No hay duda de que Luis Carrero Blanco fue un hombre de carácter, de gran firmeza, enérgico. Leal en grado sumo. Extremadamente ordenado y laborioso. Viril y honorable. Nada retorcido ni conspirador (su pensamiento fue público y nunca lo escondió). A pesar de los cargos que ostentó, fue discreto y se mantuvo siempre en un segundo plano. Fue generoso (contribuyó con su propio dinero a rehabilitar la iglesia de su pueblo natal y daba limosna por caridad). También fue austero. Reunió unos pocos ahorros y apenas tenía propiedades. Poseía un chalet en Campoamor y estaba especialmente orgulloso del terreno que había comprado en el cementerio del Pardo para su sepultura. De su sobriedad lo dice todo la anécdota del bolígrafo reparado con cinta adhesiva que usaba siendo presidente del Gobierno. Cuando le señalaron lo inapropiado de este hecho, respondió diciendo que «cada duro del Estado es sagrado».
Es sabido que las comparaciones son odiosas, pero por eso mismo, ¿qué político actual, a nivel nacional, europeo o internacional, resiste una comparación con Carrero? ¿Quién atesora sus cualidades? ¿Cuál le iguala en austeridad o en lealtad a su país? ¿Quién, en la política actual, es tan sencillo, transparente y firme en la defensa de sus principios? ¿Quién no es un ladrón, un sofista o un pillo?
Al morir, le encontraron en los bolsillos una cartera con unas cincuenta pesetas y un rosario, lo que indica que Carrero, además de cumplir con sus deberes profesionales y familiares, fue por encima de todo un hombre piadoso que nunca desatendió sus obligaciones religiosas.
También fue el almirante autor de una notable obra literaria. Carrero, hombre de gran inteligencia, escribió mucho con su nombre, pero también bajo seudónimo; sus seudónimos más conocidos fueron Juan de la Cosa —en honor al descubridor del Nuevo Mundo junto a Colón, y natural de Santoña—, Ginés de Buitrago, Nauticus y Orión. En 1947 mereció el Premio Nacional de Literatura «José Antonio Primo de Rivera» por un admirable trabajo titulado La victoria del Cristo de Lepanto. En el mismo aseguraba Carrero que, en el periodo álgido de las discordias entre los príncipes cristianos, esto es, en el siglo XVI, no chocaron «las fuerzas armadas de dos grupos de naciones, sino dos civilizaciones, dos corrientes étnicas y dos concepciones morales»[1]. Sus numerosos artículos vieron la luz fundamentalmente en el diario Arriba, y algunos de los mismos, publicados por la editorial Semana Gráfica de Valencia, llegaron a ser emitidos en diversos programas de Radio Nacional de España: Comentarios de un español, Las tribulaciones de Don Prudencio, Diplomacia subterránea, La gran baza soviética, Las doctrinas del Komsomol y Gibraltar. Versan sobre todo de asuntos de política mundial.
Asimismo, Carrero Blanco escribió dos tomos independientes de una obra de conjunto sobre la Segunda Guerra Mundial; dedicados a la guerra aeronaval en el Atlántico y en el Ártico (tomo IX), y a la guerra aeronaval en el Mediterráneo y en el Pacífico (tomo X); escribió un ensayo que fue editado por el Instituto de Estudios Políticos llamado España y el mar; y publicó dos libros combativos de enorme importancia en los que el almirante demostró unas soberbias facultades intelectuales y pedagógicas: España ante el mundo. Proceso de un aislamiento (1950), y Las modernas torres de Babel (1956). En 1971, con motivo del cuarto centenario, volvió a dedicar otro libro a «la más alta ocasión que vieron los siglos», según la celebrada expresión de Cervantes: Lepanto (1571-1971).
[1] Luis Carrero Blanco. La victoria del Cristo de Lepanto, Editora Nacional, Madrid, 1948, 2ª edición, página 15.
