Respecto a su relación con el jefe del Estado, el general Francisco Franco, dijo Carrero que era un hombre totalmente identificado con la obra política del Caudillo, plasmada doctrinalmente en los Principios del Movimiento y en las Leyes fundamentales del Reino. «Mi lealtad a su persona y obra», afirmó Carrero en su discurso ante las Cortes el 20 de julio de 1973 con motivo de su designación como presidente del Gobierno, «es total, clara y limpia, sin sombra de ningún íntimo condicionamiento ni mácula de reserva mental alguna»[1].
Para Carrero Blanco, Franco fue una figura providencial en la historia de España, aquel que salvó a España y a la civilización cristiana del terrible comunismo soviético. Aquella contienda, para el presidente Carrero, fue ante todo una guerra de liberación, una cruzada, una lucha a tumba abierta en la que estuvo en juego la supervivencia de la Iglesia en España. Su relación con Franco fue de lealtad absoluta, aunque siempre tuvo criterio propio y lo supo hacer escuchar. Fue su consejero perpetuo, su mano derecha, su alter ego, e influyó en el Generalísimo enormemente, en asuntos como el establecimiento de la monarquía, la selección de personal, la formación de gobiernos, la adopción de medidas propias de la gobernación, e incluso en la decisión de no entrar en la Segunda Guerra Mundial.
Por su parte, Franco, en su famoso discurso de fin de año, días después de la muerte de Carrero, dijo de su más estrecho colaborador que había sido un ejemplo de entrega, disciplina, lealtad y dedicación[2]. Y así entendió siempre Carrero su posición, no como un privilegio, sino como un deber que exige fidelidad y sacrificio.
Y visto su final, nadie negará que su sacrificio fue total. Por eso respecto a su muerte, no es aventurado afirmar que fue una muerte martirial, teniendo además, desde la óptica de un cristiano, una significación profunda, pues aconteció de manera violenta pero inmediatamente después de oír misa y comulgar.
En fin, además de todo lo dicho, y antes de adentrarnos en los entresijos del magnicidio, ocurrido en Madrid el 20 de diciembre de 1973, conviene tener presentes algunas de las crisis que afrontó el almirante y los problemas que más le preocuparon: las relaciones con el Vaticano, los Estados Unidos, Marruecos, Israel, sus pretensiones sobre el Sáhara y Gibraltar, etc. Algunas cuestiones las abordaremos más adelante, cuando tratemos la segunda de las cuatro claves de su asesinato; ahora nos centraremos en la crisis con la Iglesia católica.
El magnicidio de Carrero Blanco
¿Quién mató a Carrero Blanco y por qué? Estas son las preguntas fundamentales planteadas en esta obra de crítica histórica. En el fondo, sobre el asesinato del almirante, lo que interesa aclarar, por encima de todo, es quién atentó contra el presidente del Gobierno, quién indujo el crimen y qué motivaciones tuvo.
Para responder a estas cuestiones proponemos a la consideración del lector unas premisas que, a modo de preámbulo o exordio, centren la investigación y contribuyan finalmente a esclarecer el problema.
La primera observación acerca de la cual es imprescindible mentalizarse es que no sabemos con absoluta certeza quién mató a Carrero Blanco. Sin embargo, hay razones de sobra para poner en duda incluso la autoría material del magnicidio. Así como hay razones de sobra para sospechar que fue un crimen inducido y que los supuestos artífices del atentado sirvieron de pantalla o tapadera.
La segunda observación que merece la pena considerar, y esta es tal vez la más importante, es que hoy contamos con cincuenta años de perspectiva histórica; una distancia preciosa que nos ha permitido contemplar la evolución política de España, así como la del resto de Europa y del mundo. En este sentido, frente a todos aquellos que escribieron sus vivencias o investigaciones sobre el particular en los días del atentado o poco después, nosotros hemos conocido el desarrollo de la política nacional e internacional, apreciando en ese desarrollo una determinada tendencia histórica, marcada por la pérdida de la soberanía de los Estados y el creciente protagonismo, de repente especialmente manifiesto, aunque antiguo, de una plutocracia o sinarquía ejercida a través de fuerzas ocultas.
Como tercera y última indicación téngase en cuenta que en relación al magnicidio de Carrero Blanco entramos inevitablemente —al ser éste un suceso de enorme gravedad y poco inteligible u oscuro, en el que confluyen además numerosos intereses y germinan diversas tramas—, entramos, pues, en el terrero de las conjeturas, de las especulaciones, de las hipótesis…, pero no en el las entelequias. Porque las sospechas relativas a su asesinato se fundamentan sobre bases sólidas, dado el tiempo transcurrido, la evolución política apreciada y los testimonios y documentos hoy en día a nuestro alcance. En consecuencia, después de describir los hechos y circunstancias del magnicidio del almirante Carrero Blanco, expondremos, de manera razonada y sintética, por medio de indicios y pruebas, las claves que a nuestro modo de ver permiten desentrañar, o descifrar si se quiere, quiénes estuvieron detrás de la desaparición física del almirante y por qué.
En cualquiera de los casos, hay mil detalles que pasaremos por alto. En historia, sobre todo en la época que denominamos convencionalmente contemporánea, hay un exceso de informaciones, y de informaciones intoxicadas. Es por tanto indispensable cribar y seleccionar lo que se considera más significativo, distinguiendo, frente a la acumulación de datos diversos, los principales de los secundarios. Así pues, no haremos alusión al misterioso hombre del Mindanao, que señaló a Carrero como objetivo de los terroristas. Tampoco nos detendremos en el semisótano de Claudio Coello, al que llegaron los etarras sin decir cómo. Ni de los informes relativos a las operaciones Doble-E y Navidades Negras, ni del Partido Comunista español en Toulouse; ni del masón y comunista Álvarez del Vayo, etc. Tal vez las múltiples ramificaciones a las que da lugar el asesinato del íntimo colaborador del Generalísimo se puedan desarrollar en una tertulia, o en un libro más prolijo que éste, pero para evitar repetir en exceso lo que otros ya han escrito, y en atención a la claridad expositiva, vamos exponer el Caso Carrero de manera ordenada y ajustándonos a lo que resulta verdaderamente sustancial.
Los hechos y circunstancias del terrible asesinato
La fría mañana del jueves 20 de diciembre de 1973 don Luis Carrero Blanco se levantó, temprano y como era habitual en él, para acudir, a las nueve en punto, a la santa misa que celebraban los padres jesuítas en su parroquia de la calle Serrano.
Era el templo familiar de Carrero, que desde su domicilio en Hermanos Becquer, número 6, apenas se encontraba a unos cientos de pasos.
Media hora después, acabada la eucaristía, el almirante se montaba en su automovil presidencial, un Dodge 3700 negro, sin blindaje, fabricado en Villaverde, donde lo esperaban un conductor, José Luis Pérez Mogena, de 32 años, y un escolta o guardaespaldas, Juan Antonio Bueno Fernández, de 51 años. Siguiendo el sentido de la circulación, de camino a su vivienda habitual para almorzar y comenzar a continuación la jornada de trabajo en la sede de la presidencia del Gobierno, ubicada en el Palacio de Villamejor, en el inicio del paseo de la Castellana, una potente carga explosiva, colocada en un túnel subterráneo excavado por unos terroristas a la altura de la calle Claudio Coello 104, esquina con Maldonado, abrió la calzada en un tremendo cráter e hizo volar el coche del almirante, haciéndolo subir más de treinta metros y lanzándolo a un patio interior de la iglesia de San Francisco de Borja, la misma iglesia en la que unos minutos antes el presidente del Gobierno había recibido por última vez la sagrada comunión, que fue para él sin duda un verdadero ósculo de paz.
Los acompañantes de Carrero murieron en el acto o prácticamente en el acto, siendo trasladado en ambulancia el almirante a la Ciudad Sanitaria Francisco Franco, donde ingresaría cadáver.
Esa misma mañana iban a celebrarse diversos actos de relevancia política en los que tenía puesta su atención el almirante Carrero.
Para el día 20 de diciembre habían sido convocadas las elecciones para presidir el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid; de las mismas, aplazadas para finales de 1974, saldría elegido decano Antonio Pedrol Rius, que había escrito un libro magnífico titulado Los asesinos del general Prim, primer presidente del Gobierno español caído por una conjura masónica. También debería tener lugar la vista oral contra la dirección del sindicato comunista Comisiones Obreras. Era el proceso 1001 del Tribunal de Orden Público, juicio que preocupaba especialmente a la esposa de Carrero, pues se temía la acción subversiva de los movimientos obreros. Además, al ser jueves, el presidente debía reunirse con los ministros a las 10:30 horas en el llamado «consejillo», junta informal que, dadas las deterioradas facultades del Generalísimo, se convertía en verdadera junta de gobierno. El Consejo de Estado propiamente dicho, presidido por el jefe del Estado, el general Francisco Franco, se celebraba todos los viernes en el palacio de El Pardo. Pues bien, el principal objeto a tratar que figuraba en el orden del día de la reunión de aquel 20 de diciembre era el de la aprobación de las asociaciones políticas, asunto que provocaba controversia y sobre el que el almirante iba a pronunciarse en contra. También tenía pensado repasar las directrices del nuevo gobierno y leer un documento manuscrito relativo a la masonería.
Sea como fuere, el almirante Carrero murió antes de presidir dicho consejo. El atentado, naturalmente, desencadenó en todo el país un cúmulo de fuertes emociones: confusión, nerviosismo, incertidumbre, miedo, desconcierto, preocupación, tristeza, desánimo, rabia contenida… Al principio se especuló con un escape de gas. Sin embargo, a la caída de la tarde, ante las cámaras de Televisión Española, Torcuato Fernández Miranda, presidente del Gobierno en funciones, anunciaba a los españoles que, de acuerdo a las investigaciones realizadas, el almirante Carrero Blanco había sido asesinado, víctima de un atentado criminal. Antes de la medianoche, una de las emisoras en español de la Radio Televisión Francesa, Radio París, difundió un comunicado según el cual un grupo terrorista vasco reivindicaba el atentado.
En los días inmediatamente posteriores al crimen, los supuestos responsables del mismo hicieron hasta cuatro declaraciones atribuyéndose la autoría del asesinato del presidente del Gobierno; todas ellas procedentes del sur de Francia, y en concreto de Bayona y Burdeos. Se trataba de una organización terrorista vasca, de naturaleza revolucionaria, socialista, antiespañolista y separatista, denominada Euskadi ta Askatasuna, pero más conocida por sus siglas, ETA, esto es, Euskadi (País Vasco) y Libertad.
La acción fue urdida y ejecutada por el Comando Txikia, un grupo armado compuesto por varios etarras jóvenes, que debía su nombre a Eustakio Mendizábal, alias Txikia, jefe de ETA abatido por la policía en un enfrentamiento armado. Y aunque hubo otros individuos que colaboraron en la operación, los miembros más destacados del grupo operativo fueron Argala (José Miguel Beñarán Ordeñana), Wilson (Iñaki Pérez Beotegi), Atxulo (Javier Larreategi), Kiskur (Jesús Zugarramurdi) y como responsable teórico del comando, Ezquerra, esto es, Iñaki Múgica. Y, ojo, porque este nombre es importante.
Pues bien, independientemente de las especulaciones de la prensa, nacional y extranjera, y de las primeras investigaciones policiales, apareció enseguida una versión interesada de los hechos. En 1974 los etarras publicaron una crónica detallada del magnicidio llamada Operación Ogro, libro que fue editado en Francia por la editorial Ruedo Ibérico en colaboración con la editorial Mugalde de Hendaya.
Firmado bajo el seudónimo de Julen Aguirre, Operación Ogro es el relato de los preparativos para el atentado contra el almirante Carrero Blanco, y será nuestro punto de partida para presentar la primera de las cuatro claves que, a mi modo de ver, permiten interpretar correctamente el laberinto que supone el Caso Carrero, ese enigma enrevesado que, como todo misterio histórico, sólo puede tener un camino de salida, esto es, una explicación adecuada.
[1] Discurso en el pleno de las Cortes Españolas, celebrado el día 20 de julio de 1973.
[2] 30 de diciembre de 1973.
