Resucito la leyenda de un Cid, la admiración y la lealtad de un Juan de Austria.
Fue un príncipe de la juventud, el mejor hombre que España ha tenido en muchos siglos, y ganó batallas después de muerto, y era tan humano que también las perdió.
Pero si nosotros somos dignos de él, ya no perderá ni una, porque aquellos balazos que en Alicante abatieron su vida, alzaron más y más su bandera.
Por eso nuestro tiempo está aún lleno de su presencia, como estaba su retrato en las chabolas del frente, en las viejas carteras de los soldados, en los puestos de mando, en los hospitales, en las casas humildes y en las míseras casas de los campesinos. Aquellas casas que él alegraba con su paso, que él llenaba de fe, como estaba en las bocas de sus enemigos, hecho ya esperanza, cuando le veían pasar entre preces, bayonetas y amor hacia su tumba.
Bajo la piedra del valle donde Franco le dio el laurel de la España renacida, está con sus cenizas toda la razón de nuestra existencia. Y en esa piedra, si así lo queréis, camaradas, en esa piedra firme, comienza la vida de José Antonio, nuestro capitán.
Rafael García Serrano
