1ª clave: ETA
Cuando un lector atento se acerca al libro mediante el cual fue difundida la versión de los etarras, Operación Ogro, le han de llamar poderosamente la atención ciertas contradicciones. Algunas las señaló en su día un espía español, Luis González Mata, alias Cisne, que durante un tiempo fue agente doble, trabajando, además de para los servicios de inteligencia españoles, para la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA). En su libro Terrorismo internacional, Cisne advierte graves incongruencias entre la versión citada y los informes policiales con respecto al transporte de los explosivos, las cantidades de los mismos y las cargas, el sistema de encendido, la galería excavada, el Austin Morris 1300 aparcado por los etarras en doble fila y cargado de explosivos que no detonaron, etc. Y concluye diciendo que «la lectura de la descripción que los etarras hacen de sus preparativos permite sospechar que o bien quienes hablan no los llevaron a cabo o, si fueron ellos, no sabían por dónde se andaban»[1].
Recordemos que en un primer momento la intención del Comando Txikia era secuestrar a Carrero. La meta era intercambiarlo por presos de ETA, con penas de cárcel, o peticiones fiscales, superiores a los diez años. Pero en junio de 1973 Carrero Blanco fue nombrado presidente del Gobierno, y alguien debió de ponerse nervioso. De repente, los presos ya no importaban. El nuevo objetivo era matar a Carrero.
Abundando en lo anterior, los miembros del Comando Txikia de ETA no eran expertos en el uso de explosivos. Lo afirmaron ellos mismos en su versión fraudulenta de los hechos (Operación Ogro) y lo reconoció un dirigente histórico y primer jefe militar de ETA, Xabier Zumalde, alias el Cabra, al que por cierto impresionó la precisión de la operación terrorista[2]. Por eso resulta surrealista el libelo de los etarras, que llegan a decir que estando ya en Madrid se acercaron, para informarse, a una librería de la Gran Vía, Casa del Libro, donde un dependiente les recomendó un manual sobre minas. Y de aquella lectura sobre artificios explosivos provistos de espoleta, que, enterrados o camuflados, producen su explosión al ser rozados por una persona, un vehículo, etc., debemos creer que los cachorros de ETA absorbieron unos conocimientos teóricos gracias a los cuales ejecutaron, a la primera, un atentado técnicamente perfecto. Para creer eso hace falta tener una fe que yo no tengo.
Por otro lado, los especialistas en explosivos aseguraron que el atentado contra Carrero, técnicamente complejo, fue obra de profesionales.
En particular, el comandante de Ingenieros Francisco Aguilar Bartolomé[3], que trabajaba a la sazón en el desarrollo de lentes de explosivo convencional y era el mejor especialista español en explosivos, aseguró a Guillermo Velarde, presidente del Instituto de Fusión Nuclear de la Universidad Politécnica de Madrid y director del Proyecto Islero, mediante el cual España aspiraba a lograr armamento nuclear, que la mañana del atentado había hecho los cálculos de la energía empleada por el explosivo que fue capaz de hacer la excavación casi cónica en la calle Claudio Coello y de lanzar el coche del almirante hasta el otro lado del edificio de los jesuítas, llegando a la conclusión de que se tenía que haber empleado un explosivo de muy alta velocidad de detonación, basado en el RDX, como el C4[4]. Es decir, en el atentado contra el presidente Carrero se había usado explosivo militar, no explosivo convencional extraído de una mina del norte de España. Esa fue la conclusión de un verdadero experto en explosivos.
Asimismo, hay una información interesante que seguramente ha pasado desapercibida y que relaciona ambos hechos. Cinco años y un día después de la muerte de Carrero, un misterioso comando denominado Batallón Vasco Español suprimió a Argala poniendo una bomba en su Renault-5, en la localidad francesa de Anglet. Argala, para quien no lo recuerde, fue quien presumiblemente detonó la bomba que mató a Carrero. Pues bien, la muerte de Argala fue el 21 de diciembre de 1978. Al respecto, otro 21 de diciembre, pero de 2003, el diario El Mundo publicaba una entrevista a un tal Leonidas, oficial del Ejército español, ya retirado, que participó, presuntamente, en la ejecución de Argala[5]. En la citada entrevista confesó que los explosivos usados contra el etarra salieron de Rota o Torrejón, una de estas dos bases norteamericanas. Curiosa ayuda la que recibió este misterioso grupo en su acción de venganza, por no decir en su operación de silenciamiento. Los norteamericanos, de manera discreta, ayudaban a sus amigos españoles, pero al mismo tiempo se aseguraban de que Argala se llevara sus secretos a la tumba. Si la muerte de Argala había sido una venganza, ¿por qué no eliminar al resto de miembros del Comando Txikia?
Por último, deberíamos preguntarnos por la identidad de ETA, sobre su origen y sobre su razón de ser. Así pues, ¿quién era ETA? O mejor todavía: ¿Quién manipulaba a ETA? Desde luego, ETA encierra un gran misterio, cuyo velo vamos a intentar en parte descorrer. En este sentido, sobre el misterio de este grupo armado, el general Monzón, en su obra El sueño de la transición, compartió una reflexión muy valiosa. «Yo creo que a ETA no la conoce nadie, ni sabe nadie lo que ha sido ni lo que ha pretendido»[6]. Unas palabras enigmáticas que llaman mucho la atención, y se deben en buena medida, en mi opinión, al origen desconocido de la organización terrorista.
Sobre este particular, su origen, se reconoce como fecha fundacional de ETA el año 1959. Sin embargo, este grupo armado no surgió en un seminario, como suponía Álvaro Baeza en su libro ETA nació en un seminario. Eso es cierto sólo a medias. Es cierto que ETA encontró apoyo entre el clero vasco. Pero el origen de ETA es anterior y se encuentra fuera de España. De hecho, como he podido confirmar por varias fuentes distintas[7], el embrión de ETA fue la Brigada Vasca, unidad del llamado Ejército Republicano que participó en la guerra civil española; unidad que posteriormente fue entrenada, en un castillo de los banqueros Rothschild situado en las inmediaciones de París, por miembros de la OSS, es decir, la Oficina norteamericana de Servicios Estratégicos, que, tras la Segunda Guerra Mundial, fue el servicio de inteligencia reemplazado por la CIA.
Por si esto fuera poco, se tiene constancia de agentes de diversos servicios secretos infiltrados en ETA[8]. Uno de los señalados es Ezkerra, jefe teórico del Comando Txikia. Y a Ezkerra varios observadores cualificados lo han vinculado precisamente con la CIA. Entre ellos Mikel Lejarza, el espía más importante de la historia de España[9]. El Lobo.
En cualquiera de los casos, si ETA realizó el magnicidio sin ayudas de excepción, como desafortunadamente han sostenido algunos historiadores, ¿por qué José Luis de Vilallonga, aristócrata que publicó en 1993 unas interesantes conversaciones con el rey Juan Carlos I, confesó que le llamaron del Ministerio del Interior francés para aconsejarle que abandonara el proyecto de escribir un libro sobre la Operación Ogro?[10] ¿En qué afectaba el asesinato de Carrero Blanco a los franceses? ¿O qué sabían? En definitiva, es obvio que si el asesinato de Carrero Blanco fue obra solo de ETA, semejante aviso y cautela no venían a cuento, y jamás habrían tenido lugar.
Finalmente, tres detalles añadidos quiero aportar sobre este punto que harán crecer las sospechas sobre el complot intencional urdido contra el presidente español. Primer detalle: en diciembre de 1973, cuando muere Carrero, presidía la Quinta República francesa el señor George Pompidou, antiguo gerente del banco de la opulenta familia Rothschild. Y afiliado a la superlogia Tres Ojos (Three Eyes)[11]. Por cierto, también fue banquero de los Rothschild, antes de ser catapultado al Elíseo, el actual presidente de Francia, Emmanuel Macron[12]. Siervos ambos, todo hay que decirlo, de la masonería intencional. Segundo detalle: Francia fue durante muchos años el refugio de ETA. El país vecino, a pesar de las resistencias naturales que opusieron algunos franceses a la deriva revolucionaria, acabó en brazos de la masonería, y, situado a la vanguardia del laicismo, dejó vivir a sus anchas al enemigo etarra. ¿Por qué? ¿En qué les beneficiaba? Y tercer hecho: En París se encontraba el secretario de Estado de los Estados Unidos la mañana en que fue asesinado Carrero Blanco, un día después de haberse entrevistado con el presidente español en su despacho de la Castellana.
Y hemos llegado por tanto a la segunda clave del Caso Carrero: El secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger.
2ª clave: Henry Kissinger
El 18 de diciembre de 1973, llegaba, en visita oficial a Madrid, y entre extraordinarias medidas de seguridad, Henry Kissinger. Volvía de una gira por varios países de Oriente Medio, a fin de mediar en las negociaciones de paz por la guerra árabe-israelí. El motivo público de la visita a Madrid del secretario de Estado norteamericano era mantener conversaciones sobre asuntos bilaterales y sobre la situación del mundo en general. Para cumplir su objetivo, ese mismo día 18, por la tarde, se entrevistó en El Pardo con el jefe del Estado, el general Franco, y a continuación, en el palacio de la Zarzuela, con el príncipe Juan Carlos de Borbón.
Seguidamente se desplazó al palacio de Santa Cruz donde celebró una amplia conversación con el ministro de Asuntos Exteriores español, Laureano López Rodó.
Terminada la reunión, ambos se desplazaron a pie al palacio de Viana, donde el ministro español ofreció una cena en honor del secretario de Estado estadounidense. Fue a la mañana siguiente, víspera del atentado, cuando el señor Kissinger se vio las caras en el despacho de presidencia de Gobierno con el presidente español, almirante Carrero Blanco. Y en este encuentro nos detenemos un tiempo prudente, para conocer a fondo lo que dio de sí, porque resulta significativo o revelador.
Sobre dicho encuentro existe un acta, elaborada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la que se dejó constancia de los asuntos tratados en la entrevista del presidente del Gobierno español, D. Luis Carrero Blanco, con el secretario de Estado norteamericano, el doctor Henry Kissinger, el día 19 de diciembre de 1973 a las 10:30 horas[13]. En el citado documento se afirma que la reunión duró tres cuartos de hora. Asimismo, el ministro español, Laureano López Rodó, se hace eco en sus memorias de esta entrevista, que no pasa de ser una interesante conversación sobre política internacional y un tanteo sobre posiciones estratégicas. En mi opinión, lo relevante del acta del ministerio es que oculta información que doy por hecho que trataron ambos dirigentes. Lo que hace suponer que lo expuesto en el documento público es un acuerdo entre las partes y no la conversación íntegra y real que mantuvieron.
El asunto sobre el que con seguridad trataron, y no ha trascendido, es el desarrollo por parte de España de su propio arsenal nuclear. Unos días antes de la importante entrevista, el jefe del Alto Estado Mayor, el teniente general Manuel Díez Alegría, encargó con carácter urgente a Guillermo Velarde, director del Proyecto Islero, un informe técnico dirigido al presidente del Gobierno para ser enseñado a Kissinger. El general Gutiérrez Mellado aseguró que dicho informe, de dos páginas, fue entregado a Carrero, y hay que dar por hecho que Carrero lo mostró al secretario de Estado estadounidense[14]. Por consiguiente, el asunto del desarrollo de armas atómicas en España, que casi con certeza absoluta trataron Kissinger y Carrero, se consideró, al no constar en el acta, material reservado. Y la pregunta es ineludible: ¿Cómo sentó a Kissinger la evidencia del Proyecto Islero, del cual sin duda ya tenía noticias, y el propio Kissinger nociones sobre la materia? ¿A qué conclusiones llegó? ¿Qué intenciones desveló Carrero? ¿Sería una ventaja para Estados Unidos, o mejor dicho, para los intereses que defendía Kissinger, que la España dirigida por aquellos hombres leales al Caudillo poseyeran una fuerza de disuasión compuesta por bombas atómicas de plutonio y termonucleares? ¿Interesaba en Francia? ¿En Israel, país cuyo Estado no era reconocido por España? ¿En Gran Bretaña, con quien disputaban los españoles en todos los foros diplomáticos internacionales acerca de Gibraltar? ¿Interesaba en Marruecos, que acariciaba ya entonces la esperanza de arrancar a España el Sáhara, siendo el Sáhara donde España proyectaba realizar sus ensayos nucleares? Parece claro que no.
Esta circunstancia, de materializarse, sería más bien un obstáculo para las ambiciones de unos y otros. ¿Querrían los enemigos de España que España fuera un país sólido y unido en manos de hombres de fe católica con capacidad nuclear y armas de destrucción masiva? ¿Iban a permitir eso quienes el 9 de agosto de 1945, a las once de la mañana, lanzaron una bomba atómica sobre la catedral de Urakami, o de la Inmaculada Concepción, en Nagasaki, precisamente donde el catolicismo japonés, aparte de tener la historia más gloriosa, estaba más difundido y afirmado?
En cuanto a eso, en aquellos días aciagos e infelices en extremo, del 6 al 9 de agosto, más de dos tercios de los católicos japoneses murieron por las dos bombas atómicas lanzadas contra Japón por los estadounidenses. Los fieles de la catedral de Urakami, que celebraban la novena de la Asunción de María, cuya solemnidad es el 15 de agosto, murieron calcinados en el acto. Nunca se ha hecho suficiente hincapié en esta bárbara hecatombe, ni los responsables han pagado por ello. Incluso un tipo tan poco sospechoso de antiamericanismo como el general estadounidense Curtis LeMay reconoció que si los aliados hubieran perdido la guerra, habrían sido perseguidos como criminales de guerra[15].
Finalmente, al presidente francés Charles de Gaulle —que había ayudado al Gobierno español en su proyecto nuclear, sufrió como Carrero un intento de asesinato y, como Carrero, aborrecía la masonería—, le montaron la revolución ideológica de mayo de 1968. Un año después se apartó del poder. En sus memorias de guerra se queja amargamente de que, a medida que Francia se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas políticas se esforzaban en desunir y en impedir que la independencia nacional se mantuviera, como él quería, a toda costa[16]. Por cierto, otro dato interesante que conviene evaluar debidamente: Francia abandonó el comando militar de la OTAN en febrero de 1966. Dos años después, como se ha dicho, estallaron en París revueltas populares, planificadas con anticipación por los ingenieros sociales, que además de intentar mudar por completo las costumbres de Francia, la hija primogénita de la Iglesia, y las de las demás naciones occidentales, quizá fueron una forma de represalia por las ocurrencias de su presidente.
Dicho esto, tras la necesaria acotación precedente, también es preciso hacer notar, además de lo anterior, que el ministro de Asuntos Exteriores español, Laureano López Rodó, recogió en sus memorias que el embajador estadounidense en España, el señor Horacio Rivero, tenía prisa por despedir a Kissinger, y que Kissinger no quiso que el ministro español se separase ni un momento de su lado[17]. Por fin, a las cuatro en punto, se marchó raudo rumbo a París. Esa tarde la tenía libre.
Ahora bien, ¿quién era realmente Henry Kissinger? El padre don Manuel Guerra, que en paz descanse, experto en masonería, y sus relaciones ocultas con la religión y la política, describió al político de origen judeoalemán, como el destructor del Líbano cristiano. Además, sostenía que Kissinger pertenecía a la masonería, a superlogias, y por tanto a grupos de poder asociados al mundialismo y a la masonería internacional, siendo miembro de la Pilgrims Society, el Club Bilderberg, la Comisión Trilateral, el CFR y el Bohemian Club. Es decir, Kissinger formaba parte de esa minoría selecta o rectora, que, como sabía muy bien Carrero, combatía y combate, con abierta hostilidad, el mundo cristiano con el que Carrero y el Generalísimo se identificaban.
Por otro lado, el ministro de Obras Públicas del Gobierno de Carrero, e intelectual de enorme talla, responsable de un ensayo extraordinario titulado La envidia igualitaria, Gonzalo Fernández de la Mora, contó en sus memorias cómo fue su encuentro con Kissinger en 1970, con motivo de la visita a España del presidente Richard Nixon. El testimonio no tiene desperdicio y merece ser recogido íntegramente.
En el séquito de Nixon, el segundo presidente norteamericano que visitaba a Franco, vino H. Kissinger. Hombre de baja estatura, nervioso, gestero y de aquilina mirada. Después de la cena de gala en el palacio de Oriente recorría los salones, entre inquieto y explorador. Se me acercó.
—Usted es el ministro más joven.
—No estoy muy seguro.
—En cualquier caso, no participó en la guerra civil.
—No pude hacerlo, puesto que contaba catorce años el día de la victoria.
—Franco ya ha cumplido su misión, y corresponde a los de su generación lograr que se retire y deje paso a la democracia.
—Ya tenemos una democracia que, por cierto, liberó a España de la amenaza comunista y la ha llevado a ocupar el noveno lugar en el ránking económico internacional.
—Me refiero a la democracia con pluralidad de partidos.
—Es el modelo que Estados Unidos ha impuesto en una buena parte del mundo con los resultados que están a la vista; por ejemplo, en África e incluso en la para ustedes cercana Hispanoamérica.
No se amilanó.
—Sólo con partidos políticos se incorporará España a la vida internacional.
—Los tratados hispanonorteamericanos de 1953, reiteradamente renovados, y esta visita de su presidente, creo que son claros testimonios de presencia internacional.
—Veo que usted no es partidario de jubilar a Franco. ¿Por qué?
—Porque creo que cada año que continúe al frente del Estado nos acercaremos más a los niveles de renta de los países desarrollados. Después, lo dudo.
—Está usted equivocado. El mundo occidental, y especialmente la Comunidad Europea, los ayudarán más, y España progresará a mayor ritmo.
—Como ustedes acabarán imponiéndonos ese modelo en el que creen con una especie de fe religiosa que respeto, habrá tiempo para comprobar si se cumplen sus optimistas previsiones. Lo deseo fervientemente.
Y al estrecharme la mano me tomó afectuosamente el brazo con una sonrisa estereotipada. En su inglés, relativamente vocalizado, me pareció advertir un fondo de acento alemán.
En 1994 estamos cuatro puntos menos convergentes con la media comunitaria europea que el año de la muerte de Franco. Y en el trienio 1991-1993 España es, con Italia, el único país comunitario que se ha empobrecido. Las previsiones de Kissinger no se han cumplido, y es demasiado probable que, a medio plazo, se cumplirán cada día menos. Me pregunto si el inteligente diplomático se creía lo que manifestaba, o se limitaba a repetir su gran tópico nacional, prácticamente un dogma que delimitaba la ortodoxia política estadounidense[18].
Por último, a partir del libro Legado de cenizas: Historia de la CIA, y otras publicaciones, además de documentación desclasificada y por tanto pública, tenemos constancia de que Henry Kissinger y el entonces presidente de los EE.UU., Richard Nixon, controlaban las operaciones clandestinas[19]. Eso significa que existían operaciones clandestinas. Asimismo, está suficientemente probada la intervención estadounidense en golpes de Estado en «América Latina»[20] y fuera del continente americano.
Sin necesidad de agotar el tema por completo, recordemos algunos acontecimientos pasados. En junio de 1954 los Estados Unidos auspiciaron un golpe de Estado en Guatemala. En marzo de 1964 los Estados Unidos apoyan el golpe de Estado en Brasil. En abril de 1965 invadieron la República Dominicana, y en diciembre, Ferdinand Marcos tomó el poder en Filipinas con apoyo de los estadounidenses. En marzo de 1966, Suharto también tomó el poder en Indonesia con el respaldo de los Estados Unidos. En abril de 1970 invadieron Camboya. En septiembre de 1973 los Estados Unidos patrocinaron golpes de Estado en Chile y Uruguay. En septiembre de 1976 apoyaron un golpe de Estado en Argentina. En diciembre de 1989 Estados Unidos invadió Panamá…[21]
Volviendo a Kissinger, también en Europa tiene el ex secretario de Estado estadounidense causas pendientes. Son varias las fuentes que afirman, incluso ante una comisión parlamentaria alguna de ellas, que Kissinger amenazó gravemente a Aldo Moro, presidente del Consejo de Ministros de Italia en varias ocasiones, si no abandonaba su línea política[22]. Y Aldo Moro, como es sabido, fue secuestrado y posteriormente asesinado. Oficialmente por las Brigadas Rojas, grupo de extrema izquierda que estaba infiltrado, entre otros servicios de inteligencia, por la CIA. Y no sólo infiltrado, sino manipulado hasta el extremo de asesinar a Moro[23].
Es importante señalar que Aldo Moro era un hombre especialmente piadoso, como Carrero; y como Carrero, salía de misa cuando se encontró con sus verdugos. Carrero, como se dijo, murió prácticamente en el acto; Moro fue secuestrado, y, cincuenta y cinco días después, ejecutado. Conviene tener presente que recibió once balazos en el corazón. Un dato extraño y misterioso, propio de algunos crímenes políticos de inspiración masónica, pues los masones, además de estar obsesionados con la numerología ocultista, odian el cristianismo, rechazándolo abiertamente en sus rituales de iniciación y teniendo como mayor celo su desaparición[24].
Hagamos aquí un pequeño paréntesis. Un alto para aclarar un aspecto fundamental de la cuestión. Se ha comentado que Kissinger era visceralmente anticomunista, y que Aldo Moro, de la democracia cristiana, quería sellar un acuerdo con los comunistas italianos. Por eso cayeron Moro, Allende y otros. Curiosamente no cayó Fidel Castro, aunque ése es otro asunto que quizá encuentra su explicación en que la Gran Logia de Cuba nunca fuera disuelta[25]. En este sentido, conforme al razonamiento anterior, Kissinger, y por extensión los Estados Unidos, no tendría motivos para apartar a Carrero del poder, anticomunista como él. Esta objeción, sin embargo, es contraria a los hechos y por tanto absurda; es una necedad que solo convence a quienes no han superado las categorías a partir de las cuales han confundido a la ciudadanía, a la grey, al rebaño, desde la Revolución francesa. Se trata de dos términos que siempre van juntos y se necesitan para existir, como las fuerzas complementarias de la naturaleza: derechas e izquierdas. En realidad, a los señores que pertenecen a los círculos de poder en los que se mueve Kissinger no les importa la etiqueta política de un determinado gobierno, aunque sí sus ideas. Para ellos no es una cuestión de derechas o de izquierdas, sino de sumisión, de subordinación, de sometimiento. Y a veces se trata incluso de subordinación de unas logias a otras. De guerras de poder entre masones.
Y España, como el resto de países del mundo, pero principalmente los países occidentales, tenía que perder su soberanía para entrar en una espiral degenerativa, siendo su economía ordeñada e hipotecada, y sus costumbres totalmente corrompidas.
Y el proceso declinante sigue en marcha, inserto, eso sí, en un contexto internacional, porque lo mismo puede decirse de Alemania, de Inglaterra o de Francia. E incluso de los EE.UU. Países arrastrados por la corriente globalista y sus ideologías anejas. Prueba de que quienes parece que rigen los asuntos públicos, no son quienes se ocupan realmente del gobierno de los estados. Y solo hay que ver al actual presidente de los EE.UU., el señor Joseph Biden —un hombre con las facultades mentales seriamente deterioradas y comprometido en graves escándalos sexuales—, para darse cuenta de que la mayor parte de los dirigentes mundiales son sólo títeres, adláteres, secuaces. No en vano reconoció el primer ministro británico Benjamin Disraeli en su novela Coningsby, que «el mundo está gobernado por personajes muy diferentes de lo que imaginan aquellos que no están detrás de la escena»[26].
Para cerrar con Kissinger, que además está detrás de la muerte del comandante en jefe del Ejército chileno René Schneider en octubre de 1970[27], es cierto que el secretario de Estado estadounidense envió un telegrama de pésame al ministro de Asuntos Exteriores español el mismo día de «la súbita muerte del presidente». Pero también es cierto que a pesar de considerar la muerte de Carrero como una «trágica pérdida para España y para el mundo occidental», no hizo una sola alusión al almirante en sus memorias. En cambio, sí dejó traslucir su resentimiento recordando el hecho de que en octubre de 1973 «el gobierno español declaró que no permitiría que los Estados Unidos utilizasen bases españolas en un conflicto local como el de la guerra árabe-israelí. En caso que esta enunciación no fuera lo suficientemente explícita, una segunda declaración dada a conocer después no dejaba escapatoria: Nuestras bases en España no podrán ser usadas en conexión con la guerra del Medio Oriente en ningún momento, de ningún modo, directa o indirectamente»[28]. Por supuesto, sobre este asunto tampoco hay rastro en el acta del ministerio de Asuntos Exteriores relativa a la entrevista del presidente Carrero con Kissinger. Pero es inconcebible que no trataran sobre esta materia de discusión.
Finalmente, antes de presentar la tercera clave, deseo llamar la atención sobre un documento singular de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana desclasificado en 2006. Data del día 16 de noviembre de 1972 y consta de 24 páginas. Su contenido se articula en torno a 25 puntos y se titula, traducido al español, Política y cambio social en la España de los últimos días de Franco. Pues bien, en la página 18, según la numeración del documento, se confirma, de acuerdo a la nota a pie de página referida al punto 21, que los estadounidenses seguían al detalle la evolución política española y que tenían sus propias intenciones al respecto: «Aparentemente Juan Carlos heredará el puesto de Franco como Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, pero el Presidente del Gobierno controlará el Movimiento Nacional y probablemente las fuerzas policiales». Y ése era el verdadero problema. El objetivo declarado de los Estados Unidos era liberalizar el sistema político español. Pero no exclusivamente. Como consta en el punto 25, además, les preocupaba especialmente que España pudiera desarrollar lazos más estrechos con otros países de la Europa occidental, como por ejemplo Francia, encontrando fuentes alternativas de apoyo económico y militar. Los norteamericanos temían que esta circunstancia les alejara de su órbita y que los intereses nacionales españoles entraran en conflicto, con mayor frecuencia que en el pasado, con los de Estados Unidos[29].
Por si esto fuera poco, el documento desclasificado de la CIA señala que el proceso de liberalización podría ser suprimido por las fuerzas conservadoras, y en particular por el estamento militar, que estaría presumiblemente controlado por el jefe del Gobierno que sucediera a Franco (ellos mismos ya daban por hecho que sería Carrero Blanco, mano derecha del Caudillo y vicepresidente del Gobierno). De este nuevo gobernante, del Ejército y del nuevo jefe del Estado, el entonces príncipe Juan Carlos, dependería según ellos el cambio liberal en España. Con todo, los analistas de la inteligencia estadounidense veían muy difícil que, a esas alturas de la historia, las fuerzas conservadoras consiguieran hacer «retroceder el reloj y reimponer un rumbo asilacionista, tradicionalista y xenófobo». Está claro que a los estadounidenses no les agradaba la idea de que España siguiera adherida a las ideas, normas y costumbres del pasado. Por eso, en el gabinete norteamericano se debieron de poner muy nerviosos cuando, unos meses después de este informe de la CIA, se confirmaron sus temores, y el almirante Carrero Blanco, que en noviembre de 1972 era el único candidato serio para presidir el gobierno de la nación, era designado presidente y poco después hacía público su programa continuista.
En definitiva, es posible probar con abundante documentación las continuas intromisiones extranjeras que padeció España en tiempos de Carrero y durante la llamada transición política. Las principales potencias tenían sus propios planes para el futuro de España, y entre ellas deliberaban. Sirva como último botón de muestra la carta que el presidente de los Estados Unidos, Gerald Ford, envió el 21 de enero de 1976 al primer ministro británico, Harold Wilson, sugiriendo que para no ofender el orgullo español dando la impresión de ser condescendientes o de interferir en sus asuntos internos, se evitase hablar de que la liberalización era el precio que España debía pagar[30]. Por supuesto, liberalización era un eufemismo de globalización; es decir, en última instancia se trataba de que España asumiera como propios los modos, valores y tendencias que, fomentando la uniformidad de gustos y costumbres, los estadounidenses se estaban encargando de difundir por todo el mundo. Y, por supuesto, liberalización quería decir que la economía española quedara a merced de multinacionales extranjeras, o de los modernos fondos de inversión, que controlan cada vez más áreas esenciales, como vivienda, transporte, energía o agua; siendo estos megafondos para algunos especialistas, con investigaciones publicadas, los verdaderos dueños del mundo[31].
3ª clave: Juan Carlos I de España
La tercera clave que permite entender el magnicidio de Carrero Blanco es una pieza que a pesar de los vaivenes políticos acontecidos tras la muerte del almirante se mantuvo en todo momento en el tablero. De pie, segura, fuerte, invicta. Se trata de la figura del rey, príncipe todavía cuando murió Carrero: Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón, esto es, quien llegó a ser Juan Carlos I de España.
En mi opinión, todos los indicios hacen pensar que Juan Carlos I fue el hombre a través del cual los EE.UU. tutelaron la llamada transición política e hicieron efectivo el proceso de servidumbre o vasallaje de España a las fuerzas ocultas; fuerzas, que, usando a los Estados Unidos como punta de lanza para la construcción de un nuevo orden mundial, han ido usurpando la soberanía de los países mediante la amenaza, el uso de la fuerza y la dependencia económica total. Juan Carlos I debía velar por ese objetivo, el de que España estuviera alineada con los EE.UU. No hacía falta explicarle nada más. A cambio del trono, para empezar, y a cambio también, además, de vivir a lo grande una vida disoluta con la absoluta complicidad de los medios.
Para entender esto, tengamos en cuenta los hechos siguientes:
El 19 de julio de 1974, con el Generalísimo impedido, el entonces príncipe de España firmaba la Declaración Conjunta hispano-norteamericana de Principios. El nuevo convenio estaba lejos de cumplir los objetivos mínimos exigidos por Carrero. En efecto, ambos países se comprometían a colaborar, pero en relación a la energía nuclear a España no se le dejaba otra vía que la del uso civil. De hecho, el nuevo Gobierno español aceptó de inmediato el control por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y asumió el Acuerdo de Salvaguardias del mismo organismo, que tenía la misión de verificar que los materiales nucleares no se desviaran hacia la fabricación de armas nucleares u otros dispositivos nucleares explosivos. Muerto Carrero, los norteamericanos habían conseguido atar corto a los españoles. Es fácil deducir que su desaparición facilitó semejante acuerdo.
En noviembre de 1975, todavía en vida de Franco, aunque estando éste gravemente enfermo, Juan Carlos de Borbón asumió por segunda vez, interinamente, todos los poderes de la jefatura del Estado. Fue entonces cuando entregó el Sáhara occidental a Marruecos. La llamada Marcha Verde o invasión marroquí del Sáhara español estuvo organizada por los norteamericanos, y Juan Carlos fue su principal confidente[32]. De hecho, el 6 de noviembre, día en que comenzó la marcha, se pudo ver ondeando la bandera de los Estados Unidos en manos de civiles marroquíes.
En segundo lugar, no hay que olvidar que Su Majestad el Rey don Juan Carlos I faltó a su juramento de cumplir las Leyes Fundamentales y guardar lealtad a los Principios del Movimiento Nacional, como prometió el 22 de noviembre de 1975, en su ceremonia de coronación, en el salón de sesiones y ante las Cortes Españolas. El presidente del Consejo del Reino y de las Cortes Españolas, además de presidente del Consejo de Regencia, don Alejandro Rodríguez de Valcárcel, leyó aquel día, con voz fuerte y diáfana, la fórmula del juramento:
—¿Juráis por Dios, y sobre los Santos Evangelios, cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino, así como guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional?
Y Juan Carlos de Borbón, poniendo su mano derecha sobre los Santos Evangelios, respondió:
—Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional.
El presidente del Consejo de Regencia, respondió a don Juan Carlos:
—Si así lo hiciereis, que Dios os lo premie, y si no, os lo demande[33].
Tercero. Juan Carlos I confesó a José Luis de Vilallonga, tal y como aparece publicado en el libro El Rey. Conversaciones con Don Juan Carlos I de España, que «Carrero no hubiera estado en absoluto de acuerdo» con lo que él se proponía hacer[34]. De tono similar e idéntico fondo son las confidencias que reveló el filósofo catalán Josep Ramoneda, colaborador de El País y la SER, que en una exposición en Barcelona en la que había un espacio dedicado al atentado contra Carrero, el rey, acercándose a él, le confesó: «Si esto no hubiera ocurrido tu y yo no estaríamos ahora aquí». «Yo no, usted no lo sé», contesté. «Yo tampoco», me dijo. E insistí: «¿Por qué?». «Porque las condiciones que Carrero me habría puesto yo no las habría podido aceptar». Cuando terminó la visita corrí a transcribir la conversación en mi cuaderno. Allí la guardé hasta hoy»[35].
Cuarto. El ministro de la Gobernación, y responsable de la seguridad de Carrero, Carlos Arias Navarro, fue designado presidente del Gobierno por Franco. Ciertamente, fue un nombramiento extraño, aunque explicable, si atendemos a la edad de Franco y a las presiones de su entorno más cercano, y quién sabe si también lejano, pues el almirante Nieto Antúnez fue su candidato hasta pocas horas antes de nombrar a Arias. Sea como fuere, si los allegados de Franco se veían vulnerables y aspiraban a coronar al yerno de Generalísimo, Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, y habían conseguido colocar a un hombre de confianza en la jefatura de Gobierno, Arias Navarro, lo lógico es que Juan Carlos hubiera sido reemplazado al morir Franco, protector del Príncipe. En cambio, Juan Carlos fue coronado rey de España, pidiendo, siete meses después, la dimisión de Arias Navarro. El monarca era, efectivamente, quien tenía los valedores más poderosos.
Quinto. El 24 de febrero de 1981 el rey empeñaba su palabra, según figuraba en la portada de Diario 16, prometiendo que no abdicaría la corona ni abandonaría España. Sin embargo, y como es sabido, el 2 de junio de 2014, el rey Juan Carlos I, cariacontecido, anunciaba públicamente su renuncia al trono de España en favor de su hijo Felipe. Un día antes, el 1 de junio, se clausuró la reunión anual del Club Bilderberg, celebrada en el hotel Marriot de Copenhague, a la que había asistido la Reina Sofía, quien seguramente transmitió la decisión de las altas esferas a su marido. Por otro lado, hoy por hoy, siendo como un apestado para la Casa Real, Juan Carlos de Borbón vive fuera de España. Es decir, el llamado rey emérito, que se creía inviolable, fue derrocado por sus supuestos, y poderosos, amigos americanos…
4ª clave: La trama de encubrimiento
De acuerdo a todo lo expuesto anteriormente, queda absolutamente claro que el magnicidio de Carrero Blanco no hubiera sido posible sin un número indeterminado de individuos desleales o traidores.
En primer lugar, es sorprendente la farsa que supuso la Ley de Amnistía de 1977. De acuerdo a esta ley, los supuestos criminales quedaron automáticamente libres de cargos. Y el magnicidio, de cara a la justicia, como si nunca hubiese pasado. Quien sí investigó a fondo el magnicidio de Carrero Blanco fue Fernando Herrero Tejedor, fiscal del Tribunal Supremo y secretario general del Movimiento desde el 5 de marzo al 12 de junio de 1975. Herrero Tejedor creía probable que el crimen hubiera sido inducido, aunque aseguraba la vinculación de los procesados a ETA[36]. Pero una cosa es que los procesados intentaran matar a Carrero, hecho que no admite dudas, y otra que fueran ellos los que efectivamente lo ejecutaran. En cualquier caso, la muerte repentina de Herrero Tejedor en un aparente accidente de tráfico es muy sospechosa. Lobo, es decir Mikel Lejarza, asegura que los servicios de inteligencia españoles dieron con el camionero implicado en la muerte del magistrado y que, tras apretarle un poco las clavijas, confirmó que había habido un complot para asesinarlo[37]. Esto puede ser cierto o no, pero se tiene constancia de que mandos del Ejército, la Policía y la Guardia Civil estaban al corriente de que se iba a atentar contra Carrero. Es más, Lejarza llega a afirmar que el asesinato del presidente del Gobierno «fue montado desde el mismo Gobierno de Franco»[38]. ¿Por algunos miembros de los servicios españoles? Pudiera ser. Pero si hubiera sido así, EE.UU. tendría que haber dado luz verde. Pues resulta inverosímil que EE.UU., teniendo conocimiento de una operación de esta naturaleza, no la hubiera abortado si fuese contraria a sus intereses. Y el Telegrama confidencial 700 enviado a primeros de enero de 1971 desde la embajada norteamericana en Madrid al subsecretario de Estado estadounidense, William Pierce Rogers, es concluyente: para los intereses de los Estados Unidos lo mejor era que Carrero Blanco desapareciera de la escena[39].
En cualquiera de los casos, por aquel entonces, y ahora también, EE.UU. tenía y tiene, en España, hombres a su servicio. Y no solo Estados Unidos, también otras potencias, de primera y de segunda fila. Personas en definitiva que, ya forzadas por medio de chantajes, ya compradas con sobornos y prebendas, ya convencidas en su día de los beneficios del liberalizar el régimen de Franco, evitaron que la verdad saliera a la luz y se aclarasen todos sus enigmas. Y quizá, incluso, garantizaron el éxito de la operación terrorista dirigida a acabar con la vida del almirante.
Al respecto, durante la celebración del juicio del 23-F, el comandante José Luis Cortina, jefe de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales del CESID, y para el que pidió el fiscal doce años de cárcel por rebelión militar, amenazó, en caso de ser incriminado, con sacar hasta lo de Carrero Blanco[40]. Por supuesto, finalmente fue absuelto. Lo relevante del asunto es que la amenaza de Cortina sólo pudo tener efecto si se refería a una realidad vigente en 1982, cuando él pronunció estas palabras. Esta amenaza, así pues, sólo podía afectar, lógicamente, a aquellos mandos y autoridades que servían, o estaban sometidos, a intereses ajenos a España.
No puede extrañar, por tanto, que cerca del lugar del magnicidio hubiera vehículos oficiales de los servicios de inteligencia españoles, y en particular de Alto Estado Mayor. De hecho, salió a la luz un comentario hecho por parte de miembros de este cuerpo: «Nos lo hemos llevado puesto. Menudo agujero hemos hecho»[41]. Este testimonio será verdadero o falso, pero con independencia de esto, son abundantes las pruebas que inclinan la balanza a favor de que en el magnicidio de Carrero hubo una trama de encubrimiento cuyos miembros aceptaron con sumisión el programa de determinadas fuerzas ocultas a las que posteriormente España se rindió.
Carlos Arias Navarro fue uno de los que claudicó, y sólo Dios sabe si no estuvo al tanto, además, de los preparativos del magnicidio. El señor Arias era el ministro de la Gobernación cuando asesinaron a Carrero Blanco[42]. No logró impedir su asesinato, siendo el máximo responsable de su seguridad y por tanto quien debía protegerlo; y por sorprendente que parezca, ascendió inmediatamente después al puesto de presidente del Gobierno. Durante ese tiempo, que abarcó desde el 31 de diciembre de 1973 al 2 de julio de 1976, se firmó la Declaración de principios entre España y los Estados Unidos de América, cuyo acuerdo no cubrió por supuesto las pretensiones de Carrero ni las de los altos mandos militares, ya que el contenido de los acuerdos no ofrecía ventajas para España y para colmo les ataba las manos a la hora de desarrollar su propio armamento nuclear. En segundo lugar, se produjo la invasión marroquí del Sáhara español y la retirada, con vergüenza y humillación, de las fuerzas españolas. Y en tercer lugar, el 14 de junio de 1976 se aprobó la Ley de Asociaciones Políticas, que permitió la posterior legalización de la masonería. Acto seguido, se entrevistó con el rey y dimitió. Una vez apartado del poder y tras sufrir una estrepitosa derrota electoral, Arias Navarro se retiró de la política y de la vida pública. Parece que vivió en sus últimos años (falleció en noviembre de 1989) una existencia oscura y llena de remordimientos, mostrándose esquivo, huraño, y oyendo misa a diario.
Muchos otros nombres generan desconfianza. En términos coloquiales, dan mala espina. No es fundamental conocerlos, sino dar por sentado que hubo cómplices del magnicidio en las fuerzas de seguridad y en los servicios de inteligencia españoles.
El caso Gabaldón, esto es, el asesinato en la noche del 29 de julio de 1939 del comandante de la Guardia Civil, miembro del Servicio de Información y Policía Militar, y responsable del Archivo de la Masonería en España, Iaac Gabaldón Irurzun, presentado al público por José María Manrique y Matías Ros, así como por el padre Manuel Guerra, demuestra sin lugar a dudas que durante el franquismo pervivió «un núcleo masónico en el servicio de información militar y nacional»[43]; un núcleo que, claro está, llega hasta nuestros días.
Para acabar la exposición de esta cuarta clave, terminaremos poniendo de relieve dos hechos, fortuitos o no; además, ofreceremos una nota extra sobre las injerencias externas que ha sufrido España; y, por último, reproduciremos unas lúcidas palabras del general Franco.
Los hechos fortuitos. El 20 de diciembre de 1973, el ministro del Ejército, hoy denominado de Defensa, el señor Francisco Coloma Gallegos, se encontraba en EE.UU. cuando fue asesinado el almirante Carrero. Él seguía dirigiendo el ministerio cuando se produjo la denominada Marcha Verde. También se encontraba en EE.UU. el general Pando, jefe de Estado Mayor del Ejército de Cuba, negociando con el enemigo la rendición antes de combatir. Aquellos hechos se conocen como el Desastre del 98, aunque sería mejor llamarlos, como muy bien ha sugerido Federico Miguel Santaella, la traición del 98.
La primera nota extra que sobre interferencias externas en los asuntos internos españoles es importante difundir son unas declaraciones de D. José Manuel Otero Novas, que fue ministro de Presidencia y de Educación con Adolfo Suárez. El ministro en cuestión, en una entrevista concedida a los medios de comunicación, reconoció que Estados Unidos les presionó para entrar en la OTAN, amenazando con apoyar los intereses de Antonio Cubillo, fundador del grupo terrorista MPAIAC (Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario[44]). Por cierto, de manera indirecta, Cubillo pudo haber provocado el trágico accidente de avión de Los Rodeos en Tenerife, que causó la muerte de 583 personas.
Finalmente, el general Franco, que era más listo que el hambre, intuyó el peligro de la globalización a la que aspiraban las camarillas que manejan la administración estadounidense. Al general Vernon Walters, vicedirector de la CIA, que viajó ex profeso a Madrid para preguntar a Franco qué había previsto éste para España después de su muerte, el dictador le habló sin tapujos, no sabemos si alto, pero sí bastante claro: «España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras pero ninguna de ellas será fatal para España»[45].
Y a la vista de todos están hoy esas locuras, la deuda pública de España, su decadencia cultural y moral, y su sumisión a programas mundialistas como la Agenda 2030 y a entidades supranacionales, como la Unión Europea, la Organización Mundial de la Salúd o El Foro Económico Mundial.
Pues bien, después de este recorrido, parece indudable que con Carrero Blanco al frente del Gobierno de España, no hubieran salido del infierno los mil demonios que desde la muerte del almirante vagan por esta tierra para ser causa de su ruina material y de la perdición de sus almas, porque las puertas del infierno que abrieron las fuerzas ocultas integradas en masonerías varias Carrero Blanco las habría mantenido cerradas mientras hubiera seguido con vida. Y si se hubiese apartado del poder, pues ganas de ello tenía, ¿qué enemigo de España hubiera asegurado que Carrero no se hubiera opuesto en el futuro, por todos los medios, al proceso de transición política por medio del cual se acabó ordeñando e hipotecando la economía española y arrebatándole su soberanía? Quizá hoy seríamos Hungría y no España, es decir, seríamos una nación orgullosa de sus tradiciones históricas, y celosa de su identidad religiosa y cultural, y no un país secularizado y laicista infectado por todas las ideologías disolventes que están de moda.
Por lo tanto, respecto al asesinato del almirante Carrero Blanco, resulta francamente verosímil las tesis de González Mata, alias Cisne, que en su obra Terrorismo internacional, concluye diciendo que en el magnicidio del presidente del Gobierno español participaron un país extranjero y elementos paraestatales españoles, de acuerdo a los designios de «la estrategia imperialista», de acuerdo «al Nuevo Orden Político Mundial, puesto en aplicación por los teóricos del Grupo Trilateral y que requiere como condición sine qua non la eliminación de todos aquellos que suponen una rémora o un freno a sus planes en los campos político y financiero»[46].
En suma, en relación con la versión de Cisne, un ministro de Asuntos Exteriores español, José María de Areilza, aseguró a otro ministro español, e insigne historiador, Ricardo de la Cierva, que la versión que Cisne ofrece sobre el atentado a Carrero, en su libro Terrorismo internacional, es la exacta[47].
Desde luego, cada cual es libre de investigar por su cuenta y de pensar lo que quiera. No en vano, el conjunto de pruebas e indicios que hemos presentado, junto al razonamiento o explicación que las acompaña en todo momento, es en extremo llamativo y descubre, manifiesta o hace patente, primero, que a Carrero Blanco lo mataron las fuerzas ocultas que deseaban impedir que España siguiera progresando de acuerdo a los ideales del almirante, el Generalísimo y todo el Movimiento Nacional; y segundo, que esas fuerzas ocultas contaron con sujetos desleales entre los cuerpos de seguridad y los servicios de inteligencia españoles, que consumaron con su infamia la conjura contra Carrero y propiciaron el cambio de rumbo o de orientación política anhelado por las logias nacionales y extranjeras y por la camarilla que influye en la administración de la mayor potencia del mundo.
[1] Luis González Mata. Terrorismo internacional, Argos, Barcelona, 1978, página 338.
[2] Xabier Zumalde. Las botas de la guerrilla, Status Ediciones, 2004, página 273.
[3] Al respecto de este nombre ha de haber una confusión. Guillermo Velarde cita en su libro Proyecto Islero a un tal Manuel Aguilar Bartolomé, pero me ha resultado imposible identificar a esta persona, después de haber consultado diversos documentos y de haberme puesto en contacto telefónico con varias instituciones. En cambio, Francisco Aguilar Bartolomé, investigador de la Junta de Energía Nuclear (de la cual Velarde era el presidente) fue el mejor especialista español en explosivos de la época y publicó, entre otros trabajos, dos volúmenes titulados Los explosivos y sus aplicaciones. Es decir, el profesor Velarde debió de confundirse y en lugar de decir Francisco, dijo Manuel.
[4] Guillermo Velarde. Proyecto Islero, Guadalmazán, 2ª edición, 2022, páginas 220 y 221.
[5] https://www.elmundo.es/cronica/2003/427/1072098707.html (Crónica, suplemento del diario El Mundo, domingo 21 de diciembre de 2003, número 427).
[6] Manuel F. Monzón Altolaguirre. El sueño de la transición, La esfera de los libros, 2014, página 85.
[7]https://www.deia.eus/actualidad/2017/04/22/luis-maria-retolaza-jeltzale-tiempos-4959420.html (Deia, 22 de abril de 2017). Ver también Manuel Guerra Gómez. Masonería, religión y política, Sekotia, 3ª edición, diciembre 2012, página 144.
[8] Son reveladoras las declaraciones que hizo Luis María Retolaza (ver cita a pie de página anterior), primer consejero de Interior del Gobierno Vasco, que afirmó que colaboraron con ellos, en diversas épocas, «americanos, irlandeses e israelíes».
[9] Ver en Mikel Lejarza y Fernando Rueda. Yo confieso, Rocabolsillo, julio de 2020, página 398. Ver también: Pilar Urbano. El precio del trono, Planeta, Barcelona, 2011, página 715 y siguientes. Y ver: Manuel Cerdán. Matar a Carrero: La conspiración, Plaza & Janés, 2013, diciembre 2ª edición, página 143 y siguientes.
[10] José Luis de Vilallonga. El Rey. Conversaciones con D. Juan Carlos I de España, Plaza & Janés, 5ª edición, marzo 1993, páginas 208 y 209.
[11] Ver en Gioele Magaldi. Masones. Todos sus secretos al descubierto, Kailas, 2017.
[12]https://www.reuters.com/article/portada-francia-gabinete-idLTAKBN0GR00N20140827 (Reuters, 27 de agosto de 2014).
[13] Ver acta en el anexo 4.
[14] Guillermo Velarde. Proyecto Islero, Guadalmazán, 2ª edición, 2022, página 217 y siguientes.
[15]https://historia.nationalgeographic.com.es/a/el-bombardeo-de-tokio-uno-de-los-mas-mortiferos-de-la-historia_15135; https://www.abc.es/historia/abci-piromano-eeuu-quiso-bombardear-japon-hasta-cenizas-segunda-guerra-mundial-201806300257_noticia.html y https://www.nytimes.com/2009/07/07/us/07mcnamara.html?pagewanted=all
[16] Charles de Gaulle. Memorias de guerra, Luis de Caralt, Barcelona, 1960, página 675.
[17] Laureano López Rodó. Memorias. El principio del fin, Vol III, Plaza & Janés, 1992, página 511.
[18] Gonzalo Fernández de la Mora. Río arriba. Memorias, Planeta, 2005, 2ª edición, diciembre, páginas 237 y 238.
[19] Tim Weiner. Legado de cenizas. Historia de la CIA, Debate, Barcelona, 2008, página 307.
[20] Si no es usada aquí la expresión Hispanoamérica, que es el conjunto de países americanos donde el español es el idioma oficial, es porque en Brasil, de habla portuguesa, también participaron los estadounidenses en golpes de Estado.
[21] Verdaderamente estimable es el trabajo de John Perkins, repleto de revelaciones formidables, Confesiones de un gángster económico, Tendencias, 2005.
[22] https://www.senato.it/service/PDF/PDFServer/BGT/908858.pdf (Testimonio de Eleonora Chiavarelli, esposa de Aldo Moro, el 12 de julio de 1982).
[23]https://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/09/internacional/1205084012.html (El Mundo, 10 de marzo de 2008).
[24] Ver Alberto Bárcena. Iglesia y masonería. Las dos ciudades, San Román, 2017. El profesor Bárcena, entre otras revelaciones, cuenta que en el ritual de iniciación del grado 29, según el Rito Antiguo y Aceptado, se rechaza expresamente a Cristo pisoteando con los dos pies un crucifijo.
[25] Nelson Machín Viera afirma, en su libro La «Cruz» de Cuba. Dos «caras» de la CIA, que Fidel Castro fue un agente de los norteamericanos.
[26]Ver el capítulo 15 de esta obra.
[27]https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/chile/2020-10-22/cia-chile-anatomy-assassination
[28]Henry Kissinger. Mis memorias, Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1982, Vol. II, página 592.
[29] El documento citado se encuentra íntegramente en inglés en el anexo 5. Y los puntos relativos a la política en la España postfranquista, que son los que abarcan del 20 al 25, traducidos al español seguidamente.
[30]La carta, que ha sido digitalizada y puede consultarse en línea, se conserva en la Biblioteca Presidencial de Gerald. R. Ford; biblioteca que forma parte de las Bibliotecas Presidenciales de los Estados Unidos de América dirigidas y administradas por el Archivo Nacional de los Estados Unidos.
https://www.fordlibrarymuseum.gov/library/document/0351/1555866.pdf
[31]https://www.larazon.es/tueconomia/fondos-inversion-duenos-mundo_202305076454b07e73ab380001eea5fd.html (7 de mayo de 2023).
[32] https://www.ecsaharaui.com/2022/03/de-la-traicion-de-1975-la-de-2022-asi.html (ECSAHARAUI, 19 de marzo de 2022).
[33]https://www.congreso.es/docu/PHist/docs/09cons/Diario%20Sesiones_22-11-1975.pdf (Boletín Oficial de las Cortes Españolas, Diario se sesiones, X Legislatura, núm. 21, 22 de noviembre de 1975).
[34] Ibidem, página 210.
[35] https://elpais.com/politica/2013/12/19/actualidad/1387480639_688141.html (Pequeñas historias con importancia, 19 de diciembre de 1013).
[36] Memoria elevada al Gobierno Nacional en la solemne apertura de los tribunales el día 16 de septiembre de 1974 por el fiscal del Tribunal Supremo Excmo. Sr. D. Fernando Herrero Tejedor, Editorial Reus, Madrid, páginas 23 y 24.
[37] Mikel Lejarza y Fernando Rueda. Yo confieso, Rocabolsillo, julio de 2020, página 398.
[38] Ibidem, página 397.
[39] Telegrama 700, Confidencial 05802 291946Z, desclasificado en 2008.
[40] El Mundo, 21 de febrero de 2011.
[41] Carlos Estévez y Francisco Mármol. Carrero. Las razones de un asesinato, Temas de hoy, Madrid, 1998, página 215 y siguientes.
[42] Hay que aclarar que Arias Navarro fue el único ministro del Gobierno de Carrero que no escogió el presidente. Fue impuesto por Franco.
[43] José María Manrique y Matías Ros. El magnicidio de Carrero Blanco, Akron, Astorga, 2010, páginas 137-143. Y Manuel Guerra Gómez. Masonería, religión y política, Sekotia, 3ª edición, diciembre 2012, páginas 322 y 323.
[44]https://www.20minutos.es/noticia/5006876/0/entrevista-jose-manuel-otero-novas-estados-unidos-nos-dejo-un-mensaje-o-entran-ustedes-en-la-otan-o-les-independizo-las-canarias/ (20 minutos, 30 de mayo de 2022).
[45] ABC, martes, 15-8-2000 (sección de política internacional, página 25).
[46] Ibidem, página 310.
[47] Ricardo de la Cierva. ¿Dónde está el sumario de Carrero Blanco?, ARC, Madrid, 1996, página 174.
