INTRODUCCIÓN
En marzo de 1963, Blas Piñar pronunció en la catedral de Huesca un discurso conmemorativo del aniversario de la liberación de la ciudad que, lejos de limitarse al tono ceremonial habitual, introdujo una crítica directa a determinadas actitudes políticas dentro del propio régimen. La intervención, grabada y remitida a altas instancias del poder, generó inquietud en sectores del gobierno, hasta el punto de llegar al conocimiento personal de Franco.
La reacción del jefe del Estado, resumida en la frase «Déjenle que diga lo que quiera», refleja no solo la percepción que tenía de Piñar como hombre del sistema, sino también las tensiones internas que atravesaba el régimen en aquellos años, marcados por el debate entre continuidad ideológica y apertura pragmática en el contexto internacional de la Guerra Fría.
No estaba asumiendo Piñar una posición cómoda. El 25 de marzo de 1963, en el interior de la catedral de Huesca, pronunciará un discurso conmemorativo del aniversario de la liberación de la ciudad por las tropas nacionales, presidido por el Vicesecretario General del Movimiento, Fernando Herrero Tejedor. La intervención de Piñar debió de despertar temores porque se grabó el acto y se remitió copia al general Manuel Díaz Alegría y a José Solís. Este fue con el discurso a Franco señalando las partes críticas del mismo. Piñar denunciaba las contradicciones entre el discurso oficial y la práctica política en las esferas del poder:
«A los veinticinco años de aquella victoria lograda con la sangre de nuestros caídos, de nuestros muertos, de nuestros hermanos, con el dolor y el sacrificio cruento de España, tenemos derecho, más aún, tenemos el imperioso deber de preguntarnos si no hay tibiezas, si no hay emboscadas, si no hay traidores, si somos fieles al espíritu de aquel Alzamiento Nacional, al espíritu de la Cruzada, que nos llevó a la guerra.
Yo comprendo que sería mucho mejor callar, permanecer callado; pero si yo, en esta conmemoración de vuestras bodas de plata con el heroísmo, callase, mi conciencia me llamaría cobarde y traidor, y estoy decidido a lo que sea, menos a pasar, como español, por traidor y por cobarde.
Pues bien, no hace muchos días, en un alto puesto oficial representativo de España en el exterior, se invitaba con dinero de España a estos mismos hombres, se les llamaba nuestros hermanos separados, se les comparaba a los conquistadores heroicos de América, a los colonizadores y hasta a los emigrantes, trabajadores y sencillos, y después se les decía –a estos hombres moral e intelectualmente responsables de la muerte de nuestros mejores– que gozan de una honrada probidad política, y que sin abdicar de sus convicciones, podían sentarse a la mesa de este alto representante oficial de España.
No se trata del hijo pródigo que regresa a la casa del padre. No son los hermanos de José dolidos por el crimen. Son aquellos que no renuncian a nada, que no abdican de nada, que están donde estaban y a los cuales, nosotros, los españoles de hoy, estamos recibiendo e invitando a nuestra mesa oficial, con el dinero de los propios españoles. Más aún, se afirmaba en esta jornada oficial y pública, hecha pública por la prensa de España, que hoy, en España, teníamos también una “nueva frontera”; y que esa frontera estaba representada por algunos jóvenes españoles que a esa mesa se sentaban, alejados por completo de las viejas pasiones de la guerra civil, sobre cuyos hombros iba a forjarse el futuro de España.
Yo, con la responsabilidad que me da estar aquí, en este acto conmemorativo de la victoria, me atrevo a preguntar: pero este alto representante de España ¿de qué hablaba?, ¿de una guerra civil?, ¿pero, no habíamos quedado que lo nuestro fue una Cruzada, la lucha de unos hombres de bien por los ideales de Dios y de la Patria escarnecidos por ellos?
¿Una juventud alejada de la guerra civil? Alejada, quizás, cronológicamente, pero espiritualmente, nunca. Habíamos tolerado bastante, señores, al contenernos ante la afirmación de un novelista de que la guerra civil fue una inutilidad y una catástrofe, un derramamiento bestial de la sangre de los hermanos. Habíamos asistido con expectación e indignación al abrazo de Múnich. Ahora estamos asistiendo a un Múnich oficial, en cierto modo, que defiende la cantinela de que aquellos que odiaban a España y que hicieron necesario el Levantamiento Nacional son hombres de honrada integridad política que pueden sentarse a una mesa oficial sin abdicación de sus viejas convicciones.
Cuando un hecho semejante se produce tenemos que decir: ¡Oscenses, españoles, hombres que os sentís responsables de aquel acontecimiento histórico, que no es un pasado muerto, sino un hecho vivo y actual! Tenemos que montar una guardia tensa y vigilante como la mantuvisteis vosotros en las posiciones y en los parapetos y en las avanzadas del sitio. Hoy, de lo que se trata es de arrancarnos nuestro mundo interior. La ofensiva está dentro de nosotros mismos, y taimadamente, furtivamente, cautelosamente, se trata de arrebatar el espíritu mismo de la Cruzada que hizo al Estado Nacional».
Según le comentaron a Piñar: «Franco, después de leerlas, dijo a Solís: “¿Blas Piñar es de los nuestros?”. Solís le replicó: “Yo creo que es de los nuestros”, y el Caudillo concluyó la entrevista con estas palabras: “pues si es de los nuestros, déjenle que diga lo que quiera”». La posibilidad de que prosperara la denuncia por vía militar contra Piñar quedó cerrada al comentar Franco: «Me alegra que haya hombres capaces de hablar así, hoy».
Piñar no ha sido pródigo en los comentarios sobre los apoyos políticos que pudiera recibir en estos años antes de la creación de Fuerza Nueva, pero es evidente que comienza a ser el orador al que recurrir para conmemorar aniversarios, para los actos de algunas organizaciones del Movimiento o de Excombatientes. En pocos meses pone en pie un discurso altamente crítico sobre la acción del gobierno, un gobierno que hay que recordar que va a vivir la pugna abierta en estos años entre los «hombres del Movimiento» y los «tecnócratas».
Es interesante subrayar un hecho. En 1964, el general Díaz de Villegas le invitará a pronunciar otra conferencia resonante en el Instituto de Estudios Africanos, en la sede del CSIC, sobre un tema al que se había acercado y que desde entonces formará parte de su discurso: Gibraltar. Un discurso que le llevará a las acciones que él mismo y la revista Fuerza Nueva implementarán en los años setenta, disintiendo de la política oficial de Gregorio López Bravo.
CONCLUSIÓN
El episodio del discurso de Huesca y la posterior reacción de Franco permiten comprender mejor las fisuras internas del franquismo en la década de los sesenta. Blas Piñar emergía como una voz crítica desde dentro, reivindicando la fidelidad a los principios fundacionales del régimen frente a lo que consideraba desviaciones o concesiones políticas. La respuesta de Franco, tolerante en la forma pero calculada en el fondo, evidencia un equilibrio complejo entre permitir determinadas expresiones de disenso interno y mantener la cohesión del sistema.
Este momento anticipa, en cierto modo, el papel que Piñar desempeñaría en años posteriores como referente de un sector que se resistía a cualquier reinterpretación del legado político del régimen, y ayuda a situar su figura dentro del panorama más amplio de las tensiones ideológicas del tardofranquismo.
