Gibraltar y la Masonería
En 1969 la diplomacia española obtenía un gran éxito internacional en las Naciones Unidas, la última de una serie de declaraciones favorables a las tesis españolas que se iniciaron en 1964 tras plantearse el tema de Gibraltar. Un éxito debido, en gran medida, a la acción del catedrático de derecho internacional y ministro de Exteriores, Fernando María Castiella, que en 1957 sustituyó al canciller de la resistencia Alberto Martín Artajo. La posición española obtuvo el apoyo de 73 votos frente a los 19 negativos. Al lado de España se situaron los países hispanoamericanos, no pocos de los no alineados y diversos países árabes. En 1966 Castiella había pedido la devolución de Gibraltar, pero Inglaterra, en teoría obligada a negociar el fin de la colonia en función de lo dispuesto en la resolución de Naciones Unidas, se negó. La respuesta española fue el cierre de la verja que se mantendría hasta después de la muerte de Franco y la de Inglaterra negarse a cualquier negociación.
Durante la II Guerra Mundial el Generalísimo decidió que Gibraltar no merecía una guerra y que debía de caer como fruta madura. Conforme el bloqueo internacional tras el fin de la guerra fue atemperándose, Franco comenzó a plantear el tema de Gibraltar defendiendo las razones históricas y la falta de argumentos de Inglaterra para mantenerse allí. No lo hizo directamente pero sí a través de una serie de artículos publicados en Arriba firmados con el seudónimo de Macaulay. El 4 de diciembre de 1949 en su artículo Albión, tras arremeter contra la BBC y sus campañas contra España, anotó:
“El que la Gran Bretaña nunca nos ha querido es, entre los españoles, sobradamente conocido. No se trata de que gobiernen estos o aquellos, de régimen ni de sistemas, sino de una conducta perenne durante varios siglos de Historia, que sube a la superficie en todos los momentos que conviene al interés inglés. Ni las necesidades del común interés, ni los entronques reales sirvieron, al correr de los tiempos, para una correspondencia de lealtad y lograr anudar la amistad entre nuestros pueblos. Los españoles saben por experiencia que los ingleses solo han deseado para España, al correr de la Historia, aquello que pudiera debilitarla, y que cuando se ocupan de nuestras cosas es por el interés propio y no por el que les pueda inspirar el pueblo español, al que el orgullo inglés quisiera siempre contemplar en un plano más bajo”.
La reclamación de Gibraltar se mantuvo de forma constante entre los falangistas y especialmente entre las organizaciones juveniles. En 1955, por ejemplo, los campamentos del Frente de Juventudes recordaron la fecha “en que las fuerzas inglesas que intervinieron en uno de los bandos españoles en lucha traicionaron su misión arrebatando a España aquel trozo de tierra propia”.
El 4 de agosto de 1949 Franco publicaba en Arriba su artículo “Gibraltar y la Masonería” firmado con su seudónimo de Macaulay en el que explicaba las razones históricas por las que Gibraltar era de España:
“El aniversario de la ocupación de Gibraltar por las fuerzas aliadas al servicio del Archiduque Carlos actualiza todos los años ante los españoles el proceso histórico de esa gran felonía inglesa.
En la Exposición sobre Gibraltar que la Asociación Geográfica Española inauguró esta primavera en Madrid recogiendo documentos históricos, datos geográficos y un sinfín de pruebas, se demuestra de una manera clara y rotunda cómo la ocupación, usurpación y retención de la Plaza está en abierta pugna contra la razón, la justicia y la moral internacional entre las naciones.
Impresiona a la entrada de la Exposición, en una pequeña vitrina, el original del testamento de Isabel la Católica, en que previsoriamente manda y ordena a sus sucesores que por ninguna causa pueda cederse ni salir de la Corona la fortaleza y plaza de Gibraltar, que desde aquel momento queda convertida en patrimonio inalienable que en ninguna forma podía ser cedida ni enajenada por sus sucesores.
No puede explicarse el público qué razones tan claras y contundentes se hayan ocultado a los pueblos español e inglés durante tantos años, que divulgadas hubieran, sin duda alguna, abierto el camino a la corrección de la injusticia. Yo he visto ancianos, mujeres y niños llorar de emoción ante aquellas reliquias históricas: la piedra grabada por mano patriota que reza: “Aquí lloré a Gibraltar”, la antigua bandera de la Plaza, las mozas de su vida municipal, la Virgen que en la punta meridional de Europa se veneraba; sin contar lo que allí no aparece: la indignidad de estos dos siglos y medio en que la vieja población de Gibraltar, esparcida y multiplicada en el campo que rodea la Plaza, viene sufriendo en su miseria las injuriantes expansiones de su soldadesca, y la Nación entera las intrigas y manejos de aquel foco de piratas, masones y contrabandistas.
Me deparó la ocasión poder visitar la Exposición con un viejo amigo inglés afincado hace bastantes años en nuestra Nación, y que, como católico, se distingue por la comprensión de nuestros problemas. Me confiesa que no por conocidas deja de impresionarle la contemplación de las pruebas y documentos que en ella se reúnen, y que reconoce que como inglés tiene que agradecer el espíritu objetivo y la exposición mesurada que de nuestras razones se hace.”
—Puedo asegurarle —me dice— que el noventa y nueve por ciento de mis compatriotas desconoce, como yo, en gran parte, estos impresionantes pormenores que, como usted bien dice, constituyen un proceso histórico nada favorable para mi nación. Cree la mayoría de los ingleses que Gibraltar ha sido el precio de una victoria entre naciones en guerra y no una ocupación entre aliadas, convertida más tarde en usurpación por uno de ellos. Desconoce que el Tratado de Utrecht, impuesto a España como consecuencia de una conjura europea, no fue libremente pactado entre naciones y que jamás el pueblo español le dio su asentimiento. En Inglaterra se desconoce esa impresionante carta en que el Rey de Inglaterra ofrece al Monarca español la devolución de la Plaza ocupada, y ante las expresiones contrarias de Churchill y Samuel Hoare, duda también de la veracidad de las promesas que a un gran amigo de Inglaterra, como fue vuestro embajador duque de Alba, se le hicieron sobre la suerte de la Plaza para cuando terminase la contienda si España permanecía neutral. De todo esto no culpen ustedes a los ingleses, que en su casi totalidad lo desconocen, sino a las clases directoras y a quienes maquinan contra la amistad entre nuestros países.
Nos detenemos ante los pormenores del Tratado de Utrecht, entre los que destacan extremos poco conocidos del público en general, pues repudiando el documento en su totalidad no han sabido pararse los españoles a examinar el incumplimiento por los ingleses de muchas de sus cláusulas. Allí se recuerda al visitante cómo el propio Tratado expresa ausencia de jurisdicción; sin embargo, Inglaterra se apropiaba de sus aguas a costa de las españolas. Se establece que la Plaza había de quedar incomunicada por tierra con el territorio español y reducida a la roca y fortaleza, cuyos límites venían determinados por unas viejas torres al pie del acantilado; pero más tarde, con motivo de una epidemia, se pide a España autorización para el eventual establecimiento de unos barracones para enfermos en el glacis español que discurre hasta el pie de la roca, y que, separado entonces por una alambrada, pasó a ser igualmente usurpado por Inglaterra y cerrado con una alta verja. En él se encuentra el aeródromo actual y diversas instalaciones de los ingleses.
La incomunicación que el Tratado establecía hasta tal punto fue contravenida que al lado de la Plaza de Gibraltar surge la vergüenza de la población de La Línea de la Concepción, inmenso suburbio urbano de trabajadores, hasta hace pocos años prostíbulo de la marinería y de la soldadesca inglesa. Este aspecto infamante de la presencia inglesa sobre la roca, que, naturalmente, la Exposición silencia, subleva toda conciencia honrada.
—Sobre estas razones jurídicas e internacionales que aquí se exponen —explico yo a mi amigo— existen otras de mayor trascendencia, como la acción dañosa que, contra todo el espíritu del Tratado, desde la Roca se ha venido irradiando contra nuestra Patria. ¿No se fija usted en este artículo que establece que Inglaterra se obliga a no dar cobijo en la Plaza moros ni a judíos y a que la religión católica sea amparada y protegida, y cómo esto se contradice con la actualidad gibraltareña, convertida de hecho la Plaza en un nido de barcos piratas y de contrabandistas, y hasta en una de sus principales iglesias católicas se halla instalada la más importante logia de aquella Plaza?
—Ha rozado usted con esa alusión el punto quizás más trascendente de la política de nuestro país en sus relaciones con España. Tal vez en ella radican las principales diferencias. Somos muchos los católicos que en mi país hemos visto malogradas nuestras carreras por habernos negado a someternos a las imposiciones y servidumbres del yugo masónico. Mi nación no se apercibe de lo que la masonería representa en cada país y de que estas cosas son propias de otros tiempos; pero las tradiciones y malas costumbres pesan todavía mucho sobre la vida británica.
—Diabólica o no —confirmé a mi amigo—, la masonería ha sido durante dos siglos para los ingleses en el interior el medio autoritario y secreto para el mantenimiento de su unidad política, y en el exterior el instrumento poderoso con que se forjó su Imperio. La adscripción a la masonería de la realeza con sus casas reales —duques y alta nobleza—, los jefes y principales figuras de la política, los Ejércitos y la Administración sin cuya filiación a los otros se les cierra el paso, le da otro tono, subordinando a todos ese servicio de la unidad y de la expansión del Imperio que las logias celosamente han procurado. En el exterior ha sido la masonería el medio de captación de las clases predominantes, el de compra y subordinación de voluntades a través de la concesión de puestos, de negocios, de comisiones y representaciones, dando amparo a delincuentes y perseguidos, buscando por todos los medios el captar conciencias y obligar a adeptos. Inglaterra discurre como opresora; España como víctima.
Gibraltar ha desempeñado, en este orden de cosas, contra España el lugar de mayor radiación y actividad. Desde allí, hace dos siglos se viene influyendo a toda la zona del Estrecho y provincia de Cádiz. El campo exterior de Gibraltar, cuyo centro lo constituye La Línea de la Concepción, llegó a registrar hasta dieciocho logias. Los templos masónicos ocuparon el lugar que debiera corresponder a las escuelas y a las iglesias; pero no por iniciativa española, sino fomentadas, sostenidas y estimuladas desde la vecina Plaza, constituyendo el instrumento político para subyugar y encuadrar a su modestísima población obrera. Todas las relajaciones, las delincuencias, las debilidades y las complacencias han tenido en las logias su cuna. Este es el secreto fielmente guardado que no proclaman los documentos ni la Exposición de Gibraltar: lo que Gibraltar representó a través de las logias masónicas para la subversión y anulación de España.
—Veo que conocen perfectamente el problema —me expone mi amigo—. Esta será, sin duda, una de las mayores dificultades que en mi país encontrará la devolución de Gibraltar y la reparación de la injusticia. Solo la posición firme de ustedes podrá convencer a Inglaterra que poco o nada tiene que hacer ya desde Gibraltar, que ustedes conocen el juego, están alertados y lo acusan, pues si España interesa, que interesa, no es la conspiración masónica ya el camino. Que con Gibraltar Inglaterra pierde un gran foco de conspiración masónica estratégicamente colocado, es evidente; pero hay que colocar en una balanza lo que se pierde y lo que se gana, lo que ya se tiene perdido y lo que aún se puede salvar. No juzguen ustedes a Inglaterra por España; ustedes son un país de Quijotes al que nosotros admiramos. No es el honor ni la moral, desgraciadamente, lo que allí nos preside, sino un realismo terrible, y este realismo la obligará a inclinarse, tarde o temprano, de vuestro lado. Sois más importantes de lo que vosotros mismos creéis.
Lo peor es que ese realismo ya tarda, y cuando pretenda realizarse nadie lo va a agradecer, pues la conducta de hoy le va torciendo voluntades y liquidando viejos amigos. Hasta ese sector de masones españoles, de antiguo sometidos, se subleva ante el imperialismo masónico que sobre Gibraltar se les intenta imponer. Es inútil que pretenda buscársele al problema derivativos de internacionalizaciones, que ni el Tratado de Utrecht permite, ni a los otros interesa, ni España reconocería; ni pretender argumentar que con la voluntad artificiosa de una insignificante población volante de negociantes judíos e indios formada al calor del contrabando. La población de Gibraltar está en las ochenta mil almas de la Línea de la Concepción, de San Roque y población que la circunda, en cuanto espera con ilusión el día de la justicia. Para ganar el corazón y la amistad de España hay un solo y único camino: la devolución.
Siempre Gibraltar
El domingo 21 de febrero de 1954 Franco vuelve a las páginas de Arriba publicando el artículo “Siempre Gibraltar” a resultas del anuncio efectuado por Londres de que la reina Isabel visitaría el peñón:
“No es España la que frecuentemente suscita el grave problema pendiente con la nación británica, sino los propios ingleses los que, con la torpeza de su política, hieren a menudo a España en sus fibras más sensibles, cual es la de sus sentimientos patrios.
Se equivocan quienes juzgan al pueblo español por la decadencia de su política durante siglo y medio, en que las banderas políticas y las desgracias coloniales que otros fomentaron no le dejaron lugar para plantear aquellos gravísimos problemas que siempre habían estado vivos en el sentimiento de los españoles, y entre los que ocupa el primer lugar la presencia de la Gran Bretaña sobre la roca y puerto de Gibraltar.
Recientemente el Times de Londres promueve la cuestión del peñón y de la reacción española, queriendo fundar en el Tratado de Utrecht y en el tiempo transcurrido la prescripción de los inalienables derechos nacionales.
Nadie podrá negar los hechos, que por hirientes en la carne española siempre estarán vivos, de cómo adquirió Inglaterra tal colonia, el vergonzoso tratado que la formalizó y el tesón, digno de mejor causa, con que la conservó frente a los sitios y a las gestiones españolas para rescatarla. En lo que sí hay una honda diferencia entre el juicio español y el británico es en la interpretación de las razones morales en las que se apoyaron aquellos hechos. La ocupación de Gibraltar no fue, y es hora de que lo conozcan los ingleses, la consecuencia de una guerra de Inglaterra contra España, sino un episodio de la guerra civil que sobre suelo español promovieron Inglaterra y Francia con motivo de la sucesión al Trono de España, en la que Francia patrocinaba un príncipe francés, Felipe de Anjou, e Inglaterra al archiduque Carlos, a nombre del cual se tomó Gibraltar por las tropas aliadas al mando del príncipe de Hesse, y al que se rindieron los noventa hombres que, a las órdenes del general Salinas, habían extremado la resistencia.
El que el almirante Rooke, al darse cuenta del valor potencial que Gibraltar tenía en aquella época, traicionando la alianza, izase la bandera inglesa sobre el peñón, faltando a lo convenido, después de saquear la plaza, no crea un título jurídico ni timbre de gloria para la nación inglesa, ni representa tampoco una derrota militar para la nación española, que no estaba en guerra con Inglaterra, ni poseía fuerzas formales en la plaza y sí solo un centenar y pico de paisanos y militares a las órdenes de su gobernador, que la defendía en nombre del otro pretendiente. La presencia de la bandera inglesa sobre la fortaleza hizo salir voluntariamente de Gibraltar a su población, que asentándose sobre la colina de San Roque estableció allí la sede de la población de Gibraltar, con su pendón, sus llaves y su Virgen, en espera de la devolución, que todavía aguarda, y en cuya población se venía proclamando, como señores de Gibraltar al sucederse en el Trono, la soberanía de nuestros Monarcas.
No hemos, por tanto, de callar, si hemos de considerarnos fieles historiadores, que en la guerra de los dos pretendientes la derrotada, con el archiduque Carlos, fue la nación inglesa y no la nación española, y que, por consiguiente, no tenía por qué hacer en Utrecht ni fuera de Utrecht concesión alguna a los derrotados.
El malhadado Tratado y sus desdichadas cláusulas están en período de revisión en la conciencia de los españoles desde el mismo día en que fueron firmados. El que los representantes de un príncipe francés, asentado sobre el trono vacilante de España después de una prolongada guerra de sucesión, se resignasen a ceder a la Corona de la Gran Bretaña la propiedad de ciudad, del castillo y de su puerto, contra toda moral y derecho y a espaldas de la voluntad del pueblo, no tiene fuerza bastante frente a la firme decisión de la nación de que vuelva a ella lo que se le había usurpado.
En realidad, no era un príncipe español el que, forzado por la coyuntura europea, renunciara a los derechos de España sobre la plaza tras una victoria de su enemigo, sino un príncipe francés establecido en el Trono de España, victorioso sobre su contrincante, el que, a través de unos representantes bajo influencia francesa, cedía lo que pertenecía a la nación y que constituía bienes inalienables de la Corona española, ya que no en vano la Reina Católica Isabel I de Castilla dejó bien sentado en su testamento que por ninguna causa ni razón pudiese ser vendida, cedida ni hipotecada la plaza española de Gibraltar.
No pasó mucho tiempo sin que Felipe V, asentado ya en el Trono de España, ante el clamor de los españoles, reivindicase la devolución de la plaza, que fue prometida por el Rey de Inglaterra en carta registrada en los Protocolos españoles.
Los sitios repetidos que sufrió la plaza y las gestiones reiteradas que en todas las ocasiones favorables se hicieron cerca de la Gran Bretaña demuestran la perseverancia y el tesón con que los españoles han venido persiguiendo, a través de la Historia, la rectificación de lo que siempre España ha considerado como una usurpación.
Callan igualmente los ingleses cuando de Gibraltar se trata, los días de zozobra de la última guerra, en que empeñada la Gran Bretaña en la prueba más difícil de toda su historia, miraba la neutralidad de España como el objetivo por excelencia de donde podía venirle una luz de esperanza. Y fue entonces cuando el premier inglés Churchill ofrecía al embajador de España y pariente suyo, el duque de Alba, que si España permanecía neutral y no atacaba a Inglaterra, al fin de la guerra Gran Bretaña resolvería con España la devolución de Gibraltar y la compensaría, a costa de Francia, de sus tradicionales aspiraciones en el norte africano.
No fue España la que pidió entonces a Inglaterra, en trance de derrota, la devolución de lo que se le iba de las manos, sino la propia Inglaterra la que ofreció a España, por boca de su jefe entre otras cosas, ese precio a su neutralidad y a su benevolencia.
No se trata, pues, como intenta propagar el Times, de “manifestaciones histéricas de estudiantes y miembros del Movimiento juvenil falangista, que encuentran ahora apoyo oficial y que incluso llegaron a producir dos protestas diplomáticas contra la visita de la Reina en el próximo mes de mayo”, sino del sentir de todo un pueblo que jamás ha cejado en sus aspiraciones de reivindicación, y que en hora feliz de su renacimiento pide la devolución de lo que considera propio y el cumplimiento de las promesas que los Reyes de Inglaterra antaño, y el primer ministro inglés en la última guerra, en tristes horas para la Gran Bretaña, hizo a España por conducto de su embajador.
Aclarado el proceso histórico, dejemos para otro trabajo cuanto se refiere al valor militar de la fortaleza, a la visita proyectada de la Reina y a las relaciones entre nuestras naciones.
Ocaso de Gibraltar
El 28 de febrero de 1954 Franco escribe en Arriba, firmando como Macaulay el artículo “Ocaso de Gibraltar” para explicar que el peñón ha dejado de tener la importancia militar de antaño, lo que, sumado a las razones históricas alegadas en otros artículos, dejaba, según su opinión, sin razones al gobierno de Londres.
“Toda la historia de la política de Inglaterra con España durante más de dos siglos. Si analizamos las causas que a través de la Historia han convertido Gibraltar en lanza clavada en el corazón de España, las encontramos en el valor militar que tuvo como fortaleza ambicionada por el imperialismo desatado de las grandes naciones. Es de admirar la clara visión de nuestra egregia Reina Isabel cuando, con cálculo previsor, en su testamento dispone la guarda y conservación de Gibraltar a todo evento. Nosotros podríamos asegurar que del olvido de aquel regio mandato ha nacido la causa de nuestras desdichas.
Es cierto que Gibraltar se ocupa con deslealtad y por traición, pero que la nación española, por causas que otro día analizaremos, lleva muchos años sin hacer esfuerzo para su reintegración, que debió constituir con todos los tiempos el eje de nuestra política.
Nos confiesa el Times de Londres sin rubor, al relatar la conquista, cómo el almirante Rooke se dio buena cuenta del valor potencial de Gibraltar para el dominio naval británico como llave del Mediterráneo, para consentir su transferencia a la soberanía precaria del archiduque, y por sus órdenes el estandarte imperial fue arriado y el estandarte real de la Reina Ana de Inglaterra izado en su lugar”: ¡Hermoso gesto de lealtad hacia sus aliados y timbre de honor para la Corona británica!
“París bien vale una misa”, dijo, sin duda, para sí el almirante, y poseer lo que se consideraba llave del Mediterráneo valía, por lo visto, más que las leyes del honor y de la lealtad debidos: ¡Así adquieren territorios y labran su ejecutoria ciertas naciones!
Mas volvamos a nuestro tema del valor militar de la posesión, ya que ello constituyó la base de la felonía y de toda una política cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días.
Desconoce la mayoría de la nación inglesa y parece también que sus gobernantes, cuáles son las características verdaderas de la plaza gibraltareña y su real ubicación en el extremo oriental del brazo de mar que, uniendo los dos mares, se conoce con el nombre de Estrecho de Gibraltar, pero que va desde cabo Espartel, en el extremo oeste del Norte africano, hasta Punta Europa en el propio peñón, con una longitud de treinta y cinco millas. Las comunicaciones, pues, de Gibraltar con la metrópoli discurren a lo largo de este canal, cuyas orillas se hallan bajo la natural dominación de la nación española.
Si miramos a su situación local en la bahía de Algeciras, la encontramos recostada en el ingente peñón de Yebal Tarik, del que tomó su nombre, ocupando un pequeño lugar del semicírculo que abriendo su arco al Sur constituye la citada bahía. Lo reducido de su área y las pendientes rápidas y cortadas del peñón en que se asienta deja poco lugar a las edificaciones, que se agrupan a su pie asomadas sobre su puerto, en el que se amontonan materialmente los barcos y las bateas. Unida al resto del territorio español por un estrecho istmo, aparece dominada por el anfiteatro de montañas, mientras al Sur las alturas del Hacho y Sidi Musa, en el campo de Ceuta, la vigilan desde la otra orilla. Gibraltar viene así a constituir el centro de un círculo de posiciones que la rodean por todos los vientos.
Cuando los cañones no alcanzaban una decena de kilómetros, no existían los altos explosivos, las grandes escuadras se tenían por omnipotentes y las más fuertes se consideraban, no sin razón, como auténticas señoras de los mares, sus barcos podían ejercitar un efectivo poder y estar seguros tras las murallas de sus puertos. Tiempos en que la plaza y castillo de Gibraltar, por el estrecho istmo que la une al Continente, único lugar por el que podía ser atacada y que defendían con sus torres y sus acantilados, constituía el nido ideal para que su Marina ejerciese el dominio sobre el sector marítimo en que está enclavada. Se necesitaba otro poder naval que, apoyándose en el predominio en el resto de las costas, permitiese sitiarla y rendirla, como en dos ocasiones estuvo a punto de suceder. Mas al variar las características y los valores de los medios de acción por la revolución introducida en el arte militar, en que se fundamenta la moderna estrategia, se viene abajo los viejos poderes, y lo que ayer se tenía por seguro refugio para la flota, se convierte hoy en cementerio propicio para sus barcos.
El advenimiento de los modernos morteros y cohetes, la acción de los torpedos y los submarinos, la conquista realizada del aire con el imperio de la tercera dimensión, han cambiado completamente para Gibraltar los términos de su problema: ni los barcos pueden ya moverse con la seguridad de antaño, ni confiarse por los canales y estrechos dominados, ni concentrarse en pequeños espacios, ni subsistir en tiempo de guerra sin contar con el paraguas permanente de aviones y el correspondiente despliegue de redes de acecho que lo cubran y aeródromos que lo sostengan. Si todavía, al correr de los últimos años en que estos nuevos medios de acción se venían desarrollando, Gibraltar pudo desempeñar un modesto papel en la estrategia británica, se debió como el mismo Churchill confiesa en sus Memorias, a la neutralidad y benevolencia españolas y no a las condiciones intrínsecas de la fortaleza.
No quiere esto decir que ante los nuevos y poderosos medios de acción, la estrategia haya disminuido de valor, sino todo lo contrario; estos tienen nuevas exigencias, y aquel valor que ayer tuvo la plaza y peñón de Gibraltar, la tiene hoy todo el sur de nuestra Península; y al compás que la importancia de Gibraltar decrece, aumenta la de las costas, aeródromos y puertos españoles que bordean el paso entre los dos mares. Triste sino que preside el futuro de la plaza en cuestión e inútil pretender el inventar fórmulas aviesas que aspiran a echar sobre otras naciones la animosidad que el caso de Gibraltar provoca entre los españoles, pues aparte de que no con esto se restauraría su valor militar, constituiría una infamia más que España jamás habría de aceptar y que habría de volverse en forma más grave contra la Gran Bretaña.
Los estrechos constituyen pasos del tráfico marítimo de las naciones que nadie tiene derecho a perturbar y cuya guarda corresponde a las naciones en sus orillas ubicadas. El progreso de las ciencias ha hecho que lo que Dios puso en manos de determinados pueblos, sean estos los que lo guarden y custodien, y que de nada sirvan la usurpación de puertos o de bases que no se cimenten en la soberanía, la amistad y el entendimiento con las naciones que los posean, ya que ello condiciona directa o indirectamente la conservación de su poder y predominio sobre aquella fortaleza, que si por cuanto a España se refiere fue puñal clavado por la espalda en su corazón, fue para Francia dogal que, dividiendo sus mares e interponiéndose en la unión de sus escuadras, había de someterla a su influencia. Si en los primeros tiempos esta se debatió y se unió a España contra la injusticia, pronto el imperialismo napoleónico, con la invasión peninsular, torció aquella política para acogerla en sus esfuerzos imperiales, acogiéndose a un práctico repartimiento del mundo como precio de su sometimiento a su vecina más poderosa. Así se sumó Francia a la política de anulación y sometimiento de España que Inglaterra patrocinaba.
Evidentemente, Dios ciega al que quiere perder. Espanta la resistencia que ofrecen las mentalidades viejas ante los tiempos nuevos. Cuando el poder marítimo lo era todo, bastaban unas islas o puertos fortificados para constituir las cuentas del rosario de posesiones que, ciñendo al mundo, aseguraban las comunicaciones de los poderosos con desprecio y vilipendio de las naciones menos dotadas. Aquello que Inglaterra llamaba la ruta de su imperio. Hoy se levanta una nueva aurora en el horizonte y son las cadenas de aeródromos y la amistad y seguridad de los países que están colocados, los que pesan en la estrategia universal. Desgraciados de los pueblos que no se renuevan y viven encastillados en las viejas fortalezas de sus prejuicios. Albricias cantemos los que, gracias a nuestra Cruzada, hemos despertado y nos sentimos seguros de nuestro futuro.
¡Delenda es Cartago!
El rechazo a la visita de la reina de Inglaterra
Con el título de “Visita inconveniente”, en marzo de 1954 Franco, con el pseudónimo de Macaulay, se posiciona contra la visita de la reina de Inglaterra a Gibraltar:
“Parecen extrañarse los ingleses, si a su prensa nos atenemos, de que la proyectada visita de su Reina a Gibraltar haya podido desencadenar en la opinión pública española sentimientos de indignación y repulsa, que no entienden justificados, e intentan poner en parangón estas reacciones españolas con la cortesía tradicional en los hijos de nuestra Patria.
En este juicio que a primera vista pudiera parecernos muy cortés por el alto aprecio que parece hacerse del sentido caballeroso de nuestro pueblo, se encierran, sin embargo, sentimientos de desprecio e ignominia, asignándonos una moral de vencidos como la que Times de Londres destilaba en su último artículo al tratar de esta visita. No creo que necesitemos aclarar que no es que los españoles no quieran guardar hacia su Soberana aquellos respetos y consideraciones que por su cualidad femenina, sus virtudes personales y su elevada cuna tan augusta dama merece, pero olvidan que Gibraltar es una herida abierta en el cuerpo de la nación que resume toda una política antiespañola que no resiste el que la toquen o lastimen.
Se escuda la propaganda británica en que algunos otros de sus Monarcas realizaron en otras épocas visitas parecidas a la plaza en cuestión, sin que se despertasen las reacciones que solo el anuncio de esta viene produciendo, para deducir en consecuencia que no existen razones para la pretensión de nuestro embajador en Londres de que se reconsiderase y, en su caso, cancelase la escala de Gibraltar en el viaje de la Reina.
No se aperciben los ingleses de que las circunstancias de hoy no son las mismas que las de antaño, y que no hubiera merecido la pena la sangre derramada en nuestra guerra de Liberación si hubiéramos de seguir sometidos, mortecinos y sin pulso, encajando despojos, desprecios y mediatizaciones. No es la España de hoy la misma que era ayer y, precisamente por esa libertad y voluntad de ser, conquistadas a fuerza de tantos sacrificios en nuestra Cruzada, España rechaza las mediatizaciones y reivindica aquel trozo de su territorio a que el pueblo español tiene derecho, al que jamás ha renunciado y el que, por otra parte, le fue prometido devolver en la última contienda para el caso de que no atacase a la nación inglesa en trance de derrota y permaneciese neutral en la campaña. Entonces, sin duda, los gobernantes ingleses reconocían la razón de España y el escaso valor de la fortaleza a merced de las decisiones españolas.
La trascendencia que la neutralidad de España tuvo para el futuro de la Gran Bretaña fue reconocida por Mr. Churchill en sus discursos a la Cámara, y más específicamente en sus Memorias publicadas, y que, por la otra parte, tienen su confirmación en las declaraciones de los testigos en el proceso de Núremberg, en el que el general Jodl se expresa a este respecto en los siguientes y categóricos términos: “Nosotros no hemos ido a Gibraltar únicamente porque el consentimiento de los españoles nos ha faltado” y termina reconociendo “que la actitud de España ha sido de enormes consecuencias para el desarrollo de los acontecimientos posteriores”. ¿En nombre, pues, de qué moral se han incumplido las promesas, se pretendió cercar a España en los medios internacionales y hoy se lleva a la Soberana a herir con su presencia los sentimientos de la nación española?
Desconoce, sin embargo, todavía la opinión pública de España y la de la propia Inglaterra, fuera de su Gobierno, que la visita de la Reina de Inglaterra a ese diminuto territorio en litigio tenía en sí más intenciones y alcance que el que hoy el Times de Londres, hipócritamente, pretende asignarla.
Es tan cómodo para los países democráticos incumplir sus promesas y deberes, que basta un cambio de partido en el Gobierno de la nación para realizar una pirueta política y cambiando de titulares pisotear los deberes contraídos y las palabras empeñadas. Así se trocaron aquellas promesas que el viento se llevó en maquinaciones y conjuras con las que se pretendió anular al acreedor. Mas la Providencia no es propicia y a todos les alcanza, y hoy el estigma se vuelve contra los mismos gobernantes, que, en trance apurado para la Gran Bretaña, empeñaron una palabra que hoy les sale a la cara.
Es el caso que desde que la guerra terminó se acusa el nerviosismo de Inglaterra en cuanto a Gibraltar se refiere e intentan asociarlo a los movimientos reivindicativos de independencia que en Suez, Chipre y en varios otros territorios bajo la Corona inglesa se vienen actualmente desarrollando y los que, por cierto, han sido suprimidos en la visita de la Soberana. Desde entonces se viene pretendiendo buscar soluciones, paliativos y paños calientes, que si en algunos de aquellos territorios podrán, quizá, tener un interés aplicado a Gibraltar resultan completamente bufos. No hace mucho tiempo tuvo lugar en la plaza en cuestión el acto formal por el que príncipe de Mountbatten, en nombre de los Soberanos, promulgaba un estatuto de dominio. Se pretendía así dar respuesta a las legítimas reivindicaciones españolas. Como si entre los soldados y funcionarios que en la plaza de Gibraltar habitan pudiera haber el menor problema de libertad o independencia. Estupefactos debieron quedar sus habitantes ante la magnitud de tal honor. No podía llegar una sencilla plaza a más ni el concepto de dominio a menos.
¿Qué habrán pensando en la extensa y fabulosa India, unida un día como dominio a la Corona británica, o los Estados de la unión Africana, el progresivo e inmenso Canadá, la Australia, grande como nuestra Europa; Nueva Zelanda y tantos otros territorios poblados y extensos de millones de kilómetros cuadrados? ¡Asombrados quedaron los propios gibraltareños del tartarinesco acto! Un Peñón, una factoría, unos pocos miles de funcionarios y soldados, amén de unas decenas de indios, judíos y chipriotas extranjeros sobre unas cuantas hectáreas de terreno, recibían aquel insólito espaldarazo.
No debió, sin duda, ser muy grata a los verdaderos dominios la noticia, ni convencer mucho a sus propios progenitores, cuando muy pronto trataron de buscar otra solución como la que para el viaje de la reina se había decidido: utilizar la visita de la Reina a Gibraltar para otorgarle un nuevo estatuto de condado, como si se tratase de una provincia más de su metrópoli. Este era el gallo tapado que había de llevar en su cesta a Gibraltar la egregia Soberana. No se engañaba la sensibilidad española en su reacción contra el viajecito. Si la tempestad que solo el anuncio de la visita a Gibraltar provocó en los medios españoles ha podido en algo perturbar aquellos proyectos, no quita nada a la mala fe y a la aviesa intención que al viaje de la Reina se le había asignado.
Se quejan los británicos del adjetivo de pérfida que la historia viene asignando al correr de los años, a la soberbia Albión y que muchos acaban extendiendo al pueblo británico, engañado como el que más por los artificios de la propaganda. Las naciones, como los individuos, acabamos siendo hijos de nuestros actos, y las ejecutorias de los pueblos se van labrando con las constantes de su proceder histórico.
En estas graves responsabilidades que por sus hechos las naciones contraen ante la Historia, el régimen liberal ha encontrado un magnífico artificio. El descargar las responsabilidades históricas de los hechos cometidos por las naciones arrojándolos sobre sus Gobiernos, creyendo con ello dejar a la nación limpia de responsabilidades y resplandeciente. Eso puedan creer ellas, en su inmensa soberbia, pero en los países que sufren las injusticias, los hechos quedan labrados con heridas y lágrimas de sangre.
¡Que les hablen a los hijos de Polonia de su entrega inicua, o a los pueblos del Este europeo, entregados a la criminal barbarie roja, y a la propia nación española, tan vilipendiada por su política en el correr de los siglos!
Mas en aquel juego de responsabilidades de las democracias, se procuró siempre dejar al margen la autoridad y el prestigio de la Corona, a la que se procuró liberar de responsabilidades encastillándola en su papel de poder moderador y convirtiendo a los reyes en señores de las grandes gracias, de las altas misiones y de los elevados pensamientos. Por eso se comprende menos el mezclar a S.M. en tan sucio negocio y que sea ella quien hiera con su augusta presencia la una noble nación a la cual un día se la necesitó y se le pidió benevolencia y mañana se la ha de volver a necesitar.
Se engaña a la Reina y se engaña al pueblo inglés al hacerles creer que Gibraltar es una piedra preciosa de su Corona, cuando lo que en realidad representa es un estigma para la misma. Si ayer pudo haber constituido un símbolo de orgullo y de poder el ondear de la bandera inglesa sobre el peñón de Calpe, los tiempos han cambiado y ante el sentir de los pueblos, de cuantos cruzan el Estrecho, es solo el símbolo de la rapacidad británica. Ni por el origen de su posesión, ni por los medios y maquinaciones empleados para mantenerla, ni por su valor militar y político, constituye la menor ventaja ni timbre de honor para su nación sino el símbolo perenne de una infamia política.
Allí podrá contemplar con su sensibilidad femenina S.M. británica una población abigarrada, compuesta de unos millares de funcionarios y empleados metropolitanos, con sus familias, y unos centenares de judíos, indios, españoles exiliados o renegados, malteses y chipriotas, en una buena parte contrabandistas, poblando la pequeña City de una población mayor, la que queda a su espalda, la realidad injusta y dolorosa de aquella ficción. Y si extiende su vista por la campiña verde que la circunda, verá recostado sobre una verde colina el pueblo blanco de San Roque, donde la población verdadera de Gibraltar se asienta con su verdadero pendón, su Ayuntamiento y con sus llaves, en espera del día, que jamás cancela, de que se rectifique el despojo. Y más cerca del Peñón, apiñadas en el istmo que lo une al resto de la tierra española, verá las casas de La Línea, verdadero suburbio de Gibraltar, en el que tienen muchas veces su mísera morada las doce mil familias de otros tantos trabajadores que han venido haya hoy manteniendo las actividades del puerto y de la ciudad; setenta mil almas que vienen recibiendo un trato diferencial con los naturales y cuyos derechos sociales hasta hoy han venido desconociéndose. Esta es la realidad que clama.
Dios ciega evidentemente a los que quiere perder. No en vano hace varios siglos que está pendiente sobre Inglaterra el castigo de su apostasía”.
El único camino
Macaulay/Franco inserta en Arriba un artículo definitorio en el título, “El único camino”. En el mismo el Generalísimo descarta cualquier posibilidad de ir a una guerra por Gibraltar, un texto que, contrariamente a lo que era usual en él, aparece pletórico de citas:
“Demostrados en nuestros trabajos anteriores que la ocupación de la plaza de Gibraltar no constituye el precio de una victoria sino una usurpación; que el malhadado Tratado de Utrecht fue una conjura de Inglaterra y Francia contra los derechos de España; que el pueblo español jamás se resignó con el despojo, pretendiendo recuperarlo con numerosos sitios, y que la restitución fue prometida a nuestro Soberano por Jorge I de Inglaterra, así como en tiempos de la última campaña por el propio jefe del Gobierno británico, se llega a la fácil conclusión de que ni la razón, ni la moral, ni la justicia han acompañado en su acción a Inglaterra y que la retención de Gibraltar no constituye timbre de honor, sino baldón para la Gran Bretaña.
La pérdida del valor militar de la plaza, que hoy ha pasado a alcanzar toda nuestra Península, no es una realidad que solo nosotros defendamos, sino con ello están de acuerdo cuantos son peritos en la materia, y ya empezaba a acusarlo el estado de conciencia de los propios ingleses hace sesenta y cuatro años, cuando Charles Dilke sostenía (1890) “que el valor militar de Gibraltar estaba muy reducido por los progresos de la artillería” (Problems of Great Britain). En 1940 es el capitán Lidell Hart, notable crítico militar inglés, el que nos dice “que Gibraltar era insostenible como base naval”. También durante la última contienda, Harry C. Butcher, del séquito de Eisenhower, nos expone en su libro Mis tres años con Eisenhower que la “impresión que todo el mundo tenía en Gibraltar en vísperas de la operación Torch (desembarco en el norte de África), incluido el gobernador de Gibraltar, general Mason Mac-Farlan, era que, sin la neutralidad española, el Peñón sería absolutamente inútil”. Y hasta el propio Churchill, en sus Memorias, nos refiere varios episodios que ponen en evidencia la vulnerabilidad del Peñón, como cuando lo visita el general Marshall, que llega a esta importante conclusión: “El Peñón es casi insostenible, pero si fuese atacado tampoco podría ser defendido”. Los juicios, como se ve, no pueden ser más claros y concluyentes.
Si el origen es, pues, tan injusto o inmoral, su valor militar nulo y su retención en manos extrañas hiere y enfrenta a sus poseedores con un pueblo noble y viril como el español, estratégicamente colocado, no se comprende la torpeza de intentar perpetuar su ocupación contra todas las conveniencias.
El caso de Gibraltar es tan grave y notorio que rebasa las fronteras. El hecho de que una nación europea, en los tiempos actuales, pretenda retener como colonia un trozo, por pequeño que sea, de otra nación soberana, subleva en este mundo a toda conciencia honrada. Así lo expresa la Prensa del mundo, pese a los esfuerzos y al dinero de la propaganda británica, que viene suscitando polémicas y comentarios en favor de las tesis de nuestra nación. Ya Napoleón Bonaparte escribía en su Memorial de Santa Elena: “Ese Peñón, de fatídica recordación para los españoles, hiere continuamente lo más íntimo de su sentimiento patrio. Inglaterra se apoderó alevosamente de Gibraltar”. Y un eminente americano, Benjamín Franklin, en Boston, en 1887, dejaba escrito en su libro Hale Franklin in France: “Tanto derecho tiene España a pedir Portsmouth como los ingleses a conservar Gibraltar”.
Los que apoyándose en que en un largo período de la historia de España no pesó en el terreno internacional y fue fácil presa de las intrigas y maquinaciones extranjeras, abrigan la esperanza de que España pueda volver a ser un pueblo muerto, se equivocan. España ha renacido. La guerra de liberación española ha demostrado al mundo que España ha despertado, que sus valores admiten comparación con los de los mejores tiempos de su Historia, que conoce de dónde le vino el mal, y sus renacimientos y voluntad de ser, demostrados en todas sus actividades, no hay poder humano que pueda torcerlas. Nadie especule más con que los sentimientos y reacciones españolas ante el estigma de Gibraltar sean cosa de un reducido sector nacionalista y no de un sentimiento unánime de toda la nación. Si catorce sitios puestos a la plaza para recuperarla no les dicen bastante en el sentir de España y de sus afanes reivindicatorios, oigamos las voces autorizadas que en España se vienen levantando en todos los sectores: si aun esto no satisface la malicia ajena, lo considerase propaganda oficial o de inserción obligada, ahí tiene la repulsa de los propios exilados rojos que, pese a su menguada sensibilidad ante lo nacional, despiertan sus sentimientos dormidos cuando de Gibraltar se trata y acaban echando su cuarto a espadas en la polémica que la propaganda británica viene suscitando.
En este mismo sentido es harto elocuente lo ocurrido recientemente en París, en la logia Plus Ultra, en la que milita un crecido número de masones exilados. De todos es conocido en España cómo la masonería ha venido siendo, durante todo el siglo XIX y parte del XX, el vehículo de nuestras revoluciones, sobre el cual Inglaterra, como logia madre, ejercía un predominio efectivo. Con motivo de ocuparse en los últimos tiempos la masonería europea internacional del problema reivindicatorio español sobre la plaza en litigio, con una torpeza que hace historia y faltando a los propios estatutos de la asociación y a las consideraciones y derechos de una de las ramas asociadas, pretendió convertir a España en víctima propiciatoria del imperialismo británico, tomando el acuerdo de enviar a las logias interesadas una placa, en la que se tomaba la decisión de llevar al convencimiento de los masones la necesidad histórica de que punto tan importante, como el de la plaza de Gibraltar, no podía volver a manos de lo que ellos llamaban una nación caduca y que debía, por lo tanto, permanecer en manos de Inglaterra. La reacción que su conocimiento produjo en los masones españoles iniciados no es para contarlo, pues pese a su limitada sensibilidad patriótica, lo de Gibraltar roza la conciencia de todo español y tuvo su segunda parte en una de las últimas reuniones de la logia Plus Ultra, de París, antes citada.
Resulta, de lo que testigos personales nos exponen, que en una tenida de la citada logia, varios miembros masones españoles llevaban en su solapa un distintivo, hecho con alambre plateado, que decía: “Gibraltar, español”, que un refugiado gaditano, vendedor ambulante, vendía por las calles de la gran urbe. El hecho produjo en la logia enorme escándalo, que echó por tierra las reglas del silencio y disciplina en que las tenidas deben desenvolverse. Los insultos de todas clases, como enorme batalla de flores, salían de todos los labios. No bastaba la autoridad del presidente golpeando con el mallete ni el “¡vuelos!” de la venganza. El grupo de españoles se mostraba irreductible. Un artista masón se distinguía entre los demás en la indignación. “Atarle al Peñón con una banderita de la Unión Jack en la mano de ese anglófilo de m… y que le devoren vivo las entrañas, como a Prometeo”, chillaba, debatiéndose entre otros masones que le sujetaban. La lucha y la pelea llegaron a tanto, que la Policía tuvo que intervenir, y muchos de los rebeldes fueron irradiados de la logia Plus Ultra por su sentimiento nacional.
Refiero esto no por el valor que para nosotros, los españoles, tenga el juicio de quienes, por otras causas, tanto pecaron contra su Patria, aunque a muchos sirva de consuelo el que pudo haber todavía algo de bueno en sus sentimientos, sino para conocimiento y juicio de la opinión británica.
Si en las dos grandes conflagraciones que Europa sufrió las simpatías de grandes sectores de nuestra nación, sin pensar muchas veces en las propias conveniencias, se inclinaron del lado de Alemania, lo fue en grandísima parte por la política secular que la nación inglesa ha venido teniendo con España. No es Gibraltar el cargo único que España tiene contra la Gran Bretaña, aunque por su existencia física Gibraltar constituya una ofensa permanente y muestra fehaciente que revuelve todos los posos de esa política de hostilidad, inalterable al correr de tantísimos años. No constituye mi propósito, pues me saldría de las proporciones de este trabajo periodístico y necesitaría todo un tomo de Historia, el recordar la parte que Inglaterra tuvo en cada una de nuestras desgracias, ni relatar los procedimientos inconfesables de que para ello se ha venido valiendo, sino el de establecer de una manera clara que si Gibraltar es para los españoles todos el símbolo de aquella mala voluntad, Gibraltar tendría que ser forzosamente el preludio de una nueva política.
Tampoco es nada nuevo lo que con esto decimos, ya que si es verdad que España debe al Régimen actual el haber recobrado su propia conciencia, estos problemas han estado siempre vivos en el pensamiento político de los españoles. “Gibraltar, español… He aquí el legado que por medios justos yo aspiraba a dejar a mi Patria. Si muero sin conseguirlo, no olvidéis vosotros que esta es la meta”. Esto escribía el Rey tradicionalista Don Carlos VII en su testamento político. “Gibraltar, español… Yo acepto este legado y espero en Dios y en vosotros que ha de lucir para España el día en que lleguen a ser realidad tan altos y patrióticos pensamientos” (Don Jaime en Manifiesto a mis leales). “La cuestión del Estrecho… Yo creo que todos los españoles, al levantarse, como un programa de vida cívica y nacional, debieran pronunciar siempre una palabra: Gibraltar, Gibraltar. Y si yo tuviera la elocuencia de los tribunos romanos, que pronunciaban el delenda est Carthago, yo os diría: Gibraltar acordaos de Inglaterra, acordaos de Inglaterra” (Obras completas de Vázquez de Mella, tomo XI, pág. 271).
No hay pensador español que así no respire. Ángel Ganivet, aquel espíritu independiente de grupos y partidos, decía, o más bien rezaba: “Gibraltar es una ofensa permanente”. Análogas palabras encontramos en todas las grandes figuras españolas: Donoso Cortés, Aparisi Guijarro… Y si alguien nos arguya que la mayoría formaron el ala insobornable de la más pura derecha española, ahí tenéis a don Luis de Zulueta, ministro que fue de la República española, exilado en Bogotá, que escribía en 1915 al bien republicano don Gumersindo de Azcárate: “No es para nosotros Gibraltar una cuestión de conveniencia o de interés, sino de existencia y decoro nacional. No se trata aquí de alguna zona limítrofe, sino de un pedazo de tierra indudablemente española. No se diga que el pueblo no la siente (esta aspiración) con intensidad, porque si esto no sintiese, no sentiría nada”. Otro republicano, don Claudio Sánchez Albornoz, en su libro De Carlomagno a Roosevelt, escribe en Buenos Aires en 1943: “Pero no puede haber un español digno de tal nombre capaz de escribir sin sonrojarse que Gibraltar no es de España. Y si hay alguno que pueda escucharlo sin sonrojo, yo me tomo la libertad de sonrojarme por él como español liberal y en el destierro”. Y hasta el inefable y servil anglófilo Salvador de Madariaga, en su libro España (1944) nos afirma: “Con una España hostil, es para Inglaterra una posición precaria, causa de tantos quebraderos de cabeza como ventajas”; y más adelante expresa: “Una España amiga y aliada sería para Inglaterra una posición estratégica mucho más fuerte que el Peñón”. Y acaba diciendo: “Para mí, el problema de Gibraltar no es tanta cosa que los españoles definen, sino cosa que define a los españoles. Que España quiere Gibraltar no puede discutirse. No sería España si no lo quisiera”.
El paso por Gibraltar es, pues, camino obligado para nuestras buenas relaciones con Gran Bretaña. Toda relación, para ser fecunda, necesita basarse en la existencia de un interés común y de una lealtad mutua respaldada por la opinión pública de los dos pueblos; mas al considerar estas relaciones encontramos que lo nuevo se hace viejo, y lo viejo nuevo. Veamos: “Es un hecho que durante dos siglos y medio Inglaterra y Francia han practicado exclusivamente la segunda de las dos políticas: la política de procurar y fomentar la decadencia, la enervación y el apocamiento de España.
Una de dos: o se puede invertir (no rectificar, invertir), volver francamente al revés la política secular de Inglaterra y Francia respecto a España, o no se puede. Si se puede, sería una insensatez que España no intimase con las naciones occidentales, porque ella de suyo es nación occidental; naturalmente, pertenece a ese grupo, y sus intereses más fácilmente se coordinan y armonizan con los de Inglaterra y Francia que se sostienen frente a los de ellas, en acuerdo con otras naciones cualesquiera. Si no puede invertirse la política histórica de Inglaterra y Francia con respecto a España; si no hubiera de marcharse en lo venidero con un espíritu inverso al de los pasados siglos, seríamos muy doloroso, porque en España toda otra asociación resultaría mucho más onerosa e impondría en lo militar y en toda la vida nacional sacrificios inconmensurablemente mayores. Pero habríamos de resignarnos y nos plegaríamos a la necesidad, porque lo que no pueden hacer los gobiernos es llevar a los pueblos al suicidio, ni puede pretender nadie que una nación se asocie como amigo con quien vaya, día por día, labrando su propia ruina y muerte”.
Eso proclamaba el gran tribuno español don Antonio Maura en su discurso histórico de Berlanga, el 10 de octubre de 1916; aquel caballero cristiano, al que la anti-España cerró el camino con aquella consigna del “¡Maura, no!”, que importada del extranjero y extendida por las logias españolas de su obediencia fue utilizada por políticos sin conciencia para satisfacer sus apetitos.
Que España ha agotado su paciencia respecto a Inglaterra está bien demostrado: una guerra general a la salida de nuestra Cruzada puso a prueba la buena voluntad española, y pese a la insensata actuación del embajador a la razón de la Gran Bretaña y de las maquinaciones y actividades antiespañolas de sus agentes, nuestra nación, no obstante las amenazas y presiones, mantuvo su neutralidad, evitando fuéramos enemigos y se cruzasen nuestras armas. Y cuando la marcha de la guerra permitió descubrir los peligros de la paz, fue el Caudillo español quien sintiéndose europeo, creyó posible que el realismo y la sensatez británicas recogieran las lecciones del pasado y pretendió el poder llegar a un saldo de cuentas y revisión de nuestras relaciones para el futuro; pero la política de Inglaterra no estuvo con Europa, con la razón, ni con el derecho, sino con la que ya se presumía iba a ser su enemiga. La guerra, desgraciadamente, no había cambiado las mentalidades. La libertad de los pueblos no estaba, sin duda, escrita en la conciencia de los gobernantes ingleses. Y por un cierto tacto de reparto de zonas de influencia, a espaldas de los Estados Unidos, se entregó a Rusia la mitad de Europa. Todos los males de las naciones que sufren bajo el telón de acero derivan de esta torpe y ciega ambición. Gibraltar es para nosotros el signo de toda esa política.
No se cansen, pues, los espíritus débiles y amigos de las componendas en buscar soluciones a nuestras relaciones. Gibraltar es para nosotros el barómetro que señala la política hostil de la Gran Bretaña, y ya ven lo que marca.
Tras la visita de la reina
El 16 de mayo de 1954, en un artículo titulado Comentario, Macaulay/Franco indica que la visita de la reina de Inglaterra a Gibraltar abre un tiempo nuevo en las relaciones de España e Inglaterra y recuerda los ofrecimientos de Churchill durante la II Guerra Mundial a cambio de que España mantuviera su neutralidad.
“La visita de la Reina de Inglaterra a la plaza de Gibraltar ha iniciado, sin duda, una nueva etapa en las relaciones de aquella posesión con sus vecinos españoles.
La curiosidad me llevó a discurrir unos días por aquella. Oí tronar los cañones de la fortaleza a la llegada del yate real, escoltado por varios destructores. Hasta mí llegaron los ecos de “Dios salve a la Reina” de las músicas de la guarnición y compartí mi curiosidad con la de algunos pobladores de las zonas vecinas, que por falta de trabajo en la roca en aquellos días disfrutaban de un descanso dominguero.
Llegó Su Majestad ante un exceso de precauciones, entre las bayonetas de sus soldados y las nutridas filas de policías llegados de la metrópoli. Recibió el saludo de las autoridades y el no exento de preocupaciones de los habitantes de la ciudad, conscientes de lo que para ellos puede representar la ruptura del statu quo. Recorrió las instalaciones militares, subió y bajó escaleras hasta el cansancio y penetró por los túneles perforados en la roca, tan inútiles como costosos. Cansada de la aridez de recorrido habrá puesto sus ojos en la verde campiña que se extendía a sus pies, que ofrecía a su vista el encanto de su primavera florida. Aquello es España —le habrán indicado—, la odiosa y rebelde España, tan hostil ante Su Graciosa Majestad. Le habrán, sin duda, mostrado la diferencia entre el orden, el confort y lo soberbio de las construcciones que presenció en su recorrido y lo pobre, mísero y desordenado del inmenso burgo que casi se toca con la mano y que forma el poblado de la Línea de la Concepción, con sus setenta mil almas allí amontonadas, al otro lado de la verja de la línea divisoria; pero nadie se habrá atrevido a decirle que aquello es el verdadero suburbio del que Gibraltar es la City y que allí acostumbraba a arrojar Gibraltar su basura y su miseria; que durante dos siglos se viene explotando por Inglaterra su miseria con un trato diferencial en el trabajo y, lo que es peor, abusando de esa situación de necesidad para satisfacer su animalidad los marineros y los soldados de Su Graciosa Majestad; que si hasta ahora faltaban en el suburbio las escuelas y los templos, en cambio se contaban por decenas las casas no santas y las logias masónicas, que hace solamente veinte años llegaban a dieciocho, y que minando el patriotismo de sus habitantes pretendía eternizar la influencia inglesa.
Tampoco se habrá expuesto a la egregia dama que todo aquel bienestar interior del peñón, desde los miles de libras que percibe su digno gobernador hasta el último de los pequeños gastos de la villa, salen de explotación oficial e inmoral del contrabando con España. Que Gibraltar es el centro y origen de todo el tráfico ilícito del contrabando en la costa sur española, de que el fisco inglés percibe en el peñón tan pingües ingresos que bastan para satisfacer casi la totalidad de los gastos de la plaza. Y que el caso es tan público y notorio, que en aquel diminuto territorio, en que falta sitio y lugar para cualquier quehacer, existen, sin embargo, dos fábricas de tabaco de picadura, del que únicamente usan los españoles.
Yo no sé si Su Majestad británica, con su intuición y sensibilidad femenina, pudo apercibirse de esta realidad, que sin duda habría llenado su corazón de amargura. Lo que sí puedo decir es que el paso de Su Majestad ha dejado una estela en el peñón de tristezas y preocupaciones. Las dimensiones del desacierto político de sus promotores se aprecian desde aquí en todos sus aspectos.
Todo esto puede deducir de mi propia observación y de mi conversación con sesudos varones españoles o ingleses establecidos desde hace muchos años en aquel territorio. ¿Qué ha ganado Inglaterra y qué ha ganado con ello nuestro mundo occidental? Esto se preguntaban en España aquellos que hasta ayer se sentían amigos de la Gran Bretaña y que ya les va siendo muy difícil serlo.
Los ingleses tienen la mala propiedad de considerar al mundo tonto. Así parece por lo torpe e inocente de su propaganda que vemos estos días en la Prensa del mundo. No se aperciben de que los tiempos pasan, que la civilización avanza y que el mundo repugna aquellos procedimientos en que un día se asentó su imperio.
Los slogans ingleses suelen ser aquí motivo de risa. Esa explicación tartarinesca de oponer a los derechos históricos y a la geografía la razón de la retención por la fuerza durante dos siglos y pico de la roca de Calpe, y aquella otra de que más tiempo que los españoles la habían tenido los musulmanes, provoca en este país la burla de propios y extraños. Desde los más remotos tiempos, que se pierden en la oscuridad de la Historia, el peñón de Calpe forma parte de la geografía y de la vida española, y ni varios siglos invasión árabe, ni la presencia por la fuerza de la guarnición británica, ni la conjura de Utrecht, otorgan títulos que nadie con buena fe puede defender frente al sentir universal.
Existe un estado de conciencia en España que, aunque torpemente la propaganda inglesa y sus agentes en el exterior hayan querido desfigurar, acaba imponiéndose. Ella es la de la promesa hecha por el viejo Churchill al embajador español de devolución de la plaza de Gibraltar si España se mantenía neutral, si en momentos tan graves para la vida de la Gran Bretaña no era por ella atacada. A las negativas que los primeros momentos, por boca del ex embajador inglés, pretendido hacerse respondieron los protocolos españoles, que lo habían registrado, con telegramas y comunicaciones cruzados y el testimonio del embajador español y de los testigos, sus invitados. La discusión había quedado así pendiente en el ambiente cuando en las memorias del propio primer ministro inglés se publica la nota de Churchill al secretario de Asuntos Exteriores, en 26 de junio de 1940, que dice así: “Estoy convencido de que nada ganaríamos con brindar a España la discusión del problema de Gibraltar al término de la guerra. Los españoles ya supondrán que si ganamos, no sacarán nada de nosotros. Y si perdemos, no haría falta discusión alguna. No creo, pues, que una promesa verbal de esta índole afecte a la decisión española”. Pretendió la propaganda inglesa, fundándose en esta respuesta de Churchill al secretario de Asuntos Exteriores, fundamentar su pensamiento, contrario a las declaraciones españolas sobre las promesas que se habían hecho, cuando en realidad demuestran todo lo contrario, pues acreditan que el 26 de junio de 1940, el Secretario de Asuntos Exteriores había propuesto al primer ministro el hacer ese ofrecimiento a España, que si en 26 de junio pudo haber sido rechazado por el presidente del Gobierno inglés, vino, sin embargo, a demostrar que existió el propósito y que justifica que más tarde, el 3 de octubre de 1941, en situación todavía más angustiosa, se decidiese a asegurar por todos los medios la buena voluntad española, ofreciéndole lo que alevosamente parece no pensaba cumplir. La cosa está tan clara que a si propia se alaba, y a los derechos geográficos e históricos, que nunca caducan, se unen los de la palabra empeñada por una gran nación por boca de su primer ministro. La propaganda se vuelve, pues, contra el honor y el prestigio de la nación británica.
Otro de los mitos que Inglaterra esgrime es el de la población gibraltareña y del amor de esos súbditos de Su Majestad. Entre ellos se encuentran las familias de la guarnición allí establecida y el abigarrado conjunto de comerciantes cosmopolitas reunidos accidentalmente en la isla al calor de los pingües negocios del contrabando y amigos de la Gran Bretaña por cuanto esta situación de lucro y de explotación inmoral pudiera perdurar, pero que ya murmuran y se mueven afectados por la torpeza política de la regia visita. Me recordaban a este respecto en la tranquila plaza de Algeciras lo paradójico de la conducta inglesa, que mientras con su propaganda defiende la desdichada tesis de su presencia durante dos siglos y pico por la fuerza en el peñón, patrocinan en el exterior el Estado de Israel y expulsan de su territorio a los pueblos árabes nacidos y ubicados en aquel suelo desde hace muchos siglos. Gibraltar revuelve evidentemente todas las injusticias, los abusos y las arbitrariedades sobre las que Inglaterra ha venido asentando su poderío.
También tuve ocasión en mi viaje por las costas del sur de entablar relación con las Juventudes de la Falange, esa organización política nacida en la guerra aquí llamada Cruzada de Liberación española, tan poco conocida en Inglaterra, y que tiene a orgullo ser el blanco de los enemigos de España. Traté de ahondar en su pensamiento respecto a la visita de la Reina y a sus sentimientos sobre Gibraltar, y me admiró su pleno convencimiento de que constituía una lógica y natural aspiración que tarde o temprano, habría de realizarse; pero que por no encerrar ya valor estaban convencidos de que no merecía una guerra y que nada necesitaba sacrificársele y que llegaría su hora. Que si en un principio creyeron que podría bastar la razón y la palabra empeñada por la Gran Bretaña para que por su propia conveniencia llevase a cabo la devolución y se ganase nuestra amistad, habían llegado a convencerse que era imposible que sin una revolución abandonasen los gobernantes ingleses varios siglos de Historia. No han de ser, sin duda, los hombres viejos —me dijeron—, con una política caduca fundada en malas artes, los que han de variar la política egoísta y avasalladora que viene caracterizando a la política inglesa; serán los hombres nuevos y sin viejos arrastres los que un día rectificarán esa política. Si en la infamia de Gibraltar y en otras parecidas se basó el viejo poderío británico, sería tonto el pretender que se desmontase voluntariamente aquel sistema de servicios secretos, de logias masónicas y de intromisión en la vida interna de los otros pueblos, que han ido creando esa ola de odiosidad y de rencor en que vemos sumergirse el imperio.
Al extrañarme de su correcta actitud durante el tiempo de la presencia de la Reina en su vecindad, me contestaron: “Se trata de una señora a la que sería descortés molestar, ya que ella no tiene personalmente la culpa del papel que se le hace representar. En los primeros momentos pensamos concentrarnos en número de medio millón en los montes que circundan el peñón y bordean estas costas, para en ellos encender nuestros fuegos y al paso de la nave inglesa silbar nuestra repulsa; pero la realidad y respeto a tan alta dama, por odioso que sea el papel que represente, y la falta de resultados prácticos contuvo nuestros ímpetus y aconsejaron, sin duda, el que renunciáramos a este gesto de unidad y de voluntad de las nuevas generaciones, que el mundo hubiera apreciado sin duda en su valor. La sensatez de mis interlocutores contrastaba con su evidente y alegre juventud.
Con el mundo militar también tomé contacto. Este no puede comprender la torpeza de una política que cambia la amistad y la posible asociación de un pueblo noble por el rencor y la hostilidad, cuando, por otra parte, el precio a su juicio carece absolutamente de valor. Preguntándoles por los túneles y las obras acumuladas en el peñón, me respondieron: “¿Usted se cree que si eso tuviera valor militar contra nosotros íbamos a dejar que nuestros obreros perforasen la roca? Gibraltar es, por la naturaleza y designio de Dios, nuestro prisionero, y contra España sería la misma ratonera del fuerte de la línea Maginot, del de Corregidor, de los de Singapur, de Dien Bien Fu y tantos otros que en el mundo han caído ante el empuje adversario”.
Si el ambiente católico tocamos, se acusa la repulsa contra la nación apóstata, cada día más viva. La presencia de pastores protestantes, tratando de desviar la conciencia de la población modesta, a la que pretenden comprar con regalos y dádivas, produce en este país una general y enérgica reacción. Nadie discute el derecho a que cada español o extranjero practique su propia fe; lo que no admite y rechaza, como una jerarquía eclesiástica me ha dicho, es que se pretenda hacer protestantes por una libra.
Yo ignoro las razones que haya tenido el Gobierno inglés para oír las peticiones españolas y decidir el viaje de Su Majestad; lo que sí puedo decir es que ha contribuido a ahondar las diferencias existentes con esta nación y ha unido a todos los españoles en una decisión firme de que Gibraltar no viva a costa de su cuerpo, que termine para siempre el contrabando y la especulación ruinosa que desde allí se extiende, con grave daño para su economía, y que el campo que lo circunda se vea para siempre libre del desahogo de su soldadesca.
No lo dude nadie: los viejos sistemas son inoperantes ya frente a un pueblo despierto. Las nuevas generaciones están alertadas y tienen la virtud de saber esperar”.
La respuesta británica
Los artículos de Franco van a tener consecuencias inesperadas al causar un importante revuelo en Londres. Allí se tenía la certeza de que los artículos si no estaban firmados por Franco eran inspirados por él. Tras hablar de las promesas de Churchill se presenta en la Cámara de los Comunes una interpelación al ex premier británico para que aclare si son verdad las afirmaciones que aparecen en la prensa española referentes a su promesa de abrir el camino hacia la devolución de Gibraltar a los españoles.
El premier negó que se hubieran hecho tales promesas. La Oficina de Información Diplomática española afirmó que no solo se le prometió sino que además se satisfacerían las reivindicaciones en el norte de África. La promesa fue realizada por el Subsecretario Parlamentario de Negocios Extranjeros al embajador de España el 4 de julio de 1940 y fue comunicada desde Londres por el duque de Alba: “Gobierno inglés espera sigamos en buenas relaciones con él y habiendo aprendido lección de sus pasados errores en su política hacia España, está dispuesto a considerar más adelante todos nuestros problemas y aspiraciones, incluso Gibraltar. A su juicio la existencia de una España fuerte e independiente de toda influencia extranjera interesa ahora a todos, incluso a Alemania y, desde luego a Inglaterra” (Telegrama nº 289-200 del Registro de Cifra del Ministerio de Asuntos Exteriores/1940).
No solo eso, el ministro inglés de Colonias, el 14 de septiembre de 1940, comunicó a Alba una serie de confidencias que rápidamente trasladó a Madrid: “Ministro inglés en un aparte me dijo, advirtiéndome de que hablaba a título personal y no como ministro, que durante estos últimos días había aconsejado repetidamente al presidente del Consejo de Ministros, con el que tiene una gran amistad, adoptase Inglaterra la política de incitar a España para que ocupara Marruecos francés. Contestó que, puestos a hablar en nombre personal, no debiera olvidarse Gibraltar”. En octubre de 1941, el premier prometía a España territorios a costa de Francia: “en conversación, me dijo que su deseo era que España sea cada vez más próspera y fuerte. Que si Inglaterra gana la guerra, lo que para él no ofrece la menor duda, Francia le deberá mucho, y a la Francia nada, por lo que Inglaterra estará en situación de hacer presión fuerte y definitiva para que Francia satisfaga justas reivindicaciones de España en el Norte de África. Según él, la Italia quedará, como Francia, bastante disminuida, lo que proporcionará a España la ocasión de ser la potencia más fuerte en el Mediterráneo, en lo cual podrá contar con la ayuda decidida de Inglaterra. Estamos decididos a ayudar a España en todo: solo pedimos que España no deje pasar por su territorio a los alemanes” (Telegrama cifrado nº 628).
La prensa británica vuelve a hacerse eco de la polémica. El Evening News afirma “España presenta pruebas; Gran Bretaña acusada”. En esas mismas fechas el Consejero Nacional José María de Areilza intervendrá en un Curso de Formación Política donde indicará: “nuestro silencio ante la visita de la Reina inglesa ha sido como un juramento de seguirle fieles al Caudillo en su designio de recuperación de la plaza. Día a día, hora a hora, seguirá adelante el rescate de Gibraltar bajo la dirección y la voz de mando”. Las autoridades inglesas prefirieron no llegar hasta el fondo de lo sucedido.
