales de las distintas secciones nacionales era de singular importancia, hasta el punto de que la dirección ejecutiva en Moscú garantizaba la existencia permanente de cada partido comunista cualquiera que fuera la naturaleza y poder de las fuerzas que se opusieran en su país de procedencia.
