INTRODUCCIÓN
La historia de España del siglo XX quedó marcada por la irrupción de dos figuras que, desde trayectorias personales distintas, confluyeron en una misma visión del servicio a la Patria: José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco. Ambos encarnaron, en momentos diferentes, una respuesta política y moral a una época de crisis, enfrentamientos ideológicos y fractura social.
El texto que acompaña este artículo propone una lectura conjunta de estas dos figuras, no desde la simple evocación del pasado, sino desde su proyección como referentes doctrinales y simbólicos en un tiempo posterior. Lejos de una mirada puramente biográfica, se plantea la vigencia de unas ideas que siguen siendo invocadas, discutidas o combatidas en el debate contemporáneo.
Un año más, la fecha hiere la imaginación y el recuerdo. El recuerdo, porque ni Franco ni José Antonio pueden arrinconarse en el desván del olvido. La imaginación, porque la obra y la doctrina de ambos espolean para continuar el combate –el buen combate, como decía San Pablo a Timoteo– que uno y otro, con diferentes capitanías, no sólo iniciaron, sino que avalaron con el testimonio de sus vidas y de sus muertes.
Franco y José Antonio, adalides de una España que no se dejó abatir ni por el odio ni por la abulia, son arquetipos convergentes, brazos que se enlazan por la misma empresa, corazones enamorados de un mismo ideal. Quienes han tratado y tratan aún de distanciarlos, y hasta de contraponerlos, no sólo ignoran el hecho histórico confirmativo de la tarea solidaria de ambos, sino que distorsionan el temple heroico con que, en tiempos distintos, José Antonio y Franco vivieron el común quehacer apasionante de servir a España sin reservas.
A la distancia de sus biografías, y en la plenitud de nuestra dramática inmersión en un pueblo que, seducido por la propaganda, renunció a seguirles, no queda otro recurso –si de hombres de buena voluntad se trata– que decir, como una queja, pero también como una resuelta decisión de lucha, que Franco y José Antonio tenían razón, y que es preciso movilizarse para que no perezca la Patria, para que la sociedad no se gangrene, para que el hombre no pierda su dignidad.
Ahora bien; si el marxismo nació de y en el liberalismo, no será posible atacar al primero apoyándose en el último.
De otro lado, si la verdad nos hace libres, y sólo desde la libertad y con libertad pueden reconstruirse los tejidos sociales enfermos y devolverse a la Patria la unidad y la grandeza perdidas, sépase que en un Sistema liberal tales objetivos, que ya nos acucian con urgencia, no pueden lograrse, por la sencilla razón de que el liberalismo, deslumbrado con el fuego artificial de las falsas libertades democráticas, ciega la luz de la verdadera libertad.
Sólo en quienes, como José Antonio y Franco, garantizan la libertad auténtica, podemos hallar las fórmulas creíbles, económicas y políticas, que nos permitan salir, como ahora tanto se repite, de la crisis de todo lo esencial en que hoy nos debatimos.
Con la imaginación removida por el recuerdo de los dos capitanes de ayer, continuamos, fieles a su doctrina y a su ejemplo, nuestro camino hacia el mañana.
Artículo publicado en el boletín de la asociación creada en Cataluña tras la disolución de Fuerza Nueva. ADES (18-10-1983).
