Si hay fechas históricas que con el transcurso del tiempo van penetrando en la cámara oscura del olvido o esfumándose en la zona del desvaído recuerdo, hay otras, en cambio, que, según los años pasan, aumentan de prestigio al presentarse al juicio de las generaciones futuras con la pureza e intensidad de su auténtica sustancia.
Cada aniversario del 20 de noviembre de 1936 añade más quilates al valor diamantino de su significado, lo que nos permite cada año descubrir nuevos motivos de reflexión sobre la persona, la vida y la obra de José Antonio, sobre lo que realmente quiso y defendió y sobre la confrontación de sus ideas con el magisterio de la realidad.
José Antonio, como el Cid, ha ganado batallas después de muerto, y la influencia de su pensamiento sobre la política española es tanto o más decisiva que lo fuera en su vida, después de su desaparición. A ello han contribuido varios motivos. El primero y principal, el contenido de su doctrina.
Seguidamente, los acontecimientos ocurridos en España y que han venido a confirmar la exactitud de sus predicciones con la necesidad de convertir aquella en realidad. Por último, la ejemplaridad de su sacrificio. En pocas ocasiones como en José Antonio el creador de una doctrina política ha podido demostrar con actos la sinceridad de sus palabras, la absoluta concordancia de pensamiento y acción, y por eso el pueblo español, cansado de tantos años de hipocresía, demagogia verbal y de injusticia, se entregó a él seducido, arrastrado por su autenticidad.
Esta característica de José Antonio tiene en su testamento la más perfecta demostración. No existe ningún documento que mejor nos aleccione sobre José Antonio. Es autorretrato de valor incalculable, espejo que reproduce todos los matices de su modo de ser, sentir y pensar. En él, con la precisión y sencillez que le son características, José Antonio va mostrando hasta la más recóndita intimidad de su pensamiento y de su conciencia, como si, adivinador de tantas cosas, hubiera adivinado también el afán de las generaciones venideras por conocerle como realmente era. Y así se presenta a ellas, sin recatar ningún elemento de los que integran su extraordinaria personalidad con sus virtudes y sus defectos, los cuales se purifican al pasar por el agua lustral del público reconocimiento y la confesión. Todo el testamento rezuma humanismo y generosidad; ni una palabra de odio ni rencor, sino de todo lo contrario. Y por eso, su defensa ante el Tribunal revolucionario produjo tal efecto en los jueces que le escuchaban, que el rostro de éstos reflejó el estupor al conocer una doctrina que ignoraban y que, de haberla conocido de antemano, quizá se hubiera evitado la matanza entre los españoles.
La vida pública de José Antonio, su doctrina y su muerte, fue ejemplo, propaganda y magisterio de unidad, y su voz se alzó siempre contra las Españas fratricidas.
Si se repasan o recuerdan sus discursos y sus trabajos literarios y periodísticos, en ellos encontraremos el mismo afán de lograr esa unidad, de terminar con la pugna sobre el concepto de España y el antagonismo de su consecuencia, con esa permanente guerra civil, expresa o sorda, en que habíamos vivido durante ciento cincuenta años, a través de las distintas clases de Estado, tenido o ensayado, a lo largo del siglo XIX y parte del actual.
José Antonio no se resignó a que España estuviera condenada a debatirse inútilmente y para siempre entre la saña y el rencor, de un lado, y el egoísmo y la injusticia de otro, entre el vaivén de posiciones laterales o incompletas, sino que nos descubrió el camino que había de llevarnos a una España unida y en orden, enseñándonos a marchar, no por sus bordes separados y recelosos, sino por el centro de la calzada, agarrados del brazo, ayudándonos mutuamente a levantarnos y a quitar juntos los obstáculos que la cierran.
La voz de José Antonio se alzó siempre por una España entera y no partida, generosa y no mezquina, en la que los españoles disfrutáramos de la cualidad de serlo, para que ninguno pudiera ser considerado de casta diferente o inferior siendo todos hermanos.
José Antonio, para las generaciones que no llegaron a conocerle, aparece suspendido físicamente en el tiempo, eternamente joven, rodeado de ese halo de poesía que le prestaron sus años mozos, la arrogancia de su vida, el ímpetu de su obra, su misma muerte; porque José Antonio se ha convertido en el símbolo de una juventud ávida de ideal y pronta a todos los esfuerzos, y verle como sería hoy, con las huellas inevitables del tiempo, parece disminuir el prestigio místico de su figura.
En José Antonio se da la paradoja de que le valoren con más justicia y exactitud las generaciones actuales, que han estudiado su doctrina, que muchos de sus contemporáneos, que no acertaron muchas veces a despojarle de su condición de hijo del dictador o no dejaron de ver en él al abogado de fama o al hombre de mundo anteriores a 1933, y no al que sacrificó cuanto de cómodo y amable le ofrecía la vida por consagrarse a una empresa misionera e ingrata.
Ante la figura y la obra de José Antonio la juventud en general siente una atracción ilusionada, y aquella parte que no se identifica con él, incluso la que le sea hostil, no le regatea la admiración y respeto, hasta el punto de decir a veces como argumento de crítica que la doctrina de José Antonio no ha sido respetada, lo que implícitamente supone el reconocimiento de su valía.
La proyección de José Antonio sobre el futuro histórico de España es inevitable. En efecto, para nuestra fe y convencimiento de falangistas, la doctrina de José Antonio es lo suficientemente pura y caudalosa para que, sin necesidad de acudir a ninguna otra y partiendo de su fuente originaria, vaya adaptándose a las exigencias de cada tiempo y problema, como ha sucedido a lo largo de estos veinticinco años, e inspirando las instituciones y obras consecuencias de esa doctrina. Instituciones que han de continuar realizando la función para que fueron creadas, perfeccionándose y enraizándose cada vez más en la vida social, creándose las nuevas que preciso, a fin de que el Movimiento, con cuanto doctrinario y orgánicamente encierra, se halle lo suficientemente institucionalizado para que nadie pueda ignorarle sin llevar a cabo un acto de fuerza o ilegal.
Pero si admitimos, aunque sólo sea a efectos dialécticos, que esto no sucederá así, esa proyección se mantendrá igualmente. La doctrina joseantoniana, que tan decisivamente ha contribuido a dar contenido político a nuestro Movimiento Nacional, no cabe duda que representa una Revolución, y como tal ha dejado huellas en nuestra mentalidad, hábitos, estilo, y en las formas y contenido de la vida política española, huellas que son imborrables, irreversibles y definitivas. Porque esa doctrina no ha nacido sólo para llenar una etapa de nuestra Historia, por fecunda que sea. No ha sobrevivido por puro azar, sino porque no pertenece al género de aquellas que se encierran en el rigor de unas fórmulas o en el convencionalismo de unas definiciones, sino en algo tan profundo y permanente como la vida misma. Busca insertarse en la sociedad, en aquellos grupos con fuerza propia e independiente, con permanencia y real influjo en el acontecer social. Constituye un punto de partida en el camino que el mundo tiene forzosamente que hallar para salir del laberinto en que se encuentra, de la maraña ideológica en que se debate, provocado por la coexistencia del capitalismo y el comunismo, de la necesidad de armonizar la libertad de la persona con la autoridad del Estado.
Así entendida, la doctrina joseantoniana sobrevivirá a los hombres de nuestra generación y a los que nos sucedan, para honor y gloria de José Antonio.
RAIMUNDO FERNÁNDEZ-CUESTA
