Cuando el avión del presidente de los EEUU, el general Dwight D. Eisenhower, aterrizó en la base aérea de Torrejón de Ardoz, en la lloviznosa tarde del lunes 21 de diciembre de 1959, se hizo evidente al mundo que Franco había ganado de forma definitiva una nueva guerra; la que parte de los gobiernos del “mundo”, con fuerte predominio izquierdista, habían librado contra él desde antes del final de la II Guerra Mundial.
La trastienda de la visita iba aún más allá de las significativas imágenes que, tras un rocambolesco viaje desde Madrid, iba a transmitir la televisión francesa para no pocas cadenas europeas; entre otras razones porque había muchos interesados entre los miembros de la OTAN, especialmente los EEUU, en que se visualizara la oficialización a más alto nivel de la normalización española.
Nada más clarificador que lo que aconteció en Madrid. El entonces, para todos vencedor de la guerra contra Adolfo Hitler, contra el nacionalsocialismo —no se planteaba en aquella hora en occidente que los verdaderos artífices de la victoria bélica habían sido los soldados rusos más que los americanos—, el comandante en jefe de Normandía, consciente de lo que significaba, daba un abrazo a Franco ante las cámaras en una imagen que daría la vuelta al mundo, al que saludó en su discurso con un efusivo “Generalísimo”.
No solo era la afirmación de que cualquier ensoñación por parte de la oposición, que mal pervivía en el exterior como heredera de los republicanos derrotados en la guerra civil, había dejado de tener cualquier viabilidad —en realidad esto era algo evidente desde hacía ya varios años—, sino de que España podía entrar a formar parte de la OTAN con el apoyo americano y la aquiescencia franco-británica, tal y como los EEUU se proponían.
De hecho, con la llegada al poder en Francia, en 1958, del general Charles de Gaulle también había cambiado la actitud en el gobierno vecino. De Gaulle en 1951 ya se había pronunciado a favor de la entrada de España en la OTAN. Pero Franco ya había hecho saber, en marzo de 1951, al embajador norteamericano, que no entraría en la OTAN a no ser que Francia o Inglaterra se lo pidiesen; pero, como anota Suárez Fernández, “esta era una perspectiva sumamente improbable”.
No se quedó atrás en esta hora, con todo el valor simbólico que ello también tenía, el mariscal Lord Bernard Law Montgomery, el vencedor del mítico Rommel y de su legendario Afrika Korps, que había anunciado el 15 de diciembre de 1959 su intención de visitar al general Franco, quien para él era “no solamente un gran soldado sino también político”. De hecho Monty lo había
intentado en 1956 pero el Consejo de la OTAN, a excepción de Inglaterra y Portugal, se lo prohibió (AFNFF 26537). Probablemente Franco estimaba que con otros generales era más fácil entenderse. Así se lo dejó entrever al propio Eisenhower: “Yo creo que los militares sentados alrededor de una mesa se ponen pronto de acuerdo”.
De hecho no eran pocos los altos mandos norteamericanos que, desde antes de los acuerdos de 1953, eran favorables a la aproximación a España, aunque chocaran con la política del presidente Truman, heredada de la antipatía de Roosevelt con respecto a la España de Franco y su influyente senadora. Esa era la lectura, el triunfo de Franco, que se hacía en 1959, tal y como resaltaba parte de la prensa británica según se podía atisbar en un resumen facilitado a Franco sobre los comentarios insertos en el prestigioso diario de tendencia conservadora The Daily Telegraph (AFNFF 22431):
“En un largo artículo de Anthony Mann desde Madrid, comenta hoy la próxima visita del Presidente Eisenhower, que califica de ‘espléndida pluma en el sombrero del General Franco’. Subraya el impacto político de la presencia de Eisenhower junto al General Franco, mayor que el de ninguna de las demás visitas del actual periplo del Presidente [Eisenhower visitó 19 países]. Dice que varias cartas de protestas de grupos intelectuales contrarios al Régimen han sido recibidas en la Embajada de Estados Unidos en Madrid. Estas protestas son la reacción natural de aquellos que durante veinte años han creído que el Régimen actual nunca alcanzaría la aceptación internacional. La presencia de Eisenhower dará públicamente la puntilla a esta tesis. Los protestatarios son hombres dignos de respeto, pero es dudoso que sus opiniones sean compartidas ampliamente por los españoles.
El articulista se refiere a las medidas represivas del Régimen y dice que la visita del Presidente parece anunciar la quiebra de restricciones físicas e intelectuales. Aparte las mejoras en el nivel de vida, numerosos españoles estudian en el extranjero, la prensa extranjera se vende con libertad y las críticas contra el Gobierno son sorprendentemente francas. Sería absurdo comparar el régimen actual con los estados comunistas actuales o con la Alemania nazi.
El comentarista observa el aflojamiento cauteloso en la aplicación de las leyes de prensa, y recomienda la liberalización gradual de ella y de la administración de justicia, así como la integración creciente de España en la comunidad occidental”.
En Torrejón se cerraba con aquel abrazo una década marcada para Franco como la de su reconocimiento internacional en una concatenación incuestionable de éxitos diplomáticos, que no fueron producto solo de un principio pasivo, la Guerra Fría, sino también de un principio activo.
Como anota Juan Pablo Fusi, aunque en algunos textos parezca que no era así o se trate de desvirtuar esta realidad, “la España de Franco era ya un miembro de pleno derecho de la comunidad internacional”.
Los historiadores antifranquistas, desde los trabajos de Viñas, o de los que de pronto se dan cuenta en el relato de que puede parecer que exaltan los triunfos diplomáticos de España, han tratado de minimizar la realidad de este momento hablando del “precio pagado” por la instalación de las bases americanas, olvidando que los acuerdos de 1953 no eran finalistas, sino que eran un punto de partida para mejorar lo que, como no podía ser de otro modo, era una relación que por correlación de fuerzas tenía que ser desigual.
En Torrejón no solo estaba la visualización del apoyo de la primera potencia del mundo, del “líder del mundo libre”, lo que molestó y seguiría molestando a una parte del Departamento de Estado norteamericano, sino también la necesidad de situarse ante Franco de la forma más favorable para poder negociar la renovación de los acuerdos del mejor modo posible para ellos, dado que asumían que las “cesiones” de 1953 iban a ser revisadas por los españoles a la baja y que la factura a pagar iba a ser más alta; sin obviar, como explicábamos anteriormente, que el acuerdo había sido altamente beneficioso para España.
El abrazo de Torrejón fue también la confirmación visual de una victoria sobre la opinión pública internacional de izquierdas, que siempre consideró al caudillo español como su enemigo y que condicionaba, desde hacía más de una década, cualquier maniobra de aproximación por parte de los gobiernos occidentales cuando el poder era detentado por los conservadores.
Pero no solo fue Eisenhower, no solo fue un momento, porque unas semanas después llegaba a España el influyente y anticomunista cardenal Francis Joseph Spellman, arzobispo de Nueva York y vicario apostólico del ejército americano, que ya había visitado el país en 1950 y 1952, entrevistándose con Franco en 1943.
El arzobispo ofició en la basílica del Valle de los Caídos, recientemente inaugurada, con la presencia de autoridades militares y diplomáticas americanas y españolas.
Muchos de mis compatriotas han vivido entre vosotros por espacio de más de seis años, desde la firma de los Acuerdos mediante los que se ha erigido una defensa común ante la amenaza de la tiranía y el materialismo ateo de algunos hombres no de buena voluntad que desearían extender su dominación a todo el mundo, destruyendo, para satisfacer sus ambiciones, nuestra civilización, religión e ideales.
Nuestros esfuerzos aunados han impedido la propagación de esa amenaza hasta nuestras puertas. De hecho parece que en los seis años transcurridos hemos visto retroceder el peligro de la guerra en regiones seriamente amenazadas, gracias a la unidad y esfuerzos de mis compatriotas y otros pueblos, como aquellos en cuyo suelo patrio han sido recibidos abiertamente para estructurar una defensa común”.
En 1961 era el general Douglas MacArthur, que había defendido la aproximación a España, el vencedor del Pacífico, quien daba una opinión favorable a Franco en contestación a una carta de Charles P. Clark (AFNFF 9960).
“Estimado señor Clark:
He leído su carta del 24 de marzo con gran interés. Si bien no tengo conocimiento personal del General Franco, siempre le he tenido en la más alta estima. Sin embargo, no me atrevería a intentar hacer ningún pronunciamiento autorizado sobre el contenido de su discurso en Marquette. No estoy lo suficientemente familiarizado con la situación como para hacerme pasar por experto”.
Internacionalmente el encuentro con Eisenhower, sin agenda política establecida, lo que hace muy interesante su conversación con Franco, fue uno de los grandes momentos que marcan la biografía del Caudillo, más importante que el referido encuentro en Hendaya.
Llegados a este punto, recordemos que no es nuestro propósito, ni es este el lugar, dado el objetivo de este trabajo, para abordar, como sería al uso en una biografía sobre Franco y su tiempo, el desarrollo de la política internacional de la época. Solo ofrecer un friso para que el lector pueda valorar al personaje sobre lo que fueron sus relaciones con la primera potencia del mundo. En este recorrido vamos a detenernos solo en algunas comunicaciones personales entre el Caudillo y los diversos presidentes norteamericanos, como apoyo textual a la historia en imágenes de la relación bilateral entre España y los EEUU. Pero también como huella de la necesidad de revisar esa artificial imagen de la España aislada y cerrada; arrinconada internacionalmente, con una diplomacia pobre y sin trascendencia según algún historiador.
Eisenhower en Madrid
Desde finales de los cuarenta, como señalamos, las declaraciones de militares norteamericanos a favor de Franco o del restablecimiento de relaciones con España fueron una constante; lo que iba a marcar hasta mediados de los sesenta unas relaciones en las que, como sucedía en los EEUU, existía un doble plano en la relación, en la negociación y en los acuerdos: el militar y el diplomático.
Donde, en ocasiones, se sobreponían los intereses y las ideas del Pentágono y del Ministerio del Ejército a los objetivos diplomáticos en un difícil equilibrio. Para los militares lo fundamental era lo militar, dentro de la idea de que lo importante era frenar la expansión comunista, a lo que se aunaba, en el caso español, el deseo de encontrar apoyos para la modernización de las Fuerzas Armadas en una relación bilateral con los mandos americanos.
España es, para la mayoría de los altos mandos de los EEUU, desde muy pronto, un elemento importante para la defensa de Occidente contra la dictatorial y totalitaria amenaza comunista.
Así, en 1949, el mayor general norteamericano Charles Andrew Willoughby, del Cuartel General de los EEUU en Japón, jefe de inteligencia del general MacArthur desde la guerra mundial hasta la guerra de Corea, ofreció un banquete a una misión española. Al finalizar pronunció un discurso a favor de España. Tras su retirada militar sería uno de los miembros más destacados del lobby a favor de la España de Franco en los EEUU (AFNFF Doc. 23589):
“Me permito dirigiros la palabra en castellano, para que os sintáis más en vuestra casa, entre amigos y admiradores de España.”
La prensa ha seguido con vivo interés vuestro itinerario a través del Japón. Declarando que tanto vuestra Misión como la celebración del cuarto Centenario de San Francisco Javier han sido un éxito completo produciendo gran impresión en el pueblo japonés.
Este Centenario representa una gran fecha histórica y hace revivir las hazañas legendarias de la conquista española del Siglo XVI, cuando soldados y marinos españoles se esparcían por todo el mundo conocido y cuando sus misioneros y artistas sembraban en varios continentes la ley, la cultura y el orden español, cuyas huellas han sobrevivido cientos de años.
Esta influencia cultural sigue aún latente como sigue viva la influencia de la Iglesia Católica, con su notable tradición y organización, erigidas ambas en baluarte contra una peligrosa doctrina extranjera, el Marxismo y el Comunismo y sus consiguientes peligros de una quinta columna y de la subversión del orden actual. España permanece casi sola, en el mundo de hoy, como la más firme defensa contra esta insidiosa amenaza que ella supo anular dentro de sus fronteras con éxito sorprendente bajo la Jefatura brillante del Generalísimo.
“Señores, os ruego que os unáis conmigo para brindar por la Misión Española, por la Iglesia Católica y por el Gobierno actual de España”.
Pocos, como el general Eisenhower, podían valorar en toda su extensión lo que había significado la neutralidad española en noviembre de 1942, cuando al llegar, unos meses antes, a Gibraltar solo una alambrada separaba la pista de aterrizaje del alcance de fuego español. En esta tesitura, para realizar el desembarco en el Norte de África, era imprescindible que Franco no se moviese; pero ellos sabían que el despliegue defensivo español iniciado en 1941 estaba en los Pirineos.
En este sentido, en abril de 1948, Eisenhower respondió a la Comisión de Defensa del Senado indicando que “el General Franco no ocasionó dificultad alguna en operación desembarque en África a pesar de nuestro temor, pues no hay que olvidar que dicha operación fue tan política como militar” (AFNFF 30068).
Algunos autores, utilizando tan mal como sesgadamente alguna frase, estimaban que Eisenhower no quería venir a España. No es esa la versión del propio presidente en la segunda parte de sus memorias en las que abordó sus años en la Casa Blanca. En su archivo, Franco conservaba una traducción de las páginas de las memorias referidas a la visita realizada por el Estado Mayor hispano. En ellas, Eisenhower anota su deseo de reunirse con él desde el final de la II Guerra Mundial:
“Durante los meses que yo había pasado en Europa inmediatamente después de la conclusión de las hostilidades […] no me pareció entonces adecuado buscar la oportunidad de reunirme con él. Por aquella época se me consideraba un cuasibeligerante y no parecía normal o propio hacer una visita a un Gobierno que durante todo el conflicto había permanecido neutral. Años más tarde, cuando regresé a Europa para mandar las fuerzas de la NATO [1951-1952], de nuevo pensé que era impolítico el acto de visitar a una nación que no era miembro de la organización y contra la cual, además, ciertos miembros de la NATO albergaban profundos prejuicios.
Sin embargo, desde que yo era presidente, nuestra nación se había acercado mucho a España, al menos en medida suficiente para poder establecer bases en aquel país. Y ahora, en el mes de noviembre de 1959, consideré oportuno detenerme brevemente en Madrid para hablar, entre otras cosas, acerca de la cooperación precisa en tales instalaciones que para ambas naciones eran de considerable interés”.
No solo eso, quedan otros testimonios de su voluntad de entrevistarse con el general español en 1952. Franco, por su parte, había leído perfectamente tanto el relativo aislamiento, salvo en el abastecimiento de material militar, que se inició en la guerra de Indochina con respecto a Francia y la ulterior no intervención a favor de Francia y el Reino Unido en la Guerra del Sinaí, lo que marcó la basculación definitiva hacia la hegemonía norteamericana a mediados de los cincuenta.
Si bien no debió gustarle la pasividad ante lo sucedido en Hungría, no pasó de un apoyo poco efectivo, sí debió sentirse próximo a la denominada Doctrina Eisenhower acompasada con la tesis de la contención militar de la URSS. Además, Franco conocía perfectamente cuál era la posición del Secretario de Estado americano John Foster Dulles, profundamente anticomunista, expresada en público en 1955, que había apoyado la propuesta del republicano Albert Moreno para que España formara parte de la OTAN.
Por otra parte, el propio Foster Dulles solía informar a Franco de la evolución y de los acontecimientos más importantes como fue el caso de las reuniones que tuvieron lugar en Ginebra y la evolución posterior de una breve distensión.
“Estimado General Franco
Desde mi vuelta de Madrid he reflexionado sobre nuestra charla particularmente a la luz del desarrollo de esta conferencia.
Hace tres días el señor Molotov, en un discurso tan brutalmente franco y cínico como nunca antes había oído, dijo a la Conferencia que en efecto la Unión Soviética debería continuar su apoyo al régimen de Alemania del Este y que no había esperanza para la reunificación de Alemania hasta que no se hubieran sentado adecuadamente las bases para la bolchevización de la República Federal.
Estoy satisfecho de que esto sea una muestra de debilidad y no de fuerza. Creo que el coste interno para los soviéticos del espíritu de Ginebra se había vuelto intolerablemente alto en términos de las esperanzas que creó dentro de Rusia y las dudas que produjo en los países satélites. Hay en ellos una creciente demanda de una mayor tolerancia y más independencia que atemoriza a los gobernantes presentes.
Este coste tenía que ser equilibrado por los soviéticos con los beneficios obtenidos por la relajación del mundo libre, pero parece que están deseosos de arriesgar esos beneficios.
Esto explicaría la vehemencia con la que Molotov, hablando en nombre del gobierno soviético, alabó las “ganancias sociales” del GDR y aseguró el régimen de apoyo pleno y duradero.
No puedo encontrar otra razón que tuviera el deseo de los soviéticos para enmascarar el “espíritu de Ginebra”, repudiando en esta Conferencia el acuerdo de unificación alemana alcanzado en la cumbre. Un factor que contribuye a ello puede ser la existencia de lo que ellos consideran que son oportunidades en el Medio Este, las cuales ellos no podrían explotar y todavía mantienen la pretensión de tensiones que producen relajación, encontré varios elementos que evidencian esta hipótesis.
Le remito estas líneas, en el pensamiento de que puedan ser de su interés. De nuevo déjeme agradecerle todas sus atenciones mientras estuve en España, atentamente
John Foster Dulles”.
A tenor de lo anterior, es fácil entender por qué Franco dijo aquello, con respecto a la victoria de Eisenhower en las elecciones presidenciales: que al menos era un militar. No era una resignación. El Generalísimo tenía desde 1947 la certeza de que contaba con amplios apoyos entre los mandos militares norteamericanos, que desde 1948 podían visitar España sin pasaporte. Los mandos del Ejército y la Marina americana habían dirigido un memorándum al Departamento de Estado, que se mostraba partidario de normalizar “con toda rapidez sin ruido” las relaciones con España.
Las autoridades españolas se apresuraron a trabajar para facilitar esa normalización clave para romper el cerco internacional tejido a instancias de la Unión Soviética y de la izquierda de algunos países. El presidente Truman autorizará el inicio de unas largas negociaciones con España, que tendrán sus primeros atisbos en 1950 y 1951 desembocando en los acuerdos de 1953.
La llegada de un militar, profundamente anticomunista, a la presidencia de los EEUU implicaba que ya no habría marcha atrás en la política americana. De hecho, en 1954, ya con Eisenhower en la presidencia, se produce la larga visita oficial del ministro del Ejército, comandante de la División Azul, general Muñoz Grandes a los EEUU donde será objeto de todas las atenciones posibles; en la parte reservada de la agenda del general español figura la posible entrada de España en la OTAN.
Un año después es Foster Dulles quien se entrevista con Franco en Madrid para hablar de ese tema y de la entrada de España en la ONU. Una entrevista en la que Franco le anuncia que cuando España ingrese en la ONU planteará el tema de Gibraltar, como así será.
Los principales medios europeos asumen que se está produciendo un cambio y que España, con el apoyo americano, entrará en las Naciones Unidas considerándose, según los medios diplomáticos europeos, que contar con la España de Franco era fundamental en los planes defensivos del Mediterráneo. Es más, se especula con que el Caudillo fuera invitado a visitar oficialmente los EEUU.
La profundización en la relación, que a la vez tiene componentes personales, con Ike, también tiene sus anécdotas. En 1956, Franco envió a Eisenhower un borriquillo para su nieto, que naturalmente tuvo que pasar la cuarentena del Departamento de Agricultura y luego reconocimiento veterinario para que pudiera entrar en el país. Lo cual plantea el encaje de agendas para la recepción. En principio en Washington y finalmente en la granja que la familia del presidente tenía en Gettysburg (AFNFF 17939). Ese mismo año el Vicepresidente Richard Nixon se detuvo en Palma de Mallorca para entrevistarse con el Ministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín Artajo.
En 1957 se producen las conversaciones de París con respecto a la OTAN. Franco cursa una invitación a Foster Dulles quien se traslada a España para informar al Generalísimo con una carta personal de Eisenhower:
“Estimado General Franco
Su invitación para el Secretario de Estado del Señor Dulles de visitarle en Madrid me brinda una oportunidad propicia para enviarle mis más cordiales saludos.
Estoy seguro de que sus conversaciones contribuirán a un mayor fortalecimiento de los vínculos entre nuestros dos países.
Me gustaría también aprovechar esta ocasión para saludar al noble pueblo de España
Un cordial saludo, atentamente
Dwight Eisenhower
19 diciembre 1957”.
Foster Dulles manifestó al concluir la reunión con el Caudillo: “He tenido la satisfacción de poder conversar ampliamente con el General Franco… Regreso a mi país con la seguridad de que las relaciones entre los Estados Unidos y España son sólidas y cordiales, y seguirán siéndolo, y así se lo diré al presidente Eisenhower, quien estaba deseoso de que yo viniera a España y espera con gran interés mi informe, que será bueno”.
La visita de Eisenhower no fue producto de una improvisación, aunque hubo movilizaciones para intentar que no se realizara, pues la oposición en el exterior era muy consciente de su significado.
Sobre todo cuando la diplomacia española había conseguido que desde 1954 la URSS permitiera la salida de los españoles retenidos (prisioneros de la División Azul y los denominados “niños de la guerra”), lo que enfadó a republicanos y socialistas.
La visita hay que situarla también en el nuevo marco de la Guerra Fría que se abrió en 1959 con la variación americana en su relación con la URSS que se plasmará con la visita a los EEUU de Kruschev, que guiaba una relativa desestalinización, y la preocupación por los escenarios de Oriente Próximo, Medio y Asiático junto con la intención de que España ingrese en la OTAN, a lo que se oponen solo Dinamarca y Noruega, ya que esto abarataría la factura americana.
Por otro lado, España estaba ganando una interesante posición en el mundo árabe que era para los EEUU aprovechable. Es a finales de agosto cuando se cursa una invitación oficial al presidente Eisenhower, que está en el tramo final de su segundo mandato y por tanto actúa con mayor independencia, para visitar España. La respuesta no fue negativa. La ocasión propicia se daría con la asistencia del presidente a la Conferencia Occidental de Alto Nivel que se iba a celebrar en París, que quedaría dentro de la gira que Eisenhower iba a realizar por varios países para explicar las vías que abría la reciente visita del presidente de la URSS a EEUU.
Un apabullante recibimiento aguardaba a Eisenhower. Franco, en uniforme de Capitán General, le esperaba al pie del avión. Los discursos de bienvenida tienen cierto interés. El presidente americano afirmó que estaba allí por una causa: “la paz y la amistad en libertad”. El Caudillo respondió: “nuestros dos países están alineados en el mismo frente en defensa de la paz y de la libertad”.
Curiosamente, el mismo día de la llegada, el presidente americano firmaba esta carta acompañando un regalo que sería, dada su afición, de agrado del Generalísimo:
“Estimado General Franco:
¿Querría usted aceptar, por favor, esta cámara como un cumplido de la compañía Polaroid Land? Tanto el señor Land como yo esperamos que sea de su gusto. Además, está pensado como un símbolo de la estima de América hacia usted y de nuestra esperanza de que las relaciones amistosas de nuestros dos países sean siempre prósperas y cada vez más fuertes.Con gran respeto y alta estima, atentamente
Dwight Eisenhower
21 diciembre 1959”.
En coche descubierto, pese a la posibilidad de que se produjera un atentado sobre el que había alertado el Quai d’Orsay francés y al que no se le dio mucho crédito, Franco e Ike recorrieron Madrid. Según la prensa norteamericana, en las calles se agolpaban entre medio y un millón de personas. Oficialmente la visita carecía de contenido político específico, pero Franco y Eisenhower mantuvieron una reunión personal al día siguiente de su llegada.
Según el presidente americano, “la atmósfera de la conferencia fue cordial y Franco dio la impresión de hallarse muy seguro de su posición y de estar muy satisfecho con la existencia de importantes bases americanas en España”. La conversación fue de carácter geoestratégico, lo que no deja de ser subrayable y permite valorar qué peso daba Eisenhower a la opinión del general español.
El mandatario americano informó al Generalísimo del posicionamiento de varios países tras su visita, lo que no deja de ser sorprendente (Italia, Turquía, Afganistán, Pakistán, India, Irán…). La exposición de Eisenhower es meditada porque indirectamente, al hablar de Karachi, donde el presidente ha llegado mediante un golpe de estado sobre una “administración muy mala” y tiene el apoyo americano, donde recibió una recepción multitudinaria, está sugiriendo a Franco que haga reformas, prepare una Constitución —en España ha fracasado el intento constitucional de Arrese—, que como allí los representantes sean elegidos (“él busca lograr que el pueblo pueda votar, una vez que haya conseguido un estado de preparación suficiente”), y tendrá el apoyo americano: “aunque en los EEUU habrá muchos liberales que criticarán al Mariscal porque haya tomado el poder por un golpe de Estado, hay que ayudar a Pakistán”.
La visión geoestratégica de Franco en 1959
El acta de la conversación mantenida entre Franco y Eisenhower es altamente interesante porque revela cuál era la visión geoestratégica del Caudillo y porque, salvo que Ike le hiciera alguna indicación, no consta que existiera un guion previo. Tras su larga exposición, en la que indicó que los EEUU con su política solo buscaban ayudar, excusándose por su largo monólogo-informe, el presidente americano pidió al Caudillo que le transmitiera sus “impresiones sobre la situación mundial general con respecto a China, Unión Soviética y los pueblos occidentales; obrando cada país individualmente o en alianzas para derrotar a las fuerzas comunistas, sea en el campo militar o en el económico” (AFNFF 4143):
“EL JEFE DEL ESTADO ESPAÑOL:
Yo creo que el comunismo hay que combatirlo con la unidad más estrecha y sin fisuras, hay que mantener un frente unido y hay que emplear los mismos procedimientos que ellos utilizan contra el Occidente. Renunciar a las actividades que ellos tienen, ya sea en el orden propagandístico, ya sea en el orden de mantener el espíritu de los pueblos contra ellos, es renunciar a un arma eficaz que debemos de tener frente al comunismo.
Yo creo que el comunismo está pasando una crisis interna. Yo considero que hay dos Rusias: la Rusia anterior a Stalin y la Rusia posterior a la muerte de Stalin. Después de la muerte de Stalin en Rusia hay una revolución interna, que ha comenzado por la eliminación del terror policiaco. Antes los cuadros superiores del Ejército, de la política, los prefectos, todo el que tenía en Rusia una responsabilidad, estaba a merced de la depuración, de la policía, del terror policiaco, que era el que gobernaba a Rusia. A la muerte de Stalin han destruido ese terror policiaco dirigido contra los hombres responsables, los dirigentes. Y Rusia se ha liberado en realidad de ese terror policiaco.
Al mismo tiempo ha ocurrido otro hecho, que ha sido la guerra universal, que le demostró a Rusia el atraso técnico en que se encontraba, que necesitó de la técnica del Occidente para poder dominar la guerra. Y como consecuencia ha tomado la dirección de estimular la investigación técnica, los avances industriales, para lo cual tuvo que renunciar al espíritu aquel de Rusia de comunismo, todos grises. Ha tenido que mimar a los investigadores, a los sabios y a los intelectuales para lograr el avance técnico que indudablemente ha tenido en los últimos años. Esto ha roto en el orden intelectual el concepto del comunismo. Y hoy en Rusia se están formando unas nuevas aristocracias: aristocracia burocrática, aristocracia de sabios y de investigadores, de ingenieros, de mariscales y de Generales.
Por lo tanto, existe ya una orientación en Rusia con una influencia occidental, en el contacto con las naciones europeas que llega ya a parte de la juventud. Y aunque esta evolución evidentemente es lenta, existe, sin embargo, un cambio en las condiciones interiores de Rusia y en la orientación para el futuro.
Esto hace que Rusia quiera aparecer ante el exterior como más civilizada, como más aproximada al Occidental y que Kruschev haya atacado durísimamente a la situación anterior de Stalin para poder enterrar el terrorismo policiaco que podía hacerle víctima a él y a los suyos.
Ello en realidad es una situación nueva en Rusia y tal situación está chocando en estos momentos con el concepto de la China comunista. Mao Tse Tung se consideraba el segundo de Stalin, estaba al lado de Stalin, hasta el extremo de que en las conversaciones que tenía y en los discursos que pronunciaba empleaba frases enteras de los discursos de Stalin, diciendo: esto lo dijo Stalin en tal ocasión o en tal día.
Los ataques a Stalin de Kruschev han creado un disgusto profundo en el seno de los dirigentes comunistas chinos. Los comunistas chinos necesitan otros treinta años de terrorismo, como Rusia, para poder dominar el país. Rusia ya no necesita de ese terrorismo para que el comunismo persista. Y esta es la gran diferencia que se ha establecido, y el respeto que Rusia tiene a una independencia de China, que puede enfrentarse con ella.
En esta situación, en el fondo yo creo que Rusia tiene deseos de aproximarse al occidente, pero para seguir su línea comunista en Asia, su línea comunista en África. Quiere las guerras pequeñas, la insurrección de los pueblos, la creación de un clima favorable en éstos, emplear el comunismo y atacar por el Sur y en cambio llegar a un statu quo en las cosas de Europa.
Sin embargo, yo creo que en Europa hay un factor al que no se da la importancia debida, que son los países ocupados. Los países ocupados, en general, odian a Rusia, no quieren a Rusia; como todo el que ha tenido el comunismo en casa está deseando suprimirlo. Y este es un factor importante que tiene que preocupar a los rusos, y que yo creo que habrá que cuidar, porque lo mismo que hemos visto que sucedió en Hungría sin apoyo ninguno del occidente por quererse liberar del yugo ruso: puede pasar en todos los países ocupados llegado un momento de guerra. Y serán, por lo tanto, los mejores aliados para la defensa del Occidente. Es preciso mantener el espíritu de estos pueblos y unas minorías de juventudes inasequibles al desaliento que estén trabajando por su libertad y que no desean que se entregue su libertad a unas buenas relaciones con Rusia.
EL SEÑOR PRESIDENTE: Estoy completamente de acuerdo con usted.
EL JEFE DEL ESTADO ESPAÑOL:
Los países de Europa son países que porque arrastran un nacionalismo viejo son difíciles de tratar. Hay que tener en cuenta muchas veces hasta sus caprichos; pero yo creo que alrededor de una mesa los hombres se entienden. Y muchas veces las palabras nos asustan. Yo he visto, por ejemplo, en estos días de lo que trasluce la prensa que había en Francia en los Estados mayores una lucha sorda con lo que se llama la integración o la no integración. Yo creo que los militares sentados alrededor de una mesa se ponen pronto de acuerdo. Hay que preguntar qué es lo que se llama integración y qué es lo que es indispensable para eso, y qué se puede cambiar de nombre para tener una integración práctica, aunque se salve la honrilla de los caprichos de estas naciones.
Hoy donde trabaja más el comunismo es en el norte africano. Yo creo que en lo de Argelia Francia tiene razón. Si Francia abandonara Argelia la podía sustituir Rusia, porque los dirigentes de la rebelión argelina han estado recibiendo apoyo de aquella a través de los países del telón de acero, con los que está en inteligencia. Es conveniente retrasar el momento de la transmisión de poderes para que haya una situación más favorable de hombres responsables. Porque hoy los hombres responsables de Argelia y los hombres preparados todos han estado implicados con Francia. Y un cambio traería la persecución de todos esos hombres. Tenemos el ejemplo en Marruecos, donde nosotros no hemos cohibido su independencia, sino al contrario la hemos favorecido. Y, sin embargo, todos los hombres buenos que han colaborado con nosotros, que han sido amigos del Sultán, que han defendido el principio de la independencia, hoy se sienten perseguidos y menoscabados por esos elementos que se llaman de la resistencia, entregados muchos de ellos a las influencias de Moscú.
Por ejemplo, ha llegado a Rabat la Embajada rusa, que tiene más de cien agentes. Esos agentes se mueven constantemente por el país, y aunque el sentimiento religioso de los musulmanes rechaza el comunismo, como ellos emplean también musulmanes que han preparado previamente, consiguen y buscan siempre la alteración. En estos mismos días no se ha producido la crisis del Gobierno porque están esperando la visita del Presidente Eisenhower; pero tan pronto el Presidente abandone Marruecos habrá la crisis correspondiente, en que solamente la autoridad del Sultán mantiene el orden.
En África en general están trabajando enormemente los soviets y el comunismo para destruir y para tener aliados en toda esa zona.
EL SR. PRESIDENTE: Estoy de acuerdo con todo lo que ha dicho usted. Apoyo al General De Gaulle [sic], que me ha hecho propuestas muy inteligentes. Hablé largo tiempo con él ahora y él cree y ve el problema exactamente de la misma manera que usted. Hemos estado de acuerdo entre nosotros y de acuerdo con la NATO para ver lo que se puede hacer de manera coordinada para contrarrestar esa penetración comunista en África. Y estamos empezando, desde luego, por coordinar nuestra política a ver lo que podemos hacer para impedir la difusión del comunismo.
EL JEFE DEL ESTADO ESPAÑOL:
En Marruecos está ocurriendo lo que sucede en pueblos de Asia, pero en Marruecos pasa más por falta de capacidad administrativa de los dirigentes, con unos fines nacionalistas exagerados, porque se gastan el dinero en un Ejército que no necesitan, porque no se han enfrentado con los problemas sociales gravísimos que allí se presentan. Hay allí el problema de que existe un divorcio muy grande entre las gentes todas del campo y las gentes de la ciudad. El pueblo es más sano, pero se siente mal administrado. Los Gobernadores que nombran van a saquear a las kabilas, les quitan el ganado, se lo venden, persiguen y exigen cantidades grandes a las gentes un poco pudientes. Hay una persecución constante de estas gentes, que están disgustadas, como es natural.
Voy a referirme, por ejemplo, a la ubicación de Bases y a la ubicación de tropas. Este es un problema que al pueblo en sí no le interesa, porque el pueblo gana mucho con la presencia de las Bases y de los extranjeros allí. Al pueblo le interesan las cuestiones sociales y económicas, pero, sin embargo, esta es una bandera de batalla entre los partidos políticos. Existe el peligro de que al dejar estas Bases de Marruecos se faciliten unas plataformas magníficas para el empleo de los aviones a los elementos rusos.
Por todo ello todo cuando pueda retrasarse ese momento es mantener en la mano y a nuestro lado a Marruecos o al Norte africano.
EL SR. PRESIDENTE: […] Quisiera preguntar a Vuestra Excelencia: El Rey de Marruecos, ¿tiene fuerza para imponer su autoridad y asegurar que puede pacificar el país y contrarrestar la guerra civil incipiente?
EL JEFE DEL ESTADO ESPAÑOL:
El Rey de Marruecos es un prestigio un poco mítico. Tradicionalmente tiene prestigio religioso ante su pueblo. El rey de Marruecos, como los Sultanes, asume las dos funciones de casi jefe religioso y jefe del Estado. Es el príncipe de los creyentes. Cuando se dividió la unidad musulmana se crearon tantos príncipes de los creyentes como pueblos había; pero Marruecos seguía en un estado muy primitivo. Y al Sultán le ven de rodillas, le bajan la cabeza y le respetan como príncipe de los creyentes. Esto le da una influencia religiosa sobre el país. Y esta influencia es la que está gastando el sultán para que a duras penas marchen de acuerdo los partidos políticos. Pero los partidos políticos están unos en contacto con Rusia y con los elementos obreros manejados por el comunismo y los otros están en contra de esos elementos comunistas, pero no porque sientan un conservadurismo que no existe, como el Fasi, que no es nada conservador.
El Sultán está bastante delicado. El hijo, el Príncipe muley Hassan, no le puede ver nadie. Y en la parte del Norte, por ejemplo, en el Rif, lo odian porque ha hecho una represión ciega, bombardeando las kabilas, matando a gentes pacíficas porque no querían un Gobernador que les robaba. Está hoy muy revuelto Marruecos y es muy difícil que el rey pueda llevar al país una mejora y una organización mientras tenga los partidos políticos. Además los partidos políticos no tienen fuerza; mejor dicho, se apoyan en los hambrientos y en los proletarios. Al haber abandonado el campo, la gente se vuelca sobre la ciudad y pesan una serie de gentes miserables sobre la población. En estos se apoyan los partidos.
Lo que necesita Marruecos es la paz, el orden y el trabajo. Cuando en Marruecos no hay paz y no hay trabajo la gente se va a la revuelta; pero cuando puede trabajar, el pueblo es pacífico y es bueno. Nosotros le hemos tenido treinta años en completa paz, sin un tiro. Nosotros habíamos desarmado completamente el país, no habíamos dejado más armas que las de la policía, y sin embargo, hoy las armas andan por las kabilas, que se están armando, y cada jefe de kabila o fracción montañosa tiene la esperanza de crear una fuerza propia. El horizonte, pues, se presenta muy revuelto.
EL SEÑOR PRESIDENTE: La verdad, no tengo muchas esperanzas de que pueda hacer nada bueno en Marruecos.
EL JEFE DEL ESTADO ESPAÑOL: Yo creo que cabría hablarle al Sultán de la necesidad de atender social y económicamente a su nación y de facilitarle trabajo, diciéndole que la paz la obtendrá con el trabajo. Cuando estuvo aquí el Sultán —dos veces— yo le hablé en este sentido, le ofrecí todo nuestro apoyo para que pudiera hacer esto, previniéndole contra lo que le iba a pasar con los partidos. Yo le decía: necesitan ustedes una tregua política de diez años, todos al lado del Sultán, para trabajar y levantar el país; pero no empezar a pelearse como van a hacerlo desde mañana.
EL SEÑOR PRESIDENTE: Ha sido una conversación muy interesante y trataré de respaldar sus palabras hablando con el Sultán.
No quisiera terminar esta conversación tan breve, sin expresar a Vuestra Excelencia nuestra satisfacción por la cooperación que nos ha prestado España durante los siete años últimos. Esperamos continuar nuestra común misión y además solucionar otros problemas. Habrá una cierta ayuda militar por nuestra parte y también la ayuda económica hasta el día que España pueda sobrellevar la situación por sí misma. Espero que de la colaboración entre ambas naciones se obtenga gran provecho. Esa es mi esperanza”.
Así pues, Franco planteó la necesidad de que hubiera estrategias diferenciadas frente al comunismo en Europa, África o Asia, además de apoyar a los países europeos ocupados por la URSS. Es fácil apreciar que hubo sintonía y hasta aceptación de algunas indicaciones por parte de Eisenhower.
Lo que, por debajo, estaba planteando Franco era una negociación sobre las bases americanas en España, algo de lo que debió de tomar nota el Departamento de Estado que iba a rediseñar su estrategia:
“Agradecemos muchísimo —dijo Franco— el apoyo de los Estados Unidos, especialmente del Presidente, en esta etapa de la vida de España, y creo que es importantísimo que los países de Europa podamos por nosotros mismos defendernos, sin necesidad de imponer esos sacrificios al contribuyente americano, que comprendemos las dificultades que tiene y los obstáculos que pone en el orden político.
Debemos prepararnos porque en el juego internacional, en el juego con Rusia, podría llegar un día en que hubiera que hacer concesiones mutuas. Y lo interesante es que aunque los Estados Unidos retirasen sus fuerzas o dejasen el mínimo posible, tuviesen siempre el lugar aquí para poder venir y que las podamos sustituir los países de Europa. En fin, usted, que es un gran estratega, sabe todo esto mejor que yo”.
Franco volvería a algunos puntos de su exposición en una carta remitida después al presidente americano quien le contestó poco después:
“26 de marzo de 1960
Querido General Franco:
Le agradezco su carta interesante y cordial del 18 corriente que me entregó su Ministerio de Asuntos Exteriores cuando me visitó el 23 de marzo.
Me alegró ver de nuevo al Señor Castiella y de tener la oportunidad de cambiar con él puntos de vista sobre diversos asuntos. Fue muy amable el Señor Castiella al señalarme los efectos permanentes de mi visita a Madrid. Ya sabe usted cuánto gocé mi estancia en esa impresionante capital.
Sus puntos de vista sobre el movimiento del comunismo soviético me interesaron considerablemente. Comparto su opinión de que la ofensiva comunista no es hoy exclusivamente militar, sino principalmente política y económica. Coincidí con el Señor Castiella de que solo la ayuda económica norteamericana no puede conseguir el desarrollo económico y estabilidad política a que aspiran Latinoamérica y otras naciones. Estos objetivos pueden únicamente alcanzarse a través de los esfuerzos de los países en cuestión, como me subrayaron los mismos líderes latinoamericanos”.
El presidente americano se mostró próximo cuando expresó: “algunos países tienen aún algunos prejuicios y obsesiones que tendrán que ser eliminados, con respecto a vuestro país” y abogó por una “unión de España con la asociación europea”. Pero lo más interesante y escasamente subrayado es que Franco abogó por un futuro distinto en las relaciones entre Europa y los EEUU, sintonizando con quienes, como Charles de Gaulle, comenzaba a defender una reducida presencia militar americana en Europa.
Conocemos el gran interés demostrado recientemente por los comunistas chino-soviéticos en América Latina, especialmente en relación con el nuevo régimen cubano, el problema que merece nuestra mayor atención. Estoy convencido de que el sistema comunista no puede en última instancia satisfacer el ansia de los pueblos por una vida mejor que lleve consigo libertad y dignidad humana. Es alentador notar que, aun con una dictadura comunista, el gobierno soviético ha hecho algunos cambios que representan las mejores condiciones de vida para el pueblo ruso que las que existían en los tiempos de Stalin. Nuestra esperanza es que sigan por ese camino hasta que un día el régimen soviético no constituya ninguna amenaza para el resto del mundo. Nuestra política de intercambio de personas e ideas con los países del bloque soviético está encaminada a promover dicha tendencia.
Es para mí evidente, sin embargo, que no podemos permitirnos suavizar nuestra pugna con el comunismo en la esperanza de que eventualmente se convierta en un sistema en que podamos confiar. Tenemos, por consiguiente, que continuar en nuestra política de seguridad colectiva y medidas con ella relacionadas para contener la expansión comunista, sin desaprovechar al mismo tiempo las oportunidades que se presenten para averiguar la disposición del gobierno soviético de llegar a soluciones aceptables a lo menos en algunos de los problemas pendientes en nuestras relaciones internacionales.
Gracias de nuevo por las ideas que han despertado en mí su mensaje. Le envío a usted y su señor mis mejores deseos.
Sinceramente,
Dwight Eisenhower.
El 21 de diciembre de 1959 le envía a Franco un vaso de cristal —una edición especial conmemorativa— junto con la cámara Polaroid ofrecida. Una vez que se concluía su mandato y Eisenhower se retiraba de la política a su rancho de Gettysburg, el general Franco invitó al general a venir de vacaciones a España. Algo de lo que tenemos constancia por la carta de contestación del expresidente:
“12 de Enero 1961
Querido General Franco:
Muchas gracias por su carta del 29 de diciembre. Celebro saber que le ha gustado a Vd. el álbum de fotografías tomadas con ocasión de mi memorable visita a Madrid el año pasado.
Agradezco profundamente su amable invitación a venir a España y pasar unas vacaciones con Vd. Aun cuando no he hecho planes concretos sobre mis visitas al extranjero, ciertamente recordaré su amable ofrecimiento, y espero me sea factible aceptarlo en el futuro.
La señora Eisenhower se une a mí para desearle a Vd. y a la Señora de Franco y a todos los miembros de su familia un feliz Año Nuevo.
Sinceramente,
Dwight David Eisenhower”.
Rastros de la distensión entre quienes se hablaban como dos militares. Franco, en su conversación en Madrid llegó a contarle un chiste que provocó la risa de Eisenhower, que fue recogida en alguna fotografía. Decía así: “A un oficial herido en la cabeza al que van a operar le llega un despacho comunicándole que le han nombrado general. Se sube al caballo para ponerse al frente de sus hombres y el médico le dice que tiene una herida en la cabeza. El militar le contesta que para ser general no le hace falta cabeza”.
Eisenhower dejó por escrito su visión del jefe del estado español: “me sentí muy impresionado por el hecho de no observar en el Generalísimo Franco ninguna clase de amaneramientos u otras características personales que pudieran inducir a cualquier visitante a pensar que se hallaba en presencia de un dictador. El Generalísimo Franco es un hombre bajo de estatura, facciones regulares y modales sencillos. Fueran cuales hayan sido las razones que dieron lugar a que estallara la revolución española, lo cierto era que Franco había demostrado ser un dirigente fuerte y constante”. El general Vernon Walters, en su libro Silent missions, anota que lo que había llamado poderosamente la atención a Eisenhower durante el trayecto en coche descubierto desde el aeropuerto era cómo la gente aplaudía a Franco. A su muerte Franco envió un telegrama personal a su mujer, Mamie Doud, quien le respondió:
“Querido General Franco
Muchísimas gracias por su sentido mensaje de pésame con ocasión de la muerte de mi querido esposo. Fue un motivo de consuelo el saber que usted pensaba en nosotros en momentos tan tristes. Sinceramente”
El príncipe de Camelot
Contra el pronóstico de Franco, quien no creía que un católico pudiera ser presidente de los EEUU, las elecciones presidenciales de 1960 dieron la victoria al “príncipe de Camelot”, al carismático John Fitzgerald Kennedy. Aunque se deba situar en los márgenes de lo anecdótico, su hija Carmen y su yerno Cristóbal Martínez-Bordiú habían visitado a Kennedy siendo senador, manteniendo con él una pequeña amistad.
No pocos autores, a nuestro juicio de forma desenfocada, han procurado transmitir la idea de la antipatía recíproca entre Kennedy y Franco con poco base real más allá de las obviedades. Los mil días del mítico presidente no permiten fijar cuál hubiera sido la evolución de esa relación, teniendo siempre presente la natural oposición a Franco de los demócratas. Sin embargo, recordemos que, de un modo u otro, los Kennedy fueron contrarios a la República durante la guerra civil, a lo que no era ajeno su papel político como cabeza visible del sector católico. En EEUU el episcopado se había puesto al lado de los nacionales, ejerciendo como un poderoso lobby de presión para que el presidente Roosevelt mantuviera la política de no intervención mediante el embargo de los envíos a España que, en el fondo, favorecía a Franco. Al mismo tiempo, como ha estudiado José Luis González, las organizaciones católicas el American Committee for Spanish Relief y la American Spanish Relief Fund recaudaron fondos a favor de los nacionales; a ello se sumó la actividad de la Spanish Nationalist Relief Committee. Los nacionales, Franco, contaron también con el apoyo de la influyente National Catholic Welfare Conference y su organismo laico el National Council of Catholic Men que entonces dirigía Louis Kennedy.
Kennedy fue un presidente anticomunista, aunque incorporara a su discurso internacional la lucha contra el “enemigo común del hombre”, y su “nueva frontera” también tuviera objetivos en el horizonte internacional. Un demócrata que recién llegado a la Casa Blanca se marcaría como objetivo acabar con el régimen comunista de Castro en Cuba, contener la expansión comunista en la América hispana, intervenir para garantizar el control en Oriente Medio apoyando el golpe de estado en Irak y, a la vez, incrementar el apoyo militar en Vietnam modificando el gobierno en Vietnam del Sur. Con respecto a España, Kennedy había hecho declaraciones bastante claras durante su viaje a Europa en los años cincuenta como senador demócrata: España era un punto esencial para la defensa occidental y hay que contar con ella. Franco conocía esta posición por un informe conservado en su archivo. El presidente americano, de forma pública, había reiterado que los acuerdos con EEUU “constituyen hoy una de las garantías más sólidas para la defensa de Europa y el punto de apoyo y de enlace con los países de Occidente”:
“Si Europa quiere —anota el senador Kennedy— salvarse debe comenzar a realizar sacrificios proporcionados al peligro en que se encuentran sus pueblos… solo España y Yugoslavia tienen presupuestos militares comparables a los de Norteamérica. España es un cuadro de pobreza, pero con un ejército dispuesto a luchar. Le falta, sin embargo, casi todo lo necesario para una guerra moderna… En Inglaterra he hallado ambiente de desconfianza respecto a la ayuda de Franco… Aun cuando la línea de defensa ha de estar muy al Este de los Pirineos, España, como base de operaciones, como fuente de potencial humano, y por su posición estratégica dominante del Mediterráneo, no puede ser mantenida en el olvido por más tiempo”.
Cierto es que, como asumía la prensa internacional, las relaciones con España por parte del nuevo presidente continuaban siendo buenas, aunque sin el grado de cordialidad que tuvieron con Eisenhower.
No podía ser de otro modo dado el peso que entre los demócratas tenía el ala izquierda del partido que aún tenía pendiente una cuenta con el general español. Franco había hecho pública su opinión respecto a Kennedy en una entrevista de 1961 para Randolph Hearst Jr., recordando que “las líneas generales de una política exterior no son cosa momentánea que puedan sufrir cambios con el relevo de un Presidente”; estimando que la política exterior de los EEUU “tiene que continuar en lo esencial la línea ya establecida” y que las diferencias “han de ser más bien de matiz”.
Dentro de los parámetros de su visión geoestratégica, mantiene que en Occidente la “batalla principal” contra el comunismo “tiene un carácter eminentemente diplomático”; lo que recalcaría unos meses después: “la clave no estriba en la superioridad militar. No nos cansaremos de repetir que la batalla planteada por el comunismo es ideológico-política y que es en ese terreno donde hay que ganarla”. Sin embargo, plantea a Hearst con claridad su opción: no va a entrar en la OTAN, pese a las presiones americanas, y parece inclinarse por un acuerdo bilateral con la misma para la defensa de Europa; mientras, se mantendrá en el acuerdo con los EEUU a través del cual colabora en la “defensa general de Occidente”.
Como anota Payne, el Departamento de Estado, en los primeros meses del nuevo mandato, planteó una revisión de los acuerdos a la baja, no percibiendo que las circunstancias no eran las mismas que las de 1953 y que ahora los EEUU necesitaban más a España que España a los EEUU cuando se firmaron, sobre todo cuando la opción neutralista podía convertirse en una alternativa para Franco.
El aludido “enfriamiento” de las relaciones tiene una razón primordial: Franco no se aproximaría a la OTAN, salvo que fuera según sus criterios y se lo pidieran (dudo que estuviera dispuesto a sufrir cualquier tipo de humillación ante una petición española) y, por tanto, había que renegociar los acuerdos, siendo para los norteamericanos fundamentales las bases americanas dada la situación de inestabilidad que se estaba produciendo en Oriente.
Críticamente Franco había dejado claro en el discurso público de la reunión del Consejo Nacional del Movimiento, en octubre de 1961, que habría cambios en las relaciones: “somos no deudores, sino acreedores” y que no aceptaría ni “intromisiones ni condicionamientos”. La prensa internacional, Franco siguió lo publicado en Francia, estimó que España pedía armamento incluyendo el nuclear. Era lo que el Caudillo le había dejado meridianamente claro al Secretario de Estado Rusk. A esta situación se sumaban dos condicionantes importantes para el presidente Kennedy: la opinión del amplio sector de los demócratas abiertamente antifranquista y la influencia de su corte de intelectuales que se situaba en los mismos parámetros; pero también entre los demócratas había un lobby partidario de mantener la alianza con España y a favor de Franco jugaba el cerrado apoyo del Pentágono frente al Departamento de Estado.
La documentación epistolar que conocemos entre Franco y Kennedy se mueve dentro de los márgenes de la cortesía diplomática —en ocasiones atemperada por los consejeros del presidente americano que llegaron a borrar de un mensaje el usual “reciba un cordial saludo”— y la cuestión de la renovación de los acuerdos. Son misivas de solidaridad ante hechos luctuosos. En algunas Franco utiliza el “mi grande y buen amigo”. El Caudillo insistía en ellas en la colaboración entre ambas naciones. Así, es fácil apreciarlo en las misivas referidas al fallecimiento en EEUU del embajador español cuyo cuerpo fue repatriado en un avión presidencial americano. Franco agradeció el gesto a Kennedy e interpretó la muerte de Mariano Yturrialde y Orbegoso como un acto de servicio:
“Al cruzar el cuerpo el suelo de Torrejón en los brazos de los oficiales americanos y españoles, el Embajador, muerto en pleno ejercicio de su deber, ha rendido su último servicio a España y a nuestra amistad recíproca juntando en torno a su féretro los uniformes de los soldados de nuestras dos naciones”.
España, que había iniciado su colaboración con la NASA en el programa espacial, impulsado por Eisenhower ante el éxito del programa soviético, se sintió partícipe del vuelo en torno a la tierra de John Glenn en febrero de 1962, lo que provocó un cruce de cartas entre ambos mandatarios:
“Reciba cordial felicitación de España por el éxito del vuelo espacial llevado a cabo por el teniente coronel Glenn, de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Con esta hazaña, que ha puesto de manifiesto el coraje, la firmeza de carácter y la alta capacidad técnica de vuestro astronauta, se ha probado también el valor de la serena tenacidad, el espíritu de equipo y la decidida voluntad en las empresas que son virtuales del pueblo de los Estados Unidos, y que, unidas al elevado grado de desarrollo científico de vuestro país, han hecho posible este acontecimiento, que tanto contribuirá al progreso humano”.
Francisco Franco, Jefe del Estado español.
A lo que Kennedy contestó:
“Querido General Franco: Muchas gracias por su cordial telegrama con motivo del éxito del vuelo espacial del coronel Glenn. Estamos orgullosos y satisfechos de esta proeza, y también agradecidos a la cooperación del Gobierno y el pueblo español, que ha facilitado un lugar en las Islas Canarias para una de las estaciones vitales de control, sin la cual el vuelo no hubiera podido ser debidamente seguido. La continua cooperación entre nuestros dos países en este y en otros terrenos ha de contribuir, indudablemente, al progreso humano”.
Las negociaciones no iban a ser fáciles para los norteamericanos. Por otra parte, Kennedy no tuvo mano izquierda a la hora de nombrar encargados para la representación en España para sustituir a John Davis Lodge. Ni Drexel Biddle, ni Forbes Woodward, ni Robert H. McBride, tuvieron una buena sintonía con Franco. Lo que obligó a la visita de altos funcionarios, entre ellos el Secretario de Estado o el subsecretario William Tyler, uno de los hombres del presidente. Por otra parte, se comenzó a plantear una visita no del presidente sino de su hermano o de la primera dama, dado el clima inicial de distancia entre Madrid y Washington. En octubre de 1961, indica Payne, Kennedy variaba de política y el “enfriamiento” quedaba para los lances con florete, porque no se podía jugar con la presión las dos bases más importantes norteamericanas: Torrejón y Rota.
Franco, más hábil que Kennedy, optó por un nuevo embajador que pudiera sintonizar con la nueva administración, Antonio Garrigues, quien iba a promocionar que el futuro del régimen sería la monarquía personificada en la joven pareja de recién casados que formaban Juan Carlos y Sofía, que España no era una dictadura y avanzaba en su fórmula representativa, algo que podía sonar bien a Kennedy. En líneas generales, Franco estaba bien informado de la influencia que sobre el presidente americano tenían el grupo de intelectuales que le cercaban y quiénes eran los que se aproximaban a él. En su archivo conservaba unas notas sobre las declaraciones de uno de aquellos hombres, del profesor Hoffman, con respecto a la actuación de los EEUU sobre España:
“harán presiones para provocar un proceso evolutivo. Las formas dictatoriales de la Península Ibérica desaparecerán. Una especie de ‘meter en vereda’ en el sentido de la democracia liberal, pero no bruscamente. Poco a poco estos regímenes serán obligados a cambiar en un sentido de liberalismo de izquierda… Hemos instalado bases y hemos gastado tanto dinero en ellas con el fin principal de provocar cambios en el régimen de Franco. Todavía daremos más dinero con el deseo de tener una hipoteca sobre la política española y de forzarlos a alinearse políticamente con las democracias”.
Sin embargo, si seguimos las notas de su primo y ayudante Franco-Salgado, la opinión de Franco era bastante ajustada a la realidad: “El presidente podrá o no simpatizar con nosotros o desear para España un régimen monárquico o republicano, pero no tiene influencia política para facilitar esos deseos. No me refiero al actual, que me merece todos los respetos, hablo en general. Es decir, que las personas que se acercan a la Casa Blanca para influir en el futuro político de España están plenamente despistadas, pues no conseguirán nada”.
Cierto es que no debió gustar al Caudillo que Kennedy recibiera a miembros de la oposición en alguno de sus viajes, pero era consciente de que eso también formaba parte del juego de presión para la negociación de 1963 y de que lo que algunos grupos de exiliados pudieran transmitirle al presidente tenía escasa influencia más allá de los gestos.
Otras cartas estaban en relación a la renovación de los acuerdos en 1963, pero no tenemos la serie completa. De lo que sí tomó buena nota es de que en EEUU empezaban a mirar hacia el día después, lo que se haría evidente durante el mandato de Nixon. Conviene indicar que las relaciones en el breve mandato de Kennedy se movieron en lo habitual, sin rupturas: visitas de ministros a EEUU, como las realizadas en 1963 por los ministros de Exteriores, Marina y del Aire; firma del acuerdo cultural hispano-norteamericano dentro de la plasmación del contenido de la Declaración Conjunta de septiembre de 1963 para el intercambio entre intelectuales, estudiantes, científicos, etc. También se firmaba, finalmente, la prórroga por cinco años del acuerdo de 1953.
La prórroga era en el fondo un triunfo para España, que si bien no conseguía lo máximo sí mejoraba su situación de cara a la negociación cuando expirase el plazo, obteniendo algunas contrapartidas.
Sorprende que algunos autores lleguen a estimar que Franco tuvo una reacción fría, sugiriendo que hasta de alivio e insensibilidad, ante el asesinato de Kennedy, partiendo de una interpretación cuando menos simplista de las relaciones entre ambos mandatarios y olvidando que, en esos momentos, las relaciones entre ambas administraciones habían entrado en una nueva fase de aproximación.
El asesinato de Kennedy sorprendió a Franco estando de cacería —al primer ministro británico le cogió de vacaciones de fin de semana—. Suspendió la actividad y se encaminó a Madrid. Rápidamente emitió una nota personal:
“Estoy profundamente impresionado por la noticia del criminal atentado contra el presidente Kennedy, conductor de la nación americana en momentos difíciles y gran figura de hombre de Estado en el Occidente cristiano. Estoy seguro de que al reemplazar a aquella joven y gallarda personalidad el nuevo presidente Lyndon B. Johnson, sabrá continuar su tarea al servicio de la paz y de la prosperidad de la gran nación amiga y de la defensa conjunta del Oeste. Para ello, España, mi Gobierno, han de seguir dándole una leal cooperación”.
Después envió dos telegramas de pésame. El primero, dirigido al nuevo presidente, haciendo constar que el asesinato “ha llenado de dolor al pueblo español” y que suponía “una gran pérdida para el Occidente cristiano… en esta triste coyuntura elevamos nuestras oraciones al Altísimo”. El segundo, a su esposa.
Tras la celebración de un Consejo de Ministros en El Pardo, cuatro ministros y el vicepresidente del gobierno, general Muñoz Grandes, se trasladaron a la embajada para transmitir el pésame del gobierno español. Franco declarará tres días de luto oficial. La representación oficial en el entierro estaría encabezada por el vicepresidente del gobierno, Capitán General Agustín Muñoz Grandes, acompañado por el ministro de Marina, quien fue taxativo en su valoración de lo sucedido:
“El crimen contra el presidente Kennedy es un acto tan brutal y estúpido que solo un loco ha podido cometerlo. Pero los que han dirigido la mano criminal se han equivocado, pues el mundo entero condena el bárbaro asesinato. Estoy seguro de que todos los países se unirán en un apretado abrazo alrededor del espíritu del presidente, que representa la esperanza y la justicia entre los pueblos y hombres de la tierra”.
El asesinato de Kennedy, si seguimos el testimonio de su hija, impresionó vivamente a Franco. En su entorno manifestó sus dudas sobre lo sucedido ante los fallos de seguridad.
Unos meses después del magnicidio llegaba a la mesa de Franco una curiosa petición de la madre de Kennedy, remitida al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, cuyo juicio dejamos al lector (AFNFF 20143):
“Mi querido Ministro y amigo:
Nuestro ex asesor jurídico, señor Clark, que sin duda está buscando todos los medios a su alcance para hacerse ‘útil’ y demostrarme que es poco menos que imprescindible para esta Representación, acaba de venir a verme. Según afirma, de parte de la señora Joseph Kennedy, madre del último Presidente.
Me dice que la señora Kennedy desearía entregar a cada uno de sus hijos, hijas y nueras, con motivo de las próximas Navidades, una obra dedicada a ellos por Su Excelencia el Jefe del Estado.
Me asegura que algunos Jefes de Estado contemporáneos del Presidente Kennedy, como son el General De Gaulle y el Canciller Adenauer, lo hicieron ya el pasado y que estas obras serían conservadas por sus hijos y nietos como recuerdo de la Presidencia del finado.
Sin duda, tanto De Gaulle como Adenauer han debido enviar ejemplares dedicados de sus memorias.
Posiblemente S.E. el Jefe del Estado podría enviarles una recopilación de los discursos por él pronunciados y en caso de no estimar que sea oportuna esta sugerencia quizá sería posible mandar a la Señora Kennedy unas fotografías dedicadas a ella y a sus citados hijos.De merecer esta idea la aprobación de Su Excelencia, te enviaría los nombres exactos de estas personas entre las que incluiría a la propia Señora Joseph Kennedy.
De todas maneras prescindiré de los oficios del señor Clark para entenderme con la Señora Kennedy directamente en el porvenir.
Un fuerte abrazo de tuyo siempre afmo., amigo y subordinado
Alfonso Merry del Val”.
El consejo al presidente Lyndon B. Johnson
Es dudoso que Franco se engañara con respecto a cuál era la posición norteamericana con respecto a España desde finales del mandato de Eisenhower, algo que los años sesenta no hicieron más que confirmar. De un modo u otro todos los presidentes aceptaban la situación política española y preveían que se produjera una transición en el futuro sin que se desestabilizara el país ni se pusieran en peligro las bases americanas, procurando para ello influir en la opinión pública y, como anota Rosa Pardo, buscando la integración de España en organismos internacionales que la impulsaran a seguir ese camino como la CEE. El giro de Kennedy dejó claro que los EEUU no intervendrían en la política interior española, aunque la CIA comenzara a moverse de cara al futuro entre algunos balbuceantes grupos de oposición.
Las relaciones entre ambos países hasta 1968 iban a estar marcadas por la expiración de la prórroga y el deseo fehaciente por parte española de modificar significativamente los acuerdos incrementando la factura a pagar por los americanos. Además, dentro del Régimen, no eran extrañas las críticas a los norteamericanos; algo con lo que Franco podía jugar. El duelo de las presiones se hizo evidente durante el mandato de Johnson, que iba a ser continuista con el viraje de Kennedy. Franco dio muestras de independencia en relación a la política de Washington con la Cuba de Castro, no secundando a Washington, y un sector de la prensa española no ahorró expresiones que podrían calificarse como “antinorteamericanas”. A lo que se añadió la batalla en las Naciones Unidas por Gibraltar, lo que podía enturbiar la estrecha relación existente entre Londres y Washington.
Lo que indican los informes americanos, muchos de ellos hechos accesibles recientemente por la CIA, es que el régimen de Franco se consideraba perfectamente estable, el Caudillo gozaba de un notable apoyo popular, la oposición militante era muy reducida (14.000 militantes en 1964) y el país vivía una expansión económica acelerada que para los americanos era esencial para la transición política que estimaban necesaria para el futuro. En 1964, quizás para aproximar posiciones, se planteó por parte americana la posibilidad de una visita del presidente Johnson que fue desestimada. Por otro lado, las inversiones americanas, los préstamos y el volumen de intercambios no hicieron sino incrementarse. De lo que sí tomaron nota en Washington es de que en las negociaciones con España estaban en manos principalmente de la esfera diplomática, por lo que la influencia de los mandos militares quedaba drásticamente reducida, y esta se encaminaba a modificar el estatus desigual creado por los acuerdos de 1953, insuficientemente corregidos en 1963 más allá de aspectos meramente formales. La administración de Johnson dio muestras de que era sensible a la presión española procurando aumentar sus concesiones de cara a la negociación.
Uno de los condicionantes externos, sobre la situación, fue sin duda la Guerra de Vietnam iniciada tras el incidente de Tonkín. Vietnam era un país dividido tras el Acuerdo de Ginebra (1954): al Norte los comunistas y al Sur un estado proamericano. En Vietnam del Sur se había establecido, apoyado por los EEUU, con notoria presencia de asesores, el gobierno de Ngo Dinh Diem. Un político procedente de una familia católica que benefició a este sector frente a los budistas. Entre 1955 y 1963 desarrolló su proyecto de reconstruir el país, intentando reducir la influencia americana —se opuso a la instalación de bases— mientras se enfrentaba a la guerrilla comunista del vietcong. En 1962 escribió una carta a Franco explicándole la situación en que vivía su país aunque minimizara que, en realidad, desde 1959 se enfrentaba a la posibilidad del estallido de una guerra civil:
“Excelencia,
Yo creo que los hechos concernientes a la agresión comunista contra el pueblo vietnamita son bien conocidos por Vuestra Excelencia. A pesar de las mentiras comunistas, las pruebas acumuladas de esta agresión no podrían ser negadas.Sin embargo, desearía atraer, particularmente, toda Vuestra alta atención sobre el anuncio, hecho por Hanói el 18 de enero, de la fundación del presunto Partido Revolucionario del Pueblo. Por este anuncio las autoridades de Hanói han reconocido implícitamente su papel de dirección y de control sobre los rebeldes vietcong, que no cesan de atacar brutalmente al pueblo de Vietnam libre.
El 18 de enero Radio Hanói difundió la declaración del presunto Partido Revolucionario del Pueblo, nueva creación comunista, declaración sobre la cual en los últimos días de 1961, los “marxistas leninistas” de Vietnam del Sur han fundado un nuevo partido cuya “tarea inmediata” es unificar al pueblo y cambiar el gobierno de Vietnam.
También ha hecho “un llamamiento a la población del norte para construir un Vietnam del Norte, siempre más próspero y más fuerte, en vista de construir una base sólida para la lucha por la reunificación pacífica del país y de dar un soporte activo a los compatriotas de Vietnam del Sur en su lucha revolucionaria”.
He aquí una confesión pública de lo que siempre ha estado bien claro: la campaña de agresión vietcong contra el pueblo de Vietnam libre es dirigida por los comunistas.
El reconocimiento por Vietnam del Norte de que, a partir de ahora, los ataques de vietcong dirigidos contra el pueblo libre de Vietnam —los ataques se elevan ahora a una media de más de 400 por semana, causando alrededor de 800 muertos y heridos por semana— serán dirigidos abiertamente por los comunistas debe constituir un tema de preocupación para todas las naciones.
Los comunistas, ellos mismos, han hecho ahora comprender claramente que persiguen otra tentativa que es su esfuerzo por llevar a cabo la dominación del mundo por la fuerza.
Esta tentativa no es nueva. Durante más de siete años los comunistas de la forma más cínica han violado los acuerdos de Ginebra de 1954. Dirigiendo y manteniendo la guerra de guerrillas que no cesa de extenderse al Vietnam del Sur, el régimen comunista de
Hanói viola el objetivo fundamental de estos acuerdos, que es mantener la paz en Vietnam después del cese del fuego.
El régimen de Hanói ha definido claramente sus objetivos cuando el Partido Comunista de Vietnam del Norte (partido Lao-Dông) declaró, durante su Congreso de 1960, que la tarea estratégica de la “revolución vietnamita” es “liberar Vietnam del Sur”, lo que significa en la jerga comunista conquistar un país ya libre. Los documentos tomados y los prisioneros capturados demuestran que, para ejecutar este plan, el régimen de Hanói está infiltrando en el sur de Vietnam individuos armados por millares en vista de intensificar sin cesar las actividades de la guerra de guerrillas.
Ante esta campaña de guerrilla, el gobierno de la República de Vietnam se ha visto obligado a recurrir a la ayuda y a una asistencia militar en aumento por parte de los países del mundo libre, para ayudarle a no dejarse ser tragado por la subversión masiva procedente de los comunistas de Vietnam del Norte y poderosamente sostenida por el bloque comunista. Incluso el régimen de Hanói ha reconocido que la asistencia aumentada por el mundo libre no solo es considerada necesaria, sino que está siendo actualmente utilizada en el sur de Vietnam, para fines defensivos.
En una entrevista difundida por Radio Hanói, el 1 de enero de 1962, el general Nguyen-Van-Vinh, presidente de la presunta “Comisión Nacional de la Reunificación”, ha declarado que el gobierno de la República de Vietnam, sostenido por los EEUU, no prepara una “marcha hacia el Norte”.
Por otra parte, después de más de un año, el bloque comunista ha organizado un gran puente aéreo para transportar los suministros militares a Vietnam del Norte para sus fines agresivos. Una partida de este material militar ha sido enviada a Laos para sostener allí a los rebeldes y a los vietcong en su ofensiva contra el gobierno legítimo de este país; pero una gran parte ha sido desviada en beneficio del régimen comunista de Vietnam del Norte para reforzar su potencial de guerra contra Vietnam del Sur. Existe así una grave amenaza para la paz, que no podrá ser descartada si el régimen comunista de Hanói no se ve forzado a renunciar a su guerra de guerrillas contra el gobierno legal de la República de Vietnam del que yo tengo el honor de ser el presidente.
La opinión mundial es, sin ninguna duda, un importante factor que influirá sobre las futuras decisiones de las autoridades comunistas en lo que concierne a esta guerra de guerrillas. Es por lo cual yo dirijo a usted, excelencia, la presente llamada para despertar su mayor atención sobre los hechos relativos a la seria situación en Vietnam y de pedirle a usted que tenga a bien elevar su voz para defender la libertad y la paz en esta región del mundo, condenando la agresión comunista emprendida contra el gobierno legal de la República de Vietnam.
Ruego a Vuestra Excelencia que acepte el testimonio de mi más distinguida consideración.
Ngo-Dinh-Diem”.
La división religiosa y la inestabilidad de Vietnam del Sur era altamente peligrosa para los norteamericanos, abriendo la posibilidad de que la presión comunista interior y las ambiciones de Vietnam del Norte condujeran a la caída del gobierno y a la reunificación en un país comunista. En 1963 el presidente Kennedy dio luz verde para apoyar un cambio. La traducción fue un rosario de golpes militares hasta el definitivo el 1 de noviembre. Diem y su hermano fueron capturados y asesinados por el general Duong Van Minh.
La cuñada del presidente asesinado, Ngo-Dinh-Nhu, inició una campaña pidiendo justicia y denunciando los asesinatos. En enero de 1964 se dirigió a Franco: explicaba que en este “mundo cada vez más dominado por el materialismo, el régimen legal de Vietnam… estaba a punto de triunfar en una lucha sobrehumana, gracias en parte al ejemplo de alto valor moral de hombres y Jefes de Estado como usted…”, pero los dirigentes del régimen legal de Vietnam habían sido eliminados por otro enemigo.
“Un crimen” contra quienes “han luchado con coraje, eficazmente, en la primera línea del Mundo Libre, por la Independencia, la Libertad y los valores morales de este mundo”. Indicaba a Franco que se había violado la Carta Universal de los Derechos del Hombre de la ONU, y pide que se investigue cuando “subsiste la oscuridad sobre las circunstancias de la desaparición del Presidente de la República de Vietnam, Ngo-Dinh-Diem, y su hermano y Consejero, mi marido, Ngo-Dinh-Nhu”.
Explica a Franco que la Embajada de los EEUU había “violado” el derecho de asilo y que se ha desatado la persecución de los patriotas que sostienen el régimen legal de Vietnam defendiendo “la independencia de su país”, y pide a Franco que atienda su ruego para que se cree una Comisión Imparcial para que investigue lo sucedido (AFNFF 929).
El golpe militar no cambió la situación, ya que el gobierno de Vietnam del Sur fue incapaz de frenar la guerrilla y la intervención de fuerzas de Vietnam del Norte. La resultante es que a finales de 1964 se hizo evidente el previsible triunfo militar comunista. Después de las acciones de represalia llevadas a cabo por el hundimiento del Maddox por los navíos USS Ticonderoga y USS Constellation, la Operación Rolling Thunder abría en 1965 la Guerra de Vietnam.
El presidente Johnson buscó la intervención de otros países con la campaña denominada “Más banderas”. Solo cinco países (Australia, Corea del Sur, Filipinas, Nueva Zelanda y Tailandia) dieron apoyo militar; otros 33 se limitarán a un pequeño apoyo logístico. En esta campaña ha de situarse el cruce de cartas de 1965 entre un Johnson que reclamaba el envío de tropas españolas y un Franco que le advirtió, sin rodeos, de que sería derrotado en Vietnam:
“Excelencia:
He rogado a mi embajador le transmita mi sincero enjuiciamiento de la situación en Vietnam del Sur.En los últimos meses se ha incrementado la agresión abierta contra el pueblo y el Gobierno del Vietnam y les han sido impuestas muy graves cargas a las fuerzas armadas y al pueblo vietnamita.
Durante dicho período, como V.E. conoce, y a causa de la firme y rígida oposición de Hanói y Pekín, no han podido tener éxito los reiterados y constructivos esfuerzos realizados por muchos gobiernos para llevar este problema a la mesa de conferencias.
A lo largo de estos últimos días he estado revisando la situación a la luz de recientísimos informes, procedentes de mis colaboradores de mayor confianza. Aunque aún no se han adoptado decisiones definitivas, puedo decirle que parece seguro será necesario incrementar las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en un número que podría igualar, o ser superior, al de los 80.000 hombres que se encuentran ya allí.
Deseo sepa V.E. que al propio tiempo que realizamos este importante esfuerzo adicional, continuaremos haciendo todo posible esfuerzo político y diplomático para abrir paso a un arreglo pacífico.
Continuaremos también usando toda clase de prudencia y moderación para evitar que la guerra pueda extenderse en el continente asiático. Nuestro objetivo sigue siendo el de que finalice en Vietnam toda injerencia exterior de forma que el pueblo de dicho país pueda decidir su propio futuro.
En esta situación debo expresarle mi profunda convicción personal de que las perspectivas de paz en Vietnam aumentarán grandemente en la medida en que los necesarios esfuerzos de los Estados Unidos sean apoyados y compartidos por otras naciones que comparten nuestros propósitos y nuestras preocupaciones. Sé que su Gobierno ha mostrado ya su interés y preocupación concediendo asistencia. Le pido ahora que considere seriamente la posibilidad de incrementar dicha asistencia mediante métodos que indiquen claramente al mundo y quizás especialmente a Hanói la solidaridad del apoyo internacional a la resistencia contra la agresión en Vietnam y al establecimiento de la paz en dicho país.
He pedido al embajador Duke se ponga a su disposición para cualquier consulta que desee hacerle sobre este asunto”.
La respuesta de Franco fue:
“Mi querido Presidente Johnson:
Mucho le agradezco el sincero enjuiciamiento que me envía de la situación en el Vietnam del Sur y los esfuerzos políticos y diplomáticos que, paralelamente a los militares, los Estados Unidos vienen desarrollando para abrir paso a un arreglo pacífico. Comprendo vuestras responsabilidades como nación rectora en esta hora del mundo y comparto vuestro interés y preocupación, de los que los españoles nos sentimos solidarios en todos los momentos. Comprendo igualmente que un abandono militar de Vietnam por parte de los Estados Unidos afectaría a todo el sistema de seguridad del mundo libre.Mi experiencia militar y política me permite apreciar las grandes dificultades de la empresa en que os veis empeñados: la guerra de guerrillas en la selva ofrece ventajas a los elementos indígenas subversivos que con muy pocos efectivos pueden mantener en jaque a contingentes de tropas muy superiores; las más potentes armas pierden su eficacia ante la atomización de los objetivos; no existen puntos vitales que destruir para que la guerra termine; las comunicaciones se poseen en precario y su custodia exige cuantiosas fuerzas. Con las armas convencionales se hace muy difícil acabar con la subversión. La guerra en la jungla constituye una aventura sin límites.
Por otra parte, aun reconociendo la insoslayable cuestión de prestigio que el empeño pueda presentar para vuestro país, no se puede prescindir de pesar las consecuencias inmediatas al conflicto. Cuanto más se prolongue la guerra, más empuja al Vietnam a ser fácil presa del imperialismo chino, y aun suponiendo que pueda llegar a quebrantarse la fortaleza del Vietcong, subsistirá por mucho tiempo la acción larvada de las guerrillas, que impondrá la ocupación prolongada del país en que siempre seréis extranjeros. Los resultados, como veis, no parecen estar en relación con los sacrificios.
La subversión en el Vietnam, aunque a primera vista se presente como un problema militar, constituye, a mi juicio, un hondo problema político; está incluido en el destino de los pueblos nuevos. No es muy fácil a Occidente comprender la entraña y la raíz de sus cuestiones. Su lucha por la independencia ha estimulado sus sentimientos nacionalistas; la falta de intereses que conservar y su estado de pobreza les empuja hacia el social-comunismo, que les ofrece mayores posibilidades y esperanzas que el sistema liberal patrocinado por el Occidente, que les recuerda la gran humillación del colonialismo.
Los países se inclinan en general al comunismo, porque, aparte de su poder de captación, es el único camino eficaz que se les deja. El juego de las ayudas comunistas rusa y china viene siendo para ellos una cuestión de oportunidad y de provecho.
Es preciso no perder de vista estos hechos. Las cosas son como son y no como nosotros quisiéramos que fueran. Se necesita trabajar con las realidades del mundo nuevo y no con quimeras. ¿No es Rusia una realidad con la que ha habido que contar? ¿No estaremos en esta hora sacrificando el futuro a aparentes imperativos del presente? A mi juicio, hay que ayudar a estos pueblos a encontrar su camino político, lo mismo que nosotros hemos encontrado el nuestro.
Ante los hechos nuevos, no es posible sostener la rigidez de las viejas posiciones. Una cosa es lo que puedan acordar las grandes naciones en Ginebra y otra es el que tales decisiones agraden a los pueblos. Es difícil defender en el futuro y ante los ojos del mundo esa división artificial de los países, que si fue conveniencia de momento dejará siempre abierta una aspiración a la unidad.
Comprendo que el problema es muy complejo y que está presidido por el interés americano de defender a las naciones del sudeste asiático de la amenaza comunista; pero siendo ésta de carácter eminentemente político, no es sólo por la fuerza de las armas como esta amenaza puede desaparecer.
Al observar, como hacemos, los sucesos desde esta área europea, cabe que nos equivoquemos. Guardamos, sin embargo, la esperanza de que todo pueda solucionarse, ya que en el fondo, los principales actores aspiran a lo mismo: los Estados Unidos, a que el comunismo chino no invada los territorios del sudeste asiático; los Estados del sudeste asiático, a mantener a China lo más alejada de sus fronteras; Rusia, a su vez, a que su rival, China, no se extienda y crezca; y Ho Chi Minh, por su parte, a unir el Vietnam en un Estado fuerte y a que China no lo absorba.
No conozco a Ho Chi Minh, pero por su historia y sus empeños en expulsar a los japoneses, primero, a los chinos después los franceses más tarde, hemos de conferirle un crédito de patriota, al que no puede dejar indiferente el aniquilamiento de su país. Y dejando a un lado su reconocido carácter de duro adversario, podría sin duda ser el hombre de esta hora, el que el Vietnam necesita.
En este interés superior de salvar al pueblo vietnamita y a los pueblos del sudeste asiático, creo que vale la pena de que todos sacrifiquen algo.
He deseado, mi querido Presidente, haceros estas reflexiones confidenciales en el lenguaje directo de la amistad. Aunque sé que muchas están en vuestro ánimo, le expongo lealmente mi juicio con el propósito de ayudar al mejor servicio de la paz y del futuro de los pueblos asiáticos.
Su buen amigo,
Francisco Franco”
El presidente de los EEUU, evidentemente, no pide opiniones que no valore. Como en los primeros años de la II Guerra Mundial, el Caudillo fue presionado para que enviara efectivos militares, como estuvo dispuesto a hacerlo al iniciarse la guerra de Corea, pero ahora la situación había variado sensiblemente y el Generalísimo se negó. Finalmente, en abril de 1966, Franco optó por dar vida, como ayuda, a la Misión Sanitaria Española de Ayuda a Vietnam del Sur. Esta implicación se mantendría en secreto. El destino de la expedición sería la provincia de Go Jong en el delta del Mekong. Duraría cinco años, hasta septiembre de 1971, relevándose cada seis meses, entorno a un centenar de médicos militares y enfermeros participarían en la operación. A pulso se ganaron su prestigio tanto entre los mandos americanos como entre las autoridades de Vietnam del Sur y la población civil. El hospital militar español atendió a cuantos a sus instalaciones llegaron. Dos años después, cuando el Secretario de Estado Dean Rusk recriminó a Castiella la falta de colaboración militar, este le contestó sobre la posición española: “si estuviéramos bien armados”.
Fuera de las negociaciones y la situación con respecto a la renovación de los acuerdos con los EEUU la cordialidad diplomática se mantuvo y hasta llegó a extremos curiosos. En 1968 el presidente americano envió a Franco un telegrama de felicitación con motivo de la Fiesta Nacional Española, en realidad eran las festividades del aniversario de la Alzamiento Nacional el 18 julio de 1936:
“Me complace enviar al pueblo de España las sinceras felicitaciones y los deseos más cordiales del pueblo de los Estados Unidos de América en esta celebración de su Fiesta Nacional.
En esta ocasión me gustaría también hacer llegar a Vuestra Excelencia mis votos personales para usted y reafirmar nuestra vinculación a la larga tradición de amistad y alianza entre nuestros países”
Franco contestó inmediatamente:
“Agradezco vivamente a Vuestra Excelencia la felicitación que formula en nombre del pueblo de los Estados Unidos de América con motivo de la Fiesta Nacional de España, así como los votos personales que me dirige, y me es grato corresponder con los míos muy sinceros por el bienestar de Vuestra Excelencia y la prosperidad del pueblo de los Estados Unidos.
También deseo en esta ocasión resaltar especialmente la larga tradición de países amigos y aliados a que hace referencia su cordial telegrama”.
Lo que sí seguía Franco con singular atención era la carrera espacial que interpretaba desde un punto de vista católico, tal y como se lo indicó a Johnson en un mensaje remitido el 27 de diciembre de 1978 con motivo del primer viaje interplanetario:
“Al dar feliz culminación de esta proeza fabulosa, los Estados Unidos acaban de escribir una soberbia página de su historia.
Definitivamente, para la Humanidad comienza una nueva Era. En ella, el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, irá descubriendo y admirando más y más la grandeza infinita de la Creación.
Toda España se une a mí para felicitaros entusiásticamente, así como a vuestro pueblo, a los tres astronautas y a cuantos hicieron posible el triunfo gracias a su fe, su técnica y su arrojo.
Francisco Franco”
Mensaje de entusiasmo que reiteraría a Nixon cuando el Apolo XI llegara a la Luna en julio de 1969:
“El hecho prodigioso de la llegada a la Luna de los tres heroicos astronautas norteamericanos en el plazo y el modo previstos han llenado de admiración a España y al mundo. Hazaña tan memorable que señala una nueva era para la Humanidad débese a la ciencia, la técnica y la fe de vuestra gran nación. Reciba señor Presidente, en mi nombre y en el de todo el pueblo español, mi más efusiva felicitación, que le ruego haga extensiva a Armstrong, Aldrin y Collins y a todos cuantos han colaborado en la admirable empresa.
Francisco Franco”.
El viaje de Nixon
En 1968 expiró el mandato de Johnson, quien ante la crisis y el deterioro que suponía la guerra de Vietnam decidió no presentarse a la reelección. Las elecciones llevaron a la presidencia al republicano Richard Milhous Nixon. La elección debió de ser bien acogida por Franco. De hecho, conocía a Nixon pues se había entrevistado con él durante su visita a España tras su derrota frente a Kennedy y siendo vicepresidente con Eisenhower había estado en España en 1956 entrevistándose con Alberto Martín Artajo, ministro de Exteriores, en Palma de Mallorca (AFNFF 3490):
“Su Excelencia
Don Francisco Franco Bahamonde
Jefe del Estado Español
Madrid, Junio 19, 1963.
Vuestra Excelencia:
Antes de abandonar Madrid, quisiera expresarle mi agradecimiento por las asistencias recibidas por los miembros de su gobierno durante mi estancia en España. Me complació especialmente la conversación con usted sobre los recientes acontecimientos mundiales y me gustaría expresarle particularmente mi reconocimiento por concederme tanto de su tiempo cuando se cuán ocupado de su agenda.
También disfruté cuando conocí a su hermano en el avión y cuando tuve la suerte de ver a la Sra. Franco en la Feria Internacional de Barcelona.
Sé que el General Eisenhower estará encantado de saber que nuestra impresión de la cordialidad y hospitalidad del pueblo español es igual que la buena opinión que él se formó durante su visita a España.
Con agradecimiento, atentamente
Richard M. Nixon”.
En medio de la campaña americana estaba abierta la negociación sobre el futuro de las bases. España quería obtener partidas para la modernización y tecnificación de su Ejército ante la nueva situación en el Mediterráneo y equilibrar la balanza comercial, pero los EEUU tenían que atender la financiación de la guerra en Vietnam. Las negociaciones se llevaron a cabo entre el ministro Castiella y el Secretario de Estado americano Dean Rusk. En 1968 España las dio prácticamente por rotas (Castiella le dijo al Secretario de Estado: “si no pueden apoyarnos en nuestras necesidades mínimas, entonces quizás sea preferible dar por terminados los acuerdos”). El Departamento de Estado comenzó a sentir la presión del Pentágono, pero también los mandos militares españoles presionaban en el mismo sentido a Exteriores. Franco había trazado sus líneas rojas: suministros militares, mejoras económicas y capacidad de decisión. También quería la supresión o traslado de la base de Torrejón (lo que se estaba planteando desde 1957). Habría una prórroga para negociar.
Franco y sus diplomáticos debieron estimar que las negociaciones para la renovación de los Acuerdos de Madrid podían ser más favorables con la nueva administración Nixon. El presidente americano se apresuró en anunciar al Generalísimo que mantendría abiertos los medios de contacto.
“Querido General Franco:
Le agradezco su atento y alentador mensaje con motivo de mi toma de posesión como Presidente de los Estados Unidos. Los próximos años van a ser de prueba para todos nosotros. Nuestra principal tarea será la de edificar una paz auténtica y duradera para toda la humanidad. Mi Gobierno ha hecho el propósito solemne de dedicarse a esta tarea con toda fuerza y energía. Espero y confío que nuestros medios de contacto se mantengan abiertos pues aspiramos a un mundo en el que ningún pueblo viva en un aislamiento hostil o no deseado.
Suyo Affmo.
Richard M. Nixon”.
Nixon debió de esperar contestación de Franco y decidió enviarle un mensaje privado el 22 de febrero de 1969 de cara a justificar no reunirse con el Caudillo en su inicial viaje a Europa, pero manifestando su amistad y la necesidad de continuar negociando:
“Querido General Franco: Lamento que no me sea posible entrevistarme con usted para intercambiar nuestros puntos de vista durante mi breve visita a Europa. Recuerdo muy bien nuestro encuentro de 1963 en Barcelona y confío en que llegue el momento en que podamos hablar de nuevo.
Quería asegurarle mi profundo interés personal en el desarrollo de las relaciones entre nuestros dos países y mi esperanza de que seguiremos manteniéndonos en estrecho contacto personal. Sinceramente suyo,
Richard Nixon”.
[de puño y letra] Quiero agradecerle de nuevo las amables atenciones que me fueron dispensadas a mí y a mi familia cuando visitamos su país en 1963”.
Franco contestó de forma inmediata con el mismo carácter personal:
“Querido Presidente Nixon: Mucho agradezco su amable mensaje personal del pasado día 13. Yo también guardo un muy grato recuerdo de nuestro encuentro en Barcelona.
Veo en este viaje suyo a Europa un especial interés por nuestro viejo Continente en consonancia con el papel fundamental que para el bienestar y la seguridad mundial corresponde a las naciones europeas, cuya tradición y personalidad propia son un factor positivo para la custodia de los valores comunes de Occidente y para la consolidación de la paz en el mundo.
Dedico como usted especial atención al desarrollo de las relaciones de todo orden entre nuestros dos países y confío en que siga manteniéndose entre nosotros un estrecho contacto personal.
Le saluda muy amistosamente.
Francisco Franco”.
Franco, finalmente, anunció al presidente norteamericano que estaría muy pendiente de las conversaciones, lo que era una realidad:
“El Pardo, 27 de junio de 1969
Querido Presidente:
En contestación a su amable mensaje personal del pasado día 20, querría decirle que comparto su satisfacción por la prórroga del Convenio Defensivo de 1953 acordada en ese día.
Mucho agradezco las manifestaciones que me hace de su firme deseo de mantener amistosas relaciones entre nuestros dos países, lo que coincide con un aspecto capital de la política de mi Gobierno. Precisamente por medio de la negociación que acaba de empezar, y que como Vd. Pienso seguir de cerca con especial atención, buscamos la consolidación de un entendimiento más amplio y duradero para reforzar en todos los órdenes, los lazos de amistad y cooperación entre nuestros pueblos respectivos.
Deseo, asimismo, subrayar mi aprecio por el sentido de responsabilidad de los Estados Unidos en el campo de la política internacional, en correspondencia al papel eminente que juega su país como líder del mundo libre. Por nuestra parte, aspiramos a que la nueva Relación de Cooperación a que podamos llegar sea la expresión de la permanente solidaridad de España con Occidente en la tarea común.
Le saluda amistosamente
Francisco Franco”.
La prórroga fue ventajosa para los intereses españoles, pero la crisis provocada por el escándalo MATESA condujo a una remodelación del gobierno y a la sustitución de Castiella por López Bravo al frente de Exteriores, en lo que se podría denominar el “primer gobierno Carrero Blanco”. En agosto de 1970 se firmaba entre España y los EEUU un tratado de amistad y cooperación. Desde un punto de vista realista, teniendo presente el peso de cada país, era un éxito. Como sintetiza Powell: “las instalaciones pasaron a ser de titularidad española, y desaparecía la cláusula secreta de 1953, lo cual significaba que los estadounidenses no podrían activar sus bases sin consulta y acuerdo previo en caso de conflicto”. Además España había firmado poco antes un acuerdo de cooperación militar con Francia. Nixon fue invitado a visitar España. El presidente llegó un 2 de octubre de 1970 con la resaca de los actos por el aniversario, como se decía entonces, de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado. Con una España en desarrollo económico acelerado, probablemente en el cénit de la popularidad del Caudillo, el presidente de los EEUU sería recibido como Eisenhower. Nixon estuvo pletórico, como si estuviera en campaña en su país, durante el trayecto en coche descubierto. Según las crónicas de la época un millón de personas le aclamó. La resultante había sido un nuevo convenio y el proyecto de Henry Kissinger de que se estableciera una colaboración entre Grecia y España para asegurar el Mediterráneo. España continuaba siendo para los EEUU un punto geoestratégico de importancia capital, que incrementaría su valor al hacerse evidente el aumento de la inestabilidad en el Mediterráneo Oriental a partir de 1973. La sintonía era evidente porque el presidente informaba a Franco del contenido de su visita a China y lo tratado con Mao Tse Tung (AFNFF 3543). Tras la visita Nixon se deshizo en elogios:
“A Su Excelencia Generalísimo Francisco Franco Bahamonde
Jefe del Estado Español.
Querido Generalísimo Franco:
La acogida espléndida y profundamente conmovedora que usted y el pueblo español nos dispensaron a la señora de Nixon y a mí durante nuestra reciente visita a Madrid, nos ha dejado un recuerdo indeleble. La sonrisa del pueblo español fue tan cálida y brillante como su sol, y deseo expresarle mi profunda gratitud por la generosa hospitalidad que encontramos en todas partes.
La profunda estima hacia el pueblo, el carácter y la historia de los Estados Unidos, que usted señaló en sus declaraciones a nuestra llegada, sus muchas atenciones y los espléndidos obsequios que nos hizo son gratamente apreciados. Nunca olvidaremos la magnífica cena en el Palacio de Oriente, y puede estar seguro de que nuestro pueblo aprecia y siente especial orgullo por las muchas aportaciones que la gran nación española y su pueblo ha hecho a través de los años a nuestra tradición nacional. Reconocemos a los españoles como un pueblo con un gran pasado y un gran futuro.
Nuestras conversaciones y las que mantuvimos con distinguidos miembros de su Gobierno, fueron de gran utilidad y estoy seguro que reforzarán nuestra mutua comprensión y estrecharán los vínculos de amistad que unen nuestros dos países y que el nuevo Acuerdo de Amistad y Cooperación se ha reafirmado en forma efectiva. Permaneceremos unidos como amigos en la búsqueda interminable de soluciones justas y pacíficas a los problemas planteados a nuestros países y al mundo.
Con mi saludo personal más cordial, sinceramente
Richard Nixon”.
Franco le contestó sin prisa un mes después:
“Mi querido presidente Nixon: El acuerdo que hemos firmado, seguirán desarrollándose y haciéndose más fuertes en el futuro, en un auténtico deseo de paz y de promoción humana, en que hemos de hallarnos estrechamente unidos.
Le ruego, mi querido Presidente Nixon, que acepte una vez más la expresión de mi afecto y personal amistad.
Francisco Franco”.
En el inicio de los años setenta se había incrementado la preocupación en la administración americana sobre el día después de Franco. Los signos de la edad eran motivo de alarma porque la situación en el Mediterráneo era cada vez más complicada ante la posibilidad de que se establecieran bases soviéticas en el norte de África y lo que pudiera resultar del conflicto palestino-israelí. Nixon, que había sostenido una entrevista con el Príncipe Juan Carlos en el palacio de la Moncloa, remarcando con claridad quién era el sucesor de Franco, y que sentía simpatía por Franco, confiaba en quienes iban a llevar desde entonces las negociaciones de carácter político militar entre ambas administraciones, Henry Kissinger y el almirante Carrero Blanco; pero en Washington una enfermedad de Franco era motivo de preocupación (AFNFF 3890):
“Estimado General Franco
El Secretario Stans lamentó profundamente, al igual que lo hice yo, que su enfermedad le imposibilitara reunirse con usted en enero. Sin embargo, me entusiasma tener esta oportunidad para enviarle por medio de él mi saludo personal.
La visita a España del Secretario Stans, como la reciente visita a este país del Ministro de Comercio español, el Honorable Enrique Fontana Codina, simboliza la importancia que ambos países conceden para fortalecer nuestros lazos de amistad. Las conversaciones con usted y los miembros de su gobierno deberían contribuir a las relaciones económicas entre nuestras naciones que han sido tan beneficiosas para ambos.
Muy atentamente
Richard Nixon
16 de abril de 1971”
Deseo agradecerle muy vivamente su carta del 24 de octubre, en la que con tan amables palabras recuerda la visita que recientemente nos honró, en compañía de la señora Nixon.
Yo quisiera en esta oportunidad reiterarle, Señor Presidente, que las manifestaciones de afecto de que fue objeto por parte del Pueblo español como igualmente de las Autoridades y miembros del Gobierno que participaron en este inolvidable acontecimiento, no fueron sino la expresión espontánea y viva de un sentimiento auténtico de admiración y de afecto hacia el Pueblo norteamericano y hacia quienes tan alta y dignamente lo representan.
Ha sido para todos nosotros una satisfacción y un honor el poder ofrecerle nuestra hospitalidad y hacerle patente de esta manera nuestro aprecio y nuestro deseo de que la gran Nación norteamericana continúe, bajo su dirección, por caminos de grandeza y de prosperidad, que creemos sinceramente constituirán también un beneficio y un estímulo para todos los países amigos de los Estados Unidos.
Estoy persuadido de que no dejarán de contribuir a tan altos fines las conversaciones y los contactos mantenidos con ocasión de su visita. Los lazos de amistad y colaboración entre nuestras dos Naciones, fortalecidos hoy con el Convenio de Amistad y Cooperación cambiado profundamente desde 1953.
La ayuda económica americana ya no era necesaria y España ya formaba parte de los países desarrollados e industrializados. Así, resulta curioso que el propio presidente americano escriba a Franco en agosto de 1971 para explicarle la razón de una serie de medidas económicas que piensa adoptar y que afectarán a las importaciones y que se incardinan en las conversaciones realizadas a partir de la visita de Nixon a Madrid sobre cooperación económica:
“Reconozco que estas medidas afectarán a España a la vez que son vitales para nosotros. Lo que necesitamos ahora es un pronto acuerdo sobre mejoras en el sistema monetario internacional. Les consultaremos con el fin de que nos den sus puntos de vista sobre la mejor forma de llegar a estas mejoras… Me complacerá continuar trabajando con Vd. en estos asuntos de tanta importancia para nuestros dos países así como para el resto del mundo”.
Lo cierto es que geoestratégicamente España volvía a tener una importancia capital, el propio Nixon le había comentado a Franco la necesidad de su implicación para la defensa del débil flanco sur de la OTAN. Pero también estaba sobre la mesa la posibilidad de que España se inclinara hacia los “no alineados”, entre los que tenía no pocos “amigos”. De hecho, Franco no había reconocido el Estado de Israel y en la reunión de la IV Conferencia de los Países no Alineados la posición española se consideraba fundamental; para estos era importante, ya que los EEUU habían anunciado su posible intervención militar.
Esto moverá al presidente argelino Huari Bumedián a escribir a Franco para, entre líneas, pedirle que no deje utilizar las bases españolas y que secunde las posiciones de los no-alineados (AFNFF 21955):
“Refiriéndome a las decisiones de los Países no Alineados, es mi deber llamar vuestra alta atención sobre las peligrosas dimensiones que el conflicto podría alcanzar, a causa del aliento político y de la ayuda —bajo cualquier forma— facilitados a Israel por ciertas potencias, con objeto de permitirle proseguir su agresión y asegurar las ventajas que de ella se desprenden.
En efecto, se ha constatado que la reanudación de las hostilidades ha dado origen a una movilización de todas las fuerzas sionistas a escala internacional; a poner a dis posición de Israel aeródromos y bases pertenecientes a la OTAN para servir de unión con los Estados Unidos de América en lo que se refiere al traslado de material de guerra, y al desplazamiento y de la sexta flota que se halla en el Mediterráneo, en el marco de la OTAN. Este compromiso de los países no beligerantes al lado del agresor israelí tiene todavía mayor alcance con el anuncio oficial de una eventual intervención militar de los Estados Unidos.
El giro tomado por los acontecimientos es motivo de preocupación mayor, no tan solo para los países directamente comprometidos en el conflicto sino también para todos los países no alineados, preocupados por hacer prevalecer los objetivos de la paz […]
En estas circunstancias cruciales en que la seguridad del Mediterráneo se ve amenazada por la agravación del conflicto en Oriente Medio, estoy convencido de que vuestro país —unido a esta región tanto por el interés como por la tradición— no dejará de prestar toda su ayuda para mitigar las consecuencias del mismo”.
Por otra parte, en las previsiones sobre un conflicto convencional en Europa, en un recrudecimiento de la Guerra Fría, la superioridad del Pacto de Varsovia era un hecho. Alguna publicación se había hecho eco de la facilidad con la que los tanques soviéticos podrían plantarse en los Pirineos y las debilidades de la OTAN. El Almirante Carrero, en 1973, le había expuesto a Kissinger una realidad: que la OTAN carecía de segunda línea de defensa y de la necesaria coordinación logística. Esa línea solo podría estar en los Pirineos. Ante la nueva situación España plantearía a los norteamericanos dos opciones: la entrada en la OTAN sin condiciones o la firma de un Tratado Bilateral de Defensa con EEUU. Las negociaciones no siguieron porque un comando de ETA asesinaba al presidente del gobierno español.
En sus memorias Richard Nixon da una imagen positiva de Franco: “un líder sutil y pragmático cuyo interés principal era mantener la estabilidad interna necesaria para el progreso de España”. Además, se arrepentiría de haber apoyado a la República, víctima de la falta de información, ya que su “orientación comunista rara vez se mencionaba en la prensa”. En un discurso posterior a la muerte del Caudillo el expresidente afirmó: “El General Franco fue un amigo y aliado leal de los Estados Unidos. Él alcanzó fama y respeto internacional para España por su firmeza y franqueza”.
No solo el Presidente
Desde la normalización de relaciones, aún antes y hasta la muerte del Generalísimo arribaron a España no pocos congresistas, senadores y hombres de negocios. Sería muy prolijo relacionar las visitas de mandos militares, especialmente de la marina americana desde la primera parada de la flota americana en El Ferrol. Militares y secretarios de estado que llevaron a cabo las negociaciones con España, abrieron los viajes presidenciales y se reunieron con Franco. En 1955, el primero desde 1866, arribaba el influyente John Foster Dulles. Después protagonizaría estos encuentros, el Secretario de Estado William P. Rogers, quien se reuniría en tres ocasiones con Franco (1961, 1965, 1968, 1970), durante las administraciones de Johnson y Nixon. Su sucesor sería uno de los personajes más influyentes a escala internacional de los primeros años setenta, Henry A. Kissinger (en 1973, en dos ocasiones en 1974 y en 1975), durante las administraciones Nixon y Ford. Los que llegaban, la mayoría deseosos de encontrarse con Franco, testimoniaban el progreso español. Quede como ejemplo esta misiva de Robert McNamara del Banco Internacional para la Reconstrucción y Desarrollo en 1971:
“Excelencia:
Le agradezco mucho el amable gesto de recibirme durante mi visita a España. Estaba muy interesado en escuchar sus puntos de vista sobre el futuro de su país.
Dejé España impresionado con el progreso económico que el país estaba realizando bajo la dirección de su Gobierno. Aquí, en el grupo del Banco Mundial, estamos muy complacidos de haber tenido, y continuar teniendo, la oportunidad de aportar alguna contribución a sus nobles esfuerzos para mejorar el bienestar del pueblo de España.
También deseo, Excelencia, expresarle mi sincera gratitud por la cálida hospitalidad que la Sra. McNamara y yo recibimos durante toda nuestra estancia en España.
Suyo Affmo.”
También llegaron políticos destacados como el entonces gobernador de California y futuro presidente Ronald Reagan, el general Vernon Walters o el vicepresidente Spiro T. Agnew. Años más tarde, siendo presidente, durante su visita a España Ronald Reagan comentaría sobre Franco:
“a mí, como a cualquier norteamericano no me caen simpáticas las dictaduras. Por otro lado, creo que se le ha tratado injustamente, dirigió a España en un período difícil que podría haber desembocado en algo semejante a lo que hoy contemplamos en Irán, por ejemplo. Ahora bien, si debería haber cambiado y haberse embarcado en el camino de la democracia al cabo de cierto tiempo es algo que corresponde juzgar a los españoles”; también afirmó, en aquellos años, que los norteamericanos que lucharon con los republicanos lo hicieron en el “lado equivocado”. Reagan era un admirador de la gesta del Alcázar de Toledo y del entonces coronel Moscardó.
Pero la opinión de Ronald Reagan no era extraña en los EEUU, el prestigioso e influyente George F. Kennan, a principios de los años cincuenta, se mostraba crítico con la política de los demócratas durante la guerra civil española y su apoyo a los republicanos pues, a su juicio, su victoria hubiera significado el asentamiento del comunismo en España.
Igualmente significativo es el hecho de que algunos presidentes, en momentos de tensión, recurrieran a Franco. Así por ejemplo, en la escalada bélica de 1971 entre India y Pakistán, A. M. Yahya Khan, presidente de Pakistán escribe a Franco unas letras que tomamos de la traducción de Jesús Palacios:
“Las relaciones entre Pakistán y España siempre han sido cordiales y amistosas. Su Excelencia y el Gobierno de España bajo su liderazgo, siempre han evidenciado un agudo interés en la preservación de la paz en el subcontinente indio-pakistaní. Es mi ferviente deseo que tenga éxito a la hora de persuadir a India de desistir de la peligrosa trayectoria en que se ha embarcado. En este momento crítico, se debe hacer comprender a India cuál es la situación. No debería resultar difícil que India retirase sus tropas de las fronteras pakistaníes y hacia sus posiciones habituales, dado que Pakistán no amenaza a India en modo alguno […]
Le aseguro, Su Excelencia, que mi Gobierno y mi pueblo siempre darán la bienvenida a cualquier iniciativa que España pueda adoptar de manera individual o junto con otras naciones para reducir la peligrosa tensión creada por India que, sin supervisión, podría conducir a esta región a la catástrofe”.
El Watergate acabó en agosto de 1974 con Nixon, pero no con las líneas de su política exterior. El presidente Gerald Ford visitaría España para hablar de cuestiones militares el 31 de mayo de 1975. Había estado antes como vicepresidente encabezando la delegación americana en el entierro del almirante Carrero Blanco. Ford recalaba en España antes de asistir a la cumbre de la OTAN, un mes antes los EEUU habían abandonado Vietnam de forma definitiva. Su preocupación era el flanco sur europeo, ahora amenazado de inestabilidad por la situación en Portugal. Su entrevista con el Príncipe Juan Carlos no era más que la confirmación icónica del apoyo de los EEUU a la sucesión prevista por Franco, reafirmando lo hecho por Nixon en 1970 y por el viaje oficial que Juan Carlos y Sofía realizaron a EEUU en 1971.
El doctor Vicente Pozuelo, médico personal de Franco y durante la visita coordinador de los servicios médicos por si ocurría cualquier contrariedad, registra una interesante conversación con el médico del presidente Gerald Ford y el doctor William M. Mukash, especialista en la base de Torrejón y almirante de Marina, al visitar la Ciudad Sanitaria La Paz por si tenía que ser utilizada por el presidente de los EEUU:
“—Y esto ¿para quién es? ¿Quién puede disfrutar de estas instalaciones?
—Todos los españoles afiliados a la Seguridad Social, obreros o empresarios.
—En Estados Unidos —me respondieron— no somos suficientemente ricos para mantener unos servicios como estos para todos los ciudadanos”.
Cuando Gerald Ford vino a España, desde 1971, los EEUU ya miraban al día después de Franco. Su proyecto era una transición ordenada hacia la homologación con las democracias occidentales en un proceso en el que primara el mantenimiento de la estabilidad. Es de sobra conocido que el propio Nixon, en aquel año, envió a España al general Vernon Walters para entrevistarse con Franco quien ya frisaba los 80 años. Muchos años después el militar norteamericano precisó aquel encuentro encaminado a obtener garantías para el futuro. El planteamiento que subyacía, y que Nixon comunicó a Walters, era el de acelerar el nombramiento de Juan Carlos quedando Franco como un garante del proceso y, previamente, deslindar la Jefatura del gobierno de la del estado, tal y como prefiguraba la Ley Orgánica del Estado. Parte del mismo ya estaba asumido por la agenda de Carrero Blanco, quien había propuesto, en un proyecto de programa de acción la separación de ambas esferas, lo que Franco haría en junio de 1973 para hacer real lo que era una realidad nombrando a Carrero presidente del gobierno.
En el año 2000 Walters precisó el sentido de aquel importante encuentro con Franco al que llegó con una carta personal de Nixon que el Caudillo leyó perfectamente. El general americano tomó nota del temblor de manos del Generalísimo debido al parkinson pero también de que no parecía que fuera a dejar el poder. Nombrado poco después director de la CIA su objetivo con respecto a España fue hacer posible la transición estable que se estaba diseñando. Según Santiago Mata en la entrevista arrancó la pretransición:
“—Su presidente quiere que le hable francamente, ¿de qué?
—Mi general, por un accidente de la historia, el presidente de los Estados Unidos tiene mucha responsabilidad en varias partes del mundo. Él está muy preocupado por la situación en el Mediterráneo occidental, tiene mucho respeto por su opinión y quiere saber cómo ve usted los acontecimientos del futuro en el Mediterráneo occidental.
—Lo que interesa realmente a su presidente es lo que acontecerá en España después de mi muerte, ¿no? —me dijo—
—Mi general, sí.
—Siéntese, se lo voy a decir. Yo he creado ciertas instituciones, nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El Príncipe será Rey, porque no hay alternativa y las Fuerzas Armadas nunca dejarán que las cosas se les vayan de las manos. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, drogas y qué sé yo. Habrá grandes locuras pero ninguna de esas será fatal para España.
—Pero mi general, ¿cómo puede usted estar seguro? —le dije—.
—[Pensé que iba a decir las Fuerzas Armadas]. Mi verdadero monumento no será la cruz del Guadarrama. Porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años, la clase media española. Ese será mi verdadero monumento. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español. No habrá otra guerra civil”.
Al conocerse el fallecimiento del Generalísimo, el presidente Gerald Ford hizo pública la siguiente nota oficial:
“He recibido con pesar la noticia de la muerte del Generalísimo Franco, quien dirigió su país durante cerca de cuatro décadas a través de una era sobresaliente de la historia de España. Con su muerte hago llegar mi profundo pésame a su esposa y a su familia en nombre del Gobierno y del pueblo norteamericano. Deseamos bienestar al pueblo español y a su Gobierno en los tiempos venideros. Los EEUU, por su parte, continuarán su línea de conducta amistad y cooperación, que ha sido el principio de las excelentes relaciones existentes entre nuestras dos naciones”.
