INTRODUCCIÓN
En este texto, Ernesto Giménez Caballero reflexiona sobre la figura de José Ortega y Gasset en un momento crucial de la historia española: el tránsito hacia la Segunda República. A partir de recuerdos personales y experiencias políticas —como su visita al Parlamento italiano en tiempos de Mussolini—, el autor establece una comparación sugerente entre el liderazgo carismático europeo y el posible papel de Ortega en España.
Lejos de una simple admiración, el texto plantea una tensión central: la posibilidad de que Ortega encarne una figura capaz de orientar el destino nacional o, por el contrario, quede diluido en la inercia de una República que el autor considera continuista y carente de impulso creador. Así, la reflexión se sitúa en el cruce entre filosofía, política y profecía histórica.
Recuerdo que asistiendo al Parlamento de Roma una vez –la única vez que he asistido a un Parlamento –en 1929, viendo a Mussolini hablar, y a sus diputados escucharle como las animalias a Orfeo– no se me ocurrió otra cosa que escribir a Ortega y Gasset (mayo de 1929) desde el mismo Parlamento romano, diciéndole que aquello me hacía presentirle. (Quizá guarde aún la carta mía Ortega)[1].
Cuando llegué a Madrid tras mi “Circuito imperial”, Ortega fué tan amable que me honró recogiéndome en casa y llevándome a pasear en su coche. Yo le expresé mi presunción. Le dije que lo más parecido a una posible situación original en España –desde luego «fascista»– pues ya no sería original, lo constituye para mí su figura, y una política juvenil y entrañable. Le vi tranquilo, en espera, seguro del sano pueblo nuestro.
El discurso este del Parlamento, que ha tenido embobado a todos los asambleístas, y que ha levantado en pie al «haz nacional», como comentaba el discurso «Crisol» con estas mismas y oficiosas palabras, me han hecho recordar la carta mía, y otras muchas cosas.
Yo no creo que Ortega sea nuestro Mussolini. Ni que la situación actual tenga la apariencia de un fascismo. Pero, indudablemente, pudiera ser esta la hora mediterránea de España, y Ortega su profeta. (Si no se hunde todo en el caos o en la cursilería: en una España balcánica.)
Cuando traduje a «Malaparte» y le puse un prólogo que levantó polvo, me empezaron a decir que yo era «fascista». Es como si a uno que habla del «bidet» en un país donde no se lavan las mujeres le llamaron cochino. Lo cierto es que en aquel prólogo yo vaticinaba una situación «nacional» que reorganizase nuestros «haces» ibéricos como en el siglo XV, Cataluña y Castilla, Fernando e Isabel –poniendo en esta tarea, no precisamente a un generalito, ni a un generalote; sino …, ahí están los nombres: Unamuno, Ortega, Pidal, Castro, etc. Todos los que empiezan ahora a hervir públicamente. Aquella previsión me costó las relaciones con mucha gente. Con casi toda la que exaltaba –generosa y entusiásticamente– en tal previsión. Desde luego con Ortega.
La tragedia de Ortega[2] –y de todos nosotros– está en si Ortega flaquea. En si se deja arrastrar por esta terrible República tradicional que «nada inventa». Que «hereda» el Himno de Riego, que “hereda” el morado de bandera, que “hereda” la confusión del 73… Que “hereda” hasta ministros y situaciones de la Monarquía…
La tragedia de Ortega estará en no saber dominar esta República y hacer que esta República le “invente”, le “encuentre a él”. Porque si no, hay ya todas las probabilidades de que la considere a él también una “tradición más”. De que le vaya considerando “la masa encefálica”, “el sabio”, “el gran orador”, “el profesor de Metafísica de la Central”…. Esto es: “el hueco que dejó en herencia Salmerón”.
Hay todos los peligros, todas las probabilidades de que esta tremenda República tradicionalista, le sepulte en la hornacina funérea de “Presidente de la República”.
El Robinsón literario de España (o la República de las Letras), núm. 1, en:
La Gaceta Literaria, núm. 112, 15 de agosto de 1931.
[1] En efecto, la carta puede consultarse en el Archivo de la Fundación José Ortega y Gasset, C-62/30. Giménez Caballero le decía al filósofo que “Roma es orteguiana” y que “Ortega es romano”. También le transmitía que había tenido ocasión de hablar con G. Gentile de él y que a Malaparte y Bottai les había entregado un ejemplar de la Revista de Occidente.
[2] Para conocer la “tragedia de Ortega” resulta imprescindible consultar los artículos que sobre él escribió Ramiro Ledesma Ramos y que se encuentran íntegramente publicados en el primer volumen de la Antología Falangista. Junto a ellos: “Juventudes a la intemperie” y “Homenaje y reproche a D. José Ortega y Gasset” en las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera.
CONCLUSIÓN
La visión de Giménez Caballero sobre Ortega y Gasset revela tanto la admiración por su altura intelectual como la inquietud ante su posible incapacidad para liderar un cambio histórico profundo. Ortega aparece aquí como una figura potencialmente decisiva, pero también vulnerable al peso de las estructuras políticas heredadas.
El texto, cargado de tensión ideológica, no solo retrata a un pensador, sino que plantea una pregunta más amplia: ¿puede un intelectual convertirse en guía efectivo de una nación en crisis? La respuesta queda abierta, oscilando entre la esperanza de una renovación y el temor a que todo derive en repetición y estancamiento.
En última instancia, este retrato de Ortega y Gasset es también un reflejo de las incertidumbres de su tiempo, donde las expectativas de transformación chocan con la persistencia de viejas formas políticas y culturales.
