Era un combatiente de arma en puño durante la guerra de la Independencia, soldado en 1809 y Comandante ya en 1812. Al azar de una bala certera se jugara la vida en Sangüesa, Lumbier, Lorca, Los Arcos, Tafalla y Estella y una le atinara en la carne. Del dolor de la herida sacó más honra, y la vida que pudo guardar, para llegar al riesgo de la campaña de 1823 al frente de los realistas navarros. Brillante hoja de servicios era la que tenía en su haber el general don Santos Ladrón de Cegama, carlista por la gracia de Dios.
Padecía en el alma un amargor. Dolíase de la sangre vertida en la Independencia, florecida gota a gota sobre la tierra estéril. Del auge constitucional de cacatúas que charlaban en Cádiz por los codos mientras los otros peleaban y morían; que hurtaban la victoria ganada con duelo de esposas y lágrimas de madres, al servir compás de tan funesta como servil imitación extranjera. Estaba visto que nada remediarían las diatribas del Filósofo Rancio… Contra traidores, estacas y fusil.
La cuestión dinástica a la muerte de Fernando VII le dio el pretexto y la ocasión. Salió de Valladolid para la Rioja, reunió un puñado de hombres y se levantó en armas con un grito que encerraba las mejores nostalgias de viejas imperiales glorias: ¡Viva Carlos V!… Era el seis de octubre de 1833. Llegaron a Madrid las noticias y el general isabelino don Manuel Lorenzo salió con soldados escogidos a luchar contra los bisoños.
Para don Santos fue una efímera campaña de cinco días —como eran cinco para él los Carlos de España—, los mejores de su vida y de su gloria. Pudo más la falta de preparación que el heroísmo y el día once, vencido pero no convencido ni domado, entró prisionero en Pamplona. Tres días después, los liberales fusilaron como a traidor al primero de nuestros sublevados…
A los pocos días, en una mañana lluviosa que reblandecía la tierra sobre la carne de don Santos Ladrón de Cegama, por la puerta de Nuestra Señora del Camino salía de Pamplona, arrebujado en su capote y vestido su mejor uniforme de Coronel, don Tomás de Zumalacárregui. No estaba en él poner su ya sólido prestigio al servicio de torpe causa. Resistían entre los breñales los bisoños rebeldes, y a ellos iba, porque ellos tenían la razón.
En el arte militar las manos de Zumalacárregui tenían la virtud de hacer milagros como si fuesen taumaturgo. De las partidas creó un ejército; hizo surgir de la anarquía de mandos desperdigados, la disciplina; y sin hacienda ni dineros hubo para todos armas, municiones, uniformes y victorias prendidas en los pliegues de sus enseñas tendidas bajo el cielo fresco de los riscos norteños. Derrotados abandonaron la empresa don Manuel Lorenzo, el marqués de Moncayo y el general Villarín. Los más prestigiosos caudillos liberales sufrieron igual suerte: Rodil, el bravo y tozudo gallego que aguantara tiempo y tiempo en el Callao enhiesta la bandera del imperio español; el famoso guerrillero Espoz y Mina, Espartero, Carratalá… Luego los dispersó reunidos en grupos.
El carlista se bastó y sobró para poner en fuga en Celedonia a Espartero, Lorenzo, Jauregui y Carratalá y para que bajo la advocación alígera de San Píes hallasen en la huida remedio a su revés de las Amézcuas el ministro de la guerra isabelino Conde de Villarín, Fernández de Córdoba y Aldama…
Si se le preguntaba sobre su fin, don Tomás de Zumalacárregui decía que ambicionaba una muerte conforme a la ordenanza —otro tanto vale en Falange llamarla acto de servicio—. Y la tuvo, pues la victoria no estaba de Dios. Durante el cerco de Bilbao a la vera del santuario de Nuestra Señora de Begoña, oteaba desde el balcón de una casa al campo enemigo. Una bala de fusil se le clavó en una pierna. Por no querer darle importancia en un principio y los malos oficios luego de un curadero en quien confiaba, le vino la muerte… Dejó por herencia catorce onzas de oro.
En julio de 1838 Berga recibió con entusiasmo delirante al conde de España. Francés que se pone a nuestro servicio se hace hombre. Y bien alto lo dice con él, aquel condestable de Borbón que dejó el alma escalando las murallas altas de Roma.
El conde luchara brava y sañudamente en la Independencia, ganara la última batalla de la guerra y cogido en su país sufriera una prisión rigurosa. Tras una evasión novelesca, saludaba alborozado la tierra catalana, de pan llevar, fecundos olivares y sabrosos vinos.
Era un hombre duro y temido, pero atento y considerado para sus subalternos y partidarios que “le pagaron con el indeleble recuerdo de un afectuoso reconocimiento” según testimonio de Fernández de Córdoba, primer ministro de la Guerra republicano que España padeció.
La suerte bélica del conde fue varia al principio. El barón de Meer le sorprendió y venció en Biosca, mas rehecho aquel arremetió y derrotó al general Carbó en Cardona, ganó Vilella, vengóse del barón de Meer poniéndole en fuga en Rialp, perdió la batalla de Balsareny, mas ganó nuevamente a Carbó en Manlleu, a punto de espada entró por asalto en Ripoll y tomó Sanreal, Villanueva, Moyá y otras villas.
Era el mayor apogeo carlista en Cataluña. El conde de España tenía una virtud que le costó la vida: su intransigencia. Y por no querer saber nada de convenios con los liberales, ciertos traidores infiltrados en la Junta Gubernativa de Cataluña, le sorprendieron y desarmado y preso le llevaron camino de Andorra. En la noche de todos los santos le echaron por la espalda una lazada de cuerda y le ahogaron. Su cadáver apareció en el Segre, llevaba al cuello, en una bolsa de seda, la imagen de la Pilarica…
Por fiel a España, valiente y duro más que nadie, se cebó la calumnia en él. Hora es de que nosotros reivindiquemos su memoria y le hagamos justicia como el ministro republicano se la hizo: “jamás impuso el conde de España castigo severo a nadie, contentándose con ligeros arrestos que no imprimían nota desventajosa ni depresiva que solamente esto de dolerse de los suyos a nosotros nos importa, y consideramos”.
Con los carlistas castellanos andaba un sacerdote que revivía las mejores tradiciones españolas: el cura Merino. Su hoja de servicios databa de la Independencia y estaba llena de tan brillantes como heroicas acciones. Eran momentos de apuro y sólo podían dar al mariscal los ratos que dejaba libre la espada. Y su vida era así, aparentemente contradictoria, como los cargos que desempeñaba. Gobernador militar en Burgos y, en Valencia, canónigo de la catedral, que a cualquier cosa le llevaba su santo amor a España, de arraigada tradición religiosa, que de requerirse otro ejemplo, puede ponerse de la orden benemérita de los Dominicos.
El cura Merino, en la guerra carlista, no fue afortunado, mas su honra jamás sufrió tacha. Desterrado, conservó viva su rudeza y su altivez. Como cualquier español de los mejores tiempos, rehusó las ofertas de lujosas mansiones y trato espléndido que algunos amigos le ofrecían, “porque estaba acostumbrado a la vida frugal, y no le cuadraba a su edad adoptar nuevos métodos”. Y tenía por toda pensión 45 francos al mes, que por no verle en extrema pobreza y a punto de mendigar, le señaló el Gobierno francés.
La intriga minó el campo carlista. Se formaron entre no combatientes camarillas. Los partidarios del rey pusieron no pocos inconvenientes a la expedición que pretendía caminar hacia el corazón de España. Aquel programa de “Paz y Fueros”, de Muñagorri, era un desatino, si acaso, camino de Estatuto, preludio de los fusilamientos de Estella y vísperas de un abrazo de Vergara en que la causa de España se perdió. Pero quedaban con “el león de las batallas” los voluntarios aragoneses y levantinos, que con los cazadores de Tortosa dominaban siete provincias y traían en jaque a la flor y nata de los ejércitos liberales.
Cabrera, que conocía el país y el rendimiento inagotable de los suyos, dueño de un espíritu firme y de una voluntad recia que oponer a los manejos tortuosos de Avinareta, rasgó airado el pliego con la copia del convenio delante de los ojos de los emisarios y les dijo:
—Esta es la respuesta que podéis llevar a Espartero…
Metiéronse entonces los ingleses a mediadores de mala causa, a ellos les interesaba la paz, y por duchos, no ignoraban que tampoco les perdonaban los carlistas su abrazo, con garra flemática y fría, del talle moreno de Gibraltar, que viera la muerte de Alfonso XII y el heroísmo del conde de Niebla. Hablando en nombre de todos los suyos, les contestó:
—Aquí moriremos, pero no nos rendiremos.
Abandonados, solos en tierra bravía contra todos los recursos del Estado, perdieron, vencidos por el número mas no en la bravura ni en el valor. El “tigre del Maestrazgo” pasó el Ebro por cerca de Tortosa y, viéndola de lejos, lloró sin que nadie osara interrumpirle, porque marchaba de su Patria, tal vez para siempre, para no verla nunca más… Y el hombre que no se doliera de sí en mil peligros de muerte sobre su tierra, afligíase en la partida por dejarla en las manos que la dejaba…
La tradición tenía un valor moral que nunca perdió y que está vinculada al pueblo español como si fuese carne de su misma carne: la hidalguía. En este aspecto, como en tantos otros, el carlismo nos enlaza con la mejor tradición, sobre todo este carlismo militante, de lucha y de acción, pues siempre resulta la palabra aventajada por los hechos, y a fin de cuentas —por largas que sean— las letras vencidas por las armas. ¡Pobre de la cultura que no tenga por delante de sí los filos brillantes de las espadas o el bosque combativo de las bayonetas desnudas!
La hidalguía, más que cualquier otro valor moral, crece con actos sublimes y en ellos se apoya, mucho mejor que en sutiles disquisiciones de filósofos o en las menudas erudiciones de gramáticos que andan alrededor de las palabras, desentrañando su sentido y acomodándolo con sus gustos. Y entre los mejores gestos ha de recordarse el de Balanzategui, coronel de carlistas.
Por sabido se tenía, después de apresado, que iba a morir. No le pesaba de ello. Se vio delante del piquete de ejecución que le iba a arrancar la luz de los ojos, no por malhechor, sino por llevar vivo en el corazón el amor a la Patria y defender la unidad católica que ponían entonces en peligro y luego hicieron perder las doctrinas liberales. Cumplíales morir perdonando a sus enemigos y porque en ello no hubiese lugar a duda y quedase patente y claro que de veras les perdonaba, y no era católico a humo de pajas, repartió entre quienes iban a matarle las pocas monedas de que disponía. Entonces era señal de buen carlista —como de buen falangista lo es hoy— no andar de ellas muy sobrado.
Para nuestros oídos de españoles son conocidas las estrofas de un himno del Movimiento, ligero y marcial:
Lucharemos todos juntos,
todos juntos en unión…
que nació entre el fragor de una batalla ruda, de las más gloriosas ganadas por los carlistas, y —sintomático parece— nada menos que contra ingleses y liberales.
Los carlistas eran inferiores en número y no andaban amedrentados aunque no diesen por segura la victoria. Confiaban en que su espíritu les había de dar las fuerzas materiales que les faltaban. Y así fue. El héroe de la jornada, Villarreal, mandaba los Tercios de castellanos, alaveses y vizcaínos, colocados en el centro de la batalla y valerosisímo, el general iba de unos a otros diciendo:
—Muchachos, a morir vamos. ¡Arriba!…
Y duró seis horas la noche del combate, rasgada como por luceros por la sangre de los que caían y los gritos vivos de Villarreal, que seguía animando a todos:
—¡Arriba, arriba!, como si a través de los velos que nublan el porvenir adivinase ese otro arriba ideal e insatisfecho de la Falange, que llevaron también en la boca y en el corazón los sublevados el 19 de julio, ideales escaladores de la cumbre imperial de la Patria…
Oriamendi se ganó, y en lo alto los voluntarios de los Tercios, en simbólica unión, repetían llorando de alborozo las estrofas:
Lucharemos todos juntos,
todos juntos en unión…
Se abrazaban, y hasta los heridos sacaban de sus dolores fuerzas para su flaqueza y corear el canto.
