Bajo los pontificados de Pío XII y Pablo VI la Iglesia concedería a Franco sus dos más altas y exclusivas condecoraciones. Ambas requieren servicios a la Iglesia, religiosidad probada, vida ejemplar. En 1953, tras la firma del Concordato, el Papa Pío XII otorgaba al Jefe del Estado español el título de Caballero de la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo (Orden de Cristo). Los cambios en las condiciones incorporados por San Pío X en 1905 indicaban “que ninguna otra le fuese superior en dignidad y que sobresaliese en todas las demás en grandeza y esplendor”; con ella se recompensaban los más altos servicios a la Iglesia. Cuando se concedió a Franco solo otras cuatro personas con vida la poseían:
“Excelencia:
Como primer acto oficial de mi gestión, me cabe el alto honor de notificar a V.E. que S.S. el Papa Pío XII, gloriosamente reinante, con ocasión de la ratificación del Concordato, se ha complacido en otorgar a V.E. la más alta condecoración de la Santa Sede: la Orden Suprema de Cristo.
Dígnese V.E. aceptar mis cordiales felicitaciones por esta distinción excepcional, y recibir también mis mejores augurios en estas fiestas de Navidad, a la vez que invoco las más copiosas bendiciones del cielo sobre V.E., su egregia familia, su Gobierno y sobre todo el querido pueblo español”.
El acto de imposición fue realizado por el cardenal primado de Toledo, monseñor Pla y Daniel. El nuevo nuncio del Vaticano, monseñor Antoniutti, le anunciaba a Franco la concesión y le transmitía el documento firmado por Pío XII:
“A nuestro amado hijo Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado Español. Salud y bendición Apostólica:
Recordamos con cuanta solemnidad y concurrencia de fieles celebrabais el año pasado en Barcelona el Congreso Eucarístico Internacional, al que nos consta que las autoridades civiles prestaron entusiasmo y colaboración. Además, con motivo del reciente Concordato celebrado entre esta Sede Apostólica y la Nación española, nos hemos congratulado por la feliz terminación del mismo y por vuestra adhesión a la cátedra de San Pedro, puesta muy de manifiesto en la elaboración de tan importante acuerdo.
De este modo, las necesarias relaciones que siempre existieron entre los Romanos Pontífices y la Nación española, han sido confirmadas para fruto y utilidad comunes. Sabemos que este es también vuestro sentir y el del católico pueblo español a través de las cartas oficiosas que nos habéis remitido y por las cuales os damos las más expresivas gracias.
Por estas y otras razones, queriendo daros una muestra de nuestra benevolencia, por estas nuestras letras os elegimos, constituimos y nombramos Caballero de la Milicia de Jesucristo y os admitimos en nuestra Suprema Orden de los citados caballeros.
Y para que podáis recibir el hábito de dicha Orden de manos de cualquier cardenal de la Santa Romana Iglesia, o bien de un obispo católico en comunión con la Santa Sede, concedemos al por vos elegido las oportunas facultades. Ante el cardenal de la Santa Romana Iglesia u obispo por vos designado para recibir las insignias honoríficas, haréis la profesión de fe en cuanto se contiene en la fórmula de admisión en la Orden de la Milicia de Jesucristo, que mandamos se os envíe juntamente con el modelo de hábito, cruz, insignias y collar de oro, concedidos por esta Sede Apostólica a dicha Suprema Orden.
Inmediatamente que hayáis ejecutado todo esto, os hacemos partícipe de todos los derechos y privilegios que en cualquier tiempo y forma se hayan concedido a los demás caballeros de la Milicia de Jesucristo, no obstante cualquier cosa en contrario.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, a veintiuno de diciembre de 1953, decimoquinto de nuestro pontificado.
Pío Papa XII”.
Al recibirla, Franco realizó la siguiente promesa ante el cardenal Pla y Daniel que, para él, como no podía ser de otro modo, eran más que palabras, eran normas de conducta:
“Prometo, juro y quiero mantener este juramento hasta el último aliento de mi vida, de que, con la ayuda de Dios, constantemente, retendré y profesaré íntegra e inviolada esta fe católica, en la misma forma que ahora espontáneamente la profeso y declaro. Y que por lo que a mí personalmente y por razón de gobierno se refiere, procuraré que sea profesada, enseñada y practicada por mis súbditos y por aquellos cuyo cuidado tenga hoy o pueda tener más tarde a mi cargo. Yo mismo, Francisco Franco Bahamonde, por último prometo y juro a Dios omnipotente, a la Virgen Inmaculada María Santísima y a todos los santos que, ayudado por la gracia de Dios, llevaré siempre vida ejemplar, con las virtudes que convienen a un buen soldado de Jesucristo. Así Dios me ayude y estos Santos Evangelios”.
En contra de lo que pudiera suponerse, la segunda gran condecoración le fue concedida en 1965, en la silla de San Pedro estaba Pablo VI. Un año antes, en Roma se había reunido el Consejo de la Orden de Caballero del Santo Sepulcro de Jerusalén. A propuesta del lugarteniente español, Joaquín Bau, se tramitó la concesión del Gran Collar de caballero a Francisco Franco. El reglamento establecía que solo lo podían ostentar 12 personas en recuerdo de los doce apóstoles. El Gran Maestre de la Orden no es otro que el cardenal Tisserant, que ocupará la presidencia del Concilio Vaticano II, lo que le impediría asistir al acto de imposición a Franco aunque hasta el último momento estuvo barajando la posibilidad de utilizar un avión especial para estar en la imposición. La concesión, avalada, con una entrega pilotada por la Secretaría de Estado del Vaticano, se realizaría durante una peregrinación a España del Consejo y unos 40 caballeros y varios lugartenientes.
El texto no puede ser más clarificador sobre el valor que se daba a Franco como gobernante católico a mediados de los años sesenta:
“Excelencia:
Tengo el honor de haceros entrega de las insignias del Gran Collar de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, con que su consejo supremo ha querido honraros.
Soy portador de los fervientes votos que el Gran Maestre y toda la Orden formulan por vuestra felicidad y cristiana prosperidad así como por la mayor grandeza de España.
Con tan merecida distinción la Orden del Santo Sepulcro se propone premiar de algún modo los grandes méritos que Vos, Señor, tenéis contraídos en el supremo gobierno de una nación católica como España, defensora a su vez de la causa de Cristo a lo largo de su gloriosa historia y propagadora en todo tiempo de los ideales católicos hasta los confines de la tierra.
Dignaos recibir, Señor, esta condecoración. Que la providencia os asista en vuestra altísima misión. Que bajo vuestra sabia y prudente dirección el Omnipotente conceda siempre a España día de esplendor”.
