Ramón Serrano Suñer reflexionó sobre la muerte de Federico García Lorca en una carta donde negó la implicación falangista en el crimen y defendió la postura de la España nacional durante la Guerra Civil.
Mi distinguido amigo:
Lamentábamos los dos, usted y yo, en nuestra conversación privada, el error trágico que la España nacional cometiera en la muerte del gran poeta granadino. Argumenté yo que ese crimen había sido deplorado por muchos que fuimos (y algunos que todavía son) jefes de la Causa nacional, que ninguna parte tuvo en él, siendo tal crimen obra de unos «incontrolados» de los que actúan casi siempre en toda revuelta sin poderlo evitar. Tuve interés en puntualizar, y esto con perfecto conocimiento de causa, que ni un solo falangista había participado en ese crimen.
Y aun le añadiré, si no lo dije entonces, que eran precisamente los pocos falangistas que había en Granada, amigos y protectores del poeta cuya incorporación a la Causa preveían, los que menos entendían la generosa ambición española del Movimiento, elementos poseídos por un rencor provinciano y difícil de definir; desde luego antifalangistas.
Y como prueba de ello, le expliqué a usted cómo la opinión había relacionado a los agentes del crimen de Granada con un diputado de la minoría citada en quien presumían una natural relación con las milicias de Acción Popular que detuvieron a García Lorca, aunque seguramente sin el propósito de conducirlo a su trágico destino. La detención tuvo lugar en el domicilio del poeta falangista Rosales, que le protegía. Por consiguiente lo de que aquellas milicias y aquel diputado fueron autores de la muerte del poeta no pasaba de ser un rumor que yo aducía como prueba del carácter antifalangista que al crimen dio la opinión desde el primer momento.
Esto para quien conozca la España nacional de entonces es muy claro. La Falange representaba entonces el extremismo político frente a «las derechas», pero representaba también el propósito de conversión y conquista, de asimilación del elemento rojo enemigo. Hacer propios todos los valores —sobre todo los intelectuales— de España era la consigna principal de entonces. Esta tendencia tuvo centenares de expresiones. En el caso de García Lorca la cosa era así en grado máximo. En primer lugar, porque García Lorca no era propiamente del «campo enemigo». Como reconoció el gran Antonio Machado en un documento de propaganda roja, el pueblo al que cantaba García Lorca no era el pueblo-masa, subvertido por las consignas de la Internacional, sino el pueblo tradicional y religioso, el pueblo en el que la misma Falange quería apoyarse. Por otra parte, muchos amigos de Lorca eran falangistas, y en realidad su muerte fue para la Falange doblemente trágica: porque venía a convertir a Lorca en bandera del enemigo, ¡y con qué impiedad lo usó éste como bandera!, y porque ella misma perdía un cantor, el mejor dotado seguramente para cantar aquella ocasión —única— de regeneración española revolucionaria en que la Falange soñaba.
Ésta es la verdad. García Lorca era un gran poeta, el lírico de mayor fuerza que España alumbrara en los últimos años; un poeta hecho de la tierra y la sangre de España: popular, castizo. Ayer y hoy nosotros lo hemos considerado como un valor y una gloria de España y su muerte —que sirvió a los enemigos para infamarnos— era ya, por sí misma, una pérdida sensible para nosotros.
Respecto a la dirección que la opinión señaló al origen del crimen, la recordé yo cuando usted, que venía de Portugal, me comunicó que había oído allí a un político español acusaciones de crímenes y atropellos contra la España nacional que yo tenía el deber de rechazar por inexactas, fuera de casos lamentables como el que nos ocupa que, por desgracia, pueden ser inevitables en esa cosa terrible que es la guerra civil. Tenía yo el deber de defender el honor de una política y de un Estado que eran inocentes de aquel crimen y también el buen nombre de quienes no sólo fueron inocentes de él sino que lo condenaron con indignación. Eso sólo es lo que yo quería dar a entender a usted y lo que mantengo ahora a los efectos de la significación moral del hecho que en último término fue una mera brutalidad que salpicó el merecido prestigio de nuestra Causa, pero que a ningún sector ni ideología puede ser imputado verdaderamente y menos, y sin pruebas, a una persona concreta. Precisamente, y de una manera general en relación con lo acaecido en zona nacional en los primeros meses de la guerra civil, le dije a usted que yo no tenía información positiva y directa por encontrarme entonces prisionero de los rojos en la Cárcel Modelo de Madrid. Por esto yo deseo que el nombre de aquel diputado de la CEDA quede indemne de semejante mancha, mientras nadie pueda demostrar que el rumor fuera justo. Hace doce años que no he visto ni hablado al diputado aludido, pero por el rigor que me debo a mí mismo y por respeto a mi conciencia de cristiano no he de formular acusación contra nadie que no sea probadamente culpable…
Suyo affmo.
Ramón Serrano Suñer, firmado.

Escribí comentario y no sé si finalmente se lanzó correctamente.
Decía en el que el texto que Serrano Suñer escribe y lamenta el crimen del poeta García Lorca fue realizado por unos incontrolados , ajenos completamente a los falangistas y precisamente por encontrarse el poeta protegido en casa de su amigo y también hombre de letras Rosales.
Lo que sí he leído repetidamente es que la familia de Federico pidió a las autoridades , con las que tenían buenas relaciones , recuperar el cuerpo y darle sepultura tal como hubieran deseado . Acto que fue autorizado y llevado a cabo. Por eso por mucho que ha especulado Ian Gibson y tras él la denominada” memoria histórica “ de Zapatero , no ha habido forma de encontrar un hueso.
También es paradójico que encontrándonos igualmente en ese momento y en la misma ciudad de Granada desapareciera otro poeta , Joaquin Sobrino , amigo de García Lorca , encontrado días después en una cuneta . Claro que como era afín al bando nacional, no es motivo de reivindicación izquierdista y presumiblemente por otro miliciano incontrolado.
Memorias de una guerra fratricida donde el mal se repartió igualmente en la màs deleznable condición humana.
La guerra es el límite de la sinrazón.