Con respecto al acontecimiento que vamos a tratar es conveniente dejar claro un asunto. Fue un golpe de estado, ni más ni menos, pero como las palabras tienen valor por sí mismas nuestra izquierda ha conseguido que se conozca su golpe con distintos nombres: Revolución de Asturias, Insurrección obrera, Huelga general, o simplemente Asturias. Se le consigue así una denominación más apropiada a sus intereses porque la izquierda nunca da golpes, lo suyo son románticos acontecimientos revolucionarios con objeto de liberar al pueblo oprimido, cuyos desenlaces, por múltiples y trágicas experiencias, la historia ha demostrado hasta la saciedad en qué consiste la liberación prometida. Como sucede con otros muchos asuntos, en el del nombre, tampoco fue original nuestra izquierda. El ejemplo lo tomaron de uno de los golpes más famoso de la historia, el que dieron los comunistas rusos en 1917, cuando las fuerzas opuestas a los bolcheviques en la Asamblea Constituyente representaban el 75% y Lenin, en absoluto dispuesto a aceptar tamaña aberración, dirigió el golpe que como tal fue denominado al principio, incluso por los periodistas franceses socialistas que seguían el acontecimiento, pero pasado un tiempo los intelectuales del país vecino se vieron incapaces de soportarlo y lo convirtieron en Revolución y así ha pasado a la historia; el proceso lo describe muy bien el francés Jea François Revel en su libro El conocimiento inútil. En esa obra se inicia con una de las más famosas y acertadas frases del siglo XX: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Al parecer era para aquellos sabios franceses incalificable como golpe de fuerza la hazaña lograda por los que, entonces, alumbraban el movimiento que definitivamente establecería el reino de los cielos en la tierra. Ese calificativo queda para los hechos protagonizados por los reaccionarios. Y es que ya antes de Revel, otro francés, Daniel Rops, en su monumental Historia de la Iglesia de Cristo, dejó escrito que “como es sabido nada se detesta tanto en las riberas del Sena como el no llegar al extremo de la moda y de lo nunca visto”. La izquierda divina en suma.
Rops, que acertó plenamente con su frase, no llegó a conocer por poco las excelencias de otra revolución izquierdista, el mayo del 68 francés, otro acontecimiento icono de la progresía, protagonizado por un hatajo de niñatos pijos, que estuvo a punto de derruir el bienestar alcanzado por sus padres con mucho esfuerzo tras superar una guerra y postguerra tremendas, que acabó cuando los obreros franceses abandonaron el mayo al detectar que iban a ser la carne de cañón utilizada por los niñatos. Pero sí dejó para la posteridad mayo el triunfo de la chabacanería, la vulgaridad y desharrapamiento en el vestir – no participaban del dicho de casi un siglo antes de la beata Ana María Emmerick: “vestir con orden y cuidado hace bien al alma”-, promoción de la liberación sexual, hedonismo sin límites, la destrucción de las instituciones que aglutinan a las sociedades como la familia, la nación, la religión, etc.; tiempos del prohibido prohibir, hasta la pederastia de la que se enorgullecía uno de sus máximos golfos haber practicado. En ese año aquí, en España, el oscurantismo vigente inauguraba las Universidades Autónomas de Madrid y Barcelona.
También el golpe de estado protagonizado por el Partido Socialista Obrero Español, con el auxilio del entonces minúsculo Partido Comunista de España (una sucursal de Stalin) y la Esquerra catalana para instaurar su particular democracia, la anhelada dictadura del proletariado en España, ha pasado a nuestra historia con las diversas denominaciones que indicamos anteriormente; hasta escuché en un programa reciente de National Geographic denominarlo Huelga General.
Me parece interesante efectuar una digresión para situarnos en este asunto. A día de hoy solo unos pocos se molestan en seguir comparando el sistema socialista y el capitalista en aras a demostrar cual es el mejor de los dos. La hecatombe que supuso la caída del muro no hizo sino confirmar lo que ya en occidente se tenía asumido: que el socialismo, la dictadura del proletariado, era un desastre en todos los órdenes, de manera que se consolidó plenamente la política que venía siguiendo la socialdemocracia que, en mi opinión, consiste en renunciar a la propiedad de los medios de producción para apropiarse directamente de ésta a base de impuestos, como acertadamente escribía hace poco Carmona Navarro al referirse a las tácticas que utilizan los socialistas del momento; los que han decidido actuar bajo denominaciones como Izquierda Unida, Chavismo, Syriza, Podemos y el actual PSOE del “doctor” Pedro. Nada pues de tomar las fábricas, mejor acribillamos a la sociedad a impuestos y repartimos la bolsa como nos apetezca. Pero no siempre fue así. En mi estancia en la Facultad de Económicas se estudiaba la comparación de ambos sistemas, y uno de los libros de lectura recomendada era el Capitalismo y Socialismo comparados del economista inglés A.C. Pigou. Él provenía de la escuela clásica, es decir de aquellos que estimaban inconveniente la intervención del Estado en la economía pues el resultado final era perjudicial para todos, pero escandalizado por las diferencias sociales que observó en su tierra abandonó aquellas creencias. La obra es corta y muy seria; por de pronto comenzaba definiendo lo que entendía por cada uno de los sistemas a estudiar siguiendo el consejo de Cicerón para quien “toda exposición ordenada sobre un asunto debe comenzar por su definición, de modo que pueda comprenderse sobre qué se debate”. Según Pigou el socialismo es “aquel sistema en que la mayor parte de cuyos recursos productivos se invierte en industrias socializadas”, y sistema capitalista el que “la parte principal de los recursos productivos está invertida en industrias capitalistas”. Sería interesante que los actuales líderes informasen a la sociedad cuál es su idea de una cosa u otra, o sea de lo que venden, máxime si la organización se sigue denominando socialista; pero delimitar conceptos supone un esfuerzo intelectual complicado e innecesario; es más fácil y rentable olvidarse de las definiciones y basar el programa electoral en algo mucho más inteligible, por ejemplo, la superación del insomnio del líder.
Desde el punto de vista estrictamente económico comparto las definiciones del autor, pero visto el desenvolvimiento histórico de las sociedades y la experiencia acumulada, me parece más acertada la definición dada por un socialista polaco a principios del siglo XX escandalizando a sus congéneres. Así se expresó Makhaiski: “el socialismo es un régimen social basado en la explotación de los obreros por los intelectuales y profesionales”. Tal vez conociese el asquito que sentía Marx por los obreros que deseaban cambiar la sociedad sin descartar hacerlo en base a mejoras progresivas, porque lo pretendían sin atenerse a los dictados de su doctrina científica. A uno de ellos, un trabajador honesto salido de la nada, Weitling, casi lo sometió a juicio por no doblegarse a actuar bajo sus ideas de laboratorio. Los obreros a la lucha y él viviendo de las rentas de su colega Engels. Basta una mirada a los gobiernos o a la composición de los partidos socialistas para no encontrar, ni con lupa, un solo miembro en ellos que haya pagado una nómina, que a veces ha de hacerse con un préstamo logrado a última hora.
Retomando a Pigou, analizaba éste las ventajas e inconvenientes de ambos sistemas en función de diversas variables: paro, beneficio y eficacia técnica, problema de los incentivos y asignación de los recursos productivos en condiciones de planificación central socialista. En general le atribuía ventaja al socialismo en casi todas las variables estudiadas, pero tenía una duda enorme en la última relacionada, la asignación de los recursos de manera planificada, pues la consideraba de una dificultad aplastante, de manera que concluía aceptando el capitalismo si bien acercándose, de forma gradual, al socialismo; recomendaba que los cambios se hiciesen de la manera indicada, mediante transformación gradual, no de abrupta radicalidad. Y finalizaba añadiendo a tales consejos “una sentencia final: que gradualidad implica acción, y no es un eufemismo de inmovilidad”. Es decir los cambios hacia el socialismo con cuidado. O, como diríamos aquí, los experimentos con gaseosa. Entre otras cosas porque el libro se escribió en el año 1937, cuando ya era conocida experiencia socialista rusa, con casi veinte años funcionando y resultados no muy halagüeños. Él lo excusaba porque Rusia, probablemente, no estaba preparada para un experimento de tal envergadura. Se trata de una obra seria y honesta; calificativos extensibles también a su autor que, tras el estudio científico del asunto y en virtud de sus conclusiones, optó por el socialismo como mejor solución para resolver los problemas de la sociedad, siempre de forma gradual.
Otro de los textos cuyo estudio se nos recomendaba era el de un economista polaco de nombre Oskar Lange que, años antes de la obra del inglés, había publicado un ensayo titulado Sobre la Teoría Económica del Socialismo en el que manifestaba que lo del gradualismo no iba con él. Textualmente escribía que “La primera cuestión consiste en saber si el paso a la propiedad pública y a la dirección socializada de los medios de producción de las empresas debe ser la primera o la última etapa de la política de transición. En nuestra opinión debería constituir la primera etapa”, y rechazaba el proceso de socialización gradual porque, resumo, “cualquier duda, cualquier vacilación, cualquier indecisión, provocaría la inevitable catástrofe económica. El socialismo no es una política económica para timoratos”. Con tales premisas la conclusión con la que finalizaba su ensayo distaba de la de Pigou; al contrario Lange se pronunció así: “solamente existe una política económica recomendable a un gobierno socialista como la más adecuada para alcanzar el éxito. Se trata de arrojo revolucionario”-subrayado en el original-. Cuando Lange escribió su ensayo ya existía una economía socialista producto del arrojo revolucionario: la Rusia del camarada Stalin al que cita en el ensayo alabando su sabiduría por defender la necesidad de mantener el uso del dinero “hasta que el primer estadio del comunismo, es decir, el estadio socialista de desarrollo, haya sido completado”. Estos modernos querían volver al trueque. Innumerables las masturbaciones mentales que ha producido la implantación del socialismo.
Merece la pena relatar la anécdota protagonizada por don Oskar cuando en 1946 era el delegado de Polonia en las Naciones Unidas que ilustra sobre la categoría del personaje y su grado de servilismo, similar al de innumerables socialistas, al Zar Rojo Stalin. Desde su puesto en la ONU no se le ocurrió, ni más ni menos, que lanzar una campaña contra España diciendo que en un lugar al sur de Toledo trabajaban para Franco 2.200 sabios atómicos alemanes, además de concentrar fuerzas en los Pirineos para ocupar el pico de una montaña francesa; consiguió que la ONU, sin miedo al ridículo, organizara un subcomité para estudiar el caso que consumió diecinueve sesiones para obtener pruebas. No me consta ninguna iniciativa de don Oskar para estudiar la invasión de Polonia o la matanza de compatriotas en Katyn siguiendo órdenes de su zar.
A pesar de las discrepancias existentes en la época sobre la estrategia a seguir en la consecución del cielo en la tierra por los socialistas, discutiendo si seguir la vía reformista o la golpista, dado que ya uno de los más fieles seguidores e intérpretes de Marx, Berstein, había detectado que las científicas previsiones de aquel no se cumplían, la historia demuestra que los ideólogos del socialismo patrio escogieron la estrategia de Lange; se inclinaron por el camino de sus primos hermanos de la Unión Soviética; el que en años venideros recorrerían muchas otras naciones, o sea el del golpe de estado o guerra civil. Así sucedió en los países de la Europa oriental, China, Cuba, etc., etc., todos bajo la dirección de un buen amado líder. En definitiva, poco gradualismo, mucho arrojo revolucionario y mucha dictadura del proletariado con las consecuencias experimentalmente demostradas para la humanidad.
Era difícil que los nuestros eligieran el reformismo, porque los seguidores de uno de los pocos que podrían calificarse como ideólogos en el PSOE, Julián Besteiro, contrarios a la bolchevización del partido, fueron arrinconados. Prevaleció la doctrina formulada en sus primeros tiempos por el fundador del partido, Pablo Iglesias, quien antes de que Lange hablara de arrojo revolucionario, ya se había expresado en términos similares. Él estableció en el partido el marxismo con sus secuelas de lucha de clases, violencia, etc. Así se expresó en su famosa intervención en el Parlamento de 7 de julio de 1910:
“Tal ha sido la indignación producida por la política del gobierno presidido por el Sr. Maura, que los elementos proletarios; que nosotros, de quien se dice que no estimamos los intereses de nuestro país, amándolo de veras, sintiendo las desdichas de todos, hemos llegado al extremo de considerar que antes de que S.S. suba al poder, debemos llegar al atentado personal”.
Con tales antecedentes no es de extrañar que veintiséis años después uno de sus seguidores, Ángel Galarza, amenazara de muerte en el mismo lugar a Calvo Sotelo y, días después, otros de su gremio cumplieran el aviso. No fue esa la única invocación a la violencia que el fundador del partido, siempre orgulloso de su pasado, expresase. Citaremos un par de ellas porque su relación exhaustiva haría interminable este capítulo. En 1887 en el diario que creó, El Socialista, manifestaba que “el triunfo de los trabajadores, la desaparición de la burguesía como clase, ha de verificarse mediante la acción revolucionaria, es decir, por el empleo de la fuerza”, o que “el Socialismo proclama que la conquista del Poder, hoy en manos de la clase privilegiada, ha de ser obra revolucionaria, obra de la fuerza, como lo ha sido siempre el triunfo de una clase sobre otra”. En honor a la verdad Iglesias fue cambiando de táctica; así en 1899 se refiere a la violencia como “recurso extremo, y a él solo se debe apelar cuando se reúnan muchas probabilidades de vencer; jamás cuando se tiene la más absoluta certeza de ser vencido. Quien tal haga es un suicidio”. Diez años después, siguiendo esa línea, manifestaba Iglesias algo que reiterarían sus seguidores durante la época republicana: “Hemos dicho que dentro de la legalidad viviremos en tanto ésta no impidiera nuestro desarrollo o la arbitrariedad no anulara nuestra acción; también hemos manifestado sin rebozo alguno que de ocurrir esto…no vacilaríamos en entrar en el terreno revolucionario en recurrir a la fuerza”.
En otro país europeo, en 1928, también se anunciaban ideas similares: “Vamos al Parlamento para procurarnos armas en el mismo arsenal de la democracia. Nos hacemos diputados para debilitar y eliminar el credo de nuestra república con su propio apoyo. Si la democracia es tan estúpida que para este menester nos facilita dietas y pases de libre circulación es asunto suyo”. El país era Alemania, el parlamento el Reichstag y el anunciante Goebbels, socialista de la rama nazionalista.
En los años postreros de su vida Iglesias optó por la vía reformista, con manifestaciones, mediada la década de los años 20, en las que criticaba a los anarquistas que se negaban a alcanzar mejoras distintas a la emancipación total, como esta: “Teóricamente, el ¡o todo o nada! ha sido un tremendo dislate; prácticamente un imposible”. O esta otra apelando a que la clase obrera “procure obtener para todos los suyos cuantas mejoras quepa alcanzar en el régimen burgués, a fin de que cada vez posean más fuerza y más capacidad, caminando rectamente y con paso firme a la realización de la obra más grande que registra la Historia: establecer la paz y la armonía entre todos los hombres”.
Los hechos posteriores muestran, desgraciadamente, que la evolución en que desembocó finalmente el fundador no fue la opción adoptada por sus herederos. Vean por ejemplo lo que publicaba el órgano del PSOE, El Socialista, en 1930 sobre la corriente británica tan alabada y modélica durante años: “el laborismo, proclamémoslo una vez más, no es el Socialismo… Así pues no pidamos al laborismo soluciones socialistas porque no lo es”. La solución socialista española en 1934 consistió en armarse hasta los dientes e ir por el poder de la misma manera que en 1936 lo hizo la media España que no se resignó a morir. Por las bravas. El fundamento fue una razón progresista cien por cien: habían perdido las elecciones anteriores y por tanto también la vara de mando. Lógicamente buscaron excusas para enmascararlo, pero la razón fue la inadmisible pérdida de las elecciones.
Un resumen de cómo se llegó a ese extremo, que puede servir sobre todo para nuestros jóvenes que han dedicado más tiempo a acudir a actuaciones de grupos musicales que al conocimiento de nuestra historia, puede ser el siguiente.
La II República se instauró gracias a la celebración de unas elecciones municipales en abril de 1931 que, de acuerdo con la normativa vigente, se realizaban en dos fases. La primera el día 5 para los municipios en que solo concurría una lista de concejales y la segunda el 12 siguiente. El resultado del escrutinio del día 5 fue abrumadoramente favorable a las candidaturas monárquicas que obtuvieron 14.018 concejales por 1.832 republicanos. El resultado del escrutinio del día 12 nunca se publicó oficialmente. Según el avance que proporcionó la prensa el día 14, incluyendo el recuento del día 5 y los analizados hasta ese momento, seguían ganando por gran mayoría los concejales monárquicos: 22.150 contra 5.775. Estas cifras suponían aproximadamente un 30% del total de concejales a elegir. El recuento de la parte restante nunca se comunicó. La llegada de los datos de varias capitales de provincias, las más importantes, en donde habían ganado los republicanos, el mismo día 12, hundió en la depresión al Gobierno y al Rey que aceptó la tesis de que el resultado de las grandes capitales equivalía a un plebiscito contra la monarquía. Secretamente y por acuerdo del Rey, el día 13 se negoció con los dirigentes republicanos el abandono del monarca y, el 14, aquellos se dirigieron al pueblo enfervorizado en la Puerta del Sol haciéndose cargo del poder.
A título de curiosidad, si bien como hemos dicho los resultados electorales no se publicaron nunca como era preceptivo por el Ministerio de la Gobernación, sí que aparecieron en el Anuario Estadístico de 1932 con resultado favorable a los monárquicos. De cualquier forma aunque las elecciones que eran municipales, no un plebiscito, tuvieron un efecto importantísimo, habría que resaltar otros factores influyentes en el cambio; uno fue el ambiente pro republicano de la intelectualidad de la época. Esto escribía en mayo siguiente Gregorio Marañón, considerado uno de los padres intelectuales de la República junto a Ortega y Gasset y Pérez de Ayala, analizando su implantación:
“En esta cruzada intelectual que iba cada día rompiendo las adherencias entre la nación y sus directores seculares destaca la labor de Ortega y Gasset. Los éxitos de las batallas que se ganan con la pluma son siempre difusos y mediatos, y aun, en los casos más brillantes, no comparables con los que logra el orador o el hombre que actúa directamente en la calle. Por eso quizá no valoremos hoy todavía lo bastante los dos grandes artículos que este autor publicó en enero y febrero del año corriente…En ellos culminó, con esa emoción del momento histórico que solo perciben los hombres privilegiados, el esfuerzo inteligente que logró abatir el equilibrio inestable de la Monarquía”.
Además de la celebración de las municipales y la presión de los intelectuales coincidió, en mi opinión, un tercero cual fue la depresión del rey y de gran parte de los monárquicos que le rodeaban. Reconozcámosle a Alfonso XIII que no siguió, en absoluto, las enseñanzas de Maquiavelo de tomar cualquier medida para seguir en el poder. Cuál de los tres factores apuntados fue el más importante queda al estudio de historiadores y sociólogos; lo cierto es que hubo República. Aunque al poco tiempo Ortega, al ver la deriva de la añorada, emitiese su famoso “no es esto, no es esto”; y que más tarde, al comienzo de la guerra, los tres padres intelectuales no se sintiesen seguros entre los republicanos madrileños y eligiesen otros aires más seguros, o que el propio Ortega manifestase después, a modo de mea culpa, que “en política no siempre se debe hacer caso de los intelectuales”.
Instaurada la II República se convocaron las primeras elecciones, de las tres habidas durante su vigencia, para junio de 1931. Su objetivo era elegir los representantes encargados de elaborar la nueva Constitución. Fueron dirigidas y controladas por el gobierno provisional establecido al advenimiento del nuevo régimen, compuesto por personalidades a las que se les reconocía el suficiente pedigrí republicano, a pesar del pasado monárquico de alguno de ellos, caso de Miguel Maura hijo de quien fuese presidente del gobierno con la monarquía y del que muy pronto iba a ser presidente del nuevo régimen, don Niceto Alcalá Zamora; gobierno provisional al cual nadie había elegido, pero del que muy pocos discuten su legitimidad. Entre esos pocos figura Ricardo de la Cierva, que se refirió a él como “un gobierno sin fundamento jurídico alguno”, opinión no carente de razón. No fue un cambio de régimen de la legalidad a la legalidad como el que se produjo en 1978, sino que aquellas personas que componían el Comité Revolucionario de la República se autonombraron Gobierno Provisional y ellos, como ministros, eligieron un presidente del gobierno que era al mismo tiempo el de la recién llegada República, don Niceto, uno de los personajes más determinantes de la evolución –para algunos negativamente– de aquel régimen.
Es interesante conocer la literalidad del Decreto que se dieron el mismo 14 de abril:
“El Gobierno provisional de la República ha tomado el Poder sin tramitación y sin resistencia ni oposición protocolaria alguna; es el pueblo el que le ha elevado a la posición en que se halla, y es él quien en toda España le rinde acatamiento e inviste de autoridad. En su virtud, el presidente del Gobierno provisional de la República, asume desde este momento la Jefatura del Estado con el asentimiento expreso de las fuerzas políticas triunfantes y de la voluntad popular, conocedora, antes de emitir su voto en las urnas, de la composición del Gobierno provisional. Interpretando el deseo inequívoco de la Nación, el Comité de las fuerzas políticas coaligadas para la instauración del nuevo Régimen, designa a don Niceto Alcalá Zamora y Torres para el cargo de presidente del Gobierno provisional de la República”.
Estaba constituido por el presidente y diez ministros algunos de los cuales tendrían bastante protagonismo en los años siguientes. Entre ellos Manuel Azaña, y dos socialistas Largo Caballero e Indalecio Prieto. El Decreto me parece que contiene una dosis de desparpajo –por no decir caradura– importante; afirmar que el pueblo era quien les había elevado a la posición en la que se hallaban, cuando más de la mitad había votado a las candidaturas monárquicas en las elecciones municipales celebradas dos días antes, no tiene desperdicio. Y lo peor no fue eso, una dosis de caradura suele ser común a la mayoría de las formaciones políticas, sino que muchos de los componentes de aquel Gobierno estaban tan imbuidos de su legitimidad que se prepararon para arrinconar con fuerza, a más de la mitad de la nación.
El gobierno provisional convocó elecciones a Cortes para elaborar la Constitución que se estimase oportuna. De aquellas primeras elecciones, celebradas en dos turnos: el 28 junio y 12 de julio 1931, resultó una mayoría de izquierdas conseguida, según algunos expertos, gracias al desconcierto en las filas de las derechas, que elaboró una Constitución calificada por bastantes historiadores y políticos de muy sectaria sobre todo, pero no solo, en el asunto religioso.
Antes de la propia Constitución promulgaron la Ley de Defensa de la República el 20 octubre, en cuyo artículo primero se regulaba como acto de agresión a la República, entre otros, “toda acción o expresión que redunde en menosprecio de las instituciones u organismos del Estado” o “la apología del régimen monárquico o las personas en que se pretenda vincular su representación y el uso de emblemas, insignias o distintivos alusivos a uno u otras”. Por si alguien cree que la memoria histórica la inventó el gran Zapatero.
En otro artículo se facultaba al ministro de Gobernación para “suspender las reuniones o manifestaciones públicas de carácter político, religioso o social cuando por las circunstancias de su convocatoria sea presumible pueda perturbar la paz pública”. A decir verdad proporcionaron no pocos ejemplos a los nacionales para su legislación posterior.
Retomando el tema de la Constitución, desde el principio el asunto religioso constituyó una obsesión de las fuerzas progresistas del momento. Ya en la campaña electoral el PSOE, en concreto su dirigente Indalecio Prieto, echaba un poquito de leña al fuego por si no había sido suficiente la quema de conventos iniciada de mayo, cuando no había transcurrido un mes de la proclamación del nuevo régimen, alertando que el “peligro está en el posible adueñamiento de la República española por parte de los elementos clericales”. Desgraciadamente el sectarismo de la progresía mayoritaria en el Congreso quedó plasmado en el texto. Esto manifestó más tarde quien fuera primer presidente del régimen, bastante responsable del desastre en que finalizó aquello:
“se procuró legislar obedeciendo a teorías, sentimientos e intereses de partido, sin pensar en esa realidad de convivencia patria, sin cuidarse apenas de que se legislaba para España…Entró por mucho, decisivamente, el espíritu de solución tendenciosa, imponiendo una fuerza parlamentaria pasajera y no representativa de la verdadera y total voluntad española…, se hizo una Constitución que invitaba a la guerra civil”.
En mi opinión don Niceto y Miguel Maura, dos prohombres de la derecha, jugaron a aprendices de brujo, esos personajes que piensan que pueden modelar la sociedad a su gusto y llevarla a su redil. Y en este caso no lo consiguieron; obtuvieron un resultado pobre.
Ya veremos en el capítulo dedicado al fraude electoral como don Niceto siguió ejerciendo sus dotes de mago cuando, convencido de su sabiduría política, decidió disolver las Cortes a finales de 1935 y convocar elecciones, en la creencia que con su partidito sería el hombre base encargado de repartir el juego tras la celebración de aquellas. Ni un solo naipe de los fabricados por nuestro entrañable Heraclio Fournier pudo distribuir. Tan solo consiguió que lo defenestraran y que se escalara un peldaño más hacia el abismo.
El texto constitucional, de tan solo 125 artículos y dos Disposiciones Transitorias, se aprobó el 9 de diciembre siguiente. Y los dos prohombres de la derecha integrados en el gobierno provisional, que habían militado en el comité revolucionario, los exmonárquicos referidos, Alcalá-Zamora y Miguel Maura, dimitieron de sus cargos de presidente del gobierno y ministro de gobernación, respectivamente, por el tratamiento otorgado al asunto religioso. Estos dos personajes, además de lo indicado sobre su condición de brujos, merecen otro comentario. Parece ser que ellos se consideraban la gran esperanza blanca de la derecha; esperanza bastante desinflada en las elecciones constituyentes en las que obtuvieron 27 escañitos. No soy ningún experto en demoscopia pero imagino que la España de derechas vería con escepticismo a dos personajes que habían contribuido a implantar un régimen que agredía sus creencias, quema de conventos incluida, compartiendo mesa y mantel –gobierno– con los que les demostraban escasísimo respeto. La pareja en cuestión debía saber que, tan solo dos meses antes, más de la mitad de la población había votado candidaturas municipales monárquicas. Si eso era así antes de los incendios imagínense lo que pensaría de ellos la España conservadora tras ese período de desórdenes. Insisto, dos aprendices de brujo; en el caso de don Niceto sus brujerías fueron especialmente graves por su condición de Presidente de la República desde el principio hasta después de las elecciones de febrero de 1936.
Comenzaba el texto con una disposición genial: “España es una república democrática de trabajadores de toda clase”. Y afirmo que genial porque sirvió para justificar la agresión a la Iglesia contenida en el artículo 26. Esto decía uno de los prestigiosos juristas del PSOE, Luis Jiménez de Asúa, al discutir el proyecto: “los católicos que se recluyan en órdenes monásticas de tipo contemplativo se sustraen al precepto constitucional, según el cual la República española es una república de trabajadores”. Nuestro prestigioso historiador Sánchez-Albornoz, a quien ya hemos mencionado y lo haremos más de una vez a lo largo de este libro, se refería a Jiménez de Asúa como: “una lúcida mente, un gran orador y un sabio penalista”. Es probable –lo conoció mejor que yo–-, pero declaraciones como la transcrita asoman también la patita de un no menos lúcido sectarismo. Por cierto, la redacción del precepto estaba copiada de la constitución de la nación soñada y adorada por los progresistas de la época, deduzco que incluido Jiménez de Asúa por su condición de presidente de la Comisión encargada de la elaboración del texto constitucional, la Rusia estalinista. Entre nosotros un cachondo añadió: “de trabajadores pero con el azadón al hombro”. Al referirse a las intervenciones de la lúcida mente en las Cortes en la tramitación del texto, cuenta José Pla en su Historia de la Segunda República, que al aludir a las instituciones francesas e inglesas lo hacía con desprecio, y parangonaba a otras más de su gusto; con cierta ironía Pla indicaba que aquellas permanecían aún en pie mientras que las ensalzadas, incluida la que impulsó la lúcida mente en España, habían desaparecido de la faz de la tierra, “dejando una estela de convulsiones, de miserias y de desastres”.
También resulta interesante comentar algún otro precepto más de aquella constitución. Uno regulaba que la elección del Presidente de la República se haría de forma conjunta por los diputados y un número de compromisarios igual al de aquellos. Otro disponía que dicho presidente nombraría y separaría libremente al presidente del gobierno. Otro incluido en el artículo 26, que entero no tenía desperdicio, era el que prohibía ejercer la enseñanza a las órdenes religiosas amén de que sus bienes podrían ser nacionalizados. Otro que tuvo bastante repercusión, sobre todo para Alcalá-Zamora porque fue el utilizado por el Frente Popular en 1936 para quitárselo de encima y colocar en su lugar a Azaña, era el que autorizaba al Presidente de la República a disolver las Cortes hasta dos veces durante su mandato. Lo trataremos en el capítulo del fraude electoral de 1936.
El día siguiente se aprobó el decreto que designaba a don Niceto Presidente de la República y, a continuación, éste procedió a nombrar presidente del Gobierno a Azaña que incorporó tres socialistas en él: Prieto, Largo Caballero y de los Ríos. Dijo José Pla en su magnífica obra mencionada que primero se nombraron los titulares y luego se crearon las carteras. Marcaron la estrategia al doctor Pedro Sánchez cuando decidió crear, en nuestros días, los muy necesarios ministerios de igualdad, de consumo, de universidades…
Se inició así el conocido como bienio social-azañista al que no le pusieron las cosas nada bien los anarquistas. El clima revolucionario alentado por estos fue tremendo. Veamos alguno de aquellos sucesos.
Muy cercano a la formación del gobierno, concretamente el 31 de diciembre, se produjo en un pueblo de Badajoz una matanza horrible de cuatro guardias civiles. El que era su Director General declaró que ni siquiera en la guerra de Marruecos “los cadáveres de los cristianos fueron mutilados con un salvajismo semejante. Hubo mujeres que bailaron ante los restos mutilados de las víctimas.” En Valencia se descubrieron depósitos de armas y municiones. En la cuenca del Llobregat se movilizó a la Guardia Civil y al Ejército contra lo que el mismo Azaña calificó como preparación de “un movimiento revolucionario para el 25 de enero –de 1932– con el objeto de derribar la República… Los que se han puesto a perturbar el orden en Manresa no son huelguistas: son rebeldes, son insurrectos y como tales serán tratados”.
No obstante el más destacado de todos se produjo en la localidad gaditana de Casas Viejas en enero de 1932; un grupo de anarquistas proclamó el comunismo libertario y atacó a la Guardia Civil comandados por un cabecilla, Francisco Ruiz Gutiérrez, conocido como Seisdedos. Los intentos de las fuerzas del orden de parlamentar resultaron infructuosos saldados con el secuestro de un guardia tras herirlo. Se ordena el incendio de la choza donde se habían refugiado los anarquistas; salen alguna mujer y un niño y el resto mueren calcinados, además se persigue a otros y ante los restos calcinados de la choza se acribilla a doce. De aquellos hechos proviene la frase atribuida a Azaña sobre la manera de actuar: “ni heridos ni prisioneros, los tiros en la barriga”. Adversarios políticos suyos niegan que la pronunciara. Lógicamente tales sucesos acarrearon consecuencias. Entre ellas el enconamiento de la animadversión entre anarquistas y gobierno, y el desprestigio no solo de este sino de la propia República. Así se pronunciaba, a título de ejemplo, un prohombre de ésta y como tal jefazo masón, Martínez Barrio: el régimen ha quedado “enlodado, maldecido por la Historia entre vergüenza, lágrimas y sangre”.
Con respecto al asunto de Casas Viejas me surge una duda. Teniendo en cuenta la magnitud de lo sucedido es sorprendente que no haya merecido la atención de nuestros progresistas directores cinematográficos. No sé si tendrá algo que ver en el olvido el hecho de que la tragedia ocurrió cuando el gobierno era de ese carácter –progresista–, y con tres ministros socialistas en él. Mi impresión es que si hubiese ocurrido durante la monarquía –no digamos en la era de Franco–, se habrían rodado más películas que los americanos sobre Jesse James. No deseo ninguna al respecto. Por ahora nos conformamos con El crimen de Cuenca, asunto doloroso, pero una pelea de patio de colegio comparado con Casas Viejas, sucedido durante la monarquía, curiosamente.
Más acontecimientos se dieron para que el desgaste del gobierno de Azaña se incrementara. Recordemos que en las elecciones municipales de 1931 hubo municipios en los que solo se presentaba una lista, con resultado favorabilísimo a los monárquicos. Tal hecho debía subsanarse de manera que en ellos se convocaron en abril de 1933, nuevas elecciones y así poder sustituir a los que se eligieron sin lucha. Al gobierno le salió mal la jugada. Recuerda Ricardo de la Cierva que éste consiguió 5.048 concejalías y los partidos extraministeriales 10.983. A Azaña, casi siempre soberbio y despreciativo, aquel fracaso le sirvió para emitir otra de sus frases equiparando los municipios no adictos a burgos podridos.
Otro acontecimiento que minó a Azaña estribó en la actitud, siempre fiable, del PSOE. En éste sus tendencias, la bolchevique de Caballero, y las de Prieto y Besteiro, partidarios estos de seguir colaborando con Azaña, comenzaron su guerra intestina. A las palabras moderadas de Besteiro respondía Largo Caballero en marzo de 1933 que “los socialistas…no desertaremos de nuestro deber y llevaremos la revolución a los fines que le señaló la voluntad popular por todos los medios que para ello sean precisos”. Y en julio insistía: “si se nos dice que por ser un partido de clase no podemos gobernar, tendremos que conquistar el poder de otra manera…Aspiramos a cambiar el régimen en una República socialista”. La república socialista por excelencia del momento era la ejemplar e idílica de Stalin. Y si a alguien le quedaban, o le quedan, dudas de su proyecto conforme avanzaba el año, lean sus declaraciones de agosto: “¿asustarse de la dictadura del proletariado?…Yo no creo en la evolución pacífica. Esto no es imitar a Rusia; pero tampoco encuentro reparos que oponer a su política”.
En realidad veía que le comía el electorado el anarquismo que por medio de su órgano de difusión, La Tierra, glosando la reflexión de Ortega de que la República estaba triste, se expresaba el 14 de abril de ese año en los siguientes términos: “de que lo esté hay un directo y único responsable: el Gobierno”. Había que “reavivar aquel entusiasmo que ha decaído por culpa de crímenes como los de Arnedo, Sevilla y Casas Viejas”. Y con motivo de la jornada de huelga general convocada por los anarquistas el 8 de mayo siguiente, reprochaba a los socialistas el mismo órgano anarquista:
“respecto a los monstruosos y absurdos contubernios del proletariado con la plutocracia, es síntoma de que en las alturas existe una obstinación lamentable en aniquilar lo que es más fuerte que todos los medios represivos: el espíritu de lucha de un amplísimo sector del proletariado. Quédense tales ominosos contubernios para el socialismo sostenedor de monopolios”.
Lo había anunciado Ortega en su Rebelión de las masas al comentar que la “acción directa” preconizada por el sindicalismo y el bolchevismo por el que había optado el PSOE, invertía el orden establecido por la civilización que reduce la fuerza a última razón, porque “la acción directa consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como razón primera, en rigor como única razón. Es ella la norma que propone la anulación de toda norma, que suprime todo intermedio entre nuestro propósito y su imposición. Es la Carta Magna de la barbarie”. Tengo la impresión de que no es Ortega muy santo de devoción de la progresía patria, seguramente por aquello de que la verdad no ofende pero fastidia.
En mi opinión la opción de Prieto por la colaboración no respondía a los mismos criterios de Besteiro, sino porque opinaba que “con el poder tenemos en nuestras manos la palanqueta de la revolución; sería suicida abandonarlo”. El buen revolucionario progresista-feminista de nuestros días tiene asumido que el suicidio sería perder la palanqueta televisiva.
Por último, en septiembre la elección de vocales para el Tribunal de Garantías resultó tremendamente adversa al Gobierno; solo obtuvo 17.859 votos por los 33.029 de los no gubernamentales. Azaña se vio obligado a dimitir el día ocho. Y aquí hallamos un ejemplo de porqué los ciudadanos nos hartamos de los políticos de amplias miras. El día 12 se forma otro gobierno y como no encuentra apoyo de los que poco tiempo después sí se lo darán, el siguiente día 14 cae. Se nombra otro el 14 de octubre bajo el mandato de Martínez Barrio que afrontará la organización de las nuevas elecciones señaladas para noviembre, necesarias ya que el presidente de la República disuelve las Cortes ante el guirigay existente. En el guirigay tuvo él mucho protagonismo dada su condición apuntada anteriormente de aprendiz de brujo, o sea de enredador nato.
A todo esto en los meses que duró el gobierno social-azañista se habían aplicado a gobernar para todo el pueblo como corresponde a un buen estadista. En enero de 1932, o sea al poco de tomar el poder, en virtud de lo reglado en el polémico artículo 26 de la Constitución se decretó la disolución de la Compañía de Jesús. Ejemplo de medida respetuosa y conciliadora para la nación. Sectarismo en estado puro. Algunos de sus preceptos permiten verificar en manos de quien había caído España: los religiosos y novicios debían cesar su vida en común en un plazo de diez días; los bienes de la Compañía pasaban a ser propiedad del Estado, o caso de que sus Iglesias se cediesen para el culto en las diócesis donde radicasen no podrían emplear en el servicio individuos de la Compañía. El efecto para la enseñanza fue desastroso; por de pronto se quedaban sin maestros 6.798 alumnos de segunda enseñanza. La expulsión, por aquello de que no hay mal que por bien no venga, les supuso librarse de la matanza que iba a venir. Veremos con más detalle en otro capítulo que la razón -la excusa- era que los jesuitas observaban el voto de obediencia al Papa, calificado de dirigente extranjero. Disposición emanada de unas Cortes plagada de masones, socialistas y comunistas de obediencia cada uno de ellos a sus centrales internacionales. Le dieron a los nacionales otra razón, por si faltaban, un argumento para ilegalizar a PSOE y PCE: su obediencia a Stalin, el zar que, gracias a ellos, acabó convertido en dueño y señor de su república.
En mayo para contrarrestar los efectos demoledores derivados de Casas Viejas, que había ocasionado encontronazos entre los propios masones, el gobierno sacó a la palestra la Ley de congregaciones religiosas, fundada también en los famosos artículos 26 y 27 de la Constitución. Algunos preceptos merecen destacarse: “pertenecen a la propiedad pública nacional los templos de todas clases y sus edificios anexos, los palacios episcopales y casas rectorales, con sus huertas anexas o no, seminarios, monasterios y demás edificaciones destinadas al culto católico o de sus ministerios”, y si bien el Estado se reservaba la potestad de ceder a la Iglesia Católica cosas o derechos que tuviesen escaso valor, “no podrían ser cedidos en ningún caso los templos y edificios, los objetos preciosos ni los tesoros artísticos e históricos que se conserven en aquellos al servicio del culto, de su esplendor o de su sostenimiento”. “Las órdenes o congregaciones religiosas no podrán poseer, ni por sí ni por persona interpuesta, más bienes que los que previa justificación se destinen a su vivienda o al cumplimiento directo de sus fines privativos”. Aprobada en mayo de 1933 sirvió, según cuenta Ricardo de la Cierva, para que la masonería de todos los partidos cerrara filas y las fisuras provocadas por los hechos de Casas Viejas; con ella habían conseguido erradicar a la Iglesia de la sociedad española y el objetivo masónico de su secularización total; la norma constaba de treinta y un artículos en los que solo les faltó regular el horario para hacer pipí de los sacerdotes.
Y el 19 de noviembre y 3 de diciembre –a doble vuelta– se celebraron las elecciones, que arrojaron el triunfo de las derechas. El partido más votado, 115 diputados, fue la CEDA de Gil-Robles, seguido de los Radicales de Alejandro Lerroux con 104; el PSOE se hundió al obtener solo 59, cuando en 1931 consiguió 113 escaños. Los de Alcalá Zamora se quedaron en 3 y la Esquerra de 29 se redujo a 17; el Partido Comunista logró un diputado. En resumen la derecha y el centro obtuvieron la confianza de más de cinco millones de votantes y las izquierdas de unos tres millones. Este resultado, tan distinto de las elecciones a Cortes constituyentes de solo dos años antes, parece confirmar que estas fueron anómalas debido al desconcierto de las derechas ante la reciente caída de la monarquía; anómalas pero no fraudulentas. Gil-Robles explicó su versión del triunfo de las derechas en el recién constituido parlamento con una intervención en la que, tras recriminar a la izquierda su afán de monopolizar el régimen y su intento de que la derecha se situara fuera de la ley para aplastarla totalmente, les recordó que su sectarismo les impidió ver el sentimiento de la sociedad española que les avisó, en las elecciones municipales de abril y en las del Tribunal de Garantías de septiembre, el presagio de lo que sucedería en las generales, concluyó: “¿Contra qué ha votado la opinión nacional? ¿Contra el régimen o contra su política? Para mí, honradamente, señores, hoy por hoy, el pueblo español ha votado contra la política de las Constituyentes”. La izquierda, en su sectarismo, se negaba a asumir que estaba legislando contra la mayoría del pueblo español e intentando monopolizar el régimen; nada nuevo bajo el sol. Ahora amenazan a la derecha con no volver a sentarse en el consejo de ministros.
Bien, a la vista del resultado electoral y de que según la Constitución le correspondía al presidente de la República nombrar y separar libremente al del Gobierno, designó para el cargo a don Alejandro Lerroux, jefe del partido Radical, hombre que con el paso de los años había abandonado su extremismo dislocado de principios de siglo del que hablaremos en el próximo capítulo, para convertirse en un moderado de centro. Estas palabras le dedicó el ilustre republicano, Madariaga, conocedor de aquella época y de sus personajes: “Lerroux, político muy inferior a Azaña en distinción intelectual y en su modo de comprender la vida pública y los derechos y obligaciones que implica para quien a ella se dedica, pero muy superior a Azaña en su conocimiento de la entraña de la vida colectiva española y en gramática parda”. O sea uno vivía con los pies en el suelo y el otro, el brillante, en el señuelo del intelectual soberbio metido en política que nos dice, y pretende obligar, a que vivamos como él decida. Recordemos su famosa frase, “España ha dejado de ser católica”, en un discurso que le elevó a primera figura de la izquierda, y que contribuyó a incrementar su autoestima tal y como declaró en sus memorias: “El suceso es formidable para mí. Con un solo discurso en las Cortes, me hacen Presidente del Gobierno. Empezaré a creer en mi estrella”. A pesar de su estrella nunca ganó unas elecciones; siempre necesitó del PSOE. En las últimas bajó de 26 a 6 lo cual no fue óbice, en momento alguno, para sentirse legitimado de encarrilar a la sociedad por el sendero que a él le pareció bien. Al leer a Cristopher Dawson, en la obra que citaremos en el capítulo siguiente, la característica del intelectual ilustrado “la pulida superficie de este espíritu refleja una luz fría”, me vino a la cabeza la figura de don Manuel.
Entre tanto, mientras se designaba a Lerroux como presidente y seguía gobernando Martínez Barrio, el cáncer que asoló todo el período republicano de la mano de los anarquistas continuaba. Además de alzamientos y atentados en distintas ciudades llegaron al extremo de descarrilar trenes; dinamitaron un puente y el expreso de Sevilla-Barcelona cayó al vacío ocasionando la muerte de entre 16 y 20 personas; en Zaragoza la fuerza pública recurrió a carros de asalto para sofocar a los sediciosos. Los muertos de aquellos acontecimientos en el remanso de paz republicano ascendieron a 89.
Y no eran solo los anarquistas los que actuaban. A los perdedores de las elecciones, las izquierdas, no les había gustado en absoluto el resultado; así que Azaña, y no solo él, revelaron rápidamente su entendimiento de la democracia. Lo cuenta Alcalá-Zamora en sus memorias:
“Nada menos que tres golpes de Estado se me aconsejaron en 20 días. El primero a cargo de Botella, ministro de justicia, quien propuso la firma de un decreto anulando las elecciones hechas. Inmediatamente después propuso Gordón Ordás, ministro de Industria, que yo disolviese las nuevas Cortes. Pocos días más tarde Azaña, Casares y Marcelino Domingo dirigieron a M. Barrio, presidente del Consejo, una carta de tenaz y fuerte apremio en la que el llamamiento tácito a la solidaridad masónica se trasparentaba clarísimo, a pesar de lo cual, en aquella ocasión, Martínez Barrio no cedió, cumpliendo su deber oficial”.
El propio Martínez Barrio pone en boca de Azaña un argumento tan democrático como los descritos por Alcalá-Zamora: “la aplicación de la vigente ley electoral reduce nuestra representación parlamentaria en dos tercios de su volumen, pero la voluntad general no es esa… Por tanto, al constituirse la Cámara, se desacatará la voluntad del país, a menos que una acertada previsión del Gobierno decida evitarlo”.
A todo esto, recuerda Pío Moa, la Ley electoral que dio el triunfo a las derechas la había diseñado el propio Azaña, la encarnación de la República, pero servía si ganaban ellos, en caso contrario una acertada previsión, en sofisticados términos azañistas, un golpe de estado en lenguaje vulgar, sería la acertadísima medida. El personaje que había pasado de 26 a 6 escaños entendía que no entregarle el poder era desacatar la voluntad del país. Hombre de consenso le ha declarado el parlamento actual. No cejan en su empeño de presentar el alzamiento de los nacionales como una revuelta del fascismo contra la democracia.
Por fin el 16 de diciembre se hace el traspaso de poderes y accede a la presidencia del gobierno Lerroux, sin que el partido ganador, la CEDA de Gil-Robles, limitándose a apoyar a aquel, exigiera cartera alguna porque según sus declaraciones “este no era el momento de una política de derechas…nuestro espíritu no se halla aún preparado para llegar a las alturas del poder”. Las izquierdas catalogaban a Gil-Robles de fascista, pero su actitud cabe más bien asimilarla a lo que Jiménez Losantos califica en nuestros días como maricomplejines de la derecha. No parece propio de un fascista, adjetivo que le asignaban las fuerzas democráticas de progreso de la época, tener la posibilidad de acceder al poder y dejarlo pasar invocando a no sé qué espíritu. Ante semejante actitud cabe preguntarse si eran sinceras sus palabras o si respondían a la opinión que de él expresó Cambó, líder de la derechista Lliga catalana que también había obtenido un excelente resultado: “Como casi todos los hombres de audacia verbal era extraordinariamente tímido en la acción…si con la palabra flagela implacablemente a las izquierdas, en el momento de definir una política vacilaba constantemente”.
Oí, cuando redactaba este texto, a un comentarista que Casado ha dirigido un discurso muy duro a Sánchez en el Congreso, con motivo de la tercera prórroga del estado de alarma por el virus, para finalmente…abstenerse. El tiempo y la revisión de este escrito me ha proporcionado meses para contemplar otras abstenciones como la del estado de alarma o alerta de seis meses, previo duro discurso.
En lo atinente a Gil-Robles ¿fue sinceridad, maricomplejines o timidez en la acción? Dilucidar la cuestión compete a los historiadores. Pío Moa opina que Cambó no era realista ya que los resultados electorales no permitían a aquel gobernar en solitario, pero su decisión la enjuició la izquierda como doblez o debilidad. Difícil determinar a quien asiste la razón pero con frecuencia se confirma qué sucede cuanto más te agachas. Para el PSOE era una organización fascista-vaticanista. Para un buen estalinista de entonces, y para sus herederos progresistas de ahora cualquiera que no sea de su cuerda lo es, confirmando, también, la creencia que de su condición atribuye el ladrón al resto de la humanidad.
Si esa era la reacción de los moderados tipo Azaña, los que se situaban a su izquierda fueron más contundentes en la exposición de sus credenciales democráticas, y claro no podían faltar los más progresistas, los nazionalistas catalanes. Así se expresaba a los dos días de confirmarse el triunfo de las derechas su portavoz, nos lo cuenta Pío Moa, el diario La Humanitat bajo un editorial del siguiente título ¡En pie de guerra!: “Ha sido toda la tropa negra y lívida de la Inquisición y el fanatismo religioso…para apuñalar la democracia. No ha sido la Lliga ni Acción Popular la triunfadora. Ha sido, aquí y fuera, el obispo. Ha sido la Iglesia, ha sido Ignacio de Loyola”. Y seguía el editorial recomendando “estar alerta, el arma al brazo y en pie de guerra…tomen nota la Lliga, el obispo y su tropa siniestra…y mediten bien el significado de nuestras palabras. No amenazamos, advertimos. Quien haya de entender, entienda. No hacemos literatura, nosotros…Solo hay que escuchar una voz, que resonará, si hace falta en el momento preciso”. A pesar de su triunfo en las elecciones generales lo tenía complicado la derecha catalana porque allí, en la Generalidad, seguía mandando la Esquerra, gobernada por un perfecto nazionalista iluminado, Francisco Maciá, que había disfrutado como un enano en una concentración previa a las elecciones ante el desfile de 5.000 escamots perfectamente uniformados. Lo de los correajes con que se sataniza y ridiculiza a los falangistas no lo inventaron estos. También emocionó al redactor de La Humanitat la exhibición: “Las gentes sencillas, maravilladas de nuestros jóvenes, se decían: son bellos, fuertes, optimistas y simpáticos”. Le faltó añadir: “altos, arios y rubitos”.
No solo eran los nazionalistas catalanes los embargados por el ardor guerrero de sus muchachos; vean si no la crónica de El Socialista de septiembre de 1934 glosando un acto de su proletariado bajo el siguiente titular: El desfile de las formaciones juveniles socialistas y comunistas y las rojas banderas desplegadas constituyeron un espectáculo alentador. Y tras el titular continuaba embriagado:
“¡Magnífico triunfo proletario el de ayer! Ochenta mil trabajadores socialistas y comunistas se congregaron en el Stadium…La organización fue un acierto. Una alta tribuna, un fondo rojo de varios metros de altura, centrado por una estrella gigantesca. Abajo, frente por frente, las milicias obreras, elevando el grito rojo y azul de sus uniformes en perfecta formación militar. Cientos de estandartes, de banderolas, de gallardetes. En el centro del campo, dos grandes reflectores alumbrando dos banderas rojas que se izaron al comenzar el acto. Por todas partes, jóvenes socialistas y comunistas, guardando la formación…Disciplina. Auténtica disciplina revolucionaria. Fervor. Entusiasmo”.
Seguro que tanto al cronista como a sus lectores se les puso la carne de gallina. Observen: banderolas, gallardetes, milicias en perfecta formación militar, fondo rojo de varios metros, estrella gigantesca… Al leerlo me parece estar ante una de las manifestaciones nacionalsocialistas de la Alemania de Hitler tan publicitadas. ¿Quién enseñó a quién?, o ¿Quién aprendió de quién? A continuación intervino uno de los más famosos próceres del socialismo y comunismo –militó en el PSOE y en el PCE– de la época y años posteriores, Santiago Carrillo, mostrando una clara aportación a la concordia nacional:
“Y si ese Gobierno entregado a las derechas, no rectifica, serán estas Juventudes las que asalten el Poder, implantando su dictadura de clases…Yo no niego, en nombre de nuestras Juventudes, que el proletariado se prepara para la insurrección contra los elementos fascistas, protegidos por el ministro de la Gobernación y el Gobierno…¡Muera el Gobierno! ¡Muera la burguesía! ¡Viva la Revolución! ¡Viva la dictadura del proletariado!”.
Tuvo tiempo de demostrar que sus siniestros, brutales y cobardes actos, no solo con los considerados enemigos de clase sino con sus propios colegas, estuvieron acordes con el discurso.
Ese acto constituyó según un político socialista y comunista, diputado por el PSOE en 1936, al que nos referiremos en otro lugar, Francisco F. Montiel, como “un acontecimiento de enorme trascendencia: una formidable concentración unitaria en la que hablaron con solidaria coincidencia en temas y consignas, representantes del PCE, del PSOE, de las Juventudes Socialistas y de las Juventudes Comunistas…con un mismo espíritu. Hacía tiempo que el comunismo estaba dentro y no fuera del tren del octubre asturiano”. El PCE empezaba a tragarse al PSOE y a hacerse dueño en poco tiempo del liderazgo de los revolucionarios. Y lo hizo desde una posición de representación parlamentaria insignificante porque si el PSOE se había quedado en 59 diputados, el PCE tan solo obtuvo uno. Muchos menos de los que tiene el Podemos de hoy, señores del PSOE.
Me parece interesante introducir una reflexión sobre la costumbre, ancestral y por supuesto cargada de indiscutible razón, que asiste a las fuerzas democráticas de progreso de calificar de fascista a cualquiera que, no digo que les contraríe, sino que no asienta a sus opiniones. Todo aquel que se opusiese al camarada Stalin lo era; desde Trotski a Churchil, pasando por cada uno de los dirigentes occidentales sensatos que lideraron Europa tras la II Guerra Mundial como Adenauer, Schumann, De Gasperi , etc. y, por supuesto, Franco. Hoy lo somos usted y yo si no comulgamos con sus ideas. Y para más de uno si le llaman así le produce urticaria; de inmediato se deshace en balbucientes gestos o palabras exculpatorias de tal condición. En nuestros días la costumbre vuelve por sus fueros ante los ataques de la reacción oscurantista y, más importante aún, con la arribada de nuevos y fervientes defensores del progreso socialista. Pero, en realidad “lo que hoy en esta sociedad se demoniza como fascismo es la fuerza reactiva que pueda restaurar los valores judeo-cristianos”, concluye Aquilino Duque en un reciente ensayo.
Propongo que nos vayamos al Tomo IV de una obra tan importante y mastodóntica –baste decir que para traducirla al español se precisó un equipo de más de cien expertos y años de trabajo– como la Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, y entremos en la monografía relativa al Fascismo elaborada por un prestigioso tratadista de teoría política, Mario Einaudi, hijo de uno de los más importantes economistas que ha producido Italia; el autor concluye que la caracterización del famoso movimiento es la siguiente:
“Lo que verdaderamente interesaba al fascismo eran unos instrumentos de poder y no una teoría. Entre 1925 y 1939 se crearon y perfeccionaron cuatro resortes básicos de poder:
– liderazgo carismático,
– gobierno de partido único,
– terror,
– y controles económicos”.
De resultar acertada la conclusión de Einaudi es difícil encontrar algún país que haya aplicado, con más intensidad y permanencia en el tiempo, estos cuatro resortes característicos del fascismo que los que se han cobijado, o cobijan, como repúblicas democráticas o populares socialistas. Pero que muy difícil, por no decir imposible, hallar en la historia universal líderes tan carismáticos como Lenin, Stalin, Mao, Castro, Kim IL Sun versión senior, junior y subjunior, Chaves, etc. Fotografías de ellos no en la sopa sino en cada fideo. A Lenin hasta lo embalsamaron para exponerlo al pueblo intentando un liderazgo eterno; ni los egipcios llegaron a esos extremos, muerto el faraón lo sepultaban bajo miles de toneladas de piedras evitando siquiera su contemplación. De Mao qué decir.(51 Corral) Atesoró títulos propios de su modestia proletaria: Gran Educador, Gran Jefe, Gran Comandante Supremo y Gran Timonel. Dicen que finalmente le pareció excesivo y se conformó con Gran Educador. Le confesó a un periodista que en determinadas condiciones un culto a la personalidad era conveniente; es más le reveló también que probablemente la caída de Krutschev, para los más jóvenes el dirigente soviético sucesor de Stalin, fue consecuencia de no promoverlo. Tras la advertencia del Gran Educador no hay dirigente socialista que no lo cultive. Normal, perciben como buenos ateos que el pueblo necesita un dios y quien mejor que ellos para sustituirlo. Empírica e históricamente está demostrado que el liderazgo, el culto a la personalidad ejercido en los democráticos países socialistas supera al de la Italia de Mussolini en intensidad y tiempo. Realmente este culto forma parte también del funcionamiento de las llamadas democracias; en tan solo una cualquiera de las convocatorias electorales habidas en España desde la instauración del régimen de partidos, he visto más fotos de Felipe, Aznar, Rajoy, Zapatero, etc., que de Franco en los casi veintiocho años que tenía cuando murió. Veo en la tele los aplausos dedicados por sus ministros, congregados casual y espontáneamente, al doctor Pedro quien recíprocamente se los devolvía, a su vuelta de Bruselas por el asunto de los fondos europeos conseguidos. Un cámara que también casualmente pasaba por allí grabó el espectáculo. Me voy a permitir la osadía de introducir una matización a Einaudi; los resortes no se crearon y perfeccionaron entre 1925 y 1939; venían paridos desde 1917 y bien aderezados por los maestros socialistas de Mussolini.
En cuanto al número de partidos operativos en los paraísos socialistas: el del proletariado, o sea el que dirigen los correspondientes timoneles.
Terror: solo cien millones de muertos hasta el momento en que se escribió el famoso Libro Negro.
Y con respecto a la cuarta característica, control económico, estiman con razón que nada mejor que haya un único patrón de verdad: el estado; la receta más apropiada para evitar que ninguna oveja se descarríe; la que yerre de vereda no come.
En resumen que cualquiera de los regímenes socialistas que han sido, y son, establecieron en sus sociedades, los cuatro instrumentos de poder enumeradas por Einaudi deseados por el fascismo, superando con creces a la Italia de su inventor. Realmente Mussolini, que no en vano procedía de las filas del socialismo, fue un aprendiz en comparación cualquiera de los padres rectores de esa ideología que vendrían después. Es en tales sociedades donde se puede obtener un buen master teórico-práctico de fascismo. Han representado y representan su cumbre máxima. Y de la aplicación intensa de esos cuatro instrumentos se ha derivado, y deriva, una característica común a todas estas admiradas sociedades: la ruina, el empobrecimiento, la miseria y los crímenes masivos de los pueblos en que se han implantado; en todas y cada una de las sociedades donde han gobernado, y gobiernan, la experiencia lo ha demostrado hasta la saciedad. Magníficos ejemplos en la aplicación de los cuatro instrumentos a recordar: liderazgo (culto a la personalidad), partido único, terror y control económico. Excepto en cuanto a la promoción del liderazgo han dejado en mantillas al inventor del término.
Al mencionar la Enciclopedia Internacional, perdón por la digresión, manifiesto mi tristeza al verificar que en sus más de ocho mil páginas tan solo aparecen tres españoles, uno merecedor de una monografía por su importancia, Ortega y Gasset, y dos colaboradores: Julián Marías que elaboró la dedicada a Ortega, y Juan José Linz probablemente el sociólogo español más prestigioso que hemos dado, encargado de estudiar la obra del politólogo Robert Michels, el que emitió la famosa ley de hierro de las oligarquías que rige el funcionamiento de los partidos políticos consistente en que los dirigentes que alcanzan el poder de esas organizaciones se constituyen en una oligarquía que dirige el partido a su conveniencia. ¿Usted cree que la ley de Michels rige en la actualidad? Pero no hay porqué acomplejarnos si tan solo figuran tres nombres españoles en obra tan amplia, aquí sin necesidad de monografías ni estudios específicos se dictó y aplicó contundentemente la famosa ley de hierro mediante una sencilla frase: “el que se mueva no sale en la foto”. También don Mariano noquierolíos, a la gallega, realizó su aportación al respecto: “Los conservadores que se vayan al partido conservador y los liberales al partido liberal”. Por cierto, Juan José Linz fue quien catalogó la era de Franco como régimen autoritario y no como dictadura.
La ancestral costumbre del uso y abuso del calificativo tan de moda no es, al fin y al cabo, más que una secuela de la doctrina que uno de los ideólogos más perspicaces del marxismo, Gramsci fundador del Partido Comunista Italiano, elaboró en el primer tercio del pasado siglo. Su estrategia resumida muy didácticamente por el jesuita argentino Mariano Fazio en su libro Historia de las Ideas Contemporáneas consiste, y utilizo el tiempo presente del verbo por su constante aplicación en nuestros días: “no en apropiarse del Estado para dominar la sociedad, sino en conquistar la sociedad para apropiarse del Estado. Hay que conquistar ideológicamente a los intelectuales, sobre todo a través de la escuela, que ha sustituido a la Iglesia…La Universidad, la magistratura, el arte, deben marxistizarse.” Cuando elaboró su táctica no existían las televisiones; con ellas el cambio de valores que debían liderar los intelectuales es más fácil de transmitir a las masas. ¿Y quién debía liderar la nueva estrategia?: el denominado por Gramsci como príncipe moderno: el Partido Comunista, encargado de elaborar un nuevo sentido común desarraigado de la tradición cristiana. ¿Les parece que tiene sentido la obsesión de la cosa progresista por hacerse con los mandos exclusivos de la enseñanza?, ¿o que los hijos no pertenecen a los padres? En función de esa estrategia se afanan en martillear que todo medio que conduzca a la consecución de su fin se denominará moderno, progresista y democrático, y por contra aquellos que piensen que el hombre es algo más que materia seremos antiguos, reaccionarios y –horror– fascistas. Toda esta estrategia progresista contiene tal dosis de perversión moral que, a pesar de los medios materiales y humanos que han destinado los modernos, a elaborar su nuevo sentido común, ha obtenido hasta el momento el razonable y gran rechazo por parte de las sociedades a las que se les pretende someter, por no hablar de las sometidas. Es normal cuando se trata de doctrinas fundadas en el odio a la razón, a la ley natural y en simplezas superlativas.
Prosigamos con la historia. Las manifestaciones de la clase progresista eran cada vez más claras y contundentes; el 14 de enero de 1934 Largo Caballero, inspirador y jefe del golpe de estado anunciaba:
“yo declaro que hay que armarse, y que la clase trabajadora no cumplirá con su deber si no se prepara para ello. Si la clase trabajadora quiere el poder político lo primero que tiene que hacer es prepararse en todos los terrenos…Hecha esta preparación, habrá que esperar el momento psicológico que nosotros creamos oportuno para lanzarnos a la lucha, cuando nos convenga a nosotros y no al enemigo”.
Que la preparación estaba en marcha desde el mismo instante en que las fuerzas de progreso –PSOE a la cabeza– perdieron las elecciones, lo prueba el hallazgo, el 14 de septiembre de 1933, de un arsenal en una Casa del Pueblo de la calle Piamonte, un auténtico polvorín más propio de un ejército que de un pacífico y progresista sindicato: fusiles, pistolas, metralletas, bombas, productos para fabricación de explosivos, cajas de munición, cartuchos de dinamita, etc. Al mando de la pacífica causa dos ilustres socialistas: Wenceslao Carrillo y García Atadell. Este último uno de los asesinos más repulsivos, además de ladrón, de entonces que, arrepentido, antes de su fusilamiento pidió asistencia religiosa.
Y por si quedara duda de las democráticas intenciones basten dos ejemplos: el primero las palabras de uno de los personajes varias veces citado, Martínez Barrio, que los conoció y que, a pesar de ello, formó coalición electoral con el PSOE en 1936: “la rebelión socialista empezó a gestarse el mismo día que el partido socialista abandonó el poder. No disimuló su propósito ni su intento la dirección del Partido Socialista Obrero: se lanzó a la tarea de preparar un movimiento revolucionario”.
Insisto en que, conocedor del golpe socialista, no tuviera reparos en ir de la mano con el PSOE en las elecciones de 1936. Eran así. El segundo lo encontramos en las instrucciones para el golpe que elaboró el PSOE guardadas en la Fundación Pablo Iglesias, cuya integridad puede consultarse en el libro de Pío Moa Los orígenes de la Guerra Civil Española. En ellas se instruía sobre las medidas necesarias en la preparación de lo que se intenta vender como una huelga general pacífica; por ejemplo, quemar las casas cuarteles de la Guardia Civil, volar puentes, cortar carreteras, líneas de ferrocarril, incendiar o volar emisoras de radio, etc., advirtiendo a los huelguistas que “nadie espere triunfar en un día en un movimiento que tiene todos los caracteres de una guerra civil”; añadiendo que “es indudable: el hecho no puede ocultarse al observador menos perspicaz, que estamos viviendo un período revolucionario, el cual quedó abierto en el mismo instante en que se decretó la disolución de las Cortes Constituyentes”; o sea el mismo día en que las fuerzas de progreso podían perder el poder. Cuando se leen cosas como estas o las palabras que encabezan este capítulo de Sánchez-Albornoz, atribuyendo al golpe del 34 el fin de la legalidad republicana, no dejo de preguntarme qué pasaba por su cabeza y la de sus colegas –por ejemplo Martínez Barrio– para que, transcurrido algo más de un año, decidieran concurrir en coalición con los golpistas que, además, no cejaron en reivindicar su revolución.
Y no podían alegar los intelectuales que en un futuro próximo blanquearían al PSOE al formar el Frente Popular, argumentando que los líderes socialistas les engañaban sobre el camino a seguir. De Largo Caballero, el que se ufanaba de su denominación como el Lenin español, se podrían transcribir bastantes arengas golpistas similares a la reflejada más arriba; otro del PSOE, Prieto, dicen que más moderado, no le iba a la zaga, lo dejó claro en el debate parlamentario celebrado tras las elecciones en diciembre de 1933 lanzando el siguiente mensaje a Gil-Robles: “Cuando llegue la hora de la catástrofe, señor Gil-Robles, nos opondremos a vuestro asalto al poder apelando a todos los medios que, forzosamente, han de ser los de la violencia. Decimos, señor Lerroux y señores diputados, desde aquí al país entero, que públicamente contrae el Partido Socialista el compromiso de desencadenar la revolución”. Es decir si el partido más votado, la CEDA, asaltaba el poder, las fuerzas democráticas iban al golpe de estado y, en febrero, el moderado insistía: “pronto el Partido Socialista y la organización sindical, tendrán que cumplir el destino que la Historia les ha deparado; hágase el proletariado cargo del poder y haga de España lo que España merece; no debéis titubear y, si es preciso verter sangre, debéis derramarla; el triunfo socialista es innegable”. El PSOE era el nuevo Moisés encargado por la Historia para convertir España en otro Edén soviético, y si el desierto a atravesar era una guerra civil pelillos a la mar.
Para llegar a la tierra prometida nada mejor que armarse. En el verano del 34 en muchos lugares de España se descubrieron depósitos de armas similares al mencionado en líneas anteriores; el mismo Largo Caballero lo refirió en Mis Recuerdos: “Se compraron y repartieron armas, algunas de las cuales se entregaron a la comisión de Madrid y fueron descubiertas en una casa de los Cuatro Caminos”. Y, por si hubiera duda de sus planes golpistas, esto le informaba a uno de los mandamases socialistas de entonces: “he querido hablar reservadamente porque creo que ha llegado el momento decisivo. No tenemos más camino que el de la revolución, y nuestro deber es prepararla rápidamente, sin pérdida de tiempo, no sea que los acontecimientos nos sobrepasen”.
