En la noche del 3 de abril de 1939, Radio Nacional de España leyó un mensaje del Generalísimo al país que, bajo el título de «Conmemoración de los caídos», se repetiría en otras ocasiones. Decía así:
— Españoles, alerta. La paz no es un reposo cómodo y cobarde frente a la Historia; la sangre de los que cayeron no consiente el olvido, la esterilidad ni la traición.
— Españoles, alerta. Todas las viejas banderías de partido o de secta han terminado para siempre; la rectitud de la justicia no se doblegará jamás ante los egoísmos privilegiados ni ante la criminal rebeldía; el amor y la espada mantendrán, con la unidad de mando victoriosa, la eterna unidad española.
— Españoles, alerta. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España, con el favor de Dios, sigue en marcha, Una, Grande y Libre, hacia su irrenunciable destino.
Militar hasta la médula, Franco anunciaba, por medio de una arenga de tono bélico, no exenta de grandilocuencia, el comienzo de la larga etapa de paz que prolongaría durante más de treinta años, transformando, mediante ella, las estructuras económicas y sociales del país. Revelándose como un astuto hombre de Estado, atento a conseguir aquello que fuese beneficioso para la nación, aunque no le diera popularidad, mostró siempre desprecio hacia los que calificaba de «políticos», es decir, aquellos que están dispuestos a conquistar y retener el poder por medios no acordes con su conciencia. Este empeño en afirmar que él no hacía política fue considerado por muchos de sus interlocutores como hipocresía. Pero Franco era sincero: no hacía política sino tarea de gobierno. Trató de establecer un Régimen en el que la política quedase relegada a un papel secundario.
Las banderías de partido parecieron a Franco principal obstáculo en el camino que entonces se disponía a emprender. El Caudillo iba a moverse por un cauce trazado entre la conciencia del deber —prefería llamarlo «responsabilidad del mando»— y fría serenidad, tantas veces ejercida durante la guerra, que le había enseñado que muchos problemas y conflictos se resuelven por sí solos con el transcurrir del tiempo.
La meta propuesta era lograr para España —reducida a un ínfimo nivel en el concierto de las naciones, y maltrecha por la guerra— libertad y dignidad en el orden internacional. A pesar de las acusaciones lanzadas por la propaganda adversa, Franco no había cedido ni un metro de terreno, ni una base militar, ni una concesión económica que mermase dicha independencia. Defender tales condiciones en el futuro inmediato, no iba a ser fácil.
Ningún país puede ser libre sin ser al mismo tiempo grande: no se trata de disponer de fuerza militar, sino de crecimiento económico y de producción intelectual. Para ambas cosas, libertad y grandeza, la unidad resultaba requisito indispensable. A Franco repelía la mención de cualquier pluralismo porque estaba absolutamente seguro de que la división es causa de debilidad. Así nació el lema de la España, Una, Grande, Libre, que acabaría convirtiéndose en un tópico.
