INTRODUCCIÓN
El recuerdo de Franco y de su obra no se presenta aquí como una mera evocación sentimental del pasado, sino como una reflexión sobre un proyecto político que se concibió como un Estado nacional al servicio del bien común. Desde la experiencia histórica de la guerra-Cruzada hasta la construcción de un orden interno, social y político, la figura de Franco es presentada como la de un capitán victorioso y artífice de un sistema que pretendía superar la lucha de clases, garantizar la paz interna y orientar la vida nacional hacia un ideal de grandeza colectiva.
A la luz del tiempo transcurrido, esta reflexión no se limita al balance de una obra de gobierno, sino que incorpora la dimensión simbólica de Franco en la conciencia de muchos españoles. Recuerdo, acicate y símbolo se entrelazan en un discurso que no busca la resignación, sino la continuidad de unos ideales que se consideran traicionados tras su muerte. Desde esta perspectiva, el análisis de su figura se convierte en una comparación entre dos modelos de España: la España del orden, la unidad y la estabilidad, y la España surgida de la Transición, percibida como fragmentada y en crisis de identidad.
Antes de nada, debemos señalar que la mística de la guerra-Cruzada contagió íntegramente a los españoles. Fisiológicamente crecimos en estatura, y psicológicamente eliminamos nuestro complejo de inferioridad. Ya no eran los españoles los que no podían ser otra cosa, como dijera Cánovas del Castillo, sino que, como afirmara José Antonio, «español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo».
Política interior
El Estado Nacional promulgó el Fuero del Trabajo; creó el Servicio Nacional del Trigo y Auxilio Social. Se hizo la concentración parcelaria. Se fijaron las unidades mínimas de cultivo. Venciendo el retraso de una época liberal-monárquica o republicana conseguimos ser la novena potencia industrial del mundo. No obstante, la eliminación de España del plan Marshall, se produjo el milagro económico y creció la renta per cápita hasta 2.620 dólares. La ciudad de Santander, destruida en gran parte por un incendio, se reconstruyó enseguida y es hoy una de nuestras capitales más bellas. Las inundaciones que provocó la gota fría en Valencia dieron origen a una obra fantástica para evitarlas en lo sucesivo. El Plan Badajoz puso en regadío miles y miles de hectáreas de secano y el trasvase Tajo-Segura llevó el agua fertilizante a la huerta de Murcia y a la comarca de Cartagena. Se contuvo el agua de la lluvia y de los ríos en centenares de presas, de las que nos acordamos en tiempo de sequía.
La consigna oficial fue la siguiente: «ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan». Me permitió añadir que no solo se quería eso, sino también; ni un español sin vivienda y sin trabajo. Y se consiguió, con esfuerzo, sacrificio y honestidad, la lumbre, el pan, la vivienda y el trabajo.
Hubo protección social para las familias numerosas, salario familiar, becas innumerables, y economatos de empresa. Una red de hospitales y sanatorios fue creada por una Seguridad social que aun cuando se iniciara, como ahora dicen, hace un siglo, solo con Franco se desarrolló con generosidad, amplitud y eficacia. La paz de España, su clima, su historia y su arte, y un conjunto hotelero de primera, nos convirtieron en una potencia turística.
El Estado nacional, creado y dirigido por Franco, dio a los españoles paz y seguridad. Los sindicatos verticales superaron la lucha de clases en un clima de colaboración de empresarios, técnicos y trabajadores.
La delincuencia fue mínima, y así como no bastaban los colegios y las escuelas para recibir a los niños de tantas familias fecundas, sobraban las cárceles escasas de inquilinos.
El estado nacional, con impuestos moderados, realizó una obra ingente, y España, como Waldo de Mier escribiera, cambió por completo de piel.
Incluso la zona roja, esquilmada económicamente se rehízo con la ayuda generosa de la nacional; y con una rapidez increíble, envidiada, sin duda, por la Alemania excomunista, la del otro lado del telón de acero y del muro de Berlín, que después de muchos años sigue teniendo un nivel de vida notablemente inferior al del resto de Alemania.
Política Exterior
Pero un Estado no es una isla, ni una torre aislada marfil. Tiene relaciones con otros Estados y, además, con la Iglesia, es decir, una política internacional, de la que no se ha hablado Gonzalo Fernández de la Mora. Pues bien, de la política internacional de Franco quiero destacar:
Que cuanto tantas naciones de Europa fueron ocupadas por las divisiones de Hitler, que apenas encontraron resistencia, Franco, solo con unas cuantas frases cargadas de habilidad gallega, no solo las detuvo en el Pirineo, sino que ahorró a España un nuevo y doloroso baño de sangre.
Que, a pesar de todo, cuando el conflicto se complicó al abrirse el frente oriental contra el comunismo, Franco, que había luchado y derrotado al comunismo en España, prolongó esta lucha en el Este –sin que Alemania se lo pidiera–, enviando la nunca olvidada y gloriosa División Azul.
Que la carta que recibió Franco de Roosevelt, y la que él hizo llegar a Churchill, demuestran la estricta neutralidad de España en el enfrentamiento de los Aliados occidentales con las potencias del Eje, y la clara visión del Caudillo sobre lo que iba a suceder en Europa al unirse la URSS a los Aliados.
Que la retirada de los embajadores y el boicot económico a España logró que los españoles se apiñaran en torno a Franco, que permaneció tranquilo y sentado a la puerta de su casa hasta que los embajadores volvieron; y volvieron avergonzados y arrepentidos.
Que Franco firmó con la Iglesia un Concordato, y con los Estados Unidos un Tratado de cooperación. Vinieron a España el cardenal Ottaviani y Eisenhower. El primero dijo que el Concordato con España era el mejor de todos, y el segundo reconoció públicamente que si había admirado a Franco como militar, ahora, y por añadidura, lo admiraba como estadista.
El presidente Nixon demostró una y otra vez su afecto hacia España y el presidente Reagan llegó a increpar a los miembros de las Brigada Lincoln, que combatió con los rojos, diciéndoles que se habían equivocado de trinchera.
Que, dejando aparte, en fin, lo que podamos pensar de la eficacia o utilidad de la ONU, lo cierto es que la ONU, que nos fue tan hostil, abrió de par en par sus puertas a España.
Reflexión compartida
Examinemos también, como al principio proponíamos, a Franco y su obra, en la prueba de la comparación y el contraste. Se trata de poner al lado de la España del franquismo la España de la Transición; al lado de la España unida y en orden, con paz y trabajo, la España del separatismo que la trocea, del terrorismo que la baña de sangre, del miedo ante el futuro, de la corrupción, de la droga, del sexo, del sida, del índice más bajo de natalidad de Europa, de la inmigración ilegal masiva, del taller, en aguas del estrecho de Gibraltar, para reparaciones peligrosas de submarinos nucleares ingleses; de la torpeza inaudita de enemistarnos con Chile, cooperando de un modo activo a la detención y procesamiento del general Pinochet, que evitó que el comunismo se implantase de forma violenta en su país; del espíritu antidemócrata, puesto de relieve al condenar con saña a Haider y al Partido de la Libertad de Austria, que ganó unas elecciones y que con el voto popular forma parte del gobierno austriaco. Se trata en suma de comparar la España transfigurada y en estado de gracia colectiva, de ayer, con la España desfigurada, y en estado colectivo de pecado, fruto de la Transición.
A España no se la podía perdonar su desplante y su gallardía, por su valor ejemplar y por la proyección de ese ejemplo a otras naciones. Era necesario invertir el resultado de la guerra-Cruzada y, por tanto, la Victoria Nacional. Se dijo que a la imagen de la Victoria le faltan los brazos porque no supo dominar el vicio de comerse las uñas. Pero con nuestra Victoria ha ocurrido algo peor, porque se le arrancaron sus alas, impidiéndola batirlas, para subir, iluminarnos y conducirnos desde el cielo.
La pregunta que estaba en el ambiente de la época, Después de Franco ¿qué?, tuvo tres respuestas. Una de ellas apostaba por la continuidad perfectiva del Régimen. Otra, quería una rectificación de lo accesorio que respetase lo necesario (Reforma); y otra, finalmente, que proponía la sustitución del Régimen del 18 de Julio por otro liberal-marxista y republicano (Ruptura).
Después de Franco, las instituciones, fue la respuesta que nosotros compartimos.
La segunda y tercera respuestas –reforma o ruptura– se decantaron por esta. Los reformistas, que se habían adueñado del poder en las postrimerías del franquismo, se supeditaron, y con facilidad, ante los partidarios de la ruptura. Los reformistas solo consiguieron dos cosas: salvar la Corona, aunque no la monarquía, en una república coronada, como dijo Fraga Iribarne, y que la ruptura se disfrazase de legalidad, aunque tuvieran que recurrir al fraude de la propia ley. El Régimen nacido de la guerra-Cruzada comenzó por ello a tambalearse. Solo Franco, con su carisma personal, y con el apoyo expreso o tácito del pueblo sencillo, pudo mantenerlo hasta su muerte. Pero Franco, ya enfermo, en su breve alocución desde el Palacio Real en la Plaza de Oriente, el 1 de octubre de 1975, nos dio a conocer lo que estaba ocurriendo y lo que podía ocurrir cuando nos dejara: destrucción de la unidad de España, sustitución de los Principios por las opiniones, e inmoralidad tanto pública como privada. Y así sucedió, porque la muerte del Caudillo fue, para los conjurados de la Transición, el instante adecuado para iniciar un proceso involutivo que nos ha hecho retroceder al esquema liberal-marxista de 1936.
Recuerdo que terminada la Misa de Corpore in sepulto que ofreció por Franco, la Plaza de Oriente, el cardenal arzobispo de Toledo, don Marcelo González, le comenté: «Ahora van a enterrar a Franco. Mañana darán comienzo a la tarea de enterrar su obra».
El perjurio institucional fue tan numeroso como llamativo e irritante, porque, para mayor escarnio, ese entierro de la obra de Franco se hizo por aquellos a los que el Caudillo había entregado las herramientas que debían utilizarse para la continuidad perfectiva del Régimen.
De este modo, lo que nunca pudo conseguir el huracán, lo consiguieron las termitas; lo que no consiguió la metralla, lo consiguieron la deserción, el resentimiento o las ambiciones.
Andrés Cano Sanz, en unos versos preciosos, lo denunciaba:
¿Qué ha ocurrido, Señor? La indignidad
de unos hombres de mente corrompida
casi ha dejado tu obra destruida;
ya no hay orden, ni paz, ni autoridad.
¿Y sabes quiénes son tus detractores?
Los que antes mendigaban tus favores,
aquellos que si hasta te adularon,
los que siempre a tus plantas hemos visto.
Son los mismos que un día a Jesucristo
le vendieron y aún más crucificaron.
Franco, el 26 de febrero de 1959 dijo a los Alféreces Provisionales: [debemos] «ser los guardianes de la Victoria [ya que] si logramos que España despertase fue para que marche por el camino de su grandeza, y eso se logra si conservamos nuestros ideales».
Pero los ideales no se conservaron, y el Consejo Nacional del Movimiento y las Cortes franquistas –con excepciones minoritarias– renunciaron a los mismos. Los custodios del ideal votaron la Reforma-Ruptura, respaldaron más tarde la Constitución y contribuyeron a consolidar un sistema político radicalmente distinto al que sirvieron.
El cardenal Gomá, en La Cuaresma de España, nos aleccionaba así el 30 de enero de 1937: «Las civilizaciones no se defienden solas. La civilización es un estado heroico [por lo que hay] que permanecer en constante y avezada centinela ante el enemigo. La guerra actual señala un momento de esta lucha: cuando acabe deberemos aguardar, arma al brazo, para la construcción y defensa de la España nuestra. Una guerra santa pide, a lo menos, un santo esfuerzo para que no sea estéril la sangre en ella derramada».
¡Tremenda responsabilidad de los eclesiásticos, militares y políticos, que, a pesar de tantas diáfanas advertencias, han tejido la corona de espinas que cubre la cabeza de España, y le han clavado en el corazón el puñal que le arranca la vida!
Fue el obispo de Cuenca, don José Guerra Campos, el que en la basílica del Valle de los Caídos enumeró con claridad y valentía a los coautores del perjurio y la deslealtad a Franco: «los que con él metían la mano en su plato, aprovechándose del Régimen; los escaleras, que le besaban, adulándole; los miedosos que le negaron en la hora difícil; los que hicieron alarde de indiferencia política y asepsia tecnócrata y los maestros de espíritu, escribas y fariseos, apóstoles de la denuncia profética, que colaban, llenos de ira, los mosquitos, y ahora se tragan sin escrúpulos los camellos».
Si la mayor parte del equipo dirigente del franquismo votó la Reforma-Ruptura, su mal ejemplo cundió. ¿Por qué escandalizarse de que en un referéndum la apoyaran también los españoles honestos? Fue una ceguera colectiva, en la que unos ciegos –los reformistas– conducían a los que ellos mismos cegaron con sus palabras y su comportamiento.
Solo quedaba a los franquistas pasados a la Reforma-Ruptura y a sus socios acallar las voces de quienes nos oponíamos a ella. Como el ladrón precavido y atento convence a los guardianes de la casa para que pongan un bozal a los mastines a fin de que no puedan con sus ladridos evitar la fechoría, así los gobernantes de la Transición no tuvieron inconveniente, y hasta se esforzaron, a petición de sus enemigos oficiales de ayer, de eliminar los focos de resistencia, de reducirnos al silencio, de dejarnos sin medios de comunicación y sin recursos, de difamarnos sin misericordia. Con lo cual se quedaron sin los centinelas vigilantes, que de algún modo les defendían. Ahora, ellos mismos, y centenares de españoles sin filiación política, son asesinados en plena calle por los terroristas de ETA, ayer héroes de la libertad, que aparecían constantemente en la televisión, y ahora, por un travestismo estúpido, son calificados nada menos que de nazis y fascistas, aunque sigan asomándose a la pequeña pantalla, alzando el puño con odio y cantando La Internacional.
Acicate
El recuerdo de Franco y de su obra, capitán victorioso de una Cruzada y artífice de un Estado nacional al servicio del bien común, y las pruebas, ontológica y comparativa, que hemos aportado, no pueden conducirnos a una postura resignada y estoica.
Me gustaría deciros, con una visión providencial del acontecer histórico, que la Victoria nacional no ha sido derrotada. Fueron derrotados y vencidos solamente quienes habiéndola ganado o quienes, habiendo disfrutado de ella, perdieron la fe en su dimensión trascendente para España y para los españoles. Ellos ya habían renegado de la Victoria en su interior, antes de pactar con sus adversarios y repartirse con ellos las vestiduras. Pero –hay que proclamarlo con énfasis– si los hombres pierden la fe, las ideas no se pierden en el vacío.
Franco, que a pesar del acoso envolvente a que estuvo sometido, jamás perdió la fe en las ideas, murió hace veinticinco años. Ha sido «la hora del sacrificio de la tarde» que recuerda el profeta Daniel. Han sido veinticinco años de invierno helador, pero los inviernos pasan, y si el invierno esconde semillas en la tierra, las semillas espigarán cuando el sol las acaricie. Ricardo Gil lo expresó poéticamente de otra manera:
No porque arranque mano despiadada
la rosa perfumada
dejará de dar flores el rosal
Símbolo
Hemos hablado de Franco y de su obra, en el recuerdo, y de Franco como acicate que espolea. Conviene, para concluir, que hagamos referencia a Franco como símbolo, porque, a mi modo de ver, aunque Franco como hombre haya muerto, Franco como símbolo vive en la conciencia de cientos de miles de españoles a los que se ha engañado o se ha privado de voz, y que forman el franquismo anónimo, que pone su esperanza en la minoría inasequible al desaliento de que hablara José Antonio, y que sigue enarbolando una bandera que no se ha arriado jamás.
Pero esa minoría, que permanece, y ese franquismo anónimo, que espera y aguarda con lógica impaciencia, necesita capitanes que la dirijan. «¡Buenos quedarían los soldados sin ellos!», decía Santa Teresa de Jesús. Con la ayuda de Dios los encontraremos, sin que importe demasiado su edad, porque como aseguraba el general MacArthur, «la juventud no es un periodo de la vida, sino un estado del alma», y porque como en idéntica línea de pensamiento escribió el coronel argentino Juan Francisco Guevara: «no hay que dividir en generaciones sino en conductas».
A esos capitanes y a la cabeza de las minorías inasequibles al desaliento incumbe y corresponde la difícil pero apasionante misión de lograr que España, saliendo de esta noche oscura de letargo, de sombra y de luto, recupere con su paz interna su identidad metafísica.
Si la bandera sigue enarbolada, no la vemos; y no la vemos porque el enemigo puso esmero y cuidado en trasladarla a la oscuridad. A nosotros nos conciernen dos grandes obligaciones: la de romper esa oscuridad encendiendo antorchas, y la de avivar con su llama el fuego mortecino que aún arde en los pábilos mustios del buen pueblo de España.
Franco es un símbolo doble: bandera y antorcha. Nosotros no le hemos olvidado y no le hemos olvidado porque en el Valle de los Caídos, en silencio, a la vera de la tumba en que reposan sus restos mortales, hasta que recobren la vida en la jornada de la resurrección, nos preguntaremos con el poeta pasado mañana:
¿Tan solo muerte guarda la montaña?,
Y con el mismo poeta contestaremos:
Guarda cenizas que se harán hoguera,
se harán antorcha y sol de amanecida
para abrasar el corazón de España.
Franco, bandera y antorcha, es el símbolo de la España del futuro, como lo es para todos los pueblos que en cualquier latitud del mundo quieran ser protagonistas de la Historia. Y tan es así que, en Dinamarca, el pasado 18 de Julio, más de diez mil jóvenes se concentraron para aclamarle. En Venezuela, Germán Borregales ha escrito que «al conjuro de la palabra Franco surgirán legiones de combatientes dispuestos a restaurar el Estado surgido por obra y gracia del 18 de Julio». En Argentina, el obispo de Rosario, Guillermo Bolatti, dirigiéndose a sus feligreses, dijo: «se seguirá recordando a Franco con el testimonio mudo, pero imperecedero, de su presencia en los campanarios y en los altares»; y el arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, llamó a Franco «magnífico ejemplar de estadista enfrascado durante cerca de cuarenta años en la búsqueda del bien de su pueblo». En Chile, Manuel José Ugarte, proclamó a Franco no solo Caudillo de España, sino Caudillo de la Hispanidad.
Franco, «encarnación de la Patria», en frase del cardenal don Marcelo González; la «espada más limpia de Europa», en frase del mariscal Pétain; el «centinela de Occidente», como tituló su biografía Luis de Galinsoga; «sereno en la guerra y fórmula suprema del valor», como en «homenaje a la verdad» dijo Indalecio Prieto; el «hombre fiel a su Dios y a su Patria», como quiso llamarle el cardenal Spellman; «el servidor excepcional de la Iglesia de España», como le definiera monseñor Guerra Campos; «un ejemplo para toda España por el honrado cumplimiento del deber concebido como un deber religioso», como propusiera don Ángel Herrera Oria; «instrumento de la Providencia para devolvernos nuestros templos y nuestros hogares y, con ellos, el ejercicio de nuestros derechos de cristianos y de españoles», como le definió el abad benedictino de Montserrat Antonio María Marcet; el Jefe de Estado que «se entregó a trabajar por España con obsesión para el engrandecimiento espiritual y material de nuestro país, con olvido de su propia vida», como tuvo que reconocer, nada menos, que el cardenal Tarancón; «el estadista con un historial político y militar incomparable», según sir Douglas Home; «el caballero de la milicia de Cristo», como le proclamó Pío XII.
¡Franco: tú supiste conjugar la Tradición y la Revolución, la Libertad y la Autoridad, la Iglesia y el Estado, el Ejército y el Pueblo, la Patria unida y la multiplicidad de sus regiones, el desarrollo interno y la política exterior!
¡Franco: eres, para nosotros, recuerdo y acicate y símbolo!
A los veinticinco años de tu ausencia, seguimos fieles a lo que tú representabas, y queremos decirte con versos del himno militar que tú cantaste en tantas ocasiones:
Aún te queda la fiel Infantería
que por saber morir sabrá vencer.
CONCLUSIÓN
Más allá del juicio histórico sobre el hombre, Franco es presentado como un símbolo que trasciende su propia biografía. En la interpretación que recogen estos textos, su figura encarna una determinada concepción de España: un Estado nacional orientado al bien común, sustentado en la unidad, la autoridad, el orden social y una determinada visión moral y espiritual de la vida pública. De ahí que su recuerdo no se agote en la memoria del pasado, sino que funcione como acicate para quienes consideran que esos ideales siguen vigentes.
En esta clave simbólica, Franco aparece como bandera y antorcha: bandera de una tradición que no se ha querido arriar, y antorcha que pretende mantener viva una llama en tiempos considerados de oscuridad. El sentido último de esta evocación no es únicamente histórico, sino proyectivo: afirmar que las ideas no mueren con los hombres y que, aun en contextos adversos, pueden reaparecer como referencia para quienes aspiran a ser protagonistas de la Historia y a recuperar una identidad nacional concebida como servicio al bien común.
