De entrada y por encima de todo, Luis Carrero Blanco fue cristiano, cristiano católico apostólico y romano. De hecho todo su pensamiento estaba subordinado a sus creencias religiosas. Libre y espontáneo, nunca se acomodó al gusto o dictamen ajeno por algún respeto o fin particular. Por eso sus argumentos poseían la virtud de la contundencia y la claridad. Así, haciendo uso de su derecho a manifestar libremente sus ideas, afirmó que el único camino de salvación que tiene ante sí el mundo es ajustar toda actividad humana a los preceptos concretos de la Ley de Dios, siendo el punto de vista cristiano el único criterio sobre el que basar cualquier análisis de la realidad política[1].
Además de católico, Carrero Blanco fue monárquico. No en vano fue quien más influyó en el jefe del Estado para establecer la monarquía en España, y quien más se afanó para que Juan Carlos de Borbón fuera el sucesor del general Franco a título de rey. No creía sin embargo en una monarquía parlamentaria o liberal, sino en una monarquía sui géneris en la que el monarca respetara las Leyes Fundamentales y los principios del Movimiento Nacional.
Asimismo, Carrero Blanco fue nacionalista, soberanista o patriota. Tenía un verdadero amor a su país y procuró siempre para los españoles todo su bien, combatiendo contra toda injerencia externa o ajena a lo que él consideraba las esencias espirituales de España. Para Carrero, España era y debía seguir siendo el paladín de la fe de Cristo, pues como afirmaba en España y el mar, los principios de la Civilización Cristiana constituían la meta general de una política, y ésta consistía en «defender primero, e imponer al Mundo después, la Civilización que se basa en las doctrinas de Cristo»[2].
En otro lugar decía, muchos años después, que los «imperativos indeclinables» de la política exterior española eran «la defensa de nuestra soberanía y del acervo espiritual y de Justicia que siempre ha sido una de las mayores aportaciones de España a la civilización»[3].
La historia de España despertaba en Carrero una profunda evocación y un alto respeto. Para descubrir del todo lo más granado de su pensamiento, vale la pena recoger aquí un fragmento de su discurso pronunciado en la sesión inaugural de los actos conmemorativos del IV centenario de la Fundación del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, el día 4 de julio de 1963.
Hacía cuatro siglos que el gran monarca español Felipe II había ordenado la construcción de la octava maravilla del mundo, cuando España se encontraba en la cúspide de su grandeza y de su poderío, empeñada en la ardua tarea de civilizar un mundo al otro lado del Atlántico, defender la fe católica de los peligros de la herejía y del turco y combatir el nacionalismo renacentista que amenazaba la unidad de los cristianos europeos. Sobre este particular, Carrero expone su visión de la obra de España en el mundo y la confronta con la de sus enemigos, mostrando quién, siendo un modelo en todo, le hizo un gran bien, y quiénes, siendo su antítesis, han dañado su reputación y la han rebajado:
La hegemonía que durante el siglo XVI ejerce España en Europa bajo el reinado de Felipe II, en modo alguno puede parangonarse con los imperialismos materialistas que en el siglo XIX tienen por objetivo un control de mercados o la posesión de territorios productores de materias primas. La España de Felipe II no busca medios materiales, ni tiene ambición de dominio; su tarea entraña una misión ecuménica basada en los más puros objetivos espirituales. España, cuya unidad espiritual y material cristaliza reciamente tras siete siglos de lucha en defensa de su Fe católica y en la reconquista de su suelo, es en el siglo XVI misionera y militar, porque pone a contribución todas sus fuerzas y recursos en la ingente tarea de civilizar, cristianizándolo, todo un mundo recién descubierto que vive en pleno paganismo; en defender la Fe católica, tanto de los riesgos que representan los vicios y abusos de que adolecía entonces la organización externa de la Iglesia, como de los embates de la subversión evangelista y de la amenaza del Islam, y se empeña al mismo tiempo en asegurar la unidad política de Europa tratando de estructurarla en forma orgánica y tradicional.
Felipe II interpretó fielmente el verdadero sentir de la España de su época y fue el paladín de la unidad a la vez espiritual y política. Firmemente convencido de que la verdad que defendía era la única verdad, se empeñó a fondo en el cumplimiento de la misión que a sí mismo se señaló, con todas sus energías, prescindiendo de toda política de compromisos y claudicaciones, con la actitud irreductible y entera de un San Ignacio de Loyola. Su intransigencia, tan agriamente censurada por sus enemigos, fue su principal virtud como gobernante, porque Felipe II fue intransigente en lo fundamental, pero enormemente dúctil en todo lo que consideraba accesorio, incluso su propia vida íntima, con tal de que sirviera a su objetivo básico.
Felipe II consagra sus cuarenta años de reinado a asegurar la paz y la unidad espiritual y política de Europa y, cuando fallan los pacíficos recursos de su diplomacia, sus tercios y sus galeras están siempre dispuestos a defender la Fe católica en Europa y a poner una barrera a los progresos del Turco en el Mediterráneo. Esta es la esencia de la política del Rey Prudente sobre cuya gigantesca figura se cebó el odio de sus enemigos. La «Leyenda negra», obra de los más encarnizados enemigos de la Iglesia, tejida de calumnias y falsedades hoy destruidas técnicamente por la crítica histórica, han pretendido presentar al mundo a Felipe II como un hombre frío y cruel, sanguinario y déspota, al que llaman el «Diablo del mediodía» los que son precisamente los más eficaces aliados del Diablo. Este juego de las grandes mentiras no es en definitiva nada nuevo entre los humanos. También hoy se culpa de totalitarios y de enemigos de la libertad a quienes pretenden simplemente ser libres para no caer bajo el dominio de los totalitarismos imperantes, llámense comunistas, socialistas-marxistas o liberal-masónicos.
Carrero era un hombre enterado, de eso no hay duda. Sabía que España había dominado el mundo y levantado un imperio, y que las potencias rivales, que representaban un modelo alternativo basado en la mal llamada Reforma protestante y en un sistema económico engrasado mediante la usura, despreciaban profundamente a España por los valores inmateriales de su proyecto católico de civilización. De manera que la leyenda negra española es tan antigua como su imperio. Data del siglo XVI, y designa la campaña de propaganda y desinformación que los enemigos de España pregonaron para desprestigiarla, causar su ruina y dominarla. La propaganda contra la Iglesia es mucho más antigua. Nació en la ciudad de Jerusalén, y fue incubada en las sinagogas, como se desprende de la lectura de los Evangelios y de los Hechos de los apóstoles. Pues bien, sobre la leyenda negra que pesa sobre España y la Iglesia, Carrero Blanco se pronunció toda su vida. Era conocedor y denunciante de esta realidad. Una realidad que en los últimos años, a pesar de la conspiración de silencio impuesto durante el Régimen del 78, algunos valientes historiadores han conseguido desempolvar.
Al margen de este necesario paréntesis, el pensamiento de Luis Carrero Blanco también puede definirse por los principios, ideologías o movimientos a los que se opuso. En este sentido, Carrero Blanco rechazó y combatió el liberalismo, la masonería y el comunismo. De hecho, hasta el último momento de su vida siguió creyendo que el liberalismo, la masonería y el comunismo, sobre los que poseía vastos conocimientos e informaciones de primera mano, constituían el mayor peligro para España, como consta en su último texto manuscrito, de un día antes de morir[4].
Para el almirante Carrero, el liberalismo, o la democracia inorgánica, conducía al relativismo más absurdo, y, al depender de la lucha de partidos, promovía la crispación, la desunión y desavenencias de todo tipo. Afirmaba que en las democracias liberales se gobernaba para ganar las próximas elecciones y no para procurar mayor bienestar a la nación gobernada. El comunismo, por su parte, era la mayor amenaza que había conocido el mundo y un sistema inhumano en sí mismo, «una concepción demoníaca que esclaviza al hombre»[5]. Y la masonería, que «propugna todo lo contrario de lo que practica»[6], y estuvo detrás de todas las revoluciones liberales del siglo XIX, en España y fuera de ella, aspiraba a destruir la Iglesia y perseguía un modelo de vida anticristiano y naciones sumisas y obedientes por medio de gobiernos débiles e infiltrados.
Por eso al llegar a la jefatura del Gobierno de España, el almirante intentó por todos los medios tener a raya, esto es, mantener dentro de los justos límites, a todos aquellos enemigos sometidos a obediencias foráneas. Pero no era ésta precisamente una prevención compartida por todos los países:
Los Estados Unidos e Inglaterra tendrán indudablemente poderosas razones para estimar que la Masonería no es perjudicial a los intereses norteamericanos ni a los de la Gran Bretaña (lo decía porque sabía hasta qué punto eran masónicas estas naciones), y para entender que no es necesario depurar a los funcionarios masones, pero otras naciones no tienen los mismos motivos para sentirse ni tranquilas ni indiferentes ante la actividad religiosa, política y económica de la Masonería, y es justo que, como a los comunistas, consideren a los masones traidores en potencia, y que, aplicando la misma doctrina —exactamente la misma— que ha inducido a Inglaterra y a Estados Unidos a eliminar de su administración a los que sirven a los intereses de la U. R. S. S. en contra de los de ellas, aparten también de todas las funciones públicas a los masones, sometidos a una idéntica disciplina extranacional[7].
Por último, para rematar la exposición en torno al pensamiento del almirante Carrero Blanco hay que hacer mención a la opinión que tenía el mismo sobre el judaísmo.
La historia era para Carrero, además de una fuente de enseñanzas y un manantial de alientos y estímulos, «una continua lucha de hombres contra hombres, tanto más cruel y de tantas mayores dimensiones cuanto mayor ha sido el progreso por el hombre logrado»[8]; pero también era, sobre todo, un combate espiritual, de magnitud universal, que afectaba a todo el mundo. «Porque el Mundo, aunque no lo parezca, aunque en apariencia sus contiendas tengan su origen en causas muy distintas, vive una constante guerra de tipo esencialmente religioso. Es la lucha del Cristianismo contra el Judaísmo. Guerra a muerte, como tiene que serlo la lucha del Bien contra el mal, de la verdad contra la mentira, de la luz contra la oscuridad».
En esa pugna secular, el Judaísmo ha sabido recurrir a medios de todo linaje. La Reforma, primero; después, las ideas de la Enciclopedia, el liberalismo, el izquierdismo ateo, la masonería, el marxismo, el comunismo, todo ello han sido minas puestas al reducto inexpugnable del Cristianismo Católico. Con habilidad extraordinaria, el Judaísmo ha atacado siempre la idea de Patria, esgrimiendo, con simultaneidad en apariencia paradójica, las armas de los separatismos y de los internacionalismos; en el aspecto económico, ha fomentado el crecimiento de los imperialismos capitalistas, a la vez que las ideas marxistas; y en el orden religioso, tanto ha mantenido las creencias heterodoxas para procurar secesiones en el seno de la Iglesia Católica, como las ideas materialistas del más puro ateísmo. Los medios son lo de menos; su fin es siempre el mismo: destruir, aniquilar y envilecer todo cuanto representa Civilización Cristiana, para edificar sobre sus ruinas el utópico Imperio Sionista del Pueblo Elegido[9].
Palabras recias y categóricas, sin duda. Y para los tiempos que corren, desagradables al oído. De ser proferidas hoy en público su autor sería indudablemente acusado de antisemitismo. Por supuesto, sin motivo.
Carrero Blanco distinguía perfectamente, como cualquier persona bien formada y de buena voluntad, la diferencia entre religión, raza y grupo de presión formado por personas con capacidad para presionar sobre un gobierno o una empresa, especialmente en lo relativo a las decisiones políticas y económicas.
Uno de estos poderosos grupos de presión, llamados también lobbies, es la Liga Antidifamación, organización judía con sede central en Nueva York cuya razón de ser es evitar la difamación contra el pueblo judío. Pero no es éste su único objetivo reconocido. Esta opulenta organización no gubernamental aspira a defender los ideales democráticos y a combatir «todas las formas de intolerancia», promoviendo incluso «los derechos de la comunidad homosexual». Es decir, que presumen de tener por padre a Abraham pero promueven los vicios por los que fueron asoladas Sodoma y Gomorra, cuya ruina se relata en el libro del Génesis y tiene su explicación en la segunda carta del apóstol San Pedro. Por sorprendente que parezca, a los antepasados, al menos en el espíritu, de estos grupos de presión, ya los desenmascaró Jesucristo hace dos mil años; por eso quieren reescribir la Biblia por medio de la inteligencia artificial, es decir, por medio de expertos en programación cuyos amos quieren destruir el cristianismo: «Si fueseis hijos de Abrahán, haríais las obras de Abrahán. (…) Y si Dios fuese vuestro padre, me amaríais, pues yo he salido de Dios y he venido aquí. (…) ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra. Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis cumplir las apetencias de vuestro padre» (Juan 8, 39-47).
El antijudaísmo o antisemitismo no es por tanto un desdén hacia los judíos como colectivo religioso, racial o cultural. Hay judíos mesiánicos y no mesiánicos, ultraortodoxos y ateos, sionistas y antisionistas. Los hay naturalmente buenos, y los hay malos. Por eso, aunque los interesados se esfuerzan por encubrirlo, llaman antisemitismo a lo que es únicamente una oposicion a la influencia que algunos judíos ejercen en todo el mundo para dominar las administraciones públicas y así promover decisiones favorables a sus intereses. A ese movimiento de alcance mundial, que en un principio perseguía la creación de un «Hogar Nacional Judío» en Palestina y ha cristalizado en una ideología supremacista opuesta a los goyim o gentiles (no judíos), se le llama sionismo. Y Carrero, por supuesto, no desconocía esta realidad política. En su libro Las modernas torres de Babel considera como un hecho cierto que antes de la Segunda Guerra Mundial, en la Sociedad de Naciones, precedente de la ONU, y en el Parlamento británico, «los sionistas tenían grandes influencias»[10]. No en vano asegura Carrero que Lord Rothschild, el famoso banquero judío, instó a los sionistas ingleses para que aprobaran el establecimiento en Palestina del añorado Hogar Judío[11]. Por consiguiente, a Carrero Blanco se le podría considerar, a lo sumo, antisionista, no antisemita.
Finalmente, para entender el fondo de la cuestión judía es absolutamente recomendable un breve ensayo del sacerdote argentino Julio Meinvielle. Su libro El judío en el misterio de la historia, cuya primera edición vio la luz en Buenos Aires en 1936, es la meditación más eminente que se ha dado a conocer sobre la enemistad teológica entre los judíos y los demás pueblos, y principalmente entre judios y cristianos, así como sobre la misteriosa función en la historia del pueblo hebreo. Sobre su enigmático papel, el padre Meinvielle manifestó lo siguiente:
El pueblo judío es un pueblo sagrado, elegido por Dios entre todos los pueblos para cumplir la misión salvífica de la humanidad, cual es la de traernos en su carne al Redentor. Y este pueblo se ha hecho, en parte, infiel a su vocación, y por ello cumple en la humanidad la misión sagrada y diabólica de corromper y dominar a todos los pueblos[12].
En resumen, para el sabio argentino, y siempre de acuerdo a los datos bíblicos, la descristianización del mundo corre paralelamente con su judaización. Sea como fuere, e independientemente del predomino del que han disfrutado cristianos y judíos en las distintas épocas de la historia, «el Cristianismo y el Judaísmo han de encontrarse en todas partes sin reconciliarse y sin confundirse. Representan en la historia la eterna lucha de Lucifer contra Dios, de las tinieblas contra la Luz, de la carne contra el Espíritu»[13]. Palabras muy similares a las que pronunció Carrero Blanco tiempo después sobre idéntico motivo.
En definitiva, la judaización del mundo, aunque no sea el tema de este libro, es un hecho cierto al alcance de cualquier persona curiosa. Con todo, aclarar este misterio ayudará a entender qué fuerzas ocultas podían tener en su punto de mira a Carrero. Para ver esta realidad con nitidez basta con tener presente que quienes gobiernan realmente sobre un conjunto de personas, son aquellos a los que no se puede hacer el más mínimo reproche.
Tres ejemplos. Tres casos paradigmáticos. David Irving, Pedro Varela y Ursula Haverbeck; un inglés, un español y una alemana. Pues bien, aunque parezca mentira, en la era de los derechos humanos, las sociedades abiertas y la democracia, estas tres personas han pisado la cárcel —la señora Haverbeck a la edad de 89 años— por haber cuestionado la historicidad del Holocausto, término que según el diccionario de la Real Academia Española hace referencia al «exterminio sistemático de judíos y de otros grupos humanos llevado a cabo por el régimen de la Alemania nazi».
Y la pregunta es obligada. Si el Holocausto fue un evento indiscutible, ¿por qué necesita el respaldo de una legislación ad hoc? ¿Por qué no se permite confrontar pacífica y libremente los argumentos de unos y otros? ¿Acaso no es capaz de abrirse paso por sí sola la verdad sin necesidad de imponer, como en los regímenes totalitarios, lo que del pasado se puede expresar y defender y lo que no? ¿Y quién puede tener hoy en día el poder de contravenir un derecho recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos, artículo 19, que afirma que todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, incluyendo el derecho a no ser molestado a causa de las opiniones propias, así como el derecho de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión?[14]
A pesar de todo lo dicho, de las mentiras con las que se ha tejido la historia reciente de España y de los prejuicios arraigados sobre la misma, la España a la que el almirante Carrero Blanco sirvió, ayudó a miles de judíos a salir de Alemania, permitiendo así que escaparan de los rigores de la guerra mundial y de los campos de concentración, que algunos también llaman de exterminio[15].
[1] Juan de la Cosa (Carrero Blanco). Las modernas torres de Babel, Ediciones Idea, Madrid, 1956, página 551.
[2] Luis Carrero Blanco. España y el mar, Editora Nacional, Madrid, 1941, página 7.
[3] Discurso en el pleno de las Cortes Españolas, celebrado el día 20 de julio de 1973, con motivo de su designación como Presidente de Gobierno.
[4] El texto manuscrito se encuentra en el anexo 1.
[5] Juan de la Cosa (Luis Carrero Blanco). España ante el mundo. Proceso de un aislamiento, Ediciones Idea, Madrid, 1950, página 451.
[6] Juan de la Cosa (Luis Carrero Blanco). España ante el mundo. Proceso de un aislamiento, Ediciones Idea, Madrid, 1950, página 69.
[7] Juan de la Cosa (Luis Carrero Blanco). España ante el mundo. Proceso de un aislamiento, Ediciones Idea, Madrid, 1950, páginas 82-83.
[8] Las modernas torres de Babel, página 17.
[9] Luis Carrero Blanco. España y el mar, Editora Nacional, Madrid, 1941, página 9.
[10] Página 394.
[11] Página 393.
[12] Julio Meinvielle. El judio en el misterio de la historia, Ediciones Ojeda, Barcelona, 10ª edición, 2009, página 5.
[13]Ibidem, página 29.
[14] Por cierto, nada tiene que ver este derecho a la libertad de expresión, que invocamos aquí en relación al examen legítimo de cuestiones históricas, con el supuesto derecho a expresar toda clase de opiniones, como las que persiguen, de acuerdo a un plan de ingeniería social determinado, la normalización de vicios abominables como la pederastia o el canibalismo, por poner dos ejemplos acerca de los cuales ya es posible oír y leer discursos favorables.
[15] Lawrence E. Feldman. Franco’s Refugees: Records of the Jews Who Came Through Spain and Portugal to New York City, 1940-1941, Vol. I, 1940. Ver también diario Informaciones, 24 de enero de 1976.
