INTRODUCCIÓN
En este texto, Ernesto Giménez Caballero propone una interpretación singular y profundamente polémica sobre el origen y la naturaleza de la Segunda República española. Alejándose de las explicaciones tradicionales —basadas en errores históricos de la monarquía o en la evolución cultural del país—, el autor introduce una lectura innovadora apoyada en conceptos del psicoanálisis, especialmente en las teorías de Sigmund Freud.
A través de la figura del “Robinsón literario”, Giménez Caballero se adentra en un análisis que combina historia, mito y psicología colectiva. La República es interpretada no como un simple cambio político, sino como la manifestación de impulsos profundos relacionados con el poder, la autoridad y la estructura social. Así, el texto se convierte en una reflexión audaz sobre los mecanismos ocultos que, según el autor, rigen los procesos históricos.
Como a Gato Félix
Yo creo que un Robinsón Literario, atado en el centro de su isla española, debe tener como primordial deber el explicarse lo que le rodea. Desde los fenómenos más minutos hasta los más fenomenales. Indagar la naturaleza de la naturaleza circundante. Delimitar su yo (monocracia de todo Robinsón), de su yo (la pluriarquía circunstancial). El Robinsón Literario declara a la soledad de su isla que el fenómeno más preocupante que le atenazó el ánimo desde el 14 de abril de 1931 es aquel –céntrico– de los orígenes de ese mismo 14 de abril.
¿Qué es y significa la República española? ¿Cómo ha venido a España la República española? ¿Qué porvenir puede tener la República española?
Cuestiones éstas que –como Gato Félix– se las paseó rabo entre piernas, manos a la espalda, testa cabizbunda, día y noche, el Robinsón por su isla, arriba y abajo, abajo y arriba. Tal que un meditador profesional y no contingente.
Hasta que –como a Gato Félix, al nunca bien estimado Gato Félix– le irradió algo, súbitamente, del cráneo. Una aureola telegráfica de rayos –punto, raya, raya, punto, raya, raya–; un signario solar; los alegres timbrazos de la “idea luminosa”. Como Gato Félix, el hélice Robinsón sintió, en un momento, la luminosidad del camino abierto. Y como Gato Félix, Robinsón bailó durante cinco minutos su danza artística antes de ponerse en marcha.
Las dos viejas explicaciones
Hasta ahora –se dijo metódicamente el Robinsón Literario– sólo se habían podido dar dos explicaciones de la República española. Viejas, clásicas explicaciones enclidianas: de aplicar a tal fenómenos de la vida hispánica las dos dimensiones tradicionales de lo real y de lo ideal. Del hecho y de la idea. Robinsón mismo había utilizado en reciente viaje por medios extraespañoles, exterrígenas, tales dos análisis clásicos. Análisis utilizados previamente en España y en América por mentalidades tan altas como las de Marañón, Araquistain, Pérez de Ayala, Madariaga y tal vez alguien más.
Según la explicación real o histórica –tan manoseada en todo mitin republicano–, la República española llegó el 14 de abril a España como una consecuencia material y tactable de los desaciertos y errores de la Monarquía hispana.
Si los reyes hispanos no hubieran hecho esto y eso y aquello, la República no hubiese llegado el 14 de abril de 1931 a España. Pero como los reyes hispanos no hicieron aquello, eso y esto, la República llegó a España el 14 de abril. Es decir, por sus pasos contados: uno, dos, tres, cuatro… Por viales ponderables. Por leyes casi físicas. Leyes fatales de una física histórica. La República llegó fatalmente. Por histórica fatalidad.
La segunda explicación –la ideológica– ha consistido en suponer la República española como un devenir evolutivo en la sensibilidad de nuestro pueblo. Según la explicación ideológica de nuestra República, este régimen sería la consecuencia de un refinarse popular, gracias a inyecciones selectas de cultura expelidas desde el Renacimiento por nuestros mejores espíritus. Tal fermento selectivo, para reanimar la sensibilidad de nuestro pueblo hacia un día de progreso y libertad, fue acentuándose desde Giner de los Ríos y Pablo Iglesias, recogiendo una herencia “reformista” de cuatro siglos españoles, se distribuyeron a principio del siglo las dos clínicas u hospitales de incurables de la nación: los intelectuales y los obreros. Las minorías y la masas. El 14 de abril de 1913, según la “tesis ideológica” no sería sino la eclosión triunfal de esa sensibilidad española reformada, camino de la libertad y del progreso.
Santa Teresa y el perro andaluz
El Robinsón, una vez más declara, que tales dos tesis clásicas –la del “error de los reyes” y la de “las minorías sensibles”– las ha utilizado en público, con ese respeto de ni poner ni quitar verdad, que significa el usar lo que usan los demás, habitualmente.
Pero… ¿por qué no declarar también la insatisfacción íntima que tales afirmaciones le producían?
Ahora no es un momento de declaraciones públicas. Robinsón está solo y puede hablar altamente, sin engañar a nadie. Robinsón puede atreverse a rechazar tesis y puede atreverse a forjar tesis. Nadie le ve, nadie le oye, sino su conciencia y aquella instancia temible de que hablaba Esquilo: El que todo lo ve y todo porta en la mente escrito, el ser de las tesis infalibles.
Robinsón puede osar el darse explicaciones de la República española que superen el sentido histórico y el sentido doctrinario de las hasta ahora vigentes. Puede disponerse a un análisis más que real y más que ideal, del fenómeno español. Un análisis ¿superrealista? ¿Intra-psíquico?… ¿Por qué no? ¿Acaso tal método místico no es el que corresponde a una mentalidad como la de un Robinsón hispánico, buceador de moradas interiores por donde anduvo ya Santa Teresa con su perro andaluz?
Le petit sauvage
El Robinsón literario –como si presintiese su vida en la isla salvaje– tuvo siempre una ardorosa curiosidad por la vida salvaje y primitiva de los hombres.
Sus mejores lecturas, sus más caras elucubraciones, se las debió siempre a este tema básico de sus preferencias: la vida remota y misteriosa de los aborígenes humanos. (De ahí su inclinación por los aspectos religiosos, míticos y folclóricos de las cosas. Su poesía por el vivir transido, superreal.)
La constitución humana –se ha dicho– es el efecto de un proceso histórico. (Lo cual es igualmente valedero para las restantes especies biológicas.) Para reconstruir la remota e innumerable historia del hombre, el hombre no ha encontrado hasta ahora otra vía posible que la de su propia psique.
La historia, evolución de cada singular individuo, repite sumariamente la evolución consumada –en el curso de los siglos y de los milenios– por la especie a que pertenece. De ahí que en la vida psíquica del niño se encuentren muchos elementos de la prehistoria de la humanidad.
Pero no sólo en el niño –como sujeto de análisis retropsíquicos–, sino en los propios primitivos o salvajes actuales es donde el investigador de profundidades, de paleohumanidad, ha ido pudiendo encontrar los elementos necesarios para reconstruir su propia prehistoria. Hace cincuenta años Lombroso atisbó tal salto atrás con su concepción atavística del delito y del delincuente. Para Lombroso, el acto criminal era una “regresión atávica a estadios humanos ya superados por el resto, no delincuente, de humanidad”.
Pero quien tuvo mucho antes que Lombroso la visión certera de lo que posteriormente llamaría genialmente Segismundo Freud “el complejo de Edipo”, fue aquel petit sauvage de Diderot, en Le neveu de Raumeau: Si le petit sauvage était abbandonné à lui-même, qu’il réunit au peu de raison de l’enfant au berceau la violence des passions de l’homme de trente ans, il tordrait le cou à son père et coucherait avec sa mère.
Edipo y la República Española
El descubrimiento de Diderot, con su petit sauvage, unido al de Darwin sobre los antropoides superiores, y combinando con los hallazgos sobre el totemismo de Long, Mc. Lenan, Robertson Smith, y otros etnólogos, condujeron a la original y ávida interpretación freudiana a dar, como de la mano, con el viejo mito heleno de Edipo. Ese mito, en el que –inexplicable– había un gran salvaje realizador de aquello que el petit sauvage de Diderot no se atreviera: Tordre la cou à son père, et coucher ave sa mère.
Conocidos es de todos el uso –y a veces el abuso– que el gran Freud y sus psicoanalistas hicieron del complejo edípico, nódulo axial del sistema. El complejo edípico valió para explicar desde la fobia de un niño de cinco años por su perro, hasta la loba del Campidoglio. Desde los cuernos de Miguel Ángel hasta el misterio de la Eucaristía. Desde las tragedias de Esquilo hasta el drama medieval de la Pasión (y hasta el film superrealista de “L’age d’or”). Si una tal vara mágica valió para explicar tantas oscuras cosas –se dijo el Robinsón–, ¿por qué no habría de valer para analizar algo menos significante y difícil, como era la actual República española?
Este fue el “luminoso eureka” –que como a Gato Félix, y como al petit sauvage– le asaltó a Robinsón en la soledad de su isla. Una aureola radial, telegráfica, le salió de la cabeza: punto, raya, raya, punto, raya…
El original pecado
Efectivamente –el complejo de Edipo valía, con toda exactitud y toda originalidad, para analizar el complejo republicano español–, era una dimensión, superadora de las dos tradicionales aludidas. A su luz abisal y poliédrica el problema español, aparecía desnudo, neto, aristado, limpio: descomplexado, desovillado: aceptable. El Robinsón –con la delicia de los descubrimientos– fue disponiendo los términos de su hallazgo, como piedrecitas votivas en torno a un fuego central.
Según el complejo de Edipo, los orígenes de la sociedad humana se vieron manchados por un pecado original: justamente del que habla la Biblia y al que aluden casi todas las mitologías y religiones de una manera o de otra manera. Este pecado –capciosamente velado hasta la indagación psicoanalítica– fue otro que el del asesinato y devoración del padre o jefe de la horda, por sus propios hijos, por la hermandad hórdica –ávida de arrebatar la autoridad y las mujeres del patriarca primitivo.
Freud publicó en 1913 su Totem und Tabu (in Gs. Schrifgen. X) cuatro años más tarde de su estudio sobre la fobia de un niño por su padre, transferida a un perro (Analyse der Phobie eines 5 jähringen Knaben, in Ges. Schriften. VIII).
La hermandad o fratria más rebelde, los hijos más duramente reprimidos por el patriarca, tiranizados largo tiempo por este, se decidieron un día a su asesinato, y a devorarle, para lograr su poder, pues según la magia homeopática, sólo se adquieren las virtudes de un ser injiriéndolas materialmente.
Repartidas las mujeres, y creyéndose todos posesores de las virtudes paternas, una gran confusión autoritaria surgió en la tribu –dando lugar a fratricidios (mitos de Caín y Abel, Rómulo y Remo, etc.)–, poniendo sólo un cierto orden provisional el reinado de la madre (matriarcado). Hasta que los fratres fueron expiando el parricidio, reviviendo místicamente al amado y odiado padre en la figura de un animal sacro (tótem). Por lo que le hicieron inmatable, inasesinable, intangible (tabú). Así como constituyeron en ley de rigor evitar todo ulterior reparto femenino dentro de la misma tribu (exogamia).
Freud fue aplicando el gran secreto a toda religión. Así, el cristianismo no es sino la expiación de Cristo –con su propia vida– del pecado original de sus hermanos (del parricidio del Dios Padre Todopoderoso) salvándolos. La Eucaristía no es sino el recuerdo del banquete totémico, o sea, un rito de magia homeopática. El culto de Mitra, que tanto influyó en los orígenes cristianos, se basa también en la muerte de un toro (dios padre) por un hijo, Mitra.
El totemismo como actualidad
El eje sobre el que giró toda la sistemática de Freud residía en una ecuación demopsicológica: niño = salvaje.
Así como todo niño debería pasar por el complejo edípico, así era presumible que todos los pueblos en sus formas niñas o primitivas, hubiesen pasado también por él.
Sus indagaciones personales cerca de sujetos infantiles –comprobadas después, y enriquecidas por nuevas demostraciones de un Ferenczi, de Budapest; de un Abraham, de Berlín; de un Wulff, de Odesa–, dejaron terminantemente sentada la verdad del primer postulado; esto es, del “niño que odia al padre y querencia a la madre”; del complejo edípico infantil. Le faltaba a Freud ensayar el mismo método en “las infancias sociales”, en “los grupos primitivos humanos”, tanto en los que existieron originariamente durante la prehistoria, como en los existentes aun hoy sobre la tierra, los salvajes actuales.
Material para su análisis encontró en dos fuentes básicas: las mitologías, de un lado; y de otro, la documentación etnológica que desde fines del siglo XVIII venían archivando viajeros y científicos (en especial aquella referente a la singular costumbre de totemismo.)
No es este el sitio ni el instante de vulgarizar una vez más lo que sea el totemismo. Básteme recordar, que la palabra totem, tomada de los indios norteamericanos, fue introducida en 1791 por I. Long en el lenguaje etnográfico, para designar cierto culto etnográfico y social de algunas tribus salvajes, consistente en agruparse bajo un “animal simbólico” o totem.
El totemismo comportaba –como culto– dos caracteres fundamentales: el respeto al animal totem, al que se hacía supersticiosamente intangible (tabú), y la prohibición de casarse los miembros de la misma horda totémica con las mujeres de la propia tribu (exogamia).
Generaciones de investigadores se sucedieron en la etnología dando interpretaciones a esta extraña, inexplicalbe costumbre, a la cual se iban añadiendo cada vez más datos ilustrativos. Sólo el escocés I. Ferguson Mc. Lennan (1869-70) logró centrar el problema totémico a términos que recogería Freud más tarde para su psicoanalista interpretación.
Esta interpretación consistió en descubrir el misterio totémico como el pecado original de la humanidad en su fase expiatoria: en descubrir el complejo de Edipo como la más antigua religión del género humano, aún vigente entre los caníbales y otros inferoántropos.
Es decir, que el totem no era sino la transferencia a un animal sagrado, del temor nacido tras el asesinato, devoramiento y reparto de las mujeres del jefe de la horda.
Entre los pueblos más evolucionados, en las familias de grandes linajes, aún se conserva la creencia de ser un animal místico –un totem– el progenitor suyo. (Loba, de Roma; Oso, de Berna; Toro, de España. Y toda la animalia simbólica de las heráldicas nobles.)
Pues bien: lo que faltaba justamente en las aplicaciones sociales del totemismo –dentro del método psicoanalista– era el encuadrarlas, no en sistemas transidos y evolutos –como el cristianismo, el culto de Mitra, la hordas australianas–, sino en complejos sociales vigentes y nacientes, en actualidades devinientes, sientes. Es decir, en estados políticos del templo actual y porvenir.
Tarea esta que el Robinsón se puso –loco de videncia– a realizar sobre su fenómeno preocupante: la República española.
El “Urvater” Miguel
Con certeza intuitiva las gentes en España han atribuido desde el primer momento la causa de la República española –no al error de los reyes, ni al progreso cultural de las minorías–, sino a un simple nombre que lo resumía todo: Miguel Primo de Rivera.
¿Quién fue Miguel Primo de Rivera? Según la Historia de España un general de buena familia. Según la opinión de algún fratre de las “minorías”, un pájaro de cuenta, un dictador, un déspota.
Pero según el Psicoanálisis, Miguel Primo de Rivera fue un Urvater de la tribu española; un ser de sentido patriarcal que un día, con salto de antropoide, asumió íntegra la autoridad del grupo social, prescindiendo de todo partido. Y disfrutó seis años de las prerrogativas de que hablaba Darwin sobre los marsupiales.
Los machos restantes de la tribu no tardaron en ir tramando la total conjura, el inevitable pecado original, con la esencial característica que se dio siempre el asalto de los fratrias al Urvater: o sea la de “participar colectivamente en el crimen, por no haber un nuevo Mitra, que quisiese asumir por sí solo la muerte del toro”. Cada complot contra el Urvater español revelaba ya el sentido colectivista y hermanado del ataque. Una vez era “la noche de San Juan”, otra la fratria de los artilleros (todas estas rebeldías dominadas, como por el Dios de la Biblia, separando los ángeles buenos de los ángeles malos), y otra la que decidió la fratría más joven rebelde, de los estudiantes, aprovechando que el patriarca comenzaba a chochear y a soltar las riendas. Y a degenerar su prestigio de positivo en negativo, de admiración en execración, cumpliendo fatalmente esa ley de toda mitología, subrayada por Wundt; según la cual, “una fase anterior dominada y reprimida por otra, se mantiene, al lado de la dominante, en una situación de inferioridad; transformándose lo que en ella era venerado, en objeto execrable”. Cuando la fellowship estudiantil logró con su presión hercúlea de Federación (F.U.E.) expulsar a París al viejo Urvater, la República quedó en España proclamada de hecho.
Aún recuerdo el banquete de Sbert en la Bombilla, en la cual se verificó una ceremonia con todas las características del banquete totémico: sobre una bandera donde estaba asesinado en un ¡muera! El patriarca, Sbert instintivamente derramó su vaso de vino tinto; lo cubrió aún de simbólica y eucarística sangre.
El Rey o el enterrado vivo
Ahora bien: ¿cómo se explica que el rey –sino tuvo error– fuese arrastrado por la caída del patriarca tirano? ¿Fuese enterrado vivo con aquel entierro?
Es que el rey tuvo, sí, un terrible y único error. Ese error que también ha señalado el ojo popular, clarividente: el error de “identificarse con la autoridad del tirano”. De ahí, que tirano y rey, para el odio rebelde de la masa tiranizada significase una misma y única cosa. Del mismo modo que Berenguer, al asumir el tercer grado de este complejo autoritario –el de subtirano–, recibiese en pleno la ira y da desbordada e incontenible.
Se podría hacer un esquema de “responsabilidades” en ese orden: Primo, Rey, Berenguer.
Los viejos ministros del rey –los “constituyentes”–, resentidos por el puntapié del dictador, tuvieron un significado ambivalente: de un lado, un ansia de salvar al amado rey con una constitución; de otro lado, el ansia de hundirle (por haberles preterido con el tirano), haciendo que esa constitución fuese constituyente, crítica, demoledora. Los viejos ministros del rey –los “constituyentes”– fueron el puente de leño sobre el que pasaron las ardientes fratrias republicanas, antimonocráticas; fraternocráticas, sedientas de comerse la autoridad en común banquete, sin jefe visible, todos para a par.
La fase matriarcal
Sin embargo, como en toda auténtica República, como en todo reino de fratrias, pronto se observaron –aun antes de llegar a las fratrias de pacto al poder– las luchas inevitables de todo sistema pluriárquico, multícrata, de toda auténtica República.
Como en toda auténtica República se preludió el fratricidio. (Prieto contra Lerroux, comunistas contra socialistas, catalanes contra castellanos… Caín y Abel, Rómulo y Remo.)
De ahí que para contrarrestar la fatal ferocidad autógrafa de las fratrias –fuese menester–, como en toda auténtica República, la va instauración de un Matriarcado. De un signo femenino, maternal, que suavizase y enmolleciese los instintos eruptivos de los machos en libertad.
El Matriarcado de nuestra República ha venido consistiendo, como en las otras auténticas Repúblicas, en cristalizar el poder en una Mítica de sexo femenino. Hablar de “la niña que se hace mujer en las Cortes”. Elegir mujeres como símbolos del régimen (concursos populares). Y –sobre todo– en dar beligerancia a los elementos menos virulentos del régimen: el intelectual, el abogado, el médico, el socialista, el efebo, e incluso la misma mujer, con su falda, sexo y todo. Es decir, aquellos elementos de sentido, que llamaría Marañón intersexual, que diesen un sentido humanitario, pacifista, dulce, idílico y materno de la situación. Por contra quedaron relegados a sospecha, vigilancia o desuetudo, los elementos más netamente virófilos y agresores: sindicalistas, militares, ingenieros, empresarios…
Aparición del “tótem” español
Tras todo derrocamiento y muerte del tirano, vino siempre a la colectividad una fase depresiva, que se ha llamado la “fase expiatoria”. La agresión parricida comienza a “pesar”. Y los fratrias a postular un sucedáneo de Urvater transido. Una nueva autoridad específica. Un tirano que no sea el tirano, sino que lo recuerde en positivo, en esfumado, inanimadamente. Así nace el tótem. El animal sacro. Lo santo. Un tabú. Lo cadosh, que decían los hebreos. El agios, que decían los griegos.
Las hordas primitivas y los salvajes actuales elegían un ser de otra especie biológica que simbolizan las virtudes del antepasado ucciso. Y a este ser, este tótem (tótem del lobo, del oso, tótem vegetal, como el árbol de la ciencia) le daban el puesto autoritario en plebiscito comunal.
Pues bien –en España–, apenas sepulto Primo de Rivera, se pudo observar en las fratrias hispánicas una vaga querencia de “lo desaparecido”. De ahí que los principales rebeldes en busca de “lo nuevo”, fuesen antiguos colaboradores del Urvater. (Algunos eminentes aviadores, algunos eminentes socialistas…) Y al mismo pueblo se le sentía presenciar un nuevo complejo autoritario que le vengase de la burla del subtirano (Berenguer).
En España, esa querencia, ese postulado, esa volición totémica logró asumirla exactamente Alcalá Zamora. El cual creaba con su figura el complejo totémico andaluz: recordado en años acento ceceante y hasta físicamente en “desaparecido”. Pero lo recordaba, asumiendo un aparente sentido hostil y opuesto.
Se puede afirmar, sin temor a error, que todo “presidente de República” es un símbolo totémico de la realeza, de Urvater.
La mejor prueba de ello es la caducidad periódica que las Cortes, que todo Parlamento, asigna al mandato de sus presidentes. Del modo que los fratrias celebraban periódicamente “el banquete totémico para devorar al tótem presidencial”.
Alcalá Zamora supo maravillosamente encarnar su símbolo totémico, de verdadero presidente de la República. O sea, reduciendo su autoridad a límites tan invisibles que se confundían con los límites de las mismas fratrias, de partido republicano. El cual partido, al reverter su autoridad propia en el símbolo totémico lo convertía en tabú. De ahí la dificultad de sustituir al irreprochable Alcalá Zamora, hasta el presente.
Cualquier sustitución que recayese en una figura con tendencia acusada a la personalidad, sería fatal para la República nuestra. Y el mismo Alcalá Zamora se jugará el puesto central el día que quiera imponer cualquier postulado personal.
Una República perfecta es aquella en que se equilibran las presiones del poder totémico (presidente) y del poder de las fratrias (Gobierno Cortes, partidos).
Repúblicas que no son repúblicas
Cuando ese equilibrio de presiones se desequilibra viene el fenómeno típicamente suramericano, portugués o balcánico de las Repúblicas tiránicas o de las Repúblicas caóticas.
Los casos de Francia, de Estados Unidos y de Rusia, no son ya de verdaderas Repúblicas.
Es un error creer que Rusia, Estados Unidos y Francia –por citar tres ejemplos destacados– sean hoy verdaderas Repúblicas.
La época de las fratrias ha pasado en esos países, que entraron ya en la fase llamada por los psicoanalistas de “obediencia póstuma”, o de sublimación teoantrópica de la autoridad. Hoy en Francia se oye de muchos labios esta exacta sonrisa: “La República francesa tiene malignidades superiores las de muchas monarquías”. Tales malignidades no son otras que el soberbio imperio colonial de Francia, su hercúlea unidad inferior, la magnífica disciplina del pueblo. Francia es hoy tan monocrática bajo su República, como lo fue en los mejores tiempos del rey Sol o de Napoleón.
Igualmente sucede a la confederación de los Estados Unidos, donde la unión de tales Estados se ha hecho tan prieta que ya es toda ella un haz fulgente, como el de Júpiter, sobre continentes y océanos.
Respecto a la famosa U.R.S.S., o sea la Unión de las Repúblicas Socialistas en Rusia, es justamente donde mejor se aprecia la etapa sublimante, la de la “obediencia póstuma”. Stalin ha pasado a ser –de tótem de Lenin, de vicario suyo –un verdadero monarca implacable, un nuevo Padrecito, Urvaterlein, de la fratrias soviéticas.
El espíritu del muerto
Volviendo a España este fenómeno del totemismo republicano, de la “retroacción autoritaria”, se observa más cada día.
El Gobierno provisional no sólo disfraza su símbolo de autoritarismo en un en exacto presidente, sino que tiene a un brazo suyo (el ministro de la Gobernación) para fulminar cuando es preciso. Conserva los mismos instrumentos ejecutivos del pasado régimen, y los maneja y dispara con táctica desenvoltura (Guardia civil, Ejército, Policía). Hasta en muchas medidas gubernamentales de carácter opuesto y radical a las tomadas por el Urvater, poco a poco las reduce a vías ya preformadas, como sucede en las de obras públicas y en la adopción política de técnicos jóvenes…
En toda situación totémica el espíritu del muerto vigila y obsede. Para aplacarlo y desviar su venganza, se le ofrecen sacrificios, concesiones.
Por boca del periódico ex oficioso –La Nación– habla “el muerto jerezano” todas las noches en Madrid.
Es público y notorio que esa voz, en apariencia odiada y desdeñada, se sigue atentamente por muchos de los fratrias, como quienes acechan un peligro.
Sexualidad y autoritarismo
No son , pues, los errores de la dinastía borbónica, ni la cultura minoritaria en progresión, las causas fundamentales de la República española. No ha sido esta República un “asunto de cultura y sensibilidad”. Sino un caso genuino de “sexualidad y autoritarismo”. “La virilidad bien caracterizada”, sustituida por la venganza colectiva de los machos jóvenes y rebeldes, sedientos del reparto de ese privilegio exclusivo. Y en seguida, un sentido matriarcal, femenino, para evitar la autofagia. ¿Podrá España soportar mucho tiempo esta protección matriarcoide en las alturas? ¿Podrá soportar la tradicional España de Don Juan la victoria del sexo contrario?
Esta es la cuestión. Este es interrogante que sólo Marañón podría respondernos.
Las revoluciones políticas no son fenómenos de cultura. El mito de la cultura es un fantasma nórdico y decimonónico que ya va tramontando.
Son fenómenos entrañables, de sexo y de poder.
Los republicanos verdaderos sienten el horror del caudillo, del patriarca, de la monocracia, del unitarismo. (Un Araquistain, un Prieto.)
Y, al revés, los que son criptomonócratas en el fondo, hablarán de unidad, de nación, de estructura, de imperio, de orden y de libertad, de mil modalidades capciosas donde esconder su despego inaguantable por la fellowship, por la republique des Camarades por las fratrias. (Un Unamuno, un Ortega.)
El Robinsón sigue sin contestar las tres preguntas
El Robinsón ha visto este movimiento de las fratrias en España tarde, pero clara y distintamente.
Antes de la República tenía la convicción que le ofreció Frazer, el gran etnólogo, en su Golden Bough. O sea la de los “reyes naturales” destronados por otros “reyes naturales”, base de toda política antidinástica y anticonsuetudinaria.
En este espíritu escribió y sintió su “Hércules jugando a los dados”. Creía que cuando el titán del lago de Nemi desfalleciese, un nuevo titán iba a asesinarle y usurparle el cetro.
Pero ignoraba –y este fue su error– que el nuevo titán había de resultar colectivo y no singular, que iba a ser conglomerado de fratrias y no un nuevo rex.
De ahora en adelante –el Robinsón– no dejará su ojo alerta sobre el movimiento de estas fratrias victoriosas. No dejará de vigilar esas tres mágicas preguntas: 1.ª ¿Se despedazarán las patrias actuales, como es tradición española en situaciones parecidas anteriores (tribus ibéricas, cabilismo, reinos de taifas, comuneros, cantonalismo, república del 73). 2.ª Emergerá otra vez el postulado tradicional del “aquí hace falta un hombre”?; y 3.ª Se llegará a un equilibrio de poderes?
Estas tres básicas preguntas son las que encuadran el porvenir de España.
Cada cual escoja y decida. En la decisión puede ir desde la satisfacción más íntima hasta la cabeza.
Al Robinsón, por ahora, le place seguir sin definirse. Ofreciendo sus análisis –más que reales– a monarquías y repúblicas. Con su estatuto personal, místico e intransferible. Pues para eso es
EL ROBINSÓN LITERARIO DE ESPAÑA.
El Robinsón literario de España (o la República de las Letras), núm. 2, en:
La Gaceta Literaria, núm. 115, 1 de octubre de 1931.
CONCLUSIÓN
La interpretación de la Segunda República que ofrece Giménez Caballero rompe con los esquemas habituales y plantea una visión inquietante: la política no como resultado de ideas racionales o progresos históricos, sino como expresión de fuerzas instintivas, conflictos de autoridad y dinámicas casi arcaicas de poder.
Al introducir conceptos como el “complejo de Edipo” o el “tótem” en el análisis político, el autor sugiere que la historia de España responde a patrones profundos y recurrentes que trascienden lo puramente ideológico. La República aparece así como una fase inestable, marcada por tensiones internas y por la búsqueda de un nuevo equilibrio entre autoridad y colectividad.
En última instancia, el texto deja abiertas cuestiones fundamentales sobre el futuro político de España: la posibilidad de fragmentación, el retorno de un liderazgo fuerte o la consolidación de un sistema equilibrado. Más que ofrecer respuestas definitivas, Giménez Caballero invita a una reflexión crítica sobre la naturaleza misma del poder y de la sociedad.
