Francisco Franco
Con carácter previo a estor artículos, y teniendo en cuenta los objetivos plantea dos, se postulan las siguientes hipótesis para cada uno de ellos:
• Primera. Franco creía que judíos, masones y comunistas eran una amenaza grave para España y dedicó la mayor parte de su obra periodística a denunciar sus actividades.
• Segunda. Los artículos se redactaron de manera muy discreta, casi secreta.
• Tercera. Dejó de escribir finalizada la etapa de aislamiento internacional de España.
• Cuarta. Franco se situaba en la cúspide el sistema informativo, que quedaba bajo su absoluto control.
• Quinta. Elaboró sus opiniones periodísticas él solo.
• Sexta. Sus contribuciones aparecieron en el diario Arriba en una posición poco llamativa.
• Séptima. Franco escribía por puro entretenimiento.
• Octava. Las colaboraciones provocaron algunos incidentes diplomáticos.
• Novena. Los artículos del entonces Jefe del Estado estaban fuertemente condicionados por sus experiencias vitales y son similares a su obra literaria anterior.
• Décima. Franco trataba temas de actualidad
Francisco Franco, además de militar y Jefe del Estado español, fue un activo cola borador de prensa; ejerció corno director de !a Revista de Tropas Coloniales (Ceuta, 1924-25), llamada más tarde Africa (1926-36). Ostentó además, desde 1937, el cargo de Presidente de Honor de la Asociación de Prensa de Madrid y figuraba en el Regis tro Oficial de Periodistas con el número uno. Asimismo fue colaborador de Arriba, tema del que se ocupa sustancialmente este artículo.
Gracias a la imprescindible biografia Franco, Caudillo de España se conocen los periódicos que leía antes de la Guerra Civil: ABC, La Epoca y La Correspondencia Militar (Preston, 2004: 107). Carlos Fernández Santander refiere que, ya instalado en el poder. “por las mañanas hojeaba el diario ABC antes de ir a su despacho, así como un resumen de los demás periódicos que le pasaba su secretaría de prensa. Por la noche, antes de dormirse leía un buen rato en [a cama” (2005: 396). El director de Arriba, Ismael Herráiz, presumió una vez de que su periódico era el primero que Franco leía por la mañana. Hubo, en especial, una publicación que le marcó: en 1928 le regalan una suscripción a una revista antibolchevique publicada en Ginebra, el Bulletin de L ‘Entente Internationale cono-e la Troisiéme Intemationale, publicación que alimentaría su fobia al marxismo y le llevaría a considerar a todos los izquier distas españoles siervos de Moscú. “Esa suscripción -según Paul Preston- afianzó en Franco una permanente obsesión por el anticomunismo. También influyó en la transición del soldado aventurero de los años veinte al general suspicaz y conserva dor de los años treinta. Al recibir el boletín sin interrupción hasta 1936, llegó a ver la amenaza comunista por todas partes y creía que toda la izquierda española trabajaba consciente o inconscientemente para los intereses del Komintern” (2004: 88).
Franco fue el Primer Periodista de España, no solamente porque así figurase en el Registro Oficial de Periodistas: recibió el nombramiento con todos los honores de manos del Director General de Prensa Tomás Cerro Corrochano, en un acto celebrado en el Pardo al que acudieron los principales directores de medios y otros personajes del mundillo periodístico el 20 de julio de 1949. No se lo dieron entonces por sus artículos -no se había hecho pública su autoría- sino por su trayectoria periodística de juventud en Marruecos y los discursos de la Guerra Civil (Luis de Galinsoga, “Un periodista auténtico”, La Vanguardia Española, 21 de julio de 1949: 1). Franco reci bió, además del carnet profesional -personalizado con su escudo heráldico-, un álbum con los periodistas “caídos por Dios y por España”. En su discurso de aceptación, animó a los periodistas a “continuar sirviendo al país en su labor de contar la verdad y alimentar el espíritu de los españoles”, y recordó orgullosamente su labor periodística de juventud, “ejercida por necesidad” (ABC, “Homenaje del periodismo español al jefe del Estado”, 21 de julio de 1949: 7-9).
Al comienzo de la publicación de los artículos (1945) la redacción del diario en el que aparecían, Arriba, se situaba en la calle Larra, 8. Lo dirigía Javier Echarri y Gamundi (carnet de periodista n° 25), con Ismael Henáiz Crespo como segundo de a bordo (carnet n° 21). El caricaturista era Joaquín Alba Santizo, Km. que ocasio nalmente trazó caricaturas de acompañamiento a las colaboraciones Arriba era el órgano de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, partido único que inspiraba la política del régimen, el diario casi oficial durante la primera etapa del mismo. Ferozmente antimonárquico, consideraba que esa forma de gobierno podía derivar en marxismo y dio cabida en su seno a la propaganda falangista contra el conde de Barcelona, con el consentimiento de Franco. En cuanto a su estilo, “tenía un sello especial, se daban cita en él todos los tópicos al uso como el nacional-sin dicalismo, la unidad entre los hombres y las tierras de España… y se reflejaba en sus páginas el visceral odio al comunismo y el desprecio hacia las democracias occi dentales” (Barrera, 1995: 64-65). Espejo y faro de la ideología conveniente para el régimen, en esta misión evangelizadora Arriba contaba con el apoyo de los demás diarios del Movimiento. Sus primeros directores, Echarri (1939-1949) y Herráiz (1949-1956) contaron con literatos de primera fila en sus páginas, además de Franco con sus seudónimos y su estrecho colaborador Carrero Blanco, tras los nombres de Ginés de Buitrago y Juan Español.
Es prácticamente imposible tener cifras fiables de tirada de este diario, ya que en aquel momento todavía no existían auditorías independientes -la OJD no se crea hasta 1964- y las empresas periodísticas ocultaban celosamente ese dato como un “secreto comercial, por temor a que las cifras reales de tirada las desacreditasen ante el mercado publicitario y ante sus propios lectores” (Sevillano, 1997: 326 y 329). Lamentablemente este periódico no ha sido estudiado de forma monográfica y solo existen datos fragmentarios. Por ejemplo, Sánchez Aranda y Barrera afirman que “llegó -parece- incluso a los cien mil ejemplares en los años cuarenta, pero al decaer el primer fervor de la posguerra fi.ie cayendo poco a poco sin remedio a partir de 1950 (1992: 442). Por otro Lado, Nazario González precisa que en 1945 rondaba los ciento cuarenta mil ejemplares. Pero en 1960 eran ya poco más de cincuenta mil (1995: 394).
Contrariamente a lo que cabría esperar del diario predilecto de la dictadura, un informe inédito del director Herráiz, fechado en 1956 y reproducido parcialmente en Aquí hubo una guerra, desvela las condiciones precarias en las que se trabajaba en sus instalaciones (Aguinaga, 2010: 130-13 1). Juan Velarde. colaborador de Arriba desde 1952. afirma que el periódico arrojaba pérdidas y era subvencionado por la Cadena de Prensa del Movimiento con los beneficios de los diarios más prósperos. A los malos resultados, según sus palabras, “contribuían el enorme plantel de colabora dores muy bien pagados (Eugenio D’Ors, Ramón Gómez de la Serna…) y la escasez de la publicidad por motivos estéticos y políticos” Enrique de Aguinaga reconoce que la tirada del diario era escasa, “pero esos ejemplares están en los ministerios, en las cancillerías, en los centros de poder…”
Jakin, Boor, Macaulav e Hispanicus- un total de 91 artículos en el periódico Arriba
Francisco Franco publicó, bajo tres seudónimos distintos –Jakin, Boor, Macaulav e Hispanicus- un total de 91 artículos en el periódico Arriba de Madrid, desde el primero, “Política clara” (Hispanicus, 9 de marzo de 1945: 1-4) hasta el último, “La masonería no descansa” (Boor, 27 de marzo de 1960: 17-18). Los artículos podían aparecer cualquier día de la semana -excepto, por supuesto, el lunes, ya que debido al descanso dominical obligatorio no se editaba el Arriba ese día y carecían de una periodicidad fija: tan pronto se publicaba una serie durante varias semanas segiuidas para luego parar durante un mes, como el flujo paraba un año entero o salían dos colaboraciones en una misma semana. Eso sí, casi todos aparecían en la portada del diario, en un lugar bien visible, ya hiera en la parte superior o en la inferior, con el título en una fuente de tamaño destacado. Solamente en tres ocasiones se incumplió esta regla: (Boor, “Campaña antijesuita”. 1 de octubre de 1950: 5; Boor, “La causa de El Escorial”, 22 de octubre de 1950: 3; Boor, “La masonería no descansa”. Cuando un artículo era muy largo, lo cual sucedía frecuentemente, comenzaba con una o varias columnas en la portada y finalizaba en el interior del periódico (Macaulrn’, “Memento”, 6 de febrero de 1947: 1 y 3).
Francisco Franco nunca acudía personalmente a la redacción de Arriba para entregar sus colaboraciones, sino que los artículos seguían una singular andadura. Enrique de Aguinaga, entonces joven redactor del periódico que recibió de Ismael Herráiz -el ya referido director del diario entre 1949 y 1956- el encargo de ejercer como corrector de alguno de ellos, relata cómo era el proceso. “El ministro de Educación llamaba a Ismael Herráiz y le anunciaba que iba a enviar el artículo. Los traía un motorista y venían escritos en hojas grandes, de un papel de mucho gramaje (casi de cartulina), mecanografiados y con correcciones manuscritas con la letra de Franco (porque la letra de Franco la conocíamos perfectamente). Así, se mandaban al taller, a un linotipista que ya estaba encargado de ello. A los artículos de Franco se les daba el trámite normal: pasaban a la imprenta y en vez de ir a los correctores me los mandaban a mí. Luego seguían el trámite ordinario de enviar las galeradas a la censura” El motorista, precisa Antonio Gibello, compañero de redacción de Aguinaga, pertenecía a la guardia personal del dictador El papel, de gran cuerpo. pasaba por una doble corrección en la redacción (Aguinaga, 2002: 16). En una ocasión, como se verá más adelante, un artículo de Franco fue devuelto a la redacción con tachaduras del lápiz rojo de los censores. “Nunca hubo contacto directo del Caudillo con la redacción -refiere su corrector-, supongo que el artículo se lo entregaba al ministro de Educación en los despachos que tenían los ministros con Franco y le diría: ‘Ibáñez, este artículo para que lo mande usted al director de Arriba”. Aguinaga añade que Franco no se interesaba por la suerte de sus colaboraciones y que un día simplemente dejó de enviarlas, de modo que “no tenía que dar ninguna explicación, ni para mandarlos ni para retirarlos. El artículo venía a través del ministro y un día dejó de venir, y de la misma manera que no se daba el periódico por enterado, el director de Arriba no llamaba ni decía: ‘Oiga don Francisco, que hemos recibido este artículo, muy bueno por cierto”.
El profesor Velarde asegura conocer la causa por la que Franco dejó de escri bir artículos de temática económica, en los que defendía un vago keynesianisrno. Después del que sería último en este ámbito (Hispanicus, “Realismo”, Arriba, 15 de julio de 1949: 1 y 6), se produce una bnisca interrupción. Ello se debe ría -en palabras de Velarde- a la publicación de un monográfico de la revista Economía, editada por [a Dirección General de Sindicatos, en la que un grupo de economistas españoles se preguntaba si era aplicable a España la Teoría General de Keynes. El dictamen era desfavorable, y cuando el Delegado Nacional de Sindi catos le llevó el ejemplar en una audiencia, Franco lo leyó, se convenció de que sus concepciones eran erróneas y abandonó las colaboraciones sobre economía”
Al abordar la cuestión de por qué eligió esos nombres para sus seudónimos, Aguinaga aventura que Franco no meditó demasiado su decisión: “Macaulay es un famoso político británico Jakirn Boor está en la historia de la masonería; e Hispanicus es solamente hispánico para España. No creo que hubiera sido objeto de una especial deliberación. Algún asesor le dijo algo al respecto, aunque él hacía las cosas muy personalmente, porque por ejemplo Franco no tuvo jefe de prensa. Hacía sus discursos, tenía algunos amanuenses, pero no tuvo nunca jefe de prensa. Había un titular, que era Lozano Sevilla pero su función principal era la de taquígrafo. Le nombró jefe de prensa por cubrir el puesto, pero podría haber sido cualquier figura del periodismo como Víctor de la Serna o Joaquín Arrarás”.
En los artículos de temática económica, Juan Velarde cree que no había un infor mador específico, sino que los elaboraba el mismo Franco a partir de lo que leía en la prensa; prueba de ello serían los numerosos recortes con subrayado y apuntes que se conservan entre sus papeles.
La autoría misma de los artículos no está exenta de controversia. Numerosas fuen tes de autoridad consideran que Franco pudo contar con ayuda para escribirlos. El abogado José Luis Jerez Riesco. prologuista de una recopilación de los artículos, refiere que Franco redactaba sus textos. “con la colaboración de Carrero Blanco” y “con algunas insinuaciones de Giménez Caballero” (2003: 16). Ferrer Benimeli, en la misma línea, apunta que “los artículos de J. Boor eran guiones elaborados por Ernesto Giménez Caballero a petición de Franco quien, después, los desarrollaba a su gusto con la colaboración de Carrero Blanco” (1982: 315). Ernesto Giménez Caballero escribió para Franco -según su propio testimonio-, por encargo de Serrano Suñer, el llamado Discurso de la Unificación en 1937 (1979: 100). Sin embargo, parece impro bable que colaborase habitualmente con el dictador, dado que progresivamente se fue alejando de las esferas de poder. “La misma marginación política de Giménez Caba llero en la España franquista resulta muy ilustrativa -señala al respecto su biógrafo Enrique Selva-. El punto culminante lo alcanzó en abril de 1937, cuando… Franco lo noinbró miembro de la Junta Política. A partir de entonces inició su declive… Con la caída de los fascismos en 1945… era ya un personaje absolutamente marginado en la cultura española” (2000: 289-290). Cabe la posibilidad de que el escritor le sugiriese ideas a Franco cuando lo acompañó a una visita oficial a Portugal en 1949 (Giménez Caballero, 1979: 190-192), pero resulta sumamente extraño que no incluyese en sus Memorias de un dictador un acontecimiento de tal calado como contribuir a los artí culos del Caudillo. Enrique de Aguinaga asegura que el escritor fascista no participó en el proceso: “Giménez Caballero descartado por completo. Franco lo manda al Paraguay. Fue profesor mío, autor de La Edad de Plata y un gran personaje literario. Pero no le veo de amanuense”
En cuanto al Almirante, la ascendencia de Carrero sobre Franco es bien conocida. Este fiel colaborador le influyó enormemente desde los años de la Segunda Guerra Mundial y compartía con él la preocupación por la expansión del comunismo ruso y el supuesto antiespañolismo militante de la masonería internacional. Carrero se oponía también a los cambios internos en el régimen, esgrímiendo tres armas, las dos primeras muy presentes en los artículos de Franco: “nuestro catolicismo, nuestro anticomunismo y nuestra posición geográfica” (Tusell, 1993: 107-117, 151).
En los archivos de Carrero Blanco, se encuentren los artículos de Franco con el seudónimo de Jakim Boor
Es cuanto menos curioso que en los archivos de Carrero Blanco, situados en Presidencia del Gobierno, se encuentren los artículos de Franco con el seudónimo de Jakim Boor, así como instrucciones del marino para artículos de fondo en el Arriba, donde escribió él también con el seudónimo de Juan de la Cosa. “Merece la pena recalcar”, argumenta Tusell, “que siendo ambos taxativos defensores de la tesis de la conspiración masónica, a la que atribuían todos los males a lo largo de la Historia de España y en contra del régimen, da la sensación de que Franco era más insistente y repetitivo sobre el particular”. Además, recalca las diferencias entre el estilo literario del dictador y de su colaborador. “Lo cierto es que Carrero tenía una superior fluidez de pluma que Franco y también un bagaje ideológico más asentado y, por ello mismo, más dificil de modificar” (1993: 138). Alberto Reig afirma sin dudas que los artículos de Boor fueron elaborados por Franco en colaboración con su siempre leal Carrero (2005: 308). Ricardo de la Cierva, por su parte, apunta una última hipótesis sobre los artículos de Boor, al señalar que “Joaquín Arrarás, el primer biógrafo de Franco, no era ajeno a su redacción o corrección” (1979: 467). Aguinaga afirma que este tercer personaje le parecería posible, si bien ve más plausible la hipótesis de Carrero Blanco y que “tal vez fuese el marino quien lo escribía primero y el Caudillo el que lo corregía después” Enrique Moradiellos apunta sobre este particular que “es muy plausible que Franco confiara en Carrero para esas labores porque es lo que hacía para casi todo desde mayo de 1941, cuando asumió la subsecretaría de Presidencia y empezó a operar corno un ayudante de general en un Estado Mayor. Por tanto, en principio, la afirmación de Ricardo de la Cierva tiene verosinulitud, que ya es bastante. Y teniendo en cuenta que el autor entrevistó a Franco para su biografia, esa afirmación no es del todo descartable” Contradiciendo las conjeturas anteriores, Bernardino Martínez Hernando, archivero y bibliotecario de la APM, se muestra convencido de que “ni Franco se hubiera dejado ni Carrero se prestaba… Otra cosa es que hablaran, que comentaran, pero cada uno escribía sus artículos -por lo menos las noticias que yo tengo- porque cada uno en el tema que escribía sabía o creía que sabía lo que decía. Como documentación no lo necesitaban, cada uno tenía su propia documentación” Luis Suárez asegura al respecto que le consta que los dos “intercambiaban ayudas en sus respectivos artículos con seudónimo”
Paul Preston. aunque se hace eco de la posibilidad de la intervención de Arrarás, parece inclinarse por la posibilidad de que escribiese en solitario (2004: 613-6 14). Femando Díaz-Plaja mantiene que era Franco quien escribía sus propios discursos, ya que es la única explicación para que siempre mencione a los mismos enemigos -marxis tas y masones- desde su primera entrevista al Neus On’onicle en 1936 hasta el último discurso en la Plaza de Oriente poco antes de su muerte, arengando con contenidos y sintaxis similares (1997: 42). El profesor Velarde es también partidario de la hipótesis de la autoría única. “Escribía el solo seguro-afirma-, a él le apetecía escribir solo desde la Revista de Tropas Colonia/es. Quien diga eso [que tenía ayudantes] ignora cómo era Franco. A él le gustaba escribir en los periódicos. Se limitaba por motivos políticos” Por otro lado, al día siguiente de la muerte del dictador, entre los muchos elogios que le dedicó, el diario Arriba exhibió orgulloso algunos de sus artículos con la siguiente introducción: “Durante los años cuarenta Francisco Franco desarrolló una de sus mayores aficiones.., el periodismo activo.., desde los seudónimos de Hispancus, Jakirn Boor y Macanay hablaba al país de la política internacional, la masonería y la política nacional, respectivamente”.
En el curso de esta investigación se han podido consultar los guiones mecano grafiados de “arios de los artículos. Estos aparecen con tachaduras, enmiendas y firmas de una caligrafia que. cotejada con otros documentos es inequívocamente la de Franco. En el primero de ellos el encabezamiento, difuminado, aparece tachado y en su lugar está escrito a mano el nombre de la colaboración, “Marruecos”, firmado al final con Hispan/cus En el segundo de ellos, el guion de “Memento”, figura al final la firma de Macaulay Hay varios de Jakinz Boor, por ejemplo uno con el enca bezamiento de “Masonería”, sin fecha y que no se corresponde con ninguno de los publicados (tal vez sea un borrador) otro texto de la primera de las colaboraciones de este seudónimo, “Masonería y comunismo” (Boor, 1952: 11-16), aparece firmado como Jakim Boor (se percibe que la J está sobrescrita a una H).
Llama, en primer lugar, la atención el deseado anonimato. “Por deseo expreso suyo. nadie, excepto algunos de sus Ministros y nuestros directores, Javier EchalTi e Ismael Henáiz, conocían la auténtica personalidad de este articulista de excep ción” se dice en la necrológica del número especial de Arriba de 21 de noviem bre 1975. Su hija Carmen recuerda en sus memorias esta discreción: “Yo me enteré un poco más tarde [de que él era Ja/clin Boorj. No. no hablaba de eso. Hacía los artículos, pero yo creo que prefería que no se supiera que era él, por lo cual no hablaba de ello” (Palacios y Payne, 2008: 357). A pesar de lo expresado por el periódico, Aguinaga recuerda que el staff de la redacción sabía que Franco cola boraba en Arriba y los periodistas más perspicaces también se habían dado cuenta. Su colega Antonio Gibello manifiesta que en la profesión periodística era un dato bien conocido, no así para el público En cambio Juan Velarde se muestra conven cido de que lo sabía todo el mundo, El estudioso de la masonería Juan José Morales Ruiz señala, en el mismo sentido, que “aunque hubo muchas dudas sobre quién era realmente el auténtico autor de los artículos, enseguida trascendió que emanaban de quien detentaba (no ostentaba) la máxima autoridad del Estado” (2004: 1273). En cuanto a su alcance internacional, Luis Suárez cree que el gobierno estadounidense sabía perfectamente que era Franco quien estaba detrás de los artículos y que los vanquis -azuzados por el New York Times- escribieron miles de cartas de protesta a la Casa Blanca (1984: 433); y PrestoL1, asimismo, apunta que el Ejecutivo británico también estaba al tanto, aunque “cabe dudar que a Franco le importara” (2004: 645).
Sopesados los diversos testimonios, sigue sin quedar suficientemente claro si la población española sabía que Franco publicaba artículos en Arriba, pero a falta de suficientes evidencias documentales cabe suponer que no era un conocimiento de dominio público. Con todo, para acallar los rumores sobre este asunto, el entorno de Franco ideó un peculiar desmentido. Entre los nombres de las personas recibidas en audiencia civil por el Jefe del Estado, de cuya lista se hicieron eco diversos medios de comunicación, colaron a Mr Jakim Boor (“El jefe del Estado recibió a los representantes de los congresos de Pediatría y Terapéutica”, ABC, 9 de octubre de 1952). Asimismo, hay una consignación de los derechos de autor de Boor por valor de treinta y nueve mil novecientas setenta y tres pesetas con cincuenta céntimos al Delegado Nacional del Frente de Juventudes para destinarlo a caridad, con fecha del 27 de octubre de 1952. Es curioso que el cheque sea “con cargo a la cuenta de la Administración General de los Fondos del Ministerio de Infonnación y Turismo” y no de una cuenta privada del supuesto autor Incluso, apunta Aguinaga, después se llegó a simular su muerte y se publicó la esquela de Jakim Boor en la prensa.
Se puede, finalmente, deducir cierta voluntad de estilo y de difusión de sus ideas en el hecho de que las colaboraciones de Jakim Boor fueron reunidas en un tomo bajo el título de Masonería en 1952, publicado por Gráficas Valera en vez de la Editora Nacional corno cabria esperar y al margen del diario Arriba. Enrique de Aguinaga apunta que posiblemente fuese una iniciativa de CulTero Blanco.
