La herida del Biutz: sangre de Franco en Marruecos
La grave herida sufrida por Franco en el Biutz, en los combates de Beni Anz, y su bautismo de sangre, ha sido objeto de no pocas infundadas especulaciones sobre su alcance físico, casi siempre prescindiendo de las referencias en la documentación conservada. Algunos de los errores habituales sobre los hechos proceden del relato realizado posteriormente por el cronista El Tebib Arrumi (Víctor Ruiz Albéniz), rico en inexactitudes. Sin embargo, según vamos a revelar, el teniente Franco ya había sido herido antes aunque no aparece registrado en las incompletas Hojas de Servicio que se conservan, según testimonio de uno de los médicos militares de la época:
“Como nota curiosa y verídica pues los de aquellos momentos fueron comentados, se habló por Tetuán de Franco y salió a relucir su ascenso por méritos de guerra a Capitán. Fue en Izarduy. Llegó de la Península voluntario, destinado al Regimiento, núm. 68 y enseguida pasó al Tabor de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla número 2. En septiembre del año 1914, hubo una descubierta y aguada para las posiciones de Izarduy, inmediata a Tetuán y a Franco le tocó a la derecha, por orden de Berenguer que ya lo tenía como muy valiente y le dio el peor puesto. Fue herido en un muslo y pierna derecha de pronóstico leve. No se le hospitalizó y se le hizo cura ambulatoria. Su compañero y jefe, el Teniente Montilla, cayó muerto y Franco se hizo Jefe de las Fuerzas del convoy. Los médicos militares D. Antonio Maíllo y D. Ricardo Bertoloty se atribuían en aquella época la curación del Teniente Franco, pues los dos la vieron”.

A lo largo del tiempo algunos de los médicos que atendieron al joven capitán por su herida en Biutz prestaron su testimonio. En 1956 uno de ellos, ya coronel médico, redactó un largo escrito sobre los hechos que Franco guardó en su archivo y en el que destaca la precariedad de medios de la sanidad militar del frente. Las fichas y todo lo referente a su compañía ese día le fue entregado en 1949.
La operación, sobre la que había rumores previos, tenía por objeto infligir un “duro castigo a la poderosa y bien armada Kabila de Angera”. Tres columnas y una de reserva al mando de los generales Milans del Bosch, Martínez Anido y los coroneles Génova y Peralta. La del centro al mando del coronel Juan Génova salió el miércoles 28 de junio de 1916 dirigiéndose hacia el frente. El día anterior Tabor de Regulares de Infantería de Melilla nº 2 con el teniente Franco al mando del comandante Enrique Muñoz Gui salió, según se registra en la Hoja de Servicios, hacia el Rincón de Medik donde pernoctaron llegando el día siguiente a Ostaguna donde a las tres de la madrugada del 29 se unieron a la 1ª Media Brigada de Cazadores del comandante Génova. La columna llevaba 3 médicos (Antonio Mallou, Alfonso Gaspar Soler y Enrique Blasco Salas). El jueves 29 de junio las fuerzas avanzaron “por veredas y vericuetos de a uno con la consigna de no hablar ni fumar”, hacia Kuida-Federico donde se situaría la Intendencia, la Artillería y el puesto de mando. Desde allí saldrían las fuerzas para asaltar las “lomas de las Trincheras entablando combate con el enemigo que se hallaba fuertemente atrincherado en dichas lomas desde las que se hacía un nutrido fuego”.

“Exactamente al amanecer se oyó un pitido. Lo dio el Comandante Vega. Eran las cinco en punto de la mañana. Hubo unos tiros sueltos que rápidamente se generalizaron con una granizada de tiros y silbidos de las balas por todas partes en ambos bandos. Se lanzaron al ataque y a caballo los Regulares de Vega, que tuvieron que echar pie a tierra enseguida, porque los caballos se caían y resbalaban por aquellos riscos intransitables. Fue muy comentada esta descubierta a caballo. Los moros tenían unas trincheras de dos metros de ancho por uno de longitud, de toda la loma de Ain Yir (loma de las trincheras) y desde allí hacían un fuego intenso y continuo, respondiendo al nuestro y bien pertrechados. A las cinco y media vimos como pie a tierra cayó herido de un balazo en el corazón el Comandante Vega, el cual dio una vuelta rápida como un trompo cayendo al suelo muerto. Aún conservaba los guantes puestos y el silbato colgado al cuello. Fue una muerte emocionante y espectacular para todos difícil de olvidar, por lo raro del movimiento giratorio, al morir. El poblado de “El Biutz” se veía a la derecha de la Columna y el mar más allá. La Columna del General Milans del Bosch comenzó su despliegue más tarde, al unísono con la escuadra, con sus atronadores cañonazos. Dijeron en el acorazado Pelayo, y los cañoneros Álvaro Bazán y Almirante Bonifaz. El objetivo de sus cañones fue magnífico por sus impactos que veíamos todos y nos alegraban cuando arrasaban todo, cosechas y poblados.
La única ambulancia, con un mini puesto de socorro, se situó detrás de las fuerzas de ataque. Los heridos llegaban por su pie o por otros soldados, los muertos se dejaban al lado de la ambulancia. Allí estaba Blasco Salas quien determinaba a quiénes evacuar hacia Kudia Federico, el hospital de sangre, a unos 300 metros, “donde no había una cama sino camilla” (en la Hoja de Servicios aparece el nombre de Kudia-Sedenia); los mandaba “como podía, a pie, en camilla, en artolas sencillas, algunos en litera y casi todos en camillas con dos sanitarios. Los muertos en mulos o caballos colgados a través con dos o tres cada caballería. A los heridos se les ponía la tarjeta-diagnóstico, casi todos rojos (graves, no transportables)”. Los medios de aquellos médicos eran muy precarios:

“En la línea de fuego solo existía alguna camilla; los clásicos paquetes de cura individual; la bolsa de batallón; la mochila de Regimiento y la cartera de cirujano del médico, que no contenía cosa útil. Escaso material, pues a algunos Cuerpos les faltaban los Botiquines de Batallón y los Cestones de Repuesto. Las Ambulancias de entonces llevaban unas cargas de camilla, en total 12. Cuatro mulos con artolas sencillas; dos mulos con artolas literas (acostados). Un mulo con dos Botiquines de Batallón, otro con los de Repuestos y otro mulo de respeto y nada más. Alguna vez se llevaba una tienda hospital (que era una cómoda corriente). Con todo esto hubo que evacuar 247 bajas. En total se dijo que eran 200 heridos y 80 muertos, así que la peor parte la llevó la columna de Franco.
En Kudia-Federico había unas camillas armadas que hacían de cama […]. Un quirófano rudimentario con una mesa corriente de cura; las bombonas clásicas y grandotas con algodón y gasas. Muchos paquetes de vendas. La cartera de Cirujano del Médico, que era insuficiente. Esto estaba en Federico donde estuvo Franco entre la vida o la muerte”.

“Pasaban heridos y muertos. Aún era muy temprano. Entre ellos un Capitán muy joven, que luego supimos se llamaba Franco y que era el más joven de África. Traía una herida sangrante sin curar en la línea de fuego; se le reconoció rápidamente; se tapó con gasa; se le cohibió una gran hemorragia; se le dio yodo en la herida, compresas, una venda y un imperdible, evacuándose enseguida en una camilla con dos sanitarios a Federico. El balazo era…”
Pese a estar identificados los puestos sanitarios sufrieron el fuego enemigo a manos de pastores que habían quedado en la retaguardia por lo que quienes estaban en la Ambulancia tuvieron que defenderse con las armas.
“Pasaban heridos y muertos. Aún era muy temprano. Entre ellos un Capitán muy joven, que luego supimos se llamaba Franco y que era el más joven de África. Traía una herida sangrante sin curar en la línea de fuego; se le reconoció rápidamente; se taponó con gasa; se le cohibió una gran hemorragia; se le dio yodo en la herida, compresas, una venda y un imperdible, evacuándolo enseguida en una camilla con dos sanitarios a Federico. El balazo era en abdomen, gravísimo, creyendo que moriría antes de llegar a la posición de Federico. Se desangraba de hemorragias y tenía el presagio de perforación de intestinos. Recuerdo me dijo, como muchos más heridos lo decían:
—¿Doctor, me moriré…? ¿Qué va!, le contesté. Eso no es nada. Habéis estado hechos unos jabatos.
—Él dijo: Todo por España. Tengo fe en el triunfo… y se lo llevaron—.

Probablemente esta primera cura le salvó la vida. Después le atendió Miguel Senzo Cano quien al ver “que tenía un balazo en el vientre” y no le era posible determinar si “tenía perforación intestinal”, le administró morfina y reposo, permaneciendo en esa situación 13 días. Franco, muchos años después, dio una versión de lo sucedido que su hija contó para un documental extranjero que la documentación confirma. El dictamen en la posición de la Ambulancia fue “Herida de arma de fuego región central derecha del abdomen y de pronóstico gravísimo, habiendo curado en línea de fuego por el médico Blasco Salas y evacuado al Puesto de Socorro de Kudia Federico, con tarjeta diagnóstica de evacuación roja (no transportable)”. Había llegado hasta el puesto ayudado por sus regulares. Lo contado por su hija no aclara dónde sucedió lo siguiente, si en Ambulancia o Kudia Federico, pues la tarjeta roja indicaba que se esperaba su muerte. Franco apuntó con un arma y dijo: “Yo salgo”.
Finalmente, el 15 de julio, fue trasladado al Hospital Militar Docker de Ceuta; pero no había cirujanos. Allí le atendieron los doctores Layores, Cosme Aznares, Fernández-Rojo y Sáenz de Sicilia. Sin duda la constitución física de Franco ayudó a una rápida curación. Sin embargo, la columna se retiró hacia Dar-Riffien y “cundió la noticia de que aquel capitán tan joven herido, llamado Franco, había muerto”; en el parte de operaciones se le citaba como “muy distinguido por su insuperable valor, dotes de mando y energía desplegada en altísimo grado en dicho combate”. En realidad fue “la quietud y la falta de perforación” lo que le salvó la vida. Algo milagroso tuvo y el firmante anota: “Yo pregunto ahora, no tendría alguna perforación y Dios poderoso hizo que cicatrizase de por sí”.

Franco siempre achacó a las declaraciones de los médicos que no se estimaran sus méritos para la concesión de la Laureada de San Fernando. Muchos años después hizo un relato de los hechos a su médico Ramón Soriano:
“A mí estuvieron a punto de concedérmela en Marruecos; pero la perdí por una torpeza del médico militar. Fuimos copados por los moros en un desfiladero, donde cayeron 11 oficiales de los 15 que íbamos. Yo recibí un balazo en el hígado, pero a pesar de ello, continué dando órdenes dirigiendo las operaciones desde la camilla. Pasó un médico militar a quien pedí que me atendiera. Me contestó que antes era el teniente coronel de su Regimiento. Entonces, mandé al asistente que me cargara la pistola y al siguiente médico que pasó (doctor Cuevas me parece recordar que se llamaba) le hice frenar en seco. Era un buen amigo. Me atendió. No obstante, tardé diez días en ser evacuado al Hospital, adonde llegó con la satisfacción de haber logrado sacar a las tropas del desfiladero y copar a los moros. Pues bien, en el expediente contradictorio que se formó, el médico, creyendo que me favorecía manifestó que yo me hallaba muy grave, al borde del colapso, lo cual no era verdad, pues en ningún momento perdí el conocimiento. Entonces, el fiscal dijo que difícilmente podría dirigir las operaciones hallándome en aquel trance, por lo que me denegaron la Laureada. El médico, que era buena persona, se tiraba de los pelos”.

El testimonio posterior de uno de los médicos viene, de algún modo, a confirmar la versión de Franco: “en el combate se comentó en Tetuán que Franco estuvo muy valiente y que una lluvia de balas cruzaban a su alrededor, hasta el punto que tomó un fusil de un herido y al ir a disparar para defenderse cayó herido y vino ayudado por regulares suyos deprisa a curarse a la Ambulancia”. Lo que también parece confirmar una de las diversas Hojas de Servicios conservadas: “siendo herido gravemente en el pecho, cuando con su Compañía atacaba la citada posición y tomaba la altura de la misma, continuando al mando de sus fuerzas a pesar de su grave herida un corto tiempo, hasta que por efecto de la hemorragia sufrida fue retirado por unos soldados de su Compañía siendo evacuado”.


