El recuerdo eterno, para los que dieron su sangre para redimir a España.
El saludo falangista, para nuestro Jefe, el glorioso José Antonio.
Nuestra lealtad y corazón, para nuestro Caudillo.
Españoles: ¡Arriba España!
Formados los cuadros de Falange en las horas difíciles, se alistaron en ellos los que verdaderamente sentían en su corazón la sangrante destrucción de España, contra todos aquellos que la mancillaban, sembrando el odio al dictado de consignas extranjeras.
En este alistamiento ante la muerte y con el sagrado grito de rebelión, la juventud española tuvo lugar preferente, y en nuestra ciudad, estudiantes y obreros formaron las primeras Centurias, las que más tarde habían de cubrirse de gloria el 19 de julio de 1936 en las calles de Barcelona.
No todos los que se titulaban españoles cumplieron con su deber en la histórica y gloriosa fecha; no todos los que padecían la esclavitud del odio correspondieron al santo grito de rebelión; pero, ¿qué importó, si la selección de los mejores supieron colocar en el sitio que correspondía el valor y la dignidad?
En nuestra querida patria, afortunadamente, existía este grupo de selección, a los que el padecimiento y la persecución les invitó cada vez más a romper el despotismo y la barbarie; y agrupados el 19 de julio de 1936 al lado del glorioso Ejército español, alzado en armas, escribieron, desde la madrugada de este día, la página más gloriosa de Falange en nuestra ciudad.
La sublevación en aquel entonces, sin ventajas, suponía la muerte, pero por encima de esta ridiculez estaba la sangre española que brotaba en cada corazón de los que con voluntad propia y dignidad no podían resignarse a ser lacayos y pajes de señores que no sabían serlo.
La Falange, con la Unión Militar Española, trazaron en Barcelona el primer paso de la rebelión; los cuadros de Falange quedaron fundidos con los del Ejército, y en esta situación, con el glorioso Regimiento de Infantería de Badajoz y del Cuartel de Pedralbes, Ejército y Falange dieron el grito de rebelión con la sonrisa en los labios, cantando alegremente, sin tibiezas ni desmayos, conscientes de lo que se iba a realizar y sin pretender cambiar un partido por otro, para implantar un ideal de unidad, de respeto y de dignidad, mucho más humano que el que regía, arrancando la careta a los fariseos de la política, a los mercaderes de las conciencias y a los que nos pretendían regir mediante el látigo soviético.
Por eso se alzaron en armas Falange y Ejército.
No para defender intereses particulares, ni prebendas de casta, ni las acciones de determinadas empresas financieras.
Se alzaron en armas por España y para España, para que la fe, como ideal del alma, rigiera los destinos espirituales de los españoles, para que en nuestra nación existiera solamente una calificación: españoles.
Para que mediante un programa, el nacionalsindicalismo, se rigieran todos los españoles con estas tres consignas: Unidad, Grandeza y Libertad, llegando al respeto mutuo por propia voluntad; y así, los falangistas barceloneses lograron dar el gigantesco grito de rebelión, encuadrando desde el muchacho de diecisiete años al granado mozo. Todos sin desmayos, con el ferviente deseo de superación, con la alegría de ver lo que otros pudieran ver el día feliz de “Banderas victoriosas”.
Falange regó las calles de Barcelona de sangre, junto con la del Ejército, y aquella sangre joven proclamaba a gritos la victoria, junto con las cinco rosas que simbolizaban que en España se implantarían los ideales de amor a los principios de unidad nacional, con las normas sociales de los Sindicatos.
¡Qué hermosa realidad! España, por esta gesta, al romper la tiranía soviética escribió la página más gloriosa de su historia; y digo la más gloriosa porque nuestro Alzamiento fue el primer grito de rebelión contra la masa sin Dios y sin Patria, que hoy recibe en su propio suelo la más adecuada respuesta por el nazismo y el Ejército de la gran Alemania: Cruzada que dio principio en nuestra Patria.
Como jefe de Milicias en aquella jornada de guerra, debo afirmar que la mayor satisfacción de los que tuvimos la suerte de sublevarnos fue el haber llegado al acto de la rebelión, como protesta solemne contra todos los que destrozaban a España, y el poder pasear triunfalmente la gloriosa bandera, compartiendo la dicha de llegar a encontrar la muerte cantando nuestro himno: Cara al Sol.
Ejército y Falange encontraron las cinco rosas de la victoria, nacidas en la gesta de la rebelión, y la Providencia puso al frente de los Ejércitos al que hoy es nuestro Jefe, nuestro Caudillo, el Generalísimo Franco.
España es dichosa y su alegría brota desde el día en que mediante las armas se desterró para siempre el odio y la venganza, la traición y el sadismo de las organizaciones contrarias a la dignidad de nuestra Patria.
Ayer, los que nos sublevamos, y hoy, los que desean medir sus armas con la fiera del crimen, la Rusia soviética, con fe, llevando como inicial la juventud; como ideal, España; como Jefe, Franco; como función social, el nacionalsindicalismo; y como programa y partido, Falange, dan a conocer al mundo los valores de la raza.
Y así, los sublevados de Falange de Barcelona, ofrecemos a José Antonio el juramento de ratificar día por día nuestra conducta al servicio de España, del Caudillo y de la Falange.
¡Arriba España!
¡Viva Franco!
