Franco siempre tuvo información de la disidencia que comenzó a aflorar dentro de sectores eclesiásticos a las que no fueron ajenos, en la primera época, los enfrentamientos con una Iglesia que quería conservar la máxima influencia posible sobre los sectores juveniles y que miraba con desconfianza a las organizaciones falangistas como la Sección Femenina, el Frente de Juventudes o el SEU.
Además de la simbiosis que se dio entre la Iglesia y la organización femenina falangista de la mano de Pilar Primo de Rivera o del peso que en el Frente de Juventudes adquirió la educación católica con la presencia de sus propios capellanes, lo cierto es que Franco dejó gran libertad de acción y de publicación a los medios católicos y a la Acción Católica, que no tenían censura civil, como no la tenían gran parte de las publicaciones falangistas durante los años cuarenta y parte de los cincuenta.
La desaparición de los sindicatos católicos, integrados en la nueva Organización Sindical, fue siempre objeto de debate y de recelo por parte de sectores de la Iglesia. El hecho es que la Iglesia iba a desarrollar un modo de sindicalismo indirecto a través de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), con sus órganos de expresión: la revista ¡Tú! Órgano de los obreros de Acción Católica y el Boletín HOAC. El objetivo originario era la recristianización de la clase obrera. Entre su fundación y la década de los cincuenta, la posición de la HOAC ante los problemas y las desigualdades sociales no era muy distinta de la de la jerarquía católica o de los propios falangistas. Existiendo una amplia corriente de apoyo de la Iglesia al sindicalismo vertical de la OSE cuyo teórico más conocido sería el padre jesuita Martin Brugarola.
El final de los cincuenta y los primeros años sesenta vieron emerger el fenómeno de los “curas revoltosos”, pero de forma muy limitada a algunas diócesis y con una relevancia muy escasa. La HOAC según sus propios datos, a pesar de lo que de algunas lecturas pudiera deducirse, era muy minoritaria, unos 9.000 militantes en toda España en 1960 y con un número de cursillistas escasamente amplio. Pero de ahí saldrían no pocos opositores al régimen en los años siguientes, sobre todo en la vertiente sindical con la irrupción de CCOO y otros grupos menos importantes.
Desde la protesta de sacerdotes en el País Vasco (1960) a la exaltada capuchinada (1966) se hizo visible la penetración de la izquierda en la Iglesia y la deriva del discurso de estos sectores hacia postulados marxistas. Pero se trataba de posiciones minoritarias. Franco denunció este fenómeno, muy limitado pero ruidoso, entendemos que por vez primera, en 1962 en un interesante discurso pronunciado ante miles de Alféreces Provisionales de la guerra, en Carabanchel, hablando del papel de los “compañeros de viaje”:
“Nuestra prosperidad y nuestra paz interior les duele e irrita, y por ello se pretende llevar su filtración a todas las organizaciones nacionales, incluso hasta áreas tan opuestas a su ideario como son las organizaciones seglares de nuestra Iglesia (una clamorosa salva de aplausos, seguida de entusiastas gritos de ¡Franco, Franco, Franco!, interrumpe a Su Excelencia), parasitadas muchas veces por la filtración de sus agentes. En las propagandas del exterior, con motivo de los incidentes laborales del Norte, se ha pretendido sacar partido por el extranjero y esgrimir contra nuestro régimen los excesos de algún clérigo vasco separatista (muy bien. Grandes aplausos) o los errores clericalistas de algún otro sacerdote exaltado y que no representan nada dentro del gran resurgir espiritual de nuestra Patria, pues sólo constituyen fenómenos humanos inherentes al crecimiento, que la perfección de la propia Iglesia elimina y que sus jerarquías corrigen, sin que por ello se altere la armonía entre las dos potestades, Iglesia y Estado, que conocen perfectamente a sus comunes enemigos”.
Las adhesiones ante la denuncia fueron habituales. En su archivo encontramos, por ejemplo, esta carta de un cura de Vallecas (AFNFF 1965):
Excmo. Sr. D. Francisco Franco Bahamonde.- Caudillo de España
Excmo. Sr.: Habiendo leído el bello discurso de Vuestra Excelencia en Garabitas y la leve y elegante alusión relativa a unos limitadísimos compañeros de Sacerdocio que han adoptado una postura equivocada, me dirijo como sacerdote, Párroco en el suburbio vallecano, a S.E. para manifestarle, lo que ya su Excelencia sabe y siente: los curas estamos todos junto a V.E. y estamos junto a la persona de S.E. por GRATITUD. Su Excelencia se ha preocupado —como singular católico— de remunerar al clero, de levantar los templos derruidos a través de un Organismo competente para ello y creado por Vuestra Excelencia.
Nosotros, los sacerdotes, estamos junto a Vuestra Persona por GRATITUD ya que antes nos insultaban, perseguían, encarcelaban, se mofaban de nuestra sagrada profesión: éramos ludibrio y mofa. Y desde el triunfo victorioso del Ejército acaudillado sabiamente por V.E. todo ha cambiado rotundamente. La dignidad del Sacerdocio, continuidad del Eterno y Único Sacerdocio de Cristo, ha sido restablecida.
Por ley de Gratitud, por amor a la Verdad y a la Justicia estamos con S. Excelencia. Todos los días pedimos en la Santa Misa por su persona, y pedimos con afecto “ex toto corde”, sinceramente.
Para el clero, para la Iglesia española, qué época ha sido más favorable para la difusión de la verdadera Doctrina que esta. Cura de aldea, de pueblo y ahora de suburbio ha constatado las ayudas constantes y sinceras de Organismos oficiales: alcaldes y Gobernadores, Regiones Devastadas, Junta N. de R. de Templos. He predicado y hablado y he enseñado la doctrina de Cristo en iglesias y escuelas paladinamente, sin ninguna extraña oposición, sino con la más abierta simpatía y colaboración por parte de todos: autoridades civiles y funcionarios. Yo que viví la República nefasta, el comunismo que sacrificó a un queridísimo hermano mío por ser de Falange, confieso públicamente que jamás, en España, ha estado el clero tan protegido, amado, respetado.
Como experiencia final en mis 22 años de sacerdocio entre gentes del pueblo garantizo a Su Excelencia el amor del pueblo a su persona y la gratitud por estos años de paz y resurgir en todos los órdenes.
¡Que el Señor, por cuya Causa ha luchado y vencido S.E., le proteja, le guarde y le defienda de maquinaciones tenebrosas, del poder de las tinieblas!
Con el respeto afectuosísimo de un súbdito, y con la veneración de un cristiano y con la simpatía de un sacerdote queda de S.E. affmo. s.s. y Capellán.
Enrique Vera
Vallecas – 31-mayo-1962
Fueron síntomas del lento camino de “despegue” de una parte de la Iglesia de cara al día después de Franco, operado a partir de: la expansión del denominado diálogo cristianismo-marxismo, que abrió la introducción de formas paralelas a la teología de la liberación; las nuevas corrientes abiertas por el Concilio Vaticano II; el estallido de la crisis de la Acción Católica entre 1966 y 1968, aunque se venía incubando desde 1962; la decisión de Pablo VI, aplicada por el nuncio Dadaglio, para conseguir la renovación de la Iglesia española; la llegada del cardenal Vicente Enrique y Tarancón y la reunión de la Asamblea Conjunta de 1971.
Un proceso que llevaba a la Iglesia española, o mejor dicho a un sector de la misma, según llegaron a denunciar altos cardenales, a primar los aspectos sociopolíticos, lo que quedó reflejado en un documento elaborado en Roma por la Congregación de la Fe. Un proceso que abrió una lucha interna en la Iglesia española que se prolongó durante la Transición. Franco, “hijo fiel de la Iglesia” aceptó ese despegue, que a la vez provocó la reacción de otros sectores bastante amplios de la Iglesia, con sensación de ingratitud. Entre sus papeles quedaron muestras de los inicios de este proceso. Traigamos aquí, entendiendo que seguramente causará contradicción al lector que no alcanzará a comprender, salvo por esa fidelidad, cómo era posible que esto sucediera si se cree en la imagen usual que se difunde sobre el régimen.
El hecho es que Franco iba a visitar Barcelona en 1963. Como era usual la Delegación Provincial de Juventudes de Barcelona procedió a movilizar a los chicos de la OJE. La Delegación de Badalona preparó el recibimiento a Franco en Ripollet, que inicialmente estaba previsto para el 17 de junio, pero se aplazó al 19. Las Delegaciones locales de la OJE trasladaban a los colegios la petición de autorización para que los chicos de la organización pudieran acudir. El Colegio de Salesianos reaccionó boicoteando el acto. Inicialmente algunos alumnos acudieron el 17 al no ser informados del cambio y el colegio los amonestó por la falta de asistencia. El día 19 solo dos alumnos de los Salesianos fueron a recibir a Franco. El día 20 fueron expulsados.
El delegado de la OJE llamó al colegio para hablar con el director. Este le indicó “que a ellos se les podía enviar una comunicación, pero que después faltaba el que quisiesen conceder el permiso, añadiendo que no se puede servir a dos señores puesto que ellos tienen unas normas en el Colegio, que se han de respetar”. En el colegio habían existido dos centurias de la OJE pero, evidentemente con la presión, “en la actualidad solo quedan unos catorce” chicos. Curiosa dictadura en la que Franco no conseguía que un colegio religioso diera permiso a algunos alumnos, pese a la petición oficial, para que les dejaran asistir a recibirle. Y es que en 1963 te podían expulsar de un colegio religioso por ir a aplaudir a Franco (AFNFF 19464).
