Los resultados del análisis de contenido, con los pertinentes comentarios y las aportaciones testimoniales de los expertos sobre cada uno de los 91 artículos anali zados, muestran que la categoría de Enemigos es la que más entradas acumula, con 60 de las 91 colaboraciones analizadas (casi un 66 por ciento). Franco veía por todas partes, tanto en el pasado corno en el presente de España, multitud de enemigos unidos, hostiles y envidiosos al otrora esplendoroso Imperio hispánico y al régimen actual. Así, glosa Luis Suárez que ya desde el primer artículo de Jakim Boor “se proponía demostrar de qué modo el ataque contra su Régimen no era otra cosa sino el resultado de una confluencia entre dos fuerzas, masonería y comunismo” (1984: Historia y Comunicación Social 49 Vol. 21. Núm. 1(2016)39-74 J. (7. Sánchez)) D. Lumbreras Francisco Franco, articulista de incogni/o 140). A ello añade el hispanista Bennasar que Franco veía en todas “las desgracias de España y la elaboración de la política mundial los efectos de una perpetua conjura de los masones, aliados según las exigencias del momento a los comunistas, los socialis tas, incluso los judíos”. Para el general, esos enemigos “forman parte de una especie de delirio interior. Es un fantasma frío que alimenta con perseverancia” (1996: 300).
Esta conspiración conjunta de la anti-España era lo que se denominaba común mente contubernio, idea que acompañaría a Franco hasta el último de sus mensajes a los españoles, pronunciado en la Plaza de Oriente de Madrid el 1 de octubre de 1975. De acuerdo con la tesis de Javier Domínguez Arribas (2009), esta idea del contubernio no es ni mucho menos algo exclusivamente español ni franquista. De hecho, los sublevados de 1936 no hicieron más que actualizar los viejos temas que los propagandistas católicos llevaban difundiendo desde hacía décadas.
El propio Jakirn Boor lo expresa así en “Acciones asesinas”: “Judaísmo, masonería y comunismo son tres cosas distintas, que no hay que confundir, aunque muchas veces las veamos trabajar en un mismo sentido y aprovecharse unas de las conspiraciones que promueven las otras” (1952: 219). En opinión de Javier Tusell, Franco probablemente pensaba que las conspiraciones existían en la realidad y añade que “la masonería aparecía, en su forma de ver las cosas, vinculada al liberalismo y éste a su vez, de modo necesario, llevaba a la subversión comunista. La masonería encerraba una dosis suplementaria de peligrosidad porque, a diferencia de la clara subversión revolucionaria, podía conseguir ocultar sus propósitos decisivos bajo una apariencia inocua.., lo más probable era que Franco creyera sinceramente lo que afirmaba” (1996: 123-124).
Los judíos no parecen en principio una preocupación de gran magnitud en los artículos de Franco
El comunismo está bastante presente en los artículos: este enemigo aparece en diecinueve de ellos (31 por ciento dentro de la categoría, 20 por ciento del total). Hispanicus no diferenciaba entre las distintas variantes del marxismo. “Para nosotros -afirmaba-, socialismo y comunismo son escalones en una misma marcha, al final de la cual el comunismo espera” (“Socialismo y comunismo”, Arriba, 18 de febrero de 1949: 1). También opina que el comunismo ruso, para desgracia del mundo, se ha expandido con la guerra mundial, tras haber llevado a Rusia el fracaso económico y social (“La crisis del comunismo”, Arriba, 22 de marzo de 1945: 1).
En España -escribe en “El gran secreto”- existe “una unión malévola entre el comunismo y la masonería que conspira contra la España nacional. Si en otras partes los campos del comunismo y la masonería aparecen claramente delimitados, y hoy en franca y abierta oposición, en el sector de los españoles viven en íntimo contubernio” (Boor, 1952: 37-38). Para combatir el peligro comunista -frente al que España es un finTie bastión-, Franco llama a las naciones occidentales a plantar cara a Rusia para liberar el Este de Europa del yugo de la hoz y el martillo (Hispanicus, 1964: 25-3 1).
Hay muy poca literatura sobre Franco y el comunismo. Ahora bien, al hablar de Jakim Boor, Luis Suárez asegura que Franco consideraba al comunismo más peli groso incluso que la masonería y “de una manera constante sostendrá que la URSS, en cuanto vehículo para la expansión del marxismo, era el peligro principal que arros traba el mundo, ya que el materialismo dialéctico destruye las raíces de la vida espiritual” (2005: 118). Para Franco, los españoles eran víctimas del sovietismo porque Stalin quería vengarse de la derrota en la Guerra Civil y del envío de la División Azul (TuselI, 1984: 100).
Gran Bretaña también es otro de los blancos predilectos de la ofensiva periodística de Franco, con dieciséis alusiones (casi un 27 por ciento en la categoría de enemi gos). La pérfida Albión es el origen de la odiada secta, de la que Jakim Boor llega a decir incluso que está comandada por la Corona británica y se confunde con el Estado (1952: 94-97). Al parecer, Franco llegó a afinnar, en un Consejo de Ministros en 1945, que en el Reino Unido había nada más y nada menos que quince millones de masones, y que todos ellos habían votado al partido laborista, hostil al régimen (Tusell, 1984: 100). Franco acusaba a menudo a Inglaterra de mala vecindad y falta de moralidad, así como de entorpecer las relaciones del régimen con Estados Unidos: España es la malquerida de Inglaterra (Maculay, “La malquerida”, Arriba, 9 de julio de de 1948: 1). Aún más, en “Serenidad”, Maculay censura con dureza la política económica británica -pero sin atacar a los laboristas- y llama al pueblo inglés al sacrificio; asimismo se enorgullece de la serenidad y libertad de crítica en la prensa española (Arriba, 26 de agosto de 1947: 1).
La última etapa de las colaboraciones (1954-1955) coincidió con una campaña impulsada por Franco para recuperar Gibraltar, que se convirtió en objetivo prioritario. Franco creía que la actuación gubernamental en este asunto era inane, como le contó a su primo Facón el 10 de diciembre de 1954. “No estoy conforme con la poca energía que tienen nuestras autoridades para enfrentarse con los ingleses”, llegó a decir. (Franco Salgado, 1976: 47).
En “Siempre Gibraltar” Franco daba comienzo a su particular lucha aireando la historia del conflicto, sacando a la luz que Winston Churchill había ofrecido al gobierno franquista la devolución del Peñón a cambio de la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, “promesa incumplida que ofende a los españoles” (Maculay, Arriba, 21 de febrero de 1954: 1-2). La reina de Inglaterra, sin tener en cuenta estos ataques, visitó Gibraltar, provocando la respuesta dialéctica y fisica del régimen. Así ha narrado este episodio Preston: “Franco, profundamente irritado por la visita de la reina Isabel II a Gibraltar, escribió varios artículos virulentos en el periódico Arriba bajo el seudónimo de Macaiílay. No obstante, silenció las protestas públicas más fuertes, en parte para disminuir la agitación en las universidades y también a causa de la clara declaración del embajador estadounidense de que la posición de Gran Bretaña y Gibraltar dentro de la OTAN aseguraba el apoyo de Estados Unidos a Londres en el tema del Peñón” (2004: 683). Sin embargo Maculay, a pesar de oponerse al viaje oficial. exonera a Isabel II de toda responsabilidad y considera que son sus consejeros los que la mantienen engañada sobre la vergonzosa situación del Peñón (“Visita inconveniente”, Arriba, 7 de marzo de 1954: 1-2). Para la historiadora Mirta Núñez, agitar esta bandera era una cuestión más retórica que práctica, de puro oportunismo: “En realidad -afirma- no creo que hubiera una voluntad real de recuperar Gibraltar, pero le venía muy bien para esa ideología hueca que tenía jalear la pérdida de Gibraltar y luego la recuperación, las dos cosas. Y de hecho cualquier acción en ese terreno queda en agua de borrajas”.
Los judíos no parecen en principio una preocupación de gran magnitud en los artículos de Franco (10 menciones, el 16 por ciento dentro de la categoría de enemigos y un 11 por ciento del total de los 91 textos), sin embargo hay un debate historiográfico amplio sobre este asunto. El profesor de la Universidad de Tel Aviv Raanan Rein expresa, en este sentido, que el intento del régimen por integrarse en el entorno polí tico favoreció la situación de los judíos: “Se trataba de una minoría tolerada. Hasta mediados de los años cincuenta, Franco afianzó una política que permitió a los judíos en España llevar una vida comunitaria y religiosa más o menos libre, aunque con ciertas restricciones, sobre todo con respecto a la visibilidad de sus sinagogas.
Su correligionario Enrique de Aguinaga opina que Franco no se refería en sus artículos a los hebreos de a pie, sino a los poderosos. “Los judíos -según el ex redactor de Arriba- no eran, en el imaginario de Franco, los judíos sefarditas que salvó de la persecución nazi. Los judíos eran los judíos de Nueva York, las grandes oligar quías judías que gobernaban internacionalmente. Eso era lo judeomasónico, no los pobres judíos que salvaba Angel Sanz Briz a través de la embajada… Los judíos eran el poder capitalista y el poder mafioso, las grandes internacionales judías” Examinando de cerca los artículos, se comprueba que lo que más le molestaba es el Estado de Israel -el cual votó contra la entrada de España en la ONU-y el judaísmo internacional que odia ala religión católica (Boor, 1952: 66,73 y 79). Tras este desen cuentro con el Estado hebreo, el régimen franquista -como es bien sabido- vuelve los ojos hacia el mundo islámico, con el que se aliará, y su propaganda exaltará el tópico de la tradicional amistad hispano-árabe. El profesor Rein apunta que el dictador recelaba con fundamento: “No le faltaban razones a Franco para guardar cierta sospecha hacia el Nuevo Estado Judío. El Estado de Israel estaba baja la hegemonía de partidos socialistas/socialdemócratas hasta los años setenta. No se trataba de fuerzas políticas que le resultaban de su agrado. Su alianza política con la Iglesia Católica y los temas no resueltos del estatus de Jerusalén y de los Santos Lugares en la misma tampoco le alentaban a acercarse a Israel”.
El liberalismo y la democracia son otro de los enemigos a batir.
En “Acciones asesinas”, Jakim Boor matiza que la culpa no es del judaísmo en general, sino de una minoría conspiradora unida a la masonería, como ya habían demostrado -para Franco- Los protocolos de los sabios de Sion (1952: 220-221). Es más, Joseph Pérez detecta cierta afabilidad hacia los judíos sefardíes de Marruecos ya en la Revista de Tropas Coloniales. “El régimen de Franco -en sus palabras-, a pesar de declaraciones ideológicas sobre el complot judeo-masónico y de la repetida aprobación del decreto de expulsión firmado en 1492 por los Reyes Católicos, se mostró, pues, bastante benévolo con los sefardíes y los judíos” (2005: 313 y 320). Probablemente lo fuera, al menos, con los judíos ricos de Marruecos que, según la tesis del historiador Isidro González (2009), apoyaron y financiaron su sublevación.
El liberalismo y la democracia son otro de los enemigos a batir. Franco odiaba la democracia liberal y el parlamentarismo. Los consideraba origen de males nefastos para un Estado. “El régimen liberal y de partidos -decía en 1943- para los españoles ha demostrado ser el más demoledor de los sistemas, incompatible con la unidad, la autoridad y la jerarquía” (Bardavío y Sinova, 2000: 181). Sin embargo, solamente en siete artículos (de los 60 que componen la categoría de enemigos, es decir, cerca de un 12 por ciento) cargaba las tintas específicamente contra esta figura política.
En cualquier caso, la masonería es el tema estrella y epítome de los artículos de Franco, con 54 repeticiones en enemigos (el 90 por ciento), lo cual supone un 59 por ciento respecto al total de artículos. Para él, esta organización era la causa de todos los males de España y de parte de Europa. En palabras de Fusi, “lo que había desvelado es que eran masones casi todos los políticos que en algún momento u otro habían dicho algo contra su régimen (Roosevelt, Churchill, Truman, Blum, el noruego Tryg vie Lie… que toda la política del Reino Unido y Francia desde el siglo XVIII había sido dictada por la masonería; que la masonería perseguía la decadencia de España desde que la introdujera Felipe Wharton… en 1728 y a su mano se debía todo lo que en España había ocurrido desde entonces: el motín de Esquilache, la expulsión de los jesuitas, la pérdida del imperio, revoluciones y guerras civiles, laferrerada de 1909, la caída de Maura, los crímenes políticos, etcétera” (1995: 129).
El gran experto en masonería Ferrer Benimeli ha apuntado a dos posibles causas para este odio. Una es la marginación que sufrió Franco a manos de militares masones durante la II República. La otra es que intentó entrar en la orden por dos veces (una en Larache en 1925 y otra en Madrid en 1932) y siempre fue rechazado por otros compañeros de armas (1977: 43). En cualquier caso, se trata únicamente de testimonios y jamás ha trascendido documento alguno que pruebe que Franco haya intentado ingresar en la masonería.
Las diatribas de Franco contra la masonería estaban a la orden del día. En “Los que no perdonan”, de 1949, censura que hayan intentado triunfar en las elecciones de Portugal (Boor, 1952: 45-52); o en ‘El gran fraude democrático” en las de México (Ibídem: 67-72); acusa a los masones incluso de la inestabilidad política en Bélgica, en “El gran odio” o “Batallas políticas” (Ibídem: 6 1-66, 235-240) y de cometer asesi natos rituales en “Crímenes de las logias” (Ibídem: 115-120). El caso prototípico es el último artículo recogido en la recopilación de 1952, “La masonería actual”, en el que esboza un compendio de todas las inmoralidades de la secta y les acusa de estar detrás de los recientes disturbios en Barcelona (Ibídem: 321-329) Asimismo son muy abundantes los artículos de corte histórico en los que Jakin, Boor nana con todo deta lle (fáctico; nunca describe apenas ambientes ni personas) las tropelías cometidas por la orden en el pasado. Por ejemplo, “Historia masónica” es prácticamente una noticia biográfica del malhadado Felipe Wharton, duque inglés al que Franco atribuye una vida de excesos y la fundación de la primera logia en España (Ibídem: 131-136). Tal era su odio hacia este personaje que, cuando visito su tumba en el monasterio cisterciense de Poblet en junio de 1952, obligó al abad a trasladar la lápida de la tumba de Wharton fuera de suelo sagrado (Ferrer Benimeli, 1977: 39). Una larga serie de artículos está dedicada a relatar la expansión y las calamidades provocadas por la masonería bajo el reinado de Carlos III: el motín de Esquilache. la infiltración en la Inquisición, la campaña contra los jesuitas… (Boor, 1952: 253-276, 293-300). Deseoso de unir a todos sus enemigos bajo una misma bandera, Jakim Boor llega a afirmar que “el carácter judaico de la masonería se acusa a través de su literatura y de sus ritos.., el hebreo es antes judío que masón y subordina a su creencia y a su pasión judaica todos los intereses de la orden, no obstante lo cual aparece ocupando los principales puestos de la masonería” (1952: 140-141).
El siguiente enemigo, la ONU, aparece para Franco como un organismo odioso que intriga contra la respetable España, y se refiere despectivamente a ella hasta en catorce ocasiones (23 por ciento de la categoría de enemigos). En “España es la que acusa!” Hispanicus niega toda autoridad sobre España a este organismo y se enorgu llece de la neutralidad nacional durante la Segunda Guerra Mundial, frente a la subor dinación de los rojos a Rusia en la Guerra Civil (Arriba, 3 de noviembre de 1946: 1 y 4). Por supuesto, la ONU está dominada por diplomáticos masones (Boor, 1952: 11-12) que votan contra España obedeciendo a las consignas de sus logias (Ibídem: 21-24). Además, la ONU está vinculada a la Asociación Masónica Internacional, a la que consulta antes de tomar cualquier decisión (Ibídem: 179-180).
Gran parte de las críticas a las Naciones Unidas se centran en su secretario general, el noruego Trygvie Lie, perteneciente a un grupo de “degenerados y delincuentes” (Macaulay, “Serenidad”, Arriba, 26 de agosto de 1947: 1), además de “grado 33 de la masonería [el máximo], lo que no le priva, a su vez, de estar al servicio de Moscú” (Boor, 1952: 11). Franco no pierde ocasión para atacar a este supuesto doble agente, pues “el caso de Trygvie Lie es un ejemplo que no debe olvidarse” (Ibídem: 206).
La propaganda enemiga obtiene algo más de atención que los judíos (once mencio nes). La inquina que Franco le profesa se debe a que mancha con mentiras el buen nombre internacional de España y su régimen, intentado destacar únicamente los aspectos negativos del mismo (Macaulay, “Constancia”, Arriba, 18 de abril de 1948: 1). Actúa movida en multitud de ocasiones, a su juicio, por los otros enemigos, como por ejemplo la masonería, que insta a sus seguidores a desprestigiar a España en todos sus medios de comunicación (Boor, 1952: 44). Dentro de la propaganda, el blanco preferido del Caudillo es la BBC. En “Albión” acusa a la emisora británica de fabricar continuas calumnias hacia España y de acoger a comunistas y exiliados que actúan movidos por la envidia (Macaulay, Arriba, 4 de diciembre de 1949: 1).
Por último, dentro de los enemigos de España se incluyen en lugar preeminente los rojos, a los que Franco ataca tantas veces como a la propaganda enemiga. Los exiliados republicanos que, sin lugar a dudas para Franco, siguen maquinando para retomar España y reciben ayuda de sus otros enemigos: “Toda la protección que los rojos españoles encuentran en los medios internacionales tiene una misma explica ción y un mismo origen: o son los masones los que los apadrinan y apoyan, o son las Embajadas soviéticas y sus agentes quienen los mandan y los financian” (Boor, 1952: 12-13). Entre ellos, ocupan un lugar destacado -como objeto de odio en los artícu los- el siniestro José Giral, presidente del gobierno republicano en el exilio de 1945 a 1947 (Hispanicus, “España es la que acusa”, Arriba, 3 de noviembre de 1946: 1) e Indalecio Prieto, el capitán Araña, al que otros países han acogido y los laboristas ingleses apoyado (Macaulav, “Servicios secretos”, Arriba, 19 de febrero de 1950: 1
