INTRODUCCIÓN
En este texto, Ernesto Giménez Caballero aborda una de las cuestiones más polémicas de su tiempo: la naturaleza y el significado del fascismo en España. A través de un diálogo irónico y provocador, el autor cuestiona tanto las etiquetas simplificadoras como las interpretaciones superficiales que identifican el fascismo con una mera importación extranjera o con figuras concretas.
Lejos de ofrecer una definición cerrada, Giménez Caballero explora el fascismo como un fenómeno complejo que combina elementos sociales, políticos y simbólicos. Lo presenta como una respuesta a la crisis de las estructuras tradicionales, capaz de articular nuevas formas de relación entre clases sociales mediante el mito del Estado y de lo nacional. Al mismo tiempo, introduce una dimensión más profunda, vinculando el fenómeno con una búsqueda de sentido que trasciende lo puramente político.
Debemos poner un poco en claro eso del fascismo en España, antes de seguir adelante.
–No deseamos otra cosa, amigo Robinsón.
–bien, bien. Empecemos por una pregunta primordial y peligrosa: ¿Ustedes dicen que yo soy fascista, el primer fascista de España?
–¡Hombre! Todo el mundo lo dice.
–No se fíen ustedes nunca de lo que dice todo el mundo. También todo el mundo ha creído en un tiempo sobre la existencia de fantasmas y de brujas; todo el mundo de Madrid creyó una vez en la existencia de una casa de Tócame Roque.
–¿Entonces usted no es el primer fascista de España?
–Mi modestia se ofendería. Y soy el primer Don Nadie. Es la única jefatura que acepto. La más española y castiza, de nuestro místico nihilismo nacional: jefe de Nada, el primer Don Nadie. Pero en cuanto al fascismo, todo lo más me reconozco como el último de todos su componente en España.
–¿El último de todos?
–Sí. La mejor prueba de ello es que me he ahogado, como se ahoga siempre el último, al pasar el río.
–Nos deja usted muy sorprendidos a esas humildes confesiones. Entonces, querido Robinsón, si usted es el último, ahogado, ¿cuáles son los primeros? ¿El doctor Albiñana, por ejemplo?
–¿Albiñana? ¿Pero creen ustedes que el doctor Albiñana tiene algo que ver con el fascismo en España?[1] El doctor Albiñana es un vestigio de aquello que se fue para siempre en la Historia: la Unión Patriótica, la España del siglo XIX, la acción a la romántica. Albiñana es un verdadero romántico, que vivió siempre apasionado con estar en la cárcel y escribir desde ella cartas a los periódicos. Albiñana es, entre los monárquicos, como aquellos republicanos viejos que sufrieron persecución por la República, hasta que llegó la República, hasta que los triunfantes les aseguraron cordialmente que se alegraban mucho de verlos, por ellos, buenos y sin persecución, tranquilitos en sus casas. ¡Simpático romántico!
–Tal vez hay algo de eso. No se nos había ocurrido. Cítenos entonces, concretamente, cuáles son los primeros fascistas de España.
–Odio el sistema delator. Me repugna señalara con el dedo. Nada de nombres rotundos. ¿No sería más sistemático y fecundo analizar lo que sea el fascismo? Ustedes inducirían y deducirían luego, y mi responsabilidad quedaría noblemente a salvo.
–Bueno. No queremos comprometerle frente al director de Seguridad, que siempre lee estas cosas.
–Ya lo creo. Como que al director de Seguridad le interesa el fascismo mucho más quizá que a ustedes y que a mí.
–¿Acaso es uno de los primeros fascistas?
–No, no; nada de bromas con el admirado Galarza[2], a quien vale la pena de tomar profundamente en serio, con su arrogante juventud, su espléndida ambición y esas sus cohortes de asalto, que envidiaría Hitler; esos guardias ya famosos por su manganello, la mejor defensa que ha tenido hasta ahora el orden público de la nueva España.
–Defina usted –ya–, caro Robinsón lo que el fascismo sea. Ansiamos conocer de una vez para siempre sus fundamentos.
–Pues bien: el primer fundamento del fascismo, su esencia social, es la conservación de la clase burguesa frente a la tabla rasa que de ella hizo el comunismo ruso.
–Eso ya lo sabíamos.
–Pero lo que no sabían ustedes es que el fascismo realizó esta conservación de la burguesía “frente y contra la misma burguesía”. Por eso se le sometió gran parte de la clase contraria, la proletaria.
–¿Y cómo realizó tal paradoja?
–Superponiendo un mito por encima de ambas clases históricamente hostiles. El mito del Estado, el mito de lo Nacional. Para ello eligió como instrumento mágico el llamado sistema Corporativo. Un burgués y un Obrero, y por encima de ellos, un Representante arbitral del Estado.
–¿Eso que llaman aquí Comités paritarios? ¿Eso que constituye el pernio sobre el que gira nuestro ministerio de Trabajo?
–Exactamente.
–Pero aquí van muy mal los Comités paritarios.
–Van mal porque el representante arbitral, el Estado, debe tener siempre más fuerza que los componentes, y esa fuerza la perdió con aquello malos jaleos de Berenguer, Romanones y el Gobierno provisional. Pero mejorarán, mejorarán. Ya saben ustedes el último grito de moda.
–¿Cuál? ¿Ese de “Muera la libertad y viva la República”?
–Justamente. Es la variante española que se da al principio leniniano que informó el fascismo: donde hay libertad no hay Estado. La supresión de la libertad es el otro gran hallazgo que el fascismo encontró contra la liberal burguesía, para salvarla de la muerte.
–Pero nuestra burguesía republicana no es fascista.
–Por lo pronto, es burguesía. Y una burguesía ya superior en sacrificios a la italiana, a la alemana, a la francesa, a la inglesa, a todas aquellas burguesías donde la palabra fascismo no va constituyendo ya un pecado vergonzante. La burguesía italiana no llegó siquiera a tolerar que le demolieran el Rey, la Aristocracia, la Iglesia y el Ejército. Dejó la cosa en el puro ambiente patronal y obrero, en el ambiente del Trabajo. En cambio, la mezquina burguesía española se vió obligada a tirar por la borda todos los valores tradicionales del país para salvar los valores más recientes, los adquiridos en los trapicheos de la Gran Guerra: unas pocas pesetejas, unos cuantos negociejos y unos asuntillos.
–¡Nosotros no admitimos que burguesía y fascismo sean sinónimos!
–Tampoco lo admite nuestra hipócrita burguesía triunfante. Pero da la casualidad que lo admiten nuestros sinceros proletarios vencidos. ¿Ustedes leen nuestra Prensa proletaria? ¿Saben cómo denominan desde el 14 de abril a nuestra querida República? Pues socialfascista.
–Exageraciones y despechos de esos pobres diablos de comunistas españoles.
–Nada de exageraciones ni despechos. Los comunistas españoles, como todos los comunistas mundiales, saben que la vida histórica de hoy se divide en dos bandos, o en dos banderas, como diría San Ignacio: la bandera de Cristo y la del Anticristo. Bandera negra o bandera roja. Fascismo o comunismo. Todas las demás banderas son… variantes sobre uno de esos colores básicos: matices, irisaciones.
–¿Y no hay modo de superar esas dos banderas terribles, esa polarización histórica?
–Hay ilusiones de superación en lo político. Ilusiones de rebotica. Invenciones de alcaloides. Pero nada más.
Ya ve en Inglaterra: allí el fascismo se ha formado como en Italia, sólo que “por modos” ingleses. Nada de marchas sobre Londres ni aparatos mediterráneos. ¿Qué hacía falta para el fascismo inglés? ¿Un socialista que, en momento oportuno, trabase sus fuerzas con las burguesas, en sistema corporativo? Pues Macdonald. Si que las pelucas ni los calzones tradicionales se estremecieran un pelo ni un punto.
Ya ve Alemania: ¿qué hace falta para que Hitler triunfe cada día? Pues que sus falanges socialistas se alíen a “lo nacional”. Obrero + Burgués. Y Deutchsland über Alles.
–¿Y en España?
–El otro día un ministro lo declaró bien alto: “El socialismo es la única y verdadera fuerza conservadora de España”.
–¿Lo saben los conservadores?
–Los conservadores de la República, sí. ¿Qué otra cosa fue desde el primer momento la conjunción republicanosocialista? Lo que pasa es que la tímida burguesía en España se ha dejado ganar en exceso la mano la mano izquierda. A corregir ese exceso tenderán los “nuevos partidos conservadores de la República”.
–¿Y cómo lo corregirán?
–Es sencillo. Ignoro al escribir estar líneas lo que dirá D. José Ortega y Gasset en su “Rectificación de la República”. Pero ya verán como su discurso tenderá a afianzar “la seguridad de lo estatal” a base del mito nacionalista. La República de los Trabajadores había descuidado mucho el sentimentalismo –la inalienable cualidad burguesa–. El tono. Apenas las cosas cambien musicalmente de tono, al son de un arpa, ya verán ustedes como sucede lo mismo que en Jericó. El Capital se acercará de nuevo al Trabajo. El edificio querrá volver a estar en forma[3].
–¿Y ese tono cree usted –melódico Robinsón– que se conseguirá por las buenas o por las malas?
–Siempre por las buenas. Es la táctica tradicional de España. Su estilo.
–¿El estilo jesuita?[4]
–Exactamente. Sí. El estilo jesuita de España. Suavidad, tenacidad, retórica, disfraces. Nada de belicismos. Nada de “a cuatro, derecha”. Nadie nos ataca en serio para tomar en serio el fusil. Ni naciones vecinas, ni ejércitos de obreros. Nuestros comunistas son unos buenos chicos, liberales y rousseaunianos, convencidos de que en España, lo mejor siempre es laissez-aller, laissez-passer.
–Pero, volvemos a insistir: ¡ninguno de esos posibles conservadores quien nada con Roma, ni con Mussolini, ni con sus instituciones! Las odian, las detestan, las combaten.
–Ciertamente. Con la boca. Pero ¿y con las manos? Ya ve: la organización estudiantil española toma caracteres cada vez más fascistas, como yo lo predije a Sbert. Disciplina. Jerarquía. Funciones nacionales. Y el mosquete, si alguna vez precisa.
Hasta pormenores como ese Carro de la Barraca, del “avanguardista” Lorquita, no es otra cosa que el Carro de Tespis fascista, de pueblo en pueblo.
Lo mismo del “cine”. Las primeras películas culturales adquiridas por nuestra Instrucción pública son de la Luce, de Roma. Lo mismo la Iglesia. En un Pacto de Letrán español. Les citaría infinitas muestras más de esta calcografía nacional. España cree seguir a Moscú. Pero instintivamente sigue una vez más a Roma. Como en otros tiempos. Se peleaba por Jerusalén, pero ser servía a Roma.
–Pero aquí se cree servir a los principios de la Revolución francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad…
–Esos principios no los sirve ya ni Francia misma.
–¿Y los de Moscú? ¿Quién los sirve?
–Ni Moscú mismo. Rusia va teniendo cada vez menos que ver con la Rusia evangélica y bolchevique de un Dostoiewsky. Rusia se acerca también al fascismo, desde Lenin.
–A usted le gusta jugar con las frases y las ideas, amigo Robinsón.
–Jugar siempre es un peligro; es la mayor seriedad del niño y del inocente. Por eso se degolló a todo inocente en cuanto nació un Cristo, una Verdad auténtica.
–Entonces, para usted, ¿el fascismo lo es todo?
–No; el fascismo, para mí, no es casi nada. Todo lo más, una dimensión política. El fascismo no es más que un empezar, los orígenes de un movimiento aún oscuro, y que se llamará fascista en el porvenir. Algo que está –desde luego– por encima del mismo Mussolini. Mussolini fue un marxista que quiso hacer un nacionalismo italiano. Que consideró el fascismo como una mercancía imposible de exportar fuera de Italia. Pero el genio eterno de Roma avanzó su mano, aplastó a Mussolini, y hoy Mussolini mismo lucha nuevamente al servicio de una universalidad. Mussolini ya no tiene importancia fundamental para Roma. Le pueden asesinar cuando gusten. Mussolini es un César que huele aún demasiado a “materialismo histórico”, a lucha de clases, a marxismo. Le falta santidad. Le faltan alientos para crear una nueva religión, un nuevo orden espiritual del mundo.
–Entonces, ¿por qué existe el fascismo con carácter cada vez más internacional?
–Porque el fascismo es un prenuncio de eso que también quiere conseguir por otro lado el comunismo, y por otro la Sociedad de Naciones: una solidaridad humana.
El comunismo sólo admite la solidaridad del pan, de lo económico. La Sociedad de Naciones admite sólo la Aduana y la Paz, otras variantes burguesas y económicas. Sólo el fascismo ha intentado señalar primacías nuevamente espirituales. De ahí su éxito, hasta en los mismos antifascistas, como son los nuevos republicanos españoles. El Nacionalismo, la Jerarquía, la Autoridad, etcétera, son valores que la nueva España postula cada vez más ardientemente.
–Entonces, ¿es posible la superación del fascismo?
–Sí; pero no en su dimensión política, sino en otra más honda. Resolviendo el único problema que nadie ha vuelto a tocar desde siglos en la vida del hombre: el problema de lo Transcendente. La salvación individual. Pero no en el Estado, como quiere Mussolini. No en la Nación, como quieren los franceses. No en la Raza, como quieren los alemanes. No en el Imperio, como quieren los ingleses. No en el Proletariado, como quieren los rusos. No en las delicias del siglo XVIII, como quieren los del Servicio a la República, en España…
–Pues, ¿en qué, amigo y descontentadizo Robinsón?
–¿En qué? Ya se lo he dicho: en lo Transcendente.
–¿Y qué es lo Transcendente?
–Antes se llamaba con una sola palabra: Dios. Ahora no sé cómo denominarlo. Si lo supiera, habría salvado de nuevo al mundo.
Lo que sí sé decirle es que España sólo se movilizó genialmente en la Historia cuando vio en peligro los Transcendente. Fue cuando produjo sus únicos Santos nacionales y ecuménicos.
–¿Se refiere usted a la Contrarreforma?
–Sí. Me refiero a San Ignacio, a Santa Teresa, a San Juan de la Cruz y a otros santos menos populares…
–¿Y qué se necesita para esa nueva santidad de España?
–Lo que entonces. Voluntad. Fusión de la voluntad individual en la voluntad total de los Transcendente. Ni más ni menos ni menos ni más. No se necesitan fascios, ni planes quinquenales, ni progreso maquinístico; nada más que el motor indiviso de la voluntad.
–Algo de eso significa el espiritualismo voluntarista de Unamuno.
–Lo sé. Y lo van sabiendo cada vez más las gentes de España. Unamuno se preocupa de la Muerte. He ahí el camino de lo Transcendente en la vida: la Muerte.
–Todo eso está muy bien. Pero no negará, querido Robinsón, que usted tradujo a Malaparte en España.
–Ante todo, Malaparte defendía Loyola y a Unamuno. En cuanto a lo demás…, ya ve: hoy le traducen ya en España las editoriales socialistas.
–¿Y no negará que usted admiró a Mussolini?
–¿Lo he negado alguna vez? Precisamente por ignorar el juego, por ignorar el estilo que aquí se usa, no se me ocurrió negarlo. Por creer infantilmente en la sinceridad y en la pureza honrada de las cosa. ¡Si yo hubiere sido jesuita, solapado fascista republicano! A estas horas la República me tendría en su Embajada de Roma.
Pero fui un pobre, inocente mono. Me quedé el último –jugando a la Verdad–, y me ahogué. Mis voces son de fantasma. Hablo desde la ultratumba.
–¡Huy, qué miedo, qué miedo!
–¡Sí! ¡Soy un fantasma! ¡Corran, corran! ¡Soy un fantasma, y por eso les asusta lo que digo! ¡Bu! ¡Bu! ¡Bu! ¡Bu!
El Robinsón literario de España (o la República de las Letras), núm. 5, en:
La Gaceta Literaria, núm. 121, 15 de enero de 1932.
[1] Sobre el fascismo “había existido, sí, –afirma Ramiro Ledesma Ramos– la gesticulación reaccionaria de Albiñana, al servicio descarado de la aristocracia terrateniente y de los núcleos más regresivos del país, y que quiso presentarse, desde luego, como émulo del Duce fascista de Italia. Los intentos de Albiñana, que pueden figurar en una historia del pintoresquismo político y picaresco de entonces, no tienen por qué ocupar aquí más larga referencia”, en: Ramiro Ledesma Ramos. Antología Falangista I, SND Editores, Madrid, 2021, p. 695.
[2] Al publicarse este Robinsón ya no es director de Seguridad el señor Galarza. Pero supongo que seguría siendo fascista. Más cada vez. (Nota de Ernesto Giménez Caballero, en adelante: EGC).
[3] Efectivamente, confirmó su discurso mi suposición. Léase mi comentario a su discurso en este mismo número. (Nota de EGC).
[4] XXX
CONCLUSIÓN
La reflexión de Giménez Caballero sobre el fascismo en España revela una visión ambivalente y en constante tensión. Por un lado, lo interpreta como un fenómeno histórico ligado a la reorganización de la sociedad moderna; por otro, lo considera insuficiente como respuesta última a los problemas humanos, al situarlo dentro de una dimensión meramente política.
El texto sugiere que tanto el fascismo como sus ideologías rivales forman parte de un mismo horizonte de crisis, donde diferentes sistemas compiten por ofrecer soluciones parciales. Frente a ello, el autor apunta hacia una dimensión superior —lo trascendente— como posible vía de superación.
En última instancia, más que definir el fascismo de forma definitiva, el texto invita a reflexionar sobre sus límites y sobre la necesidad de comprender los procesos históricos en toda su complejidad, más allá de etiquetas simplificadoras o lecturas unidimensionales.
