Sobre los escombros del sistema anterior debía levantarse el Régimen del 78. Para lograrlo, se pusieron en marcha tres procedimientos simultáneos. La primera vía de acción consistió en desmantelar el régimen de Franco, de carácter nacionalcatólico. El segundo objetivo era construir un nuevo sistema liberal masónico, opuesto al preexistente. En tercer lugar, para que sobreviviera el nuevo sistema instituido era preciso consolidarlo y preservarlo, o lo que es lo mismo, librarlo de los contrapoderes que pudieran ser una amenaza.
Para entender esto, tengamos en cuenta diversos acontecimientos.
El primer suceso de envergadura que quisiera que el lector considerara seriamente son los sucesos ocurridos en Montejurra el domingo 9 de mayo de 1976. Montejurra es una montaña navarra de unos mil metros de altitud desde cuya cumbre se obtienen excelentes vistas de la merindad de Estella y de las sierras adyacentes. Allí, desde hacía varias décadas, se celebraban anualmente diversos actos políticos y religiosos organizados por partidarios del carlismo. En aquel lugar se había producido antaño una de las victorias carlistas sobre los liberales y se le otorgaba por eso un importante carácter simbólico. En sus mejores días, la tradicional conmemoración carlista había reunido en la montaña sagrada hasta cien mil personas. Y aunque los mejores tiempos habían pasado, en buena medida por los bandazos políticos del Vaticano, aquel 9 de mayo de 1976 iba a ser la primera gran concentración carlista tras la muerte de Franco. Entonces, según se cuenta hoy en día, dos facciones carlistas enfrentadas llegaron a las manos y, haciendo uso de armas de fuego, ocasionaron dos muertos. La prensa puso el foco en los sucesos de Montejurra y el carlismo quedó para el gran público desacreditado.
Los partidarios de D. Sixto de Borbón, facción acusada de provocar la riña, todavía sostienen hoy en día que fue «una jugada del Gobierno», «sobre la que planea la sombra del cuartel general de la OTAN y el Departamento de Estado de los EE.UU.»[1] El propio Sixto de Borbón sugirió que, efectivamente, «pudo existir una mano negra detrás para sacar rédito político del incidente y debilitar al carlismo…»[2] En la ceremonia anual carlista de mayo de 1969 se pudo ver una gran pancarta con el lema «Franco sí. Juanito no» (en alusión a Juan Carlos de Borbón). También se gritó «Franco es un traidor, sí, señor». Hasta ese extremo llegaba la división de opiniones entre los carlistas y el rechazo de los mismos a Juan Carlos; un Juan Carlos que en julio de ese mismo año sería designado sucesor del Caudillo. Pero ya sabemos que a Juan Carlos, tutelado de Estados Unidos, había que despejarle el camino. A fin de cuentas, desde aquellos sucesos de Montejurra, los primeros de la era posterior a Franco, el carlismo, como contrapoder, quedó anulado, constituyendo para el nuevo régimen el menor de los peligros.
Unos meses más tarde, el 24 de enero de 1977, se produjo otro acontecimiento de gran calado, conocido como la Matanza de Atocha. De repente, sin motivo alguno, unos individuos desconocidos irrumpieron en un despacho de abogados comunistas de la madrileña calle de Atocha y, abriendo fuego sobre los allí presentes, mataron a cinco personas. Enseguida se atribuyó el crimen a un «complot fascista» perfectamente organizado. Al parecer, un comando de extrema derecha, nostálgico del franquismo, habría pretendido con esos homicidios frenar el avance hacia la democracia. Muy listos no serían, si de verdad creyeron eso. Luego, se demostró la vinculación de estos mercenarios con la organización Gladio, una red clandestina teóricamente anticomunista dirigida por la CIA. En resumidas cuentas, el resultado final de aquella acción sangrienta fue la legalización del Partido Comunista el 9 de abril de ese mismo año. De manera que o los agentes de inteligencia de la CIA eran absolutamente estúpidos, o hicieron creer que sus operaciones encubiertas iban encaminadas a erradicar el comunismo[3]. Es más, el periodista Ismael Medina, en su magnífico libro España indefensa, añadió sobre el particular una información contundente:
Fue, precisamente, un brigadista rojo quien, al ser interrogado por un magistrado italiano sobre un atentado cometido en su país, entregó la metralleta con la que, unos años antes, se habían disparado, en la calle de Atocha, en Madrid, doce proyectiles cuyos casquillos no pertenecían a las pistolas ocupadas a los acusadores en el famoso sumario. A raíz de aquella declaración, de la que se inducía la participación resolutiva en el atentado de la calle de Atocha de un italiano que resultaba ser brigadista rojo, adquirieron un lógico interés aquellos casquillos a los que, por las razones que fueran, la indagatoria no prestó, en su momento, la atención que cabía esperar. Como consecuencia de la inesperada actualización del caso por las revelaciones del terrorista italiano, la revista «Interviu» publicó el informe pericial de uno de los más reputados expertos españoles en balística. Los misteriosos y olvidados casquillos eran de una marca impresa en caracteres cirílicos, que no figura en los catálogos. Pero sí tenía antecedentes la metralleta aparecida en Italia, con la que se dispararon aquellas balas. Se asegura que perteneció a un determinado servicio de información, ya por entonces alineado con la democratización y sus necesidades. Una reapertura del sumario del oscuro asalto al despacho de abogados comunistas de la calle de Atocha, en el que no estaban cualificados dirigentes del partido en la clandestinidad, avisados muy a última hora de que se había suspendido la reunión que allí debía celebrarse, acaso sirviera para esclarecer, merced a las nuevas pistas en manos de la Justicia italiana, cuál fue el verdadero centro de promoción de un suceso sangriento que sirvió para justificar la legalización del PCE, y acallar, gracias a su espectacular arropamiento publicitario, la fuerte oposición que en obvios ámbitos institucionales encontraba la aplicación de ese aspecto del convenio democratizador. Una cierta literatura de política ficción, muy en boga durante los últimos años en el mundo occidental, y que de fantasía apenas si tiene la tramoya noveladora, alerta sobre la diabólica debilidad de ciertos servicios y grupos sectarios para atribuir a los contrarios lo que sólo a ellos beneficia[4].
Por cierto, el PCE fue legalizado en España en la Semana Santa de 1977. En un día de luto. Sábado Santo. Como vemos, el espíritu de quienes volvían a resurgir con fuerza de las cavernas de la clandestinidad dejaba ver su verdadera naturaleza, diabólica y vengativa; pero a los españoles, durante las décadas siguientes, se les convencería de que comunistas y masones habían sido víctimas y no verdugos, de que constituían movimientos de progreso y no de regresión, de que eran los damnificados de la Guerra Civil y no sus causantes; de que no tenían las manos manchadas de sangre ni habían promovido revoluciones ni golpes de Estado por doquier[5]. Naturalmente, la masonería sería legalizada más tarde, en la primavera de 1979. Ya podían conspirar abiertamente los tres enemigos de España que señaló el almirante Carrero. Se revertía así la situación política. En el fondo, la masonería, la democracia liberal y el comunismo, unidos en maridaje efectivo, la iban a cambiar totalmente.
Pero para que tomara forma el nuevo régimen, apremiaba que fueran anulados o desaparecieran algunos elementos incómodos. Mediante accidentes o atentados maquillados. Mediante la fuerza o la propaganda.
El 12 de julio de 1979 se produjo un devastador incendio en el hotel Corona de Aragón de Zaragoza. Murieron alrededor de ochenta personas. En el edificio se encontraba la familia Franco, encabezada por Carmen Polo, viuda del Generalísimo, además de un nutrido número de militares. Fue un atentado político que ETA, o alguien en nombre de ETA, sin verdadera necesidad, reivindicó. Lo cierto es que ETA, la enigmática ETA, manejada en la sombra por los servicios de inteligencia, contribuyó con sus asesinatos a consolidar un régimen que en teoría abominaba. El gobierno de Adolfo Suárez no se atrevió a reconocer que el trágico incendio del Corona de Aragón había sido provocado.
Pero Adolfo Suárez, que había consentido la legalización del comunismo y la masonería, no transigía con todas las imposiciones exógenas; exigencias que partían, por qué no decirlo, del Departamento de Estado de los Estados Unidos y del Departamento de Defensa. Por ejemplo, Suárez se opuso a la entrada de España en la OTAN y a la formalización de relaciones con Israel[6], país que, como sabemos, siempre ha ejercido un influjo determinante en la administración norteamericana. A Suárez, que quería mantenerse independiente con respecto al imperialismo estadounidense, le preocupaba echar a perder las buenas relaciones con los países árabes. El petróleo era una fuente energética acerca de la cual era imprescindible tener garantías de suministro. Además, internacionalmente crecía la tensión. La revolución islámica había triunfado en Irán en la primavera de 1979. Y su líder, Jomeini, proclamaba a los cuatro vientos que Israel era un régimen corrompido que debía ser aniquilado[7]. ¿Cómo ser neutral en semejante circunstancia? Poco después, en el otoño de 1980 estalló la guerra entre Irán e Irak. Y España, asumiendo un gran riesgo, vendió armas a los dos países, contrariando una vez más a Washington, y por ende a Israel[8]. De manera que el 23 de febrero de 1981 se ejecutó una operación de inteligencia para, entre otras cosas, apartar definitivamente a Adolfo Suárez del poder, aunque éste ya había dimitido unos días antes. Los norteamericanos supervisaron en todo momento el golpe de mano. Terence Todman, el embajador nortemaericano en Madrid, Alexander Haig, secretario de Estado, y Frank Carlucci, director de la CIA, se aseguraron de que el nuevo Ejecutivo mantuviera su «vocación atlántica»[9].
Naturalmente el 23-F no fue un golpe ultraderechista que puso en jaque la democracia. Sus perpetradores no añoraban el regreso de España a una dictadura militar, como tantas veces han repetido los corifeos y propagandistas del Régimen del 78. Fue una artimaña, una operación de falsa bandera para hacer caer a Suárez, purgar el ejército de oficiales franquistas (muchos de los acusados eran hombres del servicio secreto creado por Carrero, el SECED), erigir al rey Juan Carlos I, hombre de Washington, como adalid de la democracia, y dar paso a un nuevo partido, refundado por los Estados Unidos, que asegurara la incorporación de España a la Alianza Atlántica y aplicara la agenda mundialista, el PSOE.
De hecho, el proceso de incorporación de España a la Alianza Atlántica se inició tras el discurso de investidura del nuevo presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, el 25 de febrero de 1981, nada más caer en desgracia Adolfo Suárez. Así pues, el 2 de diciembre de 1981 España comunicó a la Alianza su intención formal de adherirse al Tratado de Washington y casi de forma automática recibió la invitación del Consejo del Atlántico Norte (CAN) para iniciar el proceso de adhesión. Por consiguiente, el 30 de mayo de 1982 España se convirtió en el miembro número dieciséis de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Al PSOE de Felipe González le correspondió la tarea de sellar definitivamente la vinculación de España a los planes militares de Estados Unidos, tras manipular al pueblo español por medio de una campaña de propaganda surrealista, incurriendo en una contradicción flagrante. OTAN sí, OTAN no.
De por medio se produjo, no lo olvidemos, la misteriosa enfermedad del aceite tóxico de colza, escándalo sanitario que se debió en realidad al uso de organofosforados en alimentos y sirvió para coaccionar a quienes todavía fueran reacios a la entrada de España en la OTAN[10].
En cualquiera de los casos los hechos extraños se siguieron produciendo. El 15 de diciembre de 1995 murió en un accidente de tráfico Manuel Gutiérrez Mellado, que, habiendo surgido de los servicios de inteligencia españoles, había sido ministro de Defensa y vicepresidente del Gobierno durante la presidencia de Adolfo Suárez. Conocía muchos secretos. Y por tanto resultaba incómodo. Sobre el magnicidio de Carrero llegó a decir que había demasiadas personas interesadas en quitárselo de en medio. Era lo mismo que no decir nada.
Diez años antes murió Gregorio López Bravo, un político brillante que dirigió el ministerio de Asuntos Exteriores español del 29 de octubre de 1969 al 11 de junio de 1973. Asistió a la última misa de Carrero, en la iglesia de los padres jesuítas, el 20 de diciembre de 1973. Lamentablemente, el 19 de febrero de 1985 el avión en el que volaba López Bravo, camino de Bilbao, se estrelló a la altura del monte Oiz. Murieron 148 pasajeros. Él fue uno de ellos.
José María Aznar, siendo jefe de la oposición, estuvo a punto de morir en un coche bomba el 19 de abril de 1995 en otro atentado de ETA. Y el 1 de diciembre de 2005, Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, jefe de la oposición y presidenta de la Comunidad de Madrid, respectivamente, sufrieron un aparatoso accidente de helicóptero. Curiosamente, y por desgracia, el piloto de esa nave murió el 23 de diciembre de 2015 tratando de extinguir un incendio. Repare el lector en que jamás han sufrido episodios similares los máximos dirigentes del principal partido de la CIA en España, esto es, el PSOE. Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez nunca han necesitado avisos serios que les obligaran, bajo amenaza grave, a decir o ejecutar algo. Como vemos, no todos los dirigentes han tenido tentaciones de gobernar con independencia de aquellos hombres que los han aupado a las cumbres de las administraciones generales de los estados, sacando los pies del tiesto. Y los que por una u otra causa han caído en la tentación de desviarse, de excederse, de proponer una línea política distinta, han sufrido las consecuencias.
El año 2017 es paradigmático. Presidía a la sazón el Gobierno de España Mariano Rajoy Brey. El ambiente político estaba ciertamente caldeado. Para colmo, una serie de circunstancias y hechos desgraciados vinieron a excitar aún más los ánimos, y, sobre todo, ejercieron una gran presión en el Gobierno de entonces.
El primer suceso lamentable lo protagonizó el capitán del Ejército del Aire Borja Aybar García, un experimentado piloto de caza con más de mil horas de vuelo, que murió al estrellarse su Eurofighter en Albacete cuando regresaba del desfile militar anual por la Fiesta Nacional de España el 12 de octubre. Al día siguiente, sin que dieran tregua las calamidades, se iniciaron en el noroeste peninsular los peores incendios forestales de la historia reciente de España. Por supuesto, fueron incendios provocados. Y costaron la vida a medio centenar de personas, entre españoles y portugueses. Pero a nave rota (o por romper), todo tiempo es contrario. Así que como las desgracias nunca vienen solas, el 17 de octubre de 2017 moría otro piloto español, el teniente Fernando Pérez Serrano, al estrellarse su F-18 en la base aérea de Torrejón de Ardoz. Diez días después, y por increíble que parezca, con los miembros del Gobierno atenazados por los nervios y su moral minada por semejante cadena de infortunios, se lanzaba contra el presidente y sus ministros el verdadero órdago: la declaración unilateral de independencia de Cataluña. El objetivo era romper España, y que su Gobierno consintiera.
Mariano Rajoy resistió la presión, pero unos meses después prosperó contra él una moción de censura y fue desbancado por Pedro Sánchez.
Por otro lado, como ha sido probado por múltiples fuentes, tras el intento secesionista catalán se encontraba, entre otros, George Soros, un multimillonario inversor estadounidense de origen judío[11]. Este siniestro individuo, a través de sus numerosas empresas y otras organizaciones afines, con las cuales financia y soborna medios de comunicación, gobiernos e instituciones, persigue un mundo globalizado donde haya un único gobierno y una única religión. El éxito de su proyecto, claro está, pasa por deshacer las naciones y desterrar el cristianismo del mundo.
Ahora quien continúa su legado es Alexander Soros, su hijo, judío practicante, comprometido totalmente con las ideologías imperantes y con los líderes supuestamente de izquierdas, y que ha reconocido ser cien veces peor que su padre[12]. Además, manifestando una incoherencia total con los principios delicuescentes que pregonan, prometió erradicar la derecha de internet. Difícil concebir cómo conseguirán que su mundo soñado sea tolerante, plural y diverso, si sólo existen los que piensan como ellos. Obviamente, los Alexander Soros y Yuval Harari de turno quieren una humanidad degradada, uniforme y sumisa. Y por supuesto mucho menos numerosa. Por eso su palabrería vana y ociosa es pura filfa, charlatanería propia de embusteros, por no decir de maníacos malvados.
Justo antes de acabar, y para reforzar la interpretación que de estos sucesos estamos haciendo, debemos repasar lo ocurrido en España el 11 de marzo de 2004. Con seguridad, unas simples pinceladas sobre estos sucesos, ofrecerán un cuadro perfectamente nítido, de manera que el conjunto de lo expuesto hasta aquí pueda ser asimilado con facilidad.
[1]https://carlismo.es/de-montejurra-a-podemos/ (Comunión Tradicionalista, 13 de diciembre de 2014).
[2] https://carlismo.es/entrevista-a-s-a-r-don-sixto-enrique-de-borbon/ (Comunión Tradicionalista, 21 de diciembre de 2020).
[3] El comunismo, por supuesto, se ha ido transformado con el paso del tiempo. Pero como sus aspiraciones de adueñarse del mundo han seguido intactas, a pesar de sus puntuales derrotas, fue preciso en cierto momento cambiar de estrategia, o seguir, quizá, la táctica menos directa. Para tener un conocimiento cabal de la cuestión, remitimos al lector al libro del padre Alfredo Sáenz, Antonio Gramsci y la revolución cultural, editado en 2012 por la editorial Gladius.
[4] Ismael Medina. España indefensa, Ediciones Dyrsa, Madrid, 1986, páginas 121 y 122.
[5] El sacerdote diocesano Jorge López Teulón, en su libro Inspirados por Satanás (San Román, 2022) dio a conocer una pintura sorprendente de un magnífico pintor albanés, Pjerin Sheldija. De manera gráfica, la obra, titulada La gran mentira, refleja la inspiración diabólica de los sacrilegios y maquinaciones históricas de los partidarios de la doctrina comunista. En este caso particular plasma el engaño que sufrió una comunidad franciscana albanesa, acusada de esconder armas que habían sido colocadas en sigilo por los servicios secretos. La pintura ha sido incluida en el apartado de imágenes, al final del libro.
[6] https://elpais.com/diario/1980/05/07/internacional/326498410_850215.html (El País, 7 de mayo de 1980).
[7]https://www.abc.es/internacional/abci-hostilidad-israel-iran-ahmadineyad-201203130000_noticia.html#:~:text=El%2022%20de%20abril%20de,lo%20apoyaban%20ampliasen%20su%20influencia. (ABC, 13 de marzo de 2012).
[8]https://www.larazon.es/espana/cuando-espana-vendio-armas-iran-irak-enfado-estados-unidos_202303216418fb21079ac900017cfa58.html (La Razón, 21 de marzo de 2023).
[9] «Sin desconocer que la incorporación de España a la OTAN está vinculada a otros condicionantes de nuestra política exterior, el Gobierno que aspiro a presidir reafirma su vocación atlántica, expresamente manifestada por la Unión de Centro Democrático, y se propone iniciar las consultas con los grupos parlamentarios a fin de articular una mayoría, escoger el momento y definir las condiciones y modalidades en que España estaría dispuesta a participar en la Alianza» (discurso de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, 18 de febrero de 1981):
[10] Ver Andreas Faber Kaiser. Pacto de silencio, Reediciones Anómalas, 2020.
[11] Juan Antonio de Castro y Aurora Ferrer. Soros. Rompiendo España, Homo Legens, Madrid, mayo de 2020.
[12] https://www.wsj.com/articles/george-soros-heir-son-alexander-soros-e3c4ca13 (The Wall Street Journal, 11 de junio de 2023).
