Dejemos a Franco narrar, en unas páginas que probablemente escribió para sus memorias, narrar su bautismo de fuego:
“El viaje a Melilla, para incorporarme a mi destino, se vio dificultado en su primer trayecto, desde Ferrol a la Coruña, indispensable para tomar el tren para Madrid, por un fortísimo temporal, que tenía el puerto cerrado a la navegación.
Pero, enterado de que, a pesar de ello, un barco, el Paulina, iba a hacerse a la mar, bajo la entera responsabilidad de su Capitán, hice gestiones y conseguí que me admitieran como pasajero, corriendo, durante cinco horas, el más duro temporal de mi vida, hasta el extremo de tener que alegrarse, en aquellas horas, de ser hombre de tierra y no de mar.

En la mañana del día siguiente, emprendí el viaje por tren para Madrid desde donde, tras despedirme de mi padre, continué viaje a Málaga. Conforme nos acercábamos a la capital andaluza, se acusaba en las estaciones un mayor tráfico militar, con la presencia de soldados. La población nos esperaba acogedora y alegre, con ese hechizo natural de Málaga, que cautiva a todo el que la visita. Todavía no había sufrido la invasión moderna del turismo. Esta impresión de simpatía que Málaga ofrece a la llegada, había de trocarse en admiración cuando, al correr de los años, se la conoce más a fondo y puede apreciarse, entre las excelentes cualidades de su carácter, el desconocimiento de la envidia, ese mal tan arraigado, entre otras muchas virtudes, en el pueblo español.
En esta ocasión, la vida de Málaga se veía alterada al encontrarse convertida en base de abastecimientos de Melilla y lugar de evacuación de sus heridos, a través de su Hospital de la Cruz Roja, en el que toda la población malagueña se prodigaba en atenciones.
Después de recorrer y disfrutar de la población durante el día, a las nueve de la noche, embarcamos para Melilla, a donde llegamos, tras una feliz travesía, a las siete de la mañana del día siguiente, atracando en el puerto en construcción, a los pies del promontorio ocupado por la vieja ciudad y en el que, bajo un brillante sol africano, daba comienzo el tráfico. Moros y cristianos se afanaban en la descarga de los barcos, mientras una hilera de coches de punto esperaba el desembarco de los viajeros.
La primera dificultad que al forastero se presentaba, era la de encontrar alojamiento, lo que imponía una larga peregrinación por la población, por fondas y lugares de dormir, hasta encontrar acomodo, dado el intenso movimiento de población. Esto nos llevó a recorrer una parte importante de la ciudad, encontrando satisfacción a nuestras necesidades, en unos modestos pabellones que con el nombre pretencioso de Pabellón Municipal, ofrecía unas modestas y limpias habitaciones, muy apropiadas al caso.

Asegurado el alojamiento, hice mi presentación ante el correspondiente negociado del Estado Mayor de la Comandancia General, que me ofreció la lista de destinos vacantes en los distintos Regimientos, entre los que elegí, de acuerdo con el crédito de que gozaban en aquellos momentos, el África 68, que tanto se había distinguido en los combates del mes de Diciembre, y que había venido a mandar el prestigioso Coronel Villalba, último Director de la Academia de Infantería.
Decidido el destino, se efectuó la incorporación al Regimiento, ante el Teniente Coronel Mayor, que me destinó al Segundo Batallón, perteneciente a la Columna ubicada en el Campamento General de Tifasor, al que debía incorporarme con la posible urgencia.
Antes de realizar mi incorporación, necesitaba preparar el ajuar de campaña, compuesto por la cama y sillón plegables, palangana, cantimplora, linterna de mano, platos, cubiertos y demás efectos indispensables a la vida de campaña, de los que estaban bien provistos los bazares y comercios de la ciudad.
Melilla se había convertido en una población moderna, que se extendía por el llano, hasta la proximidad de los fuertes permanentes que la circundan, en contraste con la Melilla vieja, recoleta y vetusta, acomodada tras las murallas de la antigua fortaleza, en la que todavía se conservaban los pabellones y alojamientos de la antigua guarnición, hoy habilitados para oficinas y almacenes de los Cuerpos.
La parte moderna de la Capital estaba invadida por una plaga de establecimientos públicos, constituidos por cafés, bares, tabernas y centros de todos los tonos, por los que se pretendía satisfacer a la demanda. En esto se padecía un lamentable error, al juzgar a los componentes de los modernos ejércitos, por la vieja estampa del militar jaranero, vicioso y despreocupado. Hoy su calidad es muy distinta, aunque todavía padezca lo que algunos pensadores llamaron “hipocresía del mal”. Conserva esto todavía tal influencia en la sociedad, que hay más buenos que consienten en aparentar como malos, que malos que pretenden hacerse pasar por buenos.

El frente de combate se encontraba en las orillas del Kert, a unos treinta kilómetros de la plaza. El territorio interior asegurado por una serie de posiciones dominaba las líneas de comunicación. La columna a la que había de incorporarme, se hallaba en Tifasor, en la parte más septentrional del frente, próxima a la desembocadura del Kert.
Llegado el día de la partida, me incorporé al convoy de carros, al que acompañé a pie durante siete horas, hasta alcanzar, a la caída de la tarde, el campamento. Hemos de recordar que todavía no había tomado carta de naturaleza en los Ejércitos, la tracción mecánica y que el carro era el medio de transporte normal.
A mi llegada, conocí al que había de ser mi primer Capitán en campaña, a quien tanto debo. Procedía de aquellos Capitanes puritanos del Batallón de Cazadores de Madrid, que habían venido voluntarios a la campaña, y que me acogió como si fuese un hijo. Y tanto se propuso completar mi formación que, como maestro, le guardo eterna gratitud.

No se ha valorado debidamente en los ejércitos la influencia del Capitán en la formación del Oficial que inicia su profesión. ¡Cuántos Oficiales conocía que, por sus condiciones personales hubieran sido brillantísimos Oficiales y que, por haber tenido la desgracia de tropezar con primer Capitán jaranero y vicioso, se vieron impulsados por el mal ejemplo, convirtiéndose, sin apercibirse, en unos desgraciados para toda su vida! ¡Qué contraste con la preocupación constante de mi Capitán para formarnos! Aquel interés en convencernos de la grave responsabilidad que puede contraerse por el descuido o falta de exactitud en el servicio y la necesidad de prestar los servicios a punta de lanza. La forma de hacerse amar y respetar del soldado, dándole ejemplo constante y cuidándose del interés de sus problemas. El aprovechar todos los espacios de tiempo disponibles, para preparar su perfeccionamiento en el tiro y su preparación para el combate.”
