No contamos con grandes aportaciones a la hora de precisar lo que Baleares significó en la vida de Franco. Alejado de toda conspiración, había declinado la posibilidad de defender al general Sanjurjo ante el Consejo de Guerra por su intento de golpe de estado de 1932, como en Galicia, se centró en las obligaciones de un destino que asumió en febrero de 1933. En las islas tiene tiempo para trabajar en diseños de transporte de ametralladoras y máquinas de acompañamiento (el diseño de Franco fue llevado a la cadena de producción y entró en servicio antes de la guerra civil), y en trazar un plan de defensa de las islas que en 1936 le servirá para dirigir la defensa de Mallorca por teléfono. En este sentido, en mayo de 1933, Franco dirigiría un informe técnico al Ministro Azaña quien según anota en su diario parece estar cambiando de opinión con respecto al militar. Incluso planea un viaje a las islas. El presidente Azaña cae definitivamente el 12 de septiembre siendo sustituido por el republicano centrista Alejandro Lerroux, líder de los radicales y opositor a la política azanista. No pocos miembros de su partido tenían buenas relaciones con los militares, lo que debió de dar esperanzas a Franco para que se produjera una rectificación. En Baleares, lo más significativo es que el general, que era miembro de la Adoración Nocturna, acude a los turnos de guardia ante el Santísimo que le corresponden, lo que dada la política antirreligiosa del primer bienio republicano era todo un desafío: Franco seguía siendo Franco.
Dado el enfrentamiento parlamentario entre el nuevo presidente, Alejandro Lerroux y el grupo de Azaña, la convocatoria de próximas elecciones, con un nuevo sistema electoral proporcional corregido en beneficio de la mayoría, era un hecho asumido en el verano de 1933. Las elecciones del 19 de noviembre de 1933 poco tuvieron que ver con las de 1931. No solo pesaba el enorme desgaste de los republicanos y la tendencia revolucionaria imperante en el PSOE, sino que “las derechas” tenían partidos organizados, la CEDA —Confederación Española de Derechas Autónomas— de Gil Robles y Renovación Española de José Calvo Sotelo, que no existían en 1931. Las elecciones de 1931 no trasladaron al parlamento la realidad política de los españoles, las de 1933 sí. Las derechas obtuvieron un 40,5% de los votos, la izquierda un 21,6 y los centristas un 15,3%. Las derechas tenían casi 200 escaños, el PSOE quedaba reducido a 55 asientos. Serrano Suñer, por primera vez, intentó que su cuñado, el general Franco, concurriera a aquellas elecciones en las filas de la CEDA para lo que se desplazó a Mallorca. El general superó la tentación. Quizás en ello pesara el anodino papel de su hermano Ramón en un parlamento, que pronto abandonó, tras su elección en 1931.
La tendencia antidemocrática de los republicanos de izquierdas, encabezados por Azaña, se hizo inmediatamente patente cuando presionaron al presidente de la República para que convocara inmediatamente nuevas elecciones. El presidente de la República en vez de confiar el gobierno al jefe del grupo más votado, José María Gil Robles, nombró presidente del gobierno a Alejandro Lerroux quien asumió el cargo el 16 de diciembre de 1933. Su programa era hacer una “república para todos los españoles” en vez del proyecto azanista de la “república para los republicanos”, contando con el apoyo de la CEDA. La amplia base de apoyo parlamentario permitía pensar en una estabilización definitiva de la II República.

La política de Lerroux se orientó hacia la integración de sectores sociales a los que el azanismo había echado de la República como los católicos y a otro nivel a los militares. El encargado de atraer a los militares descontentos fue el nuevo ministro de la guerra y diputado por Badajoz, el radical Diego Hidalgo y Durán. Lo primero era subsanar la política de revisión de los ascensos por méritos de guerra y devolver empleos o facilitar los ascensos cegados por Azaña. A diferencia de la actuación por decreto el nuevo ministro llevará la propuesta al parlamento. Dos meses después de asumir el cargo una vacante en el empleo de general de división le da la oportunidad de adoptar una rectificación con harto valor simbólico. El 27 de marzo de 1934 el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora y Torres, firma el decreto que convalida la propuesta del Ministro de la Guerra avalada por el Consejo de Ministros de ascender a Franco a general de división. La prensa de derechas, encabezada por el ABC, aplaude la medida un día después:
“Ha ascendido a divisionario el general don Francisco Franco Bahamonde. Sigue siendo en su nueva categoría el general más joven de España. Sus méritos de guerra le dieron seguidos los tres ascensos para la faja. ¿Quién no recuerda las proezas del comandante Franco en el Tercio? Las renovó como jefe de columna, de teniente coronel y de coronel. Fue siempre, durante toda la campaña de Marruecos, uno de los factores más valiosos e indiscutibles. Personifica no solo el valor, sino también la pericia, la capacidad táctica y la del mando. Y une a su bizarría y su aptitud una cultura singular en todo lo que se relaciona con el Ejército y los problemas militares. Su ascenso será bien recibido en todas partes.
El acuerdo del Consejo

En el Consejo celebrado el pasado viernes, el ministro de la Guerra señor Hidalgo, llevó al estudio de sus compañeros de Gobierno la propuesta de varios ascensos en el generalato y otros asuntos de interés militar.
Virtualmente, en dicha reunión quedó acordado el ascenso del ex director de la Academia General, teniendo en cuenta que es el general de brigada de mayor antigüedad en el empleo y que ha desempeñado mandos activos y de responsabilidad.
Todo ello ha hecho inclinar el ánimo del Gobierno en favor de dicha propuesta, y en el Consejo de ayer quedó acordado el ascenso del ilustre ex jefe de la Legión.
El nuevo general de división quedará en destino actual de Baleares, donde parecen muy convenientes sus servicios.
El retrato que el ministro Diego Hidalgo hará del general en un libro a finales de 1934 no puede ser más clarificador:
“Conocí a este General en Madrid en el mes de febrero. Le traté por vez primera en mi viaje a Baleares, y en aquellos cuatro días pude convencerme de que su fama era justa.
Entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes militares, y sus actividades y capacidad de trabajo, su clara inteligencia, su comprensión y su cultura están puestas siempre al servicio de las armas.
De sus virtudes, la más alta es la ponderación al examinar, analizar, inquirir y desarrollar los problemas; pero ponderación que le impele a ser minucioso en el detalle, exacto en el servicio, concreto en la observación, duro en la Ordenanza, exigente, a la vez que comprensivo, tranquilo y decidido.
Es uno de los pocos hombres, de cuantos conozco, que no divaga jamás. Las conversaciones sostenidas con él sobre temas militares durante mi estancia en aquellas islas me revelaron además sus extraordinarios conocimientos. Toda la técnica de la guerra moderna se asienta sobre los cimientos que los grandes capitanes trazaron en la Historia; pero su desarrollo está basado en el aprendizaje de la Gran Guerra, que no legó solamente dolores y lágrimas, sino grandes enseñanzas para lo futuro en todos los órdenes de la vida, y muy especialmente en el militar.
El hombre y la máquina desplegaron sus actividades conforme a nuevas fórmulas, que dieron en tierra con toda una serie de problemas que se tenían por resueltos y que, al variar las premisas y los elementos integrantes, habían de hacer variar la técnica y sus resultados. La Ciencia, aparte de la llamada literatura de la guerra, que, por fortuna, merece más bien el nombre de literatura de la paz, ha recogido en obras escritas por los caudillos y por los cerebros de los ejércitos cuantas enseñanzas y deducciones se desprenderían de los nuevos armamentos, que forzosamente habían de crear nuevos métodos y procedimientos.
Y Franco, en el silencio de su despacho, lleva muchos años, los años de paz, consagrado a documentarse. El estudio ha dado frutos, y hoy bien puede afirmarse que no hay secretos para este militar en el arte de la guerra, elevado a ciencia por el ingenio de los hombres.
No es el narrador más o menos elocuente, sino el expositor de problemas, que hace pasar de la teoría y de la tesis genérica a la práctica y al caso concreto, analizando con frialdad los postulados de la ciencia guerrera desde el punto de vista del armamento y estudiando con calor cuanto afecta al soldado, a su moral y a su espíritu”.
Lejos de Madrid el general Franco debió de tener escasa información, más allá de lo que publicaba la prensa, de las maniobras políticas que se sucedían entre bambalinas y de la continua interferencia, contra la lógica democrática, del presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora en la convocatoria de elecciones y a la hora de revertir el resultado de las urnas. El nuevo gobierno, asentado en el Partido Radical, necesitaba una mayoría parlamentaria estable y ello conducía, irremediablemente, a contar con el apoyo del partido mayoritario, la CEDA, algo a lo que se oponía el Presidente de la República. El problema político que iba a pesar como una losa sobre la viabilidad de la II República es que tanto los azanistas como los socialistas tenían una concepción patrimonial de la República y, por tanto, todos aquellos que no pertenecieran a sus filas, además de estar incapacitados para gobernar aunque ganaran las elecciones, tenían la consideración de enemigos de ellos y de la II República.
Alejandro Lerroux asumía que era necesario, para estabilizar unos gobiernos que duraban escasos meses, de un modo u otro, el pacto con Gil Robles, pero a ello se oponía un sector de los radicales encabezados por Martínez Barrio, que asumían ese concepto patrimonial del régimen republicano, lo que condujo a una ruptura en su bancada y a una disminución de la minoría radical. En sus memorias, escritas en 1937, un tanto anárquicas, Lerroux se preguntaba: “¿había de repugnarnos entrar en nobles inteligencias, a la clara luz del día, con elementos de origen socialmente conservador, cuya mayor parte no habían profesado antes ninguna disciplina política?”. En realidad, la CEDA no deseaba acabar con el régimen democrático sino corregir los excesos de la república jacobina de Azaña y diluir el peligro de la revolución. Lerroux, por su parte, había interiorizado la idea de que era necesario el apoyo de “las derechas” para “conservar y gobernar” la República.
Lo que Franco debió de pensar, en los primeros meses de 1934, es que la situación estaba cambiando, aunque probablemente quedara contrariado ante la caída de Lerroux y su sustitución por Ricardo Samper Ibáñez el 28 de abril de 1934, pero se mantenía en la cartera de Guerra su gran valedor, el ministro Diego Hidalgo. Como los anteriores, era un gobierno débil que necesitaba la constitución de una mayoría parlamentaria lo que pasaba por el acuerdo con la CEDA. Es más que probable que en su pensamiento en estos años Franco fuera partidario de un gobierno democrático apoyado por el ejército frente a las amenazas de la revolución socialista o anarquista.
Si bien las maniobras del presidente de la República, negando el gobierno al partido mayoritario y sosteniendo ejecutivos inestables sin mayoría parlamentaria, eran un puñal clavado en la viabilidad de la urgente estabilización de la II República tras las elecciones de 1933, no menos importante es para el historiador la inestabilidad que creaba la izquierda revolucionaria, en sus facetas anarquista o socialista, para las que el régimen democrático era solo una fase en el camino hacia la implantación del comunismo libertario o de la dictadura del proletariado, el estado socialista. Hay que recordar que en esos años ni la CNT, ni la FAI, ni el PCE ni la mayor parte del PSOE pueden considerarse como partidos prodemocráticos. Frente al proyecto de esas opciones, conviene anotarlo, también existe el derecho a la resistencia, porque la revolución preconizada por la izquierda, cuando se ponía en marcha, no era un movimiento romántico, tal y como se desprende de la forma en que la abordan no pocos historiadores, sino que dejaba un siniestro reguero de sangre y cadáveres para instalar su dictadura.
En octubre de 1934 tanto los separatistas catalanes, como los socialistas, como anota Lerroux, decidieron colocarse “voluntariamente fuera de la ley” mediante una insurrección armada que debía encender la mecha revolucionaria y el acceso definitivo al poder. Aún hoy, no pocos autores tratan de difuminar lo que esta acción contra la democracia y contra los resultados de las urnas supuso políticamente. Así, por ejemplo, Paul Preston, llega a afirmar, no exento de cinismo, que las intenciones de los socialistas eran “limitadas y defensivas”, algo así como un acto de presión limitado contra la entrada de los ministros de la CEDA. En realidad fue algo más que eso: un ejercicio contra una decisión lógica y democrática tomada como excusa y elemento detonante para desencadenar la revolución. Otra cosa es que el movimiento fuera precipitado y no encontrara el apoyo que esperaba. Pero Preston, como tantos otros, lo que hace es remozar las tesis justificatorias de la ideología antifascista de la época que cubría el intento revolucionario, el asalto violento del estado, con la falsa imagen de que era una acción defensiva contra la llegada al gobierno de las derechas, lo que era tanto como la llegada del fascismo y ante el fascismo cualquier violencia es legítima como parecen mantener algunos autores.
Minimizar los hechos en función de los resultados, que es lo que suelen hacer algunos historiadores que parecen dar la razón a los que se alzaron en armas, no puede aminorar su gravedad. Fundamentalmente, porque sin la reacción rápida del gobierno no es aventurado estimar que la chispa revolucionaria se hubiera extendido por el país hiriendo de muerte a la República, que era lo que con seguridad los sublevados dirigidos por el PSOE esperaban. De ahí que compartamos la reflexión realizada por Franco dos décadas después: “Si no se obra como se obró, hubiese triunfado la revolución”.

No es posible obviar el camino que condujo a octubre de 1934, ni ignorar el discurso “golpista” de los líderes socialistas y anarquistas. La respuesta de la izquierda a los negativos resultados electorales de noviembre de 1933 no pudo ser más elocuente ni más clarificadora. El 8 de diciembre se produjo una insurrección armada anarquista. Los anarquistas ya lo habían hecho en el Alto Llobregat en enero de 1932 —el gobierno recurrió al ejército para sofocar la revuelta—, y en enero de 1933. La insurrección armada anarquista, dirigida por Buenaventura Durruti, Cipriano Mera y Joaquín Ascaso, se extendió por zonas de Aragón, Cataluña, Andalucía, Valencia y La Rioja. Su objetivo: implantar el comunismo libertario. El gobierno respondió declarando el Estado de Guerra y enviando al ejército. Para la opinión pública de derechas la amenaza de la revolución no era una entelequia sino una realidad palpable.
A la insurrección anarquista siguió la preparación de la insurrección socialista, posibilidad de la que existían signos evidentes. El propio Lerroux, por ejemplo, anota en sus memorias que “la casa del pueblo de Madrid era un centro de conspiración revolucionaria. Sospechabase que pudiera ser también depósito de armas y municiones. El Ministerio de la Gobernación quiso clausurarlo o someterlo a una inspección y a una intervención. El Presidente del Consejo encontró las resistencias en el de la República”. Pero finalmente hubo que clausurarla. La insurrección fue preparada durante meses y por ello el socialismo optó por evitar las huelgas. Mientras, se procuró la reunión de un arsenal mediante el robo o la compra y la creación de depósitos clandestinos de armas que sirvieran para armar a los primeros insurgentes. Esta situación no era desconocida para el gobierno. De hecho, se especuló con que el asalto socialista al poder pudiera realizarse con motivo del traslado de los restos de los ejecutados por la rebelión republicana de Jaca hasta un nicho que iba a colocarse en el arco central de la Puerta de Alcalá, por lo que el gobierno suspendió el acto. No solo el gobierno temía la posibilidad de una revolución, también la izquierda republicana, que, dirigida por Azaña, planteaba como solución la convocatoria de elecciones en la creencia de que serían ganadas por ellos. Ni Alcalá-Zamora ni el gobierno estaban dispuestos y se prepararon para obrar en consecuencia. El éxito o el fracaso de una revolución armada, tras el fracaso de los anarquistas, dependía de la respuesta del gobierno y del ejército. La cúpula militar era heredada del bienio azanista, por lo que el gobierno necesitaba militares de confianza que no titubearan ante los insurgentes.

Como anota Suárez Fernández, Indalecio Prieto, como haría en mayo de 1936, ya vaticinó que el militar al que podría recurrir el gobierno era Franco. Lo mismo que, curiosamente, pensó el líder falangista José Antonio Primo de Rivera, quien le dirigió una pensada carta, probablemente inspirada por Serrano Suñer, en septiembre de 1934 en la que, en definitiva, urgía al general a actuar. No muy distante debía de ser la opinión de Alejandro Lerroux, sobre todo si tenemos en cuenta el contenido de su correspondencia con Natalio Rivas, quien le comentaba en marzo de 1933: “Ese soldado ejemplar, cumbre del Ejército español, es un modelo de patriotismo, de lealtad y de disciplina… por lo pronto doy mi palabra que la República puede descansar en la fidelidad caballerosa y honrada del general Franco… puedes confiar sin vacilaciones que si la República corriera peligro no tendría defensor más esforzado que él”.
Compartimos la idea que algunos historiadores apuntan de que las maniobras militares celebradas en León, en una zona de orografía similar a la asturiana, dirigidas por López Ochoa, se plantearon como un ejercicio disuasorio, como una demostración de fuerza por parte del gobierno. De hecho, Lerroux indicaría en sus memorias que fue un error no mantener la concentración de fuerzas durante un tiempo en la zona. Se trataba de un operativo de 20.000 hombres que desarrollaría el ejercicio hasta el 2 de octubre de 1934. Las maniobras las presidiría el Ministro de la Guerra, que llevaba como asesor personal al general Franco. La lectura del supuesto de las maniobras no puede por otra parte ser más clarificadora a la hora de valorar sus intenciones: un ejército azul que se ha hecho con una zona y es contenido a duras penas por fuerzas locales; un grupo contrario constituido rápidamente que primero contendrá al enemigo hasta que pueda pasarse a la ofensiva. Evidentemente, la decisión del Ministro de la Guerra de hacer venir a Franco desde Baleares no era inocua, tal y como el mismo precisó unos meses después en un libro:
“[…] se explica fácilmente que, a la vista de unas maniobras militares, quisiera yo tener cerca de mí a un comentarista tan singularmente capacitado para el asesoramiento. Y no sé, ni me importa, si faltaba al protocolo invitando a Franco a que me acompañara en las maniobras de León. Al terminar estas, ya en Madrid, en los primeros días de octubre, el General, antes de marchar a su destino, me pidió permiso para ir a Oviedo a asuntos particulares; yo se lo concedí gustoso, y por una casualidad no se encontró en Oviedo los días de los sucesos [insurrección armada socialista].

Al comenzar éstos y tener que suspender su proyectado viaje fue cuando yo dispuse que quedara agregado a mis órdenes, pues, aparte de su asesoramiento en el orden militar, por el hecho de haber residido largas temporadas en Asturias y tener allí intereses familiares, conocía muy bien no solo la capital y la cuenca minera, sino la costa y las comunicaciones todas de la región.
Alguien debió mostrar su extrañeza y ocultar su disgusto ante mi determinación de retener cerca de mí un asesor extraño a los órganos oficiales del Ministerio; pero un ministro tiene siempre el derecho y el deber de buscar libremente quien le asesore, ayude y acompañe. En momentos agudos, en que los organismos del Ministerio trabajaban a gran presión, era además perfectamente explicable que un ministro acumulase junto a sí cuantos elementos estimara convenientes para lograr con éxito y rapidez resolver airosamente una grave perturbación del orden público que exigía una actuación militar muy complicada, cuyos límites era de todo punto imposible calcular, ni en orden a su intensidad ni en orden a su extensión.
Criticar a un ministro porque se asesore, o pretender limitar su facultad de elegir libremente la persona o personas que hayan de realizar esa labor creo que sería una insensatez, porque el ministro, responsable de las determinaciones que adopte, ha de estudiar y consultar éstas, valiéndose de todos los medios que crea convenientes para que le acompañe el acierto.

Estas consideraciones no deben ser tomadas como una contestación a los comentarios que se hicieron al agregar a mis órdenes al General Franco durante los sucesos de Asturias, sino como una explicación del hecho que, aunque no sea necesaria para quienes conocen las facultades ministeriales y la organización del Ministerio de la Guerra, sí lo es para cuantos no tienen motivo de estar al tanto de estos pormenores.
Todos los que, con más o menos elementos de juicio, han comentado mi actuación en el Ministerio de la Guerra durante los sucesos de Asturias han ponderado la meritoria labor de este General, pero ninguno ha tenido una sola palabra de elogio para el ministro que le nombró. Tengo derecho a enterar al país que ese ministro fui yo, ya que sin haber hecho yo el nombramiento, el General Franco, con su técnica y sus admirables condiciones, hubiera presenciado los sucesos de Asturias a través de la Prensa en las lejanías de las islas Baleares.
La mal denominada “revolución de octubre”, para revestirla de una pátina de legitimidad, en realidad la insurrección armada organizada por el PSOE con el concurso de los separatistas catalanes, se inició en la madrugada del 5 de octubre de 1934 con la declaración de la huelga general revolucionaria. Es lógico pensar que, dada la falta de organización en el resto de España debido a las prisas, sus dirigentes esperaran un efecto dominó. La rápida acción del gobierno conjuró el peligro en Madrid. A nivel nacional se produjo la inmediata suspensión de las garantías constitucionales y la declaración del Estado de Guerra. La insurrección paralela tuvo dos focos: Cataluña, donde Luis Companys proclamó la República Independiente de Cataluña el día 5; Asturias, donde un operativo de 3.000 mineros inició su avance sobre Oviedo y otras ciudades como Gijón o Mieres. En Asturias al frente de las fuerzas de la Alianza Obrera (PSOE, PCE y anarquistas) estarían Belarmino Tomás, Teodomiro Menéndez y González Peña. El día 6 las columnas socialistas y anarquistas luchaban por conquistar Oviedo. El día 7 los revolucionarios dominaban parte de Asturias estimando que sus fuerzas, autodenominadas Ejército Rojo —no olvidemos esta definición—, alcanzaban los 30.000 efectivos.

El día 6, mientras el general Batet estaba en condiciones de dominar la situación en Barcelona, el general Franco se reunía con el Ministro de la Guerra. En muy pocas horas asumiría el mando de toda la operación sin cargo oficial alguno. Al día siguiente el diario ABC insertaba una nota para no pocos tranquilizadora: “El gobierno ha decidido que los generales Franco y Goded se personen en el ministerio de la guerra para asesorar al gobierno y estar a su disposición para cualquier eventualidad”. El ministro de la Guerra, quizás para no descubrir sus cartas, desmintió la noticia afirmando que no era cierto que Franco hubiera tomado el mando de la guarnición de Madrid y que estuvo solo un momento en el Ministerio para ofrecer su colaboración si fuera necesaria como han hecho “otros tantos generales”.
Franco asumió inmediatamente la gravedad de la situación dada la falta de fuerzas suficientes en Asturias para contener a los rebeldes. Lo que tenía ante sí, tras analizar los datos, tal y como anotaría años después, era “una operación de guerra con todas sus consecuencias […] había que reducir la resistencia con rapidez si no se quería suceder una guerra civil”. Franco, con un pequeño grupo de militares de su confianza, planificó la operación, sustituyó mandos y ordenó el traslado de fuerzas de África. Aunque sin cargo oficial el Estado de Guerra le había conferido un enorme poder. Aventajado lector anticomunista entendía que en cualquier momento se podría alimentar la revolución si una unidad o su jefe se negaba a disparar contra los insurgentes o se llegaba al extremo de que se uniera a ellos.
En cuatro días las fuerzas leales al gobierno entraban en Oviedo. El día 12, Franco confirmaba en la prensa la victoria: “Mi impresión es que una vez ocupado Oviedo, los demás objetivos irán cayendo sucesivamente, con la ejemplaridad y eficacia del ocupado hoy. Puede, pues, darse por resuelto este episodio de la rebelión en Asturias”. Unos días después llegaba el general a la ciudad estando presente en la visita realizada por los ministros de Obras Públicas, Justicia y Guerra para comprobar los graves daños causados por los izquierdistas en la capital del principado. Ante los periodistas Franco calificó de “infamia” lo que habían hecho en Oviedo e indirectamente indicó que no venía a asumir ningún tipo de puesto en Asturias, donde se estaba procediendo a la identificación y detención de los responsables e insurgentes mientras se iniciaban los Consejos de Guerra: “Yo no tengo aquí papel. He venido acompañando al ministro y con él marcharé”. De lo que sí tomó buena nota, y lo recordaría en no pocas ocasiones, es de los saqueos realizados por los socialistas y anarquistas. El propio director de la fábrica Duro Felguera le comunicó que se habían llevado la caja con 50.000 duros. En unas notas posteriores anotó: “los millones del Banco de España nunca fueron devueltos”.

El general Franco se convertía en el hombre que había vencido a la revolución y así se reflejaba en los medios de la derecha. Tomás Borrás envía desde Oviedo para ABC una crónica de aquella visita en la que anota:
“Los señores ministros llegan al mediodía. El general Franco con ellos, máxima figura que hoy despierta la máxima expectación. ‘Usted es el de África’, me dice Franco al estrecharme la mano. ‘Si aquella otra guerra con regulares y Tercio tenía un aire romántico y de reconquista. Esta también es una guerra de frontera, como aquella; las fronteras del comunismo, el socialismo y demás formas de asalto y destrucción de una civilización para sustituirla con la esclavitud’. Los señores ministros, Hidalgo, Cid y Aizpún, están rodeados de militares, cuyo pináculo, y Franco, pensativo siempre y más hermético ahora”.
Es interesante quedarse con la nota sobre el nuevo hermetismo del general que el periodista anotó como cambio en su personalidad. Asturias debió de marcarle, aunque no quede rastro de ello en la documentación conocida. Por otra parte, la popularidad del general en aquellos momentos es un hecho innegable. Ahí queda como ejemplo lo acontecido a su mujer. Carmen había quedado en Palma de Mallorca y, aunque las Sociedades Castrenses estaban disueltas, estaba al frente de un grupo de señoras de militares. Convocaron, como en otras ciudades, una misa en sufragio de los caídos ante los revolucionarios. Según las crónicas, cuando llegó al templo, el público rompió en aplausos y vivas a España y al ejército.

Anécdotas a un lado, y que sirve para calibrar la posición de Franco, es que muchas miradas se volvían hacia el general. Desde Francia, los que habían huido, hicieron circular el rumor de que Franco se había hecho con el poder para ejercer una “dictadura democrática” con el apoyo del gobierno. La izquierda temía que esa fuera la salida de la derrota. Rumores que tuvieron que ser desmentidos por el propio Alejandro Lerroux tal y como recogía la prensa el 23 de octubre:
“Sí, ya sé que la Radio Toulouse ha dicho ayer que había dimitido S. E. el presidente de la República y que se había establecido en España una dictadura militar democrática, presidida por el general Franco con la ayuda de casi todas las personalidades de este Gobierno. Ustedes son testigos de que todo eso es totalmente falso. Ni el general Franco, ni ningún general español cometería la felonía de conmover nuevamente al país cuando están vivos los gérmenes de la pasada revolución”.
Rumores o certeza, presupuestos o opiniones, lo cierto es que después se afirmó que en esos días el general desechó una propuesta de golpe de Estado impulsada por los generales Fanjul y Goded para llevar a la CEDA al poder con el retorno de Sanjurjo. Para las derechas Franco se convertía en la espada bajo la que llegado el caso podría cobijarse. Significativas son, en este sentido, las palabras del líder monárquico José Calvo Sotelo en enero de 1936:

“Hoy el ejército es la base de la sustentación de la Patria. Ha subido de la categoría de brazo ejecutor, ciego, sordo y mudo, a la de columna vertebral, sin la cual no se concibe la vida. Como no se concebiría la de España si el 6 de octubre no la hubiese salvado un Ejército en el que la ponzoña política y masónica no había extinguido del todo los brotes sobrehumanos del patriotismo y de la espiritualidad… Cuando las hordas rojas del comunismo avanzan, solo se concibe un freno: la fuerza del Estado y la transfusión de las virtudes militares —obediencia, disciplina y jerarquía— a la sociedad misma, para que ellas desecasen los fermentos malsanos que ha sembrado el marxismo. Por eso invoco al Ejército y pido patriotismo al impulsarlo”.
El hecho es que Franco, como anota Preston, se había convertido en el general de los radicales. Lerroux quiso recompensar su labor, además de seguir en Madrid como asesor ministerial le otorgó la Gran Cruz del Mérito Militar. Es posible que Franco comentara cuál era su gran ambición, volver a África para llevar adelante sus propuestas sobre el territorio. De ahí que Lerroux propusiera su nombramiento como Alto Comisario en Marruecos. A ello se opuso el presidente Alcalá-Zamora: “no pude hacerlo pero la verdad me obliga a decir que no le oí a Su Excelencia juicio ni palabra desfavorable sobre Franco”. Lo que ocurrió es que el presidente tenía el puesto reservado para un amigo, Manuel Rico Avelló. En vez de ello se le nombraría, el 14 de febrero de 1935, Jefe Superior de las Fuerzas Militares en Marruecos. Franco sintonizó fácilmente con el Alto Comisario quien, además, tenía unos conocimientos muy limitados sobre Marruecos, por lo que en la práctica casi toda la política pasaba por las manos de Franco. Era solo cuestión de tiempo que el cargo recayera en él.
Poco tiempo estuvo Franco nuevamente en África porque el gobierno cayó en mayo de 1935. El peso de la CEDA se reforzó en el nuevo ejecutivo y José María Gil Robles asumió la importante cartera de Guerra. El líder de la derecha necesitaba un hombre de confianza que asumiera el componente técnico del cargo y, naturalmente, solo había un candidato, Franco. Aunque trató de poner objeciones para seguir en Marruecos, el 17 de mayo se hizo público su nombramiento, pese a no ser oficial de Estado Mayor, como Jefe del Estado Mayor Central del Ejército. Franco se había convertido en el general de la CEDA y de los radicales, en el militar al que miran las derechas, en el general de la República.

Había llegado el momento de revertir la política azañista y emprender una auténtica reforma militar de orden técnico, alejada del sectarismo imperante en el bienio republicano-socialista. En 1935, como anota García Álvarez, “se restablecieron las escalas por lo que el efecto final de la revisión fue nulo”. Los militares víctimas de la revisión de Azaña recuperaron su carrera y pudieron ascender, como le sucedió a Miguel Campins. Franco iba a poner en marcha un plan de reorganización y modernización del Ejército de Tierra. El peso de la historia posterior ha hecho que no se preste atención a la importancia de su conocimiento sobre las necesidades de la defensa nacional que se dimanaba de sus propuestas.
En Baleares había asumido que, pese a su importancia geoestratégica, se carecía de planes de defensa en un Mediterráneo convulso que convertía las islas en un objeto de deseo y, tras ponerlo en conocimiento de la superioridad, realizó un plan adecuado. Al frente del Estado Mayor planificó un nuevo despliegue de las unidades sobre el territorio con la puesta en marcha de dos agrupaciones destinadas una a proteger el campo de Gibraltar y otra que se desplegaría en la frontera con Portugal. Franco, como todos los mandos, sabía que el material militar de las fuerzas hispanas era anticuado. El ejército carecía prácticamente de cascos y no tenía aparatos de radio. La modernización de los equipos no podía provenir solo de las compras, sino que se debería desarrollar una industria propia, por lo que se trazó un programa de fabricación de armamento; también planteó la necesidad de desarrollar el arma aérea. Objetivos que luego llevó a la práctica al asumir la jefatura del Estado. Finalmente inició las tareas para reabrir la Academia General Militar en Zaragoza. Con la plena libertad de actuación que le otorgó Gil Robles cesó mandos sustituyéndolos por otros de su confianza. Asumiendo que la posibilidad de una revolución no había desaparecido con la victoria sobre los rebeldes en Asturias, puso en marcha una sección específica dedicada a la información y a la evaluación de la penetración revolucionaria en el ejército. Mirando hacia atrás, Franco se centraría en el significado y la importancia de su labor en este terreno: “en este período se otorgaron los mandos que un día habían de ser los peones de la cruzada de liberación y se redistribuyeron las armas en forma que pudiesen responder a una emergencia”.
Personalmente, Franco volvió a ser el hombre que todos conocían. Se estableció en Madrid con su familia. Recuperó su vida social y cuando sus obligaciones se lo permitían acudía a una tertulia en el Café Aquarium y a la que organizaba en su casa su buen amigo el político liberal Natalio Rivas que había sido ministro con Alfonso XIII. Asistía a misa, usualmente en la céntrica iglesia del Nuestra Señora del Carmen y San Luis. Como en Baleares primero y en su breve estancia en África después esto implicaba la asistencia a la celebración de no pocos militares. Esta actitud de Franco resultaba cuanto menos sospechosa para los republicanos, muestra de su posición política y de su censura a la república jacobina azañista. Así, por ejemplo, la celebración en Toledo de las bodas de plata de su promoción como un homenaje a su general más destacado, desató las alarmas en algunos, tal y como se puede apreciar en la carta que el general masón López Ochoa, posteriormente asesinado por los republicanos que lo habían encarcelado en marzo de 1936, envió a Diego Martínez Barrio, maestre del Gran Oriente Español, en noviembre de 1935. Nada había más reprobable para un masón que un general como Franco que presumía en público de catolicismo:

“Supongo se habrá usted percatado, pues también es detalle interesante para el porvenir, y hasta para el presente, del matiz marcadamente clerical que se ha dado al acto que en estos días pasados se ha verificado en Toledo, bajo la presidencia y dirección del general Franco, como jefe del Estado Mayor Central en el que con el pretexto de celebrar las bodas de plata de la promoción de dicho general, se han reunido en los alrededores de la catedral más de ciento cincuenta jefes y oficiales del Ejército, para asistir en colectividad a una misa, no limitándose a esto, solamente, pues a continuación, el citado general, acompañado de una nutrida comisión (es decir, dándole al acto un carácter oficial, contrario a lo manifestado), han ido a saludar y rendir pleitesía al arzobispo. Y todo esto a pesar de que, según el señor Gil Robles, el Ejército, bajo su mando, se mantiene apartado de la política”.
A su círculo de amistades llegó en esa época el pensador neotradicionalista Víctor Pradera a quien pediría que le acompañara a Canarias temiendo por su seguridad. Es probablemente Pradera quien conduce a Franco a las filas del antiliberalismo en esa época. A esa influencia se suma el libro de Salvador de Madariaga Anarquía o Jerarguía. Ideario para la constitución de la tercera república editado en 1935 defendiendo un estado autoritario y corporativo; aportación teórica para la fundamentación de la democracia orgánica, concepto con el que se identificaría el régimen de Franco. Con Franco al frente de la Jefatura del Estado Mayor Central hasta la levantisca Unión Militar Española se serenó. No es difícil estimar que Franco asumiera en esa época su papel de hombre clave en un movimiento militar. Retórica posterior a un lado, todos los testimonios avalan cuál era la posición de Franco con respecto a un golpe de estado a mediados de 1935:
“Si llegaba la hora de peligro para la Patria —escribe Franco en unas notas guardadas en su archivo que no estaban destinadas a publicarse— no les faltaría el Jefe, pero lo que no se podía era inutilizar el Ejército y sus posibilidades futuras con conspiraciones de vía estrecha ni pronunciamientos militares tipo siglo pasado, que una revolución necesitaba estar justificada y ser respaldada por el pueblo. Que debíamos desear que la República superase sus dificultades. Salvamos a la nación [se refiere a los hechos de octubre] y con ella a la República; pero esta desconfiaba de nosotros. Durante estos años de República fueron varias las veces que compañeros simplistas se acercaron a mí con ánimo de estimularme a poner coto a la marcha que la nación llevaba. Mi respuesta fue siempre la misma: el papel del Ejército es guardar su unidad y su disciplina, sirviendo lealmente y sin reservas al Estado, que si el Ejército sabe mantenerse así no ocurrirá nada irreparable… Si la República no es realizable, ella misma demostrará que es inviable, si alguien precipita antes de tiempo su caída culpará a quienes lo hagan de su fracaso. Es el pueblo español el que ha de convencerse. Nuestro deseo debe ser que la República triunfe y llegue a hacer la felicidad del pueblo, sirviéndola sin reservas y si desgraciadamente no puede ser que no sea por nosotros”.

1935 fue un año clave para la II República pues contemplado con distancia sugiere al historiador que en ese tiempo fue posible la estabilización de la misma, pese a que los síntomas de crisis económica se hicieron evidentes y la respuesta del gobierno fue prácticamente inexistente. El talón de Aquiles era la fragilidad de unos gobiernos que se sucedieron sin pena ni gloria. Franco percibió esta realidad al lado de Gil Robles y años después anotaría: “la falta de un partido compacto con mayoría en las Cortes obligaba a esos gobiernos híbridos de concentración sin unidad ni mutua confianza”. A esta situación se iban a sumar los escándalos de corrupción en septiembre de 1935. Esto provocó la caída definitiva de Lerroux y en diciembre Gil Robles, lo que era lógico, presionó al Presidente de la República para ser nombrado presidente del gobierno al ser el líder del grupo parlamentario más numeroso. Alcalá-Zamora le negó la posibilidad de intentar formar gobierno y crear una mayoría parlamentaria sólida que quizás hubiera consolidado la República. Los generales próximos a Gil Robles, Fanjul y Goded, plantearon la posibilidad de un pronunciamiento para que el líder de la CEDA fuera llamado a formar gobierno. Franco no les secundó y sin el prestigioso general ya muchos tenían la conciencia de que no había nada que hacer. El 13 de diciembre asumía la presidencia del gobierno Manuel Portela Valladares, un político liberal, exministro de Alfonso XIII que había sido gobernador general de Cataluña con Lerroux, con la idea de consolidar una opción centrista que concurriera con garantías a las inminentes elecciones y sirviera de eje para un futuro gobierno. Gil Robles abandonaba la cartera de Guerra siendo sustituido por el general Nicolás Molero Lobo quien, en realidad, casi se puso a las órdenes de Franco. El 7 de enero de 1936 se disolvían las cortes y se convocaban elecciones.
La pendiente hacia la rebelión
Han tenido que pasar más de ochenta años para que la investigación histórica nos sitúe ante la veracidad de las denuncias de 1936 con respecto a las elecciones de febrero de 1936 que abrieron la puerta del poder al Frente Popular, algo negado durante décadas por la historiografía antifranquista y pro II República. Durante décadas se ha pretendido presentar las elecciones del Frente Popular como limpias, ignorando las denuncias que se hicieron en el Congreso sobre el fraude realizado en la parcial Comisión de Actas dominada por representantes del Frente Popular que incrementó artificialmente el número de diputados de izquierda. Negar que las elecciones de febrero de 1936 se hicieron dentro de un clima de violencia y amenaza es simplemente un intento de camuflar la realidad. Presentar algunos discursos pronunciados por los dirigentes izquierdistas como propuestas democráticas resulta insostenible. Discursos que contradicen el aparente moderantismo del Frente Popular liderado por Azaña. Bastaría, por ejemplo, con revisar el discurso del PSOE recogido en Mundo Obrero (15-12-1936) que entre otras cosas anunciaba en caso de victoria la “depuración del Ejército” y la “creación de una milicia popular armada, formada por obreros y campesinos”.
Tanto Niceto Alcalá-Zamora como Lerroux denunciaron, no mucho después, el amaño electoral. Recientemente los historiadores Manuel Álvarez y Roberto Villa García, a partir de la documentación conservada, han confirmado aquellas denuncias. Un pucherazo que se produjo a partir de la noche del 16 de febrero con la movilización callejera de la izquierda exigiendo el poder, la caída del gobierno Portela Valladares que entregó el poder a Azaña sin que el recuento y la proclamación de candidatos se hubiera producido, por lo que el Frente Popular pasó a controlar el recuento, y con la incautación de la documentación electoral que permitió su falsificación entre el 19 y el 20 de febrero. Los datos empíricos obligan a los historiadores a escribir: “una votación generalmente limpia se convirtió en un recuento adulterado”. Y concluyen: “el número de votos obtenidos por las distintas candidaturas antirrevolucionarias superó con creces a las del Frente Popular. Aun a sabiendas de que lo decisivo era cómo el sistema electoral transformaba esos votos en escaños, este último dato era un indicio significativo de que, sin el clima de intimidación y los fraudes probados, la mayoría podría haberse decantado hacia el centro-derecha […] lo que resulta, desde luego, innegable es que las falsificaciones probadas inclinaron el escrutinio a favor de las izquierdas, privando de trascendencia a la inmediata segunda vuelta”. Lo demostrado es que el Frente Popular obtuvo, al menos, entre 52 y 56 escaños de forma fraudulenta: al menos el 10% de los escaños repartidos no fue fruto de una competencia electoral en libertad”, apuntan Álvarez Tardío y Roberto Villa como conclusión de su fundamental investigación. Sin ellos, su mayoría parlamentaria hubiera quedado reducida a poco más de 210 escaños frente a los casi 200 que podrían haber tenido las derechas que unidas a los centristas podían haber evitado el gobierno de los frentepopulistas.

Poco más se puede añadir. Para grandes sectores de la opinión pública de derechas de la época el triunfo de la izquierda era ilegítimo y abría el camino hacia la revolución. A pesar de ello, lo cierto es que, pasados los primeros días, Gil Robles ofreció su colaboración al gobierno desde la oposición con la mente puesta en evitar que este fuera rehén de sus socios de la izquierda socialista y comunista, pues estos no llegaban realmente al centenar de escaños en el parlamento.
El general Franco había estado ausente de España durante parte de la campaña electoral, pues fue designado para asistir dentro de la representación oficial al entierro del rey Jorge V de Inglaterra. Es más que probable que creyera en la victoria del centro-derecha. La creación del Frente Popular a propuesta de Azaña, que se sumó a la idea de una alianza de izquierdas promovida por el PCE o por Indalecio Prieto, despertó en él todos los recelos debido a la información que sobre el VII Congreso de la Internacional Comunista le había hecho llegar la Asociación Internacional Anticomunista a que pertenecía. En ella se explicaba la táctica del caballo de Troya a través del “Frente Común Antifascista” —el antifascismo era entonces una ideología— para abrir el camino a la revolución proletaria. Si damos credibilidad a testimonios posteriores, fundamentalmente el del entonces teniente coronel Antonio Barroso destinado en París, y lo ponemos en correlación con lo que Franco conocía, podemos estimar que no creía que las elecciones condujeran a la revolución y que no era partidario de la intervención militar. Solo se movería si se pusieran en marcha algunas de las medidas que juzgaba como punto sin retorno en el camino hacia el asalto al poder por la izquierda revolucionaria. ¿Cuáles serían? Franco debía de tener muy presente el programa revolucionario redactado por Indalecio Prieto en enero de 1934 en el que hablaba de la “disolución del ejército” y de la Guardia Civil, que sería sustituida por “una milicia exclusivamente y preponderantemente entre los afiliados a las organizaciones que realicen la transformación apuntada en ese programa”, porque en varias ocasiones indicó que esas medidas le obligarían a actuar cruzando el Rubicón. Y los objetivos del socialismo bolchevizado anunciados reiteradamente durante la campaña por sus dirigentes eran inequívocos, tal y como se puede apreciar en estas palabras pronunciadas por Largo Caballero en un discurso en Linares en enero de 1936:
“Llamarse socialista no significa nada, hay que ser marxista; hay que ser revolucionario […] Digo que no basta decir que se es socialista. Nuestro principal maestro, el fundador del socialismo científico, combatía a otro socialismo, que era el socialismo utópico. Y ese fundador del socialismo científico, para diferenciarse de los socialistas de entonces, de los socialistas utópicos, tuvo que llamarse comunista… para los socialistas españoles, las fuentes de sus ideales están en El capital, en la crítica y en el Manifiesto comunista, en la orientación política. Esta es también la fuente de sus ideales para muchos trabajadores que tienen otro título que el nuestro, otro nombre, pero que, realmente, no les separa de nosotros una gran diferencia. ¡Qué digo, ninguna diferencia!”

Lo fundamental: la conquista del Poder no puede hacerse por la democracia burguesa. En la teoría, se mantiene que la clase trabajadora tiene que apoderarse del Poder político. Esto no es una cosa inventada hoy; en el programa socialista de hace muchísimos años está, como primer punto, la conquista del poder político para la clase trabajadora. ¿Y para qué quiere esta el poder político? Nuestros enemigos nos acusan de que, con el poder político, queremos establecer la dictadura del proletariado, no para reformar, sino para transformar el régimen actual […] nosotros, como socialistas marxistas, discípulos de Marx, tenemos que decir que la sociedad capitalista no se puede transformar por medio de la democracia capitalista”.
En este marco de referencia es donde se debe tratar de interpretar la actuación de Franco entre el 16 y el 19 de febrero de 1936, en medio de insistentes rumores de que iba a protagonizar un golpe de estado. Como apuntaba Javier Tusell, a lo largo de 1935 Franco se fue convirtiendo en el árbitro de la circulación militar y también política, en el hombre fuerte al que recurrir. Como anota Enrique Moradiellos, en la introducción a la obra Las caras de Franco, “la aplastante victoria que logró en Asturias le convirtió en el héroe de la opinión pública conservadora y reforzó su liderazgo sobre el cuerpo de jefes y oficiales. Su nombramiento en mayo de 1935 como Jefe del Estado Mayor Central cimentó ese liderazgo de un modo casi incontestable”. Sin embargo, a la hora de analizar lo sucedido en esos tres días de febrero, no son pocos los historiadores que omiten la realidad de la situación creada a partir de que la izquierda comenzó a tomar la calle y los antecedentes mencionados, para poder así presentar a Franco como el militar que quiso dar un golpe de estado en esas fechas contra la voluntad de las urnas.
Franco temía que la jornada electoral se convirtiera en el inicio de graves incidentes de orden público, probablemente en función de la creencia de que el Frente Popular no ganaría las elecciones. El 13 de febrero enviaba a las guarniciones una circular reservada para el mantenimiento del orden en “previsión de huelga o disturbios” para garantizar “la seguridad de los cuarteles, parques, guardias y puntos de interés militar”; en caso de perturbación todas las fuerzas se incorporarían a las unidades. Se indica a los jefes que realicen un estudio de los “puntos vitales” que debían garantizar. Del documento se desprende que Franco temía un asalto a los cuarteles.

Franco permaneció en su despacho durante la jornada electoral. Gil Robles, con la izquierda tomando las calles, se entrevistó en aquella madrugada con el presidente del gobierno, Manuel Portela Valladares, instándole a que proclamara el Estado de Guerra para garantizar el orden público, la imparcialidad de un escrutinio que se presumía reñido y la segunda vuelta. Alcalá-Zamora, presidente de la República, se negó. Gil Robles decidió recurrir a Franco. Este se entrevistó con el ministro Molero. Franco comenzó una rueda de contactos para pulsar el ambiente entre los militares. La consulta al Director de la Guardia Civil resultó negativa. En esta tesitura Franco consigue convencer al ministro para que este fuerce una reunión del Consejo de Ministros e incluso le indica el argumentario que debe utilizar para ello. No considerándolo suficiente llamó a Natalio Rivas para que facilitara una reunión con Portela Valladares mientras pulsaba el ambiente en las unidades de Madrid, que no era favorable a cualquier tipo de acción. En la reunión del Consejo del 17 se autorizó la declaración del Estado de Guerra pero reteniendo su difusión. Franco transmitió la orden de forma inmediata, incluso llamando por teléfono. Si seguimos algunos testimonios, el presidente le propuso que pusiera en marcha un golpe de estado, pero el general se negó a actuar si no era a las órdenes del gobierno. Según las versiones conocidas, el día 18 Niceto Alcalá-Zamora ordenó que se retirara la declaración del Estado de Guerra que ya se estaba produciendo en algunas plazas, solo se promulgaría un estado de alarma válido durante 8 días. Si atendemos a las memorias del presidente de la II República lo que le frenó era el temor a que, con la izquierda en la calle, una medida extrema provocara un estallido revolucionario.
Según el testimonio del propio Franco, fue entonces cuando habló con Portela Valladares. Este le explicó que estaba muy preocupado ante “lo gravísimo de la situación”. Franco le insistió en la posible intervención militar apoyando al gobierno. Portela pidió “un plazo de 24 horas para resolver”, pero abandonó el poder. Franco comenta en unas líneas de su puño y letra: “Este fue el único conato real de un golpe militar que tuvo realidad en aquella etapa”.
El 19 Alcalá-Zamora optaba por dar la presidencia del gobierno al Frente Popular, a Manuel Azaña, sin que el escrutinio haya concluido. Uno de los últimos actos del gobierno saliente fue hacer pública una nota desmintiendo que el general Franco estuviera preparando un golpe de estado. ¿Qué hubiera pasado si el gobierno autorizara a Franco a llevar adelante el Estado de Guerra garantizando el recuento y la segunda vuelta? Probablemente no habría habido guerra civil.

El 21 de febrero de 1936 el nuevo ministro de la Guerra, general Masquelet, rubricaba la decisión de Azaña de cesar a Franco y enviarlo a Canarias como Comandante Militar. El futuro caudillo lo asumió como un destierro. Azaña procedía con él como en 1931, cualquier otra medida hubiera hecho que el general pasara de “enemigo posible” a cabeza de la rebelión militar. Azaña era un sectario pero no un revolucionario, creía en la república democrática burguesa como régimen político y en su capacidad para neutralizar al no tan amplio grupo de diputados revolucionarios que había en el Parlamento ¿y Franco?
Cuando en 1939 comenzaron a publicarse los volúmenes de la Historia de la Cruzada Española, lo usual por parte de los militares sublevados en julio era procurar colocarse en las filas conspiradoras contra la República lo antes posible en el tiempo. Nadie ignoraba las dudas e indecisión de Franco a la hora de dar su sí definitivo. Arrarás, que conocía bien los hechos, no solo por sus entrevistas, sino por su larga trayectoria periodística especialmente en los diarios ABC y Ya desde 1935, precisa cuál era la posición del general cuando llegó a Canarias: “él no había sido un enemigo a ultranza del régimen democrático; no era tampoco el conspirador congénito y contumaz”. Pero sí el hombre que creía que lo sucedido en octubre de 1934 no fue para la izquierda revolucionaria un punto y final sino un punto y seguido. La honestidad del historiador, leyendo diarios como Mundo Obrero, Claridad o El Socialista, debería apuntar que lo que Franco pensaba no era una entelequia o una fobia.
Los historiadores suelen prescindir de la crónica de lo que aconteció en España en las últimas semanas de febrero. Sin tener presente esta realidad se cae fácilmente en la distorsión en la interpretación. La sucesión de manifestaciones, de incidentes, de actos de violencia política, de exaltación de los sucesos de octubre, junto con las incesantes denuncias de irregularidades en las elecciones, incrementaron la sensación de que se podía estar a las puertas de un proceso revolucionario, aunque la izquierda socialista y comunista iba a quedar fuera en el reparto de carteras del nuevo gobierno, lo que debió tranquilizar a Franco. En algunos lugares, aprovechando lo confuso de la situación, como sucedió en El Ferrol, el ejército protegió algunos edificios para evitar su asalto; también se podía leer en la prensa que en tal o cual sitio números de la Guardia Civil brindaban vigilancia y protección cuando culminaba su jornada. El nuevo gobierno iniciaba un camino erróneo sin el que es imposible entender el apoyo social a la sublevación militar unos meses después. Su incapacidad para tomar medidas adecuadas y contener el deterioro constante del orden público frenando la ola de violencia que se desató en toda España y el acoso y criminalización de las derechas, fue su error. Un camino que, como denunciaron en el parlamento, Calvo Sotelo y José María Gil Robles, a mediados de abril, conducía a la guerra civil:

“[…] a quienes actuamos dentro de la legalidad —dijo Gil Robles, líder de la CEDA— se nos persigue y atropella, y que, en el momento en que va a abrirse una consulta para elegir al supremo magistrado de la República, nos encontramos con que nuestras fuerzas dicen que no existe la mínima garantía, no ya de independencia para emitir el sufragio sino incluso de la propia vida.
En estas condiciones, cuando a una fuerza política como la nuestra se la está diariamente hostilizando, y persiguiendo, y maltratando, se produce un fenómeno que a mí tranquiliza personalmente causaría la mayor de las satisfacciones, pero que como español y como ciudadano me produce la mayor de las angustias. Los partidos que actuamos dentro de la legalidad comenzamos a perder el control de nuestras masas, empezamos a presentarnos ante ellas como fracasados; comienza a germinar en nuestra gente la idea de la violencia para luchar contra la persecución. Nosotros, los hombres que tenemos una convicción firme, no podemos cambiar fácilmente de camino; pero llegará un instante en que, como deber ciudadano y de conciencia, tendremos que volvernos a nuestras masas para decirles: dentro de la legalidad no tenéis protección, porque la ley no cuenta con el amparo del Gobierno […] en nuestro partido no os podemos defender. Tendremos que decirles, con angustia, que vayan a otras organizaciones, a otros núcleos políticos que les ofrecen, por lo menos, el aliciente de la venganza, cuando ven que no existe dentro de la ley una garantía para los derechos ciudadanos.
Desengañados, señores diputados, una masa considerable de opinión española que es, por lo menos, la mitad de la nación, no se resigna implacablemente a morir; yo os lo aseguro. Si no puede defenderse por un camino, se defenderá por otro. Frente a la violencia que allí [apuntó a los representantes de la izquierda] se propugna, surgirá la violencia por otro lado; el poder público tendrá el papel de espectador de una contienda ciudadana en la que se va a arruinar, material y espiritualmente, la nación. La guerra civil la impulsan, por una parte, la violencia de aquellos que quieren ir a la conquista del poder por el camino de la revolución; por otra parte, la está mimando, sosteniendo y cuidando la apatía del Gobierno que no se atreve a volverse contra unos auxiliares que tan cara le están pasando la factura de la ayuda que le prestan […] Si no se rectifica rápidamente el camino, en España no quedará más solución que la violencia; o la dictadura roja, que aquellos señores propugnan (refiriéndose a la izquierdas)
Yo no vengo a pedir clemencia; no vengo a solicitar del Gobierno más que justicia. Que piense que no es una amenaza nuestra. Nosotros no cambiamos de camino, pero la opinión puede tomar otros derroteros, y cuando la guerra civil estalle en España, que se sepa que las armas las ha cargado la incuria de un Gobierno que no ha sabido cumplir con su deber, frente a los grupos que se han mantenido dentro de la más estricta legalidad. Si S.S. pretende establecer una norma de convivencia, los hechos lo dirán muy pronto. Han pasado unos meses de anarquía. Su señoría no se podrá quitar jamás de encima esa mancha; quizá pueda atenuarla con una actuación en el futuro. ¿Que para entonces es necesario una convivencia? Nosotros estamos dispuestos a ella, no por S.S. ni por los partidos que le siguen, sino por un ideal supremo que es el interés de esa patria que dice S.S. que siente tan profundamente y que nosotros, aunque no lo digamos a todas horas, la sentimos y practicamos. Por esa patria, lo que sea necesario, incluso nuestra desaparición si los grandes intereses nacionales lo exigieran; pero no una desaparición cobarde, entregando el cuello al enemigo. Es preferible saber morir en la calle a ser atropellado por la cobardía”.
Es de sobra conocido que antes de partir hacia Canarias, agotando el tiempo útil para la incorporación a su nuevo destino, Franco sostuvo diversas entrevistas asistiendo a la reunión de generales convocada por él, que usualmente es considerada como el inicio de la conspiración militar que llevaría al 18 de julio de 1936. Todos los reunidos estaban de acuerdo en evitar una revolución marxista en España y en que, para ello, era necesario estar preparados; algunos, pocos, soñaban con restaurar la Monarquía, otros con una acción inmediata contra el nuevo gobierno. Llegado el momento la jefatura la ejercería el general Sanjurjo y el general Mola sería el organizador. Ahora bien, para no pocos jefes y oficiales en los que iban a apoyarse los generales el líder tenía que ser Franco. Fiel a su pensamiento en esta cuestión el futuro caudillo solo estaba dispuesto a sublevarse si se llegaba a un punto de no retorno siendo la revolución inminente.
Su salida hacia Cádiz para tomar el barco que debería conducirle a Canarias convocó a numerosas personas, muchos militares, en la estación del tren para despedirle. En Cádiz se negó a dar la mano al gobernador militar por su pasividad ante el incendio de las iglesias. Al llegar a Tenerife, tras una breve parada en Las Palmas, se encontró en el puerto con la pugna entre antifranquistas y franquistas. Una pequeña manifestación izquierdista estaba en las proximidades del muelle convocada contra el “carnicero de Asturias”; pero eran muchos más, incluyendo las fuerzas que le iban a rendir honores, los que vitorearon a Franco. Para las derechas de las islas había llegado el General, su General. Cuando Franco se desplazara oficialmente habría siempre unidades para rendir honores. Pocos dudaban de que era la autoridad y según Ramiro Rivas era el verdadero líder de las derechas canarias, incluyendo a los falangistas.
Lamentablemente carecemos de correspondencia personal y de testimonios suficientes sobre cómo se fue trazando la pendiente que llevó a Francisco Franco a su decisiva rebelión en julio de 1936. Una pendiente llena de altos y retrocesos. Los biógrafos de Franco, quizás por ello, no suelen profundizar en la tensión en la que el futuro Generalísimo iba a vivir los siguientes cuatro meses en Tenerife. Meses de presión y tentación. Presión militar y civil para que se sumara o encabezara la sublevación. Como no pocos indican tanto entre los dirigentes de la derecha como entre los jefes y oficiales del ejército el ir sin Franco provocaba dudas cuando no desestimación. Por su parte, el general era consciente de la responsabilidad que esta situación ponía sobre sus hombros. Era el único que en realidad podía precipitar los acontecimientos o retardarlos. Optó por lo último, eso sí, preparándolo todo por si era necesario.
El héroe de África y el vencedor en Asturias, aupado con la aureola de su carrera militar, pudo comprobar fácilmente su influjo cuando estaba al mando de una guarnición. La inmensa mayoría de los jefes y oficiales se pusieron a sus órdenes de forma incondicional. Los opositores en las filas castrenses se podrían contar con los dedos de una mano. Al frente de las islas repitió lo que había sido su tónica: poner operativamente a punto todas las unidades. En esto se diferenciaba de no pocos de sus compañeros de armas. Franco pasó a ser uno de los centros del debate político. La izquierda le declaró una guerra soterrada que se manifestaba en las paredes de las calles con pintadas contra el general que eran tapadas con manifestaciones de apoyo por parte de sus partidarios. Franco estuvo en todo momento informado de los planes conspiratorios, del insensato intento de golpe de estado fijado para el 20 de abril que no contó con apoyo alguno; de hecho había emitido una instrucción reservada el día 18 para el caso de que se declarase el Estado de Guerra. La conspiración de los generales tomó realmente cuerpo en esas fechas al transmitir el general Mola la primera de sus circulares para la organización de un golpe de estado. No era algo inmediato, por lo que no impedía a Franco a decidirse. El auténtico “golpe de estado” político se había producido en Madrid con la caída de Alcalá-Zamora y el encumbramiento de Azaña a la presidencia de la República.
En realidad era una merma del peso político de Azaña, pero este puso en marcha una operación destinada a conseguir un gobierno que diera estabilidad y viabilidad a una república democrática: desgajar al líder socialista Indalecio Prieto, cada vez más marginado por el ala revolucionaria caballerista, para que presidiera un gobierno de alianza con los republicanos. Maniobra a la que prestaron su colaboración no pocos periodistas y políticos republicanos y de derechas. Un movimiento que quizás hubiera abierto un camino distinto, pero Largo Caballero, para quien el objetivo era la revolución, cercenó esta posibilidad.
Abril fue un mes de dudas para Franco. Los historiadores suelen hablar de su intención de abandonar su aislamiento y su destierro, pero lo cierto es que lo que le daba Canarias era una libertad de movimientos y comunicación que en otros lugares no tendría, contando además con un fuerte apoyo civil; pero esto solo era eficaz si la misma situación se daba en otros puntos de la geografía. No era esa su percepción. De lo que no cabe duda es de que consideraba que no había ambiente entre las unidades militares para una intervención, ni tampoco esperaba un hecho desencadenante inmediato que fuera a situar a los mandos ante una decisión a cara o cruz. El propio Franco, en unas notas redactadas algunas décadas después explica su actuación a mediados de abril: fue decisión suya aceptar la propuesta que le hacían para que se presentara a las elecciones que se iban a repetir en Cuenca a principios de mayo para tener libertad de movimientos y “tomar más directamente contacto con las guarniciones”. En la candidatura figuraría también José Antonio Primo de Rivera entonces preso por orden del gobierno. Finalmente, tras recibir a su cuñado Serrano Suñer, su enlace e informador político, quien le traía el mensaje de José Antonio considerando inoportuna su candidatura, decidió no presentarse. La tentación le había durado muy poco y lo que demuestra el hecho es las indecisiones que azotaban al general, pero también su falta de confianza en que los conspiradores obtuvieran los apoyos necesarios. Durante la campaña electoral de Cuenca, Indalecio Prieto señaló a Franco como el posible líder de una insurrección militar, el hombre que “llega a la fórmula suprema del valor”. Arrarás, en el otro fiel de la política, coincide con la opinión del dirigente socialista: “Franco era, en efecto, el hombre capaz de convertir aquella exaltación, que se disparaba en conversaciones, disputas y proyectos locos pronto abandonados, en una fuerza poderosa y dirigida; capaz de dar al descontento difuso una organización y una finalidad concreta […] de dar a la vaga protesta, voz, cuerpo, personificación y cima prestigiosa; era, en fin, el hombre capaz de ser caudillo”. Lo que sí hizo Franco fue realizar un movimiento de autoridad en las islas con motivo de las manifestaciones del 1 de Mayo, en las que por primera vez desfilaron las milicias de la izquierda uniformadas paramilitarmente. Desplegó tropas en el centro del Puerto de la Cruz y aseguró otros puntos con la intención de controlar el orden público ante la exhibición de fuerza de la izquierda, evitando cualquier tipo de desmanes o el usual asalto a algún edificio religioso, pero sin impedir que se realizaran los actos convocados. En La Laguna se produjo un tiroteo entre las milicias socialistas uniformadas —que para tirotear tenían que ir armadas— y fuerzas militares sin resultados graves. Varios ayuntamientos con mayoría frentepopulista iniciaron una campaña para pedir la destitución del general a la que se sumarían 22 corporaciones. El Frente Popular acordó que lo sucedido fuera llevado al Parlamento por el diputado Rodríguez Figueroa. La respuesta de las derechas fue una recogida de firmas en la Comandancia Militar en homenaje y a favor de Franco que se extendió a otras localidades. El general agradeció públicamente las miles de firmas a su favor y los mensajes de aliento recibidos. Los concejales comunistas esperaron hasta el 21 de mayo para pedir en el Ayuntamiento de Tenerife, sin éxito, que este hiciera “ver al gobierno la conveniencia de que el general Franco sea depuesto de su cargo y se le deje disponible en Canarias”, según recogía el diario católico La Gaceta de Tenerife. Con ello quedaba claro que él no iba a permitir la violencia con la que la izquierda revolucionaria actuaba en otros puntos de la geografía hispana.
Tenía pues razón Indalecio Prieto al indicar que por su prestigio y red de amistades en el ejército Franco podía ser el líder de una sublevación militar. El 4 de mayo llegaban a las islas las unidades de la Armada para unas maniobras. Se podría afirmar que allí estaban todos sus mandos bajo la dirección del Jefe del Estado Mayor de la Armada, vicealmirante Francisco Javier Salas González. Existen varias versiones, más o menos creíbles, de la visita y de los discursos de Franco. Lo cierto es que el general se garantizó el apoyo futuro de la escuadra y que el ambiente entre la oficialidad de la Marina era de adhesión a Franco, al que reconocían como líder natural. Los rumores de posibilidad de un golpe de estado eran tan ciertos como que el gobierno decidió suspender las maniobras antes de que terminasen. Franco debió de transmitir a Mola el éxito de su gestión dada la asignación de misiones para la escuadra en una de sus instrucciones. En esos días se empezó a distribuir en los cuarteles a través de la UME la Carta a los militares de España firmada por José Antonio Primo de Rivera llamando a la insurrección y a apoyar después la “gran tarea de la reconstrucción nacional” uniéndose el ejército y los falangistas: “hoy estamos en vísperas de la fecha, ¡insensatos militares españoles! En que España puede dejar de existir […] Este es el límite de vuestra neutralidad […] ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego […] Cuando hereden vuestros hijos los uniformes que ostentáis, heredarán con ellos la vergüenza de decir: Cuando nuestro padre vestía este uniforme dejó de existir lo que fue España. O el orgullo de recordar: España no se nos hundió porque mi padre y sus hermanos de armas la salvaron en el momento decisivo”. Llamamiento lógico porque al relatar Franco, en un documento de su puño y letra su reunión con el líder de la Falange indica: “yo hice a primeros de marzo dos gestiones: una con José Antonio Primo de Rivera a fin de que me diese una nota del número de hombres que en el caso de una situación difícil de España se sumarían a un movimiento que iniciase el ejército, y el cual facilitó con un pequeño mapa de España en el cual una cifra señalaba en la capital y otra en la provincia los hombres que incondicionalmente se pondrían al lado del movimiento. Esta gestión… fue acogida con el máximo entusiasmo y calor”.
Mientras sucedía lo anterior se frustraba el intento de crear un gobierno que integrara al socialismo moderado para debilitar al ala bolchevique del PSOE y al resto de diputados pro revolucionarios y por lo tanto antidemocráticos. Azaña, al igual que hiciera Alcalá-Zamora, optó, el 13 de mayo, por un gobierno republicano en minoría presidido por Santiago Casares Quiroga, que había desempeñado en sus ejecutivos las carteras de Obras Públicas y Gobernación; como era usual el nuevo presidente asumía también la cartera de Guerra. ¿Es posible que Franco otorgara alguna viabilidad al nuevo gobierno que además no daba muestras de hostilidad contra él?
El hecho es que en las islas Franco había vuelto a su vida “normal”. Era la celebridad que se disputaba la “gente bien”, iba al cine con frecuencia y a jugar al golf, deporte al que se había aficionado. Participaba en donaciones para el bazar del Hospital de Niños. También era usual verle en el teatro con su esposa, en mayo asistió en Bellas Artes a la representación de La verdad inventada. Su asistencia a Misa hacía que numerosos militares estuvieran allí. Sus distracciones eran las excursiones por el campo y entretenerse por las tardes en ver jugar a su hija en el patio de la Comandancia. Cierto es que se temía por su vida y que, además de la escolta militar habitual, había surgido otra de civiles, jóvenes derechistas o falangistas, que aparecían allá donde iba. Los responsables de su seguridad habían dado órdenes a todos los oficiales de que cuando estuvieran libres de servicio, en caso de coincidir con el general, procedieran a participar en su seguridad. Las amenazas de muerte estaban ahí. Franco confiaba en su baraka, pero temía por la seguridad de su mujer y de su hija. Aunque no muchas, sus declaraciones a la prensa en Canarias son interesantes por lo que encierran de compromisos a futuro. Así, a finales de mayo, la prensa recogía algunas de sus opiniones en su visita a Las Palmas para comprobar el estado de las fuerzas y conversar con el general Amado Balmes, que también se había puesto a las órdenes del general; en ellas Franco establece la imbricación entre el orden, el trabajo y la mejora económica que, en consecuencia, a todos podrá llegar. Algo que después repetiría en decenas de discursos:
“—Tenerife está completamente tranquilo. Hay orden; de aquí el que la gente tenga trabajo. No se nota el problema del paro obrero, hoy de carácter general en todas las provincias.”
La vida parece que actualmente es más sosegada que en esta capital.
Lo ocurrido en La Laguna [se refiere al incidente antes apuntado] carece de mayor importancia. Un pequeño grupo de hombres que se han dado en llamar comunistas y han iniciado unos cuantos desórdenes. No obstante la gente es sumamente buena; no son capaces de hacer mal a nadie […]
—Aquí sucederá lo mismo. Tan pronto haya paz comenzará todo a funcionar bien. Habrá trabajo para los obreros y la isla seguirá su curso normal.
Deja entrever el general Franco su buen deseo porque los conflictos del puerto no se vuelvan a reproducir. Dice que hay que enfocar de una forma rápida y decidida la corriente turística en la isla. Añade que es ahora el momento de iniciar una intensa propaganda y desmentir las falsas noticias que distintas emisoras de radio clandestinas están propagando y que para ello las autoridades locales han de tener que estudiar con gran atención sus problemas y evitar a todo trance vuelvan a reproducirse conflictos como los anteriores; pues una vez conseguido el desprestigio no es factible volver a la normalidad”.
El predicamento de Franco era notorio, así se podía leer en la prensa: “El Diario de Las Palmas envía un cordial saludo de bienvenida al bizarro e ilustre militar deseándole le sea sumamente grata la estancia que ha de pasar en esta capital”. Y la Gaceta de Tenerife saludaba con un “¡Olé! con los pintores” a los que habían embadurnado los edificios en junio con vivas a Franco.
El 25 de mayo Mola transmite su segundo mensaje, en el mismo se dibuja un golpe de estado rápido con unidades que convergen en Madrid contando con la “neutralidad benévola” de varias divisiones. Franco no tiene papel alguno, ya que se señala que las fuerzas de Baleares, Canarias y Marruecos deberán permanecer en “actitud pasiva”. El 31 de mayo Mola asume que el movimiento puede fracasar en algunas zonas, lo que significa que no encuentra los apoyos necesarios. A finales de mayo el jefe de la UME y el general Goded piden a Franco que eleve su papel en la conspiración. El 5 de junio Mola indica que se constituirá un directorio militar que gobernará mediante decretos-leyes calificando el régimen como “dictadura republicana”. Mientras, Franco en Canarias sigue con sus actividades anunciando la próxima celebración de un festival gimnástico-deportivo-militar en el Stadium del Club Deportivo Tenerife e incluso brinda su apoyo para un festival aeronáutico que se anuncia para el verano. El 15 de junio Franco visitará el gigantesco acorazado alemán Admiral Graf Spee que había atracado en la isla.
Los planes de Mola, conociendo lo que sucedió después, se basaban en apoyos teóricos de las guarniciones y en la neutralidad de otras. Muy pronto asumió que sería necesaria la ayuda civil armada de las milicias carlistas o falangistas, lo que revela que tampoco disponía de muchos efectivos. Hasta el 24 de junio Franco y el ejército de Marruecos no tenían en el futuro golpe papel directo alguno. Es en esa fecha cuando se habla de la “incorporación de un prestigioso general”. Todos los que reciben las instrucciones de Mola leen lo mismo: Franco. Pero este no ha dado aún su conformidad y es importante retener la fecha, probablemente porque el general de Canarias sigue pensando que la intervención militar tiene que estar justificada como último recurso.
Franco, según sabemos aunque ayunos de documentación, poseía sus propias fuentes de información y contactos sobre la adhesión de jefes al futuro golpe y por las impresiones que conocemos nada indicaría al optimismo. Por el contrario contaba con la adhesión de las unidades de la isla que se puso de manifiesto en las maniobras realizadas el 17 de junio en Las Raíces, en el denominado Monte de la Esperanza. El día 16 había tenido lugar en el Congreso un duro debate sobre el orden público en el que Gil Robles presentó una incontestable estadística sobre asesinatos y agresiones políticas, incendios y asaltos a centros religiosos, ataques a periódicos y sedes de partidos, etc., y en el que Calvo Sotelo al recoger las amenazas a su persona afirmó: “la vida podéis quitarme, pero más no podéis, y es preferible morir con gloria a vivir vilipendiado”. En los periódicos conservadores, visados por la censura, no era inusual encontrar la felicitación porque ese o aquel periódico había vuelto a salir tras los incendios sufridos durante las “celebraciones” por las masas de la aún no confirmada victoria del Frente Popular en febrero de 1936.
Que Franco no estaba decidido a actuar, que tenía muchas dudas, lo demuestran las presiones que recibía en tal sentido desde finales de mayo. Los historiadores antifranquistas se refugian, en un mero ejercicio de suposición, en una “ambición calculada”, otros nos inclinamos, siguiendo el hilo de los hechos y no su desenlace, porque en Franco estaba el ejercicio de la responsabilidad que la información y su posición como líder de una parte significativa de los militares le confería. Entre las presiones llegaron a Canarias las de Serrano Suñer y Antonio Goicoechea, y de forma indirecta las del líder monárquico Calvo Sotelo. Si seguimos el testimonio de Serrano, este era objeto de las recriminaciones por la pasividad de su cuñado. Todos ellos incrementan la presión porque Mola ha asumido que sin la actuación como elemento convincente de las fuerzas de Marruecos su débil conspiración se vendría abajo. En estas circunstancias Franco se decide a actuar de forma independiente, aunque comunicando lo que iba a hacer unos días después al general Mola.
El día antes de que Mola remita su instrucción Franco ha enviado una carta muy pensada, que obliga al historiador a leer entre líneas, al presidente del gobierno y ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga. La carta advierte del malestar en el ejército, de su fractura, de “futuras luchas civiles”, de que él está al tanto de todo lo que sucede en las filas castrenses y de que está dispuesto a entrevistarse con él. Era un ofrecimiento al gobierno para que se apoyara en el ejército. Desconociendo los temores del ejecutivo la carta resulta difícil de comprender. En estas fechas no se temía una insurrección militar, lo que preocupaba al gobierno era la posibilidad de que se produjera un nuevo conato revolucionario. Franco era consciente de ello a tenor de la instrucción reservada recibida del Estado Mayor Central, dirigido por el general republicano y masón Carlos Masquelet, paisano de Franco, para poner en marcha el “plan de información en tiempo de paz en previsión de alteraciones del orden público”. La carta reiteraba lo que había sido su opinión hasta el momento sobre el qué hacer. La misma que había expuesto a Azaña cuando se reunió con él antes de salir hacia Canarias. Si eliminamos de los testimonios la retórica, lo que Franco dijo a su viejo y cordial enemigo, que también subyace en la carta de junio, fue: el ejército está dividido, se alientan los recelos, las fuerzas revolucionarias no se sienten derrotadas y si la revolución estalla los mandos nombrados no los contendrán, por lo que es preciso contar con los jefes que tienen prestigio, siendo un error prescindir de él. No hubo respuesta a la misiva del general de Canarias, señalado por todos como posible cabeza de una insurrección, pese a que, si seguimos el testimonio de Martínez Barrio, desde finales de mayo el gobierno y Azaña tenían confidencias de que se estaba preparando un golpe de estado. Es más, en la instrucción nº 5 de Mola, enviada el 20 de junio, unos días antes de que Franco enviara su carta, se podía leer: “por información reservada recibida se sabe que el Gobierno, conocedor del movimiento…”.
La rebelión de Franco
Muchos años después Franco explicaría a José María Sánchez Silva, notable escritor, autor del libro Cartas a un niño sobre Francisco Franco, cómo se consideraba con estas palabras: “es curioso, yo siempre fui un rebelde contra la rutina ya desde la misma Academia de Toledo y en Marruecos durante los primeros tiempos, donde observé que no se cumplía con lo estudiado en los libros. Más tarde sería la revista África, que sería una tribuna contra la rutina en el seno del Ejército”. Rigurosamente cierto. Fue rebelde frente a las tesis abandonistas de Primo de Rivera, manifestándose dispuesto a abandonar el mando y con él todos los jefes de la Legión. Dejemos a un lado rumores más o menos difundidos o las ganas de protagonismo de un enfadado Queipo de Llano. Como hemos visto siguió siendo rebelde ante el cierre de la Academia General de Zaragoza; rebelde frente a la política antirreligiosa de republicanos y socialistas haciendo visible su presencia en actos religiosos…
Es evidente que cuando Franco leyó las directivas para Marruecos remitidas por Mola asumió que se daba por eliminado el golpe de estado en su sentido clásico y estricto. Ahora se trataba de una operación militar teóricamente rápida, en la que se estaba prefigurando la posibilidad de que las fuerzas del norte, que debían de dirigirse hacia Madrid, fueran contenidas, transfiriendo el éxito al traslado de las fuerzas desde Marruecos a la Península; estimando que la presión que estas ejercerían, con su inmediata marcha en columnas desde Málaga y Algeciras hacia Madrid, sería suficiente para decidir la situación: “en inteligencia de que se tiene casi la seguridad absoluta de que este solo hecho será suficiente para que el Gobierno se dé por vencido”. ¿Pero y si el gobierno no se daba por vencido? Si recordamos la carta a Casares Quiroga, a diferencia de otros generales integrados en la conspiración, Franco asumía la división del ejército y esta conducía, irremediablemente, al enfrentamiento civil. Para el futuro Generalísimo el único modo de evitarlo era continuar con la labor de incrementar los apoyos, conseguir la unidad del ejército o al menos el máximo posible de unidad. Este es el modo correcto de interpretar su afirmación posterior de que siempre fue “partidario del movimiento” y sus dudas y dilaciones.
A principios de julio Mola debía de tener algún tipo de seguridad que podía contar con Franco, pues el día 5 Luis Bolín y Juan de la Cierva iniciaron las gestiones en Londres para contratar un avión que despegaría de Croydon la mañana del 11 de julio con dirección a Casablanca. Entre el 8 y el 10 de julio Franco cambió de opinión, creía que no se daban las condiciones, que se carecía de los apoyos necesarios. De hecho Mola no había conseguido avanzar en sus negociaciones con los carlistas. El 9 de julio Mola había cerrado sus planes sin contar, como luego se haría evidente, ni con las seguridades ni con los apoyos necesarios. En esas fechas ni tan siquiera tenía cerrado el apoyo de los carlistas. Mola creía en el valor de la acción desencadenante que arrastraría a todos a la sublevación. El 11 Franco envía un críptico mensaje: “Geografía poco extensa”. Objetivamente tenía razón, si seguimos los testimonios en esos días, tras evaluar la realidad, tras intentar corregir lo que se debía hacer en algunos lugares como Madrid, asumió que la sublevación podía acabar en un fracaso, como fracasó el golpe del general Sanjurjo en 1932, solo que en esta ocasión habría efusión de sangre y además la pena de muerte había sido restaurada para esos casos. Lo que probablemente Franco, consciente de su capacidad retardatoria, buscaba con su retirada era tiempo para conseguir la unidad de la mayor parte de los mandos que evitara el enfrentamiento civil que luego se produjo, al menos en las dimensiones que tuvo.
Los datos son los datos y el 13 por la tarde o quizás el 14 por la mañana Franco envía un mensaje definitivo uniéndose a la rebelión. ¿Qué había sucedido? Qué fuerzas policiales y de la escolta personal de pistoleros socialistas de Indalecio Prieto, “la motorizada”, habían asesinado al líder de la oposición monárquica José Calvo Sotelo. Lo que Franco no supo en ese momento es que también habían buscado a José María Gil Robles para acabar con él pero no le encontraron. De lo que sí tuvo absoluta certeza es de que aquella noche del 13 iban a intentar asesinarle a él. ¿Conexión, casualidad?
La historia de los atentados contra Franco, desde julio de 1936 hasta prácticamente su muerte, tiene mucho de leyenda, probablemente con muchas dosis de imaginación en algunos de los casos y en otros los hechos no pasaron de las intenciones. No se puede negar que en Canarias se temía por su vida. A partir de junio corrió, incluso en medios oficiales, el rumor de que existían planes para la eliminación de jefes militares considerados adversarios por los frentepopulistas. Según los diversos relatos, con dosis de veracidad relativa, desde mayo había amenazas contra la vida de Franco.
La protección que tenía hizo imposible los intentos de atentado en La Laguna y en La Orotava, aunque el que tiene mayores visos de ser real fuera el segundo. También llegó a la Comandancia el rumor de que se pretendía secuestrar a la hija del general. Los atentados en grado de tentativa son difíciles de demostrar y el historiador debe afrontar con mucho recelo lo que se dimana de unas fuentes orales que, en el fondo, buscan cierta notoriedad muchos años después para alimentar la mitología de la lucha contra el franquismo.
El atentado real fue el que tres pistoleros anarquistas —unos anotan que de la CNT y otros de la FAI— iban a intentar en la noche del 13 de julio penetrando en la Comandancia para llegar a las habitaciones de Franco. Existen diversos relatos de lo sucedido con algunas contradicciones sobre cómo sucedieron los hechos. Fueron descubiertos emprendiendo la huida bajo el fuego de la guardia. Durante la guerra los republicanos planearon asesinarle atacando con bombarderos la zona durante el funeral del general Mola; también Stalin, según reveló The Times en 2001 a partir de la desclasificación de documentos, ordenó su asesinato al famoso agente doble Kim Philby en 1937. El 14 aterrizaba en el aeródromo de Gando, en Las Palmas, el Dragon Rapide.
La historia de la rebelión del general es de sobra conocida. La muerte en accidente del general Amado Balmes, sin dudas al respecto tal y como ha demostrado Moisés Núñez y avalan otros autores pese a los dislates de Ángel Viñas, en la mañana del 16 de julio, aunque en aquella época se difundió la idea de que había sido asesinado por los frentepopulistas, permitió a Franco trasladarse a Las Palmas para coger el avión. Franco presidiría el entierro al día siguiente. Los historiadores suelen procurar aislar los hechos, pero el día 16 otros terroristas penetran en la Comandancia por la parte del jardín que daba a las habitaciones de Franco y su familia; afortunadamente una abundante guardia los esperaba. En el barco Viera y Clavijo que le trasladó a Las Palmas fue detenido otro terrorista anarquista que se preparaba a atentar contra el general.
Los acontecimientos son casi una película. El día 17 el gobernador civil ha recibido órdenes del gobierno de vigilar a Franco y de su partido, el PSOE, de detenerle. Poco después se conocerá que han intentado volar el Hotel Madrid donde se alojaba. El 17 llegan las noticias de la sublevación en Melilla y rápidamente se preparan para trasladarse hacia Gando para coger el avión hacia Marruecos. Los frentepopulistas aguardan al general en el túnel de La Laja fuertemente armados, su propósito es ejecutarle. Sin embargo, Franco ha decidido trasladarse en el remolcador España. Su baraka africana volvería a protegerle al no atreverse a disparar sobre él las autoridades frentepopulistas. Cuando llega a Gando, donde le aguarda el avión, hay otros tres aparatos militares repostando para despegar; sus pilotos han recibido orden de trasladarse a Madrid para ponerse a las órdenes del gobierno, no reconocen a Franco; y unos días después otra vez le ayuda la suerte cuando se decide a no aterrizar en Tánger y dirigirse a Tetuán, porque allí le estaban esperando para detenerle. También tienen baraka su mujer y su hija que embarcan en el Uad Arcila para subir a un barco alemán. Han estado aguardando en aquel guardacostas protegidas por una guardia de leales. En el mismo se iba a producir la sublevación de la marinería, pero los cabecillas fueron detenidos a tiempo. En cualquier momento la historia podía pues haberse escrito de otro modo.
Cabría afirmar que entre el 13 de julio de 1936, fecha del asesinato de Calvo Sotelo y del intento de atentado contra él, y el 3 de agosto de 1936, fecha de su nombramiento como vocal de la Junta de Defensa Nacional, primer organismo colegiado creado por los sublevados, se produjo lo que podríamos denominar la “rebelión de Franco”, dentro de la rebelión general. En esos días Franco pasó a ser el jefe real de la rebelión contra la República del Frente Popular. Tres hechos, a nuestro juicio, marcan ese cambio de rol:
en primer lugar, la muerte del general José Sanjurjo, jefe nominal del golpe, el 20 de julio;
en segundo lugar, el fracaso del golpe de estado del general Mola, que es una realidad en esas mismas fechas cuando Franco llega a Tetuán a las siete de la mañana del 19 de julio;
en tercer lugar, todo pasa a depender de su capacidad para avanzar con la única y pequeña masa de maniobra con que cuenta: los rebeldes, las tropas de África. Entre el 19 y el 20 de julio Franco toma su primera decisión trascendental: comprar como sea 12 bombarderos y 3 cazas. Sin esa decisión también la historia hubiera sido distinta.
“Soy el general Franco”.
Con esta escueta frase se presentó Franco al capitán Cecil W. H. Bebb, el piloto del Dragon Rapide. En breve Franco iba a ser eso, el general de los sublevados. Es a Franco a quien informan los que se han hecho con el poder en Melilla con un telegrama que le remite el coronel Solans: “Este ejército levantado en armas, se ha apoderado en la tarde de hoy de todos los resortes del mando en este territorio. La tranquilidad es absoluta. ¡Viva España!”. Franco telegrafía: “¡Gloria al heroico Ejército de África! ¡España sobre todo! Recibid el saludo más entusiasta estas guarniciones que se unen a vosotros y demás compañeros Península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo. ¡Viva España con Honor!”. Y desde Tetuán el coronel Sáenz de Buruaga le contesta: “Dueños absolutos de todas las plazas de Marruecos, agradecemos de corazón entusiasta saludo, anhelando pronto llegada ponernos sus órdenes”.
Que la posición de Franco es clave lo demuestran las noticias que aparecen en algunos medios entre el 17 y el 18 de julio. El vuelo de Franco en el Dragon Rapide, que nadie sabe dónde está, no es un secreto y la prensa francesa de Marruecos inserta el 17 una noticia curiosa que demuestra la importancia que se confería a la decisión del general de Canarias: “El general Franco llamado por el gobierno para sofocar la rebelión, se encuentra en pleno vuelo de las Canarias a Madrid”. Naturalmente, en cuanto toma tierra en Tetuán, Franco comienza a difundir llamamientos personales pidiendo a sus compañeros de armas que se subleven.
“Al tomar en Tetuán el mando de este glorioso y patriótico ejército, envío a las guarniciones leales para con su Patria el más entusiasta de los saludos. España se ha salvado. Podéis enorgulleceros de ser españoles […]
Tened fe ciega. No dudéis nunca. Firme energía, sin vacilaciones, pues la Patria lo exige. El movimiento es arrollador. Ya no hay fuerza para contenerlo. El abrazo más fuerte y el más grande. ¡Viva España!”
No pocos se iban a sumar a la sublevación porque Franco estaba en ella y se aprestaron a cumplir sus órdenes. Baste como ejemplo la carta que, poco antes de ser fusilado por los republicanos, deja para que se haga llegar a Franco el teniente Alfonso del Oso Romero que el general guardó en su archivo:
“Mi general: Puse todo mi empeño en responder al requerimiento de V.E., fecha 20 de julio; no me acompañó la suerte y por causa que V.E. conocerá al ocupar Bilbao el Ejército liberador, no pudo ser realizado lo que era mi vehemente deseo. Dentro de una hora, aproximadamente, voy a ser fusilado por esta amalgama vasco-roja y solo le pido a Dios conservar la elegancia de gesto precisa para enseñar a los rojos cómo se muere por un ideal.
Lleva esta carta a V.E., mi buen amigo don Julio Rivera, además de buen amigo, buen español, que puede testimoniar el espíritu que en los últimos momentos de mi vida me anima la Grandeza de España.
Se despide respetuosamente de V.E. atentamente,
Alfonso del Oso Romero”.
En Canarias lanza su primer manifiesto en el que enumera las razones de la sublevación con una parte propositiva, que es la más disonante con otros comunicados de los generales rebeldes, al dar seguridades en el mantenimiento de las “conquistas que representan un avance en el mejoramiento político social”, prometiendo “trabajo para todos, Justicia Social, llevada a cabo sin enconos ni violencias y una equitativa y progresiva distribución de la riqueza sin destruir ni poner en peligro la economía española”. Pero lo verdaderamente importante es que siendo consciente de que su decisión puede arrastrar a muchos indecisos asume como propio el envío de mensajes a las guarniciones y a la Guardia Civil notificándoles su decisión. Franco inicia así su particular guerra de propaganda que, fracasado el golpe de Mola, en el que probablemente tenía muy escasa confianza, es necesaria para mantener la moral, para mantener la resistencia y atraer a los indecisos. De ahí que hasta el 25 de julio sean constantes sus mensajes. Textos optimistas que transmiten seguridad. Incluso se dirige directamente al gobierno desde Tetuán para protestar por el primer bombardeo sobre población civil de la guerra, que fue realizado por los republicanos y no por sus fuerzas, conminando a la rendición:
“Al tomar posesión del mando de este Ejército os envío la más enérgica protesta ante incivil conducta del Gobierno al ordenar que vuestros aviones bombardeasen el interior de las poblaciones causando víctimas inocentes de mujeres y niños.
El movimiento restaurador español triunfará totalmente en breves días y os exigimos estrecha cuenta de vuestra conducta.
La energía con que actuaremos estará en proporción con vuestra resistencia.
Os invito a que entreguéis el mando y os sometáis, evitando los ya inútiles derramamientos de sangre”.

Preciso y algo favorable
a una solución militar