INTRODUCCIÓN
El texto que sigue constituye una exposición sistemática del pensamiento político de Francisco Franco según la interpretación de Blas Piñar. Lejos de limitarse a una evocación biográfica, el autor aborda la relación entre doctrina y praxis política, planteando la cuestión de si el Caudillo fue únicamente un ejecutor de esquemas doctrinales heredados o, por el contrario, el artífice de un pensamiento político propio, adaptado a las circunstancias históricas que le tocó dirigir.
A través de un recorrido por los fundamentos del Estado surgido del 18 de julio —Estado de derecho, representativo, democrático, constitucional, monárquico, nacional, social, popular y católico—, el texto propone una lectura global del franquismo como proyecto político y social. Se trata de un documento que permite comprender cómo determinados sectores interpretaron el Régimen y su evolución en el contexto de la España contemporánea.
Durante el curso político 1983/1984 pude dedicar la atención a tres puntos vitales de nuestra historia contemporánea: al de los valores permanentes del 18 de julio, sobre los que hice una reflexión en el discurso de Valencia, con el que conmemoramos el Alzamiento Nacional; el de las causas y razones de la Victoria que coronó dicho Alzamiento, en el discurso del «Cid Campeador», en la Capital de España, el primero de abril; y el del proceso que puede llamarse postfranquista, y que alejándose, primero, y quebrantado, más tarde, aquellos valores, invirtió el signo de la Victoria, en la conferencia que en este Aula pronuncié hace ahora exactamente un año.
Voy a ocuparme hoy de un cuarto tema, complementario de los anteriores, para que no haya ninguna carencia en el estudio objetivo y apasionado, a un tiempo, que me he atrevido a hacer coram populo. Este cuarto tema abre la atención sobre el pensamiento político de quien acaudilló el Alzamiento del 18 de julio, alcanzó la Victoria del 1º de abril y construyó el Estado nacional, suprimido por la reforma política y por la Constitución de 1978.
La cuestión que aquí y ahora planteamos nos obliga a formular las siguientes preguntas previas: ¿Tuvo Francisco Franco un pensamiento político propio y original? ¿El Estado nacido de la Cruzada se configuró de acuerdo con unos esquemas de los que fue autor Francisco Franco? ¿Se limitó Franco a tomar patrones doctrinales ajenos y a moldear conforme a los mismos su tarea política?
Quisiera que la contestación a tales preguntas, y la totalidad de este trabajo, que elaboré con el respeto, la admiración y la gratitud que el Caudillo merece, sirvieran de homenaje, en un nuevo aniversario del 1º de octubre –exaltación en la Capitanía General de Burgos a la Jefatura del Estado– y de su onomástica –San Francisco de Asís–, a quien devolvió a España su unidad, su grandeza y su libertad, y a los españoles la dignidad y el orgullo de serlo.
Ante todo, y para no incurrir en errores graves de planteamiento y, por tanto, de solución, conviene que distingamos entre la doctrina y la praxis. La doctrina, por mucho que haya sido contrastada con la experiencia, no deja de ser una creación teórica, sometida, para su enjuiciamiento y veredicto, a la dura prueba de su aplicación a la realidad. La praxis, por otro lado, sin el apoyo de una doctrina a la que sirve de instrumento ejecutivo, no es más que un juego trágico de disparates sin límite, con algún posible acierto, como aquél asno que hizo sonar la flauta por casualidad.
El correlato entre la doctrina, como mística, y la política, como ejecución, se ha de mantener de tal forma que ni la doctrina, navegando en lo etéreo, se convierta en utopía, cuya imposibilidad de logro desconcierta desmoralizando, ni la política, abandonando las exigencias doctrinales, se transforme en puro pragmatismo, que haga de sus servidores sujetos propicios a lo que se llama vulgarmente el cambio de chaqueta.
«En política –dijo Franco– se actúa siempre en la realidad, y no valen doctrinarismos intemporales ni valen las teorías que en la práctica no se pueden realizar».
Esta correlación entre doctrina y política, entre pensamiento y acción, entre esquema teórico e impacto social, se regula por la virtud de la prudencia, virtud que caracterizó a Franco, frente a quienes «inquietos e hipersensibles en su ambición de llegar pronto a las metas, ignoran las realidades», realidades que, como él mismo señaló, obligan a «someter a las bridas del rigor más exigente la acción de gobierno y a renunciar al éxito momentáneo por la obra permanente y bien hecha. Por eso –concluía el Caudillo– la función de capitanía se opone por igual a la demagogia y a la cobardía, a la jactancia y a la indisciplina, a la arbitrariedad y a la indecisión».
Franco –político prudente– no tuvo prisa jamás. Sabía que era «imprescindible ajustar la marcha». El que quiere llegar con prisa no suele alcanzar la meta que se propuso, porque se descalabra ante el obstáculo y, al descalabrarse, se descorazona o perece. La «obra permanente y bien hecha» requiere tiempo y tenacidad –tiempo para que madure, y tenacidad para no abandonarla–, y Franco dio pruebas más que sobradas de su prudencia en la hábil conjugación del tiempo y de la tenacidad. Por eso su obra, bien hecha, aspiró a ser permanente. Si su permanencia no superó su ciclo histórico de vida personal no se debió a errores en el plano o a defectos en los materiales, sino a las termitas de la ambición o del resentimiento y a la furia iconoclasta de quienes nunca quisieron ni la reconciliación ni la paz.
Por eso, si la prudencia es la virtud esencial del político, poco importará si el pensamiento de que arranca en su tarea es original o ajeno. Lo que interesa de un político es la puesta en práctica, en la fluidez de un mundo real, preñado de problemas, de la doctrina que invoca.
Franco fue, aparte de un militar de prestigio y competencia reconocidos e innegables, un político en la acepción más alta y noble de la palabra y, por ello, un político prudente. Pero no sólo un ejecutor de esquemas doctrinales ajenos. Al presidir un capítulo largo de la vida española en circunstancias tan distintas como la guerra y la paz, el bloqueo exterior y la apertura subsiguiente, la expansión política y geográfica del comunismo, la miseria y la prosperidad, el cambio de mentalidad experimentado por la Iglesia como fruto del Concilio, se vio precisado a dar respuesta a problemas no previstos por los clásicos. En este sentido, puede afirmarse que Franco fue artífice de un pensamiento político propio, complementario del recibido.
Nuestra mirada va a centrarse en la tarea política de Franco. Lo que hoy examinamos son las batallas de la paz, iniciadas desde el principio, mientras se libraban los más duros combates en el frente.
Para Franco, el Alzamiento no fue un paréntesis, sino la instauración de un orden nuevo, fruto del genio español y de una rectificación histórica. Este orden nuevo implicaba un Estado no marxista, pero distinto del Estado liberal que perecía. Las líneas maestras fueron: una guerra para una revolución, pero una revolución tradicionalista.
Las realizaciones prácticas se hicieron visibles a través de un Estado nuevo: de derecho, representativo, democrático, constitucional, monárquico, nacional, social, popular y católico.
I – Guerra y revolución
Franco, al recoger las líneas maestras del Estado a construir, afirma que los hombres han ido a la guerra, no sólo para ganarla, sino para hacer una Revolución, «una revolución –para que nadie se asuste– constructiva y creadora».
«Porque hay dos formas de hacer la revolución: una, la violenta de los irresponsables, desmontando hasta sus cimientos el sistema levantado a través de los años para sustituirlo por la quimera de un ideal teórico sin base económica en que poder asentarse; otro, que reconociendo que un orden económico es obra de generaciones, que no se construye en un día ni puede improvisarse, se mueve en el campo de lo posible y, fomentando el progreso económico, amplía considerablemente los horizontes de la justicia social». Esta revolución auténtica no se nutre de palabras, sino de hechos, multiplicando los bienes y entre ellos «la elevación moral de nuestros hijos, el pan de cada día, la justicia en el campo y en la ciudad, la extirpación de los parados, la hermandad entre las clases».
La Revolución nacional española, con orden y libertad, no podía ser una revolución romántica de alboroto callejero. Llevaba consigo, y lo llevó de hecho, un cierre radical a la subversión comunista, que nos hubiera hecho retroceder a una nueva era de tiranía y de barbarie, pero, a un tiempo, un cambio en la estructura política y una transformación social en las condiciones económicas y de distribución de la riqueza, apoyada directamente en los valores morales de la fe católica y de la tradición.
II – Tradición y revolución
La conjugación de ambos términos no fue para Franco una habilidad dialéctica. Quienes así lo afirmen no sólo ignoran su talante y su obra concreta, sino el contenido exacto y no falseado de cada uno de los términos de esa conjugación. Ya sé que hay un lenguaje que los contrapone radicalmente. Pero no se olvide que la Tradición que se opone dialécticamente a la Revolución lo hace sustantivando la Revolución como enemiga de los valores tradicionales, y que la Revolución que trata de oponerse a la Tradición la considera, sin reflexionar sobre la misma, como estancamiento anacrónico.
Para conocer el pensamiento político de Franco sobre el tema es precisa una clarificación conceptual: la Tradición no es estática, sino dinámica; no es paralizante, sino creadora; y la Revolución, si no es una palabra vana o una apelación constante al desasosiego y a la revuelta, ha de apoyarse en la Tradición porque lo que no es tradición es plagio, y porque, como decía un himno de Juventudes, «del fondo del pasado nace mi revolución».
Hablar de una revolución tradicionalista no es un contrasentido, sino una definición política de la verdadera tradición y de la revolución auténtica, tal y como las contempló José Antonio, no sólo desde el punto de vista doctrinal, sino desde su incidencia en el quehacer político de su tiempo.
La síntesis que hace Franco no es una yuxtaposición artificial, sino una decantación de principios comunes a las corrientes nacionales, desde la Comunión Tradicionalista a la Falange, pasando por los monárquicos no liberales y los republicanos históricos para quienes España estaba por encima de la forma de Estado.
III – Estado de derecho
El Estado del 18 de julio no fue concebido como una fábrica de leyes sin referencia a una norma superior. El ordenamiento jurídico debía expresar, en lenguaje positivo, lo que una norma previa y superior al propio Estado prevé para el bien de la comunidad. Por eso fue un Estado de derecho natural, no sólo formal.
Desde esta concepción se buscó armonizar libertad y autoridad, evitando tanto el libertarismo disolvente como el totalitarismo absorbente. El Estado debía ser servidor del bien común. La libertad o la autoridad que lo destruyen se convierten en ilegítimas: la primera cuando se transforma en licencia, la segunda cuando degenera en tiranía.
El bien común fue entendido como una síntesis de valores económico-sociales, nacionales y religiosos, en una «unión de lo nacional con lo social bajo el imperio de lo espiritual».
IV – Estado representativo
El Estado del 18 de julio no desconoció la representatividad. Rechazó el sistema de partidos como cauce exclusivo de la misma, pero reconoció la participación del pueblo a través de las instituciones naturales: la familia, el municipio, el sindicato y las corporaciones profesionales.
La representatividad no se identificaba con la mecánica electoral partidista, que confunde la voluntad nacional con la opinión pública manipulada. La representación orgánica pretendía reflejar la estructura real de la sociedad, sin poner en litigio los valores esenciales del bien común.
V – Estado democrático
Franco distinguió entre democracia y liberalismo. La democracia no se identifica necesariamente con el sistema liberal de partidos. Existen múltiples formas de democracia, y la democracia orgánica fue considerada la más adecuada a la realidad histórica y social de España.
El liberalismo, al someter los valores fundamentales al juego de mayorías coyunturales, hacía imposible una verdadera democracia enraizada en principios permanentes.
VI – Estado constitucional
El Estado del 18 de julio fue un Estado constitucional, con una Constitución abierta. Los principios fundamentales eran permanentes e inalterables por su propia naturaleza, mientras que su desarrollo normativo podía adaptarse a las circunstancias históricas mediante los cauces legales previstos.
La ruptura posterior de este orden se realizó, según esta interpretación, mediante una reforma que vulneró los principios constituyentes del sistema.
VII – Estado monárquico
El Estado fue concebido como monárquico en su esencia, aunque durante años careciera de realeza efectiva. La Monarquía se entendía como unidad de mando y coordinación de funciones, no como simple ornamento dinástico.
La Monarquía que se proyectaba era una Monarquía de nueva planta, instaurada al servicio de los principios del Estado nacional, no como continuidad de la Monarquía liberal derribada en 1931.
VIII – Estado nacional
La Nación se concibe como unidad de destino en lo universal. El Estado debía servir a la Nación, fortaleciendo su unidad histórica, moral y política, respetando la riqueza de las regiones, pero sin permitir su disgregación.
La lucha contra el separatismo, tanto de clases como territorial, y contra el internacionalismo disolvente, formaba parte esencial de esta concepción del Estado nacional.
IX – Estado social
El Estado se propuso transformar la sociedad, elevando las condiciones de vida de los españoles mediante el desarrollo económico y la justicia social. La empresa libre y la socialización de beneficios fueron los pilares de esta política.
La organización sindical vertical, la legislación social, la seguridad social, la vivienda, la educación y la sanidad configuraron un modelo de Estado social que aspiraba a erradicar la miseria y asegurar el bienestar material.
X – Estado popular
El régimen se concibió como un Estado con respaldo popular, canalizado a través del Movimiento Nacional como instrumento de comunión política y social. El Movimiento no fue partido único, sino síntesis de las corrientes nacionales.
El entusiasmo popular, expresado en actos públicos y movilizaciones, fue interpretado como signo de adhesión al proyecto político del Estado del 18 de julio.
XI – Estado católico
El Estado se definió como confesionalmente católico. La religión católica fue considerada elemento esencial del bien común, tanto por su dimensión trascendente como por su arraigo histórico en la sociedad española.
La colaboración entre Estado e Iglesia se concretó en acuerdos y en una concepción del orden político subordinado a la ley moral, sin que ello implicara subordinación de la Iglesia al poder político.
CONCLUSIÓN
La reflexión final de Blas Piñar presenta el pensamiento político de Francisco Franco como un sistema coherente de principios orientados, en su visión, al bien común, la unidad nacional y la justicia social. Desde la conjunción entre tradición y revolución hasta la formulación de un Estado confesional, social y orgánico, el texto ofrece una síntesis doctrinal del modelo de Estado que el autor considera resultado de la obra del Caudillo.
Más allá de la adhesión o el rechazo que este planteamiento pueda suscitar, el documento constituye una fuente relevante para el estudio del franquismo desde dentro, es decir, desde la perspectiva de uno de sus defensores más destacados en la etapa final del Régimen y durante la Transición. Su lectura contribuye a comprender las claves ideológicas de un periodo central de la historia política española del siglo XX y el modo en que algunos de sus protagonistas interpretaron su propio legado.
