En 1975, a las puertas de la muerte, Franco escribía: “quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno quise morir”. En 1936, el cardenal primado, Isidro Gomá, remitía a la Santa Sede una serie de informes sobre los sublevados. De todos los generales señalaba al general Franco como el “que tiene mejores antecedentes”; un “católico práctico de toda su vida”, que reza el rosario todos los días y que “cumple como buen cristiano con los preceptos de la Santa Iglesia… mi opinión personal es que será un gran colaborador de la obra de la Iglesia”. Todo ello tan rigurosamente cierto como exacto hasta en la predicción de Gomá. Según su hija Carmen una de las notas más significativas del carácter de su padre era “su tremenda fe”.
Es habitual, en no pocas biografías, siguiendo los clichés generados por los biógrafos antifranquistas en fecha temprana, argüir que Franco no era el católico que después fue, sino que, para algunos, se aproximó a la Iglesia por considerarlo un medio para satisfacer su ambición y mantenerse en el poder en una relación de pragmatismo simbiótico. Para ello, el argumento máximo es repetir una imagen de la guerra de África, con diversas versiones en la cita, de que Franco en la Legión difundía: “ni misas, ni mujeres, ni vino”. En diversas ocasiones, el Generalísimo explicó el origen de aquella frase. Un día, un soldado llegó tarde a la formación y se justificó diciendo que había estado en una misa de difuntos, a lo que, dentro de los parámetros habituales de un cuartel, le contestó: “cuando se trata de la formación, ni misas, ni mujeres, ni nada”. Saque el lector sus conclusiones.
Franco, como la inmensa mayoría de los niños de la época, recibió una formación religiosa tanto en el hogar, de mano de su madre a la que adoraba y se sentía muy vinculado, como en el colegio. Además, tenía una tía monja clarisa a la que visitaba con frecuencia cuando iba a Galicia. Si seguimos los recuerdos de su hermana Pilar, acompañaba a su madre en las devociones y vivió su comunión como un gran acontecimiento. No es necesario hacer grandes especulaciones para estimar que de preadolescente era un católico de religiosidad popular, lo que en la época y en una ciudad como El Ferrol tampoco era tan extraño.
A pesar de que se conserva la documentación, no pocos biógrafos borran o prefieren pasar de puntillas sobre un dato a nuestro juicio altamente significativo, porque rompe su tesis: el hecho de que al obtener el despacho en la Academia, siendo destinado como segundo teniente al Regimiento de Infantería de El Ferrol, con 17 años, en un proceso del tránsito por la adolescencia acelerado, se inscribe en la Adoración Nocturna. Los inscritos en la Adoración Nocturna, obligados a realizar los turnos de vela, no eran tantos en España en aquellas décadas, y tiene por fuerza que ser valorado como un peldaño más en la religiosidad particular del personaje, siendo solo comprensible con una formación previa de cierto calado. Años más tarde en Mallorca, durante la II República, queda constancia de su presencia en los turnos ante el Santísimo. Toda su vida está llena de momentos difíciles en los que se recluye a orar ante el Santísimo a la hora de tomar una difícil decisión.
En la Legión, “sin misas, sin mujeres, sin vino”, sin embargo, lleva en sus guiones y banderines encomiendas al Sagrado Corazón; los capellanes son auténticos héroes. Un tipo especial de legionario como el padre Revilla en Ras Medua, y Franco registra en Diario de una bandera cómo les llaman a Misa. La leyenda de Franco es también la de un hombre de recta moral (ni se emborracha, ni se va de prostitutas), lo que era, amén de leyenda, una realidad; y era así por su condición de católico practicante, de lo contrario difícilmente se entendería su comportamiento en el medio profesional y las circunstancias bélicas en que se desarrolló su juventud. Ello no quiere decir que fuera una persona ajena a las diversiones de la época. Franco era un joven alegre al que gustaba en Toledo y en Galicia acudir a las romerías y bailar en los festejos populares; de lo que se conservan también varios testimonios. Ciertamente, su catolicismo se vio reforzado con su matrimonio. Carmen pertenecía a la burguesía que durante la Restauración había asumido como únicos los valores y la moral católica, eran una seña de su identidad y más en una ciudad como Oviedo.
Si regresamos a los recuerdos de Pilar Franco, nos encontraremos con el origen de la idea de la “ayuda de Dios”, de la “intervención de la Providencia”, que puede que, en un hombre de fe, se cimentara como real en sus años en África. Su madre era devota de la Virgen de Chamorro, a ella pedía que sus hijos, Ramón y Francisco, volvieran a salvo de sus peligrosas andanzas, no dudando en subir descalza hasta la ermita en ofrecimiento de sacrificio a la espera de la gracia a alcanzar. Franco explicó en alguna ocasión que cuando volvía a Ferrol desde Marruecos acompañaba a su madre a la ermita para dar gracias a la Virgen. El “yo salvo”, con el que Franco telegrafiaba a su madre con regularidad, al que anotaba en las intervenciones de la Virgen ante sus peticiones. Al volver del combate a dar gracias a la Virgen del lugar era algo muy extendido en la religiosidad de la época. Esa idea, la ayuda de Dios, puede que tuviera especial incidencia a partir del hecho de que milagrosamente el futuro Generalísimo salvara la vida tras, como sabemos, ser herido en el Biutz y sobrevivir pese a la ausencia de medios, como si se hubiera curado por sí mismo.
La política antirreligiosa de la II República, con su carga de violencia contra la Iglesia, es seguro que tuvo primero una respuesta íntima en Franco y después una manifestación pública a través de gestos. Ya señalamos cómo lo hizo notar en sus destinos cuando más le podía perjudicar en su carrera, lo que contradice esa imagen del personaje que actúa solo en beneficio de sus ambiciones (una tontería mayúscula porque de ser así no hubiera adoptado una posición desafiante con el gobierno en 1931). En 1932 visitó a los jesuitas ovetenses para manifestar su oposición a la proscripción de la Compañía por orden del gobierno y en Palma se entrevistó con el obispo para manifestarle su desacuerdo con la ley de congregaciones religiosas. Años después restituiría a la Compañía de Jesús todos los edificios que la República le había quitado y daría amplio respaldo a la enseñanza religiosa.
Confiar en Dios, en la Providencia, y dar gracias después de la evolución positiva de los hechos fue habitual en él durante la guerra; pero esto es algo que estaba en la mentalidad de millones de españoles de su época algo que algunos de sus biógrafos olvidan con extrema facilidad. Cuando sus fuerzas cruzaron el Estrecho se marchó a rezar a la Virgen de África, porque algo de milagroso había tenido dada la correlación de fuerzas. Es conocida la anécdota de su conversación con el general Mola cuando, al principio de la guerra, las tropas de este tenían los cartuchos contados lo que impedía su avance y un barco con suministros para los frentepopulistas, con armas y munición, cayó en sus manos: “Mola, ¿tú crees en Dios?”.
El martirio que acompañó a la persecución religiosa, físico desde octubre de 1934, el martirio de las personas, los edificios y las cosas, le impresionó vivamente, asumiendo que eran un ejemplo de testimonio de fe, lo que le llevó a pedir al Papa, directamente, la beatificación de algunos de los mártires ante las barreras de los tiempos vaticanos para proceder a las mismas. Así, en su archivo particular, conservaba una de las cartas remitidas al Papa reinante, en este caso Juan XXIII, sobre esta cuestión (AFNFF 16078):
“Beatísimo Padre:
Entre la multitud innumerable de víctimas del furor satánico de los enemigos de Cristo y de la Iglesia, que sufrieron la muerte durante la Cruzada española, destaca por su especial singularidad la del Hermano Coadjutor Fernando Saperas, de la Congregación de Hijos del Corazón de María, quien el 13 de agosto de 1936, durante quince horas fue objeto de terribles coacciones para obligarle, primero a blasfemar, lo que no consiguieron pese a todos los esfuerzos que aquellos hicieron y, posteriormente, al descubrir su condición de religioso intentaron por todos los medios imaginables, incluyendo los más espantosos repugnantes, mancillar la pureza de su alma con asquerosas desnudeces, conduciéndole de prostíbulo en prostíbulo en forma tan cruel, que hasta aquellas infelices mujeres se llegaron a compadecer de él. Transcurridas quince horas de interminables sufrimientos, durante las cuales varias veces exclamó “¡Matadme si queréis; pero eso no!”, fue fusilado ante las puertas del cementerio de Tárrega, cayendo en tierra su cuerpo, y coronada su alma con la palma del martirio.Por todo ello, para mayor gloria de Dios y para que sirva de luminoso ejemplo de viril pureza a la juventud de España y de todo el mundo.
En nombre propio y de todo el cristiano pueblo español, humildemente postrado a los pies de Vuestra Santidad, solicitamos la gracia de que se acelere cuanto posible sea la introducción de la Causa de Beatificación del joven mártir religioso, Hijo del Inmaculado Corazón de María, Fernando Saperas, que con el aliento de los mártires supo morir defendiendo su Fe y su Castidad.
Palacio de El Pardo, a 10 de abril de 1962.”
Es fácil encontrar en sus discursos referencias a lo que supuso la persecución religiosa en la zona republicana gobernada por el Frente Popular. En ella se desarrolló el único genocidio que se dio en la guerra civil, porque su objetivo confesó era la aniquilación física de la Iglesia Católica, cuya raíz hay que buscar en un anticlericalismo de la izquierda —Franco tuvo conocimiento del brote que se dio durante la Semana Trágica en 1909— y en la política antirreligiosa de la II República que vulneró los derechos fundamentales de los católicos.
Cerca de 7.000 obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas fueron asesinados. Se añaden, según lo indicado en El catálogo de los mártires cristianos del siglo XX, iniciado a impulso de San Juan Pablo II, otros 3.000 españoles asesinados por los republicanos exclusivamente por razón de su fe. La inmensa mayoría eran militantes de la Acción Católica. Por el contrario, en la zona nacional, la movilización de los católicos, la idea de que se luchaba también por la restauración de la fe tras la persecución republicana, que encontraron en Franco a su caudillo, es un hecho difícil de ocultar. En la zona frentepopulista la iglesia de las catacumbas, la iglesia perseguida que mantenía clandestinamente los ritos, como cientos de miles de católicos, solo esperaba una cosa, que llegara Franco. Algo que el Ministro de Justicia del gobierno de Negrín, el nacionalista Manuel Irujo, no dejó de recordar, como una crítica y también como una amenaza, al obispo exiliado de Cataluña, Vidal y Barraquer, cuando, tras la aniquilación, continuaba intentando una operación de maquillaje para contrarrestar el apoyo del mundo católico a la causa de Franco, con propuestas que no hubiera podido cumplir y que Negrín intentó recuperar tímidamente en el otoño de 1938, cuando la derrota era ya más que evidente; lo que no fue óbice para que el 17 de febrero de 1939 un pelotón de soldados al mando del comandante Pedro Díaz asesinara al obispo mártir Anselmo Polanco junto con otras 41 personas. Después sus cadáveres fueron quemados utilizando gasolina:
“Entre tanto, los sacerdotes de su archidiócesis viven, en su mayoría en régimen de catacumba. Prefieren no salir a la luz pública. No temen hoy persecuciones de nadie. Esperan que entre Franco. Lo desean. Hacen votos fervientes. Lo piden a Dios así. Educan a fieles que les rodean en esa devoción. Son agentes de Franco más que ministros de Dios”.
Es más que probable que a futuro fuera importante en Franco, a la hora de plantear la recatolización de España, la influencia o la comunidad de inteligencia con el cardenal Isidro Gomá; algo sobre lo que convendría profundizar. Franco admiraba a Gomá y personalmente escribió un “ruego de preces” a su muerte. Ahora bien, no solo fueron las masas católicas y la Iglesia española superviviente la que se puso al lado ya de Franco. En septiembre de 1936, el cardenal Pla y Daniel publicaba su pastoral Las dos ciudades en la que se indica que la contienda “reviste la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada”. Expresión que no era inusual en los periódicos de la zona nacional. Pío XI, en ese mismo mes, bendijo a “cuantos se han propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la religión”. En mayo de 1937 la idea de cruzada alienta la Carta colectiva del episcopado español —12 obispos no la pudieron firmar porque habían sido asesinados por los republicanos— que apoyarán numerosos prelados de todo el mundo. El balance hasta 1937 de la persecución religiosa lo había establecido en un conocido memorándum el Ministro, entonces sin cartera, el nacionalista vasco Manuel Irujo, presentado al gobierno en enero de 1937, con el fin de intentar acabar con la persecución que tanto les perjudicaba internacionalmente, siendo rechazado por el gobierno del Frente Popular:
“La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente:
a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio.
b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido.
c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron.
d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales.
e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos llevando a cabo —los organismos oficiales que los han ocupado— en su edificación obras de carácter permanente, instalaciones de agua, cubiertas de azulejos para suelos y mostradores, puertas, ventanas, básculas, firmes especiales para rodaje, rótulos insertos para obras de fábrica y otras actividades.
f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados o derruidos.
g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien menguados, continúan aún, no tan solo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso.
h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde.”
