INTRODUCCIÓN
El 14 de abril de 1931 suele presentarse como el resultado natural de una victoria republicana en las urnas. Sin embargo, un análisis detenido de los datos electorales y del contexto político revela una realidad mucho más compleja. Las elecciones municipales del 12 de abril no fueron concebidas como un plebiscito sobre la forma de Estado ni otorgaron, en términos globales, una victoria a las candidaturas republicanas. Aun así, en apenas cuarenta y ocho horas, la monarquía parlamentaria se derrumbó y fue proclamada la Segunda República.
Este episodio no puede entenderse sin tener en cuenta el profundo desgaste moral del régimen, la debilidad de las élites monárquicas, la presión de la calle y el temor a un escenario revolucionario similar al ruso. Más que un triunfo electoral republicano, lo ocurrido fue el colapso de un sistema incapaz de defenderse a sí mismo…
Para las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, convocadas por el general Dámaso Berenguer, nombrado por Alfonso XIII sucesor del general Miguel Primo de Rivera[1], la monarquía ya se había desacreditado moralmente por completo debido a su manifiesta impotencia para gobernar[2]. No obstante, nadie concebía otra alternativa al conservadurismo liberal de la monarquía constitucional, debido a la epiléptica experiencia republicana de 1873. La Restauración monárquica habida en diciembre de 1874 con Alfonso XII, que desde el inicio del siglo XX había sido erosionada por los socialistas, anarquistas y separatistas, se encontraba en una situación de agotamiento, cada vez más cercana al colapso, a causa de la entrada en política de dichas ideologías mesiánicas y violentas que terminaron por desestabilizar un sistema ya muy debilitado y frágil.
A pesar de ello nadie dudaba, republicanos incluidos, de que en aquellas elecciones se produciría una fácil victoria monárquica. Los republicanos tenían planes a más largo plazo pues no pensaban que el desfondamiento monárquico fuera tan severo. A pesar de lo afirmado tantas veces por la propaganda republicana, las elecciones municipales de abril de 1931 ni fueron un plebiscito, ni existía ningún tipo de razón para interpretarlas de esa manera. Su convocatoria no tuvo carácter de referéndum y, menos todavía, de elecciones a Cortes constituyentes. No sólo eso, tampoco fueron un triunfo electoral republicano. De hecho, la primera fase de las elecciones municipales celebrada el 5 de abril se cerró con el resultado de 14.018 concejales monárquicos y 1.832 republicanos, pasando a control republicano únicamente un pueblo de Granada y otro de Valencia. Con estos resultados, es lógico que ninguna de las heterogéneas fuerzas que componían el bando republicano hiciera en ese momento la menor referencia a un plebiscito popular.
Por bloques, el escrutinio dio la victoria a las candidaturas republicanas en 41 capitales de provincia, aunque en este punto ha de insistirse en que la suma de la población rural de la España de la época era considerablemente mayor que la de la correspondiente capital de provincia. Debido a la masiva emigración del campo a la ciudad a raíz del primer Plan de estabilización económica en 1959, esta relación es hoy completamente inversa. Sin embargo, los datos globales oficiales fueron favorables a los monárquicos. El profesor Miguel Artola obtuvo el resultado definitivo del Anuario Estadístico de 1932, que, aun contando con la manipulación republicana posterior, no se atrevió a negar la aplastante victoria monárquica: 40.275 concejales monárquicos y 26.563 republicanos[3]. Aun así, el derrumbamiento moral de la monarquía tuvo como consecuencia que se proclamara la República, que, de esta forma, nacía carente de legitimidad de origen, debido a:
- a) La naturaleza de las elecciones, que eran municipales y no nacionales.
- b) El número total de votos emitidos, que fue favorable a los monárquicos.
Constituye una grave falsedad histórica pensar que las elecciones dieron el poder a los republicanos. Más bien fue el estado depresivo de Alfonso XIII[4] junto con el vacío intelectual de sus políticos monárquicos, los miembros del Gobierno, los consejeros de palacio y los dos mandos militares decisivos (los generales Berenguer y Sanjurjo), con el conde de Romanones a la cabeza, lo que permitió el advenimiento de la Segunda República. El motivo fue la consideración ―imaginación sin asiento en la realidad― de que el resultado electoral equivalía a un plebiscito que implicaría un apoyo extraordinario para la república y, por ende, un desastre sin paliativos para la monarquía. Miguel de Unamuno repetía con frecuencia: «la República no la trajimos nosotros (…) fue don Alfonso de Borbón»[5]. Alejandro Lerroux afirmaba: «la Monarquía se hundió, no la derribó nadie. Lo que hicieron los republicanos fue poner en su lugar, ya vacío, la República»[6]. Por último, Miguel Maura, declaraba sin tapujos: «Nos regalaron el poder»[7]. Así el rey huyó de España por Cartagena camino de París.
El hecho de que la victoria republicana hubiera sido urbana, como en Madrid donde Saborit, concejal del PSOE, hizo votar por su partido a millares de difuntos, pudo contribuir a esa sensación de derrota. Pero no influyó menos en el resultado final la creencia, que no se correspondía en absoluto con la realidad, de que los republicanos podían dominar la calle[8].
Durante la noche del 12 al 13 de abril, el general Sanjurjo, a la sazón al mando de la Guardia Civil, dejó de manifiesto por telégrafo que no contendría un levantamiento contra la monarquía, un dato que los dirigentes republicanos conocieron inmediatamente gracias a los empleados de Correos adictos a su causa. Este conocimiento de la debilidad de las instituciones monárquico-constitucionales explica sobradamente que cuando Romanones y Gabriel Maura, con el expreso consentimiento del rey, ofrecieron al Comité revolucionario unas elecciones a Cortes constituyentes, éste, que, aunque sorprendido, había captado a la perfección el desfondamiento moral de los dirigentes monárquicos, no sólo rechazó la propuesta, sino que exigió la marcha de España de Alfonso XIII antes de la puesta del sol del 14 de abril.
La depresión sufrida por el monarca, que no había conseguido superar la muerte de su madre, por no hablar de su libertina vida de excesos, las algaradas organizadas por los republicanos en la calle, el espectro de la revolución bolchevique que había incluido el asesinato de toda la familia del zar por orden de Lenin[9] y el deseo de evitar una confrontación civil, al modo en que se había producido en Rusia, acabaron determinando el abandono de Alfonso XIII, el final de la monarquía parlamentaria y la proclamación, sin respaldo legal o democrático, de la Segunda República por los heterogéneos antisistema de la época.bomon
[1] Para una fuente primaria sobre el régimen del general Miguel Primo de Rivera y su caída véase, Maura Gamazo, Gabriel, Bosquejo histórico de la Dictadura, Tipografía de Archivos, Madrid 1930, dos tomos.
[2] Cf. Vaca de Osma, José Antonio, Alfonso XIII el rey paradoja, Biblioteca nueva, Barcelona 2013, p. 131.
[3] Cf. de la Cierva, Ricardo, Historia total de España, Fénix, Toledo 2003, p. 834.
[4] La biografía más completa sobre el monarca del mayor especialista sobre su reinado y que comparte sus mismas posiciones políticas, cf. Seco Serrano, Carlos, La España de Alfonso XIII, Espasa, Madrid 2022.
[5] Cárcel Ortí, Vicente, La persecución religiosa en España durante la segunda República (1931-1939), Rialp, Madrid 1990, p. 97. El autor, sacerdote y eminente historiador con una amplísima lista de titulaciones académicas y de publicaciones que acreditan su valía merecida intelectual, sin embargo, aunque no deje de señalar críticamente la ideología y los sucesos protagonizados por las izquierdas, se muestra como un furibundo enemigo del bando nacional. Hasta el punto de que llega a descontextualizar hechos históricos para producir una interpretación sesgada de los mismos. Desde el punto de vista político se adscribe sin fisuras al liberalismo con. En lo tocante a la Iglesia en España padece una severa esquizofrenia eclesial. Por un lado, admira al siniestro cardenal Tarancón, pero también a José Mª García Lahiguera, un obispo santo y tradicional que vivió la persecución roja en Madrid. Además de ser un gran amigo personal de Francisco Franco, admirador de su persona y del régimen del 18 de julio. Las dos posturas son posibles, simultáneamente, porque el conservadurismo prescinde del principio de no contradicción.
[6] Ibíd., 97.
[7] Ibíd., 98.
[8] Haciendo un paralelismo histórico, estos sucesos pueden compararse, análogamente, con el final de la segunda legislatura del inefable gallego Mariano Rajoy en 2018: i) la tecnocracia, que produce el vaciamiento de cualquier principio relativo al orden intelectual, es decir, sustitución de las ideas por «la economía lo es todo»; ii) unido a la inanidad del PP para sus votantes y España a causa del complejo de inferioridad respecto a la supuesta superioridad moral de la izquierda; iii) produjo el ascenso al poder de la coalición social-comunista-separatista. Pero retomemos la perspectiva histórica.
[9] Cf. Pipes, Richard, La revolución rusa, Debate, Barcelona 2016, p. 809. Una obra de referencia obligada.
CONCLUSIÓN
La proclamación de la Segunda República no fue el resultado directo de una victoria republicana en las urnas, sino la consecuencia del hundimiento moral y político de la monarquía de Alfonso XIII. Las elecciones municipales de abril de 1931, lejos de constituir un plebiscito, arrojaron un balance global favorable a las candidaturas monárquicas, aunque con un impacto simbólico decisivo en los grandes núcleos urbanos. Ese contraste entre los datos reales y la percepción política del momento fue determinante.
El abandono del rey, la pasividad de los mandos militares clave y la falta de determinación de los dirigentes monárquicos crearon un vacío de poder que los republicanos supieron ocupar con rapidez. De este modo, la Segunda República nació en un contexto de quiebra institucional y sin una legitimidad de origen clara, circunstancia que marcaría profundamente su desarrollo posterior y las tensiones políticas que atravesarían la España de los años treinta.
